Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein): judía, filósofa, carmelita, mártir (III)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía de Edith Stein en hábito carmelita. Al pie de la foto, su firma.

Fotografía de Edith Stein en hábito carmelita. Al pie de la foto, su firma.

Rosa
La última etapa de la vida de Edith estuvo ligada a su hermana, Rosa. Tras la muerte de la madre se vio libre para seguir su vocación. Ella, que se había bautizado en la Navidad de 1936, deseaba ser terciaria carmelita, aunque su primer intento la llevó a caer víctima de una embaucadora en Bélgica, que la despojó de lo poco que había podido traerse de Alemania. Entonces, Edith pidió ayuda para que su hermana pudiera pasar a Holanda, y acabaron recibiéndola en el Carmelo de Echt, adonde llegó sin casi nada. Obtenido el permiso de residencia allí, a los seis meses Rosa pudo ver cumplido su sueño de ser terciaria carmelita, con el nombre de sor Rosa María de Jesús, emitiendo sus votos el 25 de junio de 1941 y quedándose como portera del convento, como sacristana, y ayudando también en las tareas del jardín. Era muy trabajadora y laboriosa y, aunque no llegó a hacer el año de noviciado que deseaba, trabó muchas amistades en el lugar, hasta el punto de que fue vivamente llorada por muchas personas, cuando se la llevaron junto con su hermana.

El agravamiento de la situación
Pronto llegaron noticias de carmelitas expulsadas de sus conventos, usurpados por el régimen nazi. Y de pronto, Edith, que había sido trasladada a Echt como medida preventiva, se encontró con que de nuevo estaba poniendo en peligro a la comunidad que la había acogido. Hizo las pesquisas que consideró necesarias, solicitando que ella y su hermana pudieran quedarse permanentemente en Echt -ya que, oficialmente, no estaban integradas- y se las borrara de las listas de emigrantes. Las dos hermanas tuvieron que sufrir interrogatorios interminables por parte de las SS de Ámsterdam, declarando durante horas y horas, mientras se rellenaban ficheros sobre sus personas y respuestas dadas. En realidad, las estaban fichando, para luego proceder más fácilmente a su deportación. Aunque habían solicitado Estados Unidos como posible destino en caso de tener que emigrar, y Edith había recibido invitación por parte de un Carmelo en España, lo cierto es que no pudieron hacer nada ya. Ni siquiera recurrir a su última opción, que era salir hacia Suiza, territorio neutral. Eso tampoco pudo ser. Entretanto, siguiendo las estrictas órdenes impuestas, las dos hermanas tuvieron que comprar la pertinente estrella de tela amarilla y llevarla cosida sobre el hábito, lo que las marcaba como judías.

Escultura de la Santa en Boston (EEUU) ostentando la estrella que la marcaba como judía.

Escultura de la Santa en Boston (EEUU) ostentando la estrella que la marcaba como judía.

Finalmente, llegó el factor desencadenante: la carta de los obispos holandeses al Comisariado del Tercer Reich, denunciando la terrible situación que se vivía y exigiendo el cese inmediato del plan de deportaciones masivas de judíos, acusando al gobierno de “ofender gravemente a Dios” y “herir el sentimiento moral del pueblo holandés” con tales disposiciones. Se ofreció un intento de negociación por parte del régimen, que ofrecía no deportar a ningún judío bautizado antes del 1 de enero de 1941, lo que de hecho incluía a Edith y a Rosa; pero estas condiciones no fueron aceptadas por los obispos: ellos hablaban por y para todos los cristianos, sin excepción. A continuación, publicaron una carta pastoral denunciando la situación que fue leída en los sermones de todas las iglesias de Holanda, haciendo así públicas las deportaciones en masa y exponiendo la atroz política del Gobierno. Acababan de sellar el destino de Edith, Rosa y los demás judíos cristianos, pues las represalias serían terribles: la deportación sin condiciones de todos los judíos católicos, y la de los evangélicos, a menos que sus Iglesias demostraran que no habían firmado tal carta. El tiempo de Edith y de Rosa se agotaba.

“Vamos con nuestro pueblo”
El intento de emigración con Rosa a Suiza, como ya hemos dicho, no tuvo éxito. Tenía que estar preparada en todo momento para la “llamada victimal”. A finales de 1939 escribía: “He recibido el nombre que he querido; bajo la cruz, tengo mi destino. Ahora se mejor qué quiere decir estar desposada con el Señor bajo el signo de la cruz, aunque jamás se comprenderá por completo, porque es un misterio”. Así, cuando la Gestapo se presentó el día 2 de agosto de 1942 en el convento del Carmelo de Echt, preguntando por ella y por su hermana, Edith se acercó humildemente a Rosa susurrándole llena de fe: “Vamos con nuestro pueblo” y así comenzó su Vía Crucis.

Amersfort, Westerbork y Auschwitz fueron las etapas en las cuales, la humilde carmelita descalza se fue acercando a la cruz, no tanto como judía sino como judía católica, a través del cual el nacionalsocialismo quería herir a la Iglesia Católica por sus protestas, realizadas a través de los obispos, contra el pensamiento y la actuación nazi. Edith, plenamente abandonada a aquel Dios al cual se había ofrecido como víctima, escribía coherentemente desde Westerbork a la priora del convento de Echt el día 6 de agosto: “Una “scientia Crucis” sólo se puede conseguir si se siente la pesadez de la cruz con toda su crudeza. De esto estoy convencida desde el primer momento y por eso he dicho con todo mi corazón: ¡Ave Crux, spes unica!”.

Edith y Rosa Stein en Auschwitz. Ilustración contemporánea.

Edith y Rosa Stein en Auschwitz. Ilustración contemporánea.

Podemos aportar diversos testimonios de supervivientes que la vieron y conocieron en Westerbrook, que creo interesante reseñar: “El barracón estaba dividido en dos partes por un tabique (…) las monjas constituyen un grupo aparte, una especie de comunidad, que recita el breviario y el rosario. Edith Stein es considerada por todos la superiora. Su actitud silenciosa suscita un gran sentido de la autoridad”.

“Se mantenía sumamente tranquila y dueña de sí. No traslucía señal alguna del miedo al futuro incierto que la aguardaba. Serenamente abandonada a su destino, había puesto su vida en manos de Dios. En sus ojos claros resplandecía el ardor de la carmelita santa, que habla con voz sumisa, pero callaba sobre sus peripecias personales. Rosa Stein aseguraba estar bien. El ejemplo de su hermana Edith era para ella de gran ayuda”.

“La gran diferencia entre Edih Stein y las demás monjas estaba en el silencio. Mi impresión personal es que en el fondo estaba dolorida y no asustada (…) pienso que sabía lo que se les venía encima a ella y a las demás. (…) pensaba no en su sufrimiento, sino en el dolor que soportarían las demás. Todo en su aspecto me suscitaba un pensamiento, al recordarla sentada en el barracón: una Piedad sin Cristo”.

“Entre los prisioneros recién llegados (…) sor Benedicta se distinguía por su extrema tranquilidad y calma. (…) circulaba entre las mujeres consolando, ayudando, tranquilizando (…) Muchas madres, casi enloquecidas, habían desatendido desde hacía varios días a sus hijos (…) sor Benedicta se ocupó enseguida de los pobres pequeños, los lavó, los peinó y cuidó de ellos, alimentándolos y asistiéndolos. (…) A mi pregunta: “¿Qué va a hacer ahora?”, me respondió: “Hasta ahora he rezado y trabajado; desde ahora trabajaré y rezaré”.

En Auschwitz siguió viviendo de esta “ciencia de la Cruz”, dando caridad, mostrando paciencia y dulzura, dándose ella misma, abandonándose plenamente en las manos de Dios y en las de sus hermanos de cautiverio, especialmente los más pequeños.

Reliquia de la Santa en la catedral de Speyer, Alemania.

Reliquia de la Santa en la catedral de Speyer, Alemania.

“Ad orientem”: el martirio
En la mañana del 7 de agosto de 1942, los prisioneros de Westerbrok son trasladados a Auschwitz. En una parada del tren no lejos de Speyer, donde Edith había sido profesora, ella logra intercambiar unas palabras con el capellán de Ludwigshafen, y arrojarle por el portillo, cuando el tren ya estaba en marcha, media hoja de una página de agenda en la que estaba escrito: “Saludos de sor Teresa Benedicta de la Cruz, que se dirige ad orientem”. Esta sencilla nota es la última señal de vida de Edith Stein que conocemos. Lo que ocurrió después con certeza sólo lo sabe Dios, pero parecía seguro que consumó su sacrificio en una cámara de gas entre los días 8 y 11 de agosto de 1942.

Se supone que el convoy de Edith llegó a destino el domingo 9 de agosto y que ese mismo día fue martirizada; no concretamente en Auschwitz, sino más bien en Birkenau, porque el primero no tuvo cámaras de gas hasta 1943. Ya sabemos cómo era la muerte en la cámara de gas: por asfixia, causada por el ácido cianídrico, un veneno empleado contra ratones. La supervivencia era de cinco a diez minutos. No más.

Durante 10 años, las hermanas del Carmelo no perdieron la esperanza de volver a saber de Edith. Esperaban contra toda esperanza. Finalmente, la terrible confirmación llegó el 16 de febrero de 1950, cuando el Boletín oficial del Ministerio de Justicia holandés publicó la lista de víctimas número 34. En ella estaba su nombre: Edith Teresa Hedwig Stein, número 44.074, y la fecha de su muerte: 9 de agosto de 1942.

El siguiente 4 de mayo, en la lista de víctimas número 86, estaba su hermana: Rosa María Inés Adelaida Stein, número 44.075, muerta el 9 de agosto de 1942. Las dos hermanas habían partido de este mundo juntas, el mismo día.

Escultura de la Santa en la catedral de Sevilla, España.

Escultura de la Santa en la catedral de Sevilla, España.

Culto y veneración
Desde el primer momento se la recordó como mártir -asesinada no sólo por ser judía, sino también por ser católica, en castigo y represalia de la oposición y denuncia cristianas contra los crímenes del nazismo- y tanto en Oriente como en Occidente, desde los intelectuales hasta los más humildes, solicitaron su beatificación, asegurando que habían sido ayudados y protegidos tanto en sus necesidades corporales, como en las morales y espirituales. Así, entre 1962 y 1972 se inició el proceso ordinario en la archidiócesis de Colonia y otros “procesos rogacionales” en otras 22 diócesis tanto de Europa como de América. El 10 de marzo de 1978 fue publicado el decreto que reconocía sus escritos, con dos votos o anotaciones verdaderamente notables: uno de carácter filosófico y el otro, de carácter teológico y ascético, los cuales, con el permiso de la Santa Sede, fueron publicados en Roma con un año de antelación.

El 15 de noviembre de 1985, la Sagrada Congregación para las Causas de los Santos validaba mediante decreto todo el proceso, con lo que se abría la vía para la preparación de una voluminosa “Positio super causa indroductione”, sobre la cual, el entonces “promotor de la fe” el 14 de febrero de 1982 daba un “votum”, en el cual, más que exponer objeciones, sólo solicitaba algunas aclaraciones. De esta manera, el estudio de la vida y de la muerte de Edith hizo cambiar las perspectivas de la misma Causa, por lo cual, la propia Congregación para las Causas de los Santos, con fecha 17 de enero de 1986 concedió que esta Causa fuera propuesta “via martyrii”. Desde esta óptica, en 1986, se redactó una nueva “Positio super martyrio et super virtutibus”. El día 4 de mayo de 1987, San Juan Pablo II la beatificó en Colonia (Alemania) y el mismo Papa la canonizó en Roma el día 11 de octubre de 1998, ordenando celebrar su fiesta en el día de su martirio: el 9 de agosto.

Una mujer irrepetible
Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Edith Stein, es una de las figuras más admiradas de nuestro tiempo. Y no sólo se la recuerda como una gran filósofa que trató de acercar la fenomenología y el pensamiento moderno con la “Philosophia perennis”, con notables y equilibradas intuiciones sobre la vocación y la misión de la mujer y con una sagaz profundización sobre la pedagogía, sino que sobre todo se la recuerda como una cristiana que supo seguir a su Maestro con amorosa disponibilidad y fidelidad hasta la cruz. Sobre la cruz, desde el punto de vista más profundamente teológico, sintió cada vez más el amor y su pertenencia al pueblo judío. Fue una mujer de una profunda vida interior desde el mismo momento de su conversión, dándose completamente a su Señor con un espíritu de total abandono en sus manos salvadoras. Y si ya en el mundo, justo después de su bautismo, a quien la observaba en la interior de un templo, le daba la impresión de que era una especie de “Ecclesia orans”, en realidad, con anterioridad a su conversión, su deseo de buscar la verdad era una verdadera oración, como ella misma decía.

Escultura de la Santa, obra de Wolfgang Bialas (2006). Edith lleva la Torá, símbolo del judaísmo, y la Cruz, símbolo del cristianismo. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Escultura de la Santa, obra de Wolfgang Bialas (2006). Edith lleva la Torá, símbolo del judaísmo, y la Cruz, símbolo del cristianismo. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

En el Carmelo se reveló con un espíritu de oración tan intensa y continua como la del profeta Elías y el resto de los profetas del Antiguo Testamento, caminando siempre “en la presencia del Dios vivo”. Era humilde, sonriente, atenta en la atención a todos, aceptando cualquier trabajo que se le encomendara, aun aquellos de los que legítimamente podía escurrirse. Obligada por el padre provincial a continuar con sus estudios filosóficos, trataba siempre estar integrada en su comunidad lo más posible, ya fuera en Köln, ya fuera en Echt. Vivía de Dios, tratando de realizar su “oferta victimal” desde las más humildes realidades cotidianas, sobre todo ejercitando la paciencia y dándose a sí misma; y así, de igual manera, se comportó en los campos de concentración y fue inmolada en Auschwitz.

En ella hemos conocido a una mujer irrepetible. Y en honor a ella y lo que su figura ha significado, aunando en una misma persona -judía, filósofa, carmelita, mártir- la esencia de la misma Europa, multicultural y multirreligiosa, intelectual y espiritual; ha sido proclamada una de las patronas de Europa, la más contemporánea; junto a Benito y Brígida de Suecia, Catalina de Siena, Cirilo y Metodio.

Que ella, que sufrió en carne propia el odio racial y destructor que sólo puede darse entre seres humanos, ruegue por los europeos y por todos los habitantes de este mundo, para que no se repitan más los errores del pasado y podamos construir un lugar mejor que legar a nuestros hijos.

Dejo la primera parte de la película “La séptima morada”, de Marta Meszaros, sobre la vida de nuestra Santa; para que quien esté interesado pueda seguirla a partir de los demás vídeos relacionados en Youtube. Aunque la interpretación de la actriz principal -Maia Morgenstern- como Edith Stein es excelente, hay que tener en cuenta que la película es una interpretación muy personal de la directora respecto a la vida de la Santa, por lo que no hay que tomar exactamente al pie de la letra todas las escenas o frases vertidas en la película. Para conocer a Edith Stein, lo mejor es remitirse a la bibliografía.

Meldelen

Bibliografía:
– AYLLÓN, José Ramón, 10 ateos cambian de autobús, Ed. Palabra, Madrid 2009, pp.89-94.
– MACCA, G.V., Bibliotheca Sanctorum: Enciclopedia dei Santi, Apéndice I, Ed. Città Nuova, Roma 1987.
– SALVARANI, Francesco, Edith Stein: hija de Israel y de la Iglesia, Ed. Palabra, Madrid 2012.

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Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein): judía, filósofa, carmelita, mártir (II)

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Edith fotografiada en 1922, vestida de blanco para su bautismo.

Edith fotografiada en 1922, vestida de blanco para su bautismo.

A contracorriente
A pesar de su clara preparación y precocidad en el catecumenado, la fecha del bautismo de Edith quedó fijada para el día 1 de enero de 1922. Quedaba la prueba más dura: enfrentarse a la familia. En efecto, la conversión a la fe cristiana, en particular, a la católica, iluminada por la vida de Santa Teresa de Ávila, incluía otro deseo incipiente que también había despertado en su interior: la vocación al Carmelo. No era pues, poca cosa, pues como bien dicen sus biógrafos, Edith estaba tomando tres decisiones: hacerse cristiana, hacerse católica y hacerse carmelita. Para la familia hubiera sido más tolerable que se hubiese hecho luterana.

Se confió en primer lugar a su querida hermana Erna, quien estaba a punto de dar a luz y pasó unos días ayudándola; pidiéndole que preparara a su madre para comunicarle su decisión. Pero nada hubiese augurado la reacción de doña Augusta -la madre de ambas- para aquella noticia. Cuando se arrodilló a su lado y le confesó: “¡Mamá, soy católica!”, la reacción de la anciana mujer fue estallar en lágrimas. Ella, que era y siempre había sido una devota judía, había tolerado el matrimonio irreligioso de su hija mayor, el ateísmo, la irreligiosidad y la incredulidad de su hija menor, Edith, su predilecta; las había soportado hasta la fecha, pero que ésta hubiese abrazado la fe en Cristo, el Hombre-Dios, era una traición a la fe hebrea. La reacción de la madre -que ni en los momentos más duros de su vida había derramado una sola lágrima- desconcertó tanto a Edith que también ella se echó a llorar. Aquella brecha entre madre e hija jamás se curaría: “Estoy próxima a entrar en la Iglesia Católica. (…) Éste es un pésimo momento para mí. Para mi madre, la conversión era lo peor que podría hacerle, y para mí es terrible ver cómo se atormenta sin que pueda aliviarla. Hay aquí una absoluta falta de comprensión”.

Por ello, aunque Edith consideraba el bautismo como una antesala de su entrada en el Carmelo, no quiso de momento abordar aquel tema con su madre, para no destruir más su ánimo y las relaciones entre ellas dos. Recibió el bautismo en la fecha fijada -1 de enero de 1922-, eligiendo el nombre de Teresa, en honor a la Santa que le había abierto los ojos a la fe; y Hedwig (Eduvigis) en honor a su madrina de bautismo, la filósofa protestante Hedwig Conrad-Marius, amiga y confidente, que la acompañó en aquel renacimiento espiritual y dio fe de que, en aquel momento, “lo más hermoso era su alegría radiante, una alegría de niña”. Alegría que por desgracia no podía compartir con su propia sangre, pues, en palabras de su hermano: “(…) estábamos persuadidos de que la religión católica consistía en andar de rodillas y besar los pies a los curas. No nos cabía de ninguna manera en la cabeza, pues, cómo el alma noble y luminosa de nuestra Edith pudiera rebajarse a abrazar esta secta supersticiosa”.

Edith fotografiada en torno al año 1926.

Edith fotografiada en torno al año 1926.

Entretanto, Edith recibió la confirmación el 2 de febrero de 1923 y asistía a la misa diariamente, acompañando también a su madre a la sinagoga. Doña Augusta seguía sorprendiéndose de ver a Edith rezar los Salmos con tanto fervor, señal que durante un tiempo había interpretado, erróneamente, como un retorno al judaísmo. No era así; y para más inri, otra de las hermanas de Edith, Rosa, estaba encaminándose también hacia la fe católica, aunque no se veía con fuerzas para enfrentarse ella también con la madre. Para recorrer aquel camino a contracorriente se precisaba una fortaleza fuera de lo común.

Profesora y conferenciante
Edith, entretanto, había abandonado la universidad y se colocó bajo la guía espiritual del canónigo Swind -quien, tal y como ella había esperado, le desaconsejó el claustro, al menos de momento- y después, del abad Walzer de Beuron. En Speyer, desde 1923 hasta 1931 estuvo enseñando alemán e historia en el liceo de las madres dominicas, viviendo como una de ellas, adquiriendo una extraordinaria madurez cristiana, ayudada también por la profundización en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, del cual publicó la versión alemana de las “Quaestiones disputatae de veritate”. Mientras se entregaba a una intensa vida científica, se dedicaba a dar conferencias en determinados ambientes culturales y de fe, especialmente tratando sobre la vocación de la mujer en el mundo y en la Iglesia; al tiempo que su personalidad se transformaba: ella, que había sido docta y propensa a no tolerar y a corregir los defectos de los demás, se había vuelto humilde –“Sólo soy un instrumento del Señor”– y caritativa, pues pasaba sus escasas horas libres en los comedores sociales de la ciudad; y, como ya hemos dicho, hacía ya una vida prácticamente monacal, siguiendo los horarios de las madres dominicas y desarrollando una profunda vida interior de intensa oración.

Todas sus conferencias de esta época -sobre la mujer, el varón, sobre Cristo, la Iglesia, la formación de los jóvenes y la educación permanente- se desarrollaron en los años que precedieron a la llegada de Hitler al poder. El contenido de sus conferencias era como una respuesta al futuro Canciller y dictador, que ya entonces empezaba a propagar por Alemania su bronco mensaje de odio.

Edith -en el centro, vestida de negro- con sus alumnas de Speyer.

Edith -en el centro, vestida de negro- con sus alumnas de Speyer.

Cuando dejó Speyer, regresó a Breslavia, a la casa materna, y se encontró con que era ya incapaz de vivir fuera de un ambiente monacal. La vida en el mundo se le hacía insoportable, no congeniaba con su espiritualidad; pero su hermana Rosa, dividida entre su ansia por el bautismo católico y el temor de disgustar a la madre, necesitaba ayuda. Además, la sobrina de ambas, Erika, que era una fervorosa hebrea y combatía con ahínco a sus dos tías, hacía más difícil la situación si cabe.

En 1932, después de haber esperado inútilmente obtener la docencia en la universidad de Friburgo -rechazada una y otra vez, ya no por su condición de mujer, sino por su ascendencia judía, cuando no por su conversión al catolicismo-, se dedicó al Instituto superior de pedagogía de Münster, donde fue acogida con los brazos abiertos, pues ya entonces era considerada una mujer de gran prestigio. Sin embargo, la docencia durará sólo unos pocos meses: en 1933, el régimen nacionalsocialista la destituyó por ser judía. No había perdido ocasión de animar a sus alumnos a manifestar abiertamente su oposición al régimen nazi. Ella misma no había tenido pelos en la lengua a la hora de manifestar sus convicciones: en este ámbito se encuadra su valiente y decidida carta al Papa Pío XII, pidiéndole que se posicionara en contra del nazismo. Para leer el contenido de esta carta, me remito al artículo siguiente.

Edith en una fotografía de 1931.

Edith en una fotografía de 1931.

Hacia el Carmelo
Viéndose expulsada y sin posibilidad de ejercer la docencia, tomó la decisión de cumplir por fin su sueño anhelado: ingresar en el Carmelo, y eso a pesar de que había recibido una oferta de docencia en Sudamérica. El padre Waltzer atestiguaría: “Amaba el Carmelo de mucho tiempo y deseaba entrar en él. Llevó a cabo este deseo simplemente en cuanto las condiciones de vida del Tercer Reich no me permitieron retenerla más en el mundo. Oyó la voz del Altísimo y siguió su llamada sin demasiado intento de saber adónde conducía el camino”. Pero al hacer su solicitud de ingreso en el monasterio de Himmels-pforten-Würzburg, no fue admitida, por su madre y por el papel que desempeñaba en el mundo católico. Sin embargo, Edith no se rindió: en mayo de 1933 se presentó en el monasterio de Lindenthal-Köln, y siendo interrogada por la maestra de novicias acerca de cómo una mujer qué podía hacer tanto bien en el mundo quería entrar en clausura, Edith le dio una respuesta que revelaba plenamente su vocación: “No es la actividad humana la que me puede salvar, sino que es la Pasión de Cristo. Aspiro a participar en ella”. Esta vez sí fue admitida.

Lo más duro, nuevamente, fue tener que enfrentarse a la familia. Si ya había sido duro aceptarla como conversa católica, se presentaba la tesitura de verla desaparecer tras los muros de un convento, ella que tan activa, prolífica y enriquecedora había sido para el mundo. Doña Augusta todavía no había digerido su bautismo, y ahora esto, especialmente en un momento de dramática situación política para su pueblo -la persecución de los judíos por el régimen nazi-, por lo que su decisión fácilmente podía interpretarse como una vileza, una cobardía: esconderse. Como era de esperar, la madre reaccionó ante la noticia con un “rechazo desesperado” y a partir de ese momento, ya no hubo paz para Edith, siendo constantemente asaltada por su madre y por su sobrina Erika, la ferviente hebrea, para que desistiera de su decisión. Los demás hermanos optaron por dejarla estar: conocían bien a Edith y sabían que tomar decisiones precipitadas no era lo suyo. Es más, muchos años había postergado esta decisión. Finalmente, doña Augusta, lamentándose, le dijo, refiriéndose a Cristo: “¿Por qué has tenido que conocerlo? No quiero decir nada contra Él. Sin duda fue un hombre bueno. Pero, ¿por qué se hizo Dios?”. Después de esto no hubo más que una separación entre lamentos y lágrimas, ante la consternación de la familia y las palabras de despedida de Erika: “Que el Eterno te asista”. La experiencia fue tan terrible que Edith no pudo sentir la alegría exhuberante que deseaba, pero sí la invadió una enorme serenidad: había llegado “al puerto de la voluntad de Dios”.

Edith, ya como sor Benedicta, llevando el hábito carmelita.

Edith, ya como sor Benedicta, llevando el hábito carmelita.

Sor Benedicta
Ingresó en el Carmelo de Colonia, pues, vistiendo el hábito en el mes de abril de 1934, tomando el nombre de sor Teresa Benedicta de la Cruz. Teresa, por la querida Santa de su conversión. Benedicta, en honor a San Benito, el santo de la abadía donde había aprendido a rezar con la Iglesia, su santo patrón, el de su onomástica. La Cruz de Cristo, a la que debía todo. Pero además, su nombre en latín tenía significado por sí solo: Theresia Benedicta a Cruce: Teresa, bendecida por la Cruz. Hizo la profesión simple el 21 de abril de 1935 y emitió sus votos solemnes el Viernes Santo de 1938.

La vida en el Carmelo la rejuveneció muchos años. En sus cartas, y en su rostro cuando la visitaban, quienes la veían no leían más que alegría y plenitud. Acostumbrada desde hacía años a un horario castrense y monacal, el horario del convento no se le hacía pesado. Cuando ingresó, sus superiores y compañeras no sabían nada de su carrera docente y de su notoriedad como filósofa; pues ella ni siquiera planteó la posibilidad de continuar con sus trabajos en el convento. Sólo deseaba desaparecer en el Carmelo. Al descubrir su gran valía intelectual, quedaron atónitos al comprobar que una mujer como ella hubiese elegido una Orden tan poco intelectual como la carmelita; y entendieron un poco mejor por qué se mostraba torpe e imperfecta con alguna de las labores o tareas físicas que debía realizar en el convento, a las que se aplicaba con tal ahínco que incluso temieron por su salud. Por ello, con el tiempo, fue exonerada de las tareas físicas -a pesar de sus protestas- y se le conminó a centrarse en lo que era realmente buena: la tarea intelectual. Se le permitió, pues, seguir escribiendo. Publicó diversas obras filosóficas y otras de historia de su Orden, por obediencia. Estaba tan integrada y feliz en el convento que, cuando recibía visitas, se apresuraba a corregir a quienes todavía tenían la costumbre de llamarla “señorita Stein”, indicando que debían llamarla “sor Benedicta”.

La pequeña Ester
Pero por aquellos tiempos, ya se vislumbraba un negro horizonte. Ella había terminado su gran obra “Endliches und ewiges Sein” y su nombre era todo un reclamo. Así, en diciembre de 1938, sus superiores se plantearon enviarla a Echt (Holanda), donde fue acogida fraternalmente. Allí, – mientras que la lucha contra los judíos era cada vez más dura, así como contra la Iglesia Católica que defendía los principios de la fe contra el nacionalsocialismo -, Edith Stein, en 1939, terminó de escribir la historia de su vida familiar: “Aus dem Leben einer judischen Familie” y a instancia de sus superiores, escribió una gran obra sobre el pensamiento de San Juan de la Cruz, que desafortunadamente no concluyó. Esta es “Kreuzeswissen-schaft. Studie über Joannes a Croce”.

Edith y Rosa Stein, fotografiadas en el año 1939.

Edith y Rosa Stein, fotografiadas en el año 1939.

Ésta era y es una obra que revela el período de martirio y sufrimiento de la Iglesia y de su pueblo, el judío, que se hundía en lo que representaba la cruz: vivir en espíritu oblativo-reparador este misterio, en humilde e íntima comunión con Cristo salvador: “Predicar la cruz sería cosa vana si no fuese en realidad la expresión de una vida vivida en unión con el Crucificado”. Esto es lo que ella presentía el primer viernes de abril del 1933, durante la celebración de una Hora Santa en el Carmelo de Lindenthal-Köln, intuyendo cómo era la cruz que se había puesto sobre las espaldas de su pueblo, el cual, en su mayor parte, no lo comprendía. Pero ella, que lo comprendía, debía aceptar esa cruz con plenitud de voluntad en nombre de todos: “Me sentía dispuesta y pedía al Señor que me hiciese ver cómo debía hacerlo. Tenía la íntima certeza de haber sido escuchada, aunque no supiera en aquel momento en qué consistiría la cruz que recaería sobre mis espaldas”. Gradualmente, lo fue comprendiendo con claridad. Así, el 26 de mayo de 1939, imploró a la madre priora del convento, para que le diera permiso a fin de ofrecerse como víctima. Escribió en una pequeña libreta: “Yo sé que no soy nada, pero Jesús lo quiere y Él un día me llamará a mi y a muchos otros”. Con el permiso de la priora, hizo su ofrecimiento y éste fue aceptado. Se acercaba su hora solemne.

“Siempre pienso en la reina Ester, que fue escogida para interceder ante el rey. Yo soy una Ester muy pobre y débil, pero el Rey que me ha elegido es infinitamente grande y misericordioso. Es éste un gran consuelo”.

Meldelen

Bibliografía:
– AYLLÓN, José Ramón, 10 ateos cambian de autobús, Ed. Palabra, Madrid 2009, pp.89-94.
– MACCA, G.V., Bibliotheca Sanctorum: Enciclopedia dei Santi, Apéndice I, Ed. Città Nuova, Roma 1987.
– SALVARANI, Francesco, Edith Stein: hija de Israel y de la Iglesia, Ed. Palabra, Madrid 2012.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein): judía, filósofa, carmelita, mártir (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Edith Stein, estudiante, fotografiada durante el curso 1913-1914.

Edith Stein, estudiante, fotografiada durante el curso 1913-1914.

Introducción
“Mi sed de verdad era toda una oración en sí misma”. (Edith Stein)

Hablar de una figura como Edith Stein es algo que claramente supera las limitadas posibilidades de esta servidora, a pesar de que escribir sobre mártires cristianas es lo que más le gusta hacer a una. Es fácil escribir sobre una mártir antigua o medieval, de la que poca información hay y la mayoría son leyendas y tradiciones sin mayor fundamento. Pero abordar una figura contemporánea, y además una de la magnificencia y complejidad de Edith Stein -judía alemana, conversa, carmelita descalza y mártir- es una tarea en la que seguramente esta que os escribe se quedará corta. Aún así, no era apropiado dejar pasar otro año en este blog -que este mes ya cumple cuatro años de existencia- sin abordar de una forma más extensa, aunque no sea más que un recorrido de breves pinceladas sobre su rica y compleja existencia, la vida y la aportación que esta gran mujer ha hecho a la filosofía y a la cristiandad contemporáneas. Pido de antemano que se excuse a esta servidora si dicha tarea es abordada de forma insuficiente, lo que es más que probable. En cuyo caso, lo mejor será remitirse a la bibliografía citada y a otra mucha más que existe, afortunadamente, sobre nuestra Santa de hoy.

Una fuerte personalidad
Edith Stein nació en Breslavia (Alemania) en el seno de una familia judía, el día 12 de octubre de 1891, siendo la última de once hijos. En su adolescencia vivió en un clima de oración y de verdad basadas en las Sagradas Escrituras, siendo educada según un elevado código ético integrado por virtudes como la sinceridad, el trabajo, el sacrificio y la lealtad. Pero cuando tuvo unos quince años de edad, perdió la fe. Tal y como nos cuenta en su autobiografía Estrellas Amarillas, conocía la religión hebrea porque había sido criada en ella, pero no la practicaba ni creía en ella. Voluntariamente pasó del judaísmo al ateísmo; lo que define su fuerte carácter, pues igualmente pasó por una crisis en la juventud durante la cual dejó de estudiar, para luego retomar su actividad estudiantil y docente con un fervor que nunca la abandonará; pues Edith, ante todo, fue una intelectual.

Edith, fotografiada de niña con su hermana Erna, a la que siempre estuvo muy unida.

Edith, fotografiada de niña con su hermana Erna, a la que siempre estuvo muy unida.

En el año 1911 comenzó sus estudios universitarios en Breslavia, frecuentando durante un cuatrienio los cursos de pedagogía. Aquí se desarrollarían dos aspectos de su personalidad que vale la pena comentar: el compromiso con el sufragismo, así como con los grupos de renovación pedagógica, lo que iría marcando su camino hacia su futura profesión. Por una parte, se unió, junto con algunas amigas, a la Liga de mujeres socialistas, que reclamaban el derecho a voto para la mujer en Alemania, y lo hizo a pesar de que personalmente no congeniaba con el socialismo debido a su defensa de la equiparación política de las mujeres. Su convicción de la igualdad de la mujer la llevaba a mostrarse muy contraria a las facilidades que, por deferencia, se daban a las mujeres para ingresar en la universidad y obtener la habilitación de la docencia. Por otra parte, era muy crítica con los docentes que carecían de una adecuada preparación pedagógica, lo que la llevó a unirse a un grupo de renovación pedagógica en Breslavia para trabajar por esta causa y sin involucrarse en política.

Una vez ya habilitada como maestra, daba clases al tiempo que estudiaba, entregando todos los honorarios que recibía a su madre para el sostenimiento del hogar. Su actividad era constante, frenética, hasta el punto de no tener nunca horas muertas en su vida diaria. Su motivación era total, sin tiempo para el ocio o el tedio. Esta frenética actividad intelectual la llevó a considerarse irreprensible, incensurable, mostrándose estricta e implacable al criticar ciertos comportamientos que ella observaba a su alrededor y que chocaban con sus convicciones morales; por ello, la primera vez que oyó las palabras descalificatorias de un amigo, que la reconvino por ser demasiado crítica, “me quedé noqueada por estas palabras: no estaba yo acostumbrada a ser reconvenida. En casa nunca ocurría que alguien se atreviera a decirme algo (…) Vivía así en la ingenua ilusión de que todo me iba bien (…) Siempre había considerado que tenía pleno derecho a señalar sin recato con el dedo todo lo negativo que advertía: debilidades, carencias de otras personas, a menudo en tono de burla e ironía. (…) Aquellas palabras fueron una primera señal de aviso, que me hizo reflexionar”. Era el inicio de un proceso de crecimiento y autocorrección interior, que la llevaría hacia una búsqueda apasionada de la verdad.

De la fenomenología a la fe
Fue esta búsqueda de la verdad la que la llevaría a estudiar Filosofía en la universidad de Göttingen, atraída por el nombre de Edmund Husserl, padre de la fenomenología. Este filósofo pasaba por un momento de gran prestigio -debido a su obra Investigaciones lógicas– y era un severo crítico del cientificismo, afirmando que la ciencia no tenía respuesta para la mayor angustia del ser humano: la razón de su existencia. Edith llegó a ser la discípula predilecta de este filósofo y después de licenciarse en 1916, pasó a ser su asistente personal. De hecho, entre los compañeros de Edith se decía en broma que, si bien la mayoría de las chicas soñaban con besos, Edith soñaba con Husserl.

Pero, ¿qué es la fenomenología? Esta que os escribe es licenciada en Historia, no en Filosofía, por lo que no sería apropiado que intentase describirlo. Por ello, recurriremos a una escena de la película “La séptima morada”, de Marta Meszaros, donde la propia filósofa, interpretada por la actriz rumana Maia Morgenstern, nos explica en qué consiste esta corriente de la filosofía:

Alrededor del célebre filósofo se había formado un grupo de jóvenes intelectuales, en el cual Edith se integró gracias a la ayuda de Adolf Reinach, que había sido ateo pero que, al enfrentarse al horror de la Gran Guerra en 1914, había empezado a preguntarse por el sentido de aquello y de ahí llegó a la fe cristiana. La influencia de este compañero profesor sería decisiva para la propia conversión de Stein. Al igual que Reinach, también se sintió fascinada por Max Scheler, otro compañero que se había convertido a la fe católica: “… se encontraba imbuido de ideas católicas y las propagaba con toda la brillantez y la fuerza de su palabra. Éste fue mi primer contacto con un mundo completamente desconocido para mí. No me condujo todavía a la fe, pero me abrió a una esfera de fenómenos ante los que yo no podía estar ciega. (…) Así cayeron los prejuicios racionalistas en los que me había educado sin darme cuenta, y el mundo de la fe apareció súbitamente ante mí. Personas con las que trataba diariamente y a las que admiraba vivían en él. Tenían que ser, por lo menos, dignas de ser consideradas en serio”. Los prejuicios a los que se refería Edith son los que consideran que sólo el conocimiento basado en el control exhaustivo de la realidad son dignos de una persona culta.

Y así, si de la fe hebrea había pasado al ateísmo, de la mano de la fenomenología y el entorno universitario descubrió el cristianismo y, en particular, el catolicismo; pues si bien la mayoría de sus amigos cristianos eran protestantes -de hecho, a veces acudía con sus amigas a la iglesia protestante, aunque admitía que “la mezcolanza de política y religión que dominaba en las predicaciones (…) me repugnaba”-, y aunque fue por el protestantismo por donde conoció a la fe cristiana; no fue su opción final.

Voluntaria de la Cruz Roja
Con el estallido de la Gran Guerra, la Cruz Roja dio inicio a un curso de asistencia a enfermos, cirugía de guerra y atención a heridos, en el que se inscribió. Posteriormente, se uniría como voluntaria en un hospital de Moravia (1917). Aquí se encontró con la actitud frontal de su madre, que quiso disuadirla diciendo que los soldados que volvían heridos y enfermos del frente podían pegarle los piojos, a lo cual ella respondió que si ellos estaban sufriendo en las trincheras, por qué no iba a sufrir ella también. “(…) Fracasado este ataque, mi madre declaró con toda su energía: “Con mi consentimiento no te irás”. Repliqué a mi vez con la misma determinación: “Entonces tendré que hacerlo sin tu consentimiento”. Esta brusca respuesta hizo que hasta mis hermanas se sobresaltaran. Mi madre no estaba acostumbrada a tal resistencia (…)”. Madre e hija tenían un fuerte carácter y ceder no estaba en la personalidad de ninguna de las dos. Este enfrentamiento no sería el último ni el peor, y el enrarecimiento de la relación entre ambas no había hecho más que empezar.

Edith con el uniforme de auxiliar de la Cruz Roja. Fotografía de 1915.

Edith con el uniforme de auxiliar de la Cruz Roja. Fotografía de 1915.

En el hospital, Edith trabajó en la sección de afectados por el tifus y, posteriormente, en la de cirugía. Aquí desarrolló una gran experiencia como enfermera, como una auxiliar intachable -tuvo que rechazar los avances de un médico que intentó tomarse cierta libertad con ella- y además, el atender a pacientes de diferentes países enriqueció su dominio de los idiomas: llegó a hablar francés, inglés, español, holandés y a escribir en italiano, además de estudiar latín y griego. Parecía que aquella intelectual con sed de aprender nunca perdía la ocasión de saber más, incluso entre vendas y agujas. Ya anteriormente había estado ayudando en la clínica donde trabajaba su hermana Erna, asistiendo partos.

Posteriormente, retomaría sus estudios para pasar el examen de licenciatura y elaborar su célebre tesis Sobre el problema de la empatía, que ya estaba avanzada por aquel entonces. Mientras tanto, los contactos con la fe católica se sucedían: la experiencia que la impactó tuvo lugar en la catedral de Francfort, donde, estando junto a Pauline Reinach -hermana de su compañero Adolf-, vio entrar a una mujer con la bolsa de la compra que se arrodilló a orar con profundo recogimiento: “Esto fue para mí algo totalmente nuevo. En las sinagogas y en las iglesias protestantes que yo conocía, se iba solamente para los oficios religiosos. Aquí, en cambio, cualquiera en medio de su trabajo se acercaba a la iglesia vacía para un diálogo confidencial. Esto no lo he podido olvidar”. En ese año, 1917, se inició en ella un cierto “tormento interior” que marcó profundamente su espíritu. Era el comienzo de su transformación.

El primer paso hacia la conversión
Fue en este año cuando Adolf Reinach, su amigo y compañero de la universidad, murió en el frente de batalla. Edith viajó rápidamente a Friburgo para asistir al funeral y consolar a su viuda, Ana. Esperaba encontrar a una mujer abatida, crispada y rebelándose ante la injusticia que suponía haber perdido a su marido; cosa que le hubiese parecido lógica y natural. Sin embargo, se encontró con algo totalmente inesperado: Ana, aunque no ocultaba su profundo dolor por la muerte de su marido, estaba tan resignada y serena que infundió en Edith, quien venía angustiada, una paz y una tranquilidad que la dejaron totalmente desconcertada. La enorme fe de la viuda de Reinach fue el primer paso para Edith en la conversión al cristianismo: “Allí encontré por primera vez la Cruz y el poder divino que comunica a los que la llevan. Fue mi primer vislumbre de la Iglesia, nacida de la Pasión redentora de Cristo, de su victoria sobre la mordedura de la muerte. En esos momentos, mi incredulidad se derrumbó, y el judaísmo palideció ante la aurora de Cristo: Cristo en el misterio de la Cruz.”

Cabe aclarar que tanto Pauline como Ana Reinach eran, en aquel momento, protestantes -aunque posteriormente se convertirían al catolicismo- por eso, el reconocimiento de Edith de la fe cristiana se hizo desde el protestantismo, al ser la mayoría de los cristianos con los que se relacionaba protestantes. Pero todavía faltaba un paso más, el decisivo. Desde ese momento, Edith se orientó hacia “la verdad”, en una búsqueda serena pero empeñada: “(…) estoy acercándome cada vez más a un cristianismo absolutamente positivo. Me ha liberado de una vida deprimente, dándome fuerza para aceptar de nuevo y con gratitud la vida”. Incluso asistía regularmente a la primera misa del día, para poder estar de vuelta antes de que su familia se levantara y se pudiera percatar de ello.

Edith -primera fila, chaqueta clara- fotografiada con su familia.

Edith -primera fila, chaqueta clara- fotografiada con su familia.

Vocación matrimonial
Cuando hablamos de Edith Stein, vemos a la filósofa, la carmelita o la mártir. No se nos ocurriría verla de otra manera, pero lo cierto es que la primera vocación que sintió, antes que la religiosa, fue la matrimonial. “A pesar de mi dedicación al trabajo, anidaba en mi corazón la esperanza de un gran amor y de un matrimonio feliz. No tenía conocimiento alguno de la dogmática y la moral católica, pero estaba impregnada del ideal matrimonial católico. Entre los jóvenes con los que me relacionaba había alguno que me gustaba, y también me ocurría que pensaba en él como futuro compañero de mi vida. Sin embargo, de eso no se percataba casi nadie, por lo que a la mayor parte de esa gente yo debía parecerles fría en inalcanzable”. En la familia, de hecho, se la consideraba ingenuamente ajena a estas cuestiones, pero vemos por ella misma que no era así. Incluso llegó a sentirse atraída por cierto joven al que voluntariamente renunció cuando supo que su hermana Erna también estaba interesada en él.

Esta vocación matrimonial no llegaría a cumplirse. Aunque Edith se muestra muy discreta en sus escritos sobre este tema, parece ser que el único hombre al que llegó a plantearle esta cuestión -en 1921-, la rechazó; por lo ahí se acabaron sus expectativas de un noviazgo formal. Cuando, mucho después, supo de la entrada de Edith en el Carmelo de Colonia, este hombre, – Hans Lipps, compañero y amigo de la universidad-, la visitó y le preguntó, triste e incómodo, si acaso su entrada en el claustro tenía que ver con aquel rechazo. Edith respondió riéndose: su vocación religiosa nada tenía que ver con una frustración de la vocación matrimonial; cosa que, por desgracia, ha acontecido a muchas personas, pero no a alguien como Edith Stein. Por ello, también es un error que cometen algunos biógrafos de la Santa cuando atribuyen parte de su conversión a estas “calabazas”: el proceso de conversión de Edith ya se había iniciado mucho antes.

Edith fotografiada hacia el año 1920.

Edith fotografiada hacia el año 1920.

Judía y mujer
Entretanto, Edith había dimitido de su puesto como asistente personal de Husserl. El maestro sólo la quería como ayudante y no favorecía ningún crecimiento ni progreso profesional en su asistente, por lo que Edith acabó cansándose de ello al no encontrar nada gratificante en una tarea meramente técnica -ordenación y catalogación de los escritos del maestro- ni ninguna perspectiva de iniciar una carrera universitaria. Por lo que voluntariamente le presentó su dimisión, cosa que Husserl aceptó.

Así que, incansable como siempre, Edith se fijó un nuevo objetivo en su carrera intelectual: obtener su habilitación para la libre docencia. Pero se encontró con una doble traba en este sentido: era judía y era mujer. De hecho, para el contexto de la época, era peor ser mujer que ser judía; pues si bien había profesores judíos en casi todas las universidades, todos eran varones. Así que por primera vez Edith se enfrentó a la paradoja de verse rechazada, no por sus estudios filosóficos, sino porque era una mujer. A pesar de que Husserl hizo un informe dando fe del talento intelectual de Edith, de sus excelentes referencias -doctora en Filosofía summa cum laude– y de su ejercicio como ayudante del padre de la fenomenología durante un año y medio, fue rechazada: simplemente, no se admitía a mujeres para la libre docencia en la universidad.

Ni corta ni perezosa, remitió una instancia al Ministerio para que se hiciese posible la habilitación de mujeres en la universidad. El ministro respondió positivamente a ello, siendo la alemana Adele Hartmann la primera en disfrutar de la habilitación. Entonces, Edith pudo haber recurrido de nuevo a Husserl para conseguir ella su habilitación, pero sabiendo que ello pondría en dificultades a su mentor, renunció a hacerlo y se limitó a organizar cursos de introducción a la fenomenología. Prefería renunciar a ello antes que recurrir de nuevo a su maestro. Complicar la vida a las personas no era su estilo.

“¡He aquí la verdad!”
La búsqueda interior iniciada por Edith concluyó en el verano de 1921. En Bergzabern, en casa de su amiga Hedwig Conrad-Martius, casualmente, encontró en la biblioteca la Autobiografía de Santa Teresa de Ávila. Fuertemente fascinada, no pudo interrumpir la lectura del libro hasta el final del mismo: “Cuando cerré el libro me vi obligada a confesarme a mí misma que ésta era la verdad”. Le había llegado la hora de la gracia, que la empujó a buscar un catecismo y un misal; e iniciar ella sola su propio catecumenado, con tal fervor que hubiera querido recibir inmediatamente el bautismo en la fe católica: al cabo de varios días, se presentó ante el párroco de la iglesia católica de Bergzabern, el padre Breitling, y le pidió el bautismo. Éste le recomendó paciencia y sensatez, diciéndole que antes debía pasar el catecumenado, a lo que Edith respondió, con la rotundidad y seguridad que la caracterizaban: “Pregúnteme”. Así, aquel sacerdote descubrió que tenía ante él a una neo-conversa poco común: una que estaba sobradamente preparada para lo que pedía con tanta impaciencia.

La actriz rumana Maia Morgenstern interpreta a Edith Stein en la película "La séptima morada", de Marta Meszaros.

La actriz rumana Maia Morgenstern interpreta a Edith Stein en la película “La séptima morada”, de Marta Meszaros.

¿Qué había visto Edith en Teresa, la Santa de Ávila, para desear con tal fervor el bautismo católico? En palabras de la escritora Waltraud Herbstrith: “Edith, que desde la adolescencia lucha por explorar el mundo del espíritu y a quien la pregunta sobre el significado y el fin de la vida le quema en el alma, encuentra en Teresa una maestra, la cual no sólo completa de modo maravilloso a la pensadora, sino que la arrastra consigo, en la más íntima claridad del Espíritu, hacia Dios”. Y así, la hebrea que había abandonado el judaísmo, se había declarado atea y había vivido en el frío racionalismo del escepticismo y la incredulidad, redescubrió la fe en Cristo por Teresa. Se había obrado su conversión.

Meldelen

Bibliografía:
– AYLLÓN, José Ramón, 10 ateos cambian de autobús, Ed. Palabra, Madrid 2009, pp.89-94.
– MACCA, G.V., Bibliotheca Sanctorum: Enciclopedia dei Santi, Apéndice I, Ed. Città Nuova, Roma 1987.
– SALVARANI, Francesco, Edith Stein: hija de Israel y de la Iglesia, Ed. Palabra, Madrid 2012.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Edith Stein y la causa de su martirio

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Óleo contemporáneo de la Santa, en hábito carmelita, que resalta su naturaleza judía -la insignia de la estrella de David- y su fe católica -el crucifijo-.

Pregunta: Hola Meldelen! Tengo una duda con respecto a esta santa, ella fue asesinada por ser judia y no por ser católica, es decir, por cuestión de sangre y no de fe, ¿y no sólo a los que martirizan son por cuestión de fe? (Claro que finalmente tienen la importancia puesto que es un ser humano, independientemente de su credo). Además tubo la infinita paciencia por ser asistente del gran filósofo Edmund Husserl, yo creo que por trabajar con él la llevó a tomar el hábito, era él muy quisquilloso con sus trabajos y hacía que Stein reelaborara muchas veces el mismo ensayo, era muy desesperante su sistema de trabajo. México.

Respuesta: ¿Qué hay? La pregunta que planteas es bastante controvertida para algunos, pero no tengo inconveniente en responderla desde mi propio punto de vista. Edith Stein (en el santoral, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, virgen y mártir, celebrada el 9 de agosto) era como muy bien dices, judía, y durante su primera etapa académica fue discípula de Husserl y se sintió atraída por la fenomenología que éste desarrollaba. En esta etapa, que fue de ateísmo, separada de su religión hebrea originaria, es donde desarrolló su más brillante trayectoria de filósofa y pensadora, realizando grandes aportaciones al mundo académico. Fue en 1922 cuando, siguiendo la estela de algunos compañeros filósofos e inspirada por textos de Santa Teresa de Jesús, se convirtió al catolicismo y posteriormente profesó como religiosa carmelita. Estos cambios de espiritualidad y crecimiento personal que experimentó durante su vida no la llevaron nunca a olvidar ni a renegar de su origen hebreo, del que no se avergonzaba en absoluto.

“Pienso continuamente en la reina Ester, que fue sacada de su pueblo para dar cuenta ante el rey. Yo soy una pequeña y débil Ester, pero el Rey que me ha elegido es infinitamente grande y misericordioso. Esto es un gran consuelo. “(31.10.1938)
Y en su obra “De la familía judía” decía: “Deseo narrar simplemente lo que he experimentado al ser hebrea”. Ante “la juventud que hoy es educada desde la más tierna edad en el odio a los judíos… nosotros, que hemos sido educados en la comunidad hebrea, tenemos el deber de dar testimonio”. Y de sobra es conocida la carta que dirigió al papa Pío XII, denunciado la persecución nazi del pueblo hebreo –y de los católicos, hebreos o no- y pidiéndole que tomara posición frente a ello.

12 de abril de 1933

¡Santo Padre!

Como hija del pueblo judío que, por la gracia de Dios, durante los últimos once años también ha sido hija de la Iglesia Católica, me atrevo a hablarle al Padre de la Cristiandad sobre lo que oprime a millones de alemanes.
Desde hace semanas vemos que suceden en Alemania hechos que constituyen una burla a todo sentido de justicia y humanidad, por no hablar del amor al prójimo. Durante años, los líderes del nacionalsocialismo han estado predicando el odio a los judíos. Ahora que tomaron el poder gubernamental en sus manos y armaron a sus partidarios –entre los cuales hay elementos probadamente criminales–, esta semilla de odio ha germinado. Sólo hace poco tiempo, el gobierno admitió que se habían producido algunos incidentes. No podemos conocer exactamente su alcance porque la opinión pública está amordazada. Sin embargo, a juzgar por lo que he sabido a través de contactos personales, no se trata de ninguna manera de pocos casos excepcionales. Bajo la presión de reacciones del exterior, el gobierno adoptó métodos “más benignos”. Ha difundido la consigna: “no tocar ni un pelo a los judíos”. Pero sus medidas de boicot –que despojan a la gente de su sustento económico, su honor civil y su patria– arrojan a muchos a la desesperación: en la última semana he sabido por informes privados de cinco casos de suicidio como consecuencia de ese hostigamiento. Estoy convencida de que éste es un fenómeno general que todavía producirá muchas más víctimas. Podemos deplorar que esos desdichados no hayan tenido una mayor fuerza interior para sobrellevar su infortunio. Pero gran parte de la responsabilidad recae sobre aquellos que los llevaron a ese punto. Y también recae sobre aquellos que permanecen en silencio frente a esos hechos.
Todo lo que ocurrió y sigue ocurriendo día tras día es producido por un gobierno que se autodenomina “cristiano”. Desde hace semanas, no sólo los judíos, sino también miles de fieles católicos de Alemania, y, creo, de todo el mundo, esperan y confían en que la Iglesia de Cristo alce su voz para poner fin a este abuso del nombre de Cristo. ¿No es esta idolatría de la raza y de la autoridad del Estado que se impone diariamente a la conciencia pública a través de la radio, una verdadera herejía? ¿No es este intento de aniquilar la sangre judía una afrenta a la sagrada humanidad de nuestro Salvador, a la santísima Virgen y a los apóstoles? ¿No se opone diametralmente todo esto a la conducta de nuestro Señor y Salvador, quien, incluso en la cruz, oró por sus perseguidores? ¿Y no es una mancha negra en la crónica de este Año Santo, que se suponía debía ser un año de paz y reconciliación?
Todos nosotros, que somos fieles hijos de la Iglesia y observamos las condiciones imperantes en Alemania con los ojos abiertos, tememos lo peor para el prestigio de la Iglesia si el silencio se prolonga por más tiempo. Estamos convencidos de que a la larga, este silencio no logrará comprar la paz con el actual gobierno alemán. Por ahora, la lucha contra el catolicismo se hará en forma silenciosa y menos brutal que contra los judíos, pero no menos sistemática. No pasará mucho tiempo hasta que ningún católico pueda ocupar un cargo en Alemania, a menos que se ponga incondicionalmente al servicio del nuevo rumbo de los acontecimientos.

A los pies de Su Santidad, rogando su bendición apostólica,

Dra. Edith Stein,
docente del Instituto Alemán de Pedagogía Científica, Münster en Westfalia, Collegium Marianum.

Edith Stein, de filósofa a carmelita, de carmelita a mártir. Óleo contemporáneo.

El 2 de agosto de 1942 Edith y su hermana Rose Stein, ambas hebreas convertidas al catolicismo y carmelitas, son detenidas por la Gestapo. No fueron las únicas, muchos otros judíos convertidos fueron detenidos y deportados al campo de concentración de Westernbrook. Pero no se debía tan sólo a su origen judío, que también. La medida fue un acto de venganza por el comunicado de protesta que habían emitido los obispos católicos de los Países Bajos por las matanzas y deportaciones de judíos. Ante el desespero de su hermana Rose, son notables las palabras de Edith, quien la cogió de la mano y le dijo: “Ven, vamos con nuestra gente”.

Las dos religiosas, junto con muchos otros de los suyos, fueron gaseadas el 9 de agosto de 1942 en Auschwitz. Aunque el factor hebreo no se puede descartar, porque era esencial e importante incluso para la propia Edith, es evidente que el hecho de su conversión al catolicismo y su misma vida consagrada también tuvo que ver. Es decir, su ajusticiamento fue un acto de represalia, que posiblemente se habría evitado ya que los judíos conversos no estaban tan en el punto de mira de los exterminadores como lo podían estar el resto de la población hebrea.

En ese sentido su identidad de mártir, la realidad de su martirio y su canonización aunan en una misma causa su identidad de judía perseguida por su origen y de católica perseguida por su fe. No se trata simplemente de una cuestión de sangre. Y para completar esto basta con las palabras de San Juan Pablo II en la homilía de su canonización, que la describió  como “una hija de Israel, que durante la persecución de los nazis ha permanecido, como católica, unida con fe y amor al Señor Crucificado, Jesucristo, y, como judía, a su pueblo”.

No sé si he contestado a tu pregunta: a los que “martirizan”, me imagino que te refieres, a los que la Iglesia canoniza como mártires, son por diversas cuestiones, una de ellas el odio a la fe-odium fidei-; es el caso de Edith Stein y no se debe tan sólo a su origen hebreo, como te he dicho, tal dato no está entre las causas de martirio. Hay otras causas pero a eso le podríamos dedicar un artículo aparte, por no alargar mas éste.

Meldelen

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es