Venerable Félix de Jesús Rougier Olanier (II)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía del Santo con el hábito de los Misioneros del Espíritu Santo.

Fotografía del Santo con el hábito de los Misioneros del Espíritu Santo.

En la primera parte de este artículo hablamos del Padre Félix en sus inicios como sacerdote, de su encuentro con Conchita Cabrera de Armida y de esa nueva llamada que Dios le hizo a cooperar con una nueva obra para la Iglesia. Ahora veremos como Dios permitió que sucedieran diversas pruebas, dificultades y renuncias para al fin llevar a cabo esta empresa y otras más.

Aprobación Pontificia, regreso a México y fundación de los Misioneros del Espíritu Santo
Mons. Ibarra estaba firmemente convencido de la autenticidad de las revelaciones de Conchita, y de que Dios quería la fundación de los Religiosos de la Cruz. Esta convicción lo resolvió a planear otro viaje a Roma, pero llevando esta vez al “punto negro del asunto”, es decir, a Conchita. Con este fin, Mons. Ibarra organizó una peregrinación a Roma y a Palestina. Las circunstancias no eran favorables, porque México estaba en plena revolución desde 1910. Había pobreza y había peligros en los viajes, pero a pesar de todo se inscribieron 123 personas… ¡Así somos los mexicanos! En este numeroso grupo iban Conchita y dos de sus hijos. Los peregrinos salieron de México el 26 de agosto de 1913 y llegaron a Roma el 13 de noviembre, después de visitar los San­tos Lugares en Palestina.

Tras muchas gestiones con la Curia, la muerte de dos cardenales protectores de la obra, una entrevista de Conchita con el mismísimo San Pío X y varias semanas de espera se consiguió lo anhelado. El 18 de diciembre recibió por escrito y oficialmente la decisión de Pío X: se autorizaba fundar a los misioneros. El Santo Padre había puesto, sin embargo, las siguientes condiciones:
1º Que el nuevo instituto se llame “Misioneros del Espíritu Santo”.
2° Que nunca formen parte de él los sacerdotes Alberto Cuscó y Mir y Félix Rougier, antiguos directores de la mencionada Sra. Cabrera.
La hora de Dios estaba sonando, pero había surgido un problema… El mismo Papa ordenaba que el P. Félix no formara parte del nuevo instituto. Mons. Ibarra parecía contrariado, pero pidió resolver sus dudas con el Papa. El 22 de diciembre, en una última audiencia que solicitó para despedirse y darle las gracias a Pío X, le preguntó sobre este asunto. El Papa contestó que su intención era que el P. Félix no saliera de su congregación para entrar a la de Misioneros del Espíritu Santo, pero que, con el permiso de su Superior General, podía encargarse de formar a los nuevos sacerdotes, hasta que pudieran gobernarse por sí mismos. Ahora sólo faltaba conseguir al fundador. Con esta intención, Mons. partió hacia Lyon, Francia, acompañado de una pequeña comitiva, en la que iban Conchita y sus hijos.

Llegaron a Lyon el 3 de enero de 1914 . De inmediato Mons. Ibarra envió al padre Juan Raffin, Superior General de los Maristas, una carta en la que le pedía una entrevista, y en la que le explicaba el motivo de su viaje a Lyon. Al día siguiente, después de consultar a su Consejo, el padre Raffin fue personalmente al hotel donde se encontraba Mons. Ibarra y le dijo que, con mucha pena, el Consejo había decidido que, por la escasez de personal, era imposible permitir al padre Félix que fuera a México a encargarse de la fundación. Sin embargo la familia de los señores Gréville, que habían sido diplomáticos en México y conocías a la Sra. Conchita obtuvieron del Superior General el permiso. Como anécdota, la hija mayor de este matrimonio entró al Carmelo de Lisieux ocupando el lugar que dejó vacante Santa Teresita. Finalmente en 1914 El P. Jean Raffin, Superior General de la Sociedad de María, concede un permiso, por dos años, al P. Félix para regresar a México y fundar a los Misioneros del Espíritu Santo.

El Venerable, fotografiado junto a los Misioneros del Espíritu Santo.

El Venerable, fotografiado junto a los Misioneros del Espíritu Santo.

Espiritualidad de la Congregación.
La Espiritualidad de la Cruz es la de Cristo Sacerdote y Víctima y se expresa en un símbolo rico en contenido: la Cruz del Apostolado. Este símbolo manifiesta la transformación del dolor humano por medio del amor de Dios, el Espíritu Santo. Símbolo sacerdotal que hace resaltar la salvación que Jesús realiza por medio de su entrega, la cual culmina en su muerte de cruz y es coronada por la resurrección gloriosa. La Espiritualidad de la Cruz ilumina el camino del Misionero del Espíritu Santo. Es una espiritualidad común a las cinco ramas de la Obra de la Cruz, con matices propios para cada una de ellas.

En los Misioneros del Espíritu Santo el matiz característico, como lo dice su propio nombre, es el de comunicar la salvación a los hombres, al compartirles el don que hace Cristo al momento de morir en la cruz: su Espíritu Santo, Espíritu de luz, de alegría, de vida y de paz.
Ser Misionero del Espíritu Santo significa ser testigo ante los hombres del amor que Cristo Sacerdote y Víctima ha venido a manifestarnos en su Cruz de salvación.

Llegada a México y fundación de los Misioneros
Apenas terminó el año escolar, el padre Félix se embarcó rumbo a Nueva York y desde allí, rumbo a Cuba. Allí recibió una noticia alarmante: a causa de la guerra civil mexicana, todas las compañías habían suspendido sus viajes a México. Pero, gracias a unos comerciantes influyentes, se logró un viaje a Veracruz. Allí el padre Félix se encontró con Mons. Francisco Orozco, Arzobispo de Guadalajara, que, obligado por la persecución religiosa, iba a embarcarse hacia La Habana. El padre Félix tomó el tren para Puebla, mientras los ejércitos revolucionarios del General Obregón entraban en la ciudad de México. Llegó a Puebla a principios de octubre y se ocultó ahí unos días antes de llegar al D.F. el 24 del mismo mes. Ese mismo día, se presentó el padre Félix en la casa de Conchita. Hacía 10 años que no se comunicaban para nada. El padre Félix le tendió la mano y le dijo simplemente: “Soy el mismo para las Obras de la Cruz”.

Con la ayuda de Mons. Ibarra, el padre Félix se dedicó a buscar a los primeros candidatos para inaugurar un noviciado, que sería como la fábrica de Misioneros del Espíritu Santo. Ambos habían decidido hacer oficialmente la fundación y abrir el noviciado el día de Navidad de ese año 1914. Los tiempos que corrían eran tan difíciles que el padre Félix sólo pudo conseguir dos novicios para empezar: un seminarista de Puebla, llamado Moisés Lira, y un sacerdote de la ciudad de México, que era el padre Domingo Martínez.

A causa de la persecución religiosa que se añadió a la Revolución Mexicana, la fundación se realizó a puerta cerrada, y con muchas precauciones, en una capilla situada en la cima del cerro del Tepeyac. Se le llama “la Capilla de las Rosas” porque se cree que en este lugar brotaron las rosas que Juan Diego cortó por orden de Nuestra Señora de Guadalupe. La ceremonia fue muy sencilla: se cantó el Veni Creator, y enseguida Mons. Ibarra celebró la Eucaristía. En primera fila estaban los dos novicios, y tras ellos, Conchita, dos Religiosas de la Cruz, dos de la Visitación, y los esposos Álvarez Icaza, dueños de la pequeña capilla. Terminada la Eucaristía, Mons. Ibarra leyó el Decreto Pontificio que autorizaba la fundación de los Misioneros del Espíritu Santo.

El Venerable, fotografiado con los novicios Misioneros del Espíritu Santo.

El Venerable, fotografiado con los novicios Misioneros del Espíritu Santo.

Primeros años de la obra
Fue nombrado superior y maestro de novicios del nuevo Instituto, aún sin poder formar parte de él. El P. Félix, a pesar de la persecución religiosa y de la penuria en que vivían, se dedicó a buscar y formar las nuevas vocaciones para su Congregación.

Al principio, podría decirse que fue una simple vereda, llena de vericuetos, tropiezos y altibajos (más “bajos” que “altos”). Número de novicios: uno, Moisés Lira; el segundo, el P. Domingo Martínez, de Morelia, no ingresaría al Noviciado sino hasta principios del siguiente año. La residencia: la “Casa de los tepalcates” [1], una humildísima vivienda cercana a la Villa de Guadalupe, con el mobiliario más austero que se pudiera pensar: la mesa del comedor era un simple cajón de madera, con un periódico por mantel. El formador: el P. Félix de Jesús, que había sido prestado por su congregación, con la terrible incertidumbre que eso significaba. Además estallaba en el país la persecución religiosa.

El noviciado fue cambiando de casa en casa, algunas sólo después de unos días de ocupadas, debido al peligro de ser descubiertos por los perseguidores. Antes de establecerse de manera más estable en Tlalpan, pasó por muchas casas. Los permisos del P. Félix se prorrogaban temporalmente hasta que, por fin, doce años después, se le permitió pasar a formar parte de la Congregación por él fundada. Fue hasta 1918 cuando se fundó en Tacubaya (Cd. de México) la primera comunidad de pastoral. Luego vendrían otras fundaciones. Éste fue el comienzo de un largo camino, muchas veces doloroso, del que aún le quedaba mucho por recorrer.

Misionero para siempre
Aún con penurias ya había logrado tener a 15 novicios y tres sacerdotes ya profesos, pero el día 15 de julio de 1920 se cumplía el plazo definitivo para que el padre Félix regresara a la Sociedad de María. Sabía que el Superior General no accedería a prestarlo por más tiempo, y esto lo angustiaba terriblemente. Se daba cuenta de que la Congregación por él fundada no estaba aún lo bastante desarrollada para poder seguir adelante sin su apoyo y sin su experiencia. Los obispos que lo respaldaban opinaban lo mismo. ¿Qué hacer entonces? La única solución viable era que el padre Félix pidiera al Papa el permiso necesario para dejar definitivamente la Sociedad de María y hacer sus votos religiosos como Misionero del Espíritu Santo. Así se lo aconsejó Mons. Valverde, su confesor y direc­tor espiritual.

Envió a Benedicto XV una carta para solicitar desvincularse de la congregación pero esta tardó en llegar años. Mientras tanto, el 29 de octubre de 1920, Mons. Leopoldo Ruiz, Arzobispo de Morelia, entregó a los Misioneros del Espíritu Santo el Templo de la Cruz, en el centro de esa ciudad. Esta iglesia fue el segundo campo de apostolado de la Congregación (tras la cesión del Templo del Espíritu Santo, en Tacubaya, Ciudad de México), y fuente de numerosas vocaciones.
Las circunstancias habían cambiado. Benedicto XV había muerto, y también el P. Raffin. El nuevo Papa era Pío XI, y el nuevo Superior General de los Maristas era el P. Ernesto Rieu. El P. Félix hizo, pues, una nueva solicitud el 15 de mayo de 1914, apoyada por una carta del Arzobispo de México, Mons. Mo­ra y del Río. Y cinco meses más tarde, todos los Misioneros del Espíritu Santo, sacerdotes y hermanos, escribieron al Papa diciéndole que les dejara definitivamente a su fundador. Cinco obispos secundaron esta petición. También al P. Rieu le escribieron todos en el mismo sentido. En ese lapso Félix estaría dando soporte y seguridad a su congregación pero con la incertidumbre de tener que regresar a Francia en cualquier momento, prueba que duraría 12 años.
Y por fin, el 9 de enero de 1926, Pío XI concedió al P. Félix el permiso de pasar definitivamente de la Sociedad de María a la Congregación de Misioneros del Espíritu Santo. La prolongada prueba de su fe había terminado. Ahora, el P. Félix podía trabajar en paz por su amada Congregación.

Última fotografía realizada al Venerable, ya anciano.

Última fotografía realizada al Venerable, ya anciano.

Persecución y otras fundaciones
Pronto sucedió lo que el P. Félix más temía, los agentes del gobierno descubrieron la Escuela Apostólica y el Noviciado. Pero aceptaron dinero a cambio de no hacer la denuncia. El P. Félix que no conocía el vocabulario mexicano para designar cierta clase de negocios le escribió al P. Iturbide: “Si podemos seguir adelante con limosnas a la policía, yo daría gracias con todo el corazón a la Divina Providencia”. En una carta a los estudiantes de Roma les dice: “Nuestra iglesia de Morelia está cerrada. Los dos padres viven separados en casas distintas; no se atreven a reunirse porque habría más peligro. Pero desde donde están, sin salir, hacen mucho bien a mucha gente”. Sin embargo este periodo de persecución es el más fecundo de su labor como Misionero. La fecundidad espiritual del P. Félix, fue más allá de lo que pudo haberse imaginado, pues además de trabajar intensamente a favor de las Obras de la Cruz, fue el fundador de tres congregaciones religiosas femeninas: Hijas del Espíritu Santo, Oblatas de Jesús Sacerdote y Misioneras Guadalupanas del Espíritu Santo. La escasez de sacerdotes en México le hizo pensar en una Congregación dedicada a promover vocaciones sacerdotales y a pedir para ellas gracias de santificación y perseverancia.

En 1920 conoció a la maestra Ana María Gómez, quien dirigía una escuelita llamada “Betania” [2], en su primera visita exclamó: “La Betania es un semillero de vocaciones” y poco tiempo después le propone a la Srita. Ana María fundar una Congregación que tenga como fin “la preparación de los sacerdotes del mañana, los futuros Misioneros del Espíritu Santo”. San Luis Potosí, tierra bendecida por Dios, donde nacieron las Obras de la Cruz, fue el lugar señalado por la Providencia para que surgiera, el 12 de enero de 1924, la Congregación de las Hijas del Espíritu Santo.

Posteriormente, se encontró con un grupo de señoritas con inquietudes de vida consagrada que venían de Saltillo, él tenía la inquietud de fundar una Congregación dedicada a la oración ante Jesús Eucaristía, la Oración y Sacrificio por los Sacerdotes, las Vocaciones Sacerdotales y el Pueblo Sacerdotal, después de varias entrevistas las llevó a una casa. Fue así como el Padre Félix, Funda esta segunda congregación femenina como Oblatas de Jesús Sacerdote, en Tlalpan, México, D.F. el 9 de febrero de 1924. Fueron reconocidas como Pía Sociedad el 31 de enero de 1935 el. El 12 de diciembre de 1937 erigidas con autorización de la Sede Apostólica, como Congregación de Derecho Diocesano y el 12 de febrero de 1975 la Santa Sede otorgó al Instituto la aprobación Pontificia.

En Morelia, el 15 de septiembre de 1930 funda, con ex alumnas del Colegio Motolinía y algunas seglares del Templo de la Cruz a las Misioneras Guadalupanas del Espíritu Santo [3]. Su carisma es sacerdotal-guadalupano. Se dedican primordialmente a la evangelización integral y catequesis de los indígenas, emigrantes, marginados y excluidos, de modo especial donde es escasa la presencia de presbíteros.

Otras obras por el bien de la Iglesia
No solamente se ocupó el Padre Félix de fundar congregaciones. Además de su fecundo ministerio sacerdotal obtuvo gracias especiales para sus obras y para nuestro país como en 1924 pues el 12 octubre de ese año obtiene del Papa la consagración de México al Espíritu Santo. El 11 junio de 1925 muere santamente su papá en Francia pero él, con el dolor que esto implicaba, decide no acudir a los funerales por dejar en mejor forma la congregación. El 28 diciembre de 1925 se hace cargo del Santuario de Nuestra Señora de los Remedios de Naucalpan por mandato del Arzobispo. El 9 de febrero de 1926 recibe por fin el indulto de la Santa Sede que le concede el permiso de pasar definitivamente a la Congregación de los Misioneros del Espíritu Santo. En 1932 en la casa central de Tlalpan se celebra el Primer Capítulo General. Electo Superior General por unanimidad continuará en el cargo hasta su muerte. En 1937, para alegría de todas sus hijas e hijos celebra sus Bodas de oro Sacerdotales.

Últimos trabajos y partida a la Casa del Padre
Félix de Jesús Rougier era reconocido en su época como un santo porque amaba su sacerdocio, su misión, y nunca perdía una oportunidad para trabajar en favor de un mundo mejor. Se adelantó a su época dando un gran apoyo a los laicos, así como promoviendo diversos medios de comunicación. Fundó la revista La Cruz que se sigue editando. Además de haber sido un buen egiptólogo, se dedició a la creación de colegios y a la promoción de hospitales.

Tras una fuerte enfermedad (aparentemente un cáncer) que lo tuvo postrado por casi seis meses, falleció el 10 de enero de 1938 en el Hospital Francés. El P. Félix vivió constantemente bajo la mirada de Dios y recomendaba siempre lo que él llamaba “atención amorosa”. María lo acompañó a lo largo de su vida, su amor a ella lo llevó a dejar como herencia a sus hijos e hijas la siguiente jaculatoria: “Con Ella todo, sin Ella nada”, que fueron las últimas palabras que pronunció sobre la tierra. Sus restos mortales se encuentran actualmente en el Templo Expiatorio Nacional de San Felipe de Jesús, en el Centro Histórico de la Ciudad de México. El papa San Juan Pablo II lo declara “Venerable” en el Jubileo del Año Santo del 2000.

Sepulcro del Venerable. Templo Expiatorio Nacional de San Felipe de Jesús, Ciudad de México.

Sepulcro del Venerable. Templo Expiatorio Nacional de San Felipe de Jesús, Ciudad de México.

Su herencia
Indudablemente que el legado espiritual del Padre Félix es incomparable, más si hablamos de un sacerdote que fundó una congregación masculina y tres femeninas. Muchas personas han puesto en duda su obediencia por haber cambiado de congregación, pero como ya se dijo en la primera parte de este escrito, no es el primero en la Iglesia en cambiarse de Orden para fundar otra [4], al contrario, el P. Félix siempre vivió en obediencia a sus superiores, a los obispos y al Papa.

Es de resaltar también su mansedumbre y humildad, su paciencia y su sentido del trabajo. Comentan los que lo conocieron (muchos de ellos novicios formados por el) que además era muy humano. Nunca lo observaron disgustado, aunque se le dificultaban ciertas palabras del español mexicano (en vez de Xochimilco decía Chochimilco) siempre logró conectar con quien se acercaba a él. Era muy bromista. Cada cinco de mayo, aniversario de la batalla de Puebla, decía “otro aniversario de cuando les ganamos a los franceses” lo cual era curioso siendo él francés de nacimiento.

A sus hermanos sacerdotes les llamaba Mon Père y era muy seguido por los niños, llegó a tener hasta 200 alumnos en la Escuela Apostólica que era y ha sido semillero de sacerdotes desde su fundación hasta la fecha, por lo cual esperamos que este sencillo y trabajador sacerdote francés que se hizo mexicano por amor a Dios y a los demás, sea pronto canonizado y puesto con ello de ejemplo e intercesor para todo el mundo.

Oración de intercesión del V.P. Félix de Jesús Rougier (Para uso privado)
Padre Celestial, concédeme por tu bondad la gracia de (pídase la gracia que se desea alcanzar) que confiadamente te pido por intercesión del Venerable P. Félix de Jesús Rougier, Sacerdote. Glorifica en la tierra a tu siervo y haz que a la luz de su vida aumente el número de sacerdotes, religioso/as y laicos transformados en tu Hijo Jesucristo Sacerdote y Víctima, para mayor Gloria de la Trinidad, santidad de la Iglesia y construcción del Reino de Dios. Amén.

Daniel

Bibliografía
– CARINI ALIMANDI, Lía, “Félix de Jesús Rougier: testigo del espíritu”, Editorial La Cruz, México, 1981.
– PEÑALOSA, Joaquín Antonio, “Yo soy Félix de Jesús”, Editorial Jus, Morelia, 1973.
– ZIMBRÓN L., Ricardo, “Vida y Espiritualidad del Venerable Félix de Jesús Rougier, M.Sp.S.”, M.Sp.S., México, 2000.


[1] Tepalcate es un utensilio de barro deteriorado, de ahí la analogía por ser una casa vieja y pobre.
[2] Este nombre se lo puso la Madre Anita a la escuela por ser Betania “la casa donde el corazón de Jesús descansaba con Lázaro mientras era servido por Marta y amado locamente por María”.
[3] Su antigua casa central ahora es un convento y museo dedicado a la memoria del Padre Félix.
[4] Caso similar al de varios santos benedictinos que han fundado órdenes distintas con carisma propio pero hundidas en la espiritualidad de San Benito.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Venerable Félix de Jesús Rougier Olanier (I)

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Fotografía del Venerable en una estampa con reliquia de tercera clase.

Fotografía del Venerable en una estampa con reliquia de tercera clase.

Presento a continuación para todos ustedes la vida de un misionero que, dejando familia, patria e incluso familia religiosa por el evangelio, fundó en nuestra patria no una, sino varias congregaciones religiosas que buscan extender el mensaje del Señor en la Cruz y el amor y acción del Espíritu Santo. Su vida no estuvo exenta de dificultades pero también fue ayudado por Dios que lo encausó a tener varias amistades santas que lo alentaron y apoyaron en su propósito.

Primeros años y vocación
Nació en Milhaud, Diócesis de Clemnt-Ferrand, Francia, el 17 de diciembre de 1859 y fue bautizado al día siguiente con el nombre de Benedicto Félix. Sus padres fueron Benedicto Rougier y Ma. Luisa Olanier. Un hermano suyo Manuel Rougier fue también sacerdote marista. Tuvo una infancia normal en su pueblo natal. En 1869 hace su Primera Comunión, en la Parroquia de Meilhaud y en 1872 junto con sus padres, se va a vivir a Les Iles, Auvernia. Fue simplemente uno de tantos: mediocre en sus estudios, con amigos buenos y no tan buenos, y los pecadillos de todo adolescente. Esto es lo que, en resumen, cuenta él mismo en sus “Memorias”. En 1868 inicia sus estudios en el Colegio de los Hermanos del Sagrado Corazón, en Saint-Germanin-Lermbron, Auvernia, donde recibe el llamado a la vocación sacerdotal por lo que en 1874 inicia sus estudios en el Colegio – Seminario de Le Puy.

Cuando Félix estudiaba la Preparatoria, Mons. Elloy, obispo misionero marista, visitó el Seminario para invitar a los jóvenes, que lo escuchaban, a suplirlo en su labor misionera en las apartadas regiones de Oceanía. Ante la pregunta: “¿Hay entre ustedes alguno que quiera acompañarme a las misiones?” todos guardaron silencio. En su Diario, el P. Félix dice: “Yo miré en torno mío. No se levantó ninguna mano. Entonces sentí interiormente un movimiento irresistible. Me determiné en un segundo a irme con el obispo misionero y levanté la mano, sin duda por inspiración de Dios”. Félix respondió con voz firme y decidida: “Yo quiero Monseñor”.

En 1878, a los 19 años, entra en el noviciado de los Padres Maristas en Sainet-Foi-les Lyon. Se conservan aún los informes escritos que su maestro de novicios, pasaba cada trimestre a los superiores. Son bastante buenos los que se refieren al hermano Félix. Pero en los del segundo trimestre aparece esta observación: “Su salud es buena pero sufre de artritis en la muñeca derecha”. Y en los del tercer trimestre se lee: “Dudamos de su vocación a causa de su artritis”. Los del último trimestre dicen: “Su adhesión a la Sociedad de María no sólo es sincera, sino entusiasta. Sin em­bargo, su vocación sigue dudosa a causa de su salud”.

La artritis deformante abarcaba ya la mano y todo el brazo derecho. El hermano Félix aprendió a escribir y a comer con la mano izquierda. El 24 septiembre de 1880 hace su Primera Profesión en la Sociedad de María. Inicia sus estudios de filosofía ese mismo año. En 1882 el 17 marzo ocurre un encuentro que lo marcaría para siempre: por aquellos días llegó a la ciudad de Toulousse Don Bosco (ahora San Juan Bosco), el fundador de los Salesianos, cuya fama de santidad se extendía ya por toda Europa. La mamá del hermano Félix era cooperadora salesiana, y a instancias de ella Don Bosco recibió al estudiante Marista del brazo enfermo. Oró por él imponiéndole las manos sobre la cabeza. Oró por su salud y por su vocación. La artritis de la pierna sanó en pocos días. La del brazo se detuvo de inmediato y aunque fue desapareciendo muy lentamente, no volvió a ser un obstáculo para su vocación. Al cabo de un tiempo, quedó completamente sano. La gratitud por esta curación perduró en el padre Félix, y también su confianza en la intercesión de Don Bosco. En 1883 el 2 febrero hace su Profesión perpetua en la Sociedad de María.

Hacia inicios de 1884 inicia los estudios de Teología en el Seminario Marista de Barcelona, donde aprende el castellano, y finalmente el 24 septiembre de 1887, fiesta de Nuestra Señora de las Mercedes, recibe la ordenación sacerdotal, en la Catedral de Lyon, Francia. Ese mismo año, los superiores lo nombran profesor de Sagradas Escrituras en el Seminario Marista de Barcelona.

Fotografía del Venerable con sotana de marista.

Fotografía del Venerable con sotana de marista.

Misionero en América
En julio de 1895, fue enviado a Colombia como superior de una nueva fundación en Ibagué, en donde desarrollo una asombrosa actividad misionera en favor de sacerdotes, religiosas, seminaristas, jóvenes, niños, pobres… todos recibieron del P. Félix la orientación certera, la palabra fecunda y la ayuda eficaz que necesitaban.

Debido a la guerra civil en Colombia, fue enviado a México en febrero de 1902; lo nombraron Párroco de la colonia francesa en México, haciéndose cargo del templo de Lourdes del Colegio de Niñas en el centro de la ciudad; al año siguiente tuvo la gracia de conocer a la Sra. Concepción Cabrera de Armida, quien le transmitió la riqueza de la espiritualidad de la Cruz que había recibido por inspiración divina y lo entusiasmó por las Obras de la Cruz, de manera particular por la fundación de los Misioneros del Espíritu Santo.

Su encuentro con Conchita Cabrera
Es el 4 de febrero de 1903, cuando siendo superior en la Ciudad de México recibe como penitente, buscando confesión, a la entonces joven madre Concepción Cabrera de Armida, mujer que por gracia de Dios y sin dejar su estado de vida matrimonial, recibía gracias místicas extraordinarias. En sus Memorias, el P. Félix relata este mismo hecho, y di­ce: “Esa señora desconocida, me habló de cosas de mi vida que es imposible que ella hubiera podido conocer naturalmente”. Ella cuenta en su diario que, esa mañana, yendo a casa de su mamá, algo inexplicable la hizo bajarse del tranvía, dirigirse a la iglesia de Lourdes y pedir confesarse con el P. Félix, a quien no conocía. Luego añade: “Como obligada por un impulso extraordinario, comencé a hablarle de las Obras de la Cruz, y de su espíritu. Yo sentía que las palabras no eran mías, pues hablaba con un fuego, con una facilidad, con algo que no podía ser sino del Espíritu Santo. Y, no sé cómo, vi el fondo del corazón del P. Félix, la mella que en él hacían esas palabras. Sentí claro que en él se obraba una transformación, que se le comunicaba una luz, que se le mostraba un camino y se le daba una gran fuerza para seguirlo”. Luego Conchita siguió hablando acerca de las Obras de la Cruz, y cuando el P. Félix oyó lo referente a las religiosas de la Cruz, fundadas desde hacía seis años, y de cómo era su espiritualidad, preguntó si había una congregación de sacerdotes con ese mismo espíritu. Conchita respondió lacónicamente: “No, pero la habrá”. Esta entrevista se prolongó dos horas. El diálogo termina así: “Ya lo habré cansado, padre; ya me voy”. “A mí no me cansa nunca hablar de Dios”. Enseguida Conchita prometió al Padre Félix regalarle un libro sobre el Apostolado de la Cruz, y se despidieron. El P. Félix comenta en su diario: “En esta conversación mi vida se orientó hacia nuevos horizontes”.

Un mes después, el 2 de marzo, el Señor le habló a Conchita para decirle que era su voluntad que el P. Félix fundara la nueva congregación de los Religiosos de la Cruz (que después se llamaron Misioneros del Espíritu Santo). Pero Conchita no le comunicó nada de esto al P. Félix, sino que primero consultó por carta a su director espiritual, que residía en Oaxaca y era por entonces el padre Alberto Cusco y Mir de la Compañía de Jesús. Hasta el 9 de abril Conchita habló con el P. Félix sobre este delicado asunto. “Y desde ese día no he tenido la menor duda de que Dios me llama a esto” (carta del P. Félix al Superior General). El 10 de abril, el Señor volvió a decirle a Conchita: “Quiero que el Padre Félix sea el fundador de la Congregación de hombres. Lo quiero para las Obras de la Cruz”. Lógicamente siendo seglar era impensable emprender esta obra, por lo cual después de mucha oración se topó con Félix, quien también deseaba servir a Dios en un proyecto nuevo e innovador. Por ese tiempo estaba aún sometido a la obediencia con los maristas, por lo cual la fundación de esta congragación era impensable, sin embargo logra por medio de algunos sacerdotes amigos viajar a Europa para hablar de los Religiosos de la Cruz(nombre primitivo de la orden), con sus Superiores.

Fotografía de la Venerable Concepción Cabrera.

Fotografía de la Venerable Concepción Cabrera.

La Cruz de la obediencia
Al regresar a Francia las cosas no fueron fáciles. Desde su llegada a la casa general cuando el padre Félix solicitó el permiso de salirse de la misma para fundar la mencionada Congregación, se le negó el permiso y se le prohibió rotundamente ocuparse de este proyecto durante 10 años. Esto provocó un gran dolor en él pero se mantuvo firme con Cristo sabiendo que su labor daría frutos. La Sra. Cabrera recibió la última carta del padre Félix el 11 de septiembre. Y ella no volvió a comunicarse con él. El 14, escribió lo siguiente al Superior General: “Recibí una carta del P. Félix, en la cual me avisa de su traslado a Barcelona y de la prohibición de volverme a escribir. Muy bien, mi respetado padre, no tema que yo contraríe su voluntad en lo más mínimo. Ud. está en el deber de tomar el camino que le parezca más prudente. Pero espero que el Señor le hará conocer la verdad de su deseo” (México, 14 de Sep. 1904).

Se dedicó durante este tiempo a la oración y al servicio en las escuelas maristas, especialmente en la de Saint Chamond. En este tiempo se reciente su salud por los cambios de clima y por la ocupación propia de las escuelas. Cuando su salud estuvo regular, daba 12 horas de clase semanales, preparaba las lecciones, corregía los cuadernos y cuidaba la disciplina de los muchachos. Todo eso no le gustaba, pero se sentía contento: “Mis ocupaciones actuales son opuestas a mis gustos na­turales, pero me siento feliz, pues veo claro que Jesús me quiere aquí. ¿Y qué más puedo desear fuera de su voluntad? Cada día doy las gracias al Señor por haberme traído a este pueblo, a este silencio, a esta soledad donde no conozco a nadie sino a mis hermanos y a mis alumnos. Siento que esta vida me llama. Lejos del mundo, con tiempo para mi oración y para cumplir mis tareas de cada día”.

Pero a pesar de esa aparente tranquilidad, al comenzar el año escolar 1910, escribe esta nota en su diario: “He notado que me he puesto muy nervioso, y que no puedo soportar nada contra la disciplina. Me esfuerzo en tener paciencia pero me cuesta muchísimo. Lo que pasa es que hay aquí uno o dos más nerviosos que yo… pero sin ninguna malicia. Jesús, quiero tener paciencia”. Mientas el Padre se dedicaba a la docencia, la Sra. Conchita y sus amigos en México escribieron cartas a Francia, tratando de convencer a los Superiores del padre Félix para que le dieran el permiso de regresar a México, a encargarse de la fundación. Estas cartas fueron escritas por Mons. Leopoldo Ruiz y Flores (Obispo de León y después auxiliar de Morelia), Mons. Emeterio Valverde (Canónigo de la Catedral de México y posteriormente Obispo de León), Mons. Ramón Ibarra, Arzobispo de Puebla, y dos cartas de la misma Conchita. Sería largo transcribirlas, pero en ellas se trata del asunto de la fundación, de que la Sra. Armida era un alma de Dios, examinada por teólogos y su petición era de origen divino, que no es nada nuevo en la historia de la Iglesia el que un miembro de una comunidad religiosa sea el fundador de otra nueva familia; por el contrario, se requiere la experiencia de un religioso para formar a nuevos religiosos y que se cuenta con la bendición del Arzobispo de México para la obra y otras cosas por el estilo.

Por sus cartas se sabe que su salud tuvo sus altas y sus bajas durante esos años, y que su trabajo fue aumentando, porque el padre Félix era hombre de mucha iniciativa y no podía estarse muy quieto. Sabemos también, por sus cartas y por su diario, cuáles eran sus sentimientos más íntimos: “… Ya ve, padre, como no tengo nada a favor mío para ser fundador. Ni ciencia, ni virtudes, ni grados de oración, ni revelaciones de Dios; porque yo nunca he visto nada, ni he oído nada. Yo no veo en mi nada que me haga digno de semejante misión. Lo único que tengo, y eso porque Jesús me lo ha dado, es que no quiero hacer nada por mi propia voluntad, sino ser un instrumento totalmente dócil a Dios, por medio de la santa obediencia. Desde mi noviciado he amado la obediencia pronta y alegre, y si se llega a realizar esa fundación, deseo que sea por el camino de la más perfecta obediencia. Desde que me decidí a emprender esta Obra, he hablado a mis superiores con la sencillez de un niño. Claramente les ma­nifesté todo lo relativo a doña Concepción: tantas palabras de nuestro Señor, tantas revelaciones, tantas órdenes directas, tantas promesas para el porvenir, tantas cosas sobrenaturales… Todo lo dije claramente aunque sabía cuales podían ser las consecuencias. Y pensaron que la señora Cabrera era muy buena pero tal vez ilusa, y que yo obraba de buena fe pero que mi misión era muy dudosa. Así que prudentemente me separaron de México y resolvieron esperar. Puede ser que yo en su lugar hubiera hecho lo mismo. Ellos han sido muy buenos conmigo siempre. Pero dicen que no pueden ni deben darme la autorización que pedí. Y sin embargo, mi fe en esa fundación no ha hecho sino crecer. Mi corazón desea con violencia que ya se empiece, pero yo no quiero tener prisa, porque sé que Jesús tiene marcadas sus horas y sus tiempos”.

El Venerable fotografiado junto a sus alumnos de la escuela apostólica.

El Venerable fotografiado junto a sus alumnos de la escuela apostólica.

Gestiones ante el Papa
Desde el 16 de julio de 1906, el Papa San Pío X había dado un decreto en el que retiraba a los obispos la facultad de establecer nuevas congregaciones religiosas sin permiso de la Santa Sede. Por lo tanto, no sólo tenían que conseguir al fundador, sino, ante todo, obtener la autorización del Papa. Así que a fines de 1909, después de muchas cartas infructuosas, Mons. Ibarra decidió ir personalmente a Roma, a donde llegó a principios de enero de 1910.
Fue muy bien recibido por el Cardenal Vives, encargado de todo lo referente a los Religiosos, y le prometió que no regresaría a México sin haber conseguido lo que pedía. El Cardenal aceptó ser el protector del Apostolado de la Cruz, y consiguió la aprobación pontificia para las Religiosas de la Cruz, (17 de febrero). Consiguió también numerosas indulgencias para la Alianza de amor, que fue la tercera Obra de la Cruz, fundada en México con la aprobación de Mons. Ibarra desde el 30 de febrero de 1909. También examinó las constituciones de los Religiosos de la Cruz, para tramitar su aprobación por parte del Papa.

El 26 de febrero, Mons. Caroli, encargado de los institutos de varones, informó a Mons. Ibarra que el permiso para la fundación ya estaba concedido. Mons. Ibarra mandó inmediatamente un cable a Conchita Cabrera y ésta avisó enseguida a Mons. Ruiz, a Mons. Valverde, y a las Religiosas de la Cruz. Todos estaban de fiesta… Pero sucedió lo más inesperado. El 1º. de marzo, el Papa Pío X dispuso que se aplazara el permiso de la fundación, y que todos los escritos de La Sra. Cabrera que se refirieran a los Religiosos de la Cruz fueran enviados al Cardenal Vives, para ser examinados detenidamente. Mons. Ibarra quedó consternado ante esta noticia… Escribió al Cardenal Vives y al Papa, rogándoles que se considerara el asunto de la fundación de los Religiosos de la Cruz desligándolo por completo de los escritos y revelaciones de la Sra. Cabrera, teniendo en cuenta solamente la obra en sí misma, como cualquier otra congregación. Pero la respuesta fue negativa.

El Papa en persona (ahora San Pío X), le escribió a Mons. Ibarra la siguiente carta, de su puño y letra: “Venerable hermano: He leído tu carta, en la que te lamentas de que se haya diferido la licencia para fundar la Congregación de los Sacerdotes de la Cruz. Te ruego que me disculpes, lo mismo que a la S.C. de religiosos, si en asunto tan grave hemos creído que debemos proceder seriamente antes de conceder la aprobación. Pero te aseguro que pronto se someterá este asunto al estudio de la Sagrada Congregación, y con el favor de Dios se resolverá conforme a tus deseos y a los de tus hermanos. Ten confianza, pues una obra agradable a Dios, aun cuando tropiece con muchas dificultades, no será vencida jamás por ningún obstáculo. Y con esta esperanza, Venerable Hermano, te doy de todo corazón la bendición apostólica. Pío Papa X. Roma, 2 de marzo de 1910”. Mons. Ibarra comunicó todo esto a sus amigos de México. En su carta a Conchita le cuenta todo con detalle, transcribe la carta que le envió el Papa, y termina diciendo: “No me canso de leer esta carta una y otra vez. Y siento en mi corazón una paz muy grande y un consuelo inexplicable, porque he tratado, con todas mis fuerzas, de cumplir la voluntad de Dios”. Mons. Ibarra volvió, pues, a México, con mucha paz en el corazón, pero sin el permiso esperado… Se enviaron a Roma los escritos de Conchita sobre los Religiosos de la Cruz, tal como el Papa lo había ordenado; y nuevamente había que aguardar una respuesta… Pasó año y medio… Ninguna respuesta…

El 3 de agosto de 1911, Mons. Ruiz envió al Papa otra petición, firmada por los cinco Arzobispos que había entonces en la República Mexicana, y por dos obispos. Mons. Caroli respondió la carta en estos términos: “Recibí hoy su carta en la que me encomienda el asunto de la fundación de los Sacerdotes de la Cruz. Es cosa que me toca muy directamente, porque soy el encargado en la Sda. Congregación de Religiosos de los asuntos referentes a los institutos de varones. Los personajes que recomiendan el buen despacho de esta solicitud, son superiores a toda alabanza y elogio. Sin embargo, preveo, por los antecedentes, que el éxito no será fácil, al menos por lo pronto. Créame que yo haré de mi parte todo lo posible pa­ra conseguir lo que desea” (17 de agosto de 1911) Los “antecedentes” a los que se refería Mons. CaroIi eran la relación ineludible que existía entre las revelaciones de Conchita y esta fundación: su origen, su espiritualidad, sus fines, su fundador, y hasta sus Constituciones; todo provenía de lo que afirmaba y de lo que escribía esta mujer mexicana… y de parte de Dios… Teniendo en cuenta los estrictos criterios de Roma, “los antecedentes” no podían ser peores… Así que pasó más de un año y de Roma no llegaba nada. Ninguna respuesta, ninguna noticia, ni buena ni mala…

Entonces Mons. Ibarra escribió a Mons. Caroli: “Hace ya bastante tiempo que los consultores nombrados para examinar los escritos de la Sra. Concepción Cabrera entregaron sus dictámenes a la S. C. de Religiosos. Pero hasta la fecha, nada se ha resuelto. Creo que ha llegado la hora en que Ud. nos haga el favor de mover este asunto, para que cuanto antes se dé la licencia para la fundación de los Sacerdotes de la Cruz” (1º. de febrero de 1913). Mons. Caroli respondió con esta carta: “… Respecto al asunto de los Sacerdotes de la Cruz, creo que la fundación no será permitida. Se están examinando aún los escritos que Ud. sabe, pero, según lo que yo puedo deducir de las cosas que he sabido, no se puede hablar de fundación. Esa es la verdad, al menos por ahora. Por lo tanto no hay nada que yo pueda hacer”. (22 de febrero de 1913). Sin embargo no tardaba mucho en manifestarse el beneplácito de Dios por esta obra y empezaría ahora si a tomar forma la nueva fundación con el Padre Félix nuevamente en México como relataremos en la siguiente parte.

Daniel

Bibliografía
– CARINI ALIMANDI, Lía, “Félix de Jesús Rougier: testigo del espíritu”, Editorial La Cruz, México, 1981.
– PEÑALOSA, Joaquín Antonio, “Yo soy Félix de Jesús”, Editorial Jus, Morelia, 1973.
– ZIMBRÓN L., Ricardo, “Vida y Espiritualidad del Venerable Félix de Jesús Rougier, M.Sp.S.”, M.Sp.S., México, 2000.

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