Santa Inés de Montepulciano, virgen dominica

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"Santa Inés del Monte Policiano, virgen de la Orden de Predicadores". Grabado barroco para una serie de santos dominicos.

“Santa Inés del Monte Policiano, virgen de la Orden de Predicadores”. Grabado barroco para una serie de santos dominicos.

Según el beato Raimundo de Capua, que es su principal biógrafo, Inés Segni – que así se llamaba – nació en un pequeño pueblo llamado Gracciano Vecchio, a unos tres kilómetros de Montepulciano, en el seno de una familia noble, alrededor del año 1274. En aquella comarca habían nacido personas tan ilustres como el Papa Marcelo II, San Roberto Bellarmino (Doctor de la Iglesia) o el poeta Angelo Ambrogini, llamado el Poliziano. Desde muy pequeña sintió fascinación por las cosas espirituales y con nueve años de edad entró en el monasterio dominico del Sacco, que era llamado así por la forma del rústico hábito que llevaban las monjas.

Inmediatamente se distinguió por una extraordinaria piedad, dándose cuenta las religiosas de que tenían un tesoro en su convento, por lo que permaneció allí poco tiempo, apenas cinco años, ya que complaciendo la solicitud que habían hecho los delegados de Proceno – una pequeña aldea de la diócesis de Acquapendente en la provincia de Viterbo – fue enviada junto con Sor Margarita, que era su maestra de noviciado, para erigir allí otro monasterio de monjas dominicas. El beato Raimundo de Capua llega a escribir que: “Por la autoridad del Sumo Pontífice, Inés, cuando cumplió los quince años de edad, por lo visible que era la influencia que ejercía su santidad, fue elegida superiora del monasterio”.

Inés no decepcionó, extendiéndose muy pronto su fama, no sólo por sus virtudes, sino por los milagros que hacía en vida y por los dones especiales que todos le atribuían: libraba a los endemoniados, multiplicaba el pan y el aceite y curaba a los enfermos graves, pero sin embargo, de puertas hacia adentro, se la veía como una humilde y sencilla monja, muy amante de la oración, con un gran espíritu de sacrificio – se alimentaba sólo de pan y agua – y con un ardoroso amor hacia la Eucaristía.

Aunque sus conciudadanos de Montepulciano insistían continuamente para que ella volviese a su lugar de origen, ofreciéndole la posibilidad de fundar allí mismo un monasterio, ella permaneció en Proceno por espacio de veintidós años. Finalmente, recibiendo en sueño tres piedras pequeñas que le entregaba la Virgen para que erigiera una edificación; y dándose cuenta de que era la voluntad de Dios el que volviera a su tierra natal, allí marchó e inició la construcción de un monasterio, que dedicó a la Señora bajo la advocación de Santa Maria Novella.

La Santa comulga de manos de un ángel. Relieve decimonónico en la iglesia de los dominicos de Friesach, Austria.

La Santa comulga de manos de un ángel. Relieve decimonónico en la iglesia de los dominicos de Friesach, Austria.

El primer documento existente sobre ese nuevo monasterio edificado a las afueras de Gracciano data del 3 de julio de 1306 y se trata de una autorización firmada por el obispo. Muy pocos días después, concretamente el 8 de agosto, un primer grupo de monjas emitieron su profesión religiosa en presencia de Fray Bernardo Ranieri, religioso servita; y el 23 de septiembre fue elegida su primera superiora. La elección recayó sobre Inés y así estuvo como priora del monasterio hasta su muerte, acaecida el día 20 de abril del año 1317.

Las primeras religiosas de ese monasterio de Montepulciano querían adoptar la Regla de San Agustín, pero Inés, que había tenido una visión de Santo Domingo de Guzmán cuando se encontraba en Proceno, las convenció para que adoptasen la Regla Dominica. A pesar de las objeciones que a este hecho en el pasado pusieron algunos historiadores, se puede establecer con certeza que la nueva comunidad, regida por la Regla de Santo Domingo, dispuso desde el primer momento de un padre espiritual dominico del vecino convento de Orvieto, que fue quien las instruyó sobre la Regla y Constituciones dominicas, apoyando a Santa Inés. Este fraile se dedicó por completo al cuidado espiritual de la nueva comunidad religiosa.

En Montepulciano, ella fue un ángel de paz entre las diversas familias nobles que luchaban entre sí, pudiendo comprobar por ellos mismos – como ya lo habían comprobado los habitantes de Proceno – como Inés, con su santidad sencilla y simple, podía aportar soluciones a los conflictos que entre ellos se planteaban.

Aun con los dones extraordinarios que había recibido de Dios, Inés se mantuvo siempre como una monja sencilla, muy simple, que mostraba una extraordinaria piedad hacia la Virgen y hacia Cristo. Fue muy famoso un milagro que realizó en presencia del obispo, recubriendo el altar de la celebración con una especie de maná que caía del cielo. La misma Santa Catalina de Siena, setenta años más tarde, cuando se acercó a venerar los restos de Inés, vio repetirse el milagro del maná y cómo los pies del cadáver de Inés se levantaban cuando Santa Catalina se agachaba para besarlos, mientras la llamaba “Madre nuestra, gloriosa Inés”.

Vista del cuerpo incorrupto de la Santa, venerado en Montepulciano (Italia).

Vista del cuerpo incorrupto de la Santa, venerado en Montepulciano (Italia).

Muy cerca de Montepulciano se encuentran las aguas termales de Chianciano. Ante la insistencia del médico y de las propias monjas, Inés se acercó hasta allí en el año 1316 y en su presencia se efectuaron numerosos milagros, pero como ella misma dijo, aquellas aguas no la socorrerían a ella, ya que poco tiempo después, de vueltas en Montepulciano, tuvo que meterse en la cama y enfermó hasta tal punto que, sintiendo cercana su muerte, llamó a sus monjas, les pidió que no llorasen por ella sino que se alegraran, ya que pronto se iba a encontrar con Dios en la eternidad; y les dijo: “Si les he sido útil en vida, mucho más lo voy a ser después de mi muerte” y, como dije anteriormente, murió el 20 de abril de 1317.

Debido a su fama de santidad, las monjas y los frailes que habían acudido a los funerales no quisieron sepultar el cadáver, pensando embalsamarlo y exponerlo en un lugar decoroso dentro del monasterio, por lo que enviaron a algunas personas a Génova para que comprasen los bálsamos, costasen lo que costasen. Pero prodigiosamente se pudo comprobar que, para conservar el cuerpo de Inés, no eran necesarios ni bálsamos ni ungüentos; y así, de las manos y de los pies comenzó a gotear en tal cantidad un líquido oloroso que fueron necesarios varios recipientes para recogerlo, quedando impregnados también los paños que cubrían el cadáver. Inmediatamente se informó a las autoridades; y tan rápidamente se extendió la noticia, que acudieron miles de personas con la intención de tocar o impregnar telas con ese aceite milagroso. El beato Raimundo de Capua dice que, cincuenta años después de su muerte, el cuerpo de Inés estaba completamente intacto y con apariencia de haber fallecido recientemente.

Detalle de los pies incorruptos de la Santa, que se alzaron cuando Santa Catalina de Siena se agachó a besarlos.

Detalle de los pies incorruptos de la Santa, que se alzaron cuando Santa Catalina de Siena se agachó a besarlos.

Sin estar aún canonizada, el templo que guardaba su cuerpo fue llamado “iglesia de Santa Inés” y pocos meses después de su muerte, eran tantos los milagros que los notarios públicos comenzaron a registrarlos en un libro para confirmar su testimonio. En este libro se basó el beato Raimundo de Capua, cuando en su biografía describió algunos de ellos, llegando a decir: “A esta virgen, le fue concedido por Dios un poder tan inmenso, que no había ningún tipo de enfermedad, aunque fuese contagiosa, que no desapareciese sólo con su oración”. Pero, si el beato Raimundo de Capua no fue contemporáneo suyo, ¿cómo pudo escribir una biografía tan precisa sobre Santa Inés? Porque este beato, vivió durante cuatro años en Montepulciano unos cincuenta años después de la muerte de Inés, tuvo la suerte de conocer a cuatro compañeras de la santa y a otras muchas personas que la conocieron; y tuvo en sus manos los documentos del monasterio, entre ellos, el famoso libro en el que quedaron registrados sus milagros. Por lo tanto, esta biografía es una certera y valiosa fuente de información admitida por todos.

El Papa Clemente VII en el año 1532 autorizó la celebración de su festividad en Montepulciano; y en el año 1601, Clemente VIII extendió el derecho a toda la Orden Dominica, confeccionando San Roberto Belarmino – de quien hablamos al principio del artículo – las lecciones del oficio de Maitines. Santa Inés fue canonizada posteriormente por el Papa Benedicto XIII, el día 10 de diciembre de 1726, junto con San Jacobo de la Marca y Santo Toribio de Mogrovejo.

Vista del relicario que contiene las ropas de la Santa, que se bañaron en sangre en 1510.

Vista del relicario que contiene las ropas de la Santa, que se bañaron en sangre en 1510.

Su cuerpo, que en el año 1510 sudó tanta sangre que impregnó todas las vestimentas que lo cubrían, se venera actualmente incorrupto en Montepulciano, dentro de una urna-monumento de mármol, construido en el año 1690.

Antonio Barrero

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