El Señor de la Cuevita, Iztapalapa, México D.F.

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El Señor de la Cuevita.

El Señor de la Cuevita.

Según las leyendas que se narran hacia 1687 unos campesinos (otras versiones dicen que eran misioneros) provenientes de la villa de Etla, Oaxaca llevaron a restaurar una imagen del Santo Entierro que se veneraba en su localidad. Después de un largo recorrido llegaron al pie del cerro de la Estrella y cayendo la noche se quedaron dormidos, al día siguiente se percataron de que la imagen había desaparecido y después de buscarla por un prolongado tiempo la encontraron en una cueva de donde ya no pudieron moverla. Lo que los vecinos del lugar consideraron un milagro y construyeron una ermita en honor al Santo Cristo que comenzó a ser llamado “El Señor de la Cuevita” y se convirtió en el patrón de la localidad. Hacia 1736 se fundó la Cofradía del Santo Sepulcro en la cueva llamada de Jerusalén pues es donde fue encontrada la imagen del Señor de la Cuevita. Hacia 1783 S.S. Clemente X concedió indulgencia plenaria y remisión de todos sus pecados a los fieles que el día de la invención de la Santa Cruz (3 de mayo) visiten la Iglesia del Señor de la Cuevita de Iztapalapa.

Hacia 1833 una terrible epidemia de cólera morbus ataco la ciudad provocando terribles estragos en Iztapalapa, al grado que los cementerios no podían recibir más cuerpos. Esta espantosa experiencia hizo que los pobladores se dirigieran al Santuario a implorar al Señor de la Cuevita que terminara la epidemia, llevando flores y haciéndole la promesa de que cada año haría memoria de su Pasión y celebrarían una misa en su honor.

Después de la misa a la que asistió todo el pueblo se notificó que el número de víctimas había descendido, en ese día murieron sólo cinco personas, al día siguiente tres y al tercer día no murió nadie. Lo que llevó a que cada año el pueblo de Iztapalapa en agradecimiento al palpable milagro hiciera la representación de la Pasión del Señor, primero se hizo con imágenes y hacía 1906 se empezó a hacer con personas, todo esto la ha convertido en la representación de la pasión más antigua de México. Este Vía Crucis que se ha ido incrementando cada año con más escenas desde hace algún tiempo se representa algunos milagros de Jesús como la multiplicación de los panes y peces, el sermón de la Montaña, el Domingo de Ramos, la última cena, la oración en el huerto, la prisión de Jesús, pasión, muerte y la Resurrección. Cuentan con más de 100 actores, los personajes principales como Jesús y la Virgen se eligen cada año entre los jóvenes del pueblo de Iztapalapa y barrios aledaños, quienes son elegidos están comprometidos a una preparación física y espiritual para los papeles de Jesús y María, con oración y ayuno. En el camino de la Cruz quien representa a Cristo es seguido por grupos de jóvenes llamados “los apóstoles” vestidos de túnica morada y blanco, que caminan descalzos todo el camino hasta el Gólgota, coronados de espinas y cargando una cruz hecha a su medida, la cual al momento de la crucifixión elevan a modo de homenaje por la muerte de Cristo, estos jóvenes hacen esto cada año a modo de ofrenda para agradecer los milagros y favores concedidos por el Señor de la Cuevita.

 Imagen del Señor de la Cuevita venerada en su santuario en Iztapalapa, Ciudad de México. Fotografia cortesía de Enrique Tamayo.

Imagen del Señor de la Cuevita venerada en su santuario en Iztapalapa, Ciudad de México. Fotografia cortesía de Enrique Tamayo.

La mayoría de los pasajes bíblicos se representan en el jardín Cuitlahuac y en el cerro de la Estrella, lugar “elegido” por el Señor de la Cuevita para su primer milagro pues se dice que aquí fue donde se apareció. Pero este sitio también fue un importante adoratorio prehispánico donde se realizaba el ritual del Fuego Nuevo cada cincuenta años para anunciar el inicio de un nuevo siglo, de acuerdo al calendario mexica. Para esta celebración se hacía un sacrificio para ofrecerle sangre al sol. La sangre de los humanos era considerada el chalchiuatl, “líquido precioso”. El día anterior al fuego nuevo las personas se escondían en sus casas y los hombres permanecían armados para defenderse de los monstruos que surgían en caso de no encenderse el fuego.

A la puesta del sol, los sacerdotes subían a la cumbre del cerro de la Estrella, cuando las estrellas llegaban al cenit, los sacerdotes con un cuchillo de pedernal herían el pecho del sacrificado y sobre la herida intentaban encender el fuego. Si la flama surgía sería señal de que iniciaba un nuevo siglo de cincuenta y dos años. Curiosamente todo esto recuerda un poco a la Vigilia Pascual en la cual se bendice una hoguera y se enciende el cirio con el fuego bendito, posiblemente debido a estos paralelismos los misioneros vieron a bien implementar el culto al Santo Entierro en este lugar. Del mismo modo hay que decir que durante el periodo colonial y hasta ya muy entrado en siglo XX, la gente tenía creencias parecidas sobre la Semana Santa y en especial sobre el Sábado de Gloria, pues se creía que en esta semana “el diablo esta suelto”, y que nadie debe hacer nada durante el triduo pascual, y se deben dormir temprano, puesto que aquel que se desvele hasta la madrugada en sábado santo corre el riesgo de que el demonio en persona le visite para llevarse su alma. Creencias movidas por diversas leyendas para hacer que la gente se mantenga en oración y visitando los templos en estos días.

La pasión de Iztapalapa está basada en “Los cuatro concilios para la celebración de las tres caídas de Semana Santa” editada por Antonio Vanegas Arroyo, y en “El Mártir del Gólgota” de Enrique Pérez Esrich, publicada en 1878.

Parte del elenco que conforman la representación del Vía Crucis de Iztapalapa en honor al Señor de la Cuevita.

Parte del elenco que conforman la representación del Vía Crucis de Iztapalapa en honor al Señor de la Cuevita.

El Señor de la Cuevita es celebrado en varias fiestas siendo la primera el miércoles de ceniza, después se le celebra el sábado santo, el 3 de mayo que se supone es la fiesta de su hallazgo en el cerro de la Estrella y la fiesta por su patrocinio en la epidemia de cólera que se celebra el 18 y 19 de septiembre de cada año.

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André Efrén Ordóñez

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La Muerte de Jesús (II)

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"Cristo de San Juan de la Cruz", óleo del pintor surrealista Salvador Dalí (1951). Museo Kelvingrove, Glasgow (Reino Unido).

“Cristo de San Juan de la Cruz”, óleo del pintor surrealista Salvador Dalí (1951). Museo Kelvingrove, Glasgow (Reino Unido).

En el artículo anterior veíamos posibles causas determinantes de la muerte de Nuestro Señor y las descartábamos a todas por separado, porque decíamos que el fallecimiento de Cristo fue debido a la conjunción de diversos factores. Hoy continuamos desmenuzando todo este complejo proceso.

Recordemos que Jesús fue crucificado en un palo horizontal quedando los brazos en posición de ángulo recto con respecto a la vertical y que al conjuntar el “patíbulum” con el “stipes”, el cuerpo se hundió a consecuencia de su peso. Sobre los brazos recaía casi todo el peso corporal y muy poco sobre los pies debido a la posición del crucificado, ya que las rodillas estaban dobladas. En esta posición, con los brazos en alto y tanto peso sobre ellos, se produjo cierta inmovilidad en las costillas, debido a lo cual, los músculos intercostales prácticamente no funcionaban debido sobre todo al terrible castigo de la flagelación. Esta posición y circunstancias hacía que la respiración fuera muy dificultosa: entraba aire en los pulmones pues lo facilitaba el hecho de que los brazos estaban en alto, pero apenas podía espirar, expulsar el aire viciado. Esta insuficiencia respiratoria iba cada vez más en aumento.

La respiración se hacía cada vez más fatigosa, más jadeante y Jesús sentía que se ahogaba. El corazón trabajaba cada vez más acelerado y las condiciones de sus pulmones y aparato circulatorio le provocaron una taquicardia que iba en aumento. La intoxicación de la sangre por la falta de oxígeno y exceso de anhídrido carbónico pasaba a todas las células y órganos de su cuerpo, los cuales se vieron gravemente afectados, especialmente el corazón y el cerebro. Jesús se iba intoxicando cada vez más, se iba asfixiando y los órganos comenzaban a fallarle.

En los músculos se produjo un insoportable cuadro de calambres cada vez más dolorosos, el diafragma (que había sufrido bastante en la flagelación) se iba tensionando más y más y aumentaba sin cesar la acumulación de dióxido de carbono, la llamada “hipercapnia”. Si Jesús quería sobrevivir tenía que realizar un enorme esfuerzo apoyándose en los clavos de los pies para poder elevar un poco su cuerpo. Así aliviaba este cuadro agónico, pero esto le traía como consecuencia unos terribles dolores. Así, expulsaba algo de aire viciado sintiendo un cierto alivio en su asfixia, pero este alivio era momentáneo, porque al flaquearle los pies y caer de nuevo el cuerpo por su peso, se reanudaban las contracciones, los calambres, la cianosis y la tetanización. Para sobrevivir tenía que seguir haciendo esa dolorosa maniobra de levantamiento, pero cada vez las fuerzas eran menos y la maniobra, cada vez más dificultosa. Fueron tres horas de agonía, de subidas y bajadas del cuerpo, cuyo agotamiento iba en aumento. Terminó siendo incapaz de hacerlo.

Vista de la posición adoptada por el Hombre de la Síndone en la crucifixión.

Vista de la posición adoptada por el Hombre de la Síndone en la crucifixión.

Los calambres y la tetanización se extendieron por todos sus tendones y sus músculos. Comenzaron en los brazos, se extendieron al tórax – cuyos músculos son tan importantes para la respiración -, al torso, el abdomen y a las piernas. No podemos hacernos una idea de lo terribles que fueron estas tres horas para un Hombre que llevaba varios días sufriendo. Si cuando hacemos deporte y nos da un calambre en una pierna nos quedamos paralizados por el dolor, ¿qué sería sentir estos calambres continuamente en todas las partes del cuerpo? Ni imaginarlo podemos.

La posición de los brazos y todo el peso del cuerpo tirando de ellos le produjo, como hemos dicho anteriormente, una potente sudoración (exceso de sudor) y no solo en la frente, sino por todos los poros del cuerpo, sudor que caía hacia el suelo formando un charco en el mismo. Esto le produjo un intenso frío en todo el cuerpo por más que su temperatura corporal superaba los 40º C. Cada vez con menos fuerzas, cada vez más impotente, hecho un verdadero guiñapo y con la tensión arterial por los suelos. Cada vez respiraba menos porque cada vez le costaba más apoyarse en los pies para elevar el cuerpo.

Cristo Crucificado. Óleo de Pedro Pablo Rubens.

Cristo Crucificado. Óleo de Pedro Pablo Rubens.

En este terrible estado de postración, cada vez la sangre tenía menos oxígeno y más anhídrido carbónico, su piel estaba mas azulada, los músculos estaban más contraídos, aumentaba más el dolor y peor podía respirar. Así, no podía vivir. Los órganos vitales se degradaron, comenzaron a fallar los riñones y el hígado (ya dañados por la flagelación), el ritmo cardíaco se trastornó y el corazón entró en una arritmia incontrolada, llegando a la fibrilación ventricular. En estas condiciones, la vida era imposible: el cuerpo estaba cianótico en su totalidad, se asfixiaba, el tórax estaba hinchado, los ojos desencajados, la cara desfigurada, la mente obnubilada y prácticamente ciego. Aunque era joven (37-38 años de edad) y había sido fuerte, su naturaleza no pudo más: susurró un último deseo al Padre, inclinó la cabeza y expiró. “Todo está consumado, e inclinando la cabeza, entregó su espíritu” (Juan, 19, 30).

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Así murió nuestro Salvador, el Señor de la Vida. En ese instante, la Creación entera se estremeció. “Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron…, y el centurión y los guardias que lo custodiaban, al ver el terremoto y todo lo que pasaba, se llenaron de miedo y dijeron: ¡Verdaderamente, este era el Hijo de Dios!” (Mateo, 27, 51-54).

Añadamos las palabras del salmista: “Miserere mei, Deus: secundum magnam misericordiam tuam. Et secundum multitudinem miserationum tuarum, dele iniquitatem meam”. (Salmo 50, 3).

(“Miserere”, Salmo 50)

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Cabezón Marín, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid 2003.
– Hermosilla Molina, A., “La pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984
– Sagrada Biblia de Jerusalén.

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La Muerte de Jesús (I)

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Crucifixión (bizantino, martir, X, perfora el infierno).  Metropolitan Museun Art N. York, EEUU.

Crucifixión (bizantino, martir, X, perfora el infierno). Metropolitan Museun Art N. York, EEUU.

La crucifixión de Cristo no fue una crucifixión más, no fue una crucifixión normal, ya que ningún otro crucificado con anterioridad había padecido el sufrimiento de la hematidrosis antes de su apresamiento (sufrió “en presente” lo que habría de sucederle en el futuro) y ninguno se había encontrado tan solo ante lo que sabía al detalle lo que se le venía encima; por abandonarlo, lo hicieron hasta los más allegados y esa soledad le provocó un terrible dolor moral, que, junto con el miedo físico, fue la causa de la hematidrosis en Getsemaní. De ella se le derivó una grave disminución del volumen de sangre que circulaba por su cuerpo, una sed terrible, una disminución brusca de la presión arterial, un debilitamiento de su fuerza física y una epidermis que le puso la piel “en carne viva”, mucho más sensible a los roces, golpes, correazos, bofetadas, etc.

Pero hay más: a las personas que iban a ser crucificadas se les aplicaba la llamada “flagelación legal”, la cual se realizaba siempre cuando iba de camino hacia el lugar del suplicio, mientras que a Jesús, como Pilatos quería salvarle la vida (le castigaré y luego lo soltaré) la flagelación fue un sustituto de la pena de muerte, fue muchísimo más dura. Lo lógico es que la propia flagelación le hubiese producido la muerte. Asimismo, los romanos nunca coronaban con espinas a los condenados a muerte y esta coronación ilegal le supuso un sufrimiento difícil de explicar, que aún mermó más las escasas fuerzas con las que contaba.

Y no fue una crucifixión más, porque no se conoce ningún otro caso en el que un condenado a muerte fuera sometido a un doble juicio: uno religioso y otro civil. En el primero se le insultó, fue golpeado hasta tal punto que cuando fue presentado a Pilatos, este se sorprendió ya que a un simple acusado no se le podía golpear: así lo ordenaba la “Lex Iulia”. Estos padecimientos tan terribles no lo sufrieron ninguno de los otros dos malhechores que fueron crucificados con Él.

Cristo de la Expiración. Semana Santa de Huelva, España.

Cristo de la Expiración. Semana Santa de Huelva, España.

Por todo esto murió Jesús a la hora nona, después de ser crucificado a la hora sexta, y esto causó extrañeza al propio Pilato cuando se presentó ante él José de Arimatea solicitándole el cadáver para ser sepultado. Jesús había estado en la cruz tres horas escasas y lo habitual es que hubiera estado mucho más tiempo. Por eso Pilato, extrañado, llamó al centurión y después de cerciorarse de que la muerte había sido efectiva después de la lanzada de rigor (lo que podríamos llamar el golpe de gracia), entregó a José el cuerpo de Jesús. Una prueba más de que Jesús estuvo poco tiempo en la cruz es que a sus dos compañeros tuvieron que aplicarles el “crurifragium” o rotura de las piernas, para que al no poder apoyarlas sobre los pies, murieran por asfixia.

Esto que les hicieron a San Dimas y a Gestas era lo ordenado por la Ley. Los ajusticiados debían ser sepultados en el mismo día de su muerte porque los cadáveres no podían permanecer en la cruz durante la noche, ya que en este caso, los habitantes de la ciudad hubieran quedado legalmente impuros. A esto hay que añadir que la muerte ocurrió el viernes, víspera del Sabbat, que aquel año coincidió además con la fecha de la Pascua.

Pero hecho este preámbulo, ¿cuáles fueron las posibles causas que provocaron la muerte de Jesús? Mucho se ha escrito sobre este tema, pero todo el mundo está de acuerdo en que la muerte de Cristo se debió a numerosos factores ocurridos a lo largo de toda la Pasión. Siguiendo los trabajos del profesor Cabezón Martín, vamos a enumerar estos factores, muchos de ellos simples teorías, frutos del estudio de multitud de especialistas:

La sed
Jesús sufrió una sed tan terrible que, como dijimos en el artículo anterior, lo expresó cuando estaba crucificado. La sangre derramada en la hematidrosis de Getsemaní, flagelación y coronación de espinas, el sudor perdido durante varios días (desde la noche del martes hasta la hora nona del viernes) y la no ingesta de líquido alguno durante todo ese tiempo, hizo que sus funciones biológicas fallaran por falta de líquido. Una sed espantosa, que aumentaba conforme se incrementaba la fiebre, que se intensificó cuando suspendido en la cruz por los brazos comenzó a sudar intensamente, produciéndole unas contracciones y calambres provocados por el nervio mediano (nervio raquídeo mixto proveniente del plexo braquial) y la asfixia. Esta sed y la lesión del nervio mediático fueron las dos fuentes principales del dolor que sufrió Jesús en la cruz, pero aun así, la sed no pudo ser la causa determinante y última de su rápida muerte; fue una causa más.

Cristo de la Expiración (el Cachorro). Semana Santa de  Sevilla, España.

Cristo de la Expiración (el Cachorro). Semana Santa de Sevilla, España.

El hambre
Desde la última cena, Jesús no tomó alimento sólido alguno, pues ni los judíos ni los romanos tuvieron ninguna consideración con Él. Cierto es que nadie muere de hambre por estar sin comer durante algo más de tres días, por lo que el hambre, por sí sola, no fue la causante de la corta agonía de Cristo. En otros casos en los que la crucifixión duraba días, si pudo serlo, pero en Jesús, no.

La insolación
La muerte de Cristo ocurrió en el mes de abril y aunque en Palestina en ese mes puede hacer calor, no hace tanto como para hacer morir por insolación a una persona expuesta al sol durante tres horas. Además, el Gólgota era un lugar elevado, Jesús estaba crucificado en un lugar alto para que fuera visto por todos, por lo que tuvo la ventaja de estar sometido a una suave brisa que podría aplacar la sensación de calor. Además, la realidad de los hechos nos demuestra que los crucificados morían de la misma forma tanto si estaban expuestos al sol como si se encontraban en la sombra. La insolación, por si sola, tampoco fue la causa de la muerte.

Una gran hemorragia
Es cierto que Jesús había perdido muchísima sangre a lo largo de los tormentos a los que había sido sometido, sangre que no pudo recuperar por la falta de alimento y bebida, pero cuando escribimos el año pasado sobre el clavado de las manos y los pies, dijimos que los clavos no destruyeron importantes vasos sanguíneos. Los clavos, por sí solos, produjeron solamente una discreta pérdida de sangre durante estas tres horas, pero no una gran hemorragia. Si Jesús hubiese estado crucificado mucho más tiempo, el derrame sanguíneo producido por los clavos hubiera sido más preocupante, más grave. Como ya dijimos, los soldados romanos tenían mucha práctica a la hora de colocar los clavos: sabían donde ponerlos para que la crucifixión no produjese una muerte inmediata, luego una gran hemorragia no fue la causante de la muerte, aunque la pérdida de sangre si que fue un factor que influyó.

La agonía de Jesús interpretada por el actor Jim Caveziel. Fotograma de la película "La Pasión" (2004) dirigida por Mel Gibson.

La agonía de Jesús interpretada por el actor Jim Caveziel. Fotograma de la película “La Pasión” (2004) dirigida por Mel Gibson.

Colapso posicional
La teoría del colapso circulatorio tuvo bastante resonancia cuando el profesor alemán Herman Möeder la publicó en una revista médica estadounidense y fue aceptada inmediatamente por algunos especialistas médicos. Esta teoría se basaba en unas experiencias que él había llevado a cabo con unos voluntarios que se prestaron a que en ellos se realizaran estas pruebas. Herman los suspendió en la misma posición en la que quedaban suspendidos los crucificados, pero con las muñecas atadas con cuerdas y sin tocar con los pies ni el suelo ni ninguna otra cosa: totalmente suspendidos. Durante todo el experimento observó los trastornos vasculares y cardíacos de estos voluntarios y cuando sufrían un colapso, suspendía la prueba. Todos los síntomas cardiovasculares desaparecían una vez que los voluntarios ponían los pies en el suelo. Este profesor defendía que debido a la ley de la gravedad, la sangre bajaba a la parte inferior del cuerpo, aunque normalmente, cuando se está de pie, lo impiden diversos factores y mecanismos del organismo, como por ejemplo, el trabajo realizado por el corazón. El decía que en el caso de los crucificados era distinto porque al quedar el cuerpo completamente inmovilizado, la sangre bajaba a las partes inferiores dejando al corazón y al cerebro sin aporte sanguíneo suficiente, lo que provocaba un colapso al que seguía la muerte por falta de sangre al cerebro y paro cardíaco.

Esta teoría no es válida como causa determinante de la muerte de Cristo, ya que Jesús tenía los pies clavados en el “stipes” o palo vertical, que aunque le producía dolor, permitía que se elevase para poder respirar y mantener la circulación sanguínea. Esta posición no pudo provocar en Cristo un colapso y esta teoría fue desechada.

Cristo de la Buena Muerte. Semana Santa de Huelva, España.

Cristo de la Buena Muerte. Semana Santa de Huelva, España.

Lesión del nervio mediático
Cuando el año pasado explicamos el clavado de las manos decíamos que la lesión de la parte sensitiva del nervio mediano producía un terrible dolor y que este dolor siempre llevaba consigo la pérdida del conocimiento. Según esta teoría, aunque Jesús en un principio no perdiera el conocimiento, al rozar el clavo la parte sensitiva del nervio, el dolor era constante y esa acumulación de dolor producida cada vez que se elevaba el cuerpo para respirar terminó por producirle la pérdida total del conocimiento y posteriormente, la muerte.

Esta teoría no tiene una base sólida y no se puede admitir como una causa determinante de la muerte de Cristo, pues los evangelios nos dicen que hasta sus últimos momentos Jesús estaba plenamente consciente, estaba en plena lucidez cuando finalmente dijo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas, 23, 46). Es cierto que este dolor y la sed fueron los tormentos más intensos del Crucificado, pero no fueron la causa determinante de la muerte.

Rotura del corazón
El doctor Wilson Ian Wilian Stroud hizo una publicación en Nueva York en el año 1978 en la que defendía la hipótesis de que Jesús murió porque se le rompió el corazón. Esta teoría, aunque tiene un simbolismo místico muy importante, carece de fundamento ya que la rotura del corazón ocurre en casos muy extremos, y solo cuando el corazón está enfermo. Con un corazón enfermo, Jesús no hubiera podido llevar durante tres años una vida pública tan intensa, no hubiera podido realizar grandes caminatas a pie, ni hablar en público sin cansarse y nosotros sabemos que esa fue su actividad hasta el mismo día en que fue apresado. Es una teoría cargada de simbolismo, pero que carece de fundamento científico.

El beber agua después de haber dicho “tengo sed”
Este tema lo tocamos en el artículo anterior y entonces dijimos que el silencio de San Lucas, médico de profesión, es el argumento más fuerte contra esta teoría.

"Crucifixión", óleo historicista de Aimé Nicolas Morot (1850-1913).

“Crucifixión”, óleo historicista de Aimé Nicolas Morot (1850-1913).

Una pericarditis traumática
Esta es una teoría defendida por el doctor Rudolf W. Hynek, expuesta en Praga en el año 1935. Este doctor defiende que la pericarditis (inflamación del pericardio) le habría sobrevenido como consecuencia de los latigazos sufridos durante la flagelación. Es verdad que pudo haber una pericarditis ya que Jesús fue golpeado fuertemente en el tórax y en la espalda, pero estas pericarditis debidas a traumatismos, no suelen ser causa de muerte, al menos de manera tan rápida. Existen muchas experiencias a este respecto.

Como hemos visto, ninguna de estas causas, por si sola, pudo ser determinante en la muerte de Cristo. Si fueron fuentes de dolor y sumadas unas a otras hizo que el dolor fuera cada vez más atroz, que fueran disminuyendo las fuerzas físicas, que se fuera debilitando y, consecuentemente, acortando su vida. La muerte de Cristo no debe atribuirse por si sola a ninguna de estas causas, sino a un conjunto de causas que actuaron de manera sinérgica y tan violentamente, que anticiparon lo que solía ser una agonía mucho más larga. El doctor Judica Cordiglia, en su obra: “¿Es Cristo el hombre del sudario?”, publicada en Barcelona en el año 1967, lo explica perfectamente.

Pero a pesar de todo, si que existe una causa determinante y última causante de la muerte de Jesús y esta es la asfixia. Por asfixia morían todos los crucificados. Pero no fue una asfixia rápida, sino lenta, progresiva. Esto lo explicaremos más detenidamente en el próximo artículo.

Antonio Barrero

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Bibliografía:
– Cabezón Marín, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid 2003.
– Hermosilla Molina, A., “La pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984
– Sagrada Biblia de Jerusalén

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

“Tengo sed”

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Escena de la esponja con vinagre en un paso procesional de Valladolid, España.

Escena de la esponja con vinagre en un paso procesional de Valladolid, España.

Utilizando las mismas fuentes de los años 2014 y 2015, en estos días de Semana Santa, quiero escribir nuevamente sobre los padecimientos sufridos por Cristo durante su Pasión y Muerte.

Quien había dicho: “Yo soy la fuente de agua viva” (Juan, 4, 14), en la cruz dijo: “Tengo sed”. Estas fueron unas de las pocas frases que Jesús pronunció estando ya clavado en la cruz y aunque algunos exégetas han querido dar a estas palabras un sentido místico, la realidad es que debido a la pérdida de sangre, agua y electrolitos durante toda su Pasión, la sed física, la necesidad de beber agua, fue uno de los peores tormentos a los que se vio sometido nuestro Redentor, quien no había bebido líquido alguno desde la cena celebrada en la tarde-noche del martes. Esa sed era insoportable, era una sed que incluso colaboraba en la alta fiebre a la que el crucificado estaba sometido. Jesús había perdido mucho líquido corporal en la hematidrosis de Getsemaní, tanto por el sudor como por la pérdida de sangre, en la flagelación y en la coronación de espinas donde aun perdió más sangre, teniéndose que añadir a toda esta pérdida de líquido corporal, la llamada “perspiratio insensibilis”, o trasudación insensible aunque no hiciera calor.

No olvidemos que el Crucificado, aunque era el Verbo encarnado, era también un Hombre y este ser humano era el que estaba clavado en el madero suspendido por los brazos aunque sus pies estuvieran sujetos por un clavo. Esta posición en la cruz, como se ha comprobado en otros hechos históricos, le provocó un intensísimo sudor y esta enorme pérdida de líquido le impedía llevar a cabo sus principales funciones biológicas. Jesús no se estaba quejando, tenía realmente una sed abrasadora, una sed insoportable. Este hecho, aunque con pequeñas variantes, nos es narrado por todos los evangelistas a excepción de San Lucas.

San Mateo nos dice: “En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber” (Mateo, 27, 48). San Juan nos lo cuenta de esta manera: “…para que se cumpliese la Escritura, Jesús dijo: “tengo sed”. Estaba allí una vasija llena de vinagre, entonces empaparon una esponja en vinagre y poniéndola en un hisopo se la acercaron a la boca. Cuando Jesús hubo probado el vinagre, dijo: Todo está consumado” (Juan, 19, 28-30) y San Marcos nos dice: “Uno corrió a mojar una esponja en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio a beber” (Marcos, 15, 36), aunque anteriormente dice: “Le ofrecieron vino mezclado con mirra, pero él no lo tomó” (Marcos, 15, 23), probablemente cuando iba camino del calvario.

Escena de la esponja de vinagre. Fotograma de la película "El Hijo de Dios" (2014).

Escena de la esponja de vinagre. Fotograma de la película “El Hijo de Dios” (2014).

Los doctores Le Bec y Louis – basándose en el caso de un empalado que murió dando un grito después de beber agua -, dicen que la toma de este líquido provocó un síncope en Jesús, tras el cual murió. Es cierto que uno de los evangelios dice que una vez probado el líquido, “dando un grito, expiró” (Marcos, 15, 37); sin embargo, San Juan, que fue testigo directo, nos dice que Jesús habló, pero sin pegar un grito: “Todo está consumado, e inclinando la cabeza, entregó su espíritu” (Juan, 19, 30). Y, como hemos dicho anteriormente, San Mateo nos cuenta que a Jesús le dieron a beber vinagre, pero no nos dice que dijo “Tengo sed”. Pero, ¿por qué San Lucas, siendo médico y muy buen observador, no menciona este pasaje? ¿por qué sin embargo si cita sus últimas palabras: “Clamando con gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, expiró” (Lucas, 23, 46). Estas “contradicciones” nos pueden servir para afirmar que los evangelios no apoyan las teorías de los doctores Le Bec y Louis. Este silencio de San Lucas respecto al “Tengo sed” es tan importante que viene a ser el argumento más fuerte contra esta teoría: Jesús no murió por el simple hecho de haber bebido líquido.

Pero, realmente ¿qué le dieron a beber a Jesús? Los detalles parece que no concuerdan del todo, pero no podemos obviar que los evangelistas, al escribir sus textos, tenían presentes lo que decían las profecías. Por eso, cuando dicen que le dieron a beber vinagre, tenían “in mente” lo dicho por el salmista: “En mi sed, me dieron vinagre” (Salmo 69, 22). Pero San Juan si que estaba presente, fue testigo directo y también nos dice que le dieron a beber vinagre. ¿Pudo equivocarse? Pudo, porque las leyes romanas eran muy severas y no permitían que nadie se acercara a los reos a fin de evitar que los amigos o allegados pudieran ayudarle a huir y Juan lo que vio fue una vasija, pero no el contenido de la misma.

Crucificado de la Hermandad de La Sed, Sevilla (España).

Crucificado de la Hermandad de La Sed, Sevilla (España).

San Marcos nos dice que le dieron a beber vino mezclado con mirra, pero en el lugar donde pone estas palabras, como he dicho anteriormente, nos da a entender que lo hicieron cuando iba camino del calvario. El evangelista nos narra el pasaje de Simón de Cirene, nos dice que lo llevaban al lugar conocido como Gólgota y en este contexto es cuando nos dice: “le ofrecieron vino con mirra, pero él no bebió”. Este hecho ocurrió en el camino. Parece que San Marcos recogió una costumbre piadosa de una cofradía femenina que había en Jerusalén y que se llamaba de la “Misericordia”, la cual se dedicaba a aliviar los sufrimientos de los condenados a muerte. Esto solo podían hacerlo durante el trayecto hacia el lugar del suplicio y consistía en darles a beber vino mezclado con mirra, pues ésta potencia el efecto embriagador del vino, por lo que podríamos decir que la bebida surtía el efecto de una droga.

¿Si no fue vinagre, qué le dieron a beber en realidad? La mayor parte de los exégetas bíblicos defienden que lo que le dieron a beber fue la “posca”, o sea, una bebida que habitualmente tenían los soldados durante las guardias. La posca era una bebida muy popular en la Antigua Roma, que consistía en una mezcla de vinagre y agua (acetum cum aqua mixtum), en cuya composición se utilizaban vinos de poca calidad que acababan avinagrándose, por lo que era mezclado con ciertas hierbas aromáticas. Era una bebida refrescante, típica del ejército romano y fue probablemente con la que empaparon la esponja con la que dieron a beber a Jesús.

San Mateo y San Marcos nos dicen que se lo acercaron con una caña y San Juan nos habla de un hisopo, pero es imposible que fuera con una rama de hisopo, ya que el hisopo es un arbusto débil que no produce ramas consistentes. El Libro de los Reyes nos dice que el hisopo brota en los muros, aunque no sabemos con certeza si el hisopo que cita la Biblia es el “hisopus officinalis”, ya que éste no crece en Palestina. Además, ¿qué hacía el hisopo – que la Biblia lo cita como algo bendito -, en un sitio inmundo como era el lugar de un suplicio. Algunos exégetas defienden que la palabra “hisopo” es una mala transcripción del copista: confundió la palabra “husspo” (hisopo utilizado por San Juan), con la palabra “husso” (pilum romanum), que era una espada corta que llevaban los soldados. Esa espada corta, que medía algo menos de un metro, si podía elevar una esponja empapada a algo más de dos metros de altura. Con respecto a la esponja, parece más propio pensar que se trataba de un trapo o algo similar que estuviera por allí, ya que los soldados no iban a tener ninguna delicadeza con un condenado a muerte.

Resumiendo: la sed fue uno de los grandes tormentos que sufrió Jesús a lo largo de su Pasión, pero de manera más cruel cuando estaba clavado y levantado en la Cruz. Quién había dicho de Sí mismo que era la fuente de agua viva a la que tenía que acercarse todo aquel que tuviese sed, sufrió la más terrible sed física que pudiera padecer cualquier ser humano. Y la sufrió por nosotros.

Antonio Barrero

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Bibliografía:
– Cabezón Marín, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid 2003.
– Hermosilla Molina, A., “La pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984
– Sagrada Biblia de Jerusalén.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

“Y pusieron sobre su cabeza una corona de espinas”

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

"La coronación de espinas", lienzo de Tiziano Vecellio. Museo Nacional del Louvre, París (Francia).

“La coronación de espinas”, lienzo de Tiziano Vecellio. Museo Nacional del Louvre, París (Francia).

Fracasados todos sus intentos por salvarlo, Pilato condenó a muerte a Jesús; y desde ese momento, el Maestro perdió todos sus derechos legales – si es que le quedaba alguno – y es por eso por lo que se burlan de Él y lo coronan con un casquete de espinas; porque, de no haber sido condenado, la ley romana hubiera impedido este acto tan sádico y tan salvaje. Este acto de salvajismo fue un hecho excepcional porque no estaba previsto en la ley, pero bien es verdad que Jesús quedó a merced de los caprichos de los soldados de la guardia, los cuales se ensañaron con Él. Y no lo hicieron sólo los soldados de la guardia, sino todos los que componían la cohorte: “Entonces los soldados lo llevaron dentro del atrio, al pretorio, y convocaron a toda la cohorte” (Marcos, 15, 16), o sea, unos cuatrocientos soldados. Es fácil imaginarnos que entre tantos salvajes surgieran ideas como ésta: ¡ya que decía que era rey, había que coronarlo!

Es verdad que en una de las piedras del “Lithostrotos” se ha encontrado grabado el llamado “juego del rey”, pero no parece probable que este juego hubiese sugerido este acto, ya que, aunque bajo cuerda se permitía, este juego estaba prohibido por la “Lex Talia”. Era además un juego que normalmente se realizaba durante las fiestas saturnales y desgraciado el soldado al que le tocara, porque cometían con él todo tipo de barbaridades y, finalmente, era sacrificado en el altar del dios Saturno. Éste era un juego de soldados, porque era un juego rudo y bárbaro y a él se sometían quienes querían tener el privilegio de mandar durante unos días, aunque finalmente lo pagase con la muerte.

Fuera mediante este juego o fuera por decisión de algún sádico, a Jesús le hicieron una de las cosas que podrían hacerle a quien le tocase el juego: coronarlo como rey, pero aunque nunca se hacía así, a Él lo hicieron con espinas. Con Él se podía hacer cualquier cosa porque no tenía derecho alguno, y como los soldados conocían que le habían acusado de querer ser rey, pues a burlarse de Él rindiéndole pleitesía.

Además, los soldados de Pilato eran extranjeros que habían participado en distintas escaramuzas y revueltas contra los judíos, a los que odiaban a muerte y ahora tenían a mano a uno de ellos, a un judío indefenso con el que ensañarse. Como Jesús no tenía ningún signo externo de realeza, había que buscarle algunos, y por eso lo sentaron en cualquier lugar que pudiera considerarse como un trono, se preocuparon de que estuviese totalmente desnudo, le pusieron por los hombros una capa corta roja – como si fuera un manto real – y ya sólo les faltaba el cetro y la corona. Con un palo que estaría en un montón de leña le hicieron un cetro y de ese mismo montón cogerían unas ramas finas y secas llenas de espinas. Las ataron alrededor de una cuerda que ajustaron a modo de un casco a su cabeza y trataron de ponérsela como pudieron. Como las espinas pinchaban, para no herirse, posiblemente se la ajustaron con cañas y palos a base de bastonazos. Las púas le traspasaron todo el cráneo, momento que aprovecharían para apretar los cabos de la cuerda por debajo de la nuca y que haría las veces de molde inferior de la corona.

“Ziziphus Spina-christi”

“Ziziphus Spina-christi”

Una vez coronado como rey, comenzaron a burlarse, escupirle y pegarle. Lo dicen los propios evangelistas: “Le golpeaban la cabeza con una caña” (Marcos, 15, 19) y “E hincando la rodilla delante de él, le escarnecían diciendo “Salve, rey de los judíos” y escupiéndole, tomaban la caña y le golpeaban la cabeza” (Mateo, 27, 29-30).

Aunque no se sabe qué tipo de espinas utilizaron, una tradición antiquísima dice que fueron la de la especie “Ziziphus Spina Christi”, que es un arbusto de la familia de los azufaifos muy abundante en los alrededores de Jerusalén y que tiene ramas muy flexibles, llenas de abundantes espinas largas y fuertes. Sin embargo, hay autores que se inclinan por otras clases de arbustos espinosos como el “Ziziphus vulgaris”, “Lacynum spinosus”, “Poterium spinosum” y otros.

Como he dicho más arriba, la forma de la corona era como la de un casco que cubría toda la cabeza y eso se deduce por los rastros de sangre dejados en la Sábana Santa, o sea, que no era la corona que vemos en nuestra imaginería. Era la típica corona oriental, como la que usaban algunos reyes, que cubría toda la cabeza desde las cejas hasta la nuca. En la nuca era donde se anudaban las cuerdas. Era similar – aunque con espinas – al “pileus” romano que usaban para trabajar quienes habían sido esclavos, pero ya eran hombres libres. En las catacumbas romanas de Pretextato hay un dibujo del siglo II, en la que la corona tiene esta forma de “pileus”.

Reconstrucción de la corona de espinas en forma de pileus, siguiendo los datos aportados por la Síndone.

Reconstrucción de la corona de espinas en forma de pileus, siguiendo los datos aportados por la Síndone.

Las espinas le rasgaron el cuero cabelludo y le provocaron importantes desgarros en la cabeza, la nuca y el cuello, sangrando abundantemente por estas heridas; y como le daban golpes y bastonazos, estas espinas pudieron provocarle contusiones cerebrales con la consiguiente ruptura de vasos sanguíneos. Esta sangre que salía por toda la cabeza, se uniría a la sangre coagulada que le cubriría la cara, cabellos y barba debida a los golpes anteriores, por lo que el rostro de Jesús quedaría irreconocible. Cada bastonazo haría retumbar toda su masa cerebral, produciéndole terribles dolores de cabeza y un aturdimiento generalizado, añadido al desconcierto mental producido por la fiebre y la bajada de azúcar en la sangre. Y no nos olvidemos de cómo quedó el cuerpo de Jesús después de la hematidrosis sufrida en el Monte de los Olivos y de los tres días que llevaba de castigos, sin comer ni beber.

Pero no acabaría ahí la cosa en este suplicio, porque al arrancarle violentamente la clámide – que le caía por la espalda y que estaría pegada a todas las heridas – al finalizar toda esta burla para ponerle sus vestiduras y llevarlo al Calvario, todas las heridas se abrirían de nuevo, produciéndole un intensísimo dolor y una nueva pérdida de sangre: “Después de haberle escarnecido, le quitaron la clámide, le pusieron sus vestiduras y lo llevaron a crucificar” (Mateo, 27, 31).

Señor Jesús, Hijo del Dios vivo, que por nuestra salvación sufriste todos estos tormentos, perdona nuestros pecados, ten misericordia de nosotros y concédenos la salvación eterna. Amén.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– CABEZÓN MARTÍN, C., “Así murió Jesucristo”, Edicel, Centro Bíblico Católico, Madrid, 2003.
– HERMOSILLA MOLINA, A., “La Pasión de Cristo vista por un médico”, Sevilla, 1984.
– Sagrada Biblia de Jerusalén.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es