Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén

Vista exterior de la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén, Israel.

El 24 de abril del 2011, Pascua de Resurrección, publicamos un artículo de nuestro compañero Mitrut – “La Resurrección de Nuestro Señor: centro del tiempo y del espacio” – en el que nos explicaba lo que supone esta festividad desde el punto de vista de un ortodoxo. El 8 de abril del pasado año, también Día de Pascua, publicamos un artículo mío – “Cristo ha resucitado; verdaderamente ha resucitado” – en el que daba mi visión como católico. Quienes hayan leído ambos artículos habrán comprobado cómo todos los cristianos tenemos el mismo concepto de esta fiesta que es la Fiesta de todas las fiestas. En este tercer año de nuestro blog, queremos escribir sobre el Santo Sepulcro, la basílica que alberga la Tumba de Cristo y el lugar de su Crucifixión.

Hoy, día de Pascua, es un buen día para que escribamos sobre este santo templo, para mí el más importante de la Cristiandad, pues en él se guarda la tumba de nuestro Señor. En estos tiempos convulsos en Tierra Santa – ¿cuándo no lo han sido? – parece que hay una cierta tranquilidad a la hora de visitar este santuario de la Resurrección, creyendo yo que es la visita-peregrinación más importante que un cristiano puede realizar en su vida; por eso y por el evento que celebramos hoy, hablemos de su historia.

Esta basílica del Santo Sepulcro está situada en la ciudad santa de Jerusalén, santa para las tres religiones monoteístas, pero que al mismo tiempo es la ciudad que, a lo largo de los siglos, ha padecido más conflictos políticos y religiosos de todo el mundo. Para la Biblia, Jerusalén es el centro religioso del pueblo judío, es la ciudad a la que se va para adorar a Dios, es la ciudad que hay que reconstruir después de su destrucción y abandono. En las Sagradas Escrituras se la denomina seiscientas setenta veces como Jerushalaiim, ciento cincuenta veces como Sión, e incluso como la Ciudad de David (2 Sa, 5, 9), la Ciudad del Señor (Isaías, 60, 14) o la Ciudad de nuestro Dios (Salmo 48, 2) y es en esta ciudad santa donde ocurrieron los hechos más transcendentales de nuestra Redención, siendo precisamente estos eventos, los que la hacen santa para los cristianos. A esta ciudad, como tal, le dedicaremos algún día un artículo en concreto.

Panorámica nocturna de la entrada a la Basílica del Santo Sepulcro, Jerusalén (Israel).

Entremos ya en materia hablando de la Basílica del Santo Sepulcro, edificio antiguo, destruido y reconstruido en numerosas ocasiones, donde muchas veces se ofician simultáneamente ceremonias muy diversas y que, teniendo esa visión idílica del mismo antes de visitarlo, parece que nos desilusiona cuando lo vemos por primera vez. Es una basílica donde ofician sus ceremonias los católicos, los ortodoxos bizantinos, los armenios y los coptos, que siendo copropietarios de la misma, al mismo tiempo, de alguna forma no les pertenece ya que está bajo la custodia de los musulmanes. Desde hace siglos, una familia árabe musulmana tiene el privilegio de abrir y cerrar su puerta previo pago de una suma de dinero pactada.

Para los católicos es la “Basílica del Santo Sepulcro”, es la basílica que custodia la roca del Calvario y la tumba de Cristo. Para los ortodoxos es la “Anástasis” o Iglesia de la Resurrección (Ναός της Αναστάσεως) y para los árabes es el “al-Qiama”, tres nombres que reflejan cierta diferencia en la concepción teológica sobre la misma. Está construida sobre el Monte Calvario, lugar donde en el año 30 fue crucificado y murió nuestro Señor (ver el artículo del 16 de marzo del 2011), donde fue sepultado en un sepulcro propiedad de José de Arimatea y donde al tercer día, resucitó. En el año 30, estos dos lugares – Calvario y Tumba – estaban extramuros, fuera de la ciudad amurallada.

Ya en el año 44, la Iglesia de Jerusalén tenía su sede en Sión y en el Gólgota celebraba el recuerdo de la crucifixión, muerte y resurrección de Cristo. El año 70, la ciudad fue sitiada por el ejército romano que estaba dirigido por el futuro emperador Tito, siendo destruido el famoso Templo de Salomón, centro del culto judío. Como acabo de decir, aunque sobre el Calvario y la Tumba no existía construcción alguna, si era lugar de veneración para la primitiva Iglesia de Jerusalén, pero en el año 135, el emperador Adriano profanó la roca del Gólgota y la Tumba de Cristo construyendo sobre ellas algunos templos paganos.

Vista de la Capilla del Gólgota, sobre el monte Calvario mismo. Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén, Israel.

Nos lo explica Eusebio de Cesarea (265-340) en su “Vida sobre Constantino”: “En esta cueva sagrada, sucedió entonces que algunas personas impías habían pensado retirarla por completo de la vista de los hombres. Suponían dentro de su locura que así podrían ser capaces de obscurecer la verdad de manera efectiva. Con este fin trajeron una cantidad de desechos desde lejos y con mucho esfuerzo recubrieron totalmente el lugar; luego, habiendo llevado esto a una altura moderada, lo pavimentaron con piedras, escondiendo la cueva sagrada bajo el masivo montón. Después, como si su intento se hubiera llevado exitosamente a cabo, prepararon sobre esta base un verdadero y truculento sepulcro de almas mediante la construcción de un tenebroso altar de ídolos sin vida para el espíritu impuro al cual llaman Venus y ofreciendo allí detestables oblaciones en esos profanos y malditos altares. Porque ellos suponían que su objetivo no podía ser de otra forma totalmente alcanzado, más que enterrando así la cueva sagrada bajo esas nocivas contaminaciones”.

Pero lo que hizo Adriano sirvió para señalar el lugar preciso donde estaban el Gólgota y la Tumba y en el año 326 Santa Elena, después de haber escuchado el informe que previamente le había presentado el obispo Macario de Jerusalén, ordenó remover todos aquellos terrenos con la intención inicial de buscar la Cruz, ya que su hijo Constantino el Grande, la utilizaba como signo de su victoria y buscar el sepulcro. Una vez conseguidos estos objetivos, inició la construcción de la basílica constantiniana. Esto está avalado por las excavaciones arqueológicas realizadas posteriormente. La roca del Gólgota tenía (y tiene) dos grandes hendiduras que algunos creen que fueron producidas por el terremoto ocurrido cuando Jesús murió y del que nos habla el evangelio: “Y al momento, el velo del Templo se rasgó en dos de arriba abajo, la tierra tembló y las rocas se hundieron” (Mateo, 27, 51).

Detalle de la roca del monte Calvario, cuya fractura se atribuye al terremoto que menciona el Evangelio. Capilla del Gólgota, Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén (Israel).

En el año 336, se realizó la solemne dedicación de esta basílica ordenada construir por Santa Elena. El mismo Eusebio de Cesarea en su obra sobre la “Vida de Constantino” alaba la belleza de la obra realizada por Santa Elena y costeada por su hijo, el cual había dado órdenes a los gobernantes de las provincias del Este del Imperio para que prestasen toda su ayuda y facilitasen donaciones que asegurasen que el trabajo “se concretara en una escala de noble y amplia magnificencia”. A partir de su dedicación se convirtió en meta de peregrinaciones tanto de Oriente como de Occidente. San Cirilo, obispo de Jerusalén (315-386) nos dice que la Tumba estaba cubierta de plata y que la gran piedra que la cerró seguía guardada dentro de la basílica. A finales del siglo V, el sagrado edificio se encontraba ya dentro de los muros de la ciudad.

El 20 de mayo del año 614, los persas conquistaron la ciudad de Jerusalén; Cosroes ordenó destruir las iglesias construidas por Constantino, quemó las iglesias del Calvario y la del Sepulcro y destruyó casi toda la ciudad. Todas las iglesias y monasterios cristianos existentes en Palestina fueron arrasados, sus joyas y reliquias fueron robadas y sus monjes y sacerdotes masacrados; hoy los veneramos como santos mártires.

En el año 622 los persas fueron expulsados por el emperador Heraclio quién les obligó a devolver las reliquias robadas entre las cuales se encontraba la Santa Cruz que fue restituida en marzo del año 630. Entre los años 634 al 638, el patriarca Modesto reparó los daños, pero ese mismo año, los musulmanes asediaron y tomaron la ciudad aunque sin originar nuevos desperfectos, pues el Patriarca se presentó ante Omar ibn al-Khattab consiguiendo la protección de Jerusalén y de sus habitantes. Ordenó respetar estos lugares cristianos, permitiendo el culto. El mismo sultán visitó la Iglesia de la Resurrección, pero a la hora de la oración, se salió fuera de ella a orar a fin de que su actitud no pudiera tomarse como pretexto por las futuras generaciones de musulmanes para convertirla en mezquita.

Hueco donde, según la tradición, estuvo hincada la Cruz. Capilla del Gólgota. Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén, Israel.

En el año 800 un terremoto destruyó la cúpula del Santo Sepulcro (de la Anástasis), pero el Patriarca Tomás, con la ayuda del emperador Carlomagno reparó los daños en el año 815. En el 841, un aventurero provocó un incendio que dañó a la basílica, daños que fueron reparados, pero un siglo más tarde, en el 935, los musulmanes intentaron erigir una mezquita junto a la basílica y al no conseguirlo, en el 938, durante la procesión de las Palmas prendieron fuego al edificio. En el 965, musulmanes y judíos saquearon el santuario y un año más tarde, fue provocado un nuevo incendio por parte de los musulmanes en represalia por una derrota sufrida en Siria por las tropas de Nicéforos Focas. Es verdad que todos estos ataques no afectaron a los edificios de mampostería, sino solo a la madera por lo que la comunidad cristiana pudo reparar los daños.

En el año 1009, el califa al-Hakim ordenó la destrucción total del edificio; la roca que originariamente cubría la Tumba fue destruida y de esta solo se salvaron las partes más bajas que quedaron protegidas por los escombros. El historiador árabe Yahia ibn Said describe así los acontecimientos: “El hecho santo comenzó un martes, el quinto día antes del fin del mes de Safar del año 400 de la Egira. Solamente las partes de difícil acceso no fueron dañadas”. Durante más de una década se prohibió a los cristianos acercarse o rezar junto a las ruinas. Solo gracias a un tratado de paz firmado por el emperador Argirópulos y el sucesor del sultán egipcio, fue permitida la reconstrucción de los edificios, cosa que realizó el emperador Constantino Monomaco entre los años 1042 al 1048, aprovechando la oportunidad para introducir importantes cambios arquitectónicos.

Al llegar los cruzados en el año 1130, decidieron reestructurar los santuarios, para lo cual construyeron una nueva basílica en forma de cruz conservando dentro de ella los edificios anteriores y se reparó el Santo Sepulcro poniendo una “aedicula” sobre el mismo. Todos esos trabajos finalizaron en el año 1149 y el 15 de julio de dicho año, el obispo Fulquerio consagró la nueva basílica y ordenó grabar en el bronce de la puerta principal la siguiente inscripción: “Este santo lugar ha sido santificado con la sangre de Cristo, por lo tanto nuestra consagración no añade nada a su santidad. Sin embargo, el edificio que cubre este lugar santo ha sido consagrado el 15 de julio por el Patriarca Fulquerios y por otros dignatarios, en el año cuarto de su patriarcado y en el cincuenta aniversario de la captura de la ciudad, la cual en ese momento brillaba como brilla el oro puro. Era el año 1149 del Nacimiento de Cristo.”

Vista de la edícula en el interior de la Basílica, rodeada por fieles con velas con ocasión de la Noche de Pascua. Basílica del Santo Sepulcro, Jerusalén (Israel).

En el año 1188, el ejército de Saladino entró en Jerusalén y la Iglesia del Santo Sepulcro fue cerrada. No se permitían los servicios religiosos y el templo sólo se abría cuando algún peregrino abonaba una importante suma de dinero para poderla visitar. En el año 1244, los karisminos (un grupo árabe) entraron en Jerusalén arrasándola a sangre y fuego, masacrando a numerosos cristianos y dañando gravemente las construcciones existentes en la iglesia de la Resurrección. Las naciones europeas protestaron contra esta masacre y el sultán Ajub se disculpó dos años más tarde ante el Papa Inocencio IV, con la excusa de que él no estaba al tanto de lo que en Jerusalén se había hecho y haciéndole saber que había entregado las llaves de la basílica a dos familias musulmanas a fin de que, previo pago, abrieran las puertas a aquellos peregrinos que se acercaran a venerar la Tumba de Cristo. Actualmente, como dije anteriormente, las llaves las sigue teniendo una familia musulmana.

Por entonces, algunos grupos de cristianos de Oriente se asentaron cerca de la basílica y la reina Santa Tamara de Georgia le hizo un regalo extraordinario al sultán egipcio para que permitiera que los georgianos se vieran exentos de pagar impuestos para poder entrar. Como la basílica no estaba abierta al culto y no era cuidada, se fue deteriorando llegando incluso a caerse parte de la misma.

Algunos reinos europeos, previo pago de importantes sumas de dinero, llegaron a acuerdos con Melek en-Nazer para que sus peregrinos pudieran acceder a la basílica y para que se pudiese establecer una comunidad religiosa de rito latino dentro del templo. Mediante la bula “Gratias agimus”, el Papa Clemente VI dio esta responsabilidad a los Frailes Franciscanos que desde el año 1335 se establecieron en el Monte Sión. Se les permitió vivir dentro de la iglesia y celebrar solemnemente todos los oficios religiosos. Desde entonces, los franciscanos están a cargo de la capilla de la Aparición de Cristo.

Vista de la Piedra de la Unción. Basílica del Santo Sepulcro, Jerusalén (Israel).

De hecho, casi simultáneamente también se les permitió utilizar la basílica a otras comunidades cristianas orientales: bizantinos, armenios y coptos. Cada cual tomó posesión de una parte de la basílica y en el siglo XV ya estaban plenamente establecidos los franciscanos, los ortodoxos griegos, los georgianos, los armenios, los coptos y los etíopes. En todos aquellos años existió una calma relativa entre todas las confesiones cristianas, que convivían juntas y que incluso en alguna ocasión llegaron a celebrar juntos los oficios de la Semana Santa.

En el siglo XVI, los otomanos conquistaron todo el Oriente Medio, convirtiéndose Constantinopla en el centro de poder turco y fue entonces cuando la comunidad griega trató de conseguir el dominio sobre toda la basílica. El Patriarca Theóphanos tomó posesión de la misma así como de la Gruta de la Natividad en Belén y en esos tiempos revueltos, las intrigas entre las diferentes confesiones cristianas, hizo que los sultanes turcos comerciaran con el templo dándole el poder al mejor postor y así, en cuarenta años el Santo Sepulcro cambió de manos hasta seis veces.

En el 1545 un terremoto destruyó parte del campanario y diez años más tarde, los franciscanos pudieron restaurarlo y renovar por completo la “aedicula” consiguiéndose que la roca desnuda de la Tumba se pusiera a la vista. El padre Bonifacio de Ragusa, que era el custodio de Tierra Santa, escribió el 27 de agosto del 1555: “A las cuatro de la tarde, fue descubierta la roca sobre la cual yació el cuerpo de Nuestro Señor”.

A lo largo del siglo XVII, los georgianos y los etíopes tuvieron que dejar la basílica por falta de recursos económicos, adquiriendo los franciscanos la mayor parte de las propiedades abandonadas por los mismos, pero no quedó ahí la cosa, ya que algunos años más tarde, el Patriarca Dositeo (1669-1707) llegó a un acuerdo con los turcos consiguiendo la posesión en exclusiva de la basílica para los ortodoxos. Las naciones europeas no se quedaron de brazos cruzados y forzaron un arreglo por el cual se reintegraban a los franciscanos todo lo confiscado. Esta sentencia fue solemnemente publicada en Jerusalén el 25 de junio del 1690 en presencia de todas las partes en conflicto. Pero los conflictos entre las confesiones cristianas continuaron aunque para no alargar el artículo, no entro en detalles.

Vista del sepulcro de Nuestro Señor. Basílica del Santo Sepulcro, Jerusalén (Israel).

En el año 1808 se incendió el templete del Santo Sepulcro. Como las naciones europeas estaban en guerra con Napoleón, los franciscanos no encontraron el dinero suficiente para conseguir los permisos de restauración y fue entonces cuando Rusia obtuvo el permiso para que fueran los ortodoxos quienes lo restauraran, quitando nuevamente sus derechos a los franciscanos y amenazando Rusia a Turquía con romper las relaciones diplomáticas si se los restituía.

En 1867 un fuerte terremoto hizo tanto daño a la basílica que hubo que derribar la cúpula central y algo similar ocurrió con otro seísmo en el 1927, el cual ocasionó tan graves desperfectos que tuvo que apuntalarse la basílica. A tal grado de deterioro llegó el sagrado templo que en el 1954 se consiguió lo impensable: un acuerdo entre los franciscanos, el Patriarcado Griego Ortodoxo y el Patriarcado Ortodoxo Armenio a fin de encontrar una solución a este problema. Se decidió encargar un detallado informe sobre la estructura del edificio, designándose tres arquitectos que lo entregaron el 11 de julio de ese mismo año. Finalmente, en el año 1971 se iniciaron los trabajos de consolidación y restauración del edificio a cargo de las tres comunidades cristianas y en el año 1994 se acordó restaurar la cúpula diseñándose doce rayos de oro en representación de los doce apóstoles y terminando cada rayo de luz en tres haces que representan a la Santísima Trinidad.

El 2 de enero de 1997 se dio por finalizada la restauración celebrándose una sencilla ceremonia ecuménica que dio nuevas esperanzas a todas las comunidades cristianas. El lugar que albergó el acto de la Resurrección del Hijo de Dios, volvía a ser un faro de unidad cristiana según palabras de Su Beatitud el Patriarca Ortodoxo Griego Diodoros I.

Celebración de la Divina Liturgia Ortodoxa sobre la tumba de Cristo. Basílica del Santo Sepulcro, Jerusalén, Israel.

En esta breve reseña histórica no he querido entrar en demasiados detalles. Este santo lugar ha sufrido a lo largo de estos veinte siglos, todo tipo de calamidades, atropellos y desastres naturales, pero lo que es aun peor: todo tipo de discordias y zancadillas por quienes, llamándose discípulos del Maestro, se han tratado mutuamente peor que fueron tratados por los propios musulmanes y persas. Hoy, nuevamente se ha convertido en una señal de esperanza para todos los cristianos del mundo reunidos en torno a la Tumba de Nuestro Salvador.

¡CRISTO HA RESUCITADO, ALELUYA; VERDADERAMENTE, HA RESUCITADO!

Antonio Barrero

Enlace: http://www.christusrex.org/www1/jhs/TSspmenu_Es.html

Enmanuel – Santo Sepulcro

En el pueblo de Oxolotán (vocablo náhuatl que significa “en el lugar de los jaguares”) a 25 km aproximadamente de la ciudad de Tacotalpa en el estado de Tabasco, en medio de los elevados cerros comienzo de la Sierra Madre de Chiapas, se localiza una gran e imponente iglesia de piedra “bola” o de río datada al principio del siglo XVII que al mismo tiempo fungió como Vicaría, uno de los pocos vestigios coloniales que heredaron los españoles conquistadores y misioneros franciscanos-dominicos a estas tierras cálidas húmedas del trópico tabasqueño. En el interior de este ex-convento como es de todos conocido, existe una pequeña imagen de Nuestro Señor Jesucristo en su sepulcro, denominado Emmanuel por los moradores del lugar, su historia está relacionada fuertemente con el desarrollo de la orden dominica en el lugar y la unión de ritos, costumbres y tradiciones de los indígenas moradores de Oxolotán y de otros lugares cercanos al sitio.

Los franciscanos fueron los primeros que se dedicaron a la evangelización de las comunidades de la Sierra tabasqueña en 1546, y fundaron un pequeño convento con los materiales que encontraron, a decir, paja, setos y guano, dándole por nombre San José, situado específicamente en Oxolotán. Desafortunadamente la escases de recursos y la petición de los dominicos de fundar un convento en la sierra zoque por el gran interés de evangelizar, motivó a los franciscanos a hacer un contrato con la orden dominica que no hacía mucho tiempo había ya fundado una nueva provincia en Chiapas con el nombre de Provincia de San Vicente Ferrer de Chiapa y Guatemala en 1551, de esta forma hicieron la donación y los frailes dominicos tomaron posesión de estas tierras. No tardó mucho tiempo en encontrar una ayuda del monarca Felipe II, el 17 de marzo de 1553 por Real Cédula entregó 2000 pesos de limosna a los predicadores para que edificaran sus casas en Ciudad Real de Chiapa, San Salvador y Granada (hoy Nicaragua) y Santo Domingo en Oxolotán.

APELGJ (Archivo Particular Eddy Lorenzo González Jiménez), Fondo Santos y Papas, Sección Devociones. 001 Iglesia y ex-convento de Santo Domingo de Guzmán Oxolotán en la sierra tabasqueña.

Alrededor de 1572 se inició su edificación por directiva de fray Antonio de Pamplona, esta construcción requirió la presencia de muchos indígenas para su edificación, ante ello se congregó un pueblo que a partir de entonces se denominaría Santo Domingo Oxolotán. A los 6 años después, el Convento de Santo Domingo de Ciudad Real, aceptó como casa la vicaría de Oxolotán “y desde entonces los frailes Tomás de Aguilar, Antonio Martínez, Bartolomé de Valencia y Juan de Santo Domingo visitaban los pueblo de Amatán, Ixtapangajoya, Solosuchiapa, Puxcatán, Tapijulapa, Tecomagiaca, Teapa y Tacotalpa”. Para su construcción se utilizaron enormes piedras de río y argamasa como cemento, se adornó con algunos pequeños retablos inconclusos que hoy día solo alberga uno en su museo y varios santos traídos específicamente de España como el propio patrón Santo Domingo de Guzmán, Vírgenes y algunos de la orden dominica. Santa Rosa, el Sagrado Corazón, San Judas Tadeo son de reciente colocación, aunque suponemos que la primera es de finales del siglo XVII o principios del XVIII por su antigüedad. Pero lo que más llama la atención es una especie de ataúd mortuorio cubierto por una enorme sábana o palio blanco, dorado, rojo o morado según el tiempo litúrgico o simplemente para cubrir lo que dentro se resguarda, un Cristo de tamaño natural, con semblante lastimado, flagelado y las señas de la corona de espinas, yaciente como si de verdad fuera un difunto, y como según la tradición relaciona al haber bajado el santo cuerpo por José y Nicodemo y depositado en un Sepulcro.

Esta imagen del Señor del Santo Sepulcro es una devoción antiquísima, herencia de la fe y culto que los dominicos dejaron en manos de los moradores de Oxolotán; a partir de este momento haremos una reconstrucción etnográfica de este culto colonial, desafortunadamente el registro historiográfico en Tabasco es escasísimo para reconstruir la vida y costumbre de los pueblos, únicamente contamos con documentos de archivo, especialmente del Archivo Diocesano de San Cristóbal de las Casas y recurrimos al testimonio oral de los pobladores que aún de generación en generación siguen transmitiendo sus leyendas y mitos fundadores.

Para la custodia del Cristo Santo Sepulcro, denominado Emanuel por los habitantes de Oxolotán, los dominicos contaron con una Cofradía de Indios denominada Santo Sepulcro, desafortunadamente el registro, administración y control no sobrevivió al paso del tiempo, el olvido, la dejadez y los saqueos por parte de las inclemencias del clima y de los propios habitantes no han permitido poder conservar esa memoria histórica. Desde su entronización al templo, los indígenas se amotinaron a su devoción y culto, este hecho es más evidente al saberse que su ritualismo era más importante que el propio patrón Santo Domingo de Guzmán. Durante la persecución religiosa de Tomás Garrido Canabal (1921-1935) la estructura de piedra sufrió dinamitación y la quema de varias imágenes religiosas, ante esto el pueblo oxoloteco manifestó su devoción y ayudó a conservar la imagen ocultándola en el cercano pueblo de Amatán, se cuenta que “en sueños la imagen se revelaba a personas piadosas para que fueran a esconderla a otros sitios más seguros ya que los garridistas andaban cerca.” De tanto tiempo escondida, ya los amatecos no querían devolver la imagen, pues abundaban sus cosechas, tuvieron que pagar 30 pesos en moneda por ella.

Este ritualismo es rescatado gracias al enorme interés de los moradores en nuestros días por conservar sus tradiciones y a la firme ayuda de algunas personas que cuentan el desarrollo de estas festividades locales:

El sexto viernes de Cuaresma en punto de las 8 de la mañana inicia el ritual. El sepulcro es bajado del nicho que ocupa en el interior del templo y es puesto frente al altar. Esta acción la realizan los Legionarios del Santo Sepulcro, organización religiosa interna encargada de cuidar durante todo el año la sagrada imagen para que nada ni nadie pueda causarle daño. Se le coloca en una pequeña mesa, hecha especialmente para ello, y cuatro ancianos reconocidos en la comunidad por su fe y su vida cristiana, proceden a abrir el ataúd y a sacar del interior a Emmanuel Santo Sepulcro.

Mientras los ancianos realizan esto, la comunidad entona cantos religiosos y con mucha devoción y respeto participa en esta celebración. Una vez colocado el Cristo frente al altar, se colocan canastos de flores a su alrededor. De igual manera se ponen botellas de aceite y vino. Los canastos de flores deben de contener única y exclusivamente las flores llamadas tabasqueñas, las cuales son cultivadas en un lugar especial y cortadas por la madrugada especialmente para la ocasión.

APELGJ, Fondo Santos y Papas, Sección Devociones. 008 Ataúd donde se encuentra Emmanuel – Santo Sepulcro en el interior de la Iglesia dentro de un nicho.

Expuesto el Cristo se procede a rezar el santo rosario y se montan guardias junto al cuerpo, en tanto que los devotos van pasando uno a uno a tocar con las tabasqueñas el Cristo y después, a su vez, pasárselas por el propio. Mientras, en el interior del templo la feligresía pasa a adorar a Emmanuel Santo Sepulcro y prender veladoras frente al Santísimo, en el exterior los Legionarios reparten entre los asistentes pozol y dulces.

A las 12 del día se realiza una misa de cuerpo presente. Al concluir continúan los feligreses pasando a tocar el Cristo. Este Cristo es un Cristo muerto confeccionado en madera, latigado, desnudo, con sólo un pequeño lienzo en el bajo vientre, cubierto de sangre y que tiene las manos descansando en el tórax. La belleza de la imagen es única y excepcional.” Además, “el cuerpo es rodeado con un lienzo morado o blanco y proceden los ancianos a limpiar el cuerpo con algodón. Estos algodones son considerados milagrosos y la gente los busca con devoción. De igual manera el aceite y el vino que es colocado junto al cuerpo son tenidos como elementos de sanación. Hay quienes afirman que al pasarse el aceite, el vino o los algodones por el cuerpo, han quedado sanados. La limpieza del cuerpo recuerda la antigua tradición judía de que el cuerpo de Cristo al morir fue limpiado con aceites perfumados. Su desnudez ha motivado la norma de que a los niños y a las mujeres no se les permite verlo al momento de estarlo limpiando”, este pudor con propios y extraños es igual en otras devociones de santos de vestir, donde a Vírgenes, las visten las mujeres y a los Santos y Cristos los visten los hombres.

Al finalizar los algodones se reparten entre las personas asistentes y el Cristo se coloca en su nicho nuevamente para ser resguardado otro año más. Ahí se contribuye a expiar Dios los pecados del hombre, la salud de las almas y la fe de los moradores. Una historia donde converge un pueblo y una devoción antigua.

APELGJ: Fondo Santos y Papas, Sección Devociones. 010 Divino Emanuel Santo Sepulcro descubierto.

Lic. Eddy Lorenzo González Jiménez

Bibliografía:

Periódico “Milenio”: Antigua Tradición en Oxolotán. La bajada del Señor del Santo Sepulcro. 18/11/2008. Villahermosa, Tabasco. Heilem Mayarid Flores J.

Periódico “Milenio”: Realizan la Bajada del Señor del Santo Sepulcro en Oxolotán. 16/11/2008. Villahermosa, Tabasco. Rubicel Vázquez.

Mtra. Miriam Jidith Gallegos Gómara. Templo y Convento de Santo Domingo de Guzmán, Oxolotán, Tabasco. Miniguía, INAH, 2000.

Eddy Lorenzo González Jiménez: Historia de la Iglesia Católica en Tabasco 1519-2008. Diócesis de Tabasco, 2010.

Revista Arqueología Mexicana Especial. Los Olmecas de Tabasco. Artículo: La vicaría de Santo Domingo de Guzmán, Oxolotán, Tabasco. Laura Ledesma Gallegos. Editorial Raíces, Gobierno del Estado de Tabasco. Págs. 64-67.