La Transfiguración de Nuestro Señor (II)

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Mosaico de la Transfiguración. Ábside de la basílica homónima en el monte Tabor, Israel.

Blancos como la luz
Lucas nos narra: “Mientras oraba, el aspecto de su rostro se transformó, su vestido se volvió blanco y resplandeciente” (Lc 9, 29). ¿Su rostro se transformó?, ¿cómo? Mateo nos lo aclara diciendo que… brilló su rostro como el sol y sus vestidos como la luz (Mt 17, 2). Marcos, con una frase inolvidable nos completa este fenómeno diciendo que… “sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como no los puede blanquear batanero (o lavandero) sobre la tierra” (Mc 9, 3). En definitiva expresan con imágenes el hecho de que Jesús cambió, su divinidad salió al descubierto. Hasta el momento su humanidad había sido lo que los discípulos habían visto de su Maestro.

Y lo curioso es que todos estos prodigios parecen ocurrir a consecuencia de la oración. Jesús se hace con el Padre todo uno, Luz de Luz. En toda la mística judeocristiana encontramos también “síntomas” extraordinarios que nos reflejan una intensa oración o unión con Dios: levitaciones, estigmas, dardos en el pecho, brillo, olor… A todos se nos vienen a la memoria santos en los cuales se produjeron estos prodigios [1]. No sé si soy muy atrevido con esto pero, ¿participarían de alguna manera estos santos de la Transfiguración de Cristo? ¿Dios les concedió la petición del salmo 27, 9: “no me ocultes tu rostro”? El genial fray Luis de Granada nos lo explica maravillosamente con el delicioso lenguaje de su época: “… para que por aquí entiendas cómo en el ejercicio de la oración suelen muchas veces transfigurarse espiritualmente las ánimas devotas, recibiendo allí nuevo espíritu, nueva luz, nuevo aliento y nueva pureza de vida, y finalmente un corazón tan esforzado y tan otro, que no parece que es el mismo que antes era, por haberlo de esta manera transfigurado el Señor” [2]. También san Pablo exhorta a los corintios con semejantes palabras que dan a entender que conoció el suceso de la Transfiguración: “Nosotros todos, que llevamos la cara descubierta, reflejamos la gloria del Señor y nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente; así es como actúa el Señor, que es Espíritu” (2 Cor 3, 18)

La Transfiguración, óleo del pintor danés Carl Heinrich Bloch.

Para no salirme de la Biblia, encontramos dos personajes que también fueron protagonistas de hechos similares, uno del Antiguo, otro del Nuevo Testamento: Moisés y Esteban. Moisés baja del monte Sinaí “sin saber que tenía radiante la piel de la cara, de haber hablado con el Señor” (Ex 34, 29). Es una luz que llega desde fuera: es la Luz de Dios la que le ilumina, no desde dentro como la de Jesús, Luz de Luz [3], Luz en sí mismo. En Esteban podemos encontrar analogías con la Transfiguración de Jesús, pues se le cambia el rostro como en el de un ángel (Hch 6, 15). Jesús se transfigura antes del camino a Jerusalén, en un contexto de milagros realizados por Él (multiplicación de los panes, curaciones), antes de su Pasión y después del núcleo fundamental de su mensaje. A Esteban le sucede algo similar, pues acontece esta “transfiguración” tras hacer grandes prodigios (Hch 6, 8), previo a un largo mensaje con referencias constantes a Moisés (Hch 7, 2-53) y antes de su martirio (Hch 7, 57- 60). Las semejanzas son impresionantes: parece que estaba escrito que el primer mártir tuviera su “transfiguración” y sufriera también su “pasión” a imitación de Jesús.

¿Y las vestiduras blancas? ¿Qué pueden significar? Aparecen frecuentemente en la Biblia, como ocurre en Lc 23, 11, en el desprecio de Herodes (otra vez aquí el contraste gloria-pasión) y en el ángel de la mañana de Pascua (Mt 28, 3 y Mc 16, 5). En la literatura apocalíptica su presencia es constante, siendo expresión de los elegidos y de los ángeles (Ap 19, 14). Lo vemos también en Dn 7, 9 y en Ap 7, 9 (curiosa coincidencia en el número de estos versículos), donde luego, en Ap 7, 14 se nos dice que “lavaron sus túnicas y las blanquearon en la sangre del Cordero”, es decir, que la Pasión de Jesús nos devuelve la blancura que nuestro vestido había perdido con el pecado (Lc 15, 22). Aquí ya comprendemos la frase de Marcos sobre el batanero: nadie de la tierra, sólo alguien del Cielo, puede blanquear nuestros vestidos.

La Iglesia comprendió desde el comienzo esta riqueza simbólica y, desde sus orígenes, los vestidos de los que reciben el bautismo, como elegidos a insertarse en Cristo y destinados a ser glorificados (Rom 8, 17), son blancos. Asimismo, la vestimenta común de toda la liturgia eclesial es blanca, el alba, pues sólo con pureza (interior sobre todo, pero también exterior) se puede dar culto a Dios.

La Transfiguración, obra de Lorenzo Lotto (1510-1512). Pinacoteca Comunal de Recanati, Italia. Fuente: www.allday.ru

Moisés y Elías
Aparecen Moisés y Elías junto a Jesús. Nada menos que el salvador del pueblo judío y el gran profeta, símbolos encarnados de la Ley y los Profetas. Parece un encuentro de la luz: Jesús se transfigura y resplandece, Elías fue conducido al Cielo por un carro de fuego (2 Re 2, 11) y a Moisés le brilló la cara en el Sinaí, como ya hemos comentado.

La presencia de Moisés y Elías, aquí hechos presente, es una catequesis similar a la que luego, camino de Emaús, dará a otros dos discípulos. “La Ley y los Profetas hablan con Jesús (aquí en la Transfiguración) y hablan de Jesús” (en todo el Antiguo testamento y camino de Emaús) [4].

¿Y de qué hablaron? Sólo Lucas nos comenta brevemente la conversación: “… le hablaban de su partida (muerte) que había de cumplirse en Jerusalén” (Lc 9, 31). La “partida” de este mundo en Moisés y Elías es totalmente distinta a la de Jesús, sin sufrimiento: Moisés, en el Nebo, en paz, querido por los suyos (Dt 34, 5) y Elías es arrebatado al cielo. ¡Qué muerte tan distinta la de Jesús! Le espera en Jerusalén ser preso, azotado, escarnecido, escupido, coronado de espinas y crucificado. Y todo, para la redención del género humano.

“¡Qué bien se está aquí!”
Ya hemos comentado algo sobre la aparentemente ingenua petición de Pedro sobre edificar tres tiendas. Pero, ¿qué significa la expresión “qué bien se está aquí”? También parece un comentario ridículo, impropio de la situación teofánica. Da la impresión que Pedro quiere quedarse en el monte siempre acampado, contemplando esa maravilla, junto a Jesús, Moisés y Elías. ¿Qué mejor compañía? Quiere disfrutar de la gloria de su Maestro, no bajar nunca de allí. En la perspectiva no muy lejana se vislumbra Jerusalén, ¿para qué ir allí? ¿Para sufrir y morir? Nada de eso: quedémonos aquí, en la gloria, junto a estos santos varones. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz? Cada uno de nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho a exclamar con alegría: ¡Qué bien se está aquí! [5].

Pedro no había comprendido que era necesario que Jesús padeciese y muriese (Lc 24, 26). Sólo lo entendería tras la Resurrección y la venida del Espíritu Santo. Entonces sí, entonces un pobre e inculto pescador de Galilea sería capaz de anunciar estos misterios al pueblo (Hch 2, 14 ss) y, sin acobardarse como ahora, a todo un todopoderoso sanedrín (Hch 4, 8 ss)

La Transfiguración, óleo de Tiziano Vecellio. Iglesia del Salvador de Venecia, Italia.

“Éste es mi Hijo Amado”
Como hemos contado antes, encontramos muchas semejanzas entre el episodio del Bautismo y la Transfiguración. Curiosamente, en ambos momentos, Bautismo y Transfiguración, encontramos la voz atronadora del Padre: “¡Éste es mi Hijo amado, escuchadle!” (Mt 3, 17 y Mc 9, 7 y par). San Jerónimo comentaba este pasaje con gran fervor poniendo palabras en boca del Padre dirigiéndose a los discípulos: “Éste es mi Hijo, no Moisés ni Elías. Éstos son mis siervos; áquel, mi Hijo. Éste es mi Hijo: de mi misma naturaleza, de mi misma sustancia, que en Mí permanece y es todo lo que Yo soy. También aquellos otros me son ciertamente amados, pero Éste es mi amadísimo. Por eso, escuchadlo. Él es el Señor, estos otros, los consiervos. Moisés y Elías hablan de Cristo. Son consiervos vuestros. No honréis a los siervos del mismo modo que al Señor: prestad oídos sólo al Hijo de Dios”.[6]

Por tanto, este momento tiene especial significado, pues Jesús es presentado a los discípulos como verdadero Salvador, como “Divino” Salvador, con la misma naturaleza que el Padre. “Ese Jesús que había sido presentado a los pobres pastores, a los magos, a todo el pueblo en el río Jordán, ahora es presentado por el Padre a los discípulos predilectos para que en el momento del dolor en el huerto de los Olivos y de la muerte en cruz, sea reconocido como el Divino Salvador, el Hijo enviado por el Padre” [7]. Sí, es reconocido anteriormente por Pedro, el primero entre los discípulos, pero quizás no bastaba con ello. El Padre quería asegurarse con una prueba prodigiosa que nunca olvidarían los privilegiados testigos, como el mismo Pedro diría años después: “Y nosotros escuchamos esta voz, venida del cielo mientras estábamos con él en el monte santo” (2 Pe 1, 18).

Y todo ello cubierto por una nube, símbolo de la presencia de Dios. Aparece también en otros pasajes bíblicos como en el desierto, guiando a los israelitas (Ex 13, 21; Num 14, 14 y Ez 10, 3-4), como plenitud de Dios en la Tienda de la reunión y el Templo de Salomón (Ex 40, 34 y 1 Re 8, 10), pero también como lugar donde se oculta el Altísimo (Job 22, 14).

Icono ortodoxo de la Transfiguración, obra de Teófanes el Griego (s.XIV). Galería Tretyakov de Moscú, Rusia.

Llama la atención Ex 40, 34 por su relación con este pasaje de la Transfiguración. Encontramos en los dos la nube y la tienda, Moisés y Dios. No se puede obviar la semejanza: si en el Éxodo Dios se instala en la Tienda, aquí Dios-Palabra “acampa (o habita, según traducciones) entre nosotros” (Jn 1, 14).

Evidentemente todo esto no estaba siendo entendido del todo por los discípulos, que mucho tenían con mantener el tipo y no echar a correr ladera abajo. Como si la voz de Dios y la nube fuesen una traca final de fuegos artificiales cuenta Mateo “que cayeron sobre su rostro, sobrecogidos de gran temor” (Mt 17, 6). Luego al levantar el rostro todo vuelve a la normalidad: ya no hay luz, ni voz, ni Moisés, ni Elías, ni nube, ni nada. Sólo el Jesús que conocen y aman, el de cada día, el Maestro, que los anima y conforta, como siempre.

Ahora el grupo baja la ladera hacia donde están los otros discípulos. Están mudos. El pedacito de gloria acabó y ahora queda la cruz. Desciende Pedro sin comprender del todo qué ha pasado. San Agustín con bellas palabras nos dice: “Desciende [Pedro] para penar en la tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende para hacerse matar; el Pan desciende para tener hambre; el Camino desciende para fatigarse andando; La Fuente desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir?” [8].

Pero, ¿realmente ocurrió?
Todo esto que venimos contando, ¿ocurrió o es una escena simbólica? ¿Fue real como nos cuentan los evangelistas o fue inventada para mayor gloria de Dios? Aquí, como uno puede imaginarse, hay toda clase de opiniones. Los más racionalistas, evidentemente, niegan toda realidad a este pasaje; los más tradicionales, afirman la historicidad absoluta con fidelidad en todos los detalles. En medio hay todo un compedio de teorías que no dejan a uno indiferente.

Entre los primeros, los racionalistas y modernistas, que dicen que todo es un mito o una catequesis que expresa la divinidad de Jesús, se sitúan A. Loisy y Lloyd Geering [9]. Incluso insisten que este pasaje es un episodio temprano de la resurrección confundido con Marcos (y luego por Mateo y Lucas, copiándole), y que realmente su ubicación sería en Mt 28, 16. Pero inmediatamente surge la pregunta: entonces ¿por qué Moisés y Elías conversan con Jesús sobre la muerte que ha de padecer éste? ¿Y por qué pide Jesús silencio a sus discípulos hasta su resurrección? Si ya se hubiera producido ésta no tendría sentido el secreto. Algo no cuadra. No parece que sea esto lo que dice el texto.

Vista del mosaico de la Transfiguración en el ábside de la iglesia. Monasterio de Santa Catalina del Sinaí, Egipto.

Los autores más tradicionales emplean, como argumentos de verosimilitud del suceso, los siguientes criterios: a) el texto está escrito con una simplicidad que no es nada semejante a los escritos míticos; b) no se ocultan los “fallos” que rebajan el prodigio, como las palabras de Pedro y el terror o el cansancio de los discípulos; c) si se quiere dar lustre al suceso se habrían puesto palabras más nobles y clarividentes en boca de Pedro.

Otra cuestión es si ocurrió dentro o fuera, es decir, en el mundo interior de los discípulos, a modo de visión, o en el mundo real. R. Guardini [10] afirma que fue una visión, aunque esto no significa que fuera subjetiva, sino que fue una realidad que supera la nuestra. Así la luz y la nube, no es la luz y la nube que conocemos, sino algo más: realidades transcendentes y fuera de nuestro alcance. Es una posición intermedia y que defiende también Martín Descalzo afirmando que no fue un sueño, sino una profunda realidad percibida por los apóstoles en el mundo interior de sus almas [11].

No es una fiesta litúrgica más
Esta fiesta parece ser que surgió en las iglesias orientales, más concretamente en la bizantina, sobre el s. V., llamándose al principio “fiesta de la Dedicación de las basílicas del Tabor” (ya comentamos que sobre este siglo había edificadas tres basílicas sobre este monte), aunque hay fuentes que dicen que sustituyó una fiesta pagana dedicada a Afrodita [12]. Se cree que tiene relación con la fiesta de la Exaltación de la Cruz (14 de septiembre), pues se celebra cuarenta días antes que dicha fiesta.

En la iglesia latina no es celebrada hasta el s. X, aunque según la región el día de su celebración variaba. Sería el Papa Calixto III el que extendería la fiesta a la Iglesia Universal, en acción de gracias por la victoria sobre los turcos en Belgrado, el 6 de agosto de 1456 (en este día 6 de agosto se celebraba ya de forma no oficial en muchos países de Oriente y Occidente).

Imagen de Cristo Redentor o Cristo de Corcovado en Río de Janeiro (Brasil), obra de Paul Landowski (1931).

Iconografía
No voy a extenderme más, pero no quería acabar sin citar al menos algunas obras iconográficas sobre el tema.
La temática clásica es la que nos presentan los evangelios: Jesús de blanco resplandeciente con Moisés y Elías, debajo los discípulos. Completan la escena la nube y el monte.
Las primeras representaciones son murales, del s. VI, como las que recubren la bóveda de las basílicas de Parenzo, san Apolinar en Rávena, y del monasterio de santa Catalina del Sinaí. Sus representaciones más conocidas, sin embargo, comienzan en la época medieval. E. Male ve en esos siglos una exaltación al ayuno y la penitencia, porque los personajes principales (Moisés, Elías y Jesús), padecieron estos rigores ascéticos [13].
De los siglos posteriores destacan las obras de esta temática de Giovanni Bellini (1480), de Rafael de 1518-1520, de la Pinacoteca veneciana, y de Tiziano, en la iglesia de san Salvador (1559).
Ya más modernamente se representa a Jesús solo o acompañado, pero en relación con este pasaje. Son las llamadas representaciones del “Divino Salvador”, como la famosísima de Río de Janeiro, la escultura de Jesús más alta del mundo.

David


[1] Podemos citar a sta. Teresa de Jesús, san Martín de Porres, san José de Cupertino, san Francisco de Asís, Padre Pío
[2] Fray Luis de Granada. Vita Christi. Ed. Miñón, pág. 329
[3] CIC, nº 242
[4] Benedicto XVI. Jesús de Nazaret. Pág. 362.
[5] S. Anastasio Sinaíta. Sermón de la Transfiguración.
[6] San Jerónimo. Tratado sobre el Evangelio de san Marcos, n º 352 y 353
[7] Homilía de Monseñor Morán Aquino, en la Fiesta de la Transfiguración del 2006.
[8] San Agustín. Sermón 78, 6
[9] Lloyg Geering. The Fourth R, Volumen 11,5
[10] R. Guardini. El Señor.
[11] J.L. Martín Descalzo. Vida y Misterio de Jesús de Nazaret, vol I, pág. 445
[12] F. Holweck. Catholic Encyclopedia (1912)
[13] J. Carmona Muela. Iconografía cristiana, pág. 172.

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La Transfiguración de Nuestro Señor (I)

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Detalle de la Transfiguración, última obra de Rafael (1520). Museos Vaticanos, Roma (Italia).

Introducción
La Fiesta de la Transfiguración que celebramos mañana, día 6 de agosto, también llamada del “Divino Salvador”, es una fiesta muy particular. Particular por la complejidad teológica con la que el misterio de la Transfiguración de Nuestro Señor ha tenido en la exégesis clásica (no digamos en la actual) y también por la variada y rica simbología con la que se presenta en los textos bíblicos. Protagonistas, lugar, tiempo, testigos, diálogos, acciones… todo tiene importancia y significado en este pasaje evangélico tan denso y controvertido por los estudiosos. Aunque hay muchas propuestas teológicas como digo, me limitaré en el presente artículo a sintetizar y mencionar las interpretaciones más destacadas e importantes en la rica tradición eclesial, acudiendo, por supuesto, a las fuentes evangélicas.

Este suceso, el de la Transfiguración ha sido objeto de la atención no sólo de Padres de la Iglesia [1] y exegetas modernos, sino también de los últimos Pontífices en sus escritos y homilías. Así San Juan Pablo II, en su carta apostólica Rosarium Virginis Maria [2], propone la Transfiguración del Señor como uno de los misterios de Luz. Y Benedicto XVI, explica maravillosamente el pasaje en un capítulo en su reciente libro Jesús de Nazaret. De él tomaremos algunas ideas. Curiosamente, el Beato Pablo VI murió el 6 de agosto de 1978.

Un suceso con mucha hondura bíblica
Los textos bíblicos que nos cuentan este pasaje son profundamente claros y unánimes: el suceso ocurrió y fue de tal grandiosidad que estremeció a los testigos. Así, encontramos la narración del hecho en Mt 17, 1-13; Mc 9, 2-13 y Lc 9, 28-36. A pesar de la semejanza entre los tres textos hay sutiles diferencias, omisiones, repeticiones o datos complementarios que pueden ayudarnos a enriquecer más el análisis del suceso, privilegiando, no faltaba más, lo fundamental del mismo.

Grabado de la Transfiguración de Gustave Doré para la Biblia.

Uno de los testigos, Pedro, también la refiere, de pasada, en una de sus cartas (2 Pe 1, 16-18). Sin embargo otro, Juan, ni lo menciona en su Evangelio. Tal vez, al conocer ya el evangelista lo narrado en los sinópticos, consideró innecesario consignarlo de nuevo.

Los textos evangélicos nos cuentan el suceso con grandes similitudes. Tomo del Catecismo de la Iglesia Católica el resumen del hecho porque seguro que yo no lo cuento mejor: “… sobre una montaña, ante tres testigos elegidos por él: Pedro, Santiago y Juan. El rostro y los vestidos de Jesús se pusieron fulgurantes como la luz, Moisés y Elías aparecieron y le “hablaban de su partida, que estaba para cumplirse en Jerusalén (Lc 9, 31). Una nube les cubrió y se oyó una voz desde el cielo que decía: “Este es mi Hijo, mi elegido; escuchadle” (Lc 9, 35) [3].

El acontecimiento de la Transfiguración está escrito en los Evangelios con un estilo simple, con una naturalidad y sencillez que cualquier autor moderno no usaría, pero debió ser un hecho milagroso, espectacular, a la altura, si no más, de las grandes teofanías del Antiguo Testamento. En palabras de Benedicto XVI “la Transfiguración nos invita a abrir los ojos del corazón al misterio de la luz de Dios presente en toda la historia de la salvación” [4].

Encontramos también un hecho similar en dicho Antiguo Testamento. Se trata de la subida de Moisés al Sinaí con Aaron, Nadab y Abihú y los setenta ancianos (Ex 24). Moisés, presente, no lo olvidemos, en la Transfiguración, sube para recibir las palabras de Yahvé, sellar la Alianza y orar. Y se nos cuenta una cosa inquietante: vieron a Dios sobre baldosas resplandecientes (24, 10). Demasiadas coincidencias, ¿no?: un monte, oración, tres testigos, Moisés, presencia de Dios, la voz del Altísimo, brillo.

Un contexto que no hay que olvidar
El episodio de la Transfiguración tiene lugar en un contexto muy importante dentro del texto evangélico. Mateo y Marcos nos lo presentan tras la confesión de Pedro y el primer anuncio de la Pasión. Lucas, sitúa dicho primer anuncio justo después (Lc 9, 44 ss), pero, en definitiva, junto a estos dos acontecimientos, más aún, unido inseparablemente a ellos. Todos estos momentos, los tres, son transcendentales, de una gran intimidad de Jesús con sus discípulos. Si en el portal del ministerio público de Jesús encontramos el Bautismo, aquí, en el de su Pasión encontramos su gloriosa Transfiguración.

Transfiguración de Cristo, obra de Giovanni Bellini (ca.1480). Museo de Capodimonte, Nápoles (Italia).

Hallamos al comienzo del relato una discordancia temporal, ¿o no? Mateo y Marcos cuentan que esto sucedió seis días después de la confesión de Pedro. Lucas, sin embargo, nos dice que ocho. San Jerónimo ya se fijó en este hecho y afirma, con algo de simplicidad quizás, que la distancia es ficticia, porque simplemente Mateo y Marcos no contaron el primer día, el de la confesión, y el último, el de la Transfiguración [5]. La exégesis moderna, con J.M. van Cangh y Alphonse Toumpsin [6] a la cabeza, han analizado también esta discordancia relacionándola con el calendario judío y sus fiestas. Por el análisis del texto concluyen que la confesión de Pedro ocurrió en el Yom Hakkippurim, la gran fiesta de la expiación, y la Transfiguración en la famosa fiesta Sukkot o de las Tiendas (o Tabernáculos), seis días después. En esta última, de una semana de duración, se dan gracias por los frutos cosechados y es costumbre la plantación de tiendas al raso en recuerdo de la peregrinación por el desierto del Éxodo (Ex 23, 14-17). Al durar varios días esta fiesta no tendría importancia alguna esta discordancia, sino que lo que hay que valorar es que ocurriera en el trasfondo de ésta, única en el año en la que el sumo sacerdote podía pronunciar el nombre de Yahvé. También todo ello explicaría las palabras de Pedro: “… hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés, otra para Elías, sin saber lo que decía” (Lc 9, 33). Pues a lo mejor sí que lo sabía… ¿qué sentido tendría hacer tiendas, salvo que fuera la fiesta de los Tabernáculos? [7]

Benedicto XVI apoya esta teoría, aunque también recoge en su libro Jesús de Nazaret [8] la teoría de Hartmut Gese, el cual no cree fundada esta relación entre la Fiesta de los Tabernáculos y la Transfiguración, y la relaciona más bien con la subida de Moisés al monte Sinaí (Ex 24) por la semejanza entre la presencia de Dios en la nube (Ex 24, 16 y Lc 9, 34). Luego hablaremos más de ello.

Vista del monte Tabor, lugar de la Transfiguración, en Israel.

Otra vez en un monte
El texto bíblico nos dice que el hecho ocurrió en un monte alto y apartado (Mc 9, 2). La tradición ha querido ver este monte como el Tabor (palabra hebrea que significa “el abrazo de Dios”). Así lo afirman Orígenes, san Jerónimo y san Cirilo de Jerusalén. En los siglos posteriores numerosos peregrinos visitarán el lugar afianzando dicha tradición, y orarán en él recordando el prodigio.

Este monte se encuentra a mitad camino entre Nazaret y el lago Tiberíades. Se yergue solitario en la llanura de Esdrelón (valle de Jezrel), aunque en realidad no es muy alto, pues apenas supera los 575 metros sobre el mar Mediterráneo y 780 sobre el nivel del lago Tiberiades. Este hecho de estar solo puede causar la sensación de tener más altitud de la que realmente tiene.

A pesar de no ser un gran monte, su personalidad es indiscutible en la tradición bíblica y en la historia de Tierra Santa. La tradición nos cuenta que fue el lugar de encuentro entre Abraham y Melquisedec, pero ni la Sagrada Escritura ni otro documento lo atestigua, aunque hay una gruta en el monte donde se recuerda (o mejor dicho se coloca) este hecho. Es citado por primera vez en la Biblia como hito divisorio en la repartición de Canaán entre las 12 tribus (Jos 19). En sus faldas se libra la batalla de los ejércitos de Débora y Barac contra los del rey cananeo Jasor (Jue 4, 12). En el mismo libro de Jueces también aparece en la segunda campaña de Gedeón (8, 18). Más tarde, pero ya de manera secundaria, casi de pasada, en 1 Cr 6, 62. Los profetas lo citan como monte importante en sus escritos (Jer 46, 18; Os 5, 1), y en el salmo 89, en la misma línea profética, anuncia que “el Hermón y el Tabor aclaman tu Nombre” (Sal 89, 13). ¿Parece predecir que algo importante ocurriría allí?

Vista de la fachada de la Basílica de la Transfiguración, en el monte Tabor (Israel).

Si grandes batallas allí se libraron, su significado militar continuó en los siglos posteriores, pues también fue ocupado por tropas sirias bajo Antíoco III, fue baluarte de los judíos durante la primera rebelión judía del año 66 [9], fortaleza militar romana en el s. I., y otra árabe en el inicio del siglo XIII.

Su historia como lugar de santidad ha sido algo confusa. Parece ser que comenzó siendo lugar de culto por los cananeos (aún se conservan restos en la actual cripta de la basílica). Más tarde, en la era cristiana, como monte en donde la tradición colocó la Transfiguración, fue lugar de retiro de eremitas, edificándose además varios monasterios cristianos y tres iglesias (a imitación de las tres tiendas), todo ello antes de la llegada del Islam en el s.VII. No parece que hubo mucha represión religiosa islámica en este lugar en aquellos siglos, pues hay ruinas de una iglesia de estilo benedictino de alrededor del siglo IX. Eso sí, con las cruzadas el lugar es arrasado por las tropas musulmanas construyéndose, como ya se ha dicho, una fortificación árabe. Hasta el siglo XVIII los franciscanos no pudieron adquirir la propiedad al emir Fak ed Din y restituir el culto como es debido. La actual Basílica es de 1924, obra del arquitecto Barluzzi, la cual contiene vestigios de algunas de las antiguas construcciones que hemos ido relatando.

Otros autores afirman que no fue en el Tabor donde ocurrió la Transfiguración situándola en el Hermón, un monte más bello y alto, más cercano además de Cesarea de Filipo, que es donde se encontraban Jesús y los discípulos en la confesión de Pedro, seis días antes (Mc 8, 27). Además, el Tabor se encuentra a más de 70 km de dicha ciudad de Galilea y la presencia de una fortaleza romana en esos años no hace del lugar un entorno muy “propicio” para cualquier teofanía. Son argumentos que parecen no muy sólidos para derrocar una tradición tan antigua, primero porque 70 km en seis días no es un trayecto excesivo para Jesús y sus discípulos, andarines consumados, como vemos en numerosos pasajes evangélicos. La fortaleza romana, al parecer no era ocupada más que en momentos de gran agitación.

El monte ha sido bíblicamente un lugar de encuentro con Dios. En un monte, el Ararat, se asentó el arca de Noé tras el diluvio (Gen 8, 4). El monte Moria fue el lugar donde Dios puso a prueba a Abraham con el sacrificio de Isaac (Gen 22, 2) [10] y el lugar elegido para la edificación del Templo (2 Cro 3, 1). También destaca el Horeb, donde tuvo Moisés la visión de la zarza ardiente (Ex 3, 1), el pueblo judío fue perdonado de su infidelidad (Ex 33, 6) y Elías fue testigo de la teofanía de la “brisa de Yahvé” (1 Re 19, 8). Otro monte, el Carmelo, era lugar de oración del mismo profeta (1Re 18, 42) y es muy mencionado por los profetas (Is 35, 2; Am 9, 3; Jr 50, 19 y otros). Fueron el Horeb, ya mencionado, el Sinaí (Ex 19, 3, Ex 24 y Ex 34), la montaña predilecta de Dios, el Farán (Dt 33, 2) y el Nebo (Dt 34, 1), desde donde Moisés vio por única vez la tierra de Canaán antes de morir, los montes más destacados del peregrinaje del pueblo judío por el desierto. También los lugares elevados serán claves en la vida de Jesús: lugares de tentación, como el monte de la tercera tentación (Mt 4, 8); lugares de predicación, como la montaña de las Bienaventuranzas (Mt 5, 1); lugares de sufrimiento, como el monte de los Olivos (Lc 22, 39) y el Gólgota (Jn 19, 17); y lugares de gloria, como el lugar donde se reencuentra con sus discípulos tras la resurrección (Mt 28, 16) o el Olivete, en Betania, donde ascendió a los cielos (Hch 1, 12). También los lugares elevados tienen un gran simbolismo en los textos escatológicos (Ap 14, 1 y 21, 10).

Vista del interior de la Basílica de la Transfiguración, en el monte Tabor (Israel).

En definitiva, lugares donde Dios interviene, se manifiesta, comunica o elige para la gran historia de amistad entre Él y el hombre. Son hitos no sólo geográficos, sino también signos llenos de riqueza teológica, capítulos de esta historia de salvación en la que aún estamos inmersos. No es casual, por tanto, que Jesús eligiera un monte para transfigurarse y dar a sus discípulos una chispa de gloria antes de la pasión.

Los tres testigos
Llegados al monte se hace acompañar hasta la cumbre para orar por sus tres discípulos predilectos: Pedro, Santiago y Juan. ¿Por qué dejó a los demás discípulos en las laderas? ¿Por qué no mostrar su gloria a todos? Quizás nos lo explique la petición final de Jesús de que guardaran secreto de lo sucedido hasta después de su resurrección (Mt 17, 9). Si un secreto como este es difícil de guardar por tres, pues imaginemos por doce. Bastaría que estos tres dieran testimonio a los demás cuando llegara el momento. Lo cierto es que no se ve ningún vestigio en los Evangelios de que el secreto fuera revelado.

¿Y por qué a estos tres testigos? ¿Por qué no Mateo, Tadeo, Bartolomé, Felipe u otro? ¿Qué tienen de especial estos tres?
Quizás las sensibilidades de los otros discípulos respecto al mesianismo de Jesús eran distintas de la de estos tres, quizás, ante el prodigio, quería evitar ser considerado y enaltecido como un rey terreno, un mesías guerrero, un hechicero.

“Dicen que Pedro representa a los constantes en la fe, Santiago a los firmes en la esperanza, Juan a los encendidos en el amor. Pedro, el Vicario de Jesucristo; Juan el discípulo virgen; Santiago, el primer apóstol mártir” [11]. Es curioso que los tres evangelistas que nos narran el hecho coloquen el pasaje de la Transfiguración justo después de las condiciones para seguir a Jesús (Mt 16, 24-28 y par). ¿Podría insinuar con esto que sólo los discípulos más fieles al Maestro pueden ver su gloria? ¿Encarnarían Pedro, Santiago y Juan el modelo de discípulo de Jesús? No hay duda de que fueron elegidos y destinados a ser testigos de hechos maravillosos porque “yo os digo de que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, y no lo vieron, y oír lo que oís, y no lo oyeron” (Lc 10, 24)

Vista de la entrada a la Basílica de la Transfiguración, en el monte Tabor (Israel).

Tal vez sea así o no lo anterior, pero lo cierto que ellos serán también notarios de la agonía del monte de los Olivos (Mt 26, 37). En ambos lugares aparecen cargados de sueño, lastrados de su debilidad humana (Lc 9, 32 y Mt 26, 40). Pero Jesús también es humano. Si aquí en el Tabor destella la divinidad gloriosa de Jesús, en el monte de los Olivos se aprecia la gran humanidad sufriente de Jesús. Divino y humano, Gloria y Pasión, Luz y Oscuridad, Tabor y Getsemaní: dos caras de una misma moneda, dos horas extremas en su vida, dos realidades aparentemente tan dispares que nos cuentan lo que es el Hijo de Dios. Conviene que sean los mismos los que den testimonio ante el mundo de lo que Jesús es.

David


[1] San León Magno, Sermón 51
[2] J. Pablo II. Carta Apostólica Rosarium Virginis Mariae nº 21, 16-10-2002
[3] CIC, nº 554
[4] Benedicto XVI. Palabras del Angelus de 6-8-2006
[5] San Jerónimo. In Matth. 17, 1
[6] Jean-Marie Van Cangh y Alphonse Toumpsin, El Evangelio de Marc. Un original hébreu?
[7] Francisco Fontana, Revista Buena Nueva, nº 20
[8] Benedicto XVI. Jesús de Nazaret, pág. 359
[9] S. Kochav. Israel. Ed. Folio, pág. 218
[10] Algunas traducciones de los textos bíblicos hablan de la tierra de Moria, no del monte Moria.
[11] J. J. Martínez. El Drama de Jesús. Ediciones Mensajero, pág. 196

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