Contestando a algunas breves preguntas (XXXVI)

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Santos padres de Santa Teresita y la niña del milagro  llevando sus reliquias.

Santos padres de Santa Teresita y la niña del milagro llevando sus reliquias.

Pregunta: ¿Me podríais decir cual ha sido el milagro que ha llevado a la canonización de los padres de Santa Teresa de Lisieux? Muchísimas gracias desde Chile.

Respuesta: Pues claro que te lo vamos a relatar aunque sea de manera muy sucinta. Una niña llamada Carmen, que nació el día de Santa Teresa de Jesús en el año 2008, durante varias semanas estuvo a punto de morir a causa de una hemorragia cerebral. La madre tuvo un embarazo muy complicado y la niña nació con solo seis meses de gestación, por lo que sus órganos vitales aun no estaban definitivamente formados, o sea, que eran inmaduros. Como es lógico, pronto comenzaron las complicaciones: hemorragia cerebral, doble septicemia y trombopenia. Los padres estaban tremendamente angustiados porque veían que la niña se les iba y que los médicos no podían hacer casi nada ni les daban esperanza alguna. Cada día que pasaba, la niña empeoraba más. Como es lógico, el bebé estaba aislado y durante treinta y cinco días sus padres ni siquiera pudieron acercarse a ella. Los médicos, al ver la angustia de los padres y sabiendo que la niña se moría, permitieron que pudieran acercarse a ella y tocarla.

Los padres solo creían en un milagro y como la niña había nacido el día de Santa Teresa, se acercaron al monasterio carmelita de la localidad valenciana de Serra. Llegaron de noche y como el monasterio estaba cerrado, por el telefonillo le contaron a una monja lo que les estaba ocurriendo y les pidieron que rezaran por la niña. Como el hospital no estaba muy lejos del monasterio, los padres acudieron allí en varias ocasiones para rezar por la niña y fue allí donde conocieron a los padres de Santa Teresita, los cuales habían sido beatificados cuatro días antes de nacer la niña. En el monasterio les dieron unas estampas de los nuevos beatos con una pequeña biografía y una oración. Las monjas les insistieron para que ellos recurrieran a los nuevos beatos, prometiéndoles que ellas también lo harían. Aquella misma noche empezaron a hacerlo y a la mañana siguiente comenzaron una serie de cambios en el estado de salud del bebé.

Fotomontaje con los retratos de los esposos, realizado para su beatificación.

Fotomontaje con los retratos de los esposos, realizado para su beatificación.

La niña comenzó a respirar por sí sola, las infecciones comenzaron a remitir y al tercer día, salió de la UCI, aunque los médicos les dijeron que había que esperar unos años para saber si la hemorragia cerebral le había dejado secuelas. A principios de enero, el mismo día en el que se conmemoraba el nacimiento de Santa Teresita, a la niña le dieron el alta hospitalaria y como dos semanas más tarde las reliquias de los dos beatos fueron traídas a Lérida, ellos se animaron a ir y allí le contaron al postulador de la Causa lo que les había pasado. Pasados unos meses, concretamente en noviembre, los padres recibieron una llamada desde Roma diciéndoles que querían hablar con ellos, conocer a la niña – que ya tenía un añito -, y comprobar su estado de salud ya que veían en la inexplicable curación completa de la niña la posibilidad de que se hubiese producido un milagro.

Los padres fueron a Roma, allí vieron a la niña y recibieron todos los informes médicos que acreditaban la inesperada e inexplicable recuperación de Carmen. Pasados cinco años y medio, el 18 de marzo, en plenas fiestas de las Fallas de Valencia de este año, los padres de Carmen recibieron la confirmación de que la curación de la niña era considerada como un hecho sobrenatural que servía para canonizar a los padres de Santa Teresita. Ellos estaban precisamente en el acto de la ofrenda floral a la Virgen de los Desamparados, sonó el teléfono móvil y les dieron la gran noticia. Podemos imaginarnos la alegría que les invadió y ni que decir tiene, el que ellos y la niña estuvieron en la ceremonia de canonización que, como sabemos, se celebró el día 18 del mes pasado.

Icono ortodoxo griego de San Autónomo.

Icono ortodoxo griego de San Autónomo.

Pregunta: Soy sastre y trabajo como autónomo. He oído decir que existe San Autónomo y la verdad es que me gustaría saber algo sobre este santo. ¿Me podéis ayudar? Gracias.

Respuesta: Pues si que “existe”, aunque tengo que decirte que es un santo mártir totalmente desconocido en los martirologios anteriores al siglo VI. Sus “Actas”, que fueron redactadas en tiempos del emperador Justino (518-527) la verdad es que no merecen mucho crédito. Según estas “Actas”, San Autónomo habría nacido en Italia donde fue consagrado como obispo. Durante la persecución de Diocleciano se refugió en Bitinia, eligiendo como centro de su actividad apostólica una localidad llamada Sorea – localidad que los arqueólogos no han localizado -, y desde ella, mediante continuos viajes, desarrolló una intensa labor por toda el Asia Menor.

De vueltas a Sorea en uno de esos viajes, sufrió allí el martirio, siendo víctima de un grupo de paganos que estaban enfurecidos porque los cristianos habían destruidos a sus ídolos. Se dice que fue asesinado mientras celebraba la Eucaristía, un 12 de septiembre de un año no determinado. En tiempos del emperador Constantino, un cristiano llamado Severiano, construyó una capilla sobre el sepulcro del mártir, capilla que fue derruida, aunque de nuevo reconstruida en tiempos del emperador Justino. El autor de esta “passio” llega a decir que él personalmente había visitado esta capilla y había venerado sus reliquias.

Pregunta: Me perdonáis de nuevo, pero ¿podéis darme alguna información sobre San Libertino, si es cierto que este santo existe? Vaya nombrecito, ¿eh? Gracias.

Respuesta: Pues si que es cierto y, aunque su nombre no deja de ser “rarito” y la verdad es que las noticias históricas que tenemos sobre él habría que ponerlas en entredicho, estamos hablando de un santo obispo de Agrigento. Los datos más antiguos provienen del “Martyrium Sanctorum Peregrini et Libertini”, que es un relato escrito entre los siglos VI-VII solo sobre San Peregrino. En él se dice sin embargo que durante la persecución del emperador Valeriano, un tal Silvano enviado a Agrigento por orden del prefecto Quinciano, informó que “Libertinum episcopum corripi iubet. Non doli, non minae, nihil omissum quo revocaretur a Christo simulacra veneraretur. At Libertinus in aede Sancti Stephani protomartyris per aras Deum laudans oransque spiritum caelo reddidit, nec sine luctu in foro agrigentinorum sepultus”, que traducido, dice: “Mandó arrestar al Obispo Libertino. Engaños, amenazas, nada se omitió para que renegara de Cristo y venerara las imágenes de los dioses. Pero Libertino, en el templo de San Esteban protomártir, alabando a Dios y orando, entregó su alma al cielo y, no sin llanto, fue sepultado en el foro de los agrigentinos”. De este texto podemos deducir que el autor de esta obra sabía que Libertino había muerto en tiempos de Valeriano y que era venerado en la iglesia de San Esteban.

Lienzo de San Libertino de Agrigento ante San Pedro apóstol.

Lienzo de San Libertino de Agrigento ante San Pedro apóstol.

Esta misma noticia aparece en otro escrito del siglo VIII, que es un “encomio” (ya hemos dicho en otra ocasión que un encomio es un escrito de alabanza) en honor de San Marciano de Siracusa. En este escrito, que desde el punto de vista narrativo, depende del “Martyrium sanctórum Peregrini et Libertini” mencionado más arriba, dando un paso más, se llega a afirmar que San Peregrino sufrió el martirio junto con el obispo San Libertino durante la persecución de Valeriano. Pero a pesar de la precisión cronológica de estas dos fuentes, los escritores locales de Agrigento llegan a decir que San Libertino fue un discípulo de San Pedro, o sea, que fue un mártir del siglo I y no del siglo III y así, para hacernos creer la verdad de esta afirmación llegan al absurdo de fabricarse una “bula” firmada por el propio San Pedro nombrando obispo de Agrigento a San Libertino. ¡El colmo del despropósito!

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Concluyendo todo esto, podemos decir que San Libertino quizás pudo ser el primer obispo de Agrigento, pero que no vivió en el siglo I, sino en el III y que su cuerpo era venerado a finales del siglo VI en la iglesia dedicada al protomártir San Esteban – iglesia que sabemos que existía porque así nos lo confirma San Gregorio Magno -, pero del que con toda seguridad, no podemos afirmar nada más. En el año 1624 se construyó una maravillosa iglesia en el lugar en el que, según la tradición, fue martirizado.

Si quieres tener una información más amplia, pero sabiendo que todo hay que ponerlo en “entredicho”, puedes consultar este enlace. Dicho todo esto y, rogándote me perdones la broma, no se te ocurra ponerle este nombrecito a ningún hijo o nieto tuyo, porque el nombre se las trae, jaja.

La Sagrada Eucaristía.

La Sagrada Eucaristía.

Pregunta: ¿Está permitido que un laico en el momento de comulgar, reciba la Hostia Santa y él la introduzca en la Sangre de Cristo y comulgue? No quisiera ser desobediente a mi párroco, pero ya llevamos bastantes discusiones y quisiera tener una confirmación autorizada sobre este tema. Quisiera saber lo que está permitido o no para comulgar correctamente. Agradezco su respuesta y aclaración sobre este tema, que por aquí se está tomando como una costumbre en cada parroquia. Saludos.

Respuesta: La respuesta está clara: NO. La Eucaristía es un don que se recibe, no es algo que uno toma. De hecho los diáconos, en las celebraciones en las que hay algún sacerdote u obispo, también reciben la comunión. Un diácono solo puede tocar la Eucaristía si da la comunión al pueblo o en un acto que sea presidido por él, como por ejemplo, una celebración de la Palabra. Lo mismo un seglar, que puede cogerla directamente si es ministro extraordinario de la comunión y solo en las funciones que le competen, pero nunca, puede darse la comunión a sí mismo. Y además, la Eucaristía en el rito latino, solo puede tomarse bajo las dos Especies en determinadas circunstancias, como por ejemplo, en las bodas.

En las Iglesias Orientales, en las celebraciones presididas por un obispo, incluso los sacerdotes reciben la Eucaristía de manos del obispo. En el blog hemos publicado dos artículos sobre este y otros temas relacionados con la Eucaristía.

Antonio Barrero

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Santos y las Cuarenta Horas

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Estampa devocional del Beato Juan Juvenal Ancina en adoración eucarística.

Estampa devocional del Beato Juan Juvenal Ancina en adoración eucarística.

Introducción
Cuando, antes del Concilio, no existía todavía la misa vespertina, en las iglesias, por la tarde, tenía lugar la llamada “función”: rosario, exposición del Santísimo, bendición eucarística. La vida de las parroquias se marcaba todos los días en este momento de adoración. Pero el culto eucarístico durante el curso del año llegaba a su culminación con la celebración de las “Cuarenta Horas”.

Los orígenes de las Cuarenta Horas se ubican en Milán, en el decenio entre 1527 y 1537. Era habitual antes que se dieran formas de oración y ayuno practicadas sobre todo durante la Semana Santa, de jueves a sábado, en recuerdo de las cuarentas horas transcurridas por Jesús en el sepulcro, según un cálculo que se atribuye a San Agustín. Pero en los años del terrible “Sacco” de Roma, bajo la amenaza de la guerra y de la peste, estas prácticas fueron celebradas también en otros momentos del año, hasta que en 1534 el eremita fray Buono de Cremona solicitó y obtuvo la autorización de unir a la oración de las Cuarenta Horas la exposición ininterrumpida del Santísimo. Tres años después, la idea fue retomada por San Antonio María Zaccaria, fundador de los Barnabitas, que propuso exponer de este modo la Eucarística en la catedral y después, por turnos, en todas las iglesias de Milán. La aprobación del Papa Pablo III, con el breve del 28 de agosto de 1537, tuvo el efecto de propagar rápidamente la práctica en toda Italia, sobre todo gracias al trabajo de los capuchinos, primero, y después de los pontífices, hasta la encíclica Graves et diuturnae con la cual Clemente VIII, en 1592, exhortó al pueblo a celebrarla en todas las iglesias de la ciudad para conjurar las guerras de religión que entonces campaban en Francia. La voluntad de hacerlo lo más solemne y festivo posible llevo a la realización de auténticas “escenografías” proyectadas para la exposición del Santísimo, que tuvieron no poca influencia para el posterior desarrollo del arte barroco.

Desde Italia, las Cuarenta Horas se difundieron rápidamente en toda Europa, para llegar hasta los Estados unidos a mediados de 1800. La tradición se ha mantenido viva hasta la segunda posguerra y los años del Concilio, perdiendo importancia pero sin desaparecer del todo.

Estampa devocional del Siervo de Dios Inocencio Marcinnò de Caltagirone.

Estampa devocional del Siervo de Dios Inocencio Marcinnò de Caltagirone.

“Recuerdo todavía con emoción, dice el cardenal Angelini, cuando estaba en el Seminario romano e íbamos con los compañeros a las Cuarenta Horas en San Juan, asegurando sobre todo los turnos de adoración nocturna. Las Cuarenta Horas eran uno de los momentos centrales en la vida espiritual de la gente, y eran como una prolongación más solemne de la “función” vespertina cotidiana. Estas celebraciones eran como un iceberg, del cual eran punta elevada de espiritualidad, también popular, muy popular; se podían encontrar fácilmente personas incultas, mas no ignorantes. Mi madre, por ejemplo, que ciertamente nada sabía de teología, pero razonaba mucho conmigo. Todas las tardes, en las parroquias de Roma, cuando sonaban las campanas en la bendición, ella me decía: “¡Ahora Él se muestra!”. Y se quedaba quieta, hiciese lo que estuviese haciendo”. “Sería hermoso retomar hoy las Cuarenta Horas”, añade el cardenal Angelini, “y que los obispos las mantuvieran. En realidad se siente la necesidad de tener, en nuestras ciudades ruidosas, un oasis de espiritualidad” (Giovanni Ricciardi).

Los Santos y las Santas de las Cuarenta Horas

San Antonio María Zaccaria
religioso, sacerdote y fundador
Cremona, 1502 – Cremona, 5 julio 1539

Martirologio Romano, 5 julio: San Antonio María Zaccaria, sacerdote, que fundó la Congregación de los Clérigos Regulares de San Pablo o Barnabitas con la intención de renovar la vida de los fieles y que en Cremona, en Lombardía, retornó al Salvador.

A él se deben las Cuarenta Horas públicas, con exposición del Santísimo Sacramento, y los toques de campana todos los viernes a las 15 h, que recuerdan la hora de la muerte de Cristo.

Estampa devocional de San Antonio María Zaccaria.

Estampa devocional de San Antonio María Zaccaria.

San Juan Leonardi
farmacéutico, sacerdote y fundador
Diecimo, Lucca, 1541 – Roma, 9 octubre 1609

Martirologio Romano, 9 octubre: San Juan Leonardi, sacerdote, que en Lucca abandonó la profesión de farmacéutico que ejercía para convertirse en sacerdote. Fundó allí la Orden de los Clérigos Regulares, dicha de la Madre de Dios, para la enseñanza de la doctrina cristiana a los muchachos, la renovación de la vida apostólica del clero y la difusión de la fe cristiana en todo el mundo, y por ello debió afrontar muchas tribulaciones. Puso en Roma los fundamentos del Colegio de Propaganda Fide y murió en paz en esta ciudad, agotado por el peso de sus fatigas. En Lucca impuso la promoción de la práctica de las Cuarenta Horas y de la comunión frecuente.

San Ciríaco Elías Chavara
religioso, sacerdote, cofundador
Kainakari (Kerala), 8 febrero 1805 – Konammavu, 3 enero 1871

Martirologio Romano, 3 enero: En el monasterio de Mannemamy en Kerala, India, San Ciríaco Elías Chavara, sacerdote, fundador de la Congregación de los Carmelitas de María Inmaculada.

Fue el primero en instituir en Kerala la adoración de las Cuarenta Horas.

San Francisco Caracciolo
sacerdote y fundador
Villa S. Maria, Chieti, 13 octubre 1563 – Agnone, Isernia, 4 junio 1608

Martirologio Romano, 4 junio: En Agnone de Molise, San Francisco Caracciolo, sacerdote, que, movido por una admirable caridad hacia Dios y el prójimo, fundó la Congregación de los Clérigos Regulares Menores.

Para promover el culto de la Eucaristía, estableció que los alumnos de su Orden, cada día y por turnos, se juntaran para adorar el Santísimo Sacramento. Quiso que este pío ejercicio fuera su principal distintivo. No dejaba nunca de exhortar a los sacerdotes a celebrar cada día la Misa y a los fieles a que comulgaran frecuentemente; de promover la exposición del Santísimo Sacramento en forma de Cuarenta Horas cada primer domingo de mes. Por su piedad eucarística los obispos de los Abruzzos lo nombraron protector del movimiento eucarístico de su región.

Estampa devocional de San Francisco Caracciolo. Óleo de Missori.

Estampa devocional de San Francisco Caracciolo. Óleo de Missori.

Beato Juan Juvenal Ancina
obispo
Fossano, Cuneo, 1 octubre 1545 – Saluzzo, Cuneo, 30 agosto 1604

Martirologio Romano, 30 agosto: En Saluzzo del Piemonte, el Beato Juan Juvenal Ancina, obispo, que fue de los primeros en entrar en el Oratorio de San Felipe Neri.

El Beato Ancina fue obispo de Saluzzo por unos pocos meses: justo el tiempo necesario para poner un poco de orden, refortalecer la fe, introducir la práctica de las Cuarenta Horas, favorecer el culto a la Eucaristía, combatir la herejía que se propagaba en el Piemonte desde la vecina Francia.

Beato José Baldo
sacerdote y fundador
Puegnago, Brescia, 19 febrero 1843 – Ronco all’Adige, Verona, 24 octubre 1915

Martirologio Romano, 24 octubre: En Ronchi en el Adige cercano a Verona, el beato José Baldo, sacerdote, que dedicado al ministerio pastoral, fundó la Congregación de las Pequeñas Hijas de San José para la asistencia de los ancianos y los enfermos; y la educación de los niños y los jóvenes.

El beato Baldo puso la Eucaristía como centro de la vida espiritual, divulgó el apostolado de la oración, inició el enseñamiento de la Doctrina Cristiana, en 1879 reordenó la Confraternidad del Santísimo Sacramento, instituyó las Cuarenta Horas y activó de nuevo la Compañía de la Doctrina Cristiana.

Siervo de Dios José Bernardi
sacerdote y mártir
Caraglio, Cuneo, 25 noviembre 1897 – Boves, Cuneo, 19 septiembre 1943

El Siervo de Dios, en Bersezio (en Valle Stura, a 1600 metros) era administrador parroquial y se convertirá en párroco a pleno título en septiembre de 1932. En esta pequeña comunidad (160 personas) el nuevo párroco no escatimó esfuerzo para animar la fe de todos: promovió las Cuarenta Horas, organizó procesiones, organiza viajes en esquí durante el invierno para llevar a la Misa un buen número de monaguillos en las capillas pobres de la parroquia. Después del “concurso canónico” se convirtió en el párroco de Boves.

Estampa devocional de San Juan Leonardi

Estampa devocional de San Juan Leonardi

Siervo de Dios Inocencio Marcinnò de Caltagirone
religioso y sacerdote
Caltagirone (CT), 24 octubre 1589 – 16 noviembre 1655

El Siervo de Dios promulgó el culto eucarístico en particular con el ejercicio de las Cuarenta Horas.

Sierva de Dios Leticia Zagari
virgen y fundadora
Nápoles, 20 septiembre 1897 – Herculano, 8 marzo 1985

Leticia Zagari inició en la iglesia de los Santos Apóstoles, en el centro histórico de Nápoles, su apostolado eucarístico con las solemnes Cuarenta Horas, con prácticas piadosas y educación religiosa, restaurando el latente culto a Jesús Eucaristía; integrándolo con la adoración personal en cualquier momento posible.

San Benito José Labre
laico y peregrino
Amettes, Francia, 26 marzo 1748 – Roma, 16 abril 1783

Martirologio Romano, 16 abril: En Roma, San Benito José Labre, que, invadido desde la adolescencia por el deseo de una áspera vida de penitencia, realizó fatigosas peregrinaciones a célebres santuarios, cubierto solamente por ropa pobre y rota, alimentándose sólo del alimento que recibía de la limosna y dando en todas partes ejemplo de piedad y penitencia; hizo de Roma la última meta de sus viajes, viviendo allí en extrema pobreza y oración.

Benito José Labre, el santo mendigo y peregrino, enterrado hoy en el cercano santuario de la Virgen del Monte, había hecho de las Cuarenta Horas el instrumento privilegiado de su santificación: “No había lugar tan lejano, escribía su confesor, el padre Marconi, no había lluvia tan fuerte, no había frío tan crudo, ni calor tan excesivo que lo pudiese detener, aunque iba con la cabeza descubierta, mal vestido y mal calzado en los pies. Pasaba los días enteros arrodillado ante Su altar. Su devoción hacia Jesús sacramentado no es posible de explicar. Ésta fue la que le mereció el nombre con el que era llamado por los que le conocían: el pobre de las Cuarenta Horas, porque lo veían a menudo en las iglesias donde el Santísimo Sacramento era expuesto a la veneración pública”.

Estampa con ex-indumentis de la Sierva de Dios Leticia Zagari. Fuente: www.delcampe.net

Estampa con ex-indumentis de la Sierva de Dios Leticia Zagari. Fuente: www.delcampe.net

Conclusión
“Señor Jesús, cuando me arrodillo ante la Eucaristía siendo el perfume de Belén, respiro el misterio de la humildad de Dios y siento vergüenza por el orgullo que hay en mí y que continuamente explota en rivalidad contra las personas y en vergonzosas guerras que ensangrentan al pueblo. Jesús, ¡dame una pizca de Tu humildad! Señor Jesús cuando me arrodillo ante la Eucaristía entiendo que Tú nos amas porque eres bueno y no porque merezcamos tu amor. En el Cenáculo todo hablaba de traición y Tú, con un gesto de puro amor, diste la Eucaristía a la humanidad: ¡a esta humanidad que continuamente Te traiciona! Jesús, ¡dame una pizca de Tu amor!”

“Señor Jesús, junto a la Eucaristía se oye el murmullo del agua que Tú derramaste sobre los pues de los apóstoles y, a través de ellos, la derramaste sobre los pies de cada uno de nosotros. Señor, me ruborizo por el egoísmo que aún habita en mí y sufro por el espectáculo del mundo de hoy, que multiplica frívolas diversiones en lugar de multiplicar las obras de misericordia. Señor, ¡dame un poco de agua de la Última Cena! Y danos sacerdotes santos: ¡sacerdotes enamorados de la Eucaristía!” (+ Card. Angelo Comastri)

Damiano Grenci

Bibliografía y sitios:
* AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia dei Santi) – Voll. 1-12 e I-II-III appendice – Ed. Città Nuova
* C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
* Grenci Damiano Marco – Archivio privato iconografico e agiografico: 1977 – 2014
* Ricciardi Giovanni – “Adesso si mostra” in 30 giorni (09/2007)
* sitio web de santuariosanluigi.it
* sitio web de 30giorni.it

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La Eucaristía (II)

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Evangeliario, cruz y tabernáculo sobre el altar (rito bizantino).

Evangeliario, cruz y tabernáculo sobre el altar (rito bizantino).

El pasado Jueves Santo comenzamos un artículo sobre la Eucaristía, concretamente sobre un par de aspectos que crea controversias en la praxis litúrgica: la comunión bajo las dos especies y la comunión en la boca o en la mano. Continuaremos hoy, día del Corpus Christi, con varios temas relacionados también con la celebración litúrgica, concretamente a algunas normas litúrgicas que a veces suelen obviarse, olvidarse o, lo que es peor, desobedecerse. No es la misa una celebración en la que el que la preside o el pueblo fiel puedan hacer lo que les venga en gana, sino que, al ser una celebración en la que toda la Iglesia está presente, han de guardarse con respeto las normas establecidas. Cada gesto tiene su importancia y cada acción su porqué. Atrás quedaron los tiempos en los que la misa era de una rigidez y encorsetamiento extremos. La reforma litúrgica del Vaticano II hizo posible que se pudiera dar más flexibilidad a determinados aspectos, pero eso no es óbice para dar rienda suelta a la creatividad litúrgica de nuestros pastores (argumentando muchas veces dar cercanía, simbolismo o qué sé yo). En muchos casos lo que demuestran es una falta de respeto tanto a las normas litúrgicas, en ocasiones arraigadas desde hace siglos, a la obediencia debida a los superiores, al Pueblo de Dios que celebra con ellos, que tienen todo el derecho a una liturgia correcta, y, lo que es peor, a la misma dignidad que merece la grandeza de la Eucaristía.

Aunque hay muchos aspectos que podemos abordar, he elegido los que a continuación se desarrollan porque, a mi parecer, son los que actualmente más problemas dan en nuestras celebraciones, aunque sé que dará al artículo un aire de censura. Sólo deseo mostrar lo que la Iglesia estima más adecuado y las razones litúrgicas que lo apoyan.

Celebración de la Santa Misa en la Basílica de Santa Engracia, en Zaragoza (España).

Celebración de la Santa Misa en la Basílica de Santa Engracia, en Zaragoza (España).

No en cualquier sitio
Para la celebración de la misa no vale cualquier sitio, sino que ha de hacerse en un lugar sagrado: iglesia, capilla, oratorio, ermita… Sólo en caso de necesidad puede celebrarse en otro sitio [1], siempre y cuando se guarden las debidas orientaciones eclesiales: permiso del obispo diocesano que juzgará el caso concreto [2], comunicación al párroco en cuyo territorio se va a celebrar, altar dedicado o bendecido o mesa apropiada (nunca donde habitualmente se coma) [3] y que se den las demás condiciones para desarrollar la celebración dignamente (vestiduras, vasos sagrados, libros litúrgicos y paños sagrados, etc). Por ello no podrá un presbítero celebrar misa allí donde le apetezca, donde se lo pidan (por ejemplo unos novios que quieren casarse en la playa), donde resulte bonito por el paisaje o en una sala de la parroquia porque hay pocos fieles.

Pueden encontrarse razones para determinadas ocasiones puntuales: misas castrenses en tiempo de guerra o en maniobras, peregrinaciones, fiestas patronales en las que no haya capilla o ermita, misas en el cementerio si éste no dispone de capilla propia, misas multitudinarias… Generalmente, sobre todo las arraigadas por tradición en una diócesis, suelen disponer del permiso episcopal correspondiente.

En los demás casos no está permitido, sobre todo si se dispone de un lugar sagrado cerca. Así, se ha puesto de moda que muchos pequeños grupos parroquiales o comunidades de algún movimiento celebren la eucaristía en salas de catequesis. Se argumenta diciendo que son pocos, que hacen una liturgia a su estilo, que así es más recogido y cercano… No deberían tolerarse teniendo en cuenta que a escasos metros hay un altar bendecido y un lugar sagrado preparado para ello. Siempre será más digna una eucaristía en el templo o capilla parroquial que en una sala de catequesis.

Misa al aire libre celebrada en Taranto, Italia.

Misa al aire libre celebrada en Taranto, Italia.

Las vestiduras sagradas
Es un tema que, inexplicablemente, suele dar problemas, a pesar de que las normas están muy claras. La vestidura expresa el ministerio desempeñado y contribuyen al decoro y dignidad de la celebración. Todos los ministros ordenados o instituidos, así como los laicos que de forma extraordinaria ayudan al altar (como por ejemplo el clásico monaguillo), deben llevar vestiduras dignas para ello. En todos estos casos el alba y el cíngulo es vestidura común, a los que se añade la estola y la casulla para el presbítero, y la estola y la dalmática en el caso del diácono. Si se trata de un obispo se le añaden a las vestiduras presbiterales la mitra y el báculo, más el palio si se trata de arzobispo. Éstas, ni más ni menos, son las vestiduras que los ministros deben llevar en la celebración eucarística.

A veces, en algunas parroquias, suele verse a acólitos, monaguillos y demás sirvientes del altar que ayudan en la celebración sin la vestidura correspondiente. Cualquiera que desempeña el servicio al altar debe ir revestido con la ropa litúrgica prescrita: alba y cíngulo. La ropa de calle nunca puede suplir a la litúrgica.

También se suele ver en ocasiones a algunos presbíteros que, incluso presidiendo la celebración, no se ponen la casulla, pero sólo está permitido en concelebraciones multitudinarias en que no se disponga de casullas suficientes para todos (por ejemplo una misa crismal, pontificia…), y nunca para el caso del que preside, que debe llevar siempre la casulla [4]. Lo mismo para los diáconos, que no deben dejar la dalmática colgada en la percha de la sacristía [5].

Lectura del evangelio según el rito bizantino.

Lectura del evangelio según el rito bizantino.

Los ritos iniciales
Los ritos iniciales son parte de la celebración eucarística, nos introducen en ella y han de hacerse con la dignidad requerida [6]. Hay veces que en vez de empezar con la señal de la cruz y con el habitual “el Señor esté con vosotros”, se comienza con un “buenos días”. Es difícil de entender que el saludo secular pueda sustituir al religioso en este contexto. No es propio de la celebración que está comenzando ni pastoral ni teológicamente, pues no es específica para convocar a una comunidad cristiana ni nos introduce en el misterio que se va a hacer presente. Cada aspecto de nuestra vida tiene su lenguaje y el litúrgico también tiene el suyo.

Algunos parecen olvidar que el rito penitencial consta de dos partes diferenciadas: el “yo confieso”, en el que se pide perdón e intercesión por el perdón de los pecados cometidos, y el “Señor, ten piedad”, en el que se implora la misericordia divina. Sólo en algunas celebraciones especiales puede modificarse o anularse la primera parte, como por ejemplo en matrimonios o cuando se asperja con agua. Es más habitual cada día ver inexplicables supresiones de la primera parte y alteraciones de la segunda. En esta última parte no debe hacerse hincapié en las faltas humanas, sino que debe alabarse la bondad misericordiosa de Dios. Se suelen usar expresiones del tipo: “porque somos pecadores que no tenemos presente al prójimo, Señor, ten piedad”. Lo correcto sería decir algo como: “Tú, que nos acoges como un padre amoroso, Señor, ten piedad”.

Tampoco el Gloria debe olvidarse o modificarse en aquellas misas donde está prescrito su recitación. Y en el caso de ser cantado hay que ceñirse a la letra habitual [7].

Lectura del evangelio según el rito romano.

Lectura del evangelio según el rito romano.

La Liturgia de la Palabra
La dignidad de la Palabra de Dios exige que nunca se proclame desde folletos u hojas sueltas, sino que debe usarse para el caso el Leccionario, que es el formato adecuado y decoroso [8]. Nunca hay que olvidar que en la Palabra está también Cristo y debemos usar libros que físicamente expresen tal convicción.

La importancia de la Palabra de Dios reclama que sea proclamada con solemnidad y claridad, de modo que el pueblo fiel se alimente de ella con provecho. Elegir lectores que desempeñen mal su ministerio es mutilar una parte fundamental de la celebración. Por ello, leer las lecturas no debe ser algo rutinario, algo que puede hacer cualquiera, sino que requiere formación, vivencia de dicha Palabra, e incluso entrenamiento técnico. A veces lecturas con una fuerza y riqueza maravillosas se ven mermadas por una mala proclamación. Por eso, en celebraciones especiales con niños o jóvenes como primeras comuniones o confirmaciones, se hace imperativo que los que lean lo hagan bien, y no porque “han de hacer algo en la celebración”. Es preferible un catequista que proclame bien, a un niño nervioso que se entrecorte, aunque en ese día sea el “protagonista”. En todo caso, si está presente un ministro laico instituido lector o acólito, debe ser éste el que proclame las lecturas, pero nunca el Evangelio, que es exclusivo del diácono o del presbítero en ausencia de éste. Nunca un laico puede proclamar el Evangelio [9].

Con respecto a las lecturas a proclamar, no deben cambiarse a capricho ni sustituirlas por otro texto. Nunca una poesía, por muy maravillosa que sea, puede sustituir a la Palabra de Dios. Tampoco un canto puede suplir al salmo responsorial mandado [10], incluso si éste no se canta.

Primera misa en Chile. Obra de Pedro León Maximiano Maria Subercaseaux (1904).

Primera misa en Chile. Obra de Pedro León Maximiano Maria Subercaseaux (1904).

Por el ministerio de enseñar que confiere el orden sagrado y el cuidado del magisterio eclesial, la homilía siempre debe ser realizada por un obispo, sacerdote o diácono, pero nunca por un laico [11]. Por ello tampoco podrán generalizarse las llamadas “homilías comentadas”, en las que los fieles comparten sus opiniones y sentires sobre la Palabra de Dios. Tampoco los testimonios vivenciales personales (muy habitual en el Día del seminario, de Manos Unidas, etc.) pueden sustituir a la homilía, y deberían dejarse para después de la misa [12]. También hay que tener presente que es preferible decir la homilía desde la sede, lugar magisterial y presidencial, que desde el ambón, que debiera ser el lugar de proclamación de las lecturas y sólo eso. Pero el ambón siempre será mejor opción que el pasillo del templo a la hora de hacer una reflexión viva sobre la Escritura.

Con respecto a la Oración de los fieles, nunca debe suprimirse aunque sea en una misa “de diario”, guardando por tanto sus partes y estructura. Sirve lo mismo aquí que para la proclamación de las lecturas: guardando las secciones propias del que preside, deben ser bien leídas por los ministros adecuados (diácono, lector instituido o laico preparado, en este orden).

Misa de San Juan de Mata. Obra de Juan Carrero de Miranda (1666).

Misa de San Juan de Mata. Obra de Juan Carrero de Miranda (1666).

La Liturgia Eucarística
Un tema muy controvertido, en esta parte de la misa, es la desmesurada inspiración que muchos tienen para crear nuevos prefacios, plegarias eucarísticas u oraciones y aplicarlos en la celebración. Aunque los textos pueden ser muy variados en algunas secciones, en otras hay que ceñirse al texto propio del día. En cualquier caso siempre deben extraerse de misales aprobados por la autoridad competente. El documento “Redemptionis Sacramentum”, que en algunos de sus artículos da sólo recomendaciones, es, en este punto concreto, bastante tajante: “Sólo se pueden utilizar las Plegarias Eucarísticas que se encuentran en el Misal Romano o aquellas que han sido legítimamente aprobadas por la Sede Apostólica, en la forma y manera que se determina en la misma aprobación. No se puede tolerar que algunos sacerdotes se arroguen el derecho de componer plegarias eucarísticas, ni cambiar el texto aprobado por la Iglesia, ni utilizar otros, compuestos por personas privadas” [13]. La dureza de la advertencia es debido a la importancia que el texto tiene en esta parte de la celebración: unas palabras inadecuadas, por ejemplo en la consagración, pueden hacer inválido el sacramento.

El dar la paz debe ser un gesto sobrio que se realice a los más cercanos. Los ministros del altar deben dársela entre ellos, y no bajar nunca del presbiterio [14]. A veces se ven sacerdotes que recorren toda la nave de la iglesia dando la paz a todos. Si por alguna razón quiere dar la paz a alguien en concreto de entre los fieles (aniversario, ordenación, institución ministerial…) deben ser los fieles los que suban al presbiterio y no al revés. Sólo podrían admitirse unas excepciones obvias: en los funerales, a los familiares más cercanos del difunto, y en el caso de personas con movilidad reducida (Día del enfermo, residencias…).

Otra práctica litúrgica que debe evitarse es la costumbre de partir la Hostia previamente a la consagración. Aunque las palabras de la consagración digan “tomó el pan, lo partió y se lo dio…”, lo correcto es hacer la fracción del pan en su lugar asignado: antes del “Cordero de Dios”. La Eucaristía no es un cuadro artístico teatral que pone en escena un hecho histórico [15].

Para finalizar me referiré a los avisos que suelen darse al final de las celebraciones. Deben evitarse, pero si su importancia hace que sea necesario darlos, que sean muy breves. A veces se dedica más tiempo a los avisos sobre próximas actividades, charlas, catequesis, conciertos o asuntos parroquiales que al momento culminante de la consagración. Mejor es fomentar otras formas de comunicación en la parroquia (carteles, hoja parroquial) que interrumpir el desarrollo de la celebración.

Comunión dada en una iglesia de Irlanda.

Comunión dada en una iglesia de Irlanda.

Conclusión
Ya sé que me dejo temas importantes: cantos, ofertorio, actitudes y posturas, pero el espacio permitido a este artículo no da para más. Sólo decir que la observancia debida en la liturgia no es “cosa de curas”. Todos los fieles están obligados a guardar las normas litúrgicas y tienen el derecho y deber de poner en conocimiento de la autoridad los excesos que puedan cometerse [16]. No somos meros espectadores que tragan lo que se les eche. Todos tenemos el derecho que las celebraciones a las que acudamos se hagan dentro de lo establecido. Pidamos y exijamos a nuestros pastores respeto, veneración y servicio fiel al Pueblo de Dios y a la Eucaristía.

David Jiménez


[1] Código de Derecho Canónico, 932
[2] Redemptionis Sacramentum, 108
[3] Liturgicae instaurationes, n. 9
[4] Redemptionis Sacramentum, 123-124
[5] Redemptionis Sacramentum, 125
[6] Introducción General al Misal Romano, 46
[7] Introducción General del Misal Romano, 53
[8] Introducción al Leccionario, 37
[9] Redemptionis Sacramentum, 63
[10] Redemptionis Sacramentum, 61-62
[11] Introducción General al Misal Romano, 66
[12] Ecclesiae de misterio, art. 3
[13] Redemptionis Sacramentum, 51
[14] Introducción General al Misal Romano, 82
[15] Smolarski, Dennis. Cómo no decir la misa, pág.58
[16] Redemptionis Sacramentum, 84

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

La Eucaristía (I)

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Presentación de las especies eucarísticas según el rito bizantino.

Presentación de las especies eucarísticas según el rito bizantino.

Pregunta: Soy de Ecuador residiendo en Panamá. A diferencia de EEUU, en nuestros países se nos priva de la Divina Sangre de Cristo en la Eucaristía. He preguntado a muchos sacerdotes sin recibir una respuesta que satisfaga mi inquietud.

Respuesta: Aprovechando esta pregunta, vamos hoy, Jueves Santo, a dedicar un artículo a profundizar en algunas cuestiones de la Eucaristía. Esto tendrá su continuación el día de la Solemnidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo. Abordaremos en las presentes líneas la cuestión que se nos plantea sobre la comunión bajo las dos especies eucarísticas, y la controvertida cuestión de la recepción de la comunión en la boca o en la mano.

¿Comunión bajo las dos especies?
Como se deja vislumbrar en la pregunta del principio, es un tema que causa cierta perplejidad en algunos cristianos, pero que suele partir de un desconocimiento de la doctrina eucarística. Para responder esta cuestión hay que explicar algunas cosas:

1. Cuando se recibe la Hostia consagrada se está recibiendo a Cristo entero: Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. No sólo se recibe el Cuerpo, sino también su Sangre, aunque haya dos especies eucarísticas: pan y vino. También ocurre lo mismo si sólo se recibe el vino: también se recibe con la Sangre, el Cuerpo de Cristo, todo su ser. A esta doctrina se le llama doctrina de la concomitancia (que significa conexión inseparable). Esta doctrina afirma que Cristo está presente entero en cada especie tras la consagración, pues Él es indivisible: Jesús está entera y verdaderamente en cualquiera de las dos especies consagradas. Esta doctrina es firme desde el Concilio de Trento [1].

Vista de la Sagrada Forma, como se ofrece según el rito católico romano.

Vista de la Sagrada Forma, como se ofrece según el rito católico romano.

2. Por la doctrina anteriormente expuesta, cuando ocurre la consagración en la misa, cada especie se transforma en Cristo entero: el pan se transforma en Cristo entero, el vino se transforma en Cristo entero. Cierto es que el efecto específico de la consagración del pan es que se hace presente el Cuerpo de Cristo, pero por concomitancia todo su ser está ahí: Sangre, Alma y Divinidad. En la consagración segunda, la del vino, ocurre lo mismo: cierto es que el efecto específico es hacer presente en este caso a la Sangre de Cristo, pero ésta es inseparable de su Cuerpo, Alma y Divinidad.

3. Por tanto, dicho lo cual, es erróneo creer que cuando se comulga la Hostia se comulga sólo el cuerpo de Cristo, pues se comulga Él entero. Y así con el vino: no se bebe su Sangre, sino que se toma todo su ser. Una manera muy sencilla de ir formando a los fieles y evitar esta equivocación sería la de cambiar la fórmula de la comunión, “el cuerpo de Cristo”, por la de “éste es Cristo”, que estaría más en consonancia con la realidad sacramental concomitante.

4. Conociendo lo anterior, ya se puede decir que si se comulga sólo con la Hostia no se recibe “un poco de Cristo”, algo incompleto, sino que se recibe, ya lo hemos dicho, a Cristo entero. Si se bebe del cáliz, igual, se recibe a Cristo entero. Son por tanto dos formas o expresiones de recibir lo mismo: a Cristo entero. De esto se deduce fácilmente que no es necesario recibir las dos especies para comulgar bien, aunque se permita en algunos casos como veremos. Recibiendo una, vale, perfecto, se ha recibido a Cristo entero. Es la llamada communio sub una specie y es un sacramento ya válido.

5. Hay algún caso, como el de los celíacos, que no pueden comulgar con la Hostia; entonces pueden hacerlo con el cáliz. En este caso, es prudente que el celíaco avise antes de la misa para que el ministro que preside no consuma todo el cáliz antes de dar la comunión a los fieles o se le prepare otro. No puede negarse esta forma de comunión si es necesaria por enfermedad u otra causa justificada.

6. El dar la comunión bajo las dos especies es un tema que ha traído y trae cola en los foros de debate teológico. Es el Ordinario del lugar (el obispo generalmente) el que puede dar permiso para administrar así la comunión, pero lo normal es que se reserve para casos excepcionales: profesiones religiosas, celebración del matrimonio, misas conventuales, ejercicios espirituales, celebraciones especiales en pequeños grupos (Pascua, Navidad,…). El que el Ordinario dé permiso no significa que se dé porque sí. El presbítero o diácono puede considerar que por razones prácticas, higiénicas, por falta de formación de los fieles u otras dificultades, puede no ser apropiado dar la comunión bajo las dos especies [2]. Precisamente por la adquisición de una forma más plena, por la brillantez del banquete eucarístico y por la expresión más clara que con la comunión bajo las dos especies se tiene, hay que cuidar que esto se realice con la mayor dignidad y respeto.

Presentación de la Eucaristía bajo las dos especies: pan y vino.

Presentación de la Eucaristía bajo las dos especies: pan y vino.

Ahondar en las razones teológicas por las que se ha llegado a esta doctrina de la concomitancia y su repercusión en la comunión bajo una especie sería largo, y aún más si contamos la evolución litúrgica a lo largo de los siglos. Baste decir que se fundamenta en la conexión inseparable de la carne y sangre de Cristo en la última cena con la de la cruz. No hay que olvidar este carácter sacrificial de la eucaristía y el memorial que de este momento de salvación se realiza en ella.

Históricamente podemos decir que hasta el siglo XII-XIII se mantuvo esta comunión bajo las dos especies en el rito latino (no así en las iglesias católicas de rito oriental, en donde se mantiene hasta hoy). Dados los problemas que se presentaban en la administración con el cáliz, se buscaron otras formas de beber de éste: con una cañita (calamus), con una cucharilla, o mojando la hostia en el cáliz (intinción), aunque estos sistemas causan a su vez otros problemas. Estas dificultades de administración, peligro en el derramamiento, las epidemias de esos siglos, la afluencia de numerosos fieles, la falta de higiene y otras causas, hicieron que la comunión bajo las dos especies, sin legislación eclesiástica alguna al respecto, cayera en desuso. La doctrina clásica de la concomitancia hacía posible la praxis de la comunión bajo una especie, y de hecho ya se venía haciendo en algunos casos en los que se veía oportuno: comunión de enfermos, ermitaños, niños, presos…

Por tanto, la práctica se hizo norma, aunque en siglos posteriores hubo defensores de la comunión bajo las dos especies que acusaron a la Iglesia de “robar el cáliz a los fieles” (Jacobo de Mies, Lutero). Hay que decir en defensa de la Iglesia que nunca dogmatizó el hecho de suprimir la comunión bajo el cáliz, sino que su ámbito fue siempre litúrgico. Hubo intentos de restauración en los años de la Reforma protestante y hasta se aprobó la doble comunión en determinadas regiones, pero precisamente el que los protestantes tomaran la comunión bajo las dos especies como su signo distintivo, hizo que Roma, para evitar confusiones y dada la poca formación doctrinal de los fieles, retirara el cáliz de la comunión ordinaria.

Institución de la Eucaristía. Ilustración contemporánea.

Institución de la Eucaristía. Ilustración contemporánea.

No fue hasta el Concilio Vaticano II [3], cuando la cuestión fue de nuevo abordada. Dio la posibilidad a la Santa Sede de determinar los casos en que podía permitirse la comunión bajo las dos especies, aunque no admitió la concesión general. La cuestión hoy está claramente reflejada en la Instrucción General del Misal Romano y abre la puerta a algunos casos (y sólo a esos). Hay veces en que se abusa, sobre todo en determinados grupos y movimientos que parecen no entender que la comunión es válida y fructífera bajo una especie o que creen que la celebración eucarística está mutilada si no todos comulgan bajo las dos especies. Desde luego la responsabilidad última de incumplir las normas litúrgicas establecidas está en el ministro que preside la celebración.

¿Se generalizará en el futuro? Ya veremos, aunque tampoco, a pesar de la brillantez de la comunión bajo las dos especies, hay que dar más importancia a la cuestión, pues por la doctrina de la concomitancia, ya expuesta, no es necesaria.

¿Comunión en la boca o en la mano?
Es un tema litúrgico-sacramental apasionante que a veces provoca más de un desencuentro subido de tono. Intentando no entrar en opiniones personales, me limitaré a contar brevemente los orígenes de ambas praxis y cómo está recogida la cuestión en los documentos eclesiales actuales.

Precisamente por ser un tema controvertido, aquí cada cual arrima el ascua a su sardina y toma de aquí o allí los textos patrísticos que le vienen bien para defender su tesis. Los defensores de la comunión en la mano acuden directamente al Evangelio, a los textos de la institución de la Eucaristía, al conocido “Tomad y comed…”. Sus detractores argumentan que en estos pasajes no aparecen en ningún momento las manos de los apóstoles, pero, aunque así fuera, los apóstoles ya allí habían recibido el orden sacerdotal y podían tomar el Cuerpo de Cristo con las manos. En cuanto a la patrística, más de lo mismo: podemos encontrar citas de uno u otro signo, pero es suficiente con un par de ellas. Así, San Cirilo expone: “Cuando te acerques (a recibir el Cuerpo del Señor), no lo hagas con las palmas de las manos extendidas ni con los dedos separados, sino haciendo de tu mano izquierda como un trono para tu derecha, que ha de recibir al Rey, y luego con la palma de la mano forma un recipiente (cavidad), recoge el cuerpo del Señor y di “Amén” [4]. La autoría de este texto tan claro, esgrimido por los defensores de la comunión en la mano, es cuestionada hoy día por muchos estudiosos del tema, aunque aquí no es momento de hablar de ello. Del papa San León Magno (440-461) encontramos otro texto en el cual afirma que se recibe en la boca lo que se cree por la fe… [5] lo cual denota que en esos siglos la comunión con la boca estaba extendida también.

El cardenal Joseph Ratzinger -futuro papa Benedicto XVI- da la comunión en la boca al papa San Juan Pablo II.

El cardenal Joseph Ratzinger -futuro papa Benedicto XVI- da la comunión en la boca al papa San Juan Pablo II.

Entonces, ¿con qué nos quedamos de esos siglos? ¿Se comulgaba con la boca o con la mano? Pues todo parece indicar que ambas praxis convivían en esos primeros siglos. Decir que no se comulgaba con la mano sería erróneo pues, al menos, excepciones siempre ha habido (tiempos de persecución, ermitaños…). Así, San Basilio afirma: No hace falta demostrar que no constituye una falta grave para una persona comulgar con su propia mano en épocas de persecución cuando no hay sacerdote o diácono [6], lo cual parece indicar que la excepción era comulgar con la mano. Hay que tener presente que la uniformidad en la liturgia es algo que tenemos desde la Edad Media en adelante, por lo que no sería raro entonces una práctica en una comunidad eclesial local y otra en la de la región vecina.

Lo que sí está claro es que en los primeros siglos medievales la comunión en la boca se impone con rotundidad y la escolástica teorizó sobre el tema. El propio Sto. Tomás de Aquino defiende que sólo el ministro toque la Sagrada Hostia: porque por respeto a este sacramento ninguna cosa lo toca que no sea consagrada, por lo tanto los corporales como el cáliz se consagran, lo mismo que las manos del sacerdote, para poder tocar este sacramento. Por eso, a nadie le está permitido tocarle, fuera de un caso de necesidad [7]. Precisamente, esta idea de que sólo las manos consagradas del ministro (recordemos el ritual de ordenación) deben ser las únicas que pudieran tocar la Hostia es el argumento principal hasta hoy de los defensores de la comunión en la mano.

El Concilio de Trento aborda la cuestión directamente y defiende la tradición de la comunión en la boca. Ahora bien, en la recepción sacramental fue siempre costumbre en la Iglesia de Dios, que los laicos tomen la comunión de manos de los sacerdotes y que los sacerdotes celebrantes se comulguen a sí mismos; costumbre, que, por venir de la tradición apostólica, con todo derecho y razón debe ser mantenida [8]. La norma, como vemos, queda clara y la comunión en la mano de los fieles es rechazada de pleno.

Su Santidad Benedicto XVI da la comunión en la mano a doña Sofía de Grecia, reina de España. Fuente: informativos.net.

Su Santidad Benedicto XVI da la comunión en la mano a doña Sofía de Grecia, reina de España. Fuente: informativos.net.

¿Cómo está la cuestión actualmente? Pues la norma general sigue siendo la comunión en la boca, aunque a partir de 1969, por la Instrucción Memoriale Domini se permite en la mano si lo solicita la Conferencia Episcopal correspondiente y se da el beneplácito de la Santa Sede. En la Instrucción General del Misal Romano podemos encontrar esta posibilidad: Si la Comunión se recibe sólo bajo la especie de pan, el sacerdote, teniendo la Hostia un poco elevada, la muestra a cada uno, diciendo: El Cuerpo de Cristo. El que comulga responde: Amén, y recibe el Sacramento, en la boca, o donde haya sido concedido, en la mano, según su deseo. Quien comulga, inmediatamente recibe la sagrada Hostia, la consume íntegramente [9].

La Congregación para el Culto Divino determinó en 1985, en una notificación acerca de la comunión en la mano, las condiciones para esta práctica, entre las cuales incluía la manera de colocar las manos, izquierda sobre derecha formando un trono (y sólo así), y la prohibición expresa de obligar a los fieles a la comunión en la mano, pues como ya hemos dicho, la norma general es recibirla en la boca.

También podemos encontrar otros documentos eclesiales que nos hablan sobre el particular, pero baste con uno reciente, la Instrucción Redemptionis sacramentum, de 2004, que nos indica: Aunque todo fiel tiene siempre derecho a elegir si desea recibir la sagrada Comunión en la boca, si el que va a comulgar quiere recibir en la mano el Sacramento, en los lugares donde la Conferencia de Obispos lo haya permitido, con la confirmación de la Sede Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia. Sin embargo, póngase especial cuidado en que el comulgante consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano [10].

Queda claro por tanto que la comunión en la mano es una excepción que se concede y no en todos los lugares está permitido. En Roma, por ejemplo, no está autorizada esta concesión, pues los sucesivos pontífices han estimado siempre la comunión en la boca. También hay diócesis en las que se concedió el permiso y luego, el obispo correspondiente derogó dicho permiso por los problemas que se planteaban.

El papa Francisco consagrando el pan durante la Eucaristía.

El papa Francisco consagrando el pan durante la Eucaristía.

Otra praxis paralela, y que está totalmente prohibida, es la acción litúrgica errónea de colocar la patena en el altar (y a veces también el cáliz) de la cual los laicos van comulgando por sí mismos. Se suele dar sobre todo en pequeñas comunidades, movimientos o grupos. Esta práctica es una deformación del sacramento, el cual debe ser recibido del presbítero, diácono u otro ministro autorizado de velar por su distribución. La Eucaristía, como cualquier sacramento, es don que se da y no derecho que uno toma. Varios documentos han amonestado sobre esta práctica irregular. Bastará con la ya mencionada Instrucción General del Misal Romano: Después el sacerdote toma la patena o el copón y se acerca a quienes van a comulgar, los cuales de ordinario, se acercan procesionalmente. No está permitido a los fieles tomar por sí mismos el pan consagrado ni el cáliz sagrado, ni mucho menos pasarlo de mano en mano entre ellos. Los fieles comulgan estando de rodillas o de pie, según lo haya determinado la Conferencia de Obispos. Cuando comulgan estando de pie, se recomienda que antes de recibir el Sacramento, hagan la debida reverencia, la cual debe ser determinada por las mismas normas [11].

David Jiménez


[1] Concilio de Trento, Sesión XIII, Decreto sobre la Eucaristía, 16-18.
[2] Introducción General al Misal Romano, 281ss.
[3] Concilio Vaticano II, Constitución Sacrosanctum Concilium, 55.
[4] S. Cirilo de Jerusalén, Catequesis Mystagogicas, 21ss.
[5] S. León Magno, Comentario al Evangelio de San Juan. Sermón 91, 3.
[6] S. Basilio, Carta 93.
[7] Sto. Tomás de Aquino. Summa Theologica, IIIa, questio 82
[8] Concilio de Trento, Sesión XIII, Decreto sobre la Eucaristía.
[9] Introducción General al Misal Romano, 161.
[10] Instrucción Redemptionis sacramentum, 92.
[11] Introducción General al Misal Romano, 161.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

La Adoración Eucarística a través de la Historia

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Salvador Eucarístico, óleo de Juan de Juanes (1545-1550). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

El concilio Vaticano II, de feliz memoria, ha dicho con acertada precisión que la Eucaristía es la fuente y la cumbre de la vida cristiana. De hecho, en toda la historia de la Iglesia, uno de los elementos que nunca se ha puesto en discusión y siempre ha estado presente en todas partes es la Celebración Eucarística. En los primeros siglos de la Iglesia dicha celebración se hacía incluso entre ambientes heréticos; es más, las disputas dogmáticas de dichas épocas se refirieron a toda una variedad de temas, pero no se tocó la Eucaristía.

La Celebración Eucarística, dada su centralidad en el espectro del camino cristiano, implica diversos aspectos y dimensiones que deben ser tenidos en cuenta a la hora de hacer una exposición histórica y doctrinal. En este artículo, de modo brevísimo, contemplaremos el recorrido histórico de la adoración del Cuerpo y de la Sangre de Jesucristo que son ofrecidos en la Eucaristía.

Es preciso decir que tal culto y adoración a las especies eucarísticas no existían en la época apostólica y patrística. En cambio, jamás se cuestionó la presencia real de Jesucristo en el pan y en el vino que se ofrecían en la Santa Oblación. A propósito de esto, los testimonios más antiguos nos vienen de los escritos de San Justino y de las cartas de San Ignacio de Antioquía. Ambos Padres son suficientemente claros acerca de la singular naturaleza que adquieren las ofrendas después de la acción de gracias recitada por el obispo en la celebración comunitaria. Sin embargo, no existe vestigio de algún culto existente específicamente a las especies; dicha devoción estaba dirigida, más bien, a la propia Eucaristía. Recordemos, por ejemplo, las actas de aquellos mártires africanos que fueron ajusticiados por las autoridades romanas por haber sido hallados celebrando la Eucaristía en una casa: una de las mártires responde al juez que “sin la Eucaristía no pueden vivir”, mientras que otra afirma que “porque soy cristiana, voy a la Eucaristía”; casi que una nota distintiva del cristiano es participar en este Santo Memorial del Misterio de Cristo.

Un testimonio de particular importancia para lo que nos compete proviene de la Traditio apostolica atribuida al presbítero romano y antipapa Hipólito. En ella se ofrece la posibilidad a los cristianos que toman parte en los Santos Misterios de llevar a sus casas y conservar un poco del pan eucarístico, con tal que no sea usado a la manera del pan común ni se deje a merced de los ratones, sino que se reserve en un lugar digno de la casa. Aunque aún no se nos dice nada de un culto particular al pan consagrado, la posibilidad de llevarlo a casa sí que debió propiciar alguna primitiva forma de devoción particular, aunque la misma Traditio advierte que esta posibilidad de llevar el Cuerpo de Cristo a las casas tenía la finalidad de poder consumir un poco de él cada vez que el cristiano sintiera necesidad.

Virgen Eucarística, óleo de Jean-Auguste Dominique Ingres. Museo de Orsay, París (Francia).

Ya en la edad de oro de la patrística, es decir, entre finales del siglo III e inicios del V, las definiciones sobre la presencia real de Jesucristo en las especies eucarísticas son aún más claras. Sobre el culto público a éstas, aún sigue siendo incipiente. Al parecer, la posibilidad de llevarlas a casa ya no existía, dado que las Constituciones Apostólicas, que datan de estas épocas, nos hablan que lo que no se consumió de las mismas en la Eucaristía era llevado a un sitio aparte del aula de oración del templo, adonde los laicos no tenían acceso. Algunos estudiosos piensan que podía tratarse de alguna capilla diferenciada, al estilo de nuestras actuales “capillas del sagrario”, que vemos en catedrales y en algunas iglesias parroquiales de vieja o reciente construcción; otros, en cambio, sostienen que, simplemente, se trataba de algún sitio equivalente a nuestra “sacristía”, en donde se preparaban los ministros del altar y adonde no se admitían a los laicos. El hecho de ser reservado en un sitio diferenciado del templo es ya un signo de la reverencia tributada a las especies, pero el hecho de que no pudiesen acceder los laicos a la reserva nos indica que aún no existía un culto público devocional dirigido al Cuerpo y la Sangre de Cristo.

A partir de finales del siglo V, empieza observarse un desplazamiento de la reserva eucarística desde aquella “capilla diferenciada” al presbiterio mismo. Algunas de las basílicas romanas de la época que aún se nos conserva presentan una pequeña puertecita en uno de los costados del arco de triunfo que separa el presbiterio del cuerpo del templo: he ahí el inicio de los sagrarios. En otros lugares, en cambio, se empieza a colgar sobre el altar, ya desde el techo del templo, ya desde el ciborio que en algunas ocasiones lo cubría, una paloma de oro o plata en cuyo pecho se guardaban las especies eucarísticas. Este desplazamiento puede deberse a un aumento en la toma de conciencia de la debida reverencia al Cuerpo de Cristo tras el Sacrificio Eucarístico, o también a una cuestión más práctica de facilitar a los ministros sagrados el tomar el pan eucarístico para usar, si fuera necesario, en la celebración misma o salir de allí a llevar la comunión a los enfermos.

Adoración del Corpus Christi. Óleo de Jerónimo Jacinto Espinosa, Museo del Patriarca, Valencia (España).

Ya bien entrada la Edad Media, y sobre todo durante el “renacimiento carolingio”, la reflexión teológica, que en aquellas épocas estaba orientada por las grandes abadías que vivían según la regla de San Benito, se dirigió de lleno a dilucidar el problema de la presencia real de Cristo en las especies eucarísticas. Aunque en la edad de los Padres de la Iglesia no existía ninguna duda al respecto, es preciso comprender que las herejías cristológicas que motivaron las grandes definiciones dogmáticas de los siglos IV y V perduraron mucho más en el ambiente de Occidente que de Oriente, debido sobre todo a las invasiones bárbaras que erosionaron el Imperio romano de Occidente. En la Edad Media aún existían no solo grupos de base sino teólogos que sostenían tales posturas, por lo que, inevitablemente, se puso en cuestión este dato que hasta entonces había sido recibido tranquilamente de los Padres.

Sobre el desarrollo de las controversias eucarísticas existe bastante documentación. Bástenos aquí subrayar algunas de las consecuencias en la piedad popular. Lo primero que diremos es que los cristianos ya no comulgaban: la época propició un “santo terror” a recibir el sacramento indignamente, por lo que se conformaban con mirarlo de lejos. La actual exclamación que decimos antes de la comunión en el rito romano: Señor, yo no soy digno… viene de estas épocas en las que la gente realmente se sentía indigna de recibir la comunión. La gente, que ya bien lejos estaba de la liturgia debido a la barrera del idioma, ahora entraba a los templos con el solo fin de “mirar el cuerpo” y así, se estaba de templo de templo a veces, buscando tan solo mirar al Santísimo; es esta la razón del levantamiento del Cuerpo de Cristo después de las palabras de la consagración, que buscaba, precisamente, satisfacer la devoción de las masas. Poco a poco, también los presbíteros empezaron a alzar el cáliz, para lo cual inicialmente había que pagar un estipendio, razón por la cual dicha elevación solo era vista en las capillas de los castillos feudales; pasando el tiempo, la elevación del cáliz se hizo costumbre general, sin que se pagara nada. También de estas épocas datan los más relevantes “milagros eucarísticos”, que fueron usados como argumento por los teólogos que defendían la presencia real de Cristo en el pan y el vino. Las primeras procesiones con el copón, y también la primera fiesta local de “Corpus Christi” son de este período.

Milagro eucarístico de Lanciano, Italia.

Todo esto sería recibido, asumido y aumentado por la edad moderna. El movimiento espiritual conocido como devotio moderna favoreció bastante la oración personal ante el Santísimo. Sumemos a esto que la Reforma protestante negaba la presencia de Cristo en el pan una vez acabada la Eucaristía, lo que motivó las definiciones dogmáticas del concilio de Trento respecto a la transubstanciación y a la permanencia de la presencia de Cristo en las ofrendas eucarísticas. Esto exacerbó el culto público al Santísimo: majestuosos expositorios se construyeron, hermosísimas custodias se moldearon, las procesiones se hicieron más frecuentes y concurridas cada vez, lo mismo que más elaboradas. También se hace popular la “exposición del Santísimo Sacramento” y muchas oraciones y novenas en su honor se componen. También surge la costumbre de celebrar la Misa solemne ante el Santísimo expuesto, sobre todo con ocasión de las “cuarenta horas” en las que se exponía en ocasiones especiales. También ocurre un nuevo traslado de la reserva eucarística, esta vez sobre el altar mismo, ocupando el centro de orientación del templo y desplazando al altar de esta función.

Prácticamente este panorama perduró hasta el siglo XX. Este siglo ve surgir los “congresos eucarísticos” que promueven el mejor conocimiento y adoración de Cristo presente en el pan consagrado. Pero el movimiento litúrgico, también desarrollándose en este tiempo, considera que dicha “devoción” bien podría situarse mejor y mejorarse. Aunque tenía un desarrollo ritual bastante definido, la exposición del Santísimo aún no figuraba en el Ritual romano, es decir, aún no era objeto de discernimiento y de regulación unificada (existían diversas instrucciones y respuestas dispersas de la Sagrado Congregación de Ritos); además, la “Misa ante el Santísimo” se consideraba un abuso que atentaba contra la real naturaleza de la Eucaristía: es un sacrificio ofrecido al Padre, y no al Hijo (quien es la ofrenda misma), como se da a entender al celebrar la Misa delante del ostensorio.

Con la llegada de la reforma litúrgica de 1969, empiezan a tener eco los reclamos del movimiento litúrgico. Se prohíbe la “Misa ante el Santísimo”, y se publica el Ritual para el culto eucarístico extra missan que regula lo relacionado con las exposiciones y procesiones con el Santísimo y los congresos eucarísticos. También se promueve el traslado de la reserva a “capillas del Santísimo”, distintas del aula de la iglesia y del presbiterio, en donde los fieles puedan tributar su devoción al Amor de los amores.

Misa de Bolsena. Fresco de Raffaello Sanzio, estancias de Heliodoro, Museos Vaticanos, Roma (Italia).

Hoy, Jueves Santo en la cena del Señor, en casi toda la Iglesia de rito romano se realiza una reserva solemne del pan consagrado para la comunión del Viernes Santo. Es una ocasión muy oportuna para adorar la presencia del Señor en las especies eucarísticas, además de examinar que tan de calidad es la propia participación en el acto de culto más grande que tenemos, que es la Eucaristía.

Dairon

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