Santa Teresa Margarita Redi, virgen carmelita

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Detalle del rostro de la Santa en un óleo realizado post-mortem por la pintora Anna Bacherini Piattoli (1720-1788). Monasterio carmelita de Florencia, Italia.

Detalle del rostro de la Santa en un óleo realizado post-mortem por la pintora Anna Bacherini Piattoli (1720-1788). Monasterio carmelita de Florencia, Italia.

Nació en Arezzo, en el seno de la noble y devota familia de los Redi, el día 15 de julio del año 1747. Sus padres, Ignacio y Camila, la hicieron bautizar por un tío paterno el día siguiente de su nacimiento, festividad de Nuestra Señora del Carmen, imponiéndosele el nombre de Ana María. Su padrino de bautismo fue el cardenal Enrique Enríquez, pues como he dicho, su familia pertenecía a la nobleza toscana.
Ana María era la segunda de un total de trece hermanos, algunos de los cuales murieron siendo muy pequeños y como su madre era de constitución física muy débil, con tantos alumbramientos quedó prácticamente inválida, por lo que ella, junto con su madre, tuvo que hacerse cargo de sus hermanos.

Como su familia era muy piadosa y en su casa se respiraba calor y amor, la niña recibió una profunda formación cristiana y, según su padre, con solo seis años de edad era una “pequeña contemplativa”. Ella misma lo confirmaría más tarde cuando le dijo a su confesor: “Desde mi infancia no he anhelado otra cosa que convertirme en una santa”. Siempre andaba preguntando a cualquier persona mayor que ella, fuera o no de la familia: ¿Quién es Dios? y cuando su madre le dijo un día que “Dios es Amor”, a ella se le iluminó el rostro y de esta contestación hizo el lema de su vida, buscando en todo momento cómo corresponderle a ese Dios que la había amado primero, llegando incluso a instalar un altar en su dormitorio donde se pasaba las horas en oración. Cecchino, que era uno de sus hermanos, estando un día espiándola salió corriendo diciendo que su hermana se parecía a la Virgen. Siendo muy piadosa, a la vez era muy activa: aprendió a tejer y a coser, pero aun realizando estos trabajos estaba sumida en una profunda oración.

Muy cerca de su casa había una pequeña iglesia decorada con frescos sobre la vida de San Francisco de Asís y ella le tomó tanta admiración por su amor a la pobreza, que lo convirtió en su santo patrono. Con siete años de edad hizo su primera confesión, que en aquellas fechas se realizaba unos años antes de hacer la primera comunión.

Con nueve años de edad, fue enviada al internado del monasterio benedictino de Santa Apolonia en Florencia. Mientras que en muchas familias se pensaba que invertir en la educación de las niñas era una pérdida de tiempo y de dinero, su padre siempre defendió que la educación de todos sus hijos era la mejor inversión aunque hubiera que ajustar el presupuesto familiar. La vida en el internado era sencilla y austera, acentuándose en ella su inclinación al recogimiento y a la oración y aunque algunas asignaturas no se le dieron bien, como el latín y las matemáticas, las monjas la consideraban como una niña modelo, sencilla, alegre y obediente. Ella, allí era feliz aunque no podía tener el recogimiento del que gozaba en su casa pues el ambiente del internado era muy diferente: cualquier práctica religiosa que se saliera de la normalidad llamaba poderosamente la atención de sus compañeras, a las que no podía “sobornar” regalándole estampitas como hacía en su casa con sus hermanos cuando la interrumpían en sus ratos de oración. Allí, tenía que esconderse e intentar pasar desapercibida.

Relicario con los cabellos de la Santa. Monasterio carmelita de Florencia, Italia.

Relicario con los cabellos de la Santa. Monasterio carmelita de Florencia, Italia.

Decía: “Los méritos de una buena acción pueden disminuir cuando los exponemos a los ojos de otras personas para conseguir su aprobación o para que nos den satisfacción. Tenemos que prescindir del amor propio y del orgullo si queremos estar en paz con Dios”. A las monjas esta actitud de Ana María no les pasó desapercibida, aunque ella intentara ocultar su piedad. Cuando estaban en la iglesia, la veían absorta ante el sagrario y sin poderlo impedir, los suspiros y las lágrimas se les escapaban cuando las niñas mayores y las propias monjas se acercaban a recibir la Eucaristía; por eso, las monjas quisieron recompensarla permitiéndole hacer la primera comunión el día de la Asunción, con sólo diez años de edad. A partir de ese momento, su vida espiritual se incrementó con una intensa piedad eucarística y mariana. Ella, siempre con el deseo de no sobresalir en sus prácticas devocionales, no recurría a su confesor tan asiduamente como quería; no quería despertar la curiosidad de sus compañeras y encontró la solución recurriendo a su padre, el cual, en la práctica, fue su consejero espiritual.

Aunque el ambiente de la ciudad estaba contaminado por el jansenismo, influenciada por su padre Ignacio Redi, se hizo devotísima del Sagrado Corazón de Jesús. Su padre Ignacio, no sólo le dio la vida sino que fue también para ella un padre espiritual. Ella misma lo llegó a decir: “Mi padre era tan grande y tan bueno que realmente puedo decir que ha sido mi padre por partida doble”.

Como resultado de un retiro que se realizó en el internado, se puso bajo la dirección espiritual de don Pedro Pellegrini, quién confió plenamente en ella y que de inmediato trató de ayudarla para que se perfeccionara en el camino hacia Dios: le facilitaba libros de lecturas piadosas, la ayudó a avanzar rápidamente en la oración mental y como la veía que crecía en santidad, le permitió algo extraordinario en aquella época: comulgar tan a menudo como lo hacían las monjas.

Estando ya a punto de terminar su estancia en el internado, aunque tenía muy claro que quería hacerse religiosa, estaba algo confundida porque si bien amaba el modo de vida de las benedictinas, tenía algunas dudas. Un día, una antigua amiga que estaba a punto de entrar en un convento carmelita, fue a despedirse de ella al internado de Santa Apolonia; Ana María sintió algo especial y cuando regresó a su habitación escuchó una voz interior que le decía: “Yo soy Teresa y te quiero entre mis hijas”; asustada, se fue a la capilla y experimentó la misma sensación. Esa vocación religiosa que había ido creciendo en ella poco a poco, quedaba perfectamente definida, así que cuando unos meses más tarde regresó a su casa, manifestó a su familia su intención de entrar en un monasterio carmelita, cosa que hizo el 1 de septiembre del año 1764, con diecisiete años de edad, ingresando en el monasterio florentino de Santa Teresa.

Vista del escrito de la profesión religiosa de la Santa, escrito a 12 de marco de 1766. Monasterio carmelita de Florencia, Italia.

Vista del escrito de la profesión religiosa de la Santa, escrito a 12 de marco de 1766. Monasterio carmelita de Florencia, Italia.

Aunque el período de postulantado era de tres meses, ella tuvo que realizarlo algunos meses más porque le salió un absceso en una rodilla por lo que tuvieron que rasparle el hueso –sin anestesia– para quitarle la infección. Sus biógrafos dicen que ella no se quejó durante la intervención quirúrgica temiendo que las monjas no la aceptaran en el noviciado, donde ingresó el 11 de marzo del año siguiente, vistiendo el hábito carmelita y tomando el nombre de Teresa Margarita del Sagrado Corazón de Jesús. Meses más tarde, le confesaría a la madre priora: “Madre, no creo que yo haya tenido un dolor más grande que el tener que dejar a mi padre”.

En el noviciado le dieron la responsabilidad de cuidar de las monjas enfermas, pues aunque la comunidad estaba formada por tan solo trece religiosas, nueve de ellas eran muy ancianas. Aunque siguió con dolencias en la rodilla, más de una noche tuvo que quedarse en vela junto a la cama de una de estas monjas, pero eso no era obstáculo para que al día siguiente ella participara activamente en todos los actos comunitarios, tanto en los religiosos como en los simplemente domésticos. Debido a estas dolencias, a ella le entró la duda de si no habría escogido el camino equivocado, por lo que conforme se acercaba el día de la profesión religiosa manifestó su deseo de profesar como simple hermana lega. La priora no accedió y profesó como una monja de coro asumiendo las tareas de sacristana sin abandonar el cuidado de las hermanas enfermas. Durante los escasos cuatro años que vivió como monja, tuvo el don de milagros, curando a algunas monjas desahuciadas e incluso haciéndose oír por una monja completamente sorda.

Realizaba numerosas penitencias: usaba cilicios, dormía en el suelo dejando las ventanas de la celda abiertas durante el invierno y cerradas en el verano, se restringía en las comidas y se adaptaba en todo a lo establecido por las normas del convento: “La que no sabe conformar su voluntad a la de los demás, nunca será perfecta”. Nunca se excusó aunque la acusaran sin motivo, siempre hablaba bien de los demás, siendo uno de sus lemas preferidos el “hay que simpatizar con los problemas del prójimo, hay que justificar sus faltas y hay que ser caritativa con ellos en pensamiento, palabra y obras”.

Un día, mientras cantaban en el coro las palabras del apóstol Juan en su carta a los Filipenses, “Deus, charitas est”, las monjas vieron que se transformaba y comprendieron que le había ocurrido algo íntimo y extraño: le vino a la mente lo que su madre le dijo cuando, siendo ella niña, le preguntó: ¿Quién es Dios?, respondiéndole su madre: “Dios es Amor”. Durante muchos días sólo solía repetir: Dios es amor, Dios es Amor… y tanto llamó la atención esta actitud melancólica, que las monjas llamaron al mismísimo padre provincial para que la examinara. El Provincial, tras observarla y hablar con ella, le dijo a la comunidad reunida en pleno: “Yo sería muy feliz si todas las hermanas de esta comunidad se vieran afectadas por esta melancolía”.

Texto escrito por la Santa con su propia sangre. Dice: "Jesús, mi querido Amor, yo prometo ser todo tuya, independientemente de las contrariedades a las que me voy a tener que enfrentar".

Texto escrito por la Santa con su propia sangre. Dice: “Jesús, mi querido Amor, yo prometo ser todo tuya, independientemente de las contrariedades a las que me voy a tener que enfrentar”.

A partir de este momento, ella sintió aun más el que siempre le había sido imposible corresponder con amor tanto amor recibido y este pensamiento comenzó a atormentarla hasta el punto de que en una de sus cartas a su director espiritual llega a decirle: “Le digo de manera muy confidencial que me encuentro muy dolorida porque no correspondo como debiera a las exigencias del amor de Dios; me siento reprochada por mi Soberano Bien y soy muy sensible al menor movimiento contrario al amor y al conocimiento de Aquel que me ama. No sé que hacer, ni interior ni exteriormente para impulsar aún más mi amor y no se puede usted imaginar lo terrible que es vivir sin amor cuando en realidad, se está ardiendo en deseos de Él. Esto es una tortura para mí y, por mucho que me esfuerzo, lo veo tan poco que temo que Dios esté disgustado conmigo”. Llegó a sentir, al igual que otros santos, la angustia de no poderle corresponder a Dios con la misma intensidad de amor que la que ella recibía. “Encontrándome en este estado supremo de cansancio, cometo muchos fallos, mi mente está confusa, a veces me desespero y tengo el terrible temor de poder ofender gravemente a Dios. Quiero sólo hacer el bien y siento remordimientos por mi infidelidad, porque no doy todo lo que tengo que dar”.

Su confesor llegó a decir que ella amando tanto, necesitaba amar más y que eso era una cruel tortura para su alma. Amaba, pero no lo creía y en la mima medida en que en su alma crecía el deseo y la necesidad de amar, crecía también el dolor de pensar que no amaba como debía. “Ella estaba en la etapa de un matrimonio espiritual y posiblemente por esta intensidad de amor no habría podido vivir más tiempo del que vivió”. Y de hecho, murió prematuramente como consecuencia de una peritonitis aguda.

Tapiz de canonización de la Santa, con su iconografía habitual: el hábito de carmelita, los lirios de virginidad, las margaritas que aluden a su nombre en religión y el lema "Dios es Amor".

Tapiz de canonización de la Santa, con su iconografía habitual: el hábito de carmelita, los lirios de virginidad, las margaritas que aluden a su nombre en religión y el lema “Dios es Amor”.

A mediados de febrero del año 1770, sor Teresa Margarita escribió una carta a su padre solicitándole empezara una novena al Sagrado Corazón rogando por sus intenciones. El 4 de marzo pidió a su confesor hacer una confesión general como si fuera la última de su vida y recibir al día siguiente la Sagrada Comunión que ella preveía que iba a ser su Viático. La tarde del 6 de marzo, debido a su trabajo en la enfermería del convento, llegó tarde al refectorio y tuvo que cenar sola y mientras regresaba a su celda, se derrumbó experimentando unos violentos espasmos abdominales. Las monjas llamaron al médico, que diagnósticó que era un cólico muy doloroso pero no grave. Debido a los dolores, aquella noche no pudo conciliar el sueño, pero de sus labios no salió una sola queja, para no molestar a las monjas que dormían en las celdas contiguas.

Al regresar el médico a la mañana siguiente, reconoció que sus órganos internos estaban paralizados y le practicó una sangría, comprobando que la sangre que brotaba estaba coagulada. Ante esto, se alarmó y recomendó que se le administraran los últimos sacramentos, pero aunque los vómitos eran constantes, no llamaron al sacerdote y ella no se quejó porque había presentido que la Comunión del día 5 había sido su Viático. Mantuvo presionado el crucifijo en sus manos y susurraba cada vez con voz más tenue los nombres de Jesús y de María. A las tres de la tarde su rostro estaba lívido y fue entonces cuando llamaron al sacerdote que sólo tuvo tiempo para administrarle la Extremaunción antes de morir. Sólo tenía veintidós años de edad y una peritonitis aguda la había llevado a la muerte. Era el 7 de marzo del año 1770. La comunidad quedó aturdida, pues sólo veinticuatro horas antes la habían visto sonriente y llena de vida.

De manera sorprendente, inmediatamente después de su muerte, comenzó una rápida descomposición del cadáver y las monjas tuvieron que acelerar los rituales funerarios. Pero al cabo de tres días, la descomposición se revertió y el cuerpo de la santa adquirió la impresión de una persona dormida. Las monjas, así como algunos sacerdotes y doctores de la zona, certificaron la reversión de su cuerpo, que parecía que estuviera durmiendo y que no había ningún síntoma de corrupción o descomposición.

El 16 de junio de 1783, o sea, trece años después de su muerte, se iniciaron los trámites de apertura del proceso de beatificación y era preceptivo observar en qué estado se encontraba el cuerpo de Teresa Margarita. Aunque las monjas estaban ansiosas por exhumarlo surgieron algunas dificultades de orden político y eclesiástico, pero finalmente se consiguió. El cadáver fue examinado por los doctores Antonio Romiti, Antonio Maria Franchi y otros cirujanos y forenses quienes certificaron que “el cuerpo se conserva en un estado envidiable; la carne blanca y la elasticidad de los músculos muestran la falta de una verdadera desecación, por lo que hay que eliminar cualquier duda acerca de que el cuerpo está incorrupto por razones que van más allá de las leyes conocidas de la naturaleza”. Como los promotores del proceso eran conscientes de que cualquier pequeño error podría ser fatal, examinaron además detenidamente la tumba para comprobar en qué condiciones ambientales se había preservado el cadáver. Su cuerpo estaba incorrupto y así se mantiene en su monasterio de Florencia.

Vista de la urna que contiene el cuerpo incorrupto de la Santa. Monasterio carmelita de Florencia, Italia.

Vista de la urna que contiene el cuerpo incorrupto de la Santa. Monasterio carmelita de Florencia, Italia.

Fue beatificada por el Papa Pío XI el 9 de junio de 1929 y canonizada por el mismo Papa, el 13 de marzo del 1934.

Fuente: http://www.stteresamargaret.org/

Antonio Barrero

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