Santos Simeón y Ana, profetas del Templo

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Presentación del Señor en el templo. Icono bizantino.

La praxis oriental en el año litúrgico tiene ciertas particularidades sobre la celebración de los Santos. En el caso de algunas grandes fiestas, el primer día después de la celebración está dedicado a las personas implicadas en dicho evento. Por ejemplo, el segundo día después de Navidad está dedicado a la Virgen María y a los que acudieron al establo en Belén. El nombre de esta fiesta secundaria, en 26 de diciembre, es el grupo (Sobor) de la Madre de Dios. Sólo el día siguiente, 27, está dedicado a San Esteban. El otro caso que mencionaré aquí es el que va detrás de la fiesta de la Teofanía, cuando el día siguiente está dedicado al Sobor (grupo) de San Juan Bautista.
Del mismo modo, los Santos Simeón y Ana, profetas, son celebrados el día después de la Presentación del Señor en el Templo, que de hecho cierra el período de Navidad en el calendario.

La historia de los Santos Simeón y Ana, los viejos profetas del Templo, es una creencia cristiana a caballo entre las Escrituras y la tradición. De acuerdo con el Evangelio de Lucas, los padres mortales de Nuestro Señor acudieron al Templo, cuarenta días después de su nacimiento, para cumplir con el tradicional rito judío, consistente en “re-comprar” el varón primogénito a través de un sacrificio de dos tórtolas o dos jóvenes pichones.
Fuera del texto bíblico, el historiador Flavio Josefo es el principal autor que nos describe la actividad del Templo de Jerusalén, hablando sobre el personal auxiliar cerca del mismo, profetas y profetisas, vírgenes, etc; que supuestamente ayudaban a los sacerdotes y levitas no con los rituales prescritos; sino con los asuntos administrativos. Por supuesto, los profetas tienen una misión particular, que no puede ser claramente especificada.
En el momento en el que María y José fueron al Templo para cumplir con el sacrificio ritual, San Simeón estaba cerca. El Evangelio dice que era un hombre justo y devoto que esperaba el consuelo de Israel, y el Espíritu Santo estaba con él (Lucas 2,25). Dios le había prometido que no moriría hasta que el Mesías prometido, Cristo el Señor, viniera al mundo.

La mención de Lucas permite a la tradición hacer algunas ampliaciones sobre la vida de este Santo. Las historias orientales, siguiendo la Carta de Aristeas (ca. 130 a.C) mencionan que San Siméon era uno de los 72 eruditos supuestamente dedicados a completar la primera traducción de la Escritura del nuevo hebreo al griego antiguo. La comunidad hebrea de Alejandría, a la que pertenece también Filón, formada después del exilio en Babilonia, tenía su propio templo en la isla de Elefantina, en Egipto, y trataba de establecer su propio culto. Había un problema: la mayoría de judíos locales sólo conocían el griego, por lo que no entendían la Torá. Debido a esto, con la participación del faraón Ptolomeo II Filadelfo (285-247 a.C), que quiso incluir la Ley judía en su gran biblioteca de Alejandría, intentaron traducir el texto de la Torá al griego. La leyenda menciona que fueron invitados eruditos de Jerusalén, y a partir de este punto la historia no sigue ya la Carta de Aristeas. El número de 72 fue reducido a 70, con la intención de hacerlos coincidir con los 70 santos varones que ayudaron a Moisés con la aplicación de la Ley (Núm. 11, 24 sq.). Con esto ha quedado claramente subrayada la teoría de la inspiración verbal de la Biblia, una idea muy difundida en la Iglesia oriental.

Simeón con el Niño Jesús en brazos. Icono ortodoxo griego.

San Simeón está considerado como uno de los 70/72 eruditos que tradujeron el texto. De acuerdo con el Prólogo de Ochrid (que contiene las vidas de los Santos, escrito en la Edad Media) San Simeón tuvo que traducir el libro de Isaías y parece que se quedó trabado en el texto de 7,14: “Mirad que una virgen concebirá y dará a luz a un Hijo”. Creyendo que virgen era poco acertado, quería corregir el texto para poner joven mujer. En ese momento un ángel se le apareció y contuvo su mano diciendo, “Tú verás cumplirse estas palabras. No morirás antes de contemplar a Cristo el Señor nacido de una Virgen pura y sin mancha”. Desde ese día, San Simeón vivió esperando el Mesías prometido.
Un día, recibió una revelación del Espíritu Santo para que acudiese al Templo, y es ahí donde la tradición sigue de nuevo a la Escritura (Lucas 2, 27). Era el mismo día en que la Virgen María y San José habían acudido al templo para cumplir el ritual prescrito por la Ley judía.

Si seguimos la leyenda, parece claro que Simeón tenía, el día en que se encontró con Jesús, más de 300 años de edad (según la leyenda, 360), una edad claramente inverosímil. Pero si unimos esto a la descripción de las vidas de los primeros ancestros de la humanidad, Adán vivió 930 años, Set 912, Jared 962, Matusalén 969, Lamec, el padre de Noé, 953… unas edades muy venerables. Muchos Padres de la Iglesia interpretaron esto literalmente, así que no sé si debería dudarlo, sólo porque en nuestro siglo eso parezca risible. Preferiría creer el texto bíblico.

Después de ver al Santo Niño, Simeón lo tomó en sus brazos y oró al Señor con una oración que se lee en las Vísperas del rito bizantino: “Señor, ahora puedes dejar a tu siervo irse en paz, según Tu palabra, pues mis ojos han visto Tu salvación, que has preparado ante todas las gentes, luz para iluminar a los gentiles y gloria de Tu pueblo, Israel” (Lucas 2, 29-32). Esta oración, leída en el susodicho contexto, se comprende muy bien. El tiempo de espera habría sido muy largo y difícil para él. Incluso un texto de los Salmos dice que la edad de un varón oscila entre los 70-80 años, pero más que eso, es sólo amargura y dolor (Salmo 90, 10). Que Simeón viviera más allá de la esperanza de vida habitual lo menciona George Kedrinos en su Synopsis y Euthymios Zygabenos en el Comentario de Lucas 2; quien menciona que el anciano Simeón tenía al menos doscientos setenta años cuando recibió a Cristo Niño en sus brazos.

Panagia de las Siete Flechas, representación ortodoxa de los dolores de María. Icono griego.

Pero hay más. Simeón es el primero en profetizar a Santa María su “modo” de sentir dolor. Un Gólgota mariano que significa profetizar a la madre la pasión de su hijo. El dolor de la madre contemplando la crucifixión es “una espada te atravesará el alma” (Lucas 2, 23-24), que aparece con mucha más frecuencia en la iconografía occidental.

San Simeón ha sido conectada con otras leyendas distintas, según las cuales él era un rabino, el hijo de Hilel y padre de Gamaliel mencionado en los Hechos 5, 34; pero eso choca con la sencilla referencia que hace Lucas de Simeón como “un hombre en Jerusalén”. El evangelio apócrifo de Nicodemo (17,1-3) menciona a dos hijos de Simeón: Carino y Leucio, que fueron resucitados cuando Nuestro Señor bajó a los infiernos (Mat. 27, 52). La tradición oriental afirma que Simeón podría haber sido sacerdote, de ahí que estuviese en el Templo. Los Padres de la Iglesia que lo mencionan son Atanasio el Grande, en Sobre la misma naturaleza del Padre y del Hijo; San Cirilo de Jerusalén, en Homilía de la Presentación del Señor; y San Epifanio de Salamina, en Enseñanzas sobre los Padres de la Vieja Ley. También San José el Himnógrafo, compositor del Canon para la celebración de San Simeón, lo identifica como un sacerdote en activo: “Oh bendito sacerdote, tú ofreciste los sacrificios de la Ley, el cordero, por gracia inefable, manifestando con anticipación la sangre del Salvador; y recibiéndolo encarnado; oh Simeón, tú te has mostrado más glorioso que Moisés y todos los profetas”.

Santa Ana:
El evangelista Lucas habla en los tres siguientes versículos de esta historia de la Presentación sobre una misteriosa profetisa llamada Ana, que también anunció al Mesías: “Y había allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, muy avanzada en años, que casada en su juventud, habia vivido con su marido durante siete años. Desde entonces había permanecido viuda y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y empezó a dar gracias al Señor y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la salvación de Jerusalén”. (Lucas 2, 36-38).

Santa Ana, la Profetisa. Icono ortodoxo americano. Convento de Santa Elizabeth la Gran Duquesa de Rusia, Etna, California (EEUU).

Un erudito jesuita del siglo XVII, Cornelio Lapide, apuntaba que el nombre de Fanuel significa “rostro de Dios”, mientras que Ana significa “gracia”, una interesante combinación de nombres, que simbólicamente conectan con un texto del Génesis 32,30: “Porque la gracia procede del rostro y de la boca de Dios, y es alentada entre los creyentes”. También el lugar donde Jacob vio a Dios cara a cara, fue llamado por él Peniel o “Fanuel”. El misterio sobre Ana es grande, porque ella procedía de la tibu de Aser, una de las 10 tribus perdidas de Israel.

Lucas dice que Ana era muy vieja, y varias Biblias y antiguos comentarios defienden que ella tenía 84 años. En cualquier caso, el pasaje del evangelio de Lucas es ambiguo: podría significar que tenía 84 años, o que había sido viuda durante 84 años. Algunos eruditos, y entre ellos Ambrosio de Milán, consideran esto último lo más probable. En esta opción, ella no se habría casado antes de los catorce años, así que hubiese tenido al menos 14+7+84= 105 años de edad. La intención de San Lucas es probablemente afirmar que era prácticamente como una virgen, para que la pureza de la profecía estuviese conectada con la pureza carnal, que es algo también contemplado por la cristiandad oriental y especialmente en el monacato como un deber.

Santa Ana, cuyo nombre significa simbólicamente “gracia”, es en la tradición oriental la protectora de las viudas, vírgenes y mujeres ascéticas. La Iglesia Católica la celebra el 1 de septiembre, pero en la Iglesia Oriental se la celebra, juntamente con San Simeón, el 3 de febrero.

Las reliquias de San Simeón, El Que Recibió a Dios:
Hay dos diferentes tradiciones sobre el “viaje” de las reliquias de San Simeón el Profeta. En Occidente existe la tradición de que Carlomagno podría haber conseguido, tras un increíble viaje a Constantinopla, el brazo del Santo que habría sostenido a Cristo. Esta reliquia pudo estar guardada en Aquisgrán, y de allí trasladada a Saint-Denis, cerca de París, por Carlos el Calvo. Algunos otros lugares que conservar tradicionalmente parte de las reliquias son Periguéux, Palermo y Bruselas.

Altar y sepulcro de San Simeón en Zadar, Croacia.

Otra tradición, que no necesariamente contradice la primera, afirma que el cuerpo de San Simeón fue trasladado de Siria a Constantinopla en algún momento entre 565 y 578, durante el reinado de Justino II, que las guardó en la iglesia de Santiago el Hermano del Señor, que fue alzada por el emperador Justino, cerca de Santa Sofía, en el siglo VI. Su tumba fue vista por el peregrino ruso San Antonio, el futuro arzobispo de Novgorod (8 de octubre) en 1200. Quizá una parte de éstas fueron ofrecidas a Carlomagno, pero no se menciona tal cosa en los documentos bizantinos. Las reliquias del Santo permanecieron allí hasta que los cruzados tomaron Constantinopla en 1203 con la ayuda de la flota veneciana. Los cruzados tomaron las reliquias de San Simeón y las dejaron en Zara (hoy, Zadar, en Croacia), en la costa dálmata, controlada por los venecianos; en la iglesia de la Virgen, hospicio de peregrinos en aquel momento, al parecer a raíz de una gran tormenta en el mar que evitó una posterior navegación a Venecia.

Hay una iglesia llamada San Simeone Grande en Venecia, dedicada al Santo, donde se le hizo un hermoso monumento (cenotafio) en 1317, con la intención de trasladas las reliquias allí, pero lo cierto es que hasta hoy han permanecido en Zadar. Incluso aunque el cenotafio afirma que “aquí está el cuerpo de Simeón” (hic stetis corpus Beati Symeonis annis centum et XIIII), este monumento está vacío. Es curioso que mencione que Simeón habría vivido durante 114 años.
El 17 de octubre de 2010, ante la insistencia del abad Theodoret del monasterio de la Santa Cruz en Jerusalén, el Arzobispo Želimir Puljić de Zadar ofreció una parte de estas reliquias a la iglesia del monasterio de San Simeón en Katamon, siendo recibidas por el patriarca Theophilos de Jerusalén. En este monasterio había una antigua tumba, considerada la tumba primigenia de San Simeón.

Sobre las reliquias de Santa Ana no he podido hallar información. Así como buena parte de su vida es un misterio, también sus restos mortales son desconocidos.

El Patriarca de Jerusalén recibe las reliquias del Santo.

Troparion (Himno) de los Santos:
“En el Templo tú abrazaste como niño a Dios, la Palabra que se hizo carne. Oh glorioso anciano Simeón, que sostuviste a Dios en tus brazos. Y también como profetisa la augusta Ana le alabó. ¡Os aclamamos como divinos siervos de Cristo!”

Mitrut Popoiu

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