Santos Plácido, Flavia, Eutiquio, Victorino y compañeros, mártires en Messina

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Lienzo barroco de los Santos.

Lienzo barroco de los Santos.

Hablar de los mártires que se conmemoran hoy es ciertamente una cuestión espinosa y compleja, porque estamos hablando de un grupo que, pese a las tradiciones piadosas vinculadas a la orden benedictina que los rodean, son considerablemente desconocidos, no teniendo la “versión oficial” del martirio conocida el menor rigor ni validez histórica. Pero sí es cierto que estamos ante mártires reales y se hace necesario, además de recordar la leyenda – de época medieval- que les rodea, para que todos aquellos familiarizados con ella puedan reconocerlos, separar a ésta de los datos históricos y verídicos que de ellos tenemos y presentarlos como lo que son, un grupo de mártires auténticos. De lo contrario, no les estaremos haciendo justicia.

De modo que, en primer lugar, esta servidora comenzará por narrar la historia más conocida; para posteriormente abordar su interpretación, desglose y finalmente, lo poco que podemos saber con certeza sobre este grupo de Santos.

Passio de los mártires
El protagonista de este relato es Plácido, hijo de Tértulo, senador romano, de una de las más ilustres y antiguas familias de Roma, el cual, desde su niñez, fue encomendado a la custodia de San Benito. A los siete años de edad lo llevó su padre ante el fundador para que le educase en el monasterio de Subiaco, y se convirtió en el discípulo predilecto del mismo.

Algún tiempo después, habiendo hecho Tértulo donación de grandes posesiones en Sicilia al fundador, resolvió Benito enviar allí a Plácido para que fundase un monasterio, y le dio por compañeros a Donato y Gordiano, procedentes del monasterio de Montecassino. Allí, en Sicilia, edificaron un monasterio no lejos del puerto de Messina, en el estrecho, cuya iglesia dedicó a San Juan Bautista.

Santa Flavia, tabla de Pietro Vanucci "il Perugino". Museos Vaticanos, Roma (Italia).

Santa Flavia, tabla de Pietro Vanucci “il Perugino”. Museos Vaticanos, Roma (Italia).

Cuando Plácido llevaba cuatro o cinco años de abad en este monasterio, dos hermanos suyos menores, Eutiquio y Victorino, que habían nacido después de que él fuese entregado a Benito y, por tanto, no habían llegado a conocerle, y otra de sus hermanas, la joven Flavia, hicieron un viaje desde Roma hasta Sicilia para conocerle, movidos -dice el relato- más por la fama de santidad de Plácido que por el parentesco que los unía a él. Pero desafortunadamente, esta visita de los hermanos al monasterio coincidió con el desembarco en Sicilia de un pirata sarraceno conocido como Manuca, el cual atacó el monasterio, tan cercano al puerto. Entraron en él sus hombres e hicieron prisioneros a Plácido, a sus hermanos y a todos los monjes, y a todos los cargaron con cadenas.

Manuca preguntó entonces a Donato: “¿Eres cristiano?” “No sólo tengo la dicha de serlo”, respondió él, “sino también la de ser monje”. Por toda respuesta, el pirata le partió el cráneo en dos con un golpe de cimitarra. Luego hizo venir al resto, que en total sumaban unas 33 personas, y empleó tanto promesas como amenazas para obligarlos a apostataron de su fe. La respuesta que obtuvo fue ésta: “Somos cristianos, y quisiéramos tener muchas vidas para sacrificarlas todas en obsequio de nuestra religión. Lejos de temer la muerte, envidiamos la dicha de nuestro compañero, que ha logrado antes y el primero la palma del martirio”. Entonces Manuca, harto de aquello, ordenó que a todos los despedazaran a azotes, haciéndoles luego atormentar con mayor crueldad. Luego, llenos de grilletes, fueron encerrados en un calabozo, donde permanecieron una semana sin recibir alimento.

Nos cuenta el relato que Flavia, la única mujer en aquella cohorte, que había sufrido también los azotes y los tormentos igual que los demás hombres -las representaciones artísticas sugieren que también había sido torturada en sus senos y humillada por los piratas-, lejos de llorar su desgraciada suerte, la veía como la mayor dicha que le pudiera suceder, atribuyendo a las oraciones de su hermano Plácido la inestimable gracia que para ella suponía el martirio y su fortaleza para resistirlo.

Martirio de Santa Flavia. Grabado de Antonio Tempesta para "Istoria de molte sante vergini romane nel martirio", Istituto Nazionale dell'Arte Grafica, Roma (Italia).

Martirio de Santa Flavia. Grabado de Antonio Tempesta para “Istoria de molte sante vergini romane nel martirio”, Istituto Nazionale dell’Arte Grafica, Roma (Italia).

A pesar de las torturas que recibieron durante algunos días, mostraron tan invencible constancia que los piratas determinaron matarlos antes de volverse a embarcar. Hicieron otra tentativa para que renunciasen a su fe, pero Plácido, hablando en nombre de todos, dijo a Manuca: “Serán vanos todos vuestros esfuerzos. Antes bien, debes tú mismo mirar por tu salvación, y renunciar a paganas supersticiones. Los ídolos a quienes rindes culto son estatuas inanimadas, sin fuerzas ni movimiento, imágenes despreciables de divinidades quiméricas. No hay otro Dios sino el que adoramos los cristianos, Creador del universo, y Supremo Juez de todos”. El pirata, molesto por sus palabras, mandó entonces que lo ataran a un olivo y que con una piedra le rompieran los dientes y las mandíbulas, y luego le arrancaran la lengua de raíz.

Por último, dispuso que a todos les cortasen la cabeza, y fueron conducidos para tal fin a la orilla del mar. Allí se hincaron los 33 de rodillas y ofrecieron a Dios el sacrificio de sus vidas, y Plácido, hablando milagrosamente pese a la mutilación de su lengua, exclamó: Salvador mío Jesucristo, que os dignasteis padecer muerte de cruz por nuestra salvación, sed propicio a estos vuestros humildes siervos: dadnos constancia hasta el fin y hacednos la merced de que seamos asociados al coro de vuestros santos mártires; conservadnos intrépidos hasta el último momento de nuestra vida, y dignaos aceptar el sacrificio que os hacemos de ella”. “Amén”, respondieron todos. Luego fueron todos decapitados, excepto Flavia, que fue traspasada por una espada. Se nos dice que Plácido tenía 24 años, luego sus otros hermanos serían más jóvenes. Era el año 541.

Martirio de los Santos. Lienzo de Antonio Allegri da Correggio. Galleria Nazionale de Parma, Italia.

Martirio de los Santos. Lienzo de Antonio Allegri da Correggio. Galleria Nazionale de Parma, Italia.

Acabada la masacre, los piratas incendiaron y demolieron el monasterio y profanaron la iglesia. Dice la tradición que, al poco de embarcarse, hallándose aún frente al faro de Messina, una tormenta hizo hundirse el barco en castigo divino (!!).

El único que se salvó de la masacre, por estar ausente, fue el monje Gordiano. Al regresar, halló los cadáveres esparcidos de los mártires y los sepultó en la iglesia, donde permanecieron hasta el siglo XVI. Casi 1100 años después de su muerte, fueron hallados los restos y trasladados con gran solemnidad.

Interpretación de la leyenda
Porque eso es lo que es: una mera leyenda. No existe ninguna noticia fidedigna antigua sobre estos mártires, y el relato que hemos reseñado se remonta como mucho a la Edad Media, como ya hemos dicho. Esta historia, como vemos, identifica al San Plácido mártir protagonista con el monje homónimo benedictino, discípulo de San Benito, inventándose un relato hagiográfico en el cual han incluido a otros Santos conmemorados el mismo día en este Martirologio Jeronimiano; pero que no tienen ninguna relación con éste. Todo es un invento porque los otros Santos mencionados pertenecen sin duda a otros lugares, aunque se diga que todos fueron martirizados en el siglo VI en Messina durante una incursión de piratas árabes.

Entonces, si el relato que hemos leído no es más que un cuento medieval, ¿quiénes son en realidad estos mártires de Messina? De entrada, es necesario clarificar que es imposible precisar cuántos fueron, quiénes eran y cuándo sufrieron el martirio. Pero haciendo una reconstrucción del hallazgo de sus reliquias, que son reales y auténticas, podemos arrojar algo de luz -aunque escasamente- sobre este grupo de mártires de Messina.

Urnas con los restos de los mártires. Iglesia de San Juan Bautista, Messina, Italia.

Urnas con los restos de los mártires. Iglesia de San Juan Bautista, Messina, Italia.

Reliquias
El 4 de agosto de 1588, durante los trabajos de restauración del monasterio de San Juan Bautista en Messina, al excavarse en el lado derecho del altar mayor, en torno a unos 3’50 metros de profundidad, se halló un sepulcro de mármol de tres metros de largo y un metro y medio de ancho. Al abrirlo, se hallaron “cuatro cuerpos humanos que exhalaban un olor suavísimo e, inesperadamente, empezó a brotar agua”. Tres de estos cuerpos estaban colocados el uno al lado del otro; el cuarto de ellos, de forma transversal respecto a los pies de los primeros. Prosiguiendo con la excavación, junto al sepulcro, se encontraron otros cuerpos que tenían la cabeza separada, a un lado, y sobre el pecho ampollas de vidrio y de arcilla llenas de sangre y de tierra empapada en sangre. A partir de ahí, se supuso inmediatamente que se trataba de los restos de San Plácido, de sus hermanos -los cuatro del sepulcro- y el resto de los monjes martirizados. Es más, el esqueleto de Plácido se identificó por tener la lengua seccionada y conservada en una ampolla aparte, colocada en el pecho; y el de Flavia, por ser la única mujer reconocida como tal en el conjunto de restos.

Sí, pero no. Efectivamente, es innegable que se hallaron cuatro cuerpos diferenciados del resto -en un sepulcro de mármol-, que uno tenía la lengua seccionada y que sólo uno pertenecía a una mujer. También que había más y que tenían ampollas de sangre –vas sanguinis o lacrimatorium-. La piedad popular y la devoción local de Messina quiso identificar estos cuerpos con los personajes correspondientes mencionados en la leyenda; pero lo cierto es que la forma de enterramiento no corresponde en absoluto a la cronología que aporta la leyenda. Como los lectores de este blog habrán deducido, la presencia de un vas sanguinis indica un enterramiento romano, ya que el recolectar la sangre de los mártires en vasos es una práctica que no fue más allá de las persecuciones de la Antigüedad. Si en verdad fueran los benedictinos martirizados por piratas, no hubiese quedado nadie para recoger la sangre en vasos; y quien hubiera llegado primero no habría encontrado la sangre fresca y líquida para poder recogerla. Es la marca de una ejecución recién realizada; la sangre de un mártir que es recogida por alguien del público que ha contemplado el martirio o que ha podido recoger el cadáver cuando aún estaba fresco. El vas sanguinis es la marca de un mártir de la Antigüedad, de las persecuciones romanas, del siglo IV como muy tarde, pero no del siglo VI.

Urna con las reliquias atribuidas, erróneamente, a San Plácido. Iglesia de San Juan Bautista, Messina (Italia).

Urna con las reliquias atribuidas, erróneamente, a San Plácido. Iglesia de San Juan Bautista, Messina (Italia).

Además, otra evidencia viene a desmentir la autenticidad del relato conocido y, por ende, la identificación de los protagonistas con los cuerpos hallados en la iglesia de Messina: la conquista musulmana de Sicilia no se inició hasta el año 827, no hubieron, por tanto, incursiones sarracenas en una época tan temprana como el siglo VI; entre otras cosas, porque la expansión del Islam tampoco es anterior al s.VII. Esto hace que el relato no tenga el menor sentido y que San Plácido, monje benedictino, no pudiese morir mártir en esas fechas a manos de los sarracenos, pues tendría que haber vivido más de tres siglos (!!) y ser ejecutado por unos piratas que ni estaban allí.

Por lo tanto, leyenda falsa, identificación errónea de los mártires, pero sepulcro y reliquias auténticas: cuerpos santos reales, presentes, de unos mártires que, a juzgar por las características de su enterramiento, fueron mártires de la Antigüedad, de época romana, no altomedieval. Es muy probable que, después de la primera inhumación, se redactase esta leyenda para dar nombre e historia a unos mártires anónimos de los que, en realidad, no se sabe absolutamente nada.

Culto e iconografía
A pesar de la evidente falsedad de la tradición en torno a estos grupos de mártires, que siguen siendo erróneamente identificados a día de hoy; el Martirologio Jeronimiano los recuerda el día 5 de octubre, con la indicación genérica geográfica de “in Sicilia” y con una variante en el número de compañeros: treinta en los códices Bernense y Wisseburgense y ocho en el códice Epternacense (!!).

Reliquias de los mártires. Iglesia de San Juan Bautista, Messina (Italia).

Reliquias de los mártires. Iglesia de San Juan Bautista, Messina (Italia).

La iconografía representa a Plácido y sus compañeros benedictinos con los hábitos monacales, a Flavia como una joven doncella y a Eutiquio y Victorino como dos muchachos jóvenes e incluso niños en algunas ocasiones, siendo cruelmente masacrados por los sarracenos. Es importante no confundir esta Santa Flavia de Messina -que suele aparecer con el puñal hincado en el corazón- con Santa Flavia Domitila, noble mártir romana de quien también hemos hablado ya en el blog; aunque es muy probable que la primera le haya “robado” el nombre a la otra.

Conclusión
Hay mucha más información que puede darse en torno a la iglesia-monasterio de San Juan Bautista en Messina, pero para ello es mejor remitirse a los enlaces adjuntados en la bibliografía. Respecto a nuestros protagonistas de hoy, sólo cabe decir que son un grupo de mártires, auténticos, reales, históricos, que fueron enterrados en Messina y que indudablemente pertenecen a época romana por las características de sus enterramientos.

Sabemos que fueron decapitados porque las cabezas estaban separadas y la sangre había sido recogida, que uno sufrió la amputación de la lengua, que otro de ellos era una mujer y que éstos dos, junto con otros dos más, fueron distinguidos y diferenciados del resto en un sepulcro de mármol, lo que o bien revela un origen noble, o una devoción especial.

Esqueleto de uno de los mártires. Iglesia de San Juan Bautista, Messina (Italia).

Esqueleto de uno de los mártires. Iglesia de San Juan Bautista, Messina (Italia).

Lo que no puede hacerse es identificar a estos mártires con el relato fantasioso que muy probablemente fue escrito para intentar dar nombre a estos restos. Los nombres conocidos, mencionados en la leyenda, no son los de estos mártires sino de otros Santos que son venerados en este día y que fueron arbitrariamente adjudicados a estos cuerpos. La auténtica identidad de estos mártires, así como su historia y martirio, siguen siendo desconocidos.

Meldelen

Bibliografía:
– VVAA, Bibliotheca sanctorum: Enciclopedia dei Santi, Ed. Città Nuova, Roma 1984.

Enlaces consultados (29/09/2014):
http://www.granmirci.it/splacido.htm
http://www.tempostretto.it/news/patrimoni-ignorati-chiesa-sgiovanni-malta-straordinarie-ricchezze-sconosciute-messinesi-crocieristi.html
http://www.trappersociale.it/cappella%20palatina/chiesa/chiesa%20di%20san%20giovanni%20di%20malta.htm

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