Santas Flora y Lucila, mártires romanas

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Mosaico contemporáneo de las Santas en el tímpano de su iglesia de Olmo (Italia).

Mosaico contemporáneo de las Santas en el tímpano de su iglesia de Olmo (Italia).

De las Santas de quien me he propuesto hablar hoy, las mártires romanas Flora y Lucila, es muy poco lo que realmente se sabe. Hay algunas noticias difusas, aisladas, que podrían dar consistencia a su existencia histórica, pero son muy vagas y brumosas, tanto como lo es su iconografía e incluso su culto. Esto no ocurre, sin embargo, con sus reliquias. Pero veremos por partes lo que hemos podido recopilar sobre ellas y al final, como sería deseable, que cada cual saque sus conclusiones.

Passio de las Santas
La más antigua tradición, reflejada en la passio de las Santas, dice que Flora y Lucila eran hermanas, que eran ciudadanas [1] romanas y que vivieron en el siglo III de nuestra era, concretamente, durante el reinado del emperador Valeriano (253-259) y de Galieno (260-268). Por los nombres no cabe duda, ya que son latinos: Flora era el nombre de la antigua diosa romana de la naturaleza, particularmente de las flores y plantas del campo, hasta tal punto que a ellas mismas las seguimos denominando de forma genérica como “flora” (flores). Lucila es un nombre latino también muy común que alude a la luz del alba, se dice que eran llamadas así las niñas que nacían en torno al momento de la aurora, por lo que viene a significar “nacida al amanecer”.

Pues bien, estas dos mujeres, cristianas, se distinguieron por su fe, por su amor a la castidad -eran vírgenes- y por el desprecio de las cosas mundanas. Un día, estando en Ostia -la ciudad portuaria- fueron raptadas por un tal Eugenio, de origen africano. Otras versiones, quizá más creíbles, dicen que fueron desterradas a África por no querer renunciar a su fe, y que fueron puestas bajo la tutela de Eugenio para que se convirtieran. En cualquier caso, en lo que sí coinciden es en que ocurrió lo contrario de los esperado: este hombre, con el tiempo, viéndose impresionado por el ejemplo que le daban sus dos cautivas, acabó convirtiéndose también al cristianismo.

Martirio de las Santas. Grabado de Antonio Tempesta para "Istoria de molte sante vergini romane nel martirio". Isituto Nazionale dell'Arte Grafica, Roma (Italia).

Martirio de las Santas. Grabado de Antonio Tempesta para “Istoria de molte sante vergini romane nel martirio”. Isituto Nazionale dell’Arte Grafica, Roma (Italia).

Cuando el emperador Galieno publicó el edicto de condena de los cristianos, Flora y Lucila dieron prueba de su extraordinario coraje sacrificando sus vidas por Cristo, en el año 260. Esto tuvo lugar a partir de que Cristo se les apareciese en sueños y les dijese: “No estaréis por más tiempo en este lugar, sino que volveréis a vuestra ciudad natal y allí, finalizaréis vuestro paso por la tierra”. Esto las llenó de gran alegría y pidieron permiso a Eugenio para poder regresar a Roma. Él no sólo se lo permitió, sino que decidió acompañarlas. Llegaron a Roma en el año 257 y, con el tiempo, acabaron cayendo en manos de Helio, prefecto romano, que intentó inducirlos a la apostasía con todo tipo de halagos y de crueldades. Como todo fue en vano, ordenó que las dos hermanas, junto con el mismo Eugenio, fueran decapitados.

Traslado y ubicación actual de las reliquias
Sus cuerpos fueron llevados a Ostia y sepultados en el suburbio de la ciudad portuaria -en tiempos del papa Benedicto III-, donde permanecieron hasta el año 857. En ese año, sus reliquias fueron llevadas a Arezzo, al monasterio benedictino cerca del Olmo. Durante el viaje, se dice que la yegua que los llevaba se detuvo en el monte Titano, a dos millas de Arezzo, y allí les construyeron la basílica y el monasterio que, junto al pueblecito allí existente, recibieron el nombre de Santa Flora. En 1196 los monjes hubieron de dejar la colina de Torrita -que hoy en día aún se llama de Santa Flora- y construyeron el monasterio en Arezzo, llevando a su abadía las preciosas reliquias, hoy día custodiadas en el altar cercano a Santa Rita.

Desde allí, su culto se difundió por toda Italia y también por Alemania, España, Suiza y Francia, países en los cuales algunas ciudades dicen poseer reliquias de las dos hermanas mártires.

Bustos relicario de las Santas venerados en la abadía homónima de Arezzo, Italia.

Bustos relicario de las Santas venerados en la abadía homónima de Arezzo, Italia.

Pruebas documentales
Lo cierto es que la passio que acabo de relatar fue probablemente escrita en el siglo IX -momento del traslado de las reliquias de las mártires a Arezzo- en el monasterio de Santa Flora del Monte Amiata, ya que en un apéndice de esta misma passio se menciona la sepultura de los cuerpos en Ostia y su posterior traslado a Arezzo. Dicha passio, por desgracia, no es más que un plagio de la passio de los Santos Luceia y Auceia -mártires que merecerían un artículo aparte- aunque con la introducción de pequeñas variaciones.

Por otra parte, el Martirologio Romano las recuerda el 29 de julio -día que, hasta hoy, es el día de su fiesta, celebrada en ámbito local- y dice que murieron en Roma en tiempos del emperador Galieno, aunque no confirma que fueran mártires. De modo que, en resumen, puede decirse que las reliquias de las Santas están bien localizadas y ubicadas, por lo que no cabe dudar de su autenticidad, pero que la passio no tiene valor histórico, siendo copia de la passio de otra pareja de mártires, y por tanto; no nos sirve para conocer la auténtica historia de estas Santas, así como tampoco la confirmación definitiva de su martirio, algo que sólo podría desprenderse de un estudio serio de las reliquias.

Lienzo barroco de las Santas, obra de R. Vanni. Abadía de las Santas en Arezzo, Italia.

Lienzo barroco de las Santas, obra de R. Vanni. Abadía de las Santas en Arezzo, Italia.

Iconografía y culto
Curiosamente, la iconografía de las Santas adolece de un grave anacronismo, ya que ambas aparecen representadas como monjas benedictinas, algo ilógico dado que fueron romanas de la Antigüedad. Es probable que, como eran veneradas en una abadía benedictina, los mismos monjes quisieron que los artistas las representaran así, como ocurre, de hecho, con otras órdenes religiosas, caso de la carmelita: que adoptan a mártires de la Antigüedad imponiéndoles el hábito de su orden, cuando, ni vivieron en un tiempo en que existía el monacato, ni pudieron ser, por tanto, miembros de su orden.

A las dos hermanas, vestidas como benedictinas, se las distingue muy bien porque Flora lleva flores o frutos en las manos -a semejanza de la diosa pagana de la que tomó el nombre- y Lucila porta una lámpara encendida, alusión a la luz que simboliza su nombre. Ambas llevan la palma del martirio.

En otros lugares, las hermanas sí adoptan un aspecto más coherente, con la vestimenta atemporal que se atribuye a las nobles romanas. Es curioso hacer notar que Santa Flora es bastante más conocida y venerada que su hermana Lucila, cuando ambas parecen obtener el mismo protagonismo en la passio, ensombreciendo así a su captor y posterior compañero de martirio, Eugenio, del que nada más se dice.

Vista de la imagen de Santa Flora venerada en Mas de las Matas, Teruel (España).

Vista de la imagen de Santa Flora venerada en Mas de las Matas, Teruel (España).

El curioso caso turolense
Por último, hacer notar que en la ciudad española de Mas de las Matas (Teruel), se tiene culto a Santa Flora -únicamente a ella- a la que se le dedica una bonita romería en verano, donde la imagen de la Santa -representada como una doncella portando la espada de su martirio y un canasto con flores y frutos- es sacada en procesión, de la cual incluyo un vídeo-reportaje que recomiendo ver. En particular, es de alabar la ocurrencia de una vecina del pueblo -Angelines Mir- que, viendo cómo la ermita de la Santa estaba cerrada desde 2007 por el mal estado del tejado, y necesitándose muchos más fondos para restaurarla que los proveídos por la Diputación de Teruel, no vaciló en escribir a la empresa que gestiona la conocida marca española de productos alimenticios “Flora”. La multinacional, reconociendo el ingenio de esta mujer, aceptó contribuir con hasta en dos ocasiones con un total de 8.000 euros aportados para la restauración de la ermita de la Santa que compartía nombre con la marca comercial. En 2012 la ermita, restaurada, se reabrió al culto. “Se me rió medio pueblo”, reconoció la señora Mir, pero sin embargo, de no haber sido por ella, quizá no se habría conseguido.

Quizá el de Mas de las Matas sea uno de los pocos focos de culto que haya, en España, a estas mártires romanas -en realidad, a una de ellas-; porque lo más común sería que una Santa Flora venerada en España fuera la mártir mozárabe de Córdoba, a la que también dediqué un artículo, con la que no cabe confundirla. Pero, como bien explica el párroco de Mas de las Matas en el vídeo, el singular culto de esta Santa romana en tierras españolas se debe a la llegada casual de una reliquia de la misma a esta localidad turolense, de ahí la circunstancia.

Recomiendo ver el vídeo no sólo por la romería y la imagen de la Santa, sino también por las vistas interiores de la ermita restaurada, donde aparecen unos frescos nuevos de las dos hermanas -Flora y Lucila- haciendo caridad con los pobres y sufriendo el martirio.

Romería de Santa Flora en Mas de las Matas (Teruel):

Oración
Oh Santas Flora y Lucila, vírgenes y mártires gloriosas de Cristo, nuestras patronas, mientras os damos las gracias por la singular protección que habéis mostrado con nosotros librándonos de los peligros del alma y del cuerpo, humildemente os pedimos que intercedáis ante el Señor para que nos dé la paz con Él y con el prójimo. Bendecid nuestra vida, la de nuestras familias y la de nuestra comunidad parroquial, con la esperanza de poder estar un día, por divina misericordia, con vosotras en la gloria de Dios. Amén.

Meldelen

Bibliografía:
– VVAA, Bibliotheca sanctorum, Città Nuova Editrice, Roma 1984.

Enlaces consultados (30/01/2014):
http://florenberg.pilgerzell.de/chronik/flora.html
http://www.heraldo.es/noticias/aragon/teruel_provincia/2012/08/26/santa_flora_una_ermita_muy_saludable_201038_1101027.html
http://www.santiebeati.it/dettaglio/65000


[1] Esta afirmación debe ser matizada. Las mujeres no eran ciudadanas en el sentido estricto de la palabra, sino que participaban de la ciudadanía de sus padres o maridos. Tampoco podían dictar testamento -salvo las vírgenes vestales- ni alcanzaban nunca la mayoría de edad. Eran en todo dependientes y participantes del estatus de los varones que las rodeaban. Pero podían ganar respetabilidad con un alto estatus social. Para saber más, leer este artículo.

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