Santa Gianna Beretta Molla, madre de familia

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía de la Santa con dos de sus hijos.

Fotografía de la Santa con dos de sus hijos.

Introducción
En el Quinto Mandamiento de la Ley de Dios se concierne todo lo que respecta a la conservación y defensa de la vida humana. Si lo leemos o recitamos con la negación que comienza, fácilmente se cae en la idea de que es un mandato que restringe y que reprime la conciencia y la decisión de una persona; pero si se observa desde su espíritu, podremos descubrir que con esta ley se promueve la vida y se respeta el derecho divino de quitarla, porque solamente Dios Nuestro Señor la ha dado y únicamente a Él toca quitarla. Nuestro mundo vive actualmente una cultura de muerte. Con gran insolencia, el hombre se ha arrogado el derecho de suspender con criterios materialistas el desarrollo de la vida humana, sea interrumpiéndola al ocaso de la misma o bien impidiendo su comienzo. El aborto y la eutanasia son crímenes que se han disfrazado de actos buenos y benéficos para quien los practica, pero en realidad son pecados mortales que ofenden gravemente a Dios.

Al presentar la vida de Santa Gianna Beretta, la Iglesia propone en ella la enseñanza de que la vida es un don de Dios, que todos los que la reciben tienen el derecho de gozarlo, porque desde el momento de la concepción, ese ser ya tiene un alma aunque no tenga un cuerpo desarrollado. Así mismo, esta santa nos recuerda las palabras de Jesucristo: “Nadie tiene amor más grande por sus amigos que el que da la vida por ellos”. (Jn. 15,13).

Infancia
Nació el 4 de octubre de 1922 en Magenta, Italia, siendo la décima de trece hermanos de una familia cuyos padres fueron Alberto Beretta y María de Michelis. De éstos cinco murieron en muy tierna edad y tres se consagraron a Dios, dos sacerdotes y una religiosa. Recibió el nombre de Gianna (Juana), al que se le agregó el de Francisca, por haber venido a este mundo el día del Santo de Asís. En esa misma fecha de su nacimiento recibió el sacramento del bautismo. En su familia se dio una educación integral, resultado del buen testimonio de sus padres y de las profundas enseñanzas de los mismos, viviendo sin necesidades y con un fuerte espíritu de servicio y desprendimiento. A los cinco años hizo su primera comunión. En 1929 inicia sus estudios primarios y en 1933 es matriculada en el Instituto Serpi de Bérgamo. Las calificaciones que obtenía eran normales, incluso había asignaturas, como el latín o el italiano, que acreditaba hasta el año escolar siguiente. En 1939 muere su hermana mayor Amalia, por lo que la familia se muda a vivir a Génova, donde continuó sus estudios en el colegio de las “Doroteas”.

Fotografía de la Santa.

Fotografía de la Santa.

Cuando tenía 16 años hizo por primera vez en su vida unos ejercicios espirituales, de los que sacó un propósito que anotó en una libreta: “Hago el santo propósito de hacer todo por Jesús”. Es digno de recordar que al comienzo de la década de los años cuarenta, a pesar de los bombardeos que se hacían sobre Génova durante la Segunda Guerra Mundial, llamaba mucho la atención que la familia Beretta, padres e hijos, participaran diariamente en la misa de ocho de la mañana, terminada la cual, cada uno de los miembros se dirigían a cumplir sus obligaciones. En el año de 1942 murió su madre a consecuencia de una embolia y ocho meses después también murió su padre. Por motivos de orden doméstico, todos los hermanos volvieron a vivir a Magenta con los abuelos paternos. Gianna padeció como sus hermanos el traslado, el cambio de escuela y de modo de vivir. Por entonces dos de sus hermanos, José y Enrique, se hicieron sacerdotes capuchinos.

Juventud y vocación
En 1942 se matriculó en la Facultad de Medicina de Milán, los cuales hizo en medio de la guerra y por la cual se cambió a la Universidad de Pavía, concluyendo sus estudios en 1945. En 1950 obtiene una especialidad en pediatría en la Universidad de Milán. Por estos años fue una militante activa de la Acción Católica, ocupando entre los años de 1943 y 1956 cargos directivos dentro de la misma. Participaba en las Conferencias de San Vicente de Paúl y los sábados visitaba a las familias necesitadas. Invitaba a sus amigas a la Eucaristía diaria y también que participaran en ejercicios espirituales, para formar personas de una sola pieza. Decía: “Sólo si poseemos la riqueza de la gracia podremos darla a nuestro derredor, porque el que no tiene, no puede dar nada”. Promovía entre las personas de su círculo que se practicara diariamente diez minutos de oración, así como el rezo del Rosario como una expresión de amor a la Santísima Virgen María. Pero Gianna no era una mujer inmiscuida todo el tiempo en actividades religiosas, era una excelente deportista, le gustaba hacer excursiones a la montaña, pues le gustaba estar en contacto con la naturaleza. Sabía esquiar así como pintar, su afición a la música le hizo ser una buena pianista.

Como sucede a los jóvenes durante su juventud, tuvo la inquietud de descubrir su vocación. Por un lado le llamaba la atención ser religiosa y misionera en Brasil con su hermano Enrique, pero por otro lado, le gustaba la idea de casarse y formar una familia. Fue mucho tiempo de oración y reflexión, así como la búsqueda de consejos entre personas experimentadas, entre ellas, el Obispo de Bérgamo; hizo una peregrinación a Lourdes para pedir a Dios y su Madre una luz que la orientara, hasta que llegó a la conclusión de que su vocación era la vida matrimonial. Entonces conocería a Pedro Molla. Intuyó que Dios la quería como misionera entre sus prójimos, entre los enfermos que visitaba en los hogares y un ambulatorio que junto con su hermano Fernando había abierto en Mesero, un pueblito cercano a su tierra natal. Se dedicó a los pobres y los enfermos con pasión y responsabilidad, al grado de rechazar la propuesta del novio de que renunciara a su profesión para dedicarse a la familia cuando estuviera integrada.

Fotografía de la Santa el día de su boda con Pedro Molla.

Fotografía de la Santa el día de su boda con Pedro Molla.

Pedro Molla trabajaba en una fábrica de cerillos, de la cual llegaría a ser director, y era hijo de unos vecinos de Mesero que acudían al ambulatorio. Comenzaron a tratarse y en la Nochevieja de 1954 Pedro invitó a Gianna a la Scala de Milán a una función, luego de la cual celebraron el Año Nuevo en la casa de sus padres. El 20 de febrero de 1955, el joven le propuso matrimonio a la doctora, quien aceptó. El suyo fue un noviazgo breve. Como Pedro viajaba mucho, la comunicación entre ambos se intensificó mediante cartas. En una de ellas, Gianna dice: “Quiero formar una familia verdaderamente cristiana, donde el Señor se encuentre en nuestra casa como en un cenáculo… Me gustaría ser como la mujer fuerte de las Sagradas Escrituras.” Contrajeron matrimonio el 24 de septiembre de ese año en la Basílica de San Martín de Magenta. Ya de casada siguió atendiendo los pobres y enfermos, cuando uno de ellos no era apto para algún tipo de trabajo, le procuraba otro apto a su situación, si algún enfermo no tenía solvencia económica, ella misma le regalaba las medicinas o le daba dinero para que se las comprara. Muchas veces trabajó en el consultorio hasta la nueve y media de la noche. A sus compañeros médicos decía: “Tenemos oportunidades que los sacerdotes no tienen. Nuestra Misión no termina si las medicinas no sirven, todavía hay que llevar un alma hacia Dios. Cada médico debe llevar almas a los sacerdotes… Que Jesús se pueda ver entre nosotros”.

El hogar con calor de una madre
El amor entre Pedro y Gianna dio pronto frutos: en 1956 nació el primer hijo: Pedro Luis, en 1957, María Zita, en 1959, luego de un embarazo difícil, Laura Enriqueta. A sus obligaciones profesionales supo unir sus responsabilidades familiares. Como toda ama de casa y madre de familia, se dedicaba a ir de compras al mercado para conseguir los alimentos y los enseres domésticos. Distribuir el tiempo para lleva a los hijos a la escuela muy temprano, manejando su automóvil, enseñarlos a ver televisión, estar al tanto de que se bañen y acostarlos a la hora conveniente. Educarlos con paciencia, dedicación y firmeza, esculpiendo en cada uno de ellos un carácter y una persona con educación. Atender al marido, santificando su relación de pareja mediante el diálogo, la convivencia cotidiana, esperarlo hasta la noche con una sonrisa y platicarle los eventos de día. Ser el medio de unir en un mismo amor al esposo con los hijos, para guiarlos a Dios con el rezo diario de rosario y la participación constante de los sacramentos. Enfrentar las dificultades económicas, procurar los mejores estudios para sus vástagos y mantener una economía familiar estable, con momentos de ahorro y compartiendo de lo propio con los necesitados. Así, pudo ser la mujer fuerte que deseaba. Pedro Molla refiere: “En seis años y medio que estuvimos casados, me impresionó que fuera tan trabajadora; el respeto tan profundo que tenía por la vida, don de Dios. Me conmovía la gran alegría que sentía cada vez que nacía uno de los hijos”.

La Santa, fotografiada con uno de sus hijos.

La Santa, fotografiada con uno de sus hijos.

El amor de una madre es la impronta del amor de Dios
Hacia 1961, Gianna y Pedro esperaban la llegada de un nuevo vástago. Entre el tercer y cuarto mes del embarazo, le apareció un fibroma en el útero que ponía en riesgo la vida de ella y del feto. Le preocupaba ante todo que la vida de su hijo no tuviera peligro, y decidió que se le practicara una operación para retirar el tumor. Deseaba que su criatura viviera, que se protegiera su existencia y, si fuera preciso, por encima de la suya. Hubo tres opciones: una laparotomía con extracción del fibroma y de útero, interrupción del embarazo con aborto y extracción del fibroma, y extracción del fibroma sin interrumpir el embarazo. Gianna escogió la última opción, sabiendo como médico el peligro que como madre enfrentaba. Antes de entrar al quirófano el 6 de septiembre de 1961, se confesó y comulgó. Dijo: “Mil veces antes morir que ofender al Señor”. Se le extirpó entonces el tumor sin dañar la cavidad uterina, para que el embarazo pudiera continuar. Dos vidas estaban en juego: una sutura en esa zona durante el cuarto mes del embarazo resultaría fatal. A despertar, el médico le dijo: “Hemos salvado al bebé”.

Gianna volvió a casa, consciente de que llevaba en su seno una persona humana por la que merecía arriesgar y hasta dar su propia vida. Era un don de Dios, como sus otros hijos. Trató de llevar una vida normal, a sabiendas de que conforme avanzaba el embarazo, el peligro también crecería. Cierto día que Pedro volvía del trabajo, le dijo: “Pedro, te lo ruego, si te ves en la ocasión de decidir entre mi vida y la del niño, te ruego que decidas por la del niño, no la mía”. Pedro lo recuerda bien: “Me sentí incapaz de responderle nada. Me fui de la casa sin decir palabra. Gianna confiaba en la Providencia. La decisión de mi mujer era el resultado de una vida de coherencia con su fe profundamente religiosa, que tenía sus raíces en su familia. Lo que hizo no lo hizo para irse al cielo. Lo hizo porque se sentía madre y porque disfrutaba de cada cosa, pequeña y grande que Dios nos da en este mundo. Al darse cuenta de la terrible coincidencia del embarazo con el fibroma, lo primero que hizo fue pedir por la vida de ese niño.”

Gianna no era una mujer fanática, sino una amante de la vida, de la suya y de la de los demás. Para ella era tan importante cuidar de sus otros hijos como defender la vida del que se gestaba en su seno. Ante semejante conflicto, descubrió que todos tenían los mismos derechos. Por ello pedía a Dios que, a la vez de su curación, pudiera alumbrar a su hijo. Por fin, el 20 de abril de 1961 ingresó en la clínica y pudo nacer su niña, a quien llamaron Gianna Emanuela. Cuando ella pudo abrazarla, la miró con mucho cariño y con un sufrimiento enorme, pues daba por hecho que nunca más la volvería a ver, abrazar ni gozar de ella. Le diagnosticaron una severa peritonitis que le provocó una agonía de varios días.

Fotografía de la Santa con su marido y uno de sus hijos.

Fotografía de la Santa con su marido y uno de sus hijos.

Si el grano de trigo no muere…
Los últimos días de Santa Gianna coincidieron con la celebración de la Semanas Santa y de Pascua, como si el Señor quisiera haberla unido a su Pasión para que realmente tuviera una pascua de la muerte física la vida del cielo. El dolor más fuerte para ella estaba entre decidir sobre la vida de su hija por nacer o dejar a sus hijos sin madre. El Viernes Santo comenzó su viacrucis, el Sábado Santo dio a luz a su hija. El Domingo de Pascua y los primeros días de la semana subsiguiente padeció una larga y dolorosa agonía, los cuales pudo superar por los cuidados de su hermano Fernando y su hermana Sor Virginia. Se decidió que los niños no fueran a visitarla al hospital, para evitarles sufrir y porque ella no tenía fuerza para soportar un sufrimiento más. Tuvo un colapso muy fuerte, que pareció ser el final, entonces su hermana Virginia le acercó el crucifijo a los labios y lo besó reverentemente, mientras lo apretaba fuertemente con sus manos, mientras decía: “Gracias, Jesús, que me consuelas en estos momentos”. Pidió recibir la Eucaristía, pero por su estado ya no era posible. Entonces se le colocaba la Sagrada Forma sobre los labios y la besaba fervientemente. A pesar de su agonía, no interrumpía su coloquio con el Señor. Varias veces decía: “Jesús, te amo, Jesús, te amo”. El Viernes de Pascua se decidió que fuera trasladada a su casa, luego de haber caído en un estado de coma. Sus hijos estaban en las habitaciones aledañas, pero la recién nacida permaneció internada unos días más en el hospital. Finalmente, murió el día siguiente, Sábado de Pascua, a las ocho de la mañana. No había cumplido los cuarenta años. Fue sepultada en el Cementerio de Mesero.

Una lámpara se enciende para que ilumine a los de la casa
La causa de su canonización se introdujo a petición del arzobispo de Milán con el apoyo de los obispos de Lombardía, como un ejemplo de la vida que se niega o se desconoce. El milagro para su beatificación sucedió en Brasil, con una mujer parturienta afectada de una septicemia, cuyo nombre es Lucía Silva Cirilo. Fue a instancias de su hermano José, médico y misionero capuchino, que las religiosas de ese hospital invocaron a la doctora Beretta por la salud de la afectada. Fue beatificada el 24 de abril de 1994, en el marco del Año Internacional de la Familia, y canonizada el 16 de mayo de 2004 por San Juan Pablo II. A ambas ceremonias asistieron Pedro Molla con sus hijos, destacando la presencia de Gianna Emmanuela, por quien dio la vida su madre.

Lápida del sepulcro de la Santa, en la cripta del cementerio.

Lápida del sepulcro de la Santa, en la cripta del cementerio.

Los restos de la Santa permanecen en el cementerio de Mesero, su cripta se ha convertido en meta de peregrinaciones.

Humberto

Bibliografía:
– DE ECHEVERRÍA, Lamberto; LLORCA, Bernardino; REPETTO BETES, José Luis. Año Cristiano IV Abril, Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid 2003, pp. 625-633.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es