Los santos y el sufrimiento (I)

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Fotografía de la Sierva de Dios María Antonia Samà en su lecho de paralítica.

Fotografía de la Sierva de Dios María Antonia Samà en su lecho de paralítica.

El IV domingo de la Cuaresma ambrosiana escucha y medita los siguientes textos bíblicos: Es. 34, 20-35; 2 Cor. 3, 7-13.17-18; y Jn. 9, 1-41. Es la llamada Domínica del Ciego de nacimiento y tiene una simbología bautismal, como ocurre con toda la Cuaresma de rito ambrosiano.

En este domingo, leyendo las lecturas, en pensamiento se detiene en los rostros de los personajes narrados en las mismas.
El rostro de Moisés envuelto en el velo
El rostro de un “testigo” que se refleja en un espejo
El rostro de Jesús, que es la luz del mundo
El rostro del ciego de nacimiento, que se goza y testimonia el encuentro con Jesús
El rostro de los padres, que tienen miedo de las presiones sociales y religiosas
El rostro de los fariseos, preocupados por las palabras y por las obras del Nazareno
El rostro de los discípulos, que son interrogados por el problema del mal y del pecado.

Pero me pregunto: ¿como es mi rostro? Muchos de nosotros tenemos la capacidad de mostrar con nuestro el estado de nuestro ánimo, aunque no siempre, la sonriza del rostro supone la sonriza del corazón y viceversa. Hay algunos hombres y mujeres en la historia de la Iglesia que lograron mantener en su rostro la gloria del Señor que en ellos habitaba, aunque sus cuerpos eran el Gólgota y la Cruz, donde Cristo había encontrado su dulce hogar. Recordemos:

Mariantonia (María Antonia) Samà
Mariantonia Samà nació el día 2 de marzo del año 1875 en Sant’Andrea Ionio, pequeña aldea de la provincia de Catanzaro y vivió en condiciones de extrema pobreza, en una pequeña habitación parecida a una celda. Con doce años de edad, siguiendo a su madre en el campo, fue invadida por el “espíritu maligno” después de haber bebido el agua que corría entre las piedras de un riachuelo. Comprobadas las inútiles bendiciones que le impartieron los hermanos del convento de la vecina localidad de Badolato, se recurrió al exorcismo en la Cartuja de Serra San Bruno (ahora en la provincia de Vibo Valentia). Después de algunas tentativas de un padre cartujo, Mariantonia fue liberada del “maligno” aunque se dice que este le dijo: “Te dejo con vida, pero lisiada”.

Fotografía de la Sierva de Dios María Antonia Samà

Fotografía de la Sierva de Dios María Antonia Samà

Despues de un par de años, Mariantonia – no se sabe si por la venganza de Satanás… – permaneció inmóvil en la cama hasta el día de su muerte y, por lo tanto, durante más se sesenta años en posición supina, con las rodillas siempre levantadas y contraidas. Así se inició un largo y doloroso calvario que soportó con la fuerza del amor, con la mirada puesta siempre en el Crucifijo que estaba en la pared frente a la cama. Guiada por el Espíritu Santo en la comprensión del “misterio de la Cruz”, siempre aceptó con serena resignación su enfermedad como un regalo, que ofrecía a Dios por la conversión de los pecadores, en reparación por sus ofensas y para responder a las peticiones de aquellos que buscaban consuelo en ella. Su pequeño lecho fue como un altar de ofrecimiento y de participación en la Pasión y en la Cruz de Jesús: “No soy yo el que vivo, sino que es Cristo quién vive en mí” (Pablo, Gál., 2, 20).

Siempre estuvo asistida por voluntarios, bajo la constante vigilancia de las Hermanas Reparadoras del Sagrado Corazón, que se preocuparon también de su preparación espiritual, transmitiéndole una sentida devoción hacia el Espíritu Santo y el Sagrado Corazón de Jesús, al cual, Mariantonia se encomendó durante toda su vida con espíritu de “reparación eucarística”. Las Hermanas decidieron agregarla a su Congregación y después de realizar los votos, Mariantonia llegó a ser para todos la “monjita de San Bruno”.

Son numerosas las virtudes que caracterizaron su vida: sencillez de ánimo, humildad, modestia, serenidad que brillaba en su rostro aun en los momentos de mayor sufrimiento, su disponibilidad, generosidad y una inmensa confianza en la Divina Providencia. Ella, que solo vivía de limosnas, repartía con el resto de necesitados de su pueblo todo aquello cuanto recibía, segura de que al día siguiente Dios proveería, demostrando así la verdad de las palabras de San Pablo: “Es más feliz dar que recibir” (Hechos, 20, 35).

Sepulcro de la Sierva de Dios María Antonia Samà.

Sepulcro de la Sierva de Dios María Antonia Samà.

La virtud ejercitada por Mariantonia de manera extremadamente heróica, era sin dudas, la paciencia que le impedía no solo revelarse contra su enfermedad, sino no quejarse cuando el dolor era insoportable, especialmente durante la Cuaresma, que siempre sufrió compartiendo con Cristo y que martirizaba su débil cuerpo. Y viceversa, su espíritu era tan fuerte, que lo alimentaba diariamente con la oración y con la Eucaristía que le llevaba puntualmente su confesor y que le servía de sostenimiento para soportar sus sufrimientos, para luchar contra el mal y para vivir en permanente amistad con Dios. Su habitación, tapizada con numerosas imágenes sagradas, era como un pequeño templo, sobre todo cuando durante tres veces al día se recitaba comunitariamente el Santo Rosario, siendo Mariantonia como un imán de oraciones.

Durante su vida ya se difundió su fama de santidad entre los habitantes de la zona, muchos de los cuales habían experimentado en ellos mismos los dones de profecía y de sanación que poseía Mariantonia. Pero además de estos, muchos otros dones les fueron concedidos por el Espíritu Santo: el don de éxtasis, de introspección, de bilocación, apariciones, de fragancia o perfume siempre presente en su habitación, de la puesta en común de los sufrimientos de Jesús durante la Cuaresma y la Pasión y por fin, el don de inmunidad a las llagas producidas por la posición de decúbito, cosa científicamente inexplicable, aunque fue un fenómeno objetivo y visible a todos. Mariantonia exhaló su último suspiro la mañana del 27 de mayo del año 1953.

Las exequias se desarrollaron por la tarde del mismo día de su muerte y el arcipreste, don Andrea Samà, en consideración a su fama de santidad, ordenó que el cadáver fuese puesto en un ataúl abierto, a fin de consentir el último saludo de sus conciudadanos, siendo acompañado en procesión por algunas calles de la localidad, antes de llegar el cementerio. Allí permaneció expuesta a los fieles hasta la mañana del 29 de mayo, atestiguando muchos el haber visto cómo al besarla, sus párpados se levantaban y bajaban y que desprendía un agradable olor a rosas, no proveniente de las flores que la rodeaban. Actualmente, los restos de la Sierva de Dios Mariantonia Samà, junto a su inseparable rosario, se encuentran en la iglesia parroquial de los Santos Pedro y Pablo, a donde fueron trasladados el día 3 de agosto del año 2003.

Siervo de Dios Antonio Bello (Don Tonino).

Siervo de Dios Antonio Bello (Don Tonino).

Antonio Bello (Don Tonino)
Alessano, Lecce, 18 de marzo de 1935 – Molfetta, 20 de abril de 1993

Es imposible describir en pocas líneas lo que Su Excelencia Antonio Bello (llamado por todos, Don Tonino) representó para la Iglesia y para todos los que viven en los márgenes de una sociedad que a menudo presta muy poca atención a los problemas reales y dolorosos de la “gente común”. Nació en Alessano (Lecce) en el año 1935 y con solo veintidós años de edad, fue ordenado sacerdote en el 1957. En 1982 fue nombrado obispo de Molfetta, Ruvo, Giovinazzo y Terlizzi. A pesar del alto cargo eclesial, Don Tonino era afable y siempre estaba dispuesto a atender a cuantos acudían a su puerta buscando una palabra de consuelo, una ayuda material o un momento de descanso para el alma. Se tomaba a pecho cada situación concreta abordándola con determinación. Cuando se le preguntaba qué le aquejaba más, Don Tonino respondía: “Me hace sufrir muchísimo la imposibilidad de echarle una mano a todos”.

Tenía una agenda sobrecargada de personas que solicitaban una visita, un apoyo, dinero, una solución a sus problemas… “Nos gustaría tener los ojos y las manos de todo el mundo, pero no puedo, y esto es lo que más lamento”. Una frase que a menudo resonaba en su boca era: “Ánimo, no temáis”. En uno de sus escritos titulado “mis noches de insomnio”, Don Tonino hace una larga lista de una serie de temores que contaminaban al hombre moderno, minando su relación con Dios. Temores fruto de un progreso que, después del entusiasmo inicial, se vuelven contra el hombre que vive con la ilusión de mantenerse al día con los tiempos, olvidando que “es en el corazón humano donde nace y se desarrolla una nube tóxica provocada por los miedos contemporáneos”.

Pero existe un antídoto contra el miedo, el llamado Evangelio del antimiedo como le gustaba definirlo a Don Tonino: “Alzáos…, levanta la cabeza”. (Lc 21, 25-28.34-36). Este es el evangelio que se lee en el primer domingo de Adviento, en el que Jesús exhorta a la oración y en la confianza en la liberación definitiva de todos los temores, de todos los miedos, de todo aquello que es negativo. Quizás fuera con su sintonía con la espiritualidad franciscana (formaba parte de la Tercera Orden de San Francisco), a Don Tonino le encantaba dejarse guiar por el Evangelio “sine glossa”, descuentos en la verdad, ni diluciones o prudencias humanas. No en vano decía de si mismo que “era un cobarde”, pero capaz de todo porque sabía que cuanto más se abandonaba en las manos de Dios, más llegaba a mejorar la gente que estaba a su alrededor. Don Tonino era también un verdadero enamorado de la Inmaculada y, en muchos de sus escritos, este amor se convertía en una verdadera declaración amorosa a la Madre celestial.

Tumba de Don Tonino en Molfetta (Italia).

Tumba de Don Tonino en Molfetta (Italia).

Desde el 22 al 29 de julio de 1991 predicó un Curso de Ejercicios Espirituales con ocasión de la 40ª Peregrinación de la Legión Sacerdotal Mariana a Lourdes, del que se elaboró el maravilloso libro Cirineos de la gloria”. Compartió con los sacerdotes enfermos ese momento en el que el corazón humano se agarra sin reservas a la gracia de Dios, pidiendo la intercesión de la Santísima Virgen, ofreciendo al Señor su propia debilidad e inseguridad terrenal. Estaba acostumbrado a prolongadas horas de oración delante del sagrario, del que extraía todas sus energías e inspiraciones y muchas de las cartas que enviaba a los que, a menudo estristecidos y con el corazón roto, se volvían hacia él.

Incluso en el tema del sufrimiento, Don Tonino permaneció adherido al espíritu evangélico que subyacía en su camino. Tenía que ver con los enfermos, con los discapacitados, con aquellos a los que nadie echaba cuenta y permanecían silenciosos en su dolor; dolores diversos, pero ardientes, que desgarran el alma, que tienen la voz sofocada por la indiferencia colectiva, que crean cicatrices en el corazón de aquellos que tienen que sufrir. Pero para Don Tonino el sufrimiento solo tenía un verdadero sentido si era compartido amorosamente con Dios. Decía: “Se da el caso, y es muy común, que el dolor mejora la intimidad con el Señor, el cual es descubierto no tanto como refugio de consolación, sino como alguien que “tiene experiencia en el padecimiento” y que se solidariza hasta el fondo con toda nuestra experiencia”.

Palabras proféticas, porque golpeado por un mal incurable, mantuvo sus compromisos de pastor con entusiasmo, pero sobre todo, con una humanidad verdaderamente extraordinaria a pesar del sufrimiento que le atormentaba. La enfermedad de Don Tonino era una de las que no perdonan, que produce un tremendo dolor, lo cual debilita el cuerpo y el espíritu. Sin embargo, no se detuvo ni un solo momento en afrontar el sufrimiento que le afectaba personalmente, dejando siempre espacio, tiempo, para escuchar a los que le pedían ayuda o solicitaban una respuesta convincente sobre lo absurdo del dolor. Consumó lentamente los últimos meses de su vida entre su gente, entre los pobres, entre los gritos desatendidos de la “gente común”. Su muerte le llegó prematuramente, pues murió el 20 de abril de 1993 con cincuenta y ocho años de edad.

Sierva de Dios Clelia María Russo.

Sierva de Dios Clelia María Russo.

Clelia Maria Russo
Gaeta, 23 de noviembre de 1845 – Napoles, 27 de agosto del 1903

¡Cuantos jóvenes, laicos y laicas, han convertido su casa y su lecho del dolor, debido a que sufren enfermedades dolorosas y debilitantes, en un lugar de acogida para los necesitados de consuelo y consejo y en un altar de expiación en el que ofrecen sus sufrimientos por la causa de Cristo y la salvación de las almas! Nombremos algunos: la Sierva de Dios Luigia Mazzota (1900-1922), la Sierva de Dios Luisa Piccarreta (1865-1947), el Siervo de Dios Luigi Avellino (1862-1900), el Siervo de Dios Angel Bonetta (1948-1968), el Siervo de Dios Francisco Vevan (1840-1874), el Siervo de Dios Silvio Dissegna (1967-1979), ecc.

Como ellos, fue víctima de expiación la Sierva de Dios Clelia María Russo, nacida en Gaeta el 23 de noviembre de 1845, la última de los dieciseis hijos que tuvieron Pasquale Russo, general de artillería del ejército borbónico y Cayetana de los marqueses Gadaleto, que era originaria de Lecce. En aquellos tiempos del “Resurgimiento italiano”, el ejército borbónico estaba en un estado de alarma y las tropas se movían en el Reino de las Dos Sicilias, según las necesidades. La familia Russo seguía a su padre, primero en Puglia y posteriormente en Sicilia. Hacia el 1860 la familia estaba en Nápoles, mientras Garibaldi efectuaba la conquista del Reino con la expedición de los Mil. Clelia tenía once años y fue inscrita en el Educandato Regio de los Milagros de Nápoles, al que frecuentó solo durante dos años, porque la familia la retiró cuando comenzaron a manifestarse en ella los estragos producidos por varias enfermedades, que condicionaron su vida hasta su muerte. De esta experiencia educativa permaneció su amistad fraterna con la directora del Educandato, Bianchina Dusmet.

A causa de estas enfermedades, siempre vivió en familia, postrada en la cama, sufriendo terriblemente pero plena de espiritualidad que se caracterizaba por la aceptación voluntaria del dolor y del sacrificio, participando intensamente en la Pasión de Cristo. Espiritualmente fue asistida por toda una serie de excelentes sacerdotes de gran fama: el canónigo Francisco Minervino, el agustino padre Mariano Amodei, Don federico Pizza (posteriormente obispo de Manfredonia), don Alejandro Gicca, don Vicente Sarnello (posteriormente obispo de Nápoles) y otros. Durante años, estos sacerdotes celebraban la Eucaristía en el oratorio privado de su casa de Nápoles, pues Clelia había obtenido un permiso especial a causa de su mal estado de salud. Fue dotada del don de saber aconsejar, convirtiéndose así su casa en el centro de un inmenso movimiento de personas, que se acercaban solicitándole consejo y oraciones.

Murió en Nápoles, con cincuenta y ocho años de edad, el 27 de agosto de 1903. Por sus méritos y extendida fama de santidad, fue abierto el proceso informativo en la diócesis de Nápoles. El 15 de marzo de 1906 fue efectuado el reconocimiento canónico de sus restos en la capilla de la “Archiconfraternidad de los Nobles de la Vida” en el cementerio de la ciudad. El 27 de febrero de 1924 se aprobó el decreto sobre sus escritos y la Causa se encuentra actualmente en la Congregación Vaticana, estando en fase “silent”.

Damiano Grenci

Bibliografía y sitios:
* AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia dei Santi) – Voll. 1-12 e I-II-III appendice – Ed. Città Nuova
* C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
* Grenci Damiano Marco – Archivo privado iconográfico y hagiografico: 1977 – 2008
* Dora Samà – “La vita nascosta in Cristo. La Monachella di San Bruno”, Sud Grafica Marina di Davoli (2006)
* AA. VV. de santibeati.it

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Santidad Calabresa (II)

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Fotografía de la Sierva de Dios María Antonia Samà

Fotografía de la Sierva de Dios María Antonia Samà

La “consolación” de Sant’Andrea Ionio: María Antonia Samà
María Antonia Samà nació el día 2 de marzo del 1875 en Sant’Andrea Ionio, un pequeño pueblo de la provincia italiana de Catanzaro, y vivía en una pobreza extrema, en una pequeña habitación similar a una celda. A la edad de doce años, siguiendo a su madre en el campo, fue invadida por un espíritu “maligno”, después de haber bebido agua que salía de entre unas piedras. Vista la inutilidad de unas bendiciones que le impartieron unos frailes de la cercana población de Badolato, recurrió a los exorcismos en la Cartuja de Serra San Bruno, que ahora pertenece a la provincia de Vibo Valentia. Después de varios intentos por parte de un monje cartujo, María Antonia fue liberada del “mal”, pero se dice que al mismo tiempo pronunció la frase: “La dejo con vida, pero lisiada”. Pasados un par de años, María Antonia – quizás por la venganza de Satanás… – quedó inmóvil en la cama hasta su muerte y así, durante más de sesenta años en posición supina, con las rodillas levantadas y siempre contraídas.

Así comenzó a sufrir un largo y doloroso calvario que tuvo que soportar con el poder del amor, siempre mirando al crucifijo que estaba colgado en la pared frente a su cama. Guiada por el Espíritu Santo en la comprensión del “misterio de la Cruz”, siempre consideró su enfermedad como un regalo, aceptando con serena resignación su definitiva inmovilidad, que ofreció a Dios por la conversión de los pecadores y en reparación por sus ofensas y para recibir respuestas a las demandas de aquellos que acudían a ella buscando el consuelo. Su pequeña cama se convirtió en un altar de ofrendas y de participación en la Pasión y en la Cruz de Jesús. “No vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Epístola a los Gálatas, 2, 20). Siempre fue asistida por voluntarios bajo el constante control de las Hermanas Reparadoras del Sagrado Corazón, las cuales se encargaban también de su preparación espiritual, transmitiendo una sentida devoción hacia el Espíritu Santo y al Sagrado Corazón de Jesús, al cual, María Antonia consagró toda su vida con espíritu de “reparación eucarística”.

Fotografía de la Sierva de Dios María Antonia Samà en su lecho de paralítica.

Fotografía de la Sierva de Dios María Antonia Samà en su lecho de paralítica.

Las Hermanas decidieron agregarla a su Congregación y, después de realizar los votos, María Antonia se convirtió en la “Monjita de San Bruno”. Las virtudes que caracterizaron su vida, fueron muy numerosas: simplicidad de ánimo, humildad, modestia, serenidad – la cual desprendía su rostro especialmente en los momentos de mayor sufrimiento -, disponibilidad, generosidad y una fe inmensa en la Divina Providencia. Ella, que podía vivir de lo que recibía, repartía todo lo que recibía con los necesitados del lugar, segura de que al día siguiente, el buen Dios proveería de nuevo, haciendo realidad las palabras de San Pablo: “Se es más feliz al dar que al recibir” (Hechos, 20, 35).

La virtud más ejercitada por María Antonia fue la paciencia, que ejercitó de manera heroica, pues no sólo no se rebeló contra su enfermedad, sino que no se quejaba cuando el dolor era insoportable, especialmente durante la Cuaresma, cuando siempre compartía sus sufrimientos con Cristo, martirizado en su cuerpo. Por el contrario, su espíritu se mostraba fuerte, ya que diariamente se alimentaba de la oración y con la comunión que sin falta le llevaba su confesor y de la que sacaba fuerzas para soportar el sufrimiento, luchar contra el mal y vivir en una perpetua amistad con el Señor.

Su habitación tenía las paredes cubiertas con muchas imágenes sagradas y más bien parecía un templo, sobre todo cuando, tres veces al día, se rezaba comunitariamente el Santo Rosario, siendo María Antonia quien dirigía las oraciones. Durante su vida, su fama de santidad se extendió por toda la región; muchos de sus habitantes habían experimentado en sí mismos los dones de profecía y de curación. Pero además de éstos, fue agraciada por otros muchos dones del Espíritu Santo: éxtasis, introspección, bilocación, el perfume que siempre estaba presente en su habitación, el don de inmunidad en las úlceras por su posición de decúbito – esto, científicamente inexplicable – aunque era un fenómeno objetivo visible a todo el mundo.

Sepulcro de la Sierva de Dios María Antonia Samà.

Sepulcro de la Sierva de Dios María Antonia Samà.

María Antonia expiró la mañana del 27 de mayo de 1953. Las exequias tuvieron lugar en la tarde de aquel mismo día y el arcipreste don Andrés Samà, dada su fama de santidad, ordenó que el cuerpo fuera colocado en un atáud abierto para permitir que todo el pueblo pudiera darle su último adiós. Fue acompañada en procesión por algunas calles de la localidad hasta llegar al cementerio. Allí fue expuesto a la veneración de los fieles hasta la mañana del día 29 de mayo y son numerosas las personas que han dado fe de que sus párpados se movían y que desprendía un delicioso perfume a rosas, sin que allí existiera ninguna flor. En la actualidad, sus sagrados restos, junto con su inseparable rosario, están ubicados en la iglesia parroquial de los Santos Pedro y Pablo, adonde fueron trasladados el día 3 de agosto del año 2003. El día 5 de agosto del año 2007 fue abierto su proceso de beatificación y canonización en la diócesis de Catanzaro-Squillace. En el año 2012, la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos dió el visto bueno al proceso diocesano.

La flor mística de Antonimina: Rosella Staltari
Rosella Staltari puede describirse como hija de su tiempo y del entorno donde nació y vivió, en el sur de Italia. En una localidad accidentada y escarpada, denominada “Cacciagrande” en el distrito Antonimina (Reggio Calabria), se abrió paso como un soplo de vida esta tierna niña. Sólo Cacciagrande mereció por esto una mirada de admiración y así, el 3 de mayo de 1951 nació la tercera hija de Antonio y Maria Reale: nuestra Rosella. A los pocos meses, debido a una inundación que afectó a la zona, la familia Staltari, ya duramente golpeada por la pobreza, se vio obligada a huir y buscar refugio, primero en Via Marrapodi y posteriormente en la calle Littorio de Antonimina. Rosella, que apenas tenía dos años y cinco meses de edad, había perdido trágicamente a su madre a consecuencia de una caída fortuita.

Habiendo quedado huérfana, fue acogida en el Instituto “Scannapieco” de Locri (Reggio Calabria), donde permaneció hasta la edad de catorce años. Durante este tiempo, serán citados (en la forma original, para no echar a perder el encanto, la fragancia y la frescura) algunos pasajes de su diario espiritual. Los años de su crecimiento y de la adolescencia de Rosella se caracterizan por el sufrimiento, las penurias y una terrible falta de afecto. Todo afectaba profundamente en el ánimo de la muchacha, lo que la hizo hipersensible y lo que, probablemente, socavó su salud. Esto hizo que desde su primera infancia madurase precozmente. He aquí la confirmación de una recreación de su pasado, hecho por ella misma, cuando tenía dieciséis años de edad: “Yo era aún una niña y parecía que había vivido suficiente tiempo, me pareció ser mucho mayor, sin tener necesidad alguna, aunque me di cuenta de que el dolor crecía con la edad”. Conseguida la autorización en Locri, Rosella marchó a Reggio Calabria, donde las Hijas de María Corredentora dirigían una Casa-Familia, en la cual la acogieron como hacían con otros huérfanos, necesitados o con quienes vivían en situaciones familiares difíciles.

Fotografía de la Sierva de Dios Rosella Staltari.

Fotografía de la Sierva de Dios Rosella Staltari.

El ingreso en el nuevo Instituto, el 15 de octubre del 1965, impulsó a Rosella a recuperar la luz, el orden y una decidida orientación a sus genuinos valores, que estaban escondidos como perlas preciosas en lo profundo de su ser. Allí encontrará a un sacerdote santo, el padre Vittorio Dante Forno, fundador de aquella Congregación religiosa y así, desde el corazón de un padre y la dirección de la señorita María Salerni, colaboradora del proyecto de Fundación y llena de un sentimiento maternal, encuentra la sabia guía que la llevará a su camino ascético y místico. En este nuevo entorno gratificante, muy diferente de aquel en el que había vivido anteriormente, Rosella completó sus estudios, obteniendo el diploma de secretaria administrativa y, posteriormente, maestra del jardín de infancia.

Rosella no parece diferente a las demás, lleva a cabo su vida con las dificultades propias de sus compañeros de edad, aunque cree tener un carácter difícil definiéndose ella misma como “salvaje”. Pero interiormente, era diferente a los demás: tenía un temperamento excepcional, capacidad de autocontrol y una incansable voluntad de sacrificio. No le gustaba señalarse, llamar la atención de los demás, como lo demuestra lo encontrado en su diario: “Haz Dios mío, que yo pase sobre la tierra como si ella no me necesitase”. Ésta es una simbólica frase de lo que era su vida espiritual. El padre carmelita Graciano Pesenti dice de ella: “Sonríe; su rostro sereno y la gracia de su trato, señala una clara perceptividad de ánimo”.

Rosella mantiene una densa correspondencia con sus superiores del Instituto, como ella misma afirma, pues a causa de su “pésimo” carácter no es capaz de expresarse oralmente y recurre a la escritura para hacerse ayudar en su vida espiritual. Dos cortos pensamientos motivan esta elección: el primero lo trata en una carta al padre Forno en el 1968, cuando ella tenía diecisiete años: “Querido padre, me gustaría que se convirtiera en mi director espiritual, a fin de que conociendo mi alma, pueda usted extirpar cualquier cosa que pudiera distraerla o alejarla de la verdadera luz, que es Jesús”. Ese mismo año escribe a la directora: “Confío en usted; quiero que me enseñe a amar a Jesús, a seguirlo y a ser enteramente suya”. Amor – Luz: coordenadas básicas, en el lenguaje de Rosella, que se cruzan y se persiguen uno a otra, sin pausa, hasta llegar a proporciones ilimitadas, explosivas.

Un estudio sobre la espiritualidad de Rosella lo hace María Papasoli basándose en su correspondencia: “Esta correspondencia será el hilo conductor para que nosotros podamos seguir un poco la trayectoria de su vida, no de un alma pequeña, sino de una vida aparentemente llena de nada, de bajo perfil externo, monótona en sus hábitos y actitudes, pero que sin embargo, despertaba en ella una resonancia viva y profunda, como podría haberlo hecho cualquier gran evento”. Ejemplos de ellos son los sentimientos de confianza, respeto, sumisión total y amabilidad sincera que Rosella muestra hacia sus superiores. Las cartas que les dirige son dictadas por una extrema sencillez, por una confianza humilde y filial. Se engancha con docilidad a sus sentimientos, que los lleva sin vacilar hacia la acción, lo que demuestra que cree en las palabras de Jesús en el evangelio de Lucas: “El que a vosotros os oye, a mí me escucha” (Lucas, 10. 16).

Fotografía de la Sierva de Dios Rosella Staltari.

Fotografía de la Sierva de Dios Rosella Staltari.

Desde su infancia, Rosella muestra una fuerte y sincera devoción a la Virgen, cada fiesta mariana la vivía visiblemente con extraordinario celo. Todas sus cartas y todas las páginas de su diario las comienza con el saludo del “Ave María”, aunque utiliza además muchas otras invocaciones: “Dame tanto amor, Virgen Santísima y amor tan puro, que deje en mi alma la huella de Tu Jesús”. Su configuración con Cristo en el dolor es una constante en la vida de Rosella. Ella misma lo dice: “Mi dolor escondido, nadie lo ve, pero igualmente me atormenta”. El sufrimiento más agudo purifica el espíritu y el temple de Rosella, pero ella tiene que subir más y más empinado y más escarpado. Aquí está la intensidad de su lucha interior: “¿Donde estás, Jesús, cuando me siento terriblemente sola? ¿Por qué te escondes?”.

Ella se proyecta siempre hacia los valores sobrenaturales, hacia una constante elevación y madura en su corazón el deseo de abrazar la vida religiosa. El padre Carlos Cremona manifiesta así los intentos de Rosella: “Rosella se traza un sendero para caminar sobre las espinas y en su “salvaje” sensibilidad, ella está enamorada de Jesús como lo está una mística”.

Éstos son a grandes rasgos los tiempos por ella predeterminados: el 2 de julio de 1973 Rosella hace estallar de su espíritu un vigoroso y solemne canto de júbilo, porque, con la profesión religiosa, puede finalmente pronunciar su SÍ a Jesús de este modo: “Este SÍ me vincula contigo para siempre y por eso quiero pronunciarlo alto, generoso, ilimitado y sobre todo, amante a Ti y a tu Cruz”. Ella se injerta rápidamente en la espiritualidad de las Hijas de María Corredentora, que tiene como objetivo “formar almas que se ofrezcan como hostias para el sacerdocio, con la misma actitud de la Virgen María Corredentora, ocultándose, en silencio, en la contemplación, en el trabajo, en la inmolación de la voluntad al Dios conocido, amado y aceptado”.

Rosella cree firmemente que para seguir a Cristo de una forma radical tiene que despojarse de todo y de todos; y con tono sapiencial y con la madurez típica de una mujer adentrada en los caminos del Espíritu, con sólo 22 años de edad, marca un testamento espiritual pocos meses antes de su muerte: Rosella se ha dado enteramente a Jesús, debe y quiere saber todo en Jesús y no habrá absolutamente nada lejos de Jesús. Encuentra todo lo necesario dentro de su comunidad, porque de lo contrario, su alma, infaliblemente, caerá sin encontrar absolutamente nada. Hace todo para ser una religiosa, no solo de nombre, sino de hecho y no quiere nada más. Ella siempre encuentra dar y amar a Jesús en todo. A partir de una maraña de pensamientos, éxtasis, coloquios, dispuestos todos como si fuera un mosaico, emerge de manera clara e inequívoca, la audacia de Rosella en el amor de Dios; su deseo es que su propia voluntad “se rompa” ante la voluntad de Dios, así que cada vez más viajará hacia nuevos horizontes, hacia el estado de unión íntima y transformadora, que lo aparta todo para conseguir la unión eterna con su Divino Esposo.

Presumiblemente, en el año 1970, en una carta dirigida a sus superiores, Rosella afirma sentir la necesidad de comerciar con los “talentos recibidos”, porque “el día en que venga el Rey está cada vez más cercano”. ¿A qué día se refiere? En el binomio “puedo si quiero” está su decidida y férrea voluntad para coronar su vida espiritual. En este sentido, tiene un considerable valor una solicitud que ella dirige a sus superiores: “Bendecidme y ayudadme a abreviar esta breve distancia que me separa de Jesús”. A pocos meses de su muerte, el día 9 de octubre de 1973, exclama: “Pero yo, Jesús, quiero ser tuya y no estaré en paz hasta que no me vea a tu lado”.

La alternancia casi mística de sus elevaciones (éxtasis), hacen vibrar nuestro espíritu y nos lleva hacia otra aún más abrumadora. De su última carta a sus superiores – 24 de diciembre de 1973 – son estas palabras: “Necesito que usted mismo me guíe hacia el Camino de la Luz, la Luz que no tiene sombras de ningún tipo”. En esta misma carta, dice también: “Lamento que aún no me he encontrado con la directora. Tú sabes, Jesús, cómo y cuánto me gustaría saber cómo se lo digo, o por lo menos, ser capaz de hacerle comprender lo que siento en lo más profundo de mi alma cuando yo me encuentro cara a cara contigo, Jesús mío”.

Aquí es oportuno incluir una breve explicación del doctor de la Iglesia San Juan de la Cruz, en su obra “La Noche Oscura”, libro II, capítulos 19-20: La escala del Amor Divino, a través del cual el alma se eleva gradualmente a Dios, tiene diez pasos. El último paso hace que el alma se asimile totalmente a Dios, porque libre ya del cuerpo, la visión es cara a cara. Está claro que Rosella subió todos los escalones hasta llegar al último, elevándose a su Divino Esposo.

El día 4 de enero de 1974, el misterio que rodeó la vida de Rosella quedó parcialmente revelado. A las siete de la mañana, Rosella se encontraba con su hermana, inmóvil en la cama, con una escultura de la Virgen entre sus manos y el crucifijo de la profesión colgado al cuello. Su cara mostraba una belleza inquietante, y no mostraba respuestas a las preguntas ni a las vibraciones. ¿La constatación de esta transición con sólo 22 años era tal vez el cumplimiento del anhelo expresado en su adolescencia? “Dios mío, que yo pase por la tierra como si ella no me necesitase”. Parece que se cumplía el gemido del profeta Jeremías: “Me has seducido, Señor, y me dejé seducir: Me has forzado y has prevalecido”. La Congregación de las Hijas de Maria Corredentora, con la cabeza gacha, contempló estupefacta las maravillas operadas por el Espíritu Santo en Rosella, ofreciéndonos a todos esta flor mística de Antonimina, porque después de haber sido abierta en las sombras y en el silencio, ahora puede irradiar nuestro camino. Su último escrito en un calendario de 1974: “Luz de fe: un camino de paz al encuentro de Jesús”.

La Causa de canonización se ha abierto en la archidiócesis de Palermo en el año 2000 y tiene el reconocimiento positivo de la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos, desde el año 2008.

Damiano Grenci

Bibliografia y fuentes
* AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia dei Santi) – Voll. 1-12 e I-II-III apendice – Ed. Città Nuova
* C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
* Diocesis de Catanzaro – Squillace, Concetta Lombardo, Ed. Dehoniane Napoli
* Dora Samà, La vita nascosta in Cristo – La Monachella di San Bruno, Sud Grafica Marina di Davoli (2006)
* Película: “La Monachella di San Bruno”, dirigida por Enzo Samà y Gualtiero Manozzi (Julio 2004).
* G. Celico, L’originale storia di una mistica Calabro-Lucana, in L’Eco di Basilicata Campania e Calabria del 15 marzo 2006.
* G. Mongiardo, Mariantonia Samà “la monachella di San Bruno” (1875 – 1953) – 60 anni di Amore – Crocifisso, Ed. Parrocchia Santi Pietro e Paolo in S. Andrea s/Jonio
* Grenci Damiano Marco – Archivo privado iconográfico y hagiográfico: 1977 – 2014
* P. Ghedda e F. Polimeri, Rosella Stàltari: una contemplativa alle soglie del Duemila, Ed. Rubettino
* sitio web corredentrice.it
* sitio web newsaints.faithweb.com
* sitio web mariaangelicamastroti.it
* sitio web mariantoniasama.blogspot.it
* sitio web santibeati.it

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