Hoy: Tres Severinos santos

Detalle de San Severino de Nórico en una tabla gótica (1470). Iglesia de los Santos Sosio y Severino, Nápoles (Italia).

Parece una curiosa casualidad, pero el santoral de hoy nos presenta a la veneración a tres santos diferentes que tienen el mismo raro nombre, Severino. Estos son: San Severino, obispo de Nápoles, San Severino, abad de Nórico y San Severino, obispo de Septempeda.

San Severino, obispo de Nápoles
Se plantea un curioso dilema, ¿puede existir un San Severino obispo de Nápoles si en Nápoles no ha existido nunca ningún obispo con ese nombre? Es incongruente, ¿verdad? Pues así es y se trata sencillamente de un desdoblamiento de persona debido al Martirologio de Adón; éste, sin fundamento alguno, recordando a San Severino de Nórico que era venerado en Nápoles en el día de hoy, dice sin más ni más que San Severino era obispo de Nápoles y hermano de San Victorino. Y del martirologio de Adón, el cardenal Baronio lo copió en el Martirologio Romano, donde aún continúa.

La “passio” legendaria de San Victorino, mártir de Amiterno, lo une con dos compañeros llamados Marón y Eutiquio, relacionando a los tres con San Severino de Septempeda, por lo que es fácil identificar con este último personaje, aun sin fundamento alguno, el que Adón dice que es hermano de San Victorino.

En el siglo XVII, el jesuita A. Beatillo, estudiando a fondo el episcopologio de Nápoles, no encontró a ningún obispo con ese nombre y se vio inducido a identificarlo con el mártir Marón, compañero de San Victorino martirizados en Amiterno a mediados del siglo II, quizás basándose en que fuera el Marón nombrado en la “passio”. Todo un lío; pero es que sabiéndose esto, este santo ficticio pasó a los calendarios e incluso a la iconografía llegando a ser el San Severino a quién más culto se le llegó a dar en toda Italia. Todo un despropósito, que quiero aquí resaltar para que nos demos cuenta cómo no todo lo que dicen las leyendas es cierto.

San Severino, abad del Nórico
Este si que es auténtico. Nació en el seno de una noble familia romana en el año 410 y destacó por saber compaginar muy bien la vida activa y la contemplativa: era un contemplativo que al mismo tiempo desarrollaba toda una tarea de acción social entre las poblaciones de la provincia romana de Norico Ripense, que tras la muerte de Atila en el 453 y la impotencia del emperador Valentiniano III, se encontró a merced de las correrías de los rugios y de otras tribus bárbaras procedentes del norte de Europa.

Clero venerando el busto y las reliquias de San Severino, abad del Nórico. Parroquia de Frattamaggiore, Italia.

Severino se convirtió en un monje que aglutinó en torno a sí a una numerosa familia de monjes, de los cuales fue el abad durante unos treinta años. En el año 454 estuvo en Asturis – la actual Klosterneuburg – en las orillas del río Danubio, que estaba en los confines del Norico Ripense y de Pannonia. Allí predijo la inminente invasión de los bárbaros, pero ni el pueblo ni el clero le hicieron caso, por lo cual él se retiró a la región de Comagene, en el Asia Menor, que ya estaba en poder de los enemigos. Allí fue reconocido por un anciano que, echándole cuenta, había escapado de Asturis y que le agradeció el que hubiera predicho la ruina de aquella ciudad. Después de estar orando y ayunando durante tres días, un terremoto produjo tal conmoción entre las filas de los bárbaros que se marcharon de allí liberando a la ciudad.

Posteriormente marchó a la vecina ciudad de Favianis, cerca de la cual construyó un pequeño monasterio para los primeros discípulos que se habían reunido en torno a él, eligiendo para sí un lugar más apartado y solitario. Educó a sus monjes en la piedad y en el amor de Dios, en el culto a los Santos Padres y en la veneración a los mártires. Mostró una gran ternura con los pobres que debido a las invasiones, carecían de todo llegando a enfrentarse con los cabecillas de los invasores. Sus virtudes, energía, sentido práctico y capacidad intuitiva le granjearon un enorme prestigio entre ellos.

Gibuldo, que era el rey de los alamanes – tribu germánica establecida junto al río Elba – le cogió tal reverencia y afecto hasta el punto de que se echaba a temblar cuando Severino estaba presente, dándole todo aquello que él le pedía. Flaciteo, rey de los rugios lo consultaba cuando se encontraba en peligro como si Severino fuera un oráculo enviado por el cielo y otro tanto ocurrió con sus hijos Ferderuco y Feleteo.
Odoacro se presentó ante él como jefe de la tribu de los esciros – otro pueblo bárbaro procedente del norte – y lo hizo para pedirle su bendición. Severino le auguró un porvenir brillante y cuando Odoacro se convirtió prácticamente en emperador romano de Oriente, acordándose de aquel vaticinio, le ofreció todo aquello que él le pidiese.

Estampa antigua que reproduce un episodio de la vida de San Severino de Nórico: el Santo recibe las reliquias de San Juan Bautista a orillas del Danubio. Lienzo de Savario Altamura, iglesia parroquial de San Sosio, Frattamaggiore (Italia).

Tras él iban otros hombres de alta consideración social, como el tribuno Mamertino y el sacerdote Primenio, tanto para solicitarle consejo como para ser curados de sus enfermedades. Recurrían a él los habitantes de Flavianis, Cucullis, Batavis, Lauricum… bien afligidos por el hambre, como huyendo de los bárbaros. En casi todas aquellas localidades y en las riberas del Danubio construyó una serie de monasterios, distribuidos con el criterio de una cierta estrategia para proteger a las poblaciones de las incursiones de los turingios y los alamanes. Tal es el caso del monasterio de Boiotro situado en la confluencia de los ríos Eno y Danubio, frente a la actual ciudad alemana de Passau.

A él se acercaron como discípulos todo tipo de personas: gente sencilla del pueblo, bárbaros convertidos y hasta eclesiásticos como Moderato de Flavianis, el obispo Paulino e incluso el obispo Constancio de Lauriacum. Él siempre llevó una vida austera y penitente, vistiendo siempre la misma túnica ya fuera invierno o verano, siempre caminando descalzo y durmiendo sobre el suelo. Comía muy poco y sólo lo hacía después de la puesta del sol y durante la Cuaresma, comía sólo una vez a la semana. Murió el 8 de enero del año 482, mientras sus monjes cantaban el último versículo del salmo 150: “Omnis spiritus laudet Dominum”. Fue sepultado por sus monjes, que seis años más tarde, cuando los rugios atacaron de nuevo, lo exhumaron de su primitiva sepultura, atravesaron los Alpes en una carreta y lo llevaron a Italia donde fue recibido triunfalmente. Se detuvieron en Montefeltro, en la región de las Marcas y de allí continuaron hasta Nápoles, erigiéndosele un mausoleo en el “Castrum Lucullanum”, pasando de allí al monasterio de San Severino.

El culto al santo se difundió rápidamente. En el año 599, San Gregorio Magno cogió algunas reliquias para la consagración de una iglesia junto a la “domus merulana” en Roma. Con el tiempo, el “Castrum Lucullanum” perdió parte de su población y de sus murallas defensivas, por lo que los restos del santo fueron recogidos en el año 902 por el abad Juan, del monasterio benedictino situado dentro de las murallas del Castrum. Dos años más tarde, junto con las reliquias de San Sosio – uno de los compañeros de San Jenaro – fueron llevadas a Nápoles. En el año 1807, los habitantes de Frattamaggiore tomaron las reliquias de los dos santos y las pusieron en la iglesia parroquial.

Detalle de San Severino y San Constancio en una vidriera decimonónica de la catedral de Linz (Austria).

Sobre San Severino del Nórico existen otras hipótesis que lo hacen originario de África, que huyó al Asía Menor en el 437 durante la invasión de los vándalos, que tomó la regla de San Benito, que finalmente se estableció en Nórico y que antes de abrazar la vida monacal era un alto funcionario del Estado. Hay quienes dicen incluso que llegó a ser obispo, cosa que desde luego no es cierta. En realidad lo que sabemos de él y que ya hemos relatado, lo sabemos por uno de sus últimos discípulos, San Eugipio, que escribió la biografía de su maestro.

San Severino de Septempeda
Como sabemos, Septempeda (la actual localidad de San Severino Marche), fue una de las primeras colonias romanas en el Piceno, zona que hoy pertenece a la región italiana de las Marcas. Esta ciudad fue devastada por Atila en el siglo V y posteriormente por los longobardos en el VI. No existe ningún documento antiguo que atestigüe que la ciudad era una diócesis, salvo la “Vita” de San Severino que fue escrita entre los siglos VII-IX. La arqueología no ha podido confirmar completamente este hecho porque esta ciudad sólo ha sido excavada en parte, encontrándose los restos de una muralla fortificada y una puerta de origen prerromano. Sin embargo, la tradición dice que la iglesia de Santa María está construida sobre la antigua catedral.

Después de que la ciudad fuera arrasada, sus habitantes se asentaron en los contornos del río Potenza y permanecieron en torno a una iglesia construida sobre una colina y que guardaba el cuerpo del santo, dando así origen a lo que hoy es San Severino Marche, siendo en el siglo XVI, en tiempos del Papa Sixto V, cuando la ciudad adquirió la condición de diócesis católica. Lo que se conoce sobre San Severino es lo que en exclusiva dice esta antigua “Vita”, que ha sido estudiada a fondo y publicada por los bolandistas, que admiten estar ante un santo histórico, real.

Busto-relicario de plata de San Severino, obispo de Septempeda. Catedral de San Severino Marche, Italia.

Según esta “Vita”, San Severino y su hermano Victorino habitaban en Septempeda y después de morir sus padres – lo de siempre – repartieron sus bienes entre los pobres y se dedicaron a vivir como ermitaños. Pasado algún tiempo, Victorino abandonó la cueva donde vivían retirándose a otra, pero como en ella era tentado por el demonio, volvió adonde estaba su hermano y después de llevar tres años viviendo como penitente, fue elegido obispo de Amiternum (Amiterno). A Severino le ocurrió otro tanto cuando murió el obispo de Septempeda, pues fue elegido para sucederle, aunque como obispo vivió muy poco tiempo, falleciendo un 8 de enero. Cuando el autor anónimo escribió la “Vita”, su festividad se celebraba el 15 de mayo (fecha de la “depositio”) y el 1 de mayo, presunta fecha de su consagración episcopal.

Como en esta “Vita” no se menciona ninguna cronología, no es posible precisar con exactitud cuando vivió este santo, aunque en San Severino Marche se dice que vivía cuando Totila, en el siglo VI invadió Septempeda. Esto es sólo una tradición local porque no existe ni un solo documento que indique que el santo estuvo presente en el asedio a la ciudad. Sin embargo, el hagiógrafo F. Lanzoni mantiene la tesis de que muy probablemente vivió en el siglo IV e incluso defiende que podría identificarse con el obispo Severo que recuerda San Atanasio entre los obispos de Italia que se adhirieron al Concilio de Sárdica (la actual Sofía) en el año 342: “Este Severo ocupa en la lista atanasiana tal puesto que, según mi parecer, podría ser el Severino obispo de Septempeda”.

El cuerpo de San Severino, que se ocultó durante las invasiones de los godos, fue encontrado en el año 590 y llevado a la colina del Monte Negro que era donde habitaban los antiguos “septempedanos”, siendo sepultado muy cerca del lugar donde él mismo había vivido como eremita. Existe un documento del obispo Eudo de Camerino, fechado en el año 944 en el que se manifiesta que aquel territorio había sido agregado a su diócesis y que sobre el sitio donde estaba sepultado el santo, construyó una iglesia dedicada a la Virgen. En el 1061, el obispo Hugo de Camerino haciendo alusión a la iglesia construida por su antecesor, hace mención a un castillo denominado “donde había sido puesto San Severino” o “Castellum sancti Severini”. En el año 1177, el emperador Federico I embelleció esta iglesia, que fue consagrada por doce obispos el día 8 de junio del año 1198 y enriquecida con indulgencias por los Papas Alejandro III, Bonifacio IX y Gregorio XIII.

Urna con los restos de San Severino de Septempeda, recubiertos con atuendo episcopal y máscara de plata. Catedral de San Severino Marche, Italia.

Como he dicho antes, el Papa Sixto V elevó el “Castellum” a la categoría de ciudad y su iglesia, a catedral, restituyendo la sede episcopal y tomando la ciudad el nombre del santo. Las reliquias fueron puestas bajo el altar mayor de la nueva catedral a excepción del cráneo que se encuentra incluido en un precioso relicario. En el año 1945, las reliquias fueron restituidas a la catedral antigua aunque el relicario del cráneo permanece en la nueva.

En todos los martirologios históricos es citado el día 8 de enero y como dije al principio del presente artículo, fue Adón el que confundió a los dos santos históricos y se inventó al “obispo de Nápoles”. El cardenal Baronio lo incluyó en el Martirologio Romano.

Antonio Barrero