Santa Eugenia y compañeros, mártires en Roma

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Detalle de Santa Eugenia en una vidriera decimonónica. Iglesia de Notre Dame de l'Assomption, Chatou (Francia).

Detalle de Santa Eugenia en una vidriera decimonónica. Iglesia de Notre Dame de l’Assomption, Chatou (Francia).

El grupo de mártires de quien hablaré hoy fue muy conocido y venerado en la Antigüedad y en la Edad Media. Actualmente ya es bastante menos, aunque su culto se mantiene en muchos lugares. Como nuestro amigo y compañero Antonio Barrero ya dedicó un artículo a dos de los mártires de este grupo, los eunucos Proto y Jacinto, yo no haré más referencia a ellos que la estrictamente necesaria. Mi artículo se centrará sobre todo en hablar sobre Eugenia, Claudia, Basila y los demás compañeros.

La leyenda de Santa Eugenia
La “passio Sanctae Eugeniae” y la “passio SS. Prot. et Hyacinthi”, textos en los que se basa el relato que nos han transmitido de este grupo de mártires, tuvieron un éxito enorme en la Antigüedad como puede testimoniarse por las versiones en lengua griega, armenia, siríaca y etiópica a las que fueron traducidas. Estos textos, aun presentando algunas variantes -especialmente en los nombres de los personajes-, no son sustancialmente muy diferentes entre sí, por lo que presentaré una síntesis del mismo.

Eugenia, que en griego significa “la bien nacida”, es la protagonista de este relato. Nacida en Roma, su padre fue Filipo (Felipe), un alto magistrado romano que fue enviado a Alejandría en calidad de prefecto de Egipto en tiempos del emperador Cómodo (180-192). Eugenia fue la menor de tres hermanos. Sus dos hermanos mayores eran Avito (o Abdón) y Sergio, y su madre se llamaba Claudia. Siempre iba acompañada de sus dos esclavos eunucos, Proto y Jacinto, que ejercían la labor de educadores (pedagogos) de ella. Cuando tuvo edad, la prometieron en matrimonio con Aquilio, hijo de un cónsul, pero ella rechazó el matrimonio.

Cierto día, mientras paseaba en carro a las afueras de Alejandría, acompañada de Proto y Jacinto, pasaron junto a un monasterio cristiano. Se oía cantar a los monjes el texto del Salmo 95: “Sólo Dios merece adoración, pues los dioses de los paganos son demonios”. Ya sea porque deseaba huir del compromiso con Aquilio, o porque quedó impresionada por estas palabras, decidió ingresar en el monasterio, acompañada de sus dos esclavos. Como el monasterio no aceptaba mujeres, se rasuró la cabellera y se vistió de hombre, y así consiguió pasar desapercibida. Sus esclavos, que no se separaron de ella, mantuvieron el secreto.

En la iconografía ortodoxa, Santa Eugenia siempre aparece representada como monja. Icono en la Iglesia de la Santa Dormición, Cumberland (EEUU).

En la iconografía ortodoxa, Santa Eugenia siempre aparece representada como monja. Icono en la Iglesia de la Santa Dormición, Cumberland (EEUU).

Se decía que Heleno, el abad de dicho monasterio, aborrecía profundamente a las mujeres, a las que consideraba fuente de todo mal. Tanto las despreciaba que jamás dirigía palabra ni mirada alguna a ninguna mujer, y se tenía por más santo y perfecto varón a causa de ello. ¡Cuál no sería su estupefacción si hubiera llegado a saber que fray Eugenio, el más estudioso y humilde de todos sus monjes, era en realidad una mujer! Pero jamás lo supo, y murió dejando como sucesor a Eugenia, que se convirtió en “abad”. Aceptó humildemente el cargo, pero hizo construir una celda estrecha para ella sola, para así guardar con más celo su auténtica condición.

Por aquellos días llegó al monasterio una mujer rica llamada Melania (o Melancia, según versiones), que estaba enferma, para solicitar ayuda. Eugenia, que también sabía algo de remedios curativos, administró a la enferma unos aceites y hierbas. Con el tiempo, Melania sanó, y en agradecimiento, le envió al monasterio varios presentes, que Eugenia entregaba a los pobres. Cierto día, envió un mensaje a Eugenia, pidiéndole que acudiera a su casa. Melania la recibió en el lecho, cubierta por una sábana. Al poco de llegar ella, la apasionada mujer saltó desnuda de la cama y se arrojó en brazos del supuesto fraile, besándole y confesándole su amor (vaya escenita). Eugenia la rechazó como pudo y se marchó apresuradamente, y Melania, despechada, temió que el abad contara aquel episodio y la avergonzara públicamente, así que acudió al prefecto Filipo (el propio padre de Eugenia) y acusó al abad del monasterio de haberla violado. Entonces Filipo mandó arrestar a Eugenia y a todos sus monjes y los metió en la cárcel. El monasterio fue clausurado.

Cuando Eugenia supo de qué se la acusaba y que su juez era su propio padre, no hizo nada por demostrar la verdad. Filipo tampoco la reconocía, debido a su cráneo rasurado, sus hábitos de monje y su extrema delgadez. Se hizo público el día del juicio. Allí Melania repitió su calumnia. Se llamó a declarar a una esclava suya, pero ésta, intimidada por su ama, corroboró sus acusaciones. Eugenia, viéndose obligada a probar su inocencia, avanzó serenamente hasta el prefecto, seguida de Proto y de Jacinto, y tomando el pectoral de su hábito, lo desgarró y lo bajó hasta la cintura, mostrando los dos pechos, y revelándose como Eugenia, su hija desaparecida hacía tanto tiempo (otra escenita que se las trae). Filipo abrazó a su hija conmocionado, pues la había dado ya por muerta, y la Leyenda Áurea nos relata que en ese instante cayó una bola de llamas del cielo y fulminó a Melania por su falso testimonio, aunque en otras versiones la propia Eugenia pide clemencia para la mujer y ésta es puesta en libertad.

Eugenia muestra los pechos ante el tribunal de su padre para probar que es una mujer. Detalle del retablo de la Santa en Astudillo, Palencia (España). Fuente: www.esculturacastellana@blogspot.com.

Eugenia muestra los pechos ante el tribunal de su padre para probar que es una mujer. Detalle del retablo de la Santa en Astudillo, Palencia (España). Fuente: www.esculturacastellana@blogspot.com.

Toda la familia de Eugenia se convirtió al cristianismo, y ella, como no podía volver al monasterio, vivió de nuevo con ellos. Filipo se destacó especialmente por su desprendimiento con los pobres, por lo cual, los alejandrinos lo eligieron obispo de la ciudad; mientras que Claudia fundó un hospicio para peregrinos. Por desgracia, al poco tiempo, el nuevo prefecto hizo asesinar a Filipo, y Eugenia, viendo que el ambiente no era favorable, decidió trasladarse a Roma junto con su madre; no sin antes dar piadosa sepultura a su padre junto al monasterio femenino que ella misma había fundado, para que las mujeres pudiesen profesar en la vida monacal.

Allí, en Roma, Claudia dirigió un asceterio -comunidad de ascetas- para viudas como ella, mientras que Eugenia se encargaba de dirigir a las muchachas vírgenes. La fama de su sabiduría y santidad llegó a oídos de una muchacha llamada Basila (o Vaccilla, según versiones), de la familia del emperador Galieno, que estaba prometida a un tal Pompeyo. Ella escribió una carta a Eugenia, pidiéndole el bautismo. Eugenia le envió a Proto y a Jacinto, que la instruyeron y la bautizaron. La esclava de Basila comunicó a Pompeyo que su prometida se había hecho cristiana y que ahora tenía reticencias de casarse con él. Entonces Pompeyo, lleno de ira, desenvainó su espada y mató a Basila atravesándola de parte a parte. Luego fue a por Eugenia, la agarró y la llevó ante el prefecto Nicecio, culpándola de todo lo ocurrido.

Llevaron a Eugenia a rastras al templo de Diana, y, como se resistiera con todas sus fuerzas a ser introducida en su interior, le dieron una tremenda paliza; pero por mucho que la golpearon y la pisotearon, no pudieron hacer que entrara dentro del sagrado recinto. La tradición dice que entonces, el ídolo se derrumbó de su pedestal y el templo se hundió sobre el mismo (!!). La metieron en un caldero de aceite hirviendo, pero no la dañó. Ataron una roca a su cuello y la arrojaron al Tíber, pero milagrosamente la piedra salió a flote y con ella la mujer. Esta vez la tiraron dentro de un repugnante pozo, donde la dejaron durante diez días. Al fin, la sacaron de aquel antro y le cortaron la cabeza. Era el día 25 de diciembre. Su cuerpo fue recogido, probablemente por su madre Claudia, y enterrada en el cementerio Aproniano, en la Vía Latina. Los eunucos Proto y Jacinto también fueron martirizados con Eugenia.

Detalle del martirio de Santa Eugenia en una vidriera decimonónica en la catedral de Brujas, Bélgica. Fotografía: Barryra.

Detalle del martirio de Santa Eugenia en una vidriera decimonónica en la catedral de Brujas, Bélgica. Fotografía: Barryra.

De la leyenda a la realidad
Esta leyenda o relato fantástico, aun siendo muy antiguo, tiene semejanzas con otras leyendas como por ejemplo, la “passio” de Eufrosina, Tecla, Indo y Domna y así, pasaron a diversos martirologios de la Edad Media y de estos, al Martirologio Romano. Pero ¿qué hay de historia en toda esta leyenda? Bien poco, la verdad.

No faltan las incongruencias cronológicas: la más escandalosa, que cuando fueron a Alejandría fue en tiempos de Cómodo y cuando volvieron a Roma fue en tiempos de Valeriano (253-260) y Galieno (260-268), o sea, cerca de un siglo después (???). Imposible. Otra incongruencia es el anacronismo histórico que supone hablar de este período de monasterios, monjes y monjas: en esta época, el monacato todavía no existía, por lo que difícilmente hubiese podido existir un monasterio o nadie profesando como monje o monja. Y por último, decir que el “travestismo” de Eugenia, que se viste de hombre para poder entrar en el monasterio, es un detalle que está copiado de otras vidas de Santas monacales tan legendarias como éstas: Santa Marina (Marino), Santa Pelagia (Pelagio), y algunas otras. Por lo que ni la datación, ni la presencia del monacato, deben considerarse como históricas, sino que son invento del autor de la passio.

Sobre los personajes principales de este relato se pueden poner de relieve algunas cosas: Proto y Jacinto, así como Basila, son personajes históricos, pero no tuvieron una conexión real con Eugenia. La única conexión es la vecindad del sepulcro en el cementerio de Aproniano, motivo que es utilizado en otros relatos [1]. Para entrar en detalle sobre la auténtica historia y martirio de estos dos eunucos, me remito al artículo ya mencionado de Antonio Barrero.

Filipo, el padre de Eugenia, es un personaje completamente inventado, pues en la Antigüedad no se hace ninguna mención ni a un obispo ni a un mártir con ese nombre en Alejandría. Adón y Usuardo lo incluyeron en sus martirologios el 13 de septiembre (al igual que hizo el Martirologio Romano) y eso sólo se explica por la proximidad de la fiesta de Proto y Jacinto, que es dos días antes.

Estatua de Santa Claudia, obra de G. Peroni. Basilica de los Doce Apóstoles, Roma (Italia). Fotografía: Alvaro de Alvariis.

Estatua de Santa Claudia, obra de G. Peroni. Basilica de los Doce Apóstoles, Roma (Italia). Fotografía: Alvaro de Alvariis.

También Claudia parece un personaje inventado: el itinerario romano “Notitia portarum”, señalando los cementerios de la vía Latina, habla del sepulcro de la mártir Eugenia “cum matre Claudia”, pero en ningún otro itinerario se la menciona. Es posible que la referencia que hace la “Notitia” dependa de un texto legendario de la biografía. En la leyenda se dice que Claudia siguió a Eugenia hasta la tumba poco después del martirio, y aunque no se especifica que ella también muriese mártir, lo cierto es que está considerada como tal.

Sergio y Avito (Abdón), los otros dos mártires que aparecen en este grupo como hermanos de Eugenia, en realidad no forman parte del grupo, sino que se trata de una inserción incorrecta de los Santos Abdón y Senén. Es posible que el nombre de Abdón, como hermano de Eugenia, se hubiese llamado así en memoria de los dos famosos mártires.

Eugenia es sin duda una mártir romana histórica, pero de época imprecisa, quizás del tiempo comprendido entre los gobiernos de Cómodo y Valeriano. Los antiguos itinerarios hablan de su sepulcro en la vía Latina; y es cierto que en la Antigüedad recibió un gran culto, pues en Roma, sobre su sepulcro, fue construida una basílica restaurada posteriormente por los papas Juan VII (705-707) y Adriano I (772-781). Fue venerada también fuera de Roma, como lo atestiguan los mosaicos de Rávena del siglo V, de Parenzo y de Nápoles (siglo VIII) e incluso en Grecia. De este culto se puede haber valido el obispo Avito de Viena (490-518) que llegó a escribir: “Eugeniae dudum toto celeberrima mundo / fama fuit, dum dat Christi pro nomine vitam”. De ella habla también Venancio Fortunato, Adelmo, Flodoaldo y otros.

Actualmente, las reliquias de la mártir reposan en la Basílica romana de los Santos XII Apóstoles, pero no se sabe cuándo fueron trasladadas allí. Su fiesta es el 25 de diciembre, el día de la Natividad del Señor y de la mártir Santa Anastasia de Sirmio. La Iglesia griega, en lugar de conmemorarla el 25 de diciembre, lo hace un día antes.

Martirio de las Santas Eugenia y Basila. Grabado de Antonio Tempesta para "Immagini de molte Sante vergine romane nel martirio". Istituto Nazionale dell'Arte Grafica, Roma (Italia).

Martirio de las Santas Eugenia y Basila. Grabado de Antonio Tempesta para “Immagini de molte Sante vergine romane nel martirio”. Istituto Nazionale dell’Arte Grafica, Roma (Italia).

Conclusiones
El relato de la passio de Santa Eugenia y compañeros no es más que un cuento tardoantiguo construido de forma totalmente ficticia, y que emparejó como familiares o compañeros de martirio a mártires que simplemente estaban enterrados unos junto a otros, es decir, sin ningún criterio serio o fiable. Los errores cronológicos y los anacronismos históricos reafirman la no validez de este relato.

Asimismo, del grupo de mártires mencionados, sólo Eugenia, Basila, Proto y Jacinto son auténticos, históricos; pero no fueron martirizados juntos ni hay relación entre las dos mujeres ni entre ellas y los dos eunucos. Simplemente, estaban enterrados uno al lado de otro. Ni Claudia ni Filipo parecen existir, a pesar de que el sepulcro y algún texto hacen referencia a Claudia como madre de Eugenia, pero sin especificar si es mártir. En cuanto a Avito (Abdón) y Sergio, es una mala introducción en el Martirologio que en realidad hace referencia a los mártires Abdón y Senén.

Y, ¿qué se sabe de Santa Eugenia, mártir, dado que el relato es pura leyenda? Pues casi nada: que murió mártir, que fue enterrada en el cementerio de Aproniano, trasladada a la Basílica de los Doce Apóstoles, y veneradísima en la Antigüedad. Nada más. En la iconografía, suele aparecer vestida de monje, mostrando los pechos (en alusión a la leyenda) y portando una espada o hacha, aludiendo a su martirio. Más a menudo, la escena más frecuente es la de su decapitación.

Altar-sepulcro de las Santas Claudia, Eugenia y doce mártires más. Capilla de San Antonio en la Basílica de los Doce Santos Apóstoles, Roma (Italia).

Altar-sepulcro de las Santas Claudia, Eugenia y doce mártires más. Capilla de San Antonio en la Basílica de los Doce Santos Apóstoles, Roma (Italia).

Es importante recordar que existen otras Santas de nombre Eugenia, una de ellas mártir en Córdoba (de la cual ya se escribió un artículo), y algunas más, entre las cuales destaca una mártir de las catacumbas en Ferrera di Cravagliana, Italia.

Meldelen

Bibliografía:
– VORÁGINE, Santiago de la, La leyenda dorada (vol. I). Ed. Alianza Forma.
– VVAA, Bibliotheca sanctorum (Enciclopedia dei Santi), Ed. Cità Nuova, Roma.


[1] Recordemos que mártires como Balbina y Quirino; Cecilia, Valeriano y Tiburcio, Inés y Emerenciana, son sólo considerados familiares entre sí porque sus sepulcros eran contiguos, pero ninguna otra prueba da fe de este parentesco, totalmente infundado.

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