Santa María Dominica Mazzarello, cofundadora

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Detalle del rostro de la Santa en una estampa.

Detalle del rostro de la Santa en una estampa.

Introducción
En la historia de las Órdenes y Congregaciones religiosas, nos encontramos con el detalle de que junto a una fundación masculina, surge el complemento femenino. La vida consagrada con sus múltiples carismas, ofrece de esta manera un estilo de vida tanto para hombres como para mujeres. Al nombre de San Francisco de Asís, se une el de Santa Clara de Asís, tal como el de Santa Escolástica hace binomio con San Benito. Hay muchos casos semejantes, en esta ocasión, se detalla cómo junto a San Juan Bosco, se ensambla Santa María Dominica Mazzarello. Esta Santa también es un integrante más de la riquísima constelación de Santos que nos ofrece el Piamonte en la segunda mitad del s.XIX.

Infancia y adolescencia
Nuestra Santa fue la primogénita de siete hijos que integraron la familia formada por José Mazzarello y Magdalena Calcagno. Nació el 9 de mayo de 1837 en Mornesse, Italia. Este mismo día fue hecha hija de Dios al recibir el bautismo en la parroquia del lugar, recibiendo el nombre de María Dominica. Creció al ritmo de una vida campesina, recibiendo de sus padres una formación cristiana muy fuerte, forjándose su carácter con el estilo activo y equilibrado de su padre, así como de un sentido común, tomando de su madre una fe sólida, una agudeza muy viva para descubrir en la naturaleza lo que no es tan perceptible a simple vista, y una actitud de responsabilidad pronta y llena de entrega. Con tales padres, la vida de virtud se fue nutriendo como las plantas que obtienen de la tierra lo necesario para germinar, crecer y desarrollarse. Desde pequeña fue educada en la fe por sus padres y tenía una mente muy atenta en sus clases de catecismo. Al igual que la mayoría de los campesinos de la región y de la época, no tuvo el acceso a una alfabetización desde pequeña, pues aprenderá a leer y escribir siendo ya adulta. Sin embargo, esto no significó una barrera para ser educada, cortés, servicial y muy trabajadora, tanto en casa como en las labores de campo en que colaboró para el sostenimiento familiar.

María Dominica es una niña normal, porque los santos se forjan a lo largo de una vida. En su infancia y adolescencia encontraremos detalles contrastantes, que revelan al ser humano que se va puliendo en el camino de la santidad. Su familia tenía una viña y ella trabajaba en el cultivo de la misma. Tenía una experiencia que hacía que los muchachos de lugar se asombraran por ver cómo tenía una rapidez y pericia en las labores inherentes, pero nos encontramos también a la adolescente desesperada, que en una ocasión, en vez de atar los sarmientos tiernos con cuidado para que no se arrastraran en el suelo, con un arranque de impaciencia, tomó la hoz para segar de un tajo muchos de ellos.

Estampa de la Santa junto a María Auxiliadora, patrona de su Instituto.

Estampa de la Santa junto a María Auxiliadora, patrona de su Instituto.

Era muy devota, participaba en misa costantemente, visitaba al Santísimo Sacramento a diario, sobre todo cuando, por un robo en su casa, los padres decidieron abandonar la vida en el campo y mudarse a la zona urbanizada. Sin embargo, María sufrirá los embates de muchas almas al enfrentar los escrúpulos. Por estos años tenía una antipatía por la confesión, hasta que conoció a Don Domingo Pestarino SDB, quien sería un experto confesor y guía espiritual para ella. Cuando tenía diez años hizo la primera comunión, desde entonces su vida tendrá un sello particularmente eucarístico. La jornada comienza con la misa y la comunión, luego el trabajo en el campo, combinada con la labor doméstica perfectamente desempeñada. Trabajo y oración son para ella una misma cosa. Hacia 1858 ingresó en el grupo de las Hijas de María que se instituyó en su parroquia. María tuvo un ascendiente sobre las paisanas de su edad, de manera que las atrajo a esta agrupación, fomentando entre ellas la frecuencia para ir a misa y comulgar, así como para acercarse a confesar.

Juventud
En 1860 se abatió sobre la región una tremenda epidemia de tifus, la gente se encierra en sus casas mientras el contagio hace estragos. Y ahí está María Dominica, dispuesta a atender a los enfermos. La familia de un tío se vio afectada y, a petición de don Pestarino, fue a atenderlos. Los trató con tal delicadeza y dedicación que todavía muchos años después sus familiares recordaban con mucho agradecimiento. Sin embargo, en esta ocasión la muchacha se verá contagiada, y por ello tendrá que guardar reposo por un tiempo considerable para poder recuperar su brío. Esta convalecencia le servirá para plantearse seriamente una vocación que se iba madurando en su espíritu. Por ello, hacía unas caminatas para fortalecerse y reflexionar sobre sus deseos. En cierta ocasión, cuando iba para Borgo Alto, vio a la vera del camino un edificio muy grande, con muchas niñas atendidas por unas religiosas. Había orden, alegría y muy buen trato de parte de las religiosas hacia las alumnas. Ella se talló varias veces los ojos para cerciorarse de estar segura de que lo que veía era real y no un espejismo, escuchó entonces una voz que le dijo: “A ti te las confío”. La escena duró unos segundos fugaces, pero quedó en su alma como un anhelo eterno. Con el paso de los días, crecen sus deseos de dedicarse a la juventud y narra esta visión y estas aspiraciones a su querido confesor, quien tajantemente le ordenó que disipara esos pensamientos y no pretendiera cosas ajenas a sus posibilidades.

Lienzo de la Santa en su altar-sepulcro. Basílica de María Auxiliadora, Turín (Italia).

Lienzo de la Santa en su altar-sepulcro. Basílica de María Auxiliadora, Turín (Italia).

María Dominica tiene una amiga llamada Petronila con quien comparte ideales y confidencias. Ambas deciden estudiar corte y confección para instalar un taller de costura, donde enseñar a la vez a las jóvenes y hacer a la vez un apostolado entre ellas. Pronto el taller de María Dominica y Petronila crece con alumnas y con fama. A la vez que enseña a las chicas el arte de la confección de ropa, forja en sus almas a la vez personalidades, actitudes, cualidades y virtudes. En cierta ocasión hacen llegar un par de huérfanas al taller, es el comienzo de un alumnado interno que hacia 1863 cuenta con siete integrantes. De esta manera el taller se convierte además en un hogar. La joven educadora siembra en esas almas el amor y el deseo de Dios con cariño, con tacto, con seguridad. Cuando era necesario reprender o corregir, lo hacía con firmeza, a veces con severidad, pero todas las que eran amonestadas guardaban en su corazón la seguridad de que eso era por su propio bien y por eso no guardaban rencor. También se asocian a este trabajo y apostolado poco a poco otras muchachas.

En tanto su ascendiente crece constantemente, al grado de que organiza los domingos actividades para sus muchachas, logrando de esta forma, un tipo de Oratorio femenil, donde las entretiene con paseos y actividades para mantener sus mentes activas y descansadas a la vez. Conforme al modo de pensar de la época, combatió duramente el baile entre sus alumnas. En alguna ocasión organizó un baile en su taller, alterno a otro que se organizaba con motivo del carnaval. Pensaron que sus chicas la iban a abandonar para ir al evento, pero no fue así. Algunos chavales se atrevieron a ingresar a ese baile para trastornarlo, pero se enfrentaron al desdén de las jovencitas, que no aceptaron ni bailar el vals con ellos. Aún así, Santa María Mazzarello nunca estuvo de acuerdo con ningún tipo de baile, incluso aunque lo bailaran dos mujeres juntas. Estaba convencida de el baile entreabre una puerta que no se sabe lo que esconde o a donde lleva, por eso, es mejor dejarla bien cerrada.

Tal ascendencia provocó las maledicencias en el pueblo, al grado de que murmuraban que cualquier día el señor cura haría lo que María Dominica ordenara. Además, el grupo de las Hijas de María se había fragmentado, porque unas querían vivir en comunidad y otras en la casa paterna. El primer grupo continuó con el nombre de Hijas de la Inmaculada, mientras que el segundo se llamó las Nuevas Ursulinas. Muchos culpaban a la Santa de cierto protagonismo, que era la raíz de muchos problemas. El párroco decidió entonces que era mejor que María volviera a vivir en su casa paterna y que Petronila se encargara del taller y las chicas. Ella tuvo mucha tristeza, pero obedeció dócilmente.

La Santa recibe el reglamento de manos de Don Bosco.

La Santa recibe el reglamento de manos de Don Bosco.

Don Bosco y las Hijas de María Auxiliadora
Por esas fechas, Don Bosco visitó Mornesse. Ha hecho amistad con Don Pestarino, que se hizo salesiano, pero a petición del Santo fundador, permaneció en el lugar sin vivir en comunidad. Don Pestarino, con el apoyo del pueblo, se compromete a construir un colegio para los niños del lugar, con la ayuda en especie o monetaria de quienes tienen el entusiasmo de tener ese colegio en el lugar. En 1867 ya estaba levantada la capilla y el Santo de la Juventud celebra allí la primera misa y tiene la oportunidad de dirigir una conferencia a las Hijas de María. Hace ya tiempo que tiene la inquietud de fundar una Congregación que se dedicara a hacer con las muchachas lo mismo que él hacía con los muchachos. Echa entonces el ojo a María Dominica y Petronila. Les escribe un cuadernillo con ciertas reglas, muy sencillas y con un ritmo de vida. Es el año 1869. En 1870, con el pretexto de ir a tomar aires a Mornesse, quiere revisar cómo ha funcionado su experimento.

En mayo de 1871, Don Bosco se reúne con su Consejo y les propone: “Son muchos los que prácticamente me proponen que haga con las jovencitas lo que hacemos con los muchachos. Temo ir contra los designios de la Divina Providencia si no tomo este asunto con seriedad, por eso quiero pedirles su parecer”. Luego de una reunión con todo su consejo y de platicarlo personalmente con cada uno de ellos, San Juan Bosco tomó la decisión de fundar un instituto religioso femenino para atender a las jóvenes. El núcleo fundamental de esta fundación será integrado por el grupo de María Dominica Mazzarello y sus compañeras Hijas de María Inmaculada. María Dominica estaría a la cabeza y su asesor sería Don Pestarino. La Congregación tomaría el nombre de Hijas de María Auxiliadora. Don Pestarino obedeció a su superior, pese a que había algunas dificultades: las muchachas no habían expresado el deseo de profesar como religiosas, pese a que todas eran excelentes cristianas. Además, Don Bosco pretendía que la naciente fundación se instalara en el Colegio que se estaba construyendo, circunstancia que seguramente provocaría disgustos con los moradores del pueblo, que deseaban un colegio para niños, no un convento para monjas y colegio para niñas.

El cinco de agosto de 1882, Don Pestarino reúne a las jóvenes para que vistan el hábito religioso y elijan a su primera superiora. Veintiún de veintisiete votos recaen sobre María Dominica. Al conocer el resultado, ella no acepta la elección por humildad, y se decide que Don Bosco tenga la última palabra. María Dominica respira con alivio, pensando que Don Bosco conoce sus limitaciones; sin embargo, el Santo, que conoce mejor todavía sus cualidades, confirmará la elección realizada, para gran confusión de la Santa. Por varios años no aceptará llamarse sino Madre Vicaria.

Don Bosco confirma a la Santa en su nombramiento como Superiora.

Don Bosco confirma a la Santa en su nombramiento como Superiora.

Como la casa donde vivían las religiosas amenazaba ruina, tuvieron que cambiarse al colegio. No causó extrañeza tal evento, pero cuando los habitantes de Mornesse se dieron cuenta del fondo del asunto, levantaron la voz, gritando traición. Las Hijas de María Auxiliadora nacieron en un clima de incomprensión, de hostilidad, de pobreza y de limitaciones. Días hubo en que no había alimento, pero sobraba alegría y mucha hambre. Esta pobreza preocupó a Don Juan Cagliero, que se queja con Don Bosco que las jóvenes religiosas y las postulantes padecen pobreza y falta de alimentos. Don Bosco le responde: “Que tomen café con leche”. Un lujo que hizo protestar a las muchachas, que vivían felices en medio de sus privaciones. Sor María Dominica les dice a sus religiosas: “Don Bosco así lo quiere y así lo haremos, es la voluntad de Dios.” Pocos días después, llega a la Casa religiosa una enorme y hermosa vaca lechera, que causa admiración y risas. El costo de la vaca es el precio de lo que una postulanta al entrar a la Congregación.

Espiritualidad
La espiritualidad de nuestra Santa es fundamentalmente mariana, rica en el apostolado e con una dimensión ascética mística. Su centro es Cristo, con una confianza en María, una enorme fidelidad a la Iglesia y una fuerte dedicación a la educación de las jóvenes, con una particular impronta, según el espíritu de Don Bosco. No es la suya una vida de monja de casa, sino de la que sale de sí misma para hacer el bien a las muchachas. En expresiones como éstas encontramos la armonía que Santa María Dominica Mazzarello pudo hacer para combinar la vida contemplativa con la vida apostólica: “Cada puntada es un acto de amor a Dios”. “Hacer con libertad lo que exige la caridad”. “Estén siempre alegres en el Señor”. “Jesús es nuestra fuerza”. “¡Qué dicha la nuestra, sencillas campesinas de Mornesse, ser esposas de Jesucristo, hijas de Don Bosco y de María Auxiliadora”. “Estoy dispuesta a hacer todo por bien de ustedes”.

Sabe dar a la convivencia un tono de alegría, espontánea y humilde, discreta: casi no hay fotos de ella y sus religiosas nunca supieron cuáles eran los alimentos que más le gustaban. Su vida era la práctica viviente del reglamento. Llena de amor por Jesús Eucaristía, María Auxiliadora y el Santo Ángel Custodio, estas devociones las inculcó tanto en sus religiosas como entre sus alumnas.

Fotografía de la Santa -línea superior, centro- entre sus religiosas.

Fotografía de la Santa -línea superior, centro- entre sus religiosas.

Forjadora de vocaciones y personalidades, en una ocasión, una religiosa mostró su antipatía por cierta hermana y nuestra Santa le propuso como penitencia que fuera a la habitación de esa hermana y le pidiera perdón de rodillas y le besara los pies. La hermana se rebeló y la Santa le dijo: “Yo estoy contigo”. Por fin se decidió a cumplir la orden y, en cuanto abrió la puerta de la habitación, una mano la detuvo. Era la Santa que le dijo: “En cuanto abriste la puerta te venciste a ti misma y con eso basta”. Con las alumnas era todo cariño y también toda disciplina, binomio que en muchas ocasiones causaba que más de una alumna decidiera seguir la vida religiosa. Era adversaria de que sus religiosas hicieran penitencia física, aunque no logró que muchas dejaran de hacerlo, ya que ella misma hacía varios tipos de penitencia, como dormir con un tronco en lugar de almohada. Su ejemplo animaba.

Un holocausto aceptado
El 9 de febrero de 1876, tres hermanas hacen la primera fundación en Liguria; el 29 de marzo de ese mismo año, siete hermanas parten para Turín. En 1878, la familia religiosa ha crecido fecundamente, por ello, Don Bosco decide que deben trasladarse a vivir a Nizza Monferrato. Es un tirón doloroso, pero obedece y, antes de abandonar su patria, visita el cementerio para despedirse de sus padres y de Don Pestarino. En 1881 se prepara la primera expedición para América, y ella está enferma de una pleuritis aguda. Platica con sor Josefina Pacotto y le dice: “Tengo necesidad de que vayas a América”; la religiosa, que quiere mucho a la Madre, no acepta separase de ella, y la Santa le dice: “Mira, Josefina, voy a ser sincera contigo. Aunque te quedes, yo no duraré mucho sin que tengamos que separarnos, yo no terminaré este año, lo sé”. “¿Cómo lo sabe usted?”, le responde la hermana. “He ofrecido mi vida a Dios nuestro Señor por muchas cosas de nuestra Congregación”. El altar ha sido preparado y sólo falta la víctima. Sor Josefina queda con la inquietud clavada en el corazón, y poco después, al encontrarse con Don Bosco, le pregunta: “Buen Padre, ¿no podría usted con su oración, cambiar el ofrecimiento de nuestra Madre?”. El Santo la mira pensativo y le dice: “La víctima ha hecho el ofrecimiento, y es agradable a Dios”. Pero ella insiste: “¿Y no puedo ofrecerme yo a cambio?”. Don Bosco la mira con una triste sonrisa y le dice con firmeza: “¡No! Ya es demasiado tarde”.

Altar-sepulcro de la Santa. Basílica de María Auxiliadora, Turín (Italia).

Altar-sepulcro de la Santa. Basílica de María Auxiliadora, Turín (Italia).

El 3 de febrero de ese año va de Génova a Marsella para despedir a cuatro de sus hijas, que marchan para Sudamérica. Entre lágrimas y abrazos, la expedición parte para el Nuevo Mundo. Pasa por Niza, donde se detiene muy enferma. Allí tiene la oportunidad de entrevistarse con Don Bosco. Le pregunta: “Padre, ¿me aliviaré?”. Don Bosco le responde con un cuento: “La Muerte visitó un monasterio. Le abrió la portera y le dijo: “Vente conmigo”, pero ella se negó diciendo: “No puedo, soy necesaria para el trabajo que desempeño”. Hizo lo mismo con las otras monjas, las novicias, las postulantes, las maestras, la cocinera y las alumnas, pero de todas recibió la misma respuesta. Por fin se halló con la superiora, que también quiso salirse por la tangente. Pero la Muerte la atajó diciendo: “Imposible, la superiora tiene que aventajar a todas, incluso en el viaje a la eternidad”. La superiora bajó la cabeza y siguió entonces a la Muerte”. La Santa escucha el apólogo del Santo y no objeta nada, sonríe. Ha comprendido y con eso basta.

Con la llegada de la primavera, su salud decae y guarda cama, dando un ejemplo con su paciencia. Dice a sus hijas: “Quiéranse bien. Han dejado el mundo, no se fabriquen otro aquí adentro. Piensen por qué entraron en la Congregación”. Estaba mal realmente, pero no quería que estuvieran tristes por ella. Todavía antes de morir se esforzó por cantar. A su lado estaba la Beata Magdalena Morano, a quien había recibido en el Instituto y había dado el hábito. Le decía: “Cantemos, sor Magdalena, cantemos”. La tarde del 14 de mayo dijo todavía: “¡Hasta volver a vernos en el cielo!”. Poco después entraba en el descanso de Cristo.

Detalle del sepulcro de la Santa. Basílica de María Auxiliadora, Turín (Italia).

Detalle del sepulcro de la Santa. Basílica de María Auxiliadora, Turín (Italia).

Culto
Fue beatificada por Pío XI el 20 de noviembre de 1938 y canonizada por Pío XII el 24 de junio de 1951. Sus reliquias se veneran en la Basílica de María Auxiliadora en Turín. Su celebración litúrgica tiene el grado de Fiesta para los salesianos, mientras que para las salesianas o Hijas de María Auxiliadora es Solemnidad. Dicha celebración se lleva a cabo el 13 de mayo, porque la fecha de su muerte coincide con la fiesta de San Matías, apóstol.

Humberto

Bibliografía:
– BOSCO, Teresio, Familia Salesiana, Familia de Santos, Editorial CCS Editrici Elle Dii Ci Leumann, Madrid, 1998, pp. 27-36
– GIUDICI, María Pía FMA; ERDEY, Francisco E; Santa María Dominica Mazzarello, Editorial Don Bosco, 1980, México D. F.
– MARTÍNEZ PUCHE, José A. Nuevo Año Cristiano, Mayo, Editorial Edibesa, Madrid, 2002, pp. 246-253

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