Santa Inés Le Thi Thanh (Ba Dê)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Lienzo contemporáneo de la Santa mártir vietnamita.

Lienzo contemporáneo de la Santa mártir vietnamita.

Hace un tiempo nuestro amigo y compañero Antonio Barrero abordó el martirio de numerosísimos mártires de Vietnam, un artículo dedicado a todos los canonizados y tres dedicados exclusivamente a los pertenecientes a la Orden dominica. Hoy, como he prometido diversas veces, hablaré de la única mujer canonizada de este grupo, Santa Inés Le Thi Thanh (Ba Dê), que es también la única mujer laica de los 117 mártires vietnamitas.

Nació en 1781 en la aldea de Bai Dem, provincia de Tran-Hoa, al norte de Cocochina (actual Vietnam del Norte), y desde la cuna fue cristiana. En la adolescencia pasó a vivir con su madre en Phunc-Nhat, en la provincia de Ninh Binh. Como era costumbre en su tierra, se casó a los 17 años de edad con otro cristiano vietnamita, un pacífico agricultor llamado Dguyen-Van-Nhat, llevando con él una vida apacible en matrimonio y teniendo 6 hijos. No mucho más se sabe sobre ella durante estos años de armonía, salvo que observaba una vida de buena cristiana. Era católica practicante y profundamente religiosa, lo cual hizo que le diera una óptima educación cristiana a sus seis hijos, tratando siempre estar en contacto con los sacerdotes cristianos y enorgulleciéndose de poderles dar hospitalidad en su casa cada vez que alguno de ellos llegaba a aquel pueblo. Siempre lo hacía con espíritu de verdadera caridad, lo que la hizo merecedora de la corona del martirio.

Conservamos algunos testimonios de su marido e hijos referentes al proceso de beatificación. Así, su esposo dijo acerca de su vida matrimonial: “Los dos siempre vivimos en armonía, paz y alegría; y jamás permitimos que nadie nos oyera discutir”. Lucía, la menor de sus hijos, nos ha dejado este testimonio: “Nuestra madre se preocupaba mucho de nuestra educación. Los maestros nos enseñaban literatura y otras cosas, ella nos enseñaba a ir a misa y a confesarnos. A veces, por pereza, no nos queríamos confesar, y entonces ella nos animaba a hacerlo e íbamos juntos a la iglesia”. Otra de sus hijas, Ana, dijo: “Después de que me casara, mi madre me visitaba a menudo y me daba buenos consejos. Una vez me dijo: “Obedecer a Dios y estar casada es una carga pesada. Debes obrar con sabiduría y no desobedecer a tus suegros. Pero también, por favor, debes aceptarlo como una cruz enviada por Dios”.

Relicario de la Santa llevado en procesión por mujeres vietnamitas.

Relicario de la Santa llevado en procesión por mujeres vietnamitas.

Cuando el emperador Minh Mang decretó la persecución de los cristianos, ella fue instrumento esencial de ayuda a los sacerdotes nativos, que viajaban disfrazados para eludir a los magistrados locales. En abril de 1841, en la aldea de Phunc-Nhat, se alojaban cuatro sacerdotes católicos. Como Inés tenía refugiado en su hogar a uno de estos sacerdotes, el misionero P. Galy, fue arrestada durante una redada en busca de sacerdotes católicos entre las poblaciones vecinas, ya en tiempos del emperador Thieu Tri, sucesor de Minh Mang. Había sido delatada por un catequista apóstata, quien por orden del gobernador, caracterizado por su especial crueldad con los cristianos, había traído un grupo de soldados a registrar el poblado y su casa, encontrando al misionero oculto en una cisterna vacía al fondo del huerto de Inés. Un conocido sacerdote vietnamita, el padre Li, y otro miembro de la Iglesia perteneciente a la misma aldea, fueron arrestados con ella y llevados ante el gobernador.

Como era una mujer, el gobernador de la provincia la juzgó débil y ordenó que fuera torturada tanto física como psicológicamente, seguro de doblegarla en poco tiempo y así, lograr que apostatara. Inés fue brutalmente golpeada y atormentada con serpientes venenosas. A pesar del inmenso terror y sufrimiento que esto le provocaba, mantuvo la compostura recurriendo a la fe en la Santísima Virgen; y todo ello mientras permanecía en la prisión de Tran-Hoa, siendo interrogada y golpeada constantemente. Los interrogatorios eran extenuantes y brutales, pero ella respondía a todo con firmeza: “Yo sólo adoro a mi Dios y jamás renegaré del cristianismo”. Uno de los guardias la golpeaba con un palo, pero viendo que resistía valientemente aquello, decidió usar una larga tabla de madera para azotarle las piernas. Cuando su marido acudió a visitarla a la cárcel, ella le dijo: “Me han golpeado con mucha violencia, ni un hombre podría haber soportado esto, pero estoy agradecida a la merced de Nuestra Señora, que me ha concedido no sentir dolor”.

Los soldados que se encargaban de torturarla tenían órdenes de obligarla a pisar una cruz que estaba tirada en el suelo, pero cuando la agarraron y quisieron forzarla a que la pisara, Inés se desplomó en el suelo, de modo que la arrastraron, haciéndola pasar por encima de la cruz. Ante esto, Inés rompió a llorar y gritaba: “¡Señor, ten piedad de mí, ayúdame! Jamás negaré mi fe en Dios, pero como soy una mujer débil, han usado la fuerza para obligarme a pisar la Cruz”. Otras veces, como ya se ha dicho, los torturadores usaban tácticas más crueles, como atarle las piernas juntas y meterle serpientes venenosas dentro de los pantalones y de su camisa. Esto le producía un gran pánico, pero entonces, rogaba tan fervorosamente a Dios que Él le concedía una fortaleza extraordinaria para sobrellevar esta prueba. Al poco, se quedaba sorprendentemente serena, era capaz de mantenerse inmóvil y no se agitaba, por lo que las serpientes no la mordían y poco a poco, se escurrían del interior de su ropa.

La Santa, con las ropas ensangrentadas, consuela a su hija Lucía en prisión. Ilustración contemporánea.

La Santa, con las ropas ensangrentadas, consuela a su hija Lucía en prisión. Ilustración contemporánea.

Un testigo dijo: “La señora Inés ha sido tan brutalmente golpeada que su cuerpo está ensangrentado. Aún así, es feliz y aún quiere sufrir más”. Lucía, su hija más joven, la visitó en prisión y, al verla con las ropas salpicadas de sangre, no paraba de llorar, sollozando entre lágrimas al ver el estado de su madre. Ella confortaba a sus hijos diciendo: “No lloréis, éstas son mis rosas rojas del coraje. Estoy sufriendo en el nombre de Jesús, ¿por qué lloráis?” Posteriormente, Lucía contaría: “Mi madre me pidió por favor que cuidara de la casa y de mis hermanos, que me mantuviera ferviente en la oración y en la asistencia a misa; y que rezara por ella, para que Dios le diera fuerzas para cargar su propia cruz. Me dijo que ambas, madre e hija, nos reuniríamos de nuevo en el cielo”. Su marido le pedía también que reconsiderara su posición, o cuanto menos, que pensara en sus hijos. Ella replicó: “Te confío a ti nuestros hijos. Confía en Dios. En cuanto a mí, confiaré y seguiré a Jesús hasta el final…”

Finalmente, tras tres meses y medio de tormentos y encarcelamiento, Inés Le Thi Thanh murió de disentería, sucumbiendo a las torturas y las condiciones deplorables de higiene y sanidad de las prisiones de la época. Aunque dos monjas se encargaron de cuidarla y algunos sacerdotes le hacían llegar medicinas a la prisión, nada pudieron hacer por salvar su vida. Recibió el consuelo sacramental de la penitencia y la unción de enfermos, mientras repetía: “Señor, Tú que moriste por mí, hágase tu divina voluntad. Que Dios perdone todos mis pecados”. Las últimas palabras que pronunció, poco antes de expirar, fueron: “¡Jesús, José y María! En las manos del Señor encomiendo mi alma y mi cuerpo, bendito sea el Señor y en todo sea obedecido”. Era el 12 de julio de 1841 y tenía 60 años de edad. Los carceleros, según era costumbre, quemaron los dedos gordos de sus pies con un hierro candente, para asegurarse de que estaba realmente muerta. Ni su ancianidad, ni el ser madre de una gran familia, habían movido a compasión a sus torturadores; que no la ejecutaron ni, al parecer, querían molestarse con ello tratándose de una mujer, pero se encargaron de destruirla de forma más lenta y atormentadora, y se contentaron con dejarla morir. Su marido y sus seis hijos la sobrevivieron. Fue enterrada rápidamente, aunque seis meses después, los cristianos la desenterraron y le dieron un funeral más digno.

Relicaro con huesos de la Santa.

Relicaro con huesos de la Santa.

El papa León X la beatificó el 2 de mayo de 1909 y el papa San Juan Pablo II la canonizó el 19 de junio de 1988 con otros 116 mártires vietnamitas. Aunque es venerada de forma conjunta con el resto del grupo, su fiesta particular es el día de su muerte, el 12 de julio. Ella es modelo para todas las madres católicas vietnamitas que usan la oración y el consejo para guiar a sus hijos. Hay tres iglesias dedicadas a ella como santa patrona, las tres en Estados Unidos: una en Florida, otra en Los Ángeles y la tercera en Nueva Orleans, además de imágenes suyas en muchas iglesias en Vietnam (Ciudad Ho Chi Minh) y Estados Unidos.

Meldelen

Bibliografía:
– SALOTTI, C., “I nuovi martiri Annamiti e Cinesi”, Roma, 1909

Enlaces consultados (15/10/2013):
http://www.phatdiem.org/Portal/Print.aspx?Culture=vi-VN&q=265
http://www.santiebeati.it/dettaglio/93421
https://sites.google.com/site/vietnamesemartyrs/VietnameseMartyrs/agnes-le-thi-thanh
http://tinmung.net/CACTHANH/118ThanhTDVN/_TieuSu/Thanh_AneLeThi.htm

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