Santidad y esclavitud (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía de las manos de un esclavo negro.

“NO SERÉIS MÁS SIERVOS, SINO AMIGOS”

Introducción
“No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer” (Juan, 15, 15).
En el capítulo 15 del Evangelio de San Juan resuena esta advertencia de Jesús. Una profecía que ha traspasado todos los siglos y que aun hoy resuena, después de que la humanidad haya superado – aunque no en todos los lugares de la Tierra – la plaga de la esclavitud.

El Papa Pío II en el año 1462 declaró que la esclavitud era un “enorme crimen” (magnum scelus).
El Papa Pablo III en el 1537 prohibió la esclavitud de los indígenas, prohibición que fue renovada por Urbano VIII en el 1639 y por Benedicto IV en el 1741.
Pio VII en el 1815, en el Congreso de Viena, solicitó la prohibición del comercio de esclavos. Este triste comercio fue nuevamente condenado por Gregorio XVI en el 1839.
Pio IX definìó como sumamente nefasto (summum nefas) el comercio de los esclavos y León XII en el 1888 escribió a los obispos de Brasil, a fin de que eliminaran completamente la esclavitud en su país.

En el 1888 el cardenal Lavigerie fundó en Bruselas, con el apoyo del Papa León XII, la Sociedad Antiesclavista. En 1842, el cónsul general británico en Marruecos, solicitó al sultán la abolición de la esclavitud o al menos, interrumpir el tráfico de esclavos. El sultán respondió en una carta: “el tráfico de esclavos es un tema en el que todas las religiones y todas las naciones están de acuerdo desde los tiempos de los hijos de Adán hasta el día de hoy” y continuaba escribiendo “no se sienta preocupado por el hecho de que esté prohibido por las leyes de alguna religión, nadie debe plantear esta cuestión, que es manifiesta para todos y de lo cual no es necesaria más demostración que la luz del sol”. El sultán tenía razón en cuanto al pasado, pero estaba equivocado con respecto al presente.

Lienzo contemporáneo de Santa Josefina Bakhita, esclava sudanesa que ingresó en la Orden Canosiana.

Occidente, que había eliminado la esclavitud en su propio territorio a finales de la Edad Media, en los últimos decenios del siglo XVIII empezó a combatir el comercio de esclavos y la propia esclavitud en todos los países a los que podía hacer llegar su propia influencia. La mayor potencia marinera de la época, Gran Bretaña, abolió el comercio de esclavos en el año 1807. Pronto fue seguida por el resto de los países europeos. El intento de Occidente de liberar a los esclavos de todo el mundo, se encontró con los intereses de los propios países africanos, que se enriquecían con el comercio de esclavos y con la cultura tradicional islámica. Por desgracia, aun hoy en día, se ve obligada la ONU a intervenir para condenar a países que en el siglo XXI protegen y toleran la esclavitud tanto en África como en Asia.

La santa más famosa que vivió el abominio de la esclavitud es Santa Bakhita, que un día dijo: “Si encontrase a los negreros que me robaron y también a aquellos que me torturaron, me inclinaría para besar sus manos, porque si no hubiese ocurrido eso, hoy no sería cristiana y religiosa…”

La santidad es la voz del Espíritu Santo, que crea nuevos modelos culturales, nuevas respuestas a los problemas y a los grandes desafíos de los pueblos y nuevos desarrollos humanitarios en el camino de la historia. Esa es la herencia de los santos, que no se debe perder, sino para debe entregarse a un permanente deber de gratitud y a un renovado propósito de imitación. A través de la historia de los santos, se puede releer nuevamente “un gran crimen”, como es la esclavitud, pero también a muchos otros holocaustos que tienen desvastada a la humanidad.

Concluyo con la afirmación del Cardenal José Saraiva Martins: “En un mundo cambiante, los santos no solo no siguen estando desplazados histórica o culturalmente, sino que se están convirtiendo en un tema cada vez más interesante y fiable. En una época de caída de las utopías colectivas, en una época de desconfianza e inapetencia de todo lo que es teórico e ideológico, está surgiendo un nuevo enfoque de los santos, figuras singulares en los cuales se encuentra no una teoría, ni siquiera simplemente una moral, sino un patrón de vida que contar, que descubrir mediante el estudio, de amar con devoción y de actuar imitándolos”.

Lienzo contemporáneo de la Sierva de Dios Teresa Juliana Tshikaba, esclava guineana que llegó a religiosa dominica.

Sierva de dios Teresa Juliana de Santo Domingo Chikaba (Chicaba o TSHIKABA) Guinea, 1676 – Salamanca (España), 6 de diciembre de 1748
Teresa Chikaba había nacido en el año 1676 en Guinea, región descubierta en el siglo XVI por los portugueses, junto con Angola y Mozambique y que llegó a ser sus colonias; Chikaba era una princesa africana de aquella región.
Según la costumbre de su pequeño pueblo, estuvo con su familia adorando a Lucero, el dios de aquel pequeño reino. Pero cuando todos estaban postrados en acto de adoración, la joven princesa sentía dentro de sí, desilusión, insatisfacción, ya que había tenido contactos con los misioneros católicos.

Prestaba a ayudar a los niños y a los enfermos e infundía coraje a quienes sentían miedo; esta actividad suya alarmó a sus hermanos mayores, ya que pensaban que el pueblo la elegirían como su reina después de la muerte de sus padres, pero Chikaba les aseguró que aquello no entraba en sus planes. Se sabe que cuando tenía unos diez años fue robada por unos marineros españoles y reducida a la esclavitud; cuando ellos se dieron cuenta de que era de estirpe real, la vendieron a una rica familia española, los duques de Mancera, de Madrid, que la trataron como a un miembro más de la familia.

En el año 1700, con veincuatro años de edad, la joven africana convertida ya al catolicismo, intentó que la aceptaran en un convento de hermanas católicas, pero fue rechazada. Después de varios intentos, en el 1708, fue acogida en el convento de las Hermanas Dominicas de la Tercera Orden de Santa María Magdalena, en Salamanca y, con el permiso del obispo, se dedicó al servicio doméstico del convento, tomando el nombre de Teresa. Pasados muchos años y comprobada su sincera vocación y su crecimiento espiritual, también con el consentimiento del obispo, Teresa Chikaba fue aceptada como hermana dominica e hizo su profesión. Vivió santamente durante cuarenta años según la Regla de Santo Domingo y murió en su convento de Salamanca, el 6 de diciembre de 1748. Actualmente, sus reliquias reposan en el monasterio de las Dueñas, en Salamanca.

Por su intercesión se han realizado muchos milagros y son muchas las personas que han solicitado que la Iglesia incluya a esta princesa africana, esclava colonial y hermana ejemplar dominica, entre los santos. Su Causa fue abierta en el año 2000 y concluyó en el 2006. Ahora se está a la espera del reconocimiento de la heroicidad de sus virtudes y del milagro que la lleve a la beatificación.

Estampa contemporánea de la Venerable María Josefina Benvenuti (Zeinab Alif), esclava sudanesa que llegó a religiosa clarisa.

Venerable María Josefina Benvenuti (Zeinab Alif)
1845/6 – 24 de abril de 1926
Zeinab Alif (Sor María Josefina Benvenuti), más conocida con el apelativo de la “Moretta” por el color ébano de su piel y por su origen africano, nació en el 1845 – 46 en un pueblecito del Kordofan (Sudán). Siendo niña, fue robada por unos negreros árabes y fue vendida y revendida a unos dueños muy crueles. Rescatada por el Siervo de Dios don Niccolò Olivieri, fundador de la Pía Obra del Rescate de las niñas moras, fue llevada a Italia, el 2 de abril de 1856 y confiada a las Clarisas de Belvedere Ostrense (Ancona) a fin de que la formaran humana y cristianamente.

El 24 de septiembre de ese mismo año recibió los sacramentos de la iniciación cristiana y en el Bautismo, asumió el nombre de María Josefina y el apellido Benvenuti, que era el de su madrina. La consagración bautismal fue para ella el inicio de una vida mucho más íntima con Dios. Inteligente y vivaz, sensible y afectuosa, logró cambiar su carácter inquieto, haciéndose más humilde y más amable. Atraída por el ideal franciscano, desde su juventud se orientó hacia la vida consagrada. Estaba especialmente dotada para la música llegando a ser en muy poco tiempo una excelente organista, superando incluso a su maestro por su perfecta técnica y por sus versiones originales, llenas de inspiración.

El sonido del órgano reflejaba su exquisita sensibilidad psicológica y litúrgica y sus actuaciones eran un reclamo para los músicos de renombre y para el pueblo en general. En el año 1874 tomó los hábitos y en 1876, con su profesión, se consagró al Señor en la Orden de las Clarisas. En 1894, cuando fue suprimido el monasterio de Belvedere, fue enviada con otras hermanas al monasterio de Serra de’ Conti. Allí, llegó a ser vicaria, maestra de novicias y posteriormente, abadesa. Sabía hacerse amar y obedecer voluntariamente y fascinaba a todos por sus gentiles modales.

Su humildad le había inspirado un curioso estribillo que a menudo repetía: “Líbrame, Señor, primero del pecado y luego del Abadesado”; sin embargo, todos afirman que llevó el cargo de abadesa con sagacidad, competencia y un empeño admirable. En los treinta años que vivió en Serra de’ Conti, Sor Maria Josefina, a juicio de todos los que la conocieron, dio pruebas de grandes virtudes: siempre estaba disponible a la voluntad de Dios, al sufrimiento, fidelísima a la regla del monasterio, inmersa en Dios y en la oración, amable y paciente con todos, a todos socorría y aconsejaba y ayudaba económicamente a cuantos recurrían a ella.

Nunca faltó a la caridad fraterna, nunca dejó escapar un gemido; a todo le daba un sabor sobrenatural. Como auténtica franciscana, contempló sobre todo los misterios de la salvación y su ascesis espiritual fue guiada por la Inmaculada a la que siempre amó filialmente. Solía decir: “Acude a María que te ayudará; ponte bajo su manto y no temas”. Recitaba con fervor el Santo Rosario. Ella misma le decía a sus novicias: “Solo por este medio sereis capaces de ser buenas religiosas”. Se llevaba horas enteras delante del Crucifijo y del altar de la Eucaristía rezando por todos. Al ver los delitos y la ingratitud de los hombres hacia Dios, multiplicaba sus penitencias y prolongaba su adoración; con infinita ternura contemplaba el Crucifijo.

Sus otras devociones eran San José, San Francisco, Santa Clara y Santa Cecilia. De San Francisco aprendió el amor al Crucifijo, de Santa Clara, el ardor de la oración, de San josé, la completa disponibilidad y de Santa Cecilia, sus maravillosas melodías, su recogimiento en Dios. Tenía el culto de la fraternidad: preveía las necesidades de las hermanas y utilizaba cualquier forma para ahorrar con su propio sacrificio el esfuerzo de los demás. Especialmente, en los últimos años de su vida, casi ciega, participó de la Pasión de Cristo en su cuerpo, mientras que su espíritu estaba lleno de una alegría celestial ante la certeza de que muy pronto habría alcanzado el cielo.

Murió la tarde del 24 de abril de 1926 y un día después, como le había prometido a una de las hermanas, le hizo saber que había entrado en la felicidad eterna de Dios. Temprano, por la mañana, el repique de una campana que nadie tocaba, hizo saltar de alegría en torno al monasterio a todos los habitantes de Serra de’ Conti. Se vio el milagro y todos repetían: “¡Ha muerto la “Moretta”, ha muerto una santa!”.
En el año 1985, el Postulador General presentaba a S.E. Mons. Oddo Fusi Pecci, obispo de Senigallia (Ancona) la súplica para que pidiera la introducción de la Causa de Canonización de Sor María Josefina. Después de ser introducida, la Santa Sede ha reconocido sus virtudes heroicas, el día 27 de junio del año 2011.

Oración por la Causa de Sor María Josefina Benvenuti:
Señor Jesús, te doy las gracias por los dones otorgados a tu humilde sierva Sor María Josefina que, siendo robada cuando era niña y convertida en esclava en tierras africanas, quisiste liberarla y totalmente consagrada a tu amor en la Orden de Santa Clara, fue preclaro signo de comunión eclesial entre nosotros. Dígnate glorificarla en la Iglesia para que resplandezca el ejemplo de su fe, de su esperanza y de su caridad.
Por su intercesión, Señor, concédeme siempre tu gracia y cuanto solicito humildemente, si esto es conforme con tu voluntad. Amén.

Imprimatur
+ Odo Fusi-Pecci
Obispo de Senigallia
6 julio 1992

Santa Josefina Bakhita
Oglassa, Darfur, Sudan, 1868 – Schio, Vicenza, 8 de febrero de 1947
Sobre la vida de Santa Josefina Bakhita publicamos un artículo en este blog, el día 8 de febrero del 2011.

Damiano Grenci

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es