San Peregrino Laziosi

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Detalle de la Gloria del Santo. Lienzo de Francesco Trevisani en la Basílica del Santo en Forlì, Italia.

Pregunta: ¿Podrían hablar de san Peregrino Laziosi, patrón de los enfermos de cáncer y si es cierto que su cuerpo está incorrupto?

Respuesta: Con mucho gusto hablaremos hoy de este santo servita y ya de antemano te decimos que, efectivamente, su cuerpo está incorrupto. Aunque existe una “leyenda sobre el beato Peregrino” escrita por un fraile servita en la segunda mitad del siglo XIV, el principal documento escrito sobre nuestro santo data del 1484, es obra de Niccolò Borghese y se llama “Vita beati Peregrini Foroliviensis”. Este autor fue un notable político y humanista de Siena que redactó esta obra en latín clásico. También existen otros documentos dignos de crédito, pero no entraremos en ellos.

San Peregrino nació en Forlì alrededor del año 1265 siendo hijo único y descendiente por línea paterna de la estirpe de la familia Laziosi. Sus padres se llamaban Berengario Laziosi y Flora degli Aspini. El episodio que dio origen a su vocación se inscribe dentro de los tumultos ocurridos en su ciudad natal en tiempos del Papa Martín IV. El prior general de los Servitas, San Felipe Benizi que estaba de visita en el convento que la Orden tenía en la ciudad, fue perseguido e incluso expulsado de Forlì cuando exhortaba a sus habitantes a tornar a la obediencia al Papa. Peregrino tenía unos diecisiete años de edad y formaba parte de aquellos exaltados. Ese episodio – que lo “olvida” la primera leyenda escrita por el fraile servita – fue realmente un episodio indecoroso pues el joven Peregrino llegó a abofetear a San Felipe (ver artículo del 27 de noviembre del 2010).

Para evitar hablar de este hecho sacrílego, algunos autores lo que hicieron fue atrasar la fecha de su nacimiento al año 1322 y su muerte, al 1402, pero la realidad es que aquel acto fue real y de hecho existe alguna pintura que los representa juntos e incluso Fray Miguel Poccianti lo recuerda en su “Chronicon” del 1567. Los “Annales” de la Orden de 1618 lo confirman y actualmente, todos los biógrafos del santo recuerdan aquel episodio como cierto. Así, desde principios del siglo XVI se da por cierta la fecha del nacimiento en 1265 y muerte, en 1345.

El Santo rezando ante un cuadro de la Virgen. Lienzo de Girolamo Reggiani, Basílica del Santo en Forlì, Italia.

Cuando tenía unos treinta años de edad, o sea, entre el 1290-1295, arrepentido, entró en la Orden pero no con la intención de ordenarse como sacerdote. No se sabe con certeza qué pasó en el tiempo transcurrido desde el episodio de Forlì hasta que entró en la Orden. Hay quienes dicen que siguió como penitente a San Felipe e incluso que fue este quién le indujo a tomar el hábito. Estas hipótesis pueden ser ciertas, pero seguridad absoluta no existe. También es posible que las medidas adoptadas por el Segundo Concilio de Lyon referentes a los Órdenes mendicantes, atrasaran el año de ingreso de San Peregrino en la Orden de los Siervos de Maria.

Contrariamente a lo prescrito por las constituciones antiguas de la Orden, Peregrino fue admitido como novicio no en el convento de su lugar de origen – Forlì – sino en Siena. Esto pudo hacerse con la intención de obviar lo allí sucedido. En el convento de Siena, estuvo solo el año de noviciado y allí conoció a los beatos Joaquín y Francisco de Siena. Con treinta y un años de edad fue enviado a su ciudad natal y allí permaneció hasta el día de su muerte.

Se distinguió por la observancia de todas las normas y costumbres monásticas, por sus oraciones en el coro, sus ayunos, vigilias, lectura de la Biblia y por sus frecuentes confesiones. Era extremadamente caritativo con los pobres y sobre todo, rigurosísimo consigo mismo; se dice que durante treinta años jamás se sentó. Esta penitencia le pasó factura y cuando tenía unos sesenta años de edad le salió una llaga en su pierna derecha a causa de las varices y esto pudo comprobarse en el reconocimiento canónico realizado a su cuerpo incorrupto, el 16 de abril del año 1958.

Esta llaga adquirió tales dimensiones que el médico Paolo di Salaghis determinó que era inevitable amputarle la pierna, pero la noche anterior a la operación quirúrgica, San Peregrino, agarrándose como pudo, se arrastró ante una imagen de Cristo Crucificado implorándole que le curara. Dolorido, se durmió y en sueños vio como Cristo descendía de la Cruz para librarlo de la enfermedad. Despertó y dando gracias a Dios volvió a su celda. A la mañana siguiente cuando el médico llegó para cortarle la pierna, sólo pudo confirmar la curación milagrosa y como es lógico, la noticia se corrió como la pólvora por toda la ciudad.

Milagro de la curación del Santo. Lienzo de Simone Cantarini, justo encima del sepulcro del Santo. Basílica del Santo en Forlì, Italia.

San Peregrino murió consumido por la fiebre, siendo octogenario, alrededor del año 1345. Su cuerpo fue puesto en el coro del convento y por allí pasaron todos los habitantes de Forlì para darles su último adiós. Sucedieron algunos milagros y se habla de la curación de un ciego al cual bendijo el santo incorporándose del féretro, así como la liberación de una endemoniada (!!!).

El autor de la primera leyenda de San Peregrino (el servita que la escribió en la segunda mitad del siglo XIV) no se limita exclusivamente a narrar la vida del santo, sino que hace hincapié en la espiritualidad del mismo, dice de él que era un místico e incluso llega a ponerlo como modelo a seguir por todos los frailes de la Orden. Dice que el centro de su vida era su inmenso amor a la Virgen por ser la Madre de Cristo y de todos los hombres y porque la reconocía como medianera de todas las gracias. Dice que la Virgen estaba en los inicios de la vocación del santo y fue precisamente por eso por lo que entró en la Orden de los Servitas en vez de entrar en otra Orden mendicante. María es quien le propone entrar en su Orden y le dice que le ayudará a encontrar a su Hijo y el joven Peregrino le responde con prontitud dispuesto a seguirla en todo aquello que ella le encomiende.

Tanto San Peregrino Laziosi como San Felipe Benizi son los dos santos que han gozado de más veneración dentro de la Orden. El primer testimonio de culto fue que no se le enterró en el suelo sino en un hueco hecho a propósito en la pared de la capilla de la Virgen Coronada en la propia iglesia.

La difusión de su culto fue pareja con la expansión geográfica de la Orden. No existía ninguna nueva fundación en la región de la Emilia Romagna, en la que de una forma u otra, San Peregrino no estuviese presente: Rimini, Cesena, Forlimpopoli, Faenza, Imola, Bologna, Sassuolo, Ferrara, etc. En Forlimpopoli, los habitantes se empeñaron en tener una reliquia suya y hasta que no la consiguieron el 30 de julio de 1636, no pararon.

Vista de la urna que contiene el cuerpo incorrupto del Santo. Basílica del Santo en Forlì, Italia.

Otro tanto ocurría en otras regiones italianas y así, su culto se propagó rápidamente por Siena, Mantova, Bergamo, Venecia, Turín, Génova y otras muchas ciudades. En esto, ayudó mucho la labor realizada por el padre Carlos Antonio Tassinari, que era originario de Forlì y confesor de Santa Verónica Giuliani, la cual era también muy devota de San Peregrino, ya que también ella había sido curada de una infección en una pierna que estuvo a punto de convertírsele en una pura llaga. Su culto saltó de Italia al resto de Europa, extendiéndose especialmente en Alemania, Austria y España.

El primer proceso diocesano sobre “cultu ab inmemorabili” se inició el día 30 de julio de 1608 con el reconocimiento canónico de sus reliquias. De allí pasó a la Congregación de Ritos encargándose de su estudio el santo cardenal Roberto Bellarmino, que el 21 de marzo de 1609 dio su respuesta favorable. Así, el 15 de abril siguiente, el Papa Paulo V concedió inscribirlo en el Martirologio junto con el beato Joaquín de Siena. Eso equivalió a la beatificación. Entretanto se decidió transferir el cuerpo del santo a una nueva capilla más suntuosa, al lado derecho de la iglesia. El traslado se hizo el 16 de mayo del 1639.

Las primeras instancias para que se canonizara solemnemente fueron presentadas al Papa Urbano VIII en el año 1644, pero aunque estas instancias estaban apoyadas por la República de Venecia y el ducado de Mantova, la Causa estuvo latente hasta que el Papa Inocencio XII, en el año 1696 autorizó la apertura de un segundo proceso diocesano que concluyó el mismo año y que fue aprobado por la Congregación de Ritos el 26 de agosto de 1702. Junto con San Juan de la Cruz y San Francisco Solano, fue solemnemente canonizado el 27 de diciembre del año 1726.

Detalle de los pies incorruptos del Santo. Basílica del Santo en Forlì, Italia.

El Papa León XIII lo declaró oficialmente patrono principal de la ciudad de Forlí. Su fiesta litúrgica se celebraba el día 1 de mayo porque desde siempre se ha creído que ese fue el día de su muerte, aunque en el calendario se la Orden figuraba el día 2. Con la reforma del 14 de febrero del 1961, su festividad se ha pasado al día 3 de mayo.
Es patrono de los enfermos que tienen cáncer y de los que padecen de SIDA.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Beato Eneas Utili: humilde siervo de María y de Jesús

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Lienzo del Beato en la iglesia de San Felipe de Faenza, Italia. Fuente: Alinari.

Cuando se piensa en el nombre Eneas nos viene a la mente el mito greco-romano, el hijo del mortal Anquises (primo de Príamo, rey de Troya) y de Afrodita-Venus, diosa de la belleza.
Eneas, principe de los Dárdanos, participó en la guerra de Troya, al lado de Priamo y de los troyanos, durante la cual se distinguió muy pronto en la batalla. Guerrero valiente, sin embargo asumió un papel secundario en la Iliada de Homero.

Él es el protagonista absoluto de la Eneida de Virgilio: los acontecimientos posteriores a su fuga de Troya, que se caracteriza por largas peregrinaciones y muchas pérdidas, lo hacen favorecido por la ira de Juno y terminará con su llegada al Lazio y con su matrimonio con la princesa Lavinia, hija del rey local Latino.
La figura de Eneas, prototipo del hombre obediente a los dioses y humilde frente a su voluntad, fue recogida por numerosos autores antiguos, como lo hicieron Virgilio y Homero, como Quinto Smirneo en las Posthomericas. Es un héroe destinado por el destino a la fundación de Roma.

En la historia de la Iglesia, este nombre fue llevado también por un importante pontífice: Pio II (Enea Silvio Piccolomini), conocido como “Papa Piccolomini”.
Es el pontífice que embelleció Pienza, en la cual había nacido y fue llamado Eneas porque la Gens Iiulia con la que estaba emparentado, a través de los Amidei de Florencia, decían que Eneas, hijo de Venus, era el primer miembro de su familia. Es también el pontífice que en julio de 1461 canonizó a Santa Catalina de Siena, ahora patrona de Italia y de Europa.

En el siglo XV, además de este pontífice que no es venerado como santo, la Iglesia Católica recuerda entre sus hijos a un Eneas, nacido en Faenza, llamado: Eneas de Faenza. El culto a este religioso de los Siervos de María (Servitas) es confirmado por la presencia de un fresco, que ahora se encuentra en el obispado y que estaba en la iglesia de los Siervos de María en Faenza. Además, otras obras de arte lo representan con otros beatos de la Orden de los Servitas.

Portada de la Vita de los Santos y Beatos Servitas de la ciudad de Faenza, Italia.

En una pintura al óleo del siglo XVII, donde el beato tiene sus manos cruzadas sobre el pecho y mira al cielo en oración, se contiene el siguiente escrito:
B.(EATUS) AENEAS DE FAVENTIAS VIRTVTIBVS ET MIRACVLIS CLARVS OBDORMIVIT IN DNO ANNO 1437.
Que podemos traducirlo como: El Beato Eneas de Faenza que brilló por su virtud y milagros, se durmió en el Señor en el año 1437.

Del Beato Eneas se habla en una obra del 1741 del sacerdote faentino Romoaldo Maria Magnini, cuyo título es: “Vite de’ Santi, Beati, Venerabili e Servi di Dio della Città di Faenza”, y que está guardado en la biblioteca pública de Lyon.
Magnani escribe de él diciendo que había nacido en Faenza en el seno de la noble familia de los Utili, y que desde su infancia parecía cautivado por Dios, por lo que se aislaba de los juegos retirándose en oración. Ya adulto solicitó permiso a su familia para hacerse religioso y entró en la comunidad de los Siervos de María en Faenza, vistiendo con mucha alegría y consuelo el hábito de los siervos de María en su tierra natal.

Realizó el noviciado con “modestia, humildad y obediencia… y diligente en los estudios”. Luchó contra las tentaciones y pasó muchísimos días en recogimiento, sin hablar, salvo que le fuese impuesto por obediencia. Humilde con todos, asiduo en la oración y en la meditación a fin de custodiar dentro de si el sentirse ante la presencia divina. Tenía un gran sentido acerca de lo que era el pecado y la custodia de la gracia divina, lo que le hacía llorar frecuentemente lamentando cualquier defecto que encontrase cuando realizaba examen de conciencia.

Era un profundo devoto de la Madre de Dios y se sentía muy honrado por llevar el hábito de sus siervos. La honraba con pequeños y tiernos gestos y con el rezo diario de su oficio. Fue visto a menudo en éxtasis cuando en la iglesia se adoraba al Santísimo Sacramento: cuando terminó el noviciado tuvo la gracia de comunicarse con él tres veces a la semana.

Fachada de la iglesia de los Servitas en Faenza, Italia.

Cuando fue ordenado de sacerdote, celebraba el Divino Sacrificio “como si fuera un ángel”. Fue un celoso religioso en la vivencia de la Regla de la Orden, un excelente predicador de la Palabra de Dios y fue llamado “Hermano Santo” por su testimonio de vida en continuo ayuno. Murió santamente y fue llamado “beato” desde el mismo momento de su muerte, acaecida en Faenza el día 15 de noviembre del 1437.

Su gran virtud fue la humildad, que siempre se la pedía al Señor, el cual siempre le oyó. De hecho, del Beato Eneas, poco o nada se sabe, pues todo quedó en la humilde oscuridad de su vida religiosa: de él poco hablan los historiadores; su santidad parece que es sólo conocida por el Señor. Como el héroe de Troya Eneas fue prototipo de hombre obediente a los dioses y humilde frente a su voluntad, el Beato Eneas de Faenza, también tuvo el don de la obediencia y de la humildad.

Damiano Grenci

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Beata María Guadalupe Ricart Olmos, religiosa servita mártir

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Estampa contemporánea de la Beata en su hábito de servita, compuesta a partir de una fotografía original suya.

En nuestro recorrido para honrar y conmemorar a las mujeres mártires de la Guerra Civil española, hoy nos detenemos para hablar de una religiosa servita valenciana, la madre María Guadalupe Ricart Olmos, que fue una de las 296 religiosas asesinadas en la persecución religiosa desencadenada durante este terrible conflicto bélico. De hecho, es la primera servita mártir.

Infancia y juventud
Nuestra protagonista de hoy nació en Albal (Valencia) el 23 de febrero de 1881, la segunda hija de Francisco Ricart Garcés y María Olmos Dalmau, modestos labradores, con fe y costumbres profundamente cristianas. Fue bautizada con el nombre de María Francisca. Su hermano mayor se llamaba José y sus hermanos menores fueron Antonio y Filomena. En 1885, cuando no tenía más que cuatro años de edad, falleció su padre de enfermedad; por lo que su madre, viuda con cuatro hijos, tuvo que afrontar el sacar adelante a la familia y educarlos en la fe cristiana. Desde muy pronto tuvo que ayudar a su madre en las tareas domésticas y en el cuidado de sus hermanos.

A los siete años fue a la escuela del pueblo por primera vez, frecuentándola hasta los catorce. Era una niña buena, vivaz, inteligente, piadosa y especialmente devota de la Virgen María. A los diez años, el día de su Primera Comunión, sorprendió a todo el mundo con la firmeza de su voluntad, pues prometió públicamente que sería siempre fiel a Jesucristo, hasta la muerte. Promesa que cumpliría. Desde ese momento, participó activamente en las actividades de la parroquia de Santa Ana de Albal.

Aunque tenía un carácter vivaz y enérgico, su dulzura natural la hacía muy apta para dirigir y ordenar. Por ello, la maestra de su escuela le encargaba ocuparse de los más pequeños, a los que entretenía de forma admirable. Se le daban muy bien las labores, la música y el canto, que aprendió de Francisca Peneli, quien después profesaría como Esclava de María Inmaculada y sería martirizada junto a ella el 2 de octubre de 1936.

Sierva de María
A los 15 años sintió la vocación a la vida consagrada e ingresó en el antiguo monasterio de Nuestra Señora al Pie de la Cruz de Valencia, que pertenecía a la segunda orden de los Siervos de María y era conocido como “el convento de las monjas servitas”. Esta institución tenía mucho prestigio y una gran tradición secular, más tarde; debido a las exigencias de la urbanización, sería trasladado a Mislata, donde sigue actualmente.

Tapiz de la beatificación de la mártir, en su hábito de servita.

Pasado el año de noviciado, emitió la profesión solemne el 19 de junio de 1897, fiesta de Santa Juliana Falconieri OSM, momento en que cambió su nombre por el de María Guadalupe. Las cualidades naturales que ella tenía -viveza, energía, espíritu de trabajo, talento, amor a la verdad y a la justicia- las fue perfeccionando a través de la oración y la mortificación interior.

La comunidad, dándose cuenta de su valor religioso y moral y de sus aptitudes para la dirección, la puso al frente de diversos cargos: procuradora (1926-1928), maestra de novicias (1928-1931), priora (1931-1934), y nuevamente maestra de novicias (1934-1936). En estos cargos siempre se cuidó de promover la observancia de la Regla y el amor a la Orden de los Siervos de María, el decoro en el Oficio Divino, el espíritu de caridad y penitencia y la educación de sus discípulas. Sus trienios de priora y de maestra de novicias fueron épocas de paz, sin quejas ni desavenencias. Tenía una hermosa e instruida voz de contralto, por lo que fue cantora de plaza y procuraba que todas las monjas cantasen con la mayor solemnidad en las funciones del culto divino. Tenía, también, una profundísima devoción a la Pasión de Nuestro Señor, a la Virgen Dolorosa y a los Siete Santos Fundadores de la Orden, por cuyo amor se ofrecía víctima al Señor.

La persecución
En los años de la Segunda República (1931-1936) las tensiones políticas se agudizaron y los ataques a la Iglesia y a las instituciones religiosas se hicieron muy frecuentes, obligando en más de una ocasión a que las monjas servitas abandonaran la clausura y buscaran casas donde refugiarse. En estas ocasiones, Guadalupe, como priora, siempre mostró un ánimo más decidido que las demás monjas. En el locutorio del monasterio solía hablar con otras religiosas del clima de persecución y de lo que podía suceder. Ya soñaba con el martirio, diciendo: “¿Quién será la elegida? ¿A quién arrastrarán por la ciudad?” Una religiosa comentó: “Yo les pediría que me disparasen por la espalda”, a lo que Guadalupe respondió convencida: “Pues yo diría que me disparasen de frente”. La seguridad y calma con la que afrontaba la idea del martirio la explicó así: “Yo, por mí sola, tendría miedo; pero ya no confío en mí, sino en Dios. Si Él me quiere mártir, me dará lo que necesito para serlo”.

El 20 de julio de 1936 hubieron de salir todas definitivamente del convento y se refugiaron en la casa de un antiguo portero del mismo, Ricardo Brull, que vivía en la calle Rey Don Jaime, nº10. Él las amparó y trató como un padre, y sólo las dejó marchar cuando se vio obligado por las graves amenazas que recibió del comité marxista.

Última fotografía tomada de la Beata, cuando ya estaba refugiada en casa de su hermana, vestida de seglar. Esta fotografía se ha utilizado para la elaboración de sus estampas e imágenes.

Así pues, Guadalupe se marchó a su pueblo natal, Albal, donde la recibió en su casa su hermana Filomena; quien, por mayor seguridad y discreción, la trasladó a casa de su hija casada, María Muñoz. Sin embargo, a agravarse la situación y temiendo por la vida de su hija, Filomena decidió llevarse de nuevo a Guadalupe a su casa, a los pocos días.
Sin embargo, Guadalupe no dio el menor motivo de preocupación a sus protectores. Todo el tiempo que estuvo con su hermana no salió de casa, emulando la clausura del convento. En sus ratos libres ayudaba en los quehaceres domésticos de la casa. Cuando era visitada por sus sobrinos y demás familiares, que acudían a verla con gran sigilo, ella los animaba con palabras de aliento. Y cuando le referían los muchos asesinatos de sacerdotes y religiosas que estaban aconteciendo, ella, lejos de asustarse, envidiaba su martirio. Así pasaron, entre inquietudes y temores, los meses de agosto y septiembre.

Detención
Pero el día 2 de octubre de 1936, entre la una y las dos de la madrugada, cuando todos en casa de Filomena dormían, se paró un coche a la puerta -calle de la Torre, nº12- y de él bajaron cuatro milicianos armados que golpearon bruscamente en la puerta. Como nadie respondía, se acercaron a la ventana de la alcoba donde dormía el dueño de la casa y dijeron: “Abre, José, somos nosotros, tenemos necesidad de entrar”. Se levantó José y les abrió, entraron en su casa los cuatro milicianos y le dijeron, de pronto, que entregase las armas que tenía escondidas. Él, pasmado, dijo que en su casa no había armas de ninguna clase. A pesar de sus explicaciones, le dijeron que traían orden de hacer un registro y a tal efecto se quedó un miliciano vigilando el coche, otro se quedó en la entrada, y los dos restantes, acompañados de los dueños de la casa, registraron todos los rincones. Naturalmente no encontraron nada de armas, pero sí encontraron un escapulario de la Virgen del Carmen, por lo que dijeron al dueño: “Esto es un gran peligro para ti”.

A causa del ruido generado por el registro, Guadalupe, que dormía en una habitación de la planta baja, se despertó y enseguida supo que venían a por ella, pues en el pueblo todos sabían que se había refugiado en casa de su hermana y el tema de las armas era una excusa para cazarla a ella. Tranquilamente se vistió de seglar, tomó su libro de la Liturgia de las Horas y salió al encuentro de los milicianos, serena y tranquila. Ellos enseguida se dirigieron hacia ella, preguntándole: “¿Quién es usted?”. “Soy la hermana de la dueña de la casa”, respondió Guadalupe. “¿Es casada o soltera?” le dijeron. “Estoy casada con Dios”, replicó ella, con entereza y valentía. Se quedaron de piedra al ver con qué naturalidad lo afirmaba: “¿Es usted monja?” “Soy monja, dijo ella, y si naciese mil veces lo sería al Pie de la Cruz”. El convencimiento y seguridad con que lo dijo indignó a los milicianos, que le ordenaron: “¡A usted buscamos solamente, véngase, pues, con nosotros!”; y ella, animosa, replicó: “¡Vamos, pues!”.

Fotografía del cadáver de la Beata, tal cual fue encontrado.

No tenía ningún miedo. Tomó su libro, su crucifijo y el escapulario; y dio las gracias a su cuñado por la buena acogida que le había dispensado, prometiéndole corresponderle desde el cielo con sus oraciones. Como vio que tanto él como su hermana lloraban consternados, los tranquilizó diciéndoles: “No lloréis por mí, pues me llevan para matarme y dar la vida por Aquel que primero la dio por mí”. Luego se subió al coche y dijo tranquilamente a los milicianos: “¿Me queréis sacrificar porque soy monja? Pues sabed que me haréis un gran favor; vosotros ignoráis el bien que me hacéis, en un instante me abrís la puerta del cielo. Siempre os lo agradeceré rezando por vosotros”. En verdad, sus palabras ponen los pelos de punta.

Fue conducida al comité local, donde la reunieron con otras religiosas detenidas en Albal: las Siervas de Dios Francisca Peneli y las hermanas carnales Asencio Vila, de quienes quizá hable en otra ocasión. Tras un simulacro de juicio y la condena a muerte, las llevaron al lugar del fusilamiento, donde concurren los términos municipales de Silla y Picassent, cerca de la Caseta del Sario y la Torre Espioca, en la carretera provincial de Madrid. Allí fueron las cuatro asesinadas a tiros, a las cuatro de la madrugada del día 2 de octubre. Guadalupe tenía 55 años de edad.

Martirio
Los detalles de su martirio son conocidos gracias a, en primer lugar, el testimonio de sus asesinos, un matrimonio de milicianos que serían posteriormente identificados y revelaron dicha información; y también por el estado del cadáver, monstruosamente destrozado y desfigurado, en el momento en que fue hallado.

Hay constancia por ello de que la patrulla asesina quedó perpleja ante la mansedumbre, dulzura, serenidad y fortaleza de ánimo con que Guadalupe afrontó su propia muerte. Incluso cuando se vio encañonada, ella les dirigió palabras de misericordia, perdonándoles de todo corazón lo que estaban haciendo. Llegado el momento de cumplir las órdenes, no se decidían a matarla, afectados por lo que estaban oyendo de su víctima. Entonces, una compañera miliciana, montando en cólera, gritó: “¡Cobardes! Yo misma la mataré”. Y no sólo la mató sino que la sometió a insufribles vejaciones y maltratos, como se dedujo del estado en que quedó el cuerpo.

Al amanecer del día 2, un sobrino de la mártir, dotado de un salvoconducto, fue en su busca. Halló su cadáver en el lugar referido, en un estado espantoso: boca arriba, sobre un charco de sangre, desnuda de cintura para abajo y con las piernas abiertas. Tenía el tiro de gracia sobre la sien y otros tiros por todo el cuerpo, uno de ellos en los genitales, que le habían desgarrado con un cuchillo, abriéndola desde la vulva hasta el vientre, y por donde le habían introducido su propio crucifijo. Horrorizado, el sobrino tomó el libro de la Liturgia, que estaba tirado a su lado, y lo abrió, usándolo para cubrirle las partes íntimas. Luego corrió a buscar ayuda.

Vista del actual sepulcro de la Beata. Monasterio de Nuestra Señora al Pie de la Cruz, Mislata (Valencia, España).

Semejante acción, incalificable, esconde un claro insulto y desprecio a su virginidad consagrada, como ocurrió con las Beatas Fradera. El médico legal, Dr. Delfino Martí Fosar, confirma estos horrendos detalles en su informe: “Todavía estaba boca arriba, descubierta de cintura para abajo, con las piernas separadas y presentaba un disparo de fusil en la zona de los genitales”. El enterrador, D. Vicente Peris Vila, añade: “Al moverla y al levantar el cuerpo, salió abundante sangre por la herida abierta del pecho a la espalda; parecía que había recibido un disparo de frente, ya que por el pecho apenas había sangre (…) Las heridas que tenía por el disparo que atravesaba las dos sienes perdían poca sangre: es posible que fuera el tiro de gracia”. Este testimonio fue confirmado por el último análisis de los huesos durante el reconocimiento de las reliquias, donde se constataron diversos orificios de bala en el cráneo y en las caderas, de las cuales se ha podido extraer una bala, que se conserva junto a sus restos en su nuevo sepulcro.

Glorificación de la mártir
El cuerpo de Guadalupe fue enterrado en la fosa común del cementerio de Silla. En marzo de 1940, acabada la guerra, las monjas servitas empezaron a hacer gestiones para recuperar el cuerpo de su mártir. En la exhumación realizada apareció no sólo su cuerpo, sino también el de su prima sor Josefa Ricart Casabant, que era carmelita.
Los restos de sor Guadalupe fueron trasladados al monasterio de Nuestra Señora al Pie de la Cruz, en el puerto de Valencia, donde ella había vivido. Cuando el convento se trasladó a Mislata, los restos de la mártir fueron colocados en un nicho del cementerio del nuevo convento.

Ya el 24 de enero de 1958, se constituyó en el Arzobispado de Valencia el Tribunal Eclesiástico nombrado para el proceso de beatificación. El proceso, terminado y aprobado, fue enviado a Roma, a la Sagrada Congregación de Ritos, donde sufrió una larga paralización por razones políticas. También, probablemente, por el incómodo relato de cierto testimonio que afirmó haber soñado con la mártir, quien le rogaba que rezase por ella, que estaba abrasándose en el Purgatorio y ansiaba ir al cielo. Como es lógico, esto resultó teológicamente inadmisible porque la entrega generosa y valiente de la mártir, que perdonó de todo corazón a sus asesinos, significaría en todo caso el inmediato abrazo del Padre, purificada de cualquier pecado que pudiese tener al lavarse con su propia sangre, muriendo por Cristo.

El P. Ángel María Ruiz, OSM, incensa la nueva imagen de la Beata, bendecida en la ceremonia del 125 aniversario de su nacimiento.

Finalmente, el proceso fue aprobado por la Congregación de las Causas de los Santos el 17 de julio de 1987. El 2 de diciembre de 1998 se celebró con resultado satisfactorio la Congregación Peculiar de los Teólogos Consultores. El Decreto del martirio, declarando solemnemente que sor Guadalupe había sido muerta in odium fidei, fue dado en Roma el día 28 de junio de 1999.
Por último, fue beatificada por el papa San Juan Pablo II el 11 de marzo de 2001, en la plaza de San Pedro del Vaticano de Roma, en la ceremonia de la masiva beatificación de todos los mártires valencianos. Su fiesta litúrgica es el 3 de octubre.

Dios Padre Santo, Tú que por medio del Espíritu Santo alientas a los perseguidos por causa de tu Hijo Jesucristo y nos llenas de valor y fortaleza para que, con una fe sólida y una esperanza firme, den testimonio del Evangelio, te rogamos nos concedas (…) por intercesión de la Beata María Guadalupe, quien, sostenida por tu gracia, no vaciló en el momento del martirio, sino que se unió gozosa a la Pasión del Redentor y a los Dolores de su Madre al Pie de la Cruz.
Por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.
Beata María Guadalupe, ruega por nosotros.

Meldelen

Bibliografía:
– GONZÁLEZ RODRÍGUEZ, María Encarnación; “Una monja de la Orden de las Siervas de María (Servitas): María Guadalupe” (pp-571-572) en “Los primeros 479 santos y beatos mártires del siglo XX en España. Quiénes son y de dónde vienen”. Ed. EDICE, 2008.
– RODRÍGUEZ FERNÁNDEZ, Gregorio: “El hábito y la cruz. Religiosas asesinadas durante la Guerra Civil Española (1936-1939)”. Ed. Edibesa, Madrid 2006.
“Madre Guadalupe, monja Sierva de María, virgen y mártir”. Hoja informativa de la Vicepostulación Beata Mª Guadalupe Ricart Olmos, OSM. Hoja nº 28, septiembre 2009.

Enlace web (12/09/2012):
– http://madreguadalupe.com/

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Vosotros sois la luz del mundo (IV)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Detalle de una estampa devocional contemporánea de la Madre Lucia Perotti.

Madre Lucia Perotti
Esposa, madre y fundadora.

Lucia Perotti nació en Cremona el día 18 de noviembre de 1568, siendo hija de Giuliano Perotti y de Angela Tinti, ambos de noble familia. Estudio con las Hermanas Angélicas, donde recibió sus primeras enseñanzas y una profunda educación cristiana. La muerte de su madre en el año 1593 determinó un cambio en su vida y no solo por la pérdida del afecto más grande que una cristatura pueda tener, sino por las muchas dificultades que se le vinieron encima.
Lucia encontró confortamiento en la atención afectuosa de una señora, vecina de su casa y mujer devota, esposa de Giuseppe Somenzi, pero poco tiempo después también perdió este afecto. Los Somenzi casaron a Lucia, y el matrimonio fue considerado un buen partido por el patrimonio de ella.
De esta unión, que duró dos años y medio, nació una hija, Isabel, pero los designios de Dios a veces no coinciden con los proyectos humanos, pues en breve tiempo, Lucia perdió a su hija y su esposo se vió forzado a regresar a la casa de sus padres.

Lucia, que era generosa y espléndida estaba dotada de un ingenio penetrante e inventivo. Ella sabía que esos ideales eran auténticos, humanos, que sus ideales no eran un sueño: eran deberes, eran energía, eran esperanzas que se perfilaban en el horizonte de su historia personal y que con luz favorable, crecerían y le harían demandas exigentes y vivas. Lucía, después de escuchar las predicaciones sobre la verdades fundamentales de la fe por parte de Fray Bartolomeo Cambi de Salutio, animada por un celo ardiente, decidió renunciar a las vanidades del mundo. Después de haber sentido una fuerte inspiración de Dios que la animaba a poner en práctica su proyecto, se vió agobiada por unos disturbios interiores y por la melancolía y recurrió a la Santísima Virgen implorándo que la iluminara y así el 21 de noviembre del año 1609, confirmando su incertumbre, se le apareció la Señora que la animó a continuar por su camino. Desde ese momento Lucia se convierte en inamovible y prosiguió en su intento.

El 6 de mayo de 1610, festividad de San Juan “ante portam latinam”, Lucia Perotti se retiró a una casa cercana a la iglesia de San Omobono con sus primeras compañeras, las tres hermanas Reina: Constanza, Teodora y Octavia y en el 1618 con la ayuda y el apoyo del padre jesuita Giovanni Mellino, escribió su primera regla, después de que su Colegio hubiera sido aprobado por el obispo de Cremona, Monseñor Giovanni Battista Brivio, que lo había hecho el día 2 de febrero, fiesta de la Purificación de la Virgen del año 1612.

El objetivo de Lucia, lo que ella quería para sus hijas, era la propia perfección y la educación de las niñas nobles, dándoles instrucciones espirituales, instruyéndolas en las virtudes cristianas, enseñándoles los nobles adornos de la lectura, de la escritura y de los buenos modales. El Colegio de la Santísima Virgen fue una novedad en aquellos tiempos; las madres no habían tomado conciencia de ello, ya que habían adoptado la vida en común pero no cómo una orden monástica de clausura. Pero aquella experiencia era una novedad, porque la Madre Lucia Perotti quiso que, junto a las educandas internas, estuvieran también las educandas escolares, es decir, aquellas que pertenecían a familias normales y sin recursos para las cuales, la enseñanza, era gratuita. Se acusó a la Madre de ser demasiado “atrevida”, pero el Colegio supo vivir desde un principio una síntesis equilibrada, una intensa vida interior y el apostolado educativo.

Estampa moderna de Sor Lucia Dini y las Siete Fundadoras de las Siervas de María con la Virgen Dolorosa.

Sor Lucia Dini de Pisa
Sierva de Maria.

Estamos en la ciudad de Pisa, donde desde hace tiempo existía una obra verdaderamente meritoria al servicio de los enfermos junto al hospital de Santa Clara: las oblatas hospitaladias de Santa Clara. En esta obra, entraron como miembros consagrados siete muchachas: Auxilia Pardelli, Placida Brogi, Maria y Domínica Sassetti, Martina y Raquel Grisanti y Lucia Dini. Ciertamente, la Divina Providencia estaba viendo en estas siete jóvenes generosas, de ánimo bueno y sincero, que desde el principio de su vocación habían puesto como fundamento la fidelidad a Dios y su propia consagración a la Iglesia. Solo por esta generosidad y honestidad de corazón, Dios y la Santísima Virgen las guardaban con un amor admirable, entreviendo ya a través de su santa obra, que estaban comprometiéndose con la mística viña del Monte Senario, de los Siervos de María.

El Maligno, seductor y mentiroso, siempre está dispuesto a traer la división y el mal al rebaño de Dios, porque a través de las cosas malas del hombre, puede alejarle de Dios lo que hace más fácil para él el destruir las obras buenas. En el hospital de Santa Clara crecía una mentalidad masónica, que nacia de los propios administradores, los cuales provocaban a las buenas hermanas oblatas con vejaciones, sufrimientos y humillaciones gravísimas. Sus intenciones eran revivir la misma historia de la Florencia medieval, cuando las guerras, la falsedad y la enemistad se impuso entre los hermanos, causando un gran sufrimiento en el corazón de los Siete comerciantes (Los Siete Santos Fundadores de los Servitas). Ellos lo abandonaron todo y confiados en que la justicia y la verdad valían más que todos los bienes terrenales, marcharon al Monte Senario buscando al Dios del amor.

Era el mes de agosto del año 1895 y con el permiso del arzobispo de Pisa, Fernando Capponi, las siete jóvenes abandonaron el hospital para vivir con intensidad y fidelidad su vocación. No les faltaron pruebas ni persecuciones, que siempre están al asecho para luchar contra las obras de Dios, pero cuanto mayor era el sufrimiento, más nacía en los corazones de estas mujeres de Dios una tenaz voluntad con la intención de llevar a cabo el camino que se habían trazado. En su calvario inicial, Dios puso ante ellas a un verdadero Siervo de Dios, el canónigo Ludovico Rossi, terciario de los Siervos de Maria y que había sido inspirado por Dios en aquellos días de sufrimientos y de pruebas; él dijo a las siete hermanas: “No desmayeis: vosotros sereis hermanas de la Dolorosa.

Este bagaje de experiencia y de fe animó el camino de estas hermanas y se esforzó en hacer de conexión con la Orden para que ellas comenzaran su trabajo. Las siete, número privilegiado y bendito, iniciaron el camino ingresando en la Orden como terciarias, tomando el hábito el día 28 de diciembre del año 1895 con los nombres de: Sor Juana, Sor Juliana, Sor Teresa, Sor Agustina, Sor Electa, Sor Concepción y Sor María. El 11 de febrero de 1896 hicieron sus votos dedicándose por completo, como ángeles delicados y amables, al servicio de quienes sufrían. Se inició así la Congregación de las Hermanas de la Dolorosa Siervas de Maria de Pisa.

El amor en común, la verdadera fraternidad y la paciencia eran las reglas fundamentales de la vida de estas criaturas, imprimiendo en su comunidad un verdadero perfume de santidad. Sus deseos eran que en la casa común en la que vivían reinase solo el amor de Dios: “un clima de fraternal concordia, de unión profunda, de paz envidiable”.
Su ejemplo de amor fraterno llevó a otras muchas a seguirlas en ese común ideal, por lo que cada vez crecía más la comunidad bajo la guía de Sor Maria y de los hermanos de su Orden, que fueron para aquella nueva Congregación, hermanos, consejeros y guías.

El servicio a los enfermos se convertía siempre en su mayor baluarte, llevando en “medio de los dolores, la bendición, la consolación y la esperanza en el Señor”. Este espíritu era similar, estaba impregnado de aquel de los Siete Santos Fundadores y las llevaba siempre por el mismo camino; el día 1 de noviembre del año 1916, el padre Lepicier, prior general de la Orden, agregó oficialmente a las Hermanas de Pisa a la Orden de los Siervos de Maria.

Estas siete terciarias, las primeras hermanas, mujeres que por su simplicidad y pobreza de vida habían demostrado tener grandes aspiraciones y una profunda fe, son consideradas las fundadoras de esta obra sublime, que como los Siete Fundadores florentinos, han reconocido que la solo guía y maestra, la verdadera fundadora del Instituto, es la Bienaventurada Virgen Dolorosa, compañera triste y silenciosa, pero llena de fe y de coraje, del sufrimiento de Cristo, crucificado y abandonado.
Detrás de Maria, ellas también se han convertido en los compañeros del dolor de todos los crucificados de la historia, por lo que merecen ser recordadas y la gloria: porque la verdadera gloria no es la vanidad del mundo, no son las riquezas de la tierra que pasan y que mueren, no son los honores del poder y la admiración de los hombres que tantas veces se compran con el compromiso y con la corrupción; la verdera gloria es conocer, amar y servir a Dios, que está presente en todos los hermanos y después, poder gozar de Él eternamente en el Paraiso.

Estampa coloreada de la Sierva de Dios Lucia Ripamonti.

Sierva de Dios Lucia Ripamonti
Religiosa, Sierva de la Caridad de Brescia

Nació en Acquate y recibió el bautismo en su parroquia el día 30 de mayo de 1909; la Primera Comunión en el 1916 y la Confirmación, dos años más tarde, en el 1918. Vivió en su tierra natal hasta el año 1932 como una cristiana de convicciones. Era fuerte de espíritu, ayudaba al párroco don Luigi Piatti, se distinguía por su piedad y caridad entre los jóvenes de la Acción Católica y era la animadora de las fiestas y de los juegos de oratoria. Era trabajadora textil y posteriormente lo fue en una fábrica para poder ayudar a su numerosa familia que vivía honestamente. Con la oración diaria, en el silencio y en el sacrificio se preparaba para responder a la llamada del Señor.

A principios del año 1932 fue a Brescia y quiso formar parte del Instituto de las Siervas de la Caridad a las cuales conocía a través de una hermana de su pueblo natal, Acquate. Fascinada por el espléndido ideal de caridad que animaba la vida y la obra de Paola Di Rosa, quiso seguir a Cristo según este carisma de caridad que se cuidaba de las necesidades de la humanidad doliente con el fin de sanarla. Para nada se sentía turbada por los anteriores rechazos sufridos en otros Institutos; valiente, la humilde María dejó ese encantador “brazo del Lago de Como” descrito por Manzoni y fue recibida en el Instituto durante el régimen fascista con la problemática provocada por las dos guerras mundiales.

Maria, después de un período de formación, se consagró al Señor adoptando el nombre de Hermana Lucia y emitió los votos perpetuos en el año 1938. Vivió siempre en la Casa Madre, sirviendo con gozo y con alegría de corazón. Todos los días, buscaba apasionadamente al Señor en sus superiores, en sus hermanas, en el ejercicio de la caridad y en las virtudes. Se ofreció como victima reparadora por la salvación de los pecadores.

Cayó gravemente enferma pero fue curada en la enfermería del Ronco, en Brescia, donde murió con solo cuarenta y cinco años de edad, en olor de santidad, en el año 1954, pocos días después de la solemne canonización de Santa Maria Crocifissa. La fama de santidad de la Hermana Lucia se difundió y muy pronto llegaron a los oídos de las Hermanas las muchas gracias obtenidas por su intercesión.
Abierto el Proceso informativo para la causa de beatificación en Brescia, ha sido cerrado felizmente por el arzobispo, monseñor Bruno Foresti. Ahora está lista la Positio super virtutibus en la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos y se espera que pronto le sea reconocida la heroicidad de sus virtudes. La madre Eugenia Menni, novena superiora general que tanto ha solicitado la beatificación de la Sierva de Dios Lucia Ripamonti, ha obtenido de las autoridades competentes la autorización para trasladar sus restos mortales desde el cementerio de San Francisco de Paula a la capilla de la fundadora, en la Casa Madre de Brescia.

Damiano Grenci

Fuentes y Bibliografia

* AA. VV., Enciclopedia dei Santi “Bibliotheca Sanctorum”, 17 voll., Città Nuova, 1990
* C.E.I., Martirologio Romano, Libreria Editrice Vaticana, 2007, pp. 1142
* Grenci Damiano Marco, archivio privato iconografico e agiografico, 1977 – 2012
* Sito web ancelledellacarita.it
* Sito web beatavergine.e-cremona.it
* Sito web newsaints.faithweb.com
* Sito web santibeati.it
* Sito web vatican.va

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Los Siete Santos Fundadores

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Estampa devocional popular de los Siete Santos Fundadores de los Servitas.

La Orden de los Siervos de María, también llamados Servitas del latín “Ordo Servorum Beatae Virginis Mariae” (OSM) es una de las órdenes mendicantes de la Iglesia Católica.
El emblema de la Orden está compuesto por una corona de siete lirios, que se identifican con los Siete Santos Fundadores. Fue fundada en Florencia, probablemente en en el año 1233 por un grupo de siete mercaderes florentinos, Bonfiglio Monaldi,  Juan de Bonagiunta, Amadeo degli Amedei,  Manetto de Antella,  Sostenes degli Sostegni,  Hugo degli Ugaccione y Alejo Falconieri, más tarde conocido como Los Siete Santos Fundadores. Según la tradición, 15 de agosto de 1233, la Virgen se apareció a los siete nobles florentinos, pertenecientes a la hermandad de “Laude”, invitándolos a retirarse del mundo y a elegir la vida contemplativa.

El grupo de los siete abandonaron sus actividades y se retiraron a hacer vida comunitaria como eremitas en el Monte Senario, donde construyeron un convento, que se convertiría en uno de los santuarios más importantes de la Toscana y que se encuentra sobre la colina de su mismo nombre al norte de la ciudad, en el municipio de Vaglia, cerca de Florencia.

En el año 1304, el Papa Benedicto XI, dominico, con la Bula “Dum levamus”, dirigida al prior general Fray Andrea Balducci di Sansepolcro, aprobó la Regla y las Constituciones de los Siervos de María. Actualmente, la Orden tiene unos doscientos cincuentas frailes, ventisiete conventos en Italia (divididos en cuatro provincias religiosas) y otros cuatro conventos en Alemania.

Estos siete seglares floretinos, fundadores de la Orden, fueron canonizados conjuntamente, por el Papa León XIII el día 15 de enero del año 1888. Se les conmemora como los Siete Santos Fundadores el día 12 de febrero. Ellos propagaron de manera especial la veneración por los dolores que soportó María al pie de la Cruz. De esta Orden, merecen también ser recordados los Santos Felipe Benicio, Peregrino Laziosi y Antonio Maria Pucci, así como Santa Juliana Falconieri, también miembro de la Orden y fundadora de la Orden de las Siervas de María.

Se cuenta que en la ciudad italiana de Forlì, en el año 1282, mientras San Felipe Benicio intentaba acercar mediante consejos, a sus ciudadanos rebeldes con el Papa Martín IV, fue fuertemente contradicho por un joven llamado Peregrino Laziosi, que incluso llegó a abofetear a San Felipe. Algunos años más tarde, Peregrino se convirtió y entró en la Orden de los Servitas, siendo actualmente uno de sus santos más conocidos.

Felice Stasio

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es