Santos Primo y Feliciano, mártires

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Mosaico de los Santos en la bóveda de su capilla-sepulcro. Iglesia de San Stefano Rotondo, Roma (Italia).

Mosaico de los Santos en la bóveda de su capilla-sepulcro. Iglesia de San Stefano Rotondo, Roma (Italia).

Introducción
Roma es una ciudad que ha sido santificada por la sangre de innumerables mártires y ésta reconoce a San Pedro y San Pablo como sus principales patronos, a los cuales sigue San Lorenzo y una numerosa lista en la que cabe mencionar a San Sebastián, San Pancracio y otros muchos nombres, entre éstos, los de los Santos Primo y Feliciano, dos hermanos que derramaron su sangre para dar testimonio de su fe. Los datos sobre sus vidas se conocen mediante actas tardías, por lo que la información proveniente de esas fuentes debe de ser tomada con precaución. Sin embargo, nos encontramos ante dos santos históricos, de los cuales lo único cierto es que murieron mártires.

Historia
El Martirologio Romano en su última edición hace de estos santos el siguiente elogio, muy escueto por cierto: “En la Vía Nomentana, en el lugar llamado Ad Arcos, a quince miliarios de la ciudad de Roma, los Santos Primo y Feliciano, mártires”. Esta información no expone su parentesco y tampoco ofrece una fecha aproximada de su martirio. Es probable que estos Santos hayan nacido en un lugar llamado Mentana, en Sabina y que en este mismo lugar hayan muerto, aunque la “passio” refiere que eran romanos de nacimiento, de estirpe noble y que ambos eran octogenarios al momento de ser martirizados.

Detalle del martirio de los Santos. Iglesia de San Stefano Rotondo, Roma (Italia).

Detalle del martirio de los Santos. Iglesia de San Stefano Rotondo, Roma (Italia).

Esta misma fuente los hace contemporáneos de Diocleciano y Maximiano Hercúleo, por lo que de ser cierto este dato, habría que ubicarlos en un periodo que va del año 297 al 306. La causa de su proceso comienza cuando los sacerdotes de los ídolos recibieron un oráculo en el que las falsas divinidades, asumidas por los demonios, estaban enojadas y no darían respuestas a las preguntas que se les hicieran ni harían algún beneficio a sus seguidores hasta que Primo y Feliciano les rindieran culto y les ofrecieran sacrificios. Así, los sacerdotes lograron que los emperadores los hicieran encarcelar, cargándolos de cadenas y metiéndolos en horrendas prisiones. Sin embargo, allí, un ángel mandado por Dios para fortalecerlos en la prueba, les dio consuelo en medio de sus sufrimientos y a él le pidieron que les obtuviera de San Pedro, que había sido liberado de la cárcel con la ayuda de otro ángel, que les obtuviera de Cristo la gracia de perseverar en la prueba.

A los pocos días fueron llevados ante Diocleciano y Maximiano, quienes luego de discutir con ellos sin convencerlos de abandonar su religión, fueron condenados a ser llevados al templo de Hércules, donde sufrieron tormentos por no ofrecer sacrificios. Luego, se les hizo conducir a la ciudad de Numento (Mentana), donde el gobernador, llamado Promoto, tenía la encomienda de hacer lo necesario para que apostataran de la fe que profesaban. Éste los hizo comparecer ante su presencia y los exhortó a abjurar de sus creencias y para lograr su objetivo, los separó para que no pudieran animarse mutuamente. Encarceló primero a Primo, dejando a Feliciano a su merced. Al insistirle a éste que mirara por su vejez, que no valía la pena ser cristiano y que evitara los castigos que le sobrevendrían en caso de subsistir en sus ideas, el santo le respondió: “Mire Cristo por mi vejez, que se ha dignado de guardarme hasta ahora en la confesión de la fe. Ochenta años tengo y hace treinta que Dios me iluminó y que me determinó a vivir solo por Cristo, en quien confío me librará de tus manos”.

Los Santos entre las fieras. Capilla de los Santos. Iglesia de San Stefano Rotondo, Roma, Italia.

Los Santos entre las fieras. Capilla de los Santos. Iglesia de San Stefano Rotondo, Roma, Italia.

Entonces, el juez lo hizo azotar terriblemente, lo hizo clavar en un palo traspasando sus manos y pies con agudos clavos. En medio de sus sufrimientos, el Santo alababa a Dios con salmos y cánticos. Así lo mantuvieron tres días, sin comer ni beber, para ver si desfalleciendo de debilidad, cambiaba de parecer, pero él, sumido en la oración, recibió la fuerza necesaria para subsistir físicamente y no apostatar. Avergonzado el juez, lo hizo bajar del madero y arrojar a un calabozo, donde estaría incomunicado. Luego hizo traer a Primo y le dijo que su hermano había cambiado de parecer y que tomó la decisión de agradar a los emperadores por lo que había abjurado de su falsa religión. El santo le recriminó: “Dices la verdad pues mi hermano ha querido agradar al emperador, pero no al que dices, sino al del cielo, Dios verdadero, quien le ha concedido en su celda gozar de especiales muestras de cariño de su parte como premio por los castigos que ha sufrido y esto me lo ha revelada a mi Dios también”.

Ante tal respuesta, Promoto lo condenó a ser molido a palos y luego abrasar sus costados con teas encendidas, más en medio del tormento, Primo cantaba y oraba, igual que había sucedido con su hermano. Pensaba el gobernador que esto tal vez se debiera a un hechizo o encantamiento, más el santo le advirtió: “No pienses que es artes o magia, la misericordia que Jesucristo usa con sus siervos para gloria de su nombre”. En represalia a su osadía, lo hizo acostar en el suelo y haciéndole abrir la boca, le derramaron plomo derretido que el mártir bebió como si fuera agua o un licor suavísimo, luego le trajeron frente a él a Feliciano. Entonces Primo retó a Promoto diciéndole: “Mira como mi hermano Feliciano no ha sacrificado a los dioses como tú dijiste, antes está firme en Cristo, que nos librará de tus tormentos y nos dará el premio que suele dar a los que sufren por su amor”.

Sepulcro de los Santos en el altar de su capilla. Iglesia de San Stefano Rotondo, Roma (Italia)l

Sepulcro de los Santos en el altar de su capilla. Iglesia de San Stefano Rotondo, Roma (Italia)l

Promoto, desesperado por no lograr reducirlos como era la consigna recibida, los envió a las fieras, primero con leones y luego con osos, pero en ambas ocasiones, los animales se comportaron mansamente ante ellos. Los espectadores se conmovieron y muchos de ellos se convirtieron al cristianismo. A resultas de este fracaso, el juez los mandó degollar y ordenó que sus cuerpos estuvieran al aire libre, para ser pasto de los animales, pero sucedió que ni las fieras o las aves los tocaran. Luego de un mes, los cristianos pudieron rescatar sus restos y envolviéndolos en sábanas blancas, les dieron sepultura junto a los arcos nomentanos.

Culto
En el año 648 el Papa Teodoro trasladó los restos de los mártires con los de su padre a la iglesia de San Stefano Rotondo, donde los hizo sepultar en un altar erigido en su honor en la capilla que lleva sus nombres. Allí hay un mosaico que data del siglo VII que representa a ambos santos junto a una cruz enjoyada. También se pueden hallar representaciones suyas en la Basílica de San Marcos, en Venecia, así como en Palermo, en la Capilla Palatina.

Es oportuno señalar que su culto de difundió por Bavaria donde se dice que ambos santos vivieron siendo legionarios, donde una antigua tradición refiere que San Primo, en la región de Chiemgau, hizo brotar una fuente con propiedades curativas. Se dice que ambos santos predicaron allí el Evangelio y que con sus oraciones lograban curar a los enfermos. También en Agen tienen una referencia que dice que San Caprasio de Agen era su hermano.

Reliquias de los Santos. Iglesia franciscana en  Kamnik, Eslovenia.

Reliquias de los Santos. Iglesia franciscana en Kamnik, Eslovenia.

San Primo y San Feliciano se celebran el 9 de junio, aniversario de su nacimiento al cielo; hasta la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, su conmemoración estaba inscrita en al Calendario de la Iglesia Católica. Estos santos son los primeros de los cuales consta que fueron trasladados a Roma.

Humberto


O Rex Géntium,
Et desiderátus eárum,
Lapisque anguláris qui facis útraque unum:
Veni
Et salva hóminem,
Quem de limo formásti.
Oh Rey de las naciones,
Y esperado por los pueblos,
Piedra angular que haces de los dos pueblos uno solo,
Ven
Y salva al hombre,
Que hiciste del barro de la tierra.

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Bibliografía:
– Rivandeneyra P. Flos Sanctorum o Libro de las Vidas de los Santos, Madrid, 1610, pp. 408-410.

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