Santos ángeles custodios

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"Ángel de la Guarda", lienzo de Bartolomé Esteban Murillo (1665). Capilla homónima en la catedral de Sevilla, España.

“Ángel de la Guarda”, lienzo de Bartolomé Esteban Murillo (1665). Capilla homónima en la catedral de Sevilla, España.

Hoy celebra la Iglesia la festividad de los ángeles custodios y aunque este tema podría haberlo hecho a la limón con alguien más entendido que yo en psicología, me he atrevido a hacerlo sólo tomando como base los trabajos de monseñor Antonio Piolanti, Rector Magnífico de la Pontificia Universidad Lateranense de Roma.

En primer lugar recordemos que la existencia de los ángeles es un dogma de fe definido en varias ocasiones: Credo Niceno y Credo Constantinopolitano y más explícitamente, en el IV Concilio Lateranense, cuya doctrina es recuperada por el Concilio Vaticano I.

El elemento más característico de la doctrina bíblica sobre los ángeles, está constituido, sin duda alguna, por su estrecha relación con el género humano. Su mismo nombre en griego (άγγελοι), significa “mensajero” e indica perfectamente que ésta es su misión. Pero, en las Sagradas Escrituras, los ángeles no aparecen sólo como simples mensajeros, sino como verdaderos ayudantes del hombre, que acuden a su rescate cuando éste lo necesita. Algo similar a lo que es un socorrista en una playa o en una piscina.

En la Biblia existen numerosas citas: Dios ordena a los ángeles que custodien al hombre justo durante toda su vida: “Porque Él te encomendó a sus ángeles para que te cuiden en todos tus caminos” (Salmo 90, 11); “El ángel del Señor acampa en torno de sus fieles y los libra” (Salmo 33, 8). Mediante la realización de una serie de milagros, el ángel Rafael protege al joven Tobías (leer el Libro de Tobías) e incluso San Pablo nos dice que los ángeles son espíritus al servicio de Dios, enviados para favorecer nuestra salvación: “¿No son todos ellos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?” (Hebreos, 1, 14).

Asimismo, los Santos Padres resaltan en numerosas ocasiones la misión de los ángeles en la ayudar a los hombres. Dice Orígenes: “También está presente en la predicación eclesiástica, que algunos ángeles de Dios utilizan sus poderes para servirle, conduciendo a los hombres hacia su salvación” (“De Principiis”, 1). Esta misma doctrina es apoyada por San Juan Crisóstomo en su comentario a la Epístola a los Hebreos.

Santo Ángel Custodio de la ciudad de Valencia, lienzo de Juan de Juanes. Museo parroquial de la catedral de Valencia, España.

Santo Ángel Custodio de la ciudad de Valencia, lienzo de Juan de Juanes. Museo parroquial de la catedral de Valencia, España.

Aunque el magisterio de la Iglesia no ha declarado como verdad de fe “que Dios se sirva de los ángeles para conseguir la salvación de los hombres”, sin embargo, en numerosas ocasiones, en los textos litúrgicos se hace mención a esta actividad angélica. Como dice Santo Tomás de Aquino en su “Summa Theologica”, la Providencia ha dispuesto que los hombres seamos guiados por seres que no están sometidos a los cambios propios de una realidad inferior, como es la realidad humana. Los ángeles no sólo acuden esporádicamente en ayuda de los hombres, sino que se puede afirmar que cada hombre tiene a su lado un ángel que lo protege; es lo que llamamos un “ángel custodio” o “un ángel de la guarda”. En el evangelio de Mateo tenemos una prueba: “Mirad, no menospreciéis a uno solo de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles en los cielos ven siempre el rostro de mi Padre” (Mateo, 18, 10). Por eso, la doctrina comúnmente aceptada admite que todos los hombres, aun los que no lleguen a salvarse, tienen un ángel protector.

Algunos Padres de la Iglesia, como San Basilio, sólo asignaban un ángel custodio a quienes permanecían fieles, pero sin embargo, San Juan Crisóstomo hablaba de la protección de los ángeles a favor de todos los hombres: “Toda alma, desde su nacimiento, tiene un ángel que la cuide”. Incluso siglos más tarde, San Bernardo – sobre quien escribimos el pasado mes – en su obra “De Consideratione” nos habla sobre este tema. La doctrina de los Santos Padres se recoge en la liturgia, estando la oración “Ángel de Dios” beneficiada con multitud de indulgencias: “Ángel de Dios, que eres mi custodio, pues la bondad divina me ha encomendado a ti, ilumíname, guárdame, defiéndeme y gobiérname. Amén”.

Según Santo Tomás, no puede descartarse que el hombre reciba de su ángel una comunicación directa. “Un ser superior puede iluminar a un ser inferior presentándole la verdad según su propia actitud, pero el ángel no puede iluminar al hombre de tal modo que su intelecto no pueda percibir lo inteligible de la verdad desnuda, sino solamente un pensamiento representado de manera sensible” (Doctrina que sobre la “Iluminación” da Santo Tomás al Pseudo-Dionisio). Y lo mismo dice refiriéndose a la voluntad: “El ángel no puede cambiar la inclinación de la voluntad humana; esto sólo pertenece a Dios, en cuanto es causa de la voluntad y de su inclinación al objetivo humano. El ángel no tiene acceso a las facultades espirituales del intelecto humano ni a la voluntad del hombre; sólo Dios puede suscitar un pensamiento en nuestro intelecto o cambiar directamente nuestra voluntad”. Esto lo decía Santo Tomás de Aquino, aunque yo no pienso exactamente igual que él, ya que Dios nos ha dotado de un libre albedrío que siempre respeta, como no puede ser de otra manera. La voluntad del hombre siempre permanece libre para consentir o para resistirse a las tentaciones.

"El Ángel Custodio y Santa Justina encomiendan el alma de un niño a la Virgen", lienzo de Gaetano Gandolfi (1792-93). Colección privada.

“El Ángel Custodio y Santa Justina encomiendan el alma de un niño a la Virgen”, lienzo de Gaetano Gandolfi (1792-93). Colección privada.

Con este lenguaje, que hoy nos parece anticuado como he dicho anteriormente, Santo Tomás afirma que los ángeles actúan en nosotros a través de impresiones sobre “los espíritus y los humores”. Llevando este pensamiento a la manera de expresarnos actualmente, diríamos que Santo Tomás afirma que los ángeles “conmueven el sistema nervioso, actuando sobre nuestro cerebro e, indirectamente, provocando ideas en nuestro intelecto”. El proceso cognoscitivo humano se inicia en los sentidos externos para concluir en el intelecto, por lo que nuestro ángel, actuando sobre nosotros, puede dejar de lado la primera etapa y activar nuestros sentimientos internos directamente y, a través de estos, a nuestro intelecto. Está claro que sobre estas ideas tienen mucho que decir quienes han estudiado psicología.

Por tanto, el ángel custodio ha de iniciar en el hombre que está bajo su protección “un buen sentimiento” que sólo la libre voluntad humana podrá proseguir por sí misma, aunque esta realidad no disminuye la influencia de nuestro ángel sobre cada uno de nosotros. El ángel puede neutralizar las influencias peligrosas, ayudarnos a calmar nuestros instintos e incluso a rechazar las insinuaciones maliciosas a las que podamos vernos sometidos.

Las Sagradas Escrituras hablan también de otras tareas llevadas a cabo por los ángeles, como por ejemplo, ofrecer a Dios nuestras plegarias y nuestros sacrificios (Tobías, 12, 12; Apocalipsis, 5, 8 y 8, 3-4), de las que hacemos mención en el Canon de la Misa: “Supplices te rogamus, omnipotens Deus, iube haec perferri per manus sancti Angeli tui in sublime altare tuum, in conspectu divinae maiestatis tuae; ut quotquot ex hac altaris participatione sacrosanctum Filii tui Corpus et Sanguinem sumpserimus, omni benedictione caelesti et gratia repleamur. Per Christum Dominum nostrum. Amen”.

Las Sagradas Escrituras también nos sugieren la idea de que determinados pueblos y naciones tienen sus ángeles protectores: “El Príncipe del reino de Persia me opuso resistencia durante veintiún días, pero Miguel, uno de los primeros Príncipes, ha venido en mi ayuda. Yo lo dejé allí, junto al Príncipe de los reyes de Persia” (Daniel, 10, 13). Los Santos Padres ven en el “Príncipe del reino de los persas”, al ángel tutelar de aquel pueblo.

"Ángel Custodio", lienzo de Pietro da Cortona (1656). Galleria Nazionale d'Arte Antica, Roma (Italia).

“Ángel Custodio”, lienzo de Pietro da Cortona (1656). Galleria Nazionale d’Arte Antica, Roma (Italia).

Es también comúnmente aceptado que, al igual que los hombres y los pueblos, la Iglesia Universal y las iglesias locales tienen sus ángeles protectores. Es posible extender esta vigilancia o tutela especial a otras realidades particulares e incluso a las sociedades civiles y religiosas, en tanto en cuanto existen valores naturales y sobrenaturales que deben ser protegidos por estos seres celestiales.
Quiero terminar este breve artículo con una oración que nos enseñaron desde niño y que, aunque ahora nos parezca una ñoñería, no por eso dejamos de enseñársela a nuestros hijos: Ángel de mi guarda, dulce compañía. No me desampares ni de noche ni de día. Si me desamparas, ¿qué será de mí? Ángel de mi guarda, ruega a Dios por mí.

Antonio Barrero

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