Venerable Concepción Cabrera de Armida (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía de la Venerable Concepción Cabrera.

Fotografía de la Venerable Concepción Cabrera.

En el primer apartado leímos cómo una laica mexicana de muchísima vida interior, rompiendo esquemas de su época, fundaba toda una Congregación e introducía en la iglesia una nueva forma de espiritualidad. En este apartado veremos cómo después de numerosas pruebas y tras muchos sacrificios y sufrimientos, las vería por fin erigidas y se prepararía para su encuentro con el Padre.

Las Religiosas de la Cruz
Establecido el Apostolado de la Cruz y propagado por varias diócesis del país, la señora Cabrera, ahora viuda, decidió que era hora de llevar a cabo una gran ilusión que tenía desde niña: fundar una Congregación de vida contemplativa acorde a la nueva espiritualidad. No era común, de hecho fue casi un atrevimiento, que una seglar se metiera a fundadora, por lo cual la obra tuvo desde su inicio muchos obstáculos. Conchita se lo comunicó al P. Mir, su director, quien, aunque opuesto al principio, finalmente accedió al ver la buena intención de la Sra. de Armida y notar que tenía el beneplácito divino.

Conchita formó un pequeño grupo de jóvenes piadosas, miembros de la Archicofradía que, después de una peregrinación a la Basílica de Guadalupe en 1897, se establecieron en una pobre casa de Tacuba, en la ciudad de México, la cual fue llamada “El Oasis” y así, el 3 de mayo de ese año, en una cercana y pobre capillita, después de misa inició la Congregación con cuatro señoritas. A los dos meses ya eran 18 y finalmente el 9 de julio llegó a México Mons. Ibarra, quien dio el hábito a las primeras novicias el día 16, fiesta de Nuestra Señora del Carmen. Escribe Conchita: “¡Admirable, verdaderamente admirable es el Señor en sus obras! Él ordena todo a su fin, y aunque el infierno y el mundo se opongan, Él prosigue sus planes. Temblando de emoción pisé hoy esta santa casa. Allí, anonadada, recorrí este sagrado recinto. Tuve la dicha de desayunarme en su cocina. ¡Oh, si me fuera dado vivir sirviendo a las esposas del Señor!”

Al salir de la casa se le impuso a la Señora Cabrera un crucifijo sin Cruz, que simbolizaba que el alma debe de vivir crucificada, y sintió Conchita en su interior que ella también sería religiosa de la Cruz a su muerte, después de numerosas pruebas. Sin embargo poco duró la tranquilidad. Al crecer la naciente comunidad se vieron en la necesidad de cambiarse a una casa más grande. Con el cambio se rompió la clausura que tenían las monjas y un grupo de ellas iniciaron un conflicto por pedir que la nueva orden fuera de vida activa, mientras que un grupo fiel a la Sra. de Armida optaba por la contemplación. Finalmente se separaron del grupo 17 señoritas y Conchita, fiel a la obediencia a su confesor, decidió esperar a ver el desarrollo de la obra. En ese tiempo moriría su esposo y tendría que mudarse de San Luis al D.F., pero Dios cruzaría por su camino a un obispo y un sacerdote providenciales para la obra.

Icono de la Venerable, imitando el canon bizantino.

Icono de la Venerable, imitando el canon bizantino.

Encuentro con el Padre Félix y Mons. Leopoldo Ruíz. Primera Víctima de la obra.
En febrero de 1903, ya viuda, viviendo en la Ciudad de México en casa de su madre, acostumbraba Conchita a desplazarse en tranvía. Un día, pasando por el Colegio de los maristas, sintió el impulso de bajar a confesarse. Entonces, al tocar el timbre, le atendió un sacerdote con acento extranjero y sintió entonces el poderoso impulso de hablarle sobre las Obras de la Cruz, del Oasis y de su propia vida. El Padre se conmovió, le pidió su dirección y pocos días después la visitó en su casa y ella lo presentó a las religiosas. En el mes de marzo, Pedrito, el más pequeñito de sus hijos de entonces sólo 4 añitos, por un descuido de la abuelita y de la criada, murió ahogado en una fuente que había en la casa de la abuela. Entonces el P. Félix invitó a Conchita a ofrecer su dolor a Dios por la nueva obra a lo que ella, con todo el dolor de una madre, aceptó.

Pocos meses más tarde, Conchita fue invitada a la ciudad de Morelia, Michoacán, a hacer unos ejercicios espirituales. Enferma de la garganta, con el dolor de la muerte de Pedro y angustiada por sus religiosas accedió a ir y ahí conoció al Arzobispo de Morelia, Mons. Leopoldo Ruíz y Flores, que predicaba dichos ejercicios. Entonces el P. Félix habló con el Arzobispo y la Sra. Armida sobre los problemas del Oasis y Monseñor sugirió a la Sra. Cabrera cambiar de director, el cual sería el Padre Félix, a la vez que director de las religiosas, y al mismo tiempo cambiar de superiora de la comunidad para evitar disgustos. Todo se hizo puntualmente, pero la Congregación estaba sumida en una gran pobreza, por lo que hubo que buscar bienhechores pues las deudas también eran grandes. Sin embargo poco a poco fue normalizándose la situación y se consiguió, aunque de palabra, la aprobación diocesana de la Congregación por el canciller del Arzobispado de México Emeterio Valverde, después obispo de León, Guanajuato.

La gracia del 25 de Marzo y grandes pruebas
Hasta ahora, la incipiente Congregación sólo tenía una casa en Tacuba, donde ya vivían unas 30 personas. En 1904 se empezaron a redactar las primeras constituciones del nuevo Instituto por el Padre Félix de Jesús Rougier y la Sra. de Armida. El Padre Félix, sin embargo, estaba bajo la obediencia de la Congregación Marista a la que pertenecía y se cumplía el tiempo de volver a Francia, su tierra. Los amigos y benefactores de la obra iniciaron trámites para pedir al General de los maristas dejar al padre Félix más tiempo.

El 29 de junio de ese año dio inicio la adoración perpetua del Santísimo Sacramento en el convento de las Religiosas de la Cruz, característica primordial de este instituto. Por estar la superiora ocupada, fue Conchita quien la inauguró oficialmente. El 25 de agosto el Padre Félix escribía a la Sra. Conchita que el Padre General le había denegado el permiso y no podría escribirle, pero lo reconfortaba pidiéndole oración y diciéndole: “Si Dios quiere servirse de mí, aunque indigno, para fundar la Congregación de la Cruz, no le faltarán medios para abrirse camino: tengo en las promesas de Jesús una inquebrantable confianza”.

Fotografía de tres religiosas de la Cruz del Sagrado Corazón revestidas con el hábito de su orden.

Fotografía de tres religiosas de la Cruz del Sagrado Corazón revestidas con el hábito de su orden.

Las peripecias de este tiempo ya quedan resumidas en los artículos sobre el P. Félix de Jesús Rougier. Por acortar este artículo, hablaré sobre una gracia mística ocurrida a Conchita en estos días. El día 20 de febrero Conchita tuvo la pena de perder a su madre de forma violenta (al parecer un aparatoso accidente en la casa) y la Sra. de Armida al poco tuvo que cambiar de director, siendo Mons. Maximino Ruíz, entonces capellán de las religiosas y después obispo de Chiapas, hoy Diócesis de San Cristóbal de las Casas. Mientras tanto Mons. Ruíz y Mons. Valverde viajaban a Europa para tramitar el permiso para el P. Félix. El 25 de marzo de 1906, fiesta de la Encarnación, después de comulgar, la Sra. de Armida recibió una gracia especial y que es el centro de su vida espiritual: “La encarnación mística”.

Según sus palabras: “La encarnación mística es una gracia transformativa en el sentido de asimilar a la criatura con su modelo Jesús, que soy yo. Es gracia transformante unitiva que no repugna en nada con las infinitas misericordias mías. El Verbo hecho carne toma posesión íntima del corazón de la criatura, como tomando vida en él por cuanto a la unión transformativa, aunque siempre dándole Él la vida, esa Vida de la gracia, asimilable principalmente, por medio de la inmolación. Encarna, nace, crece y vive en el alma Jesús, no en el sentido material, se entiende, sino por la gracia unitiva y transformante. Es muy especial este favor y el alma que lo recibe siente más o menos periódicamente los pasos de la vida de su Jesús en ella. Se marcan estas etapas de vida siempre envueltas en dolor, en calumnias y humillaciones, en sacrificio o expiación, que esa fue la vida de tu Jesús en la tierra”. En pocas palabras, se iniciaba en ella una unión transformante en, por y para Cristo, equiparable a las experiencias de Santa Teresa, San Felipe Neri y San Pío de Pietrelcina.

Entretanto crecían las penas de Conchita. Su hijo Manuel entró en los Jesuitas (ella lo quería para la nueva fundación), sufría sequedades en la oración y las murmuraciones y habladurías de la gente. También se interponía la prohibición del General de los Maristas sobre el Padre Félix y malos entendidos de los obispos protectores de la naciente obra con la Curia Vaticana sobre los escritos y revelaciones de Conchita. Sin embargo, el 8 de febrero de 1908, el Delegado Apostólico entregó a la Sra. de Armida un rescripto pontificio para aprobar la adoración perpetua. Al año siguiente, el día 10 de mayo, tras un arduo examen canónico por un tribunal instituido por el Arzobispo de México, Mons. Mora, se declaró la validez de las visiones de Conchita.

Lienzo de la Venerable, inspirado en la última foto que se tomó de ella viva.

Lienzo de la Venerable, inspirado en la última foto que se tomó de ella viva.

Entonces vino la idea de fundar en Puebla de los Ángeles, fundación que inició el 18 de mayo. En ocasión de esa fundación, el Arzobispo de Puebla, Mons. Ibarra recibió el favorable informe del examen a Concepción: “El espíritu de la Sra. Armida es de Dios por su sencillez, sólo busca la Gloria de Dios, no es nerviosa, está dispuesta a darlo todo, etc.” Posteriormente Mons. Ibarra entraría en la Congregación masculina naciente, muriendo en olor de santidad. Mientras tanto, aún sin aprobación pontificia, se inició el noviciado de las religiosas en Tlalpan, D.F. A los Sres. obispos se les ocurrió que debía de mandarse la petición formal a Roma para aprobar a las religiosas y formar la Congregación masculina.

El 24 de octubre de 1908 nació una nueva obra: “La Alianza de Amor”. Ésta es la rama seglar de las Obras de la Cruz, integrada por laicos comprometidos y que desean gustar la espiritualidad de la congregación. Fue fundada por Conchita y Mons. Ibarra en México D.F. Monseñor viajaría entonces a Roma y obtendría el tan ansiado “Decretum laudis” con el cual, el Papa San Pío X aprobó las Constituciones como Congregación de derecho pontificio. Era el 5 de febrero de 1909, fiesta de San Felipe de Jesús.

¡Religiosa al fin! Nuevas obras, pruebas y consuelos
El día 15 de marzo de ese año llegó a la casa de Conchita en la calle del Mirto, un indulto de la Santa Sede que le concedía profesar “in articulo mortis” en su Congregación. Pero a los pocos días llegó un telegrama de Mons. Ibarra donde se le notificaban algunas trabas sobre sus escritos y una mujer que supuestamente había tenido gracias similares y alegaba que Conchita las había plagiado. Estas penas y el paso de los años hicieron que Conchita cayera en una dolorosa enfermedad. Por esos años se edificó la casa general de las religiosas en la calle del Mirto cerca de la casa de Conchita y al año siguiente, el 4 de junio de 1911 en plena revolución, la Arquidiócesis de Puebla fue consagrada al Espíritu Santo, iniciando este movimiento mundial que logró la consagración de varias diócesis y de la República Mexicana y algunos países al Paráclito.

Por esos días se reiteró la petición a la Santa Sede sobre la fundación de los Religiosos de la Cruz, cosa que sucedería después de numerosas peripecias relatadas en el segundo artículo sobre el Padre Félix. El 19 de enero de 1912 nació la cuarta Obra de la Cruz, la “Liga Apostólica”. Su objeto es el de propagar y proteger las obras de la Cruz y está formada por sacerdotes, especialmente por los que tienen cargos eclesiásticos: prelados, párrocos, rectores, etc.

Fotografía de los Misioneros del Espíritu Santo, fundados por la Venerable Concepción Cabrera.

Fotografía de los Misioneros del Espíritu Santo, fundados por la Venerable Concepción Cabrera.

La señora Armida después pronunció sus votos como religiosa de forma privada. Por ese entonces su hijo Pablo, de 18 años, cayó gravemente enfermo. Era un alma muy pura según su confesor. Él mismo le dijo a Conchita que no pidiera su salud, sino que lo dejara ir al cielo y que se ofreciera como víctima por las nuevas obras. Conchita lo ofreció y Pablo murió santamente. Es significativo que al fundar a las religiosas muriera su hijo Pedro y al fundar a los misioneros falleciera su hijo Pablo: “El 27 de junio – escribe Conchita – murió Pablito… Con todos los auxilios murió, dejando mi alma con un dolor sin nombre, caí en cama como herida de muerte. ¡Cuánto dolor, cuánto dolor! Hágase en mí, Jesús, como Tú quieras”.

En 1913 a pesar de las circunstancias políticas del país, salió una peregrinación a Roma y a los santos lugares en la que participó Conchita y que le sirvió para entrevistarse con el Papa Pío X, quien después de casi tres meses de trámites, consultas y exámenes teológicos a Conchita, aprueba a los religiosos de la Cruz pero con un nuevo y definitivo nombre: “Misioneros del Espíritu Santo”. El Papa además concedió a Conchita tener un oratorio privado con sagrario en su propia casa (raro privilegio papal para un seglar) y que en él se celebrara misa los domingos y fiestas. Estando en Roma, una llaga que padecía Mons. Ibarra se agrava por su diabetes y se convierte en gangrena, y muy enfermo regresa a México para hospedarse con Conchita, en cuya casa moriría santamente.

Pocos años después, se autoriza la fundación de los Misioneros, la cual se efectúa formalmente el día de navidad de 1914. Doce años después estalla en México la persecución callista, los religiosos tienen que vivir escondidos, los conventos son cerrados, pero la obra sigue en la clandestinidad. La primera hija de Conchita profesa como Religiosa de la Cruz, con el nombre de Teresa de María Inmaculada y daría nuevos sufrimientos y a la vez consuelos a su madre. Una vez profesa, fue enviada a Monterrey donde el clima le sentó mal y enfermó gravemente. Las superioras la regresaron a México donde su estado empeoró. La Sra. Armida, por su calidad de fundadora, tuvo permiso de permanecer en la clausura cuidando a su hija, a quien vio consumirse hasta el final y tuvo el consuelo de ayudarla a bien morir. “Después de 29 días de enfermedad y de agudísimos dolores murió mi niña. Sólo el día del juicio – escribe – se sabrá lo que he pasado en esta celda, las noches terribles y las lágrimas que he derramado por los dolores del cuerpo y el alma”.

Otra fotografía de los Misioneros del Espíritu Santo, fundados por la Venerable Concepción Cabrera.

Otra fotografía de los Misioneros del Espíritu Santo, fundados por la Venerable Concepción Cabrera.

Camino a la Casa del Padre
Durante los años de 1935 al 36 su salud empeoró considerablemente. La angustia y el trajín por los litigios para las fundaciones la consumieron considerablemente. Haciendo un último esfuerzo viajó a Morelia el 2 de octubre de 1936 para los últimos ejercicios espirituales que haría en su vida. A principios de 1937, ya instalada en México, sentada en un sillón de ruedas, era llevada ante el Santísimo en su capilla privada. La enfermedad que la consumía no le permitía estar en su lecho, sino sentada y con las piernas monstruosamente hinchadas y las llagas que tenía en la espalda. Sus sufrimientos llegaron al culmen en marzo de ese año, padecía una severa neumonía y pleuritis purulenta. Fueron entonces llamados a su casa sus hijos, sus nietos y varios sacerdotes y el Arzobispo de Morelia que la auxiliaron espiritualmente hasta el final. Para que pudiera respirar le tenían que levantar los brazos, quedando como Cristo agonizante en la Cruz. En esa posición recibió el viático y reclinada en su sillón, murió el 3 de marzo de 1937 a las 0h.20’ de la noche. Las religiosas la amortajaron con su hábito y en olor de multitudes, tras tres misas concelebradas en su casa y en la casa general de los misioneros, fue enterrada en el panteón francés de México.

Camino a los altares
Después de su entierro apoteósico, fueron numerosas las peticiones de obispos y sacerdotes para la apertura de la Causa de canonización, la cual se inició el 13 de abril de 1956. Actualmente la causa sigue su curso en Roma en la fase romana. Conchita fue declarada Venerable por el papa San Juan Pablo II el 20 de diciembre de 1999. Sus restos fueron exhumados de la cripta del panteón español encontrándose incorruptos, pero al ser expuestos al aire se desintegraron, quedando sólo el esqueleto. Actualmente reposan en una capilla del Templo de San José El Altillo de los Misioneros del Espíritu Santo en Tlalpan.

Placa del sepulcro de la Venerable. Iglesia de San José de Tlalpan, México.

Placa del sepulcro de la Venerable. Iglesia de San José de Tlalpan, México.

Conchita es tenida por muchos como una mujer admirable, a la altura de Santa Rita de Cascia o Santa Teresa. Supo dar el sí a Dios a través del Sacramento del Matrimonio, que vivió con toda su alma y supo educar cristianamente a sus hijos. Los santos no son siempre sacerdotes o religiosas, todos estamos llamados a la santidad y podemos ser privilegiados por Dios con gracias acordes a nuestro estado de vida, como lo fue Conchita. Pidámosle por las familias del mundo para que el Espíritu Santo reine en ellas y las transforme para ser sacerdotes, víctimas y altares agradables a Dios.

Daniel

Bibliografía:
– PHILIPON, Marie-Michel. Concepción Cabrera de Armida: Diario Espiritual de una madre de Familia. Ed. Ciudad Nueva, México, 2000.
– TREVIÑO, José Guadalupe M.Sp.S., Concepción Cabrera de Armida, Editorial La Cruz, México, 1981.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Venerable Concepción Cabrera de Armida (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía de la Venerable Conchita en su juventud.

Fotografía de la Venerable Conchita en su juventud.

Escribir este artículo fue interesante, a la vez que rico y un poco complicado para un servidor, pues fue muy difícil resumir una vida tan intensa y rica con temor de omitir datos importantes y por tratarse de una mística con una espiritualidad un tanto controvertida para muchos. El caso de nuestra biografiada de hoy es excepcional pues, aunque por privilegio papal murió como consagrada, en realidad fue una mujer seglar mexicana, casada, madre de una familia numerosa y que en este estado de vida, fue favorecida por Dios con gracias sobrenaturales excelsas, por lo cual se quiere poner su ejemplo a todos los cristianos como modelo de vida. Sirva pues este párrafo de introducción a la reseña de su vida, obra y legado.

Infancia y primeras experiencias
Su nombre completo era María Concepción Antonia Cabrera Arias y nació en Jesús María, al norte de San Luis Potosí (México) el 8 de diciembre de 1862, hija natural de Octaviano Cabrera y Clara Arias, siendo la séptima de nueve hermanos.

Su familia era acomodada (pues vivían en una hacienda) a la vez que piadosa, no en vano su tío materno, Luis Gonzaga Arias, fue canónigo de la Catedral de San Luis Potosí. Desde muy pequeña fue de condición enfermiza, a los cinco meses de nacida ya había tenido nada menos que siete nodrizas y ella misma escribía que sus penas siempre eran “de recámara”, pues si no caía enferma ella, era alguien de su familia. Al mismo tiempo que la enfermedad, experimentó gracias sobrenaturales desde niña; ella misma menciona que llegó a ver al Niño Jesús que jugaba con ella en su habitación o bien veía al demonio en forma de un viejo horripilante o bien de un animal desconocido y aterrador. Según los postuladores de su Causa, estas visiones se debían más que nada al espíritu mortificado de Conchita, como era llamada por su familia, pues desde muy pequeña amó las penitencias (algunas de ellas ingenuas como pincharse los dedos con alfileres “por recordar la Pasión) y por ser un alma contemplativa muy dada a la oración. Por ello le fue concedido hacer su primera comunión a una edad temprana para aquella época (a los 10 años), el 8 de diciembre de 1872.

Su adolescencia, la primera gran prueba y su vocación matrimonial
Conchita se convirtió a los 13 años en una señorita precoz y según la costumbre de la época asistía a bailes de familias pudientes de San Luis. Combinaba su tiempo entre la hacienda y temporadas en San Luis. Conchita no era, a pesar de su posición económica, una mujer instruida (estudió hasta el equivalente de tercer año de primaria), y además tenía carácter fuerte y era muy cariñosa; además de la virtud de dominar tanto los trabajos del deporte nacional de la charrería (era reconocida como una excelente amazona) y de las labores domésticas, pues por orden de su madre ayudaba a la servidumbre en el día y en la noche asistía a las reuniones sociales.

Reliquia “ex indumentis” de la Venerable, junto a otra fotografía de su juventud,

Reliquia “ex indumentis” de la Venerable, junto a otra fotografía de su juventud,

Sin embargo le repugnaban los bailes por su pomposidad, pero asistía por órdenes de la familia. Por su natural belleza tenía numerosos pretendientes, algunos de ellos muy mayores, como el entonces gobernador del estado, que la rebasaba por más de 20 años; sin embargo, ingenuamente, sabía decirles no. Es en esos bailes, el 12 de diciembre de 1875, donde conoció al que sería su esposo, Francisco Armida García. Por su ingenuidad y candidez, fue encantadora la forma en que se conocieron, teniendo Conchita apenas 13 años y Francisco casi 18. Conchita cuenta: “Me lo presentaron en un baile. Él se acercó a bailar conmigo y yo no podía decir palabra alguna. Entonces me dijo muy quedamente que me quería. Nunca me había imaginado capaz de inspirar cariño, así que callé. Entonces vi cómo de sus ojos rodaban lágrimas. ¿Por qué llora usted?, le dije; Por que sufro mucho, me respondió. Me dijo que sufría por que yo no le quería, entonces me enternecí y respondí, ¿Por eso nada más? Pues le querré, ¡no sufra por tan poca cosa!”. Y entonces inició un noviazgo que duraría nueve años.

A pesar de tantas gracias recibidas en su infancia, de su inclinación natural a la oración, Conchita nunca pensó en hacerse religiosa. Ella misma cuenta en su Diario que se pensaba indigna y que, a pesar de que su tío el canónigo la empujaba hacia algún convento, mejor deseaba casarse y darle a Dios muchos hijos, de los cuales alguno por lo menos le sirviera, cosa que en efecto se cumplió.

Por esa época de su adolescencia ocurrieron dos sucesos que la marcarían para siempre. Por su atractivo natural y su fino talle (siempre fue delgada) fue muy dada a los adornos, maquillajes y vestidos y como gozaba de talentos naturales para la música y la escritura, fue muy vanidosa en los primeros años de noviazgo, además de ser extremadamente sensible, modosa y cariñosa. Un día de esos años, su hermano Manuel, a quien ella amaba mucho, murió por accidente al disparársele una pistola que le mostraban, al caer el arma al suelo. Fue tal el impacto de esa muerte que la orilló a una vida de mayor sencillez y a prepararse a ofrecerse a sí misma y a los suyos como víctimas a Dios. “El corazón ha sido mi verdugo por querendona aunque por fuera parezca fría e indiferente. Yo he amado mucho, he sido muy sensible. ¡Pobre Jesús, cuántos estorbos para su amor encontró en mi pobre alma!”.

La Venerable, fotografiada el día de su boda con su matrido, Francisco Armida.

La Venerable, fotografiada el día de su boda con su marido, Francisco Armida.

Matrimonio, espiritualidad y sacrificio
A los 21 años fue pedida formalmente en matrimonio el cual se efectuó en el Templo del Carmen de San Luis, el 8 de noviembre de 1884. Como anécdota, durante la fiesta, en el brindis y las felicitaciones, Conchita le pidió a su esposo que no fuera celoso y la dejara ir a comulgar a diario, cosa que él aceptó e incluso alentó durante toda su vida. Su matrimonio fue un matrimonio común en muchos aspectos pero lleno de amor.

Francisco trabajaba en una fábrica y ella se dedicaba al hogar. La familia de Francisco no era lo que se puede llamar muy religiosa, Conchita incluso se vio criticada por su suegra, a quien logró acercar a la fe, y por una tía soltera de Francisco, altanera y adinerada, quien la humillaba por su sencillez en el vestido y que – ironías del destino – terminó en la miseria y atendida por Conchita con mucha caridad y amor. Francisco, a pesar de ser un buen esposo, era de carácter muy fuerte, casi “peleonero”, pero se controlaba mucho. Fue tal el cambio que Conchita logró en él, que moriría santamente y admirado por su propia familia. En cuanto a la vida espiritual de su esposa, fue siempre discreto y alentaba discretamente el quehacer de Conchita.

El 28 de diciembre de 1885 nació su primer hijo, a quien bautizaron como el padre. Al nacer lo ofreció a Dios, cosa que haría con todos sus hijos y nietos. El segundo hijo fue Carlos, que moriría a los 6 años. Era el primer hijo que se le moría y ella, con gran dolor, guardó alguno de sus vestiditos, mas un día del novenario sintió que debía desprenderse de ellos. Pasando un niño pobre fuera de su casa lo llamó, lo aseó y ella misma lo vistió con la ropa de Carlitos. Pocos días después, le pareció que Jesús le decía “¿A quien quisieras ver, a Carlitos o a mí?”. Venciendo su dolor de madre respondió “A ti Señor, aunque a mi niño no lo vea hasta la eternidad”, y entonces se iniciaron una serie de gracias místicas que durarían toda su vida y que ella sólo comunicaría a sus confesores y, en un determinado momento, a una comisión de cardenales y al mismísimo Papa San Pío X.

La Venerable, fotografiada con siete de sus hijos.

La Venerable, fotografiada con siete de sus hijos.

El tercero de sus hijos fue Manuel, en 1889. A la hora que él nació, moría un sacerdote y tan pronto lo supo Conchita, ofreció a ese niño en sustitución del sacerdote difunto; 17 años después, Manuel entraría en la Compañía de Jesús. Conchita, después de tres varones, dio a luz a una niña en 1890 y le puso su mismo nombre. La niña fue enfermiza desde bebé y sería, sin embargo, religiosa de la Congregación fundada por su madre y moriría en brazos de ella. Después vendrían otros hijos: Ignacio, Pablo, Salvador, María Guadalupe y Pedro.

Durante esta época Conchita asistía a ejercicios espirituales y formó parte de la Tercera Orden de San Francisco, (actualmente Orden Franciscana Seglar) y era una mujer normal que, sin embargo tenía una vida interior poco común que llegaría a su culmen tras nuevos y enormes sacrificios.

Vida de esposa y de mística
En 1893 había conocido a un sacerdote, el P. Mir, quien sería su primer director espiritual. Él la orientaría sobre su espíritu de sacrificio y le daría un consejo que sería eje rector de su espiritualidad: “Creo que Ud. debe resolverse siempre a hacer lo más perfecto con humildad profunda, confianza suma y amor inmenso”. En este consejo se basa su itinerario espiritual, que combinaría con la atención de las tareas del hogar y que la llevaría a hacer incluso un horario casi monástico: Conchita se levantaba de madrugada a orar en las “rosas” (una corona de espinas que se ponía para orar y que así llamaba para disimular la penitencia), iba a misa al alba, regresando a casa daba de desayunar, hacía tareas del hogar, bordado para los pobres y costura para la familia y amigos, lectura espiritual, visita al Santísimo, Rosario con los criados, examen diario de conciencia y además visitas a enfermos y huérfanos, ¡y todo esto a la vez que educaba a sus hijos y atendía a su marido!

No es de extrañar que con una espiritualidad y caridad tan grandes, Dios la escogiera para ser portadora de un gran mensaje y fundadora de una obra única. Y todo empezó años antes, en vida de su esposo, con un símbolo externo y que llevaría grabado para siempre en su carne. El 14 de enero de 1894, por inspiración divina, se gravó en el pecho, a la altura del corazón con un cuchillo y con un hierro candente el monograma IHS. Su confesor se opuso en un principio, pero finalmente accedió. Al grabar el monograma, Conchita, impulsada por una fuerza misteriosa, exclamó esta jaculatoria “Jesús Salvador de los hombres, ¡sálvanos, sálvalos!”. Sin darse cuenta en ese día empezaron las obras de la Cruz.

Visión de la Venerable que representa la Cruz de su Apostolado.

Visión de la Venerable que representa la Cruz de su Apostolado.

Aparición de la Cruz, nacen las Obras de la Cruz
Después de este hecho del monograma, inició Concha un camino de muchísima penitencia que incluso llegó a extremos, como permitir que una pordiosera le escupiera en la cara, explicándole Conchita que era para cumplir una promesa y expiación de sus pecados (!!!). La noche del Jueves al Sábado Santo de 1894 experimentó lo que podría ser una estigmatización interna, dolores en manos, pies y costado, intensísimos al punto de verse en la necesidad de guardar cama durante esos días.

Todavía el Jueves Santo en la mañana, llamó a una viejecita de la calle, la sentó al comedor y después de alimentarla y darle comida para que se llevara a su casa, le lavó y besó los pies por imitar a Cristo. En esos días escribió algunos pensamientos, entre los cuales destaca el de “escoger siempre el padecer”, que haría característica de su vida hasta el final.

En la Pascua de ese año, tuvo una visión, probablemente en la iglesia de la Compañía en San Luis, donde vio una Cruz refulgente de luz, en el centro de la cual se encontraba el Corazón de Jesús traspasado por una lanza y el Espíritu Santo descendiendo sobre ella. Era el nacimiento de la obra y de la Cruz del Apostolado. Sería muy largo escribir la rica significación teológica de esta Cruz, pero en resumen, Jesús mismo le explicó que “La Cruz es la salvación de la humanidad; sobre ella está mi corazón traspasado y sobre ella y por ella el Espíritu inflama los corazones. Sólo por mi amor y por el dolor (sacrificios) los hombres alcanzarán la salvación”. Hay que destacar que su esposo nunca interfirió con su espiritualidad, al contrario, se mortificaba de preguntarle, pues siempre que la veía escribir, o cuando ella le pedía permiso para viajar a México con sus directores espirituales él le preguntaba “Concha, ¿qué escribes? Es de cosas espirituales ¿verdad? Bueno, yo no entiendo esas cosas, sigue”. Y la acompañaba a tomar el tren.

Comunicó esta visión a su director espiritual y él, después de consultarlo con otros sacerdote no se opuso a su propagación y pidió al obispo de Chilpancingo-Chilapa, amigo suyo, aprobar la fundación de una cofradía dedicada a extender esa devoción nueva y de provecho para la Iglesia. Conchita mandó pintar un óleo según las descripciones de su visión y el 3 de mayo de 1894, fiesta en México de la Santa Cruz, se erigió la primera Cruz del Apostolado en la hacienda de Jesús María, actualmente Santuario de la Cruz. Luego serían erigidas muchas cruces más, una incluso en la cima del cerro del Tepeyac, el lugar más sagrado de México. En 1895 el Apostolado de la Cruz, del cual Conchita redactó su ideario y estatutos, fue aprobado por el entonces obispo de Chilpancingo–Chilapa, Ramón Ibarra y González, posteriormente arzobispo de Puebla y gran benefactor de la Obra. Finalmente en 1898, Mons. Ibarra, que iba de peregrinación a Roma, logró que la Sede Apostólica diera la aprobación pontificia al Apostolado de la Cruz y su erección en Archicofradía.

Fachada de la hacienda de Jesús María, donde vivió la Venerable. Actualmente Santuario de la Cruz.

Fachada de la hacienda de Jesús María, donde vivió la Venerable. Actualmente Santuario de la Cruz.

La muerte de su esposo y su entrega total
En el año de 1901, el 12 de septiembre, Conchita sintió una pena y angustia muy grande, como si algo grave fuera a ocurrir. Su esposo Francisco enfermó repentinamente el día 11. Postrada en el suelo sobre sus “rosas”, se ofreció a Dios para cumplir su voluntad. Al día siguiente el médico diagnosticó a Francisco un tifus avanzado y mortal.

El día 15, al pie del lecho de su esposo, le pareció que Jesús le decía: “O él o yo, escoge”. Por su natural amor a su esposo decía: “Los dos, Señor” y sufría una lucha interior terrible, pues veía a sus hijos pequeños y sin padre. Finalmente, tras derramar muchas lágrimas, contestó: “¡Tú, Señor, a Ti te prefiere mi alma! ¡Lo que Tú quieras, sólo ten misericordia!”. Sintió, según sus propias palabras, que un cuchillo la traspasaba, pero a la ve le daba nuevas fuerzas y tranquilidad en la pena. Procuró a su esposo los auxilios espirituales, rezaba en el lecho junto con Manuel, que era el mayor, y finalmente, reconciliado con Dios, Francisco murió el 17 de septiembre a los 43 años. Conchita tenía 39 años. Días después sintió en su alma que Dios había liberado a su esposo del Purgatorio y que tenía preparados otros designios para ella.

Todavía tendría que pasar Conchita por numerosas pruebas para ver aprobada la obra y aún debería de fundar, también por inspiración divina, la rama contemplativa, la masculina y misionera de las Obras de la Cruz, donde el P. Félix Rougier sería un instrumento decisivo, pero por no alargar demasiado este apartado (que ya de por sí es muy largo) lo trataremos mañana.

Daniel

Bibliografía:
– PHILIPON, Marie-Michel. Concepción Cabrera de Armida: Diario Espiritual de una madre de Familia. Ed. Ciudad Nueva, México, 2000.
– TREVIÑO, José Guadalupe M.Sp.S., Concepción Cabrera de Armida, Editorial La Cruz, México, 1981.

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