Santa María de Jesús Sacramentado Venegas de la Torre, virgen fundadora

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía de la Santa.

Fotografía de la Santa.

Primeros años
La primera Santa mexicana nació el 8 de septiembre de 1868, en el rancho de La Tapona, municipio de Zapotlanejo, Jalisco. Sus padres fueron Doroteo Venegas y Nieves de la Torre, quienes la hicieron bautizar el 13 del mismo mes en la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario, en la cabecera municipal. Allí recibió el nombre de María Natividad, en recuerdo de que vio la primera luz el día del nacimiento de la Santísima Virgen María. Hasta que hizo su profesión religiosa, cambió su nombre por el de María de Jesús Sacramentado, de manera que por mucho tiempo se le conoció como la “Madre Nati”. Y aún luego de su canonización mucha gente la sigue llamando así como muestra de cariño. Natividad fue la última de doce hijos, por lo que siempre recibió un trato especial en su casa. Recibió la Confirmación en la Catedral de Guadalajara por ministerio del Arzobispo de esa ciudad Don Pedro Loza y Pardavé, el 24 de noviembre de 1872.

Doroteo Venegas era un hombre preparado, pues había estudiado en la Universidad de Guadalajara, sin embargo era un hombre de una piedad muy intensa, que al ver el ambiente de liberalismo y racionalismo que se propagaba en la sociedad de entonces, tomó la decisión de vivir en el campo, enfrentando sus duras faenas; como era un hombre de gran corazón, lleno de caridad y de compasión por la carencia ajena sin remedio, prestaba dinero a quien se lo pedía con espíritu de caridad y muchas veces fue aval en casos realmente desesperados, por esta razón, él mismo se vio en apuros económicos por lo que emigró buscando una mejor calidad de vida para su familia.

Así que se trasladó al vecino estado de Nayarit, contratado por la familia Aguirre, unos ricos hacendados para que trabajara en la Hacienda de San Leonel. Por once años vivió nuestra Santa en este estado en diversos municipios: Las Varas, Mecatán, San Pedro Lagunillas, donde aprendió las primeras letras. En este lugar había sido párroco el poeta Bernardo de Balbuena, quien luego sería obispo de Puerto Rico. Este fue el pretexto de Don Doroteo para que su hija se aficionara a la poesía y la literatura, aprendiendo de su propio padre las reglas para hacer versos. Tuvo un hogar donde todos trabajaban en el campo. Su familia fue profundamente religiosa, de las que al atardecer, todos se reunían para rezar el rosario de rodillas y con los brazos en cruz.

Fotografía de la pila donde fue bautizada la Santa.

Fotografía de la pila donde fue bautizada la Santa.

En su casa aprendió a conocer y leer la Biblia pues su padre le platicaba o leía episodios de la historia sagrada, lo que provocaba largas pláticas entre ellos, intercambiando opiniones y consultando sus dudas. También en la parroquia de ese lugar hizo su Primera Comunión cuando tenía nueve años, luego de haber sido preparada por su madre para recibir por primera vez a Jesús Sacramentado y quien lamentablemente falleció al poco tiempo, cuando contaba sólo con cuarenta y dos años. Tal vez esto influyó para que la familia emigrara a Compostela, o fue quizá porque el papá buscaba un mejor empleo.

Compostela fue la sede original de la ciudad y diócesis de Guadalajara. En la parroquia del lugar Natividad creció como una niña muy piadosa, que visitaba con cierta frecuencia y mucha devoción la imagen de Cristo Crucificado llamado el “Señor de la Misericordia”, escultura de tamaño natural que desplazó como patrono del lugar al apóstol Santiago. En este lugar también murió de manera sorpresiva su hermano Higinio y aunque el papá trató de mantener la unidad familiar, por cuestiones económicas aceptó un empleo en Tepic, capital del estado. Entonces tomó la decisión entre dolorosa y valiente de marchar solo a esa ciudad y de enviar a sus hijos a Zapotlanejo, donde estarían bajo la tutela de su hermano Donaciano y su cuñada Teodora. Se despidió Doroteo de sus hijos, quienes no lo volverían a ver en este mundo, pues murió en Tepic en el año de 1887. De su estancia en estas tierras recordará la Santa las planicies costeras de generosos pastos, los campos exuberantes de trigo, el clima tropical, la cañas de azúcar, el negro tabaco, las huertas de fruta como mango, guayaba, coco, piña, papaya, plátano, era como si Dios hubiera puesto en un mismo espacio el color, el sabor, el olor y el calor.

La familia se avecindó en el rancho de Los Zorrillos y allí, nuestra Santa conoció más de cerca la vida de campo y la agricultura. En este lugar había un alto índice de analfabetismo y por esta razón aceptó con gusto dar clases a los niños del lugar, quienes la quisieron mucho porque les daba atención y dedicación. Muchas veces jugaba con ellos y éstos, de manera brusca y llena de confianza, se le trepaban por la espalda cuando estaba de rodillas en el suelo moliendo el maíz en su metate. Esto disgustaba a sus tíos y a su hermana Adelaida, quienes la regañaban por los riesgos que enfrentaba con los pequeños, pero ello no lo tomaba en serio, porque sabía que si los regañaba o los castigaba perdería su confianza y no podría seguir educándolos. Así, la casa se convirtió en una improvisada escuela donde también tuvo que enfrentar muchas veces la impaciencia de su tío, que llegaba cansado de las labores campesinas a su casa.

Fotografía de la Santa en 1905, cuando ingresó en las Hijas de María.

Fotografía de la Santa en 1905, cuando ingresó en las Hijas de María.

Poco tiempo después de la muerte de su padre, falleció también su tía Teodora. En esos días padeció su orfandad de una manera más intensa: arrimada en la casa de unos parientes, sin un futuro seguro y con una soledad cada día más profunda. Ante esta situación, otra hermana de su padre, la tía Crispina, intervino para llevarse a vivir a su casa en Zapotlanejo a María Natividad junto con su hermana Adelaida. Allí le compró una máquina de coser, gracias a ello, desarrolló una habilidad como costurera.

Vocación
En Zapotlanejo fortaleció más su fe y su vocación se fue desarrollando, asistía frecuentemente a misa y siempre comulgaba, participaba en las actividades de piedad comunitarias y leía constantemente la Biblia. El 8 de diciembre de 1898 ingresó en el grupo de las Hijas de María, por esta razón su deseo de consagrarse en la vida religiosa se hizo más intenso. Para discernir sus inquietudes, el. P. Antonio González le prestó el libro de la “Imitación de Cristo” para que lo leyera y lo meditara. En cuanto terminó de hacerlo se lo devolvió, pero el sacerdote no se lo aceptó, hizo que lo leyera cinco veces, así pudo ver con claridad lo que Dios le tenía dispuesto.

El Hospital de Sagrado Corazón de Jesús
En estos años la ciudad de Guadalajara no era la gran metrópoli que es ahora, sin embargo, los servicios sanitarios y de servicio social no eran suficientes. El Hospital Civil, fundado por el Siervo de Dios Don Fray Antonio Alcalde, Obispo de la ciudad y la Casa de Misericordia u Hospicio Cabañas, fundada por el también obispo de esta ciudad Don Juan Cruz Ruiz Cabañas, no eran suficientes para atender a tantos enfermos, desvalidos, huérfanos, ancianos abandonados y menesterosos.

En 1885, la Señora Doña María Guadalupe Villaseñor de Pérez Verdía, (madre del historiador Luis Pérez Verdía) tuvo la inspiración de fundar un hospital luego de atender a un pordiosero moribundo y abandonado en la calle; esta dama era Presidenta de las Conferencias del Sagrado Corazón de Jesús, rama derivada de las beneméritas Conferencias de San Vicente de Paul, que tenía su sede en la Parroquia de San José de Analco. El proyecto fue atendido por el Canónigo de la Catedral tapatía Don Atenógenes Silva, que también era el Director General de dichas conferencias y que luego sería nombrado tercer obispo de Colima. Los integrantes de la conferencias proyectaron la fundación del hospital precisamente en el barrio de Analco, siendo deseado, auspiciado y promovido por toda la sociedad tapatía, pues todos querían este nosocomio como propio y al que se decidió ponerle el nombre de Hospital de Sagrado Corazón de Jesús. Fue inaugurado el 2 de febrero de 1886 y en su fundación se integro para dar atención, un grupo de cinco señoritas, que recibían dirección espiritual de Padre Luis Silva, quien se hizo cargo de la obra cuando su hermano tuvo que partir a Colima como obispo. A este grupo de muchachas el Padre Silva tenía la intención de que algún día se convirtieran en una familia religiosa.

La Santa fotografiada con algunas hermanas en la capilla del Hospital.

La Santa fotografiada con algunas hermanas en la capilla del Hospital.

En noviembre de 1905, María Natividad se distinguía por su vida cristiana ejemplar y su asiduo trabajo en el apostolado, por ello, el sacerdote del lugar la invitó con tres compañeras a participar en unos ejercicios espirituales ignacianos que serían impartidos en la Basílica de San Sebastián de Analco – Santuario de Nuestra Señora del Refugio en Guadalajara. Estos ejercicios darían un rumbo definitivo a su vida. Su vocación ya había tenido que enfrentarse con la oposición de su familia, especialmente de su tía, que la tachaba de ingrata porque la abandonaba y también a su hermana Adelaida. Incluso tuvo que negarse a algún pretendiente que le fue presentado por sus familiares.

Fue pues a Guadalajara y de los ejercicios salió con la convicción de profesar en la vida monástica. Tuvo la opción de ser carmelita descalza en el convento anexo al templo de Santa Teresa de Jesús, así como la de ser salesa. Otra opción la tuvo cuando pensó ingresar en la recién fundada Congregación de las Siervas de los Pobres, que atendía el Hospital de la Santísima Trinidad y que era obra de la hoy Beata Vicenta de Santa Dorotea Chávez Orozco. Alguien le sugirió entonces que ingresara con las Hijas del Sagrado Corazón, que no eran propiamente religiosas y que atendían un hospital en el barrio de Analco. Allí ingresó el 8 de diciembre del mismo año y se quedó definitivamente. Tiempo después murió su tía Crispina, quien dejó como herencia para ella y su hermana cien pesos para cada una. María Natividad renunció a la herencia y la cedió a Adelaida.

Pronto comenzó a servir con alegría y dedicación en el hospital al enfermo y necesitado que se le indicara, y no solo los que ordenaban las autoridades, los mismos enfermos la reclamaban constantemente por su delicadeza y por el cariño que les prodigaba. A ellos los exhortaba a soportar con alegría sus padecimientos y que entre ellos mismos se trataran como hermanos. A cada uno lo conocía y llamaba por su nombre y los acercaba a los sacramentos si lo necesitaban. Tuvo un empeño particular por atender a los moribundos tratando de que recibieran los auxilios espirituales para que dejaran este mundo siendo amigos de Dios. Estaba convencida de que el hospital era la antesala del cielo. Tuvo la paciencia de soportar las faltas de los internos y hasta de disculparlos, como cuando uno se robó un reloj luego de que fue operado de unas cataratas y que no se le cobró nada. Con gracia lo disculpó diciendo: “Es que quedó bien de los ojos”.

Fotografía de la Santa en su hábito de religiosa.

Fotografía de la Santa en su hábito de religiosa.

Aprendió el oficio de farmacéutica para poder hacer y conservar los medicamentos, preparar polvos, jarabes y ungüentos. Todo ello con habilidad y dedicación. Por esta razón se le tuvo la confianza de nombrarla encargada de la sala de operaciones. Luego se hizo cargo de la contabilidad. La consideraban activa, minuciosa y recta. Estas actividades no le impidieron llevar una vida de oración y de reflexión. En 1902 fue nombrada Vicaria de la Directora del Hospital y por ello se dedicó a la comunidad de hermanas más de lleno, atendiendo su disciplina, su vida espiritual y apostólica, trabajando con gran esfuerzo para apoyar en la dirección de la obra. Algunos de sus pensamientos nos revelan su gran espiritualidad: “Antes de hablarle al enfermo de Dios, háblale a Dios del enfermo”. “Quien es misericordioso con los más necesitados del mundo, no quedará desprovisto a su vez de la misericordia de Dios”. “Los viejos son viajeros que se van, hay que conducirlos con toda la ternura posible”. “El agua canta a pesar de encontrarse piedras en el camino, las salta cantando”.

En el año de 1917 se promulgó la Constitución de México con un espíritu liberal y antirreligioso. Por ello, muchas instituciones de servicio social que prestaba la Iglesia Católica se vieron seriamente afectadas. En este tiempo el Hospital estuvo a punto de ser incautado, pese a todo el bien recibían por su medio muchas personas de escasos recursos económicos. Gracias a la intervención de personas influyentes, no se logró el cometido, aunque si fueron expropiadas dos casas anexas con cuyas rentas se ayudaba en los crecidos gastos médicos y alimentación de los enfermos. Eran años previos a la persecución religiosa, sin embargo el Gobernador del Jalisco, Manuel M. Diéguez, reconoció su labor social cuando en 1918 se descarriló el tren que venía de Sayula, Jalisco. Muchos heridos fueron llevados a este hospital, a donde el Gobernador los visitaba casi a diario y a quienes dotaba de carne proveniente de la plaza de toros.

El 25 de enero de 1921, la Mitra de Guadalajara promovió las primeras elecciones canónicas de la comunidad del Hospital, en las cuales, la Madre Nati resultó electa superiora de las hermanas, a pesar de estar enferma en cama. Desde allí tuvo que votar y allí mismo se le notificó su elección.

La Santa en comunidad con las Hermanas.

La Santa en comunidad con las Hermanas.

La persecución religiosa
En el año de 1926 las leyes antirreligiosas promulgadas por el Presidente de México Plutarco Elías Calles, provocaron que el episcopado mexicano suspendiera el culto religioso y como consecuencia, en gran parte del territorio nacional, el pueblo se levantó en armas para defender su derecho de profesar libremente su fe.

En el Hospital del Sagrado Corazón, la Madre Nati tuvo que enfrentar constantes inspecciones, las cuales se realizaban para buscar en ese recinto sacerdotes escondidos, armamento para los rebeldes o información comprometedora. En algunas ocasiones tuvo que esconder el Santísimo Sacramento de pronto para que no fuera profanado. Una vez fue entre las ramas de un árbol de la huerta; otra, en una colmena de abejas, pero las más difícil fue cuando lo escondió en una caja de zapatos y lo llevó a la casa del capellán para que estuviera mejor resguardado. Esta ocasión se hizo acompañar de una religiosa y como el lugar al que iban estaba algo retirado optó por viajar en tranvía. Grande fue su susto cuando dentro del mismo iba una escolta de soldados, quienes muy amablemente les cedieron el lugar a las dos mujeres. Al llegar a la casa del capellán, éste les pidió que consumieran las formas, porque él acababa de desayunar y además, su casa estaba fichada, por lo que el Santísimo peligraba en ese sitio. En lo más recio de la persecución, la Madre Nati mandó a sus religiosas a las casas de sus familias y los ornamentos y enseres litúrgicos los depositó en las casas de gente de confianza, sin embargo, decidió que de una u otra forma el Santísimo Sacramento permanecería en el Hospital. A pesar de los calamitoso de ese tiempo, tuvo el ingenio y la osadía para agrandar y hermosear la capilla del hospital, de poner mosaico en la sala de operaciones y plafón en la botica, construir lavaderos, escaleras y barandales. Es que tenía una muy grande confianza en la Divina Providencia.

Fotografía de la Santa en su hábito de religiosa.

Fotografía de la Santa en su hábito de religiosa.

Fundadora y superiora
La proyección de un instituto religioso con bases legales se debió a la sugerencia del Siervo de Dios Don Miguel de la Mora, Obispo por entones de Zacatecas. Interesado en la pía unión que atendía el hospital, le recomendó a la Madre Nati que redactara unas constituciones para fundar una nueva congregación religiosa y que las sometiera a la autoridad eclesiástica. Aunque ella no tenía la intención de ser fundadora de un instituto religioso, sintió en esa recomendación la voz de Dios. Gracias a sus consejos, muchas meditaciones y reflexiones así como el análisis de las Constituciones de las Siervas de los Pobres, fundadas por la Beata Vicenta de Santa Dorotea Chávez y de la ayuda del Padre Manuel Alvarado, Vicario para religiosos, se pudo consolidar el proyecto en junio de 1924. Antes de ser presentadas al Arzobispado para que fueran sancionadas, recibió todavía el apoyo del R.P. Felipe de Jesús Betancourt S.J., quien con sus recomendaciones pudo orientar oportunamente el proyecto.

En tanto se esperaba la autorización de las constituciones, el ingreso de nuevas vocaciones en el hospital era constante pero no en gran número, pues la Madre Nati tuvo un buen ojo para detectar las vocaciones sinceras, permitiendo que se quedaran las que la tenían y platicando sinceramente con quien no era apta, invitándolas a que buscaran otro proyecto de vida, sin permitir en estos casos que quedara en sus corazones la más mínima sombra de resentimiento. La autorización diocesana de las constituciones se dio al finalizar el conflicto religioso, en julio de 1929. El 8 de septiembre hizo su profesión religiosa, tomando desde entonces el nombre de María de Jesús Sacramentado. Este nombre lo tomó por su gran amor a Jesucristo Eucaristía. Nueve religiosas hicieron ese día su profesión ante el Arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco y Jiménez. Había además seis novicias y cinco postulantes. Por la tarde de esa fecha se eligió el primer Consejo General de la Congregación de las Hijas del Sagrado Corazón de Jesús, quedando electa nuestra Santa como Superiora General.

Este cargo lo ejerció con gran responsabilidad y mucha caridad. Nunca manifestó preferencias por nadie y antes de amonestar o corregir a alguien, hacía mucha oración y penitencia. Contraria a un estilo fiscalizador y sin confundir bondad con debilidad, se mostró como una verdadera madre para sus religiosas. A veces tuvo que enfrentar situaciones difíciles, como cuando una hermana que estaba exaltada le arrojó una escoba llena de agua sucia pero que no le cayó en ella, sino a otra hermana. Callar y tener paciencia fue siempre su actitud para luego, con los ánimos más calmados poder corregir fraternalmente. A las religiosas enfermas las visitaba diariamente y les daba de comer y les administraba sus medicinas. A las que notaba cansadas a media jornada, las mandaba a la cocina para que tomaran alimento y repusieran sus fuerzas. Le gustaba convivir con su comunidad, sobre todo en el recreo y era frecuente que jugara con ellas.

Fotografía de la Santa, fechada el 8 de septiembre de 1925.

Fotografía de la Santa, fechada el 8 de septiembre de 1925.

Concluida la persecución religiosa, los ataques contra las instituciones educativas y de asistencia social seguían siendo amenazadas, por ello y con gran dolor tuvo que hacer que se desmantelara la capilla para que el hospital no fuera confiscado. Sin embargo, en medio de las dificultades, su congregación se fue extendiendo en diversas partes, pues solicitaban su apoyo para ayudar a las personas pobres. La primera fundación fuera de Guadalajara se hizo en el Puerto de Mazatlán, Sinaloa. En este lugar del Océano Pacífico conoció el mar, aunque no se quiso acercar por causa de los bañistas. Se contentó mirando desde la playa y recogiendo conchitas en la arena. Mientras vivió se hicieron dieciséis fundaciones, incluyendo asilos y los puestos de socorros de la Cruz Roja en Guadalajara y Mazatlán. En 1946 el Arzobispo de Guadalajara, Don José Garibi Rivera, reconoció como Instituto de Derecho Diocesano a las Hijas del Sagrado Corazón, en vista de de sus cincuenta años de trabajo y viendo sus frutos de caridad y virtud.

Madre
Para sus religiosas fue como una madre que tuvo siempre la preocupación de su formación tanto espiritual como profesional. Las inducía en el amor a la oración, la práctica del sacrificio y el cumplimiento del deber. Nunca fue autoritaria, pero combinaba la dulzura con la firmeza. Insistía en que sus religiosas fueran muy devotas de Jesús Eucaristía y que lo visitaran constantemente en la capilla. Animaba a sus hijas en el cumplimiento de la vida ordinaria, enfrentando las dificultades con alegría y serenidad. A una hermana que discutía acaloradamente, la tomó de la mano y la llevó a un cuarto donde la sentó y le dijo: “Aquí quédate y repite muchas veces: Jesús, manso y humilde de corazón, haced mi corazón semejante al vuestro”. Un rato después le preguntó: “¿Sigues enojada?” y la otra le respondió: “Ya no madre”. Otra hermana rendida por el trabajo recibió este consejo: “Cada paso que des, di así: por ti Señor, para ti, por tu amor y para tu gloria. Todo hazlo por amor a Jesús”. A otra religiosa espantada por las palabras de carretonero de un enfermo la tranquilizó así: “No hagas caso de esa palabras hija, el enfermo solo quería que te quitaras de ahí, tú sigue atendiéndolo y demos gracias a Dios que nos ha librado de todo eso que nos repugna y escandaliza”. En una ocasión se le acercó una hermana llorando y le decía: “Madre: ¡maté!” “¿Cómo que mataste?”, le preguntó. “Sí, la gallina que le regalaron al Doctor López para alimentar a los enfermos y la maté para que se la comieran las hermanas”. La superiora le dijo: “¿Y ya está cocida la gallina?” “Sí, ya está bien cocida” le contestó. “Bueno, – concluyó la Santa- pues anda y sírvete un buen plato y te lo tomas y ya no te mortifiques más, ya le pagaremos al doctor con otra gallina más gorda”.

Fotografía de la Madre en el jardín del Hospital.

Fotografía de la Madre en el jardín del Hospital.

Pero no sólo las religiosas fueron sus hijas, los enfermos del hospital también sintieron su afecto maternal y sus cuidados. Sentía lástima por todos ellos sin importar la edad, el sexo, la posición social; no distinguía si eran desempleados, prostitutas, mujeres abandonadas, ciegos o sordos, ancianos abandonados. A ellos los alentaba con palabras llenas de esperanza, escuchaba sus necesidades y deseos y luego les daba consuelo y aliento para confortarlos, prometiéndoles que los incluiría en sus oraciones. Estuvo siempre atenta para que no les faltara alimento, medicina, ropa y también atención espiritual, catequesis y sacramentos. Cuando un enfermo moribundo no se quería confesar, redoblaba su oración y se ponía su cilicio, luego se iba a la capilla para orar de rodillas ante el sagrario hasta obtener su conversión. La vida de estas personas que sufrían, siendo muchas veces víctimas de la injusticia humana, que padecían soledad y abandono, pudieron recuperar la autoestima y el deseo de vivir, la seguridad y el reencuentro con el Padre Dios gracias a su labor cotidiana, llena de tesón y de caridad. Es que a todos estos hermanos que sufrían en el cuerpo y en el alma, no los amaba por tener un buen corazón o por simple sentimentalismo. Los amaba porque en ellos veía a Cristo doliente.

A los médicos y trabajadores del hospital tuvo también un amor maternal. Les recomendaba vivir cristianamente, cumplir sus obligaciones con alegría, los invitaba a que se acercaran a los sacramentos, sentía realmente que el personal médico y administrativo formaba una gran familia junto con las hermanas y los enfermos. Hubo un caso en que un trabajador la demandó injustificadamente y poco después enfermó gravemente sin que quisiera confesarse. Un sacerdote que fue a visitarlo, sin que fuera enviado por la Santa, le dijo que lo enviaba la Madre Nati para que se confesara. El enfermo se reanimó y dijo, “Si la Madre Nati lo manda, entonces si me confieso”. Luego murió reconciliado con Dios.

A los sacerdotes enfermos los recibía gratuitamente así como a los seminaristas. Sí estos eran pobres, les procuraba ropa y ayuda económica para sus libros. A uno recién ordenado le dijo: “Vive tu sacerdocio santamente, porque vas a ser obispo”. El seminarista se llamaba José Soledad Torres y cuando lo nombraron Obispo de Ciudad Obregón, en Sonora, decía riendo que era obispo por gracia de la Sede Apostólica y de la Madre Nati. Este Obispo moriría asesinado en circunstancias aún no aclaradas.

Vista del Cristo Crucificado que la Santa tenía en la cabecera de su cama.

Vista del Cristo Crucificado que la Santa tenía en la cabecera de su cama.

Espiritualidad
Mujer de oración, por medio de ella respiraba su alma. Pasaba largas horas delante del Santísimo Sacramento. Meditaba constantemente la Pasión de Cristo. En 1947 tuvo una visión en la que veía a Cristo Crucificado que se desprendía de la Cruz y la abrazaba mientras ella le podía besar el hombro derecho. Para unirse más a los sufrimientos de Cristo, practicaba muchas penitencias: cilicio, fidelidad a la regla, ayunos prescritos, abstinencia de dulces y frutas preferidas, limitarse a pasear aún dentro del hospital, viajaba en transporte de menor calidad y mayor incomodidad. Decía: “El peso de la cruz es muy sensible para aquel que la lleva a cuestas, pero no para el que se abraza a ella”.

Puntual en el cumplimiento del deber y muy responsables en sus actividades, no quería que se le hiciera preferencia alguna y por ello siempre comía lo que la comunidad, aunque a veces en platos más pequeños, para que no se notara lo escaso que se le servía. Si era necesario levantarse de la mesa para atender algún asunto, lo hacía sin preocuparse y luego volvía al refectorio. Vivió de manera sencilla, casi pobre. Su espacio de trabajo, su habitación, así como sus muebles y utensilios destacaron por su sobriedad. Todos los bienes los consideraba comunes. Tuvo un tesoro: una paloma que muchas veces la buscaba en el convento y en el hospital y que llegaba volando y se posaba en su hombro cuando la localizaba. Alguien se molestó con ese detalle y mató al animalito. La Santa nunca mostró agravio por ello ni comentó nada al respecto.

Su amor a la Santísima Virgen María lo llevaba en el nombre y en la sangre. Tenía mucho afecto por la fiesta de la Asunción, de manera que la primera quincena de agosto se volvía una solemne y festiva preparación. Siempre tenía el rosario en las manos e hizo que quienes convivían con ella también lo tuvieran.

Fisionomía
Santa María de Jesús Sacramentado era de baja estatura, pues medía 1.55 m., pesaba entre 70 y 75 kg. Era de complexión robusta, con manos gruesas y pequeñas. Su frente amplia, con cejas pobladas y arqueadas, ojos de color café oscuro y nariz ancha. Su color de piel era morena clara y tersa. Caminaba con agilidad. No era bonita, pero su presencia era agradable. Poseía una voz muy clara. Siendo muy sencilla, tenía cierta elegancia en su manera de vestir y al caminar. También usaba anteojos.

Cama donde murió la Santa.

Cama donde murió la Santa.

Ancianidad y últimos años
Fue reelegida Superiora General por varias veces hasta el 12 de septiembre de 1954. Entonces supo pasar la estafeta y ella se dedicó a la oración. Con 87 años cumplidos fue entonces como otra religiosa de las que atendían el hospital y que supo obedecer a la nueva autoridad. En 1955 pido celebrar las bodas de plata de la Congregación.

El 11 de febrero de 1956 sufrió una embolia cerebral que afectó seriamente su salud. Entonces fue una enferma más entre los enfermos, que sufría, pero con paciencia y uniéndose a Cristo en la Cruz. Sus piernas se debilitaron y tuvo que usar silla de ruedas para trasladarse. Esto no la hizo sentir disminuida, al contrario, se hacía trasladar con los enfermos para visitarlos y consolarlos. Casi se recuperó de la hemiplejía, por eso cuando podía, ella misma aseaba su cuarto y a veces cocinaba personalmente. Dicen que tenía una muy buena sazón y que guisaba muy sabroso. A veces cuando le ponía sus inyecciones, las cuales le molestaban mucho, no se quejaba sino solamente decía: “Por ti, por tu amor por tu gloria”.

En agosto de ese año, la víspera de fiesta de la Asunción, mientras veneraba la imagen yacente de la Virgen, adornada como todos los años para esa ocasión, se puso a llorar fuertemente. Le preguntó la hermana que la atendía qué le sucedía y le respondió. “Tengo ganas de ver a la Virgen. Muchas ganas de ver a la Virgen”. Con 91 años, no temía a la muerte y decía: “Sí, deseo morir para estar con el Señor, por eso, no se debe temer a la muerte. La muerte no es algo que sucede, es alguien que viene”.

La Santa en su funeral, de  cuerpo presente. Nótese que sus facciones rejuvenecieron.

La Santa en su funeral, de cuerpo presente. Nótese que sus facciones rejuvenecieron.

El 26 de julio de 1959, luego de estar muy grave, pudo levantarse para asistir a misa, era el día de Santa Ana, a quien tenía mucho afecto. La comunidad se asombró cuando la vio en la capilla. Fue la última misa a la que asistió. El día 28 una hermana la vio que sonreía largamente y al preguntarle la razón de su sonrisa, le contestó: “Miro cuántos pollitos, pero no tienen madre”, dando a entender que pronto las dejaría huérfanas. El día 29 tuvo un síncope cardíaco, recibió pronto la absolución, la bendición papal y los auxilios espirituales, pero no pudo comulgar por su estado. Más tarde, el P. Efrén Figueroa, que le decía “abuelita” y ella le llamaba “nieto”, logró que comulgara una pequeña partícula de una hostia consagrada. Le dijo: “Es Jesús, abuelita. Acuérdese que usted es de Jesús Sacramentado”.

Por fin murió a las 6.45 de la mañana del 30 de julio con una sonrisa en los labios. Fue velada en el hospital y al día siguiente a mediodía, el Cardenal Garibi presidió sus funerales en la capilla del hospital. Muchísima gente participó en esa misa y mucha más la acompañó luego en su cortejo fúnebre para ser sepultada en el Panteón de Mezquitán.

Vista del sepulcro de la Santa en la capilla del Hospital.

Vista del sepulcro de la Santa en la capilla del Hospital.

Fue beatificada junto con los mártires Cristóbal Magallanes y compañeros en la Basílica de San Pedro en el Vaticano por el papa San Juan Pablo II, el 22 de noviembre de 1992. Junto con ellos y el Beato José María de Yermo, fue canonizada por el mismo Pontífice el 21 de mayo de 2000, en el marco del Gran Jubileo. Su memoria litúrgica se celebra el aniversario de su muerte.

Humberto

Bibliografía
– PEÑALOSA, JOAQUÍN ANTONIO. “Yo, Sor María de Jesús Sacramentado” Editorial Jus. México. 1991.

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