Santa Juliana de Lazarevo

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Icono ortodoxo americano de la Santa.

Icono ortodoxo americano de la Santa.

Es una de las Santas más representadas en la iconografía rusa. A pesar de que su “Vita” estimula la emotividad de quien la lee, es bastante fiable porque está fundada en los recuerdos personales descritos por su hijo Calístrato en el año 1614. Aun así, a pesar de los milagros y las apariciones del demonio que en ella se relatan, la biografía se asemeja más a un relato familiar que a una leyenda hagiográfica.

Según esta “Vita”, Juliana nació cerca de Murom, siendo hija de Justino Nedurov y de Estefanía, que eran funcionarios del Zar Iván el Terrible. Con seis años de edad se quedó huérfana, siendo criada por su abuela materna, que la cuidó hasta su muerte. Cuando esto acaeció, Juliana tenía doce años de edad y se fue a vivir con su tía Natalia, esposa de Putila Arapov.

Con dieciséis años de edad se casó con un noble llamado Jorge Osorgin, yéndose a vivir a una propiedad que tenían en Lazarevo, en la periferia de Murom. Allí vivió una vida cristiana y de oración, haciendo más de un centenar de postraciones diariamente y practicando un ayuno tan riguroso que preocupaba a toda su familia. Su carácter era dulce y paciente; y cuando rechazaba participar en juegos y divertimentos, lo hacía aduciendo cualquier excusa, diciendo que tenía otras ocupaciones o que se encontraba incapacitada. No sabía ni leer ni escribir y; por lo tanto, no podía participar activamente en los actos litúrgicos en la iglesia, a la que acudía asiduamente, aunque le quedaba lejos de su casa.

Cuando quería escuchar la palabra de Dios, le decía a alguno de sus hijos que le leyeran las Sagradas Escrituras, que sin embargo, después comentaba como si fuera una entendida en la materia. Se granjeó la estima y el cariño de sus suegros, los cuales, al poco de casarse, le dieron la administración de su casa. Su marido, que estaba al servicio del Zar, muchas veces al volver a casa se la encontraba en oración postrada en el suelo. Daba muchas limosnas a los pobres, pero cuando su esposo estaba ausente – y en una ocasión lo estuvo por espacio de tres años, que permaneció en Astrakan al servicio del Zar – ella limitaba esas limosnas al dinero que provenía de su trabajo, sin tocar jamás lo que era propiedad de sus suegros. No permitía que los servidores de la casa cuidaran de sus necesidades, porque decía que podía bastarse por ella misma.

La Santa repartiendo comida y limosna entre los pobres. Relieve de 1888 conservado en Murom, Rusia.

La Santa repartiendo comida y limosna entre los pobres. Relieve de 1888 conservado en Murom, Rusia.

Sin que se enterasen sus suegros, se dedicaba al cuidado de los huérfanos, de las viudas y de los enfermos y en tiempos de hambruna, pedía que le facilitasen juntas las comidas de mediodía y de la noche a fin de comer una sola vez, pero en realidad, donaba estos alimentos a los más necesitados. Sus familiares se encontraban dichosos porque creían que comía, pero esto no era cierto.

Pero el ambiente familiar se fue enrareciendo, porque sus hijos estaban casi siempre peleando y maltratando continuamente a la servidumbre. Su hijo mayor fue asesinado por uno de sus vecinos, y otro también murió mientras estaba al servicio del Zar. Ella, muy dolorida, pensó retirarse a un convento, pero su marido consiguió convencerla de que su puesto estaba al lado de sus otros hijos, que crecían sin recibir apenas educación alguna. Para convencerla, le prometió no exigirle en adelante el que satisficiera sus deberes conyugales, y así ella, aunque en su casa, pudo llevar una vida monástica de oración y penitencia.

Diez años más tarde falleció su esposo y ella se dedicó a ayunar aún más y a llorar constantemente solicitando la salvación de su alma. Y así, llevó aún más intensamente su vida de oración, entregando además a los pobres todo el dinero conseguido con la venta de todos sus vestidos y ajuares. Cuando le preguntaban el por qué hacía eso, ella contestaba: “Porque cuando mi cuerpo sea destruido, no será más que comida para los gusanos”.

La Santa distribuyendo su comida entre los pobres. Fresco ortodoxo en el convento de la Trinidad de Murom, Rusia.

La Santa distribuyendo su comida entre los pobres. Fresco ortodoxo en el convento de la Trinidad de Murom, Rusia.

Aunque su pensamiento estaba siempre en la Madre de Dios, era muy devota de San Nicolás, cuya imagen tenía en su capilla familiar y a quien invocaba asiduamente cuando sentía algún tipo de tentación. Una vez, el Santo se le apareció con un enorme libro en las manos, exhortándola a no temer a los demonios porque él siempre la ayudaría. Su hijo Calístrato escribe: “Un día, al entrar en la capilla, mi madre fue asaltada por unos demonios que querían matarla, pero ella, no perdiendo el ánimo, suplicó a Dios que le enviase a San Nicolás en su ayuda y de repente, vio al santo con un bastón en sus manos, que se ponía entre ella y los demonios. Estos se esfumaron como se esfuma el humo que sale del fuego, pero uno de los espíritus malignos la amenazó diciéndole que en los últimos días de su vida, ella se sentiría morir de hambre, sufriendo además por no poder alimentar y servir a los demás”.

Sus últimos años fueron muy difíciles. Una terrible hambruna golpeó a Rusia entre los años 1601-1602, cuando reinaba Boris Godunov. Su generosidad fue total y cuando se le acabaron todos los recursos, se vio obligada a dejar su casa e irse a una propiedad en Niznyj Novgorod, donde a su pesar, tuvo que despedir a todo el personal del servicio porque no podía pagarle. Y mientras el hambre se extendía, también crecía la ruina moral entre los hombres y ella, aún sin serlo, se culpabilizaba de ello. Estaba convencida de que sus antiguos servidores le habían sido confiados por Dios y se sentía culpable por haber tenido que desprenderse de ellos. Y así, enfermó gravemente, muriendo santamente el día 10 de enero del año 1604.

Diez años después de su muerte, fue venerada por el pueblo, porque con ocasión del fallecimiento de uno de sus hijos junto a la iglesia de Lazarevo, fue abierta su tumba y se encontró su cuerpo cubierto de una especie de mirra, que fue utilizada por los presentes para ungir a los enfermos, que quedaban curados. De esa manera se inició su culto. Sin duda, esto que hicieron sus contemporáneos era porque estaban convencidos de la santidad de Juliana, que aunque no había tenido una vida heroica, ni había sido gran defensora de la ortodoxia, ni había realizado prodigios ante los jerarcas de la Iglesia, sin embargo, había llevado una vida austera, viviendo una santidad doméstica, consignada por toda una serie de acciones diarias, que habían demostrado que era una mujer buena, dedicada completamente a sus hijos, a su esposo, a sus suegros y sobre todo, a sus sirvientes y a los pobres.

Vista del sepulcro actual de la Santa.

Vista del sepulcro actual de la Santa.

Sin embargo, su inclusión en el catálogo oficial de los Santos no se produjo sin ningún recelo. Por ejemplo, en el año 1801, el consistorio de la diócesis de Vladimir deliberó acerca de prohibir su veneración. Sin embargo, tuvo que admitirse que había existido continuidad en el culto a Juliana desde su muerte, por lo que tenía que ser inscrito su nombre entre los “difuntos más venerados” (почитала мертвым) y así, en el año 1903, su nombre se incluyó en los calendarios oficiales, lo que tácitamente equivale a una canonización.

Antonio Barrero

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