Santas Flora y María, mártires mozárabes en Córdoba

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Gozos catalanes dedicados a Santa Flora, mártir de córdoba. Fuente: www.bibliogoigs.blogspot.com.

Hoy, día 24 de noviembre, se celebra la festividad de dos mujeres mozárabes, es decir, cristianas en tierras musulmanas, que fueron martirizadas en Córdoba en tiempos de Al-Andalus. Algunos compañeros ya han escrito sobre estos mártires, a cuyos artículos me remitiré, pero hoy será esta servidora la que aborde específicamente el caso de estas dos Santas.

Aunque existen algunas fuentes para conocer la vida y martirio de Flora y de María, definitivamente la más antigua y la más fiable son los escritos de San Eulogio, quien las conoció en persona y fue testigo de su martirio. ¿Qué mejor testimonio que éste? Aprovecho de antemano para dar las gracias a mi querido amigo y colaborador de este blog, Antonio Barrero, por haberme facilitado el doble texto en latín y castellano de la Vida de estas Santas escritas por el mismo Eulogio, y cuya referencia reseño al final del artículo.

Flora, la virgen cordobesa
Eulogio nos empieza hablando de Flora, diciendo que era una virgen nacida en Córdoba, hija de madre cristiana, natural de Ausinianos (hoy Villa-Rubia) y de padre sevillano musulmán que se habían establecido en Córdoba. Era la última de los hijos del matrimonio, y Eulogio nos la describe como una joven de rostro agraciado y de esbelta figura.
Habiéndose quedado pronto huérfana de padre, fue su madre quien la crió y le inculcó la fe cristiana con gran fidelidad. Eulogio nos dice que entrevistó a la madre para que le contase cómo había sido la infancia de Flora, y la buena mujer le relató con todo lujo de detalles, de lo cuales hago un extracto: “Sinceramente le digo que mi hija, a medida que crecía en años (…) en todo tiempo pensaba en las cosas de Dios; nunca fue negligente para obrar el bien. Ya en su infancia era austera, observando todos los días una verdadera Cuaresma (…) ella, puesta su confianza en el poder divino, quedándose sin comer, dando la comida a los pobres, practicaba el santo ayuno a hurtadillas. (…) Mucho me costó persuadirla de que tomase el alimento normal, para que no enfermase aquel su fragilísimo cuerpo (…) Con todo, no logré que comiese sino por la tarde, y siempre tras duras amonestaciones. La esposa de Cristo se ingenió para cumplir el voto que había hecho al Señor”.

Aunque orgullosa de ser cristiana, Flora no se atrevía a asistir a las reuniones cristianas porque tenía un hermano mayor, ferviente musulmán, que la espiaba continuamente. De modo que se encontraba practicando la religión cristiana en secreto y, en público, cumpliendo con los ritos musulmanes, para que la dejaran en paz. Pero tras consultar con algunos cristianos entendidos, descubrió que aquello de ser cristiana en privado y aparentar en público ser musulmana estaba considerado pecado grave, por lo que, disgustada, resolvió abandonar el hogar para poder practicar libremente su fe. Sin decir nada a su madre, huyeron ella y una hermana suya, siendo acogidas por cristianos.[1]

Cuando supo de esto, su hermano montó en cólera y se lanzó en su búsqueda, y en su afán llegó a encarcelar a algunos clérigos a los que consideraba encubridores, y buscó hasta en los conventos. Pero cuando Flora supo que por su causa se estaba persiguiendo a la comunidad cristiana, inmediatamente regresó a casa y, poniéndose frente a sus familiares, confesó su fe y los retó a obligarla a abandonarla mediante los tormentos que quisieran probar con ella. Lleno de horror, su hermano trató de disuadirla con promesas y amenazas, pero como no sirviese de nada, él mismo la arrastró hasta el tribunal del cadí. Allí le contó al juez que su hermana, siendo buena musulmana hasta el momento, se había dejado embaucar por los cristianos. Cuando se le dio la palabra, Flora negó todo esto y confesó por vez primera que había sido cristiana desde niña, y que a él le había consagrado su virginidad.

El cadí, entonces, buscando un castigo ejemplar, dio orden de que “asiéndola con sus manos dos verdugos, la extendiesen los brazos y la golpeasen sin compasión la cabeza hasta que, desgarrada, apareciese desnudo el hueso de la cabeza”. [2] A pesar de la tortura, Flora permaneció firme en la confesión de su fe y cuando ya estaba inconsciente y medio muerta por los golpes, el cadí la devolvió a su hermano y le dio orden de curarla y que; tras recuperarse, debía instruirla en la fe musulmana y si se resistía, traérsela de nuevo.

Su hermano se la llevó a casa y siguiendo las órdenes recibidas, la entregó a las mujeres del hogar para que la curaran. También cerró la puerta de la casa con cadenas para evitar su fuga. Sin embargo, y pese a que la casa estaba rodeada de altas tapias, Flora, aún convaleciente de la tortura, se las ingenió para escapar de nuevo. De noche, cuando nadie la vigilaba, marchó al corral de la casa, se subió a un chamizo que allí había y por las tapias se descolgó hasta el suelo de la plaza, sin hacerse daño. Huyó a casa de un cristiano que la acogió, y luego, tras un tiempo, marchó a la villa de Osaria (hoy Torredonjimeno, cerca de Martos, en Jaén) y allí, junto a su hermana, estuvo hasta que le llegó el martirio definitivo.

Concluyo este apartado con el conmovedor testimonio de Eulogio, que permite autentificar la tortura padecida por Flora: “Y yo, yo pecador, rico en culpas, yo que gocé de su amistad desde los principios de su martirio, yo merecí tocar con ambas manos las cicatrices de aquella venerabilísima y delicada cabeza, despojada de su virginal cabellera por la violencia de los azotes”. Desollada la cabeza por la flagelación, Flora se había quedado calva.

Imagen de Santa María, mártir cordobesa, venerada en su ermita de Niebla (Huelva, España), su ciudad natal.

María, la virgen de Niebla, religiosa en Cuteclara
En este punto, Eulogio pasa a hablarnos de la que sería su compañera de martirio, María. Era también hija de un matrimonio mixto. El padre, oriundo de Niebla (Huelva), se había trasladado a Córdoba, donde se casó con una mujer musulmana, a la que acabó por convertir y hacer bautizar. Tuvieron dos hijos: un varón, Walabonso, y la propia María. Como por ser cristianos vivían en un ambiente opresivo, marcharon al pueblo de Froniano, en las montañas cordobesas. Allí vivieron con estrechez y al poco tiempo, la madre fue atacada por unos lobos en el bosque y murió; y el padre, deseoso de retirarse a una vida contemplativa, se hizo clérigo. Como ya no pudiese hacerse cargo de sus hijos, entregó a Walabonso al monasterio, regido en aquel momento por San Félix; y a María al cenobio de Cuteclara, en Córdoba, dirigido por Artemia, quien había sido madre de dos mártires, Adolfo y Juan, decapitados en tiempos de Abd-al-Rahman II.

En el cenobio de Cuteclara María se distinguió en todas las virtudes; con gran afecto por su hermano Walabonso, que era menor que ella y la tenía como una madre. Él fue ascendiendo en las órdenes sagradas hasta llegar al diaconado, y como falleciese Salvador, el presbítero que lo tenía a su cargo, pasó a ocuparse de él un tiempo su propio padre de nuevo.

Pero al cabo de un tiempo, San Pedro, sacerdote; el propio diácono Walabonso y algunos compañeros fueron martirizados por la fe, siendo decapitados. María, aunque orgullosa del martirio de su hermano, se sentía muy afligida de haberle perdido y le lloraba a menudo, encomendándose a él. Se dice que entonces Walabonso se apareció a una religiosa compañera para que le dijese a su hermana que no le llorara más, que pronto estaría con él en el cielo. Desde ese sueño, María sintió la vocación del martirio y suspiraba por morir por Cristo.

Y así, un día, María abandonó el monasterio, resuelta a entregarse a las autoridades y padecer el martirio por Cristo. Pero paró un momento en la iglesia de San Acisclo para orar y prepararse. Y allí, se encontró con Flora.

Detalle de la imagen de Santa María, mártir cordobesa, venerada en su ermita de Niebla (Huelva, España), su ciudad natal.

Encuentro y prisión de las Santas
Flora también había acudido allí a encomendarse a los mártires, decidida a morir por Cristo desde que oyera como una voz interior, la del Salvador, que le decía: “Otra vez vengo a ser crucificado”.
Ambas se saludaron con afecto y se dieron el ósculo de paz; pues se conocían de antemano al haber vivido un tiempo Flora con ellos anteriormente. Luego se descubrieron una a la otra el propósito de sufrir el martirio, y después de jurarse amistad eterna y no separarse ya; se presentaron juntas ante los cadíes de la ciudad.

Ante el tribunal, Flora habló primero, identificándose como aquella cristiana hija de musulmán a la que habían hecho azotar para que aceptase el Islam y, después, había vivido fugitiva hasta ese momento. Declaró la divinidad de Cristo y al mismo tiempo tachó de falsario al profeta Mahoma. A continuación habló María y declaró que era hermana de Walabonso, a quien ellos habían decapitado, e igualmente injurió a Mahoma y al Islam, diciendo que eran falsos y diabólicos.

En consecuencia, esto enfureció a los jueces, que mandaron cargarlas de cadenas y arrojarles a la cárcel, junto a “mujeres de vida equívoca” (suponemos que Eulogio se referirá a prostitutas). Allí permanecieron las dos, dedicadas a la oración, al ayuno, a la meditación y al canto de los himnos celestiales. Sin embargo la estancia en prisión debió ser durísima para ambas, porque, tiempo después, y presionadas por ruegos y persuasiones exteriores, se encontraron en trance de retractarse de sus palabras para obtener la libertad.

Eulogio relata a continuación cómo él había estado en la cárcel, pero fue liberado cuando ellas entraban en la misma. Sabiendo que la fortaleza de las dos mujeres se venía abajo y que estaban a punto de abjurar, escribió y dedicó a ellas el Documento Martirial, en el que las animaba a perseverar en la confesión de la fe y recomendaba meditarlo para que lograran acabar lo que habían empezado. Sintiéndose animadas por estas palabras, las dos cristianas se comprometieron a permanecer firmes hasta el final. Antes de partir hacia el martirio, se dirigieron hacia algunas compañeras cristianas, prisioneras con ellas, y les prometieron que, en el momento en que estuviesen ante Jesucristo, intercederían por ellas, para que recobrasen su libertad.

Emira de los Santos Walabonso y María en Niebla, Huelva (España). En la entrada, imagen procesional de Walabonso, hermano de María, adornada para la procesión.

Martirio de las Santas
Llevadas de nuevo ante los jueces, Flora y María fueron nuevamente interrogadas, primero una y después otra. Pero al igual que había sucedido anteriormente, primero una y después la otra, se reafirmaron en sus declaraciones, por lo que fueron sentenciadas a muerte.
Fueron conducidas al lugar de la ejecución y allí, después de santiguarse, ofrecieron sus cuellos al verdugo. Primero fue decapitada Flora y le siguió inmediatamente María. Los cuerpos quedaron expuestos en el mismo lugar de la ejecución, para que fueran pasto de los perros y de las aves carroñeras. Era el 24 de noviembre de 851.

Un día después, los sagrados despojos fueron recogidos por los musulmanes y arrojados al río Guadalquivir. El cuerpo de María apareció al poco tiempo -según Eulogio, por revelación divina pudo ser hallado- y fue sepultado en el monasterio de Cuteclara, donde se había santificado. El de Flora, en cambio, no pudo recuperarse y se perdió definitivamente.
En cambio, las cabezas de las dos mártires sí que se conservaron y fueron primero veneradas en la basílica de San Acisclo, donde “el pueblo cristiano siente visiblemente su protección”, según Eulogio; y actualmente, podemos encontrar sendos cráneos mezclados con los restos de los demás mártires mozárabes, en la iglesia de San Pedro de Córdoba.

Concluye Eulogio diciendo que la intercesión de las Santas por la libertad de los cristianos prisioneros se cumplió, pues si ellas murieron el día 24, el 29 él, estando prisionero, fue liberado.

Vista de la urna que contiene, junto con los restos de los demás mártires cordobeses, los cráneos de las Santas Flora y María. Iglesia de San Pedro de Córdoba, España.

Conclusión
Al tener un testimonio como el de San Eulogio, que conoció personalmente a nuestras mártires, las visitó en la cárcel, las animó a perseverar en el martirio, fue amigo de la propia Santa Flora, tocó las heridas que sufrió en tormento y hasta conoció a su madre; resulta absolutamente ridículo dudar lo más mínimo de la total existencia histórica de estas mártires y de la veracidad de su martirio.

Además, el relato, de total realismo aunque imbuido de consideraciones místicas y espirituales propias del fervor de San Eulogio, no deja entrever ninguna exageración ni dislocación de la realidad. Cabría preguntarse hasta qué punto el martirio de las dos Santas fue necesario, en el sentido en que ellas se entregaron voluntariamente y provocaron la ira de las autoridades con su denostación del Islam; en una época en que, debido a la convivencia -no siempre pacífica, pero convivencia al fin y al cabo- de las tres religiones monoteístas, fácilmente habrían podido salvarse de seguir viviendo en entornos cristianos protegidos. Sin duda, la opresión sufrida por Flora en el entorno familiar, la pérdida de Walabonso por parte de María, y un entorno donde se alentaba a la rebelión contra el sistema islámico gubernamentalmente establecido, favorecieron la reacción “autodestructiva” -si es que se la puede llamar así- y con ella, la condena y ejecución de dos cristianas en una época en que no podemos hablar de persecución oficialmente establecida; sino de tensiones sociales y culturales constantes entre dos religiones que, al menos en la época, eran poco tolerantes la una con la otra. Hoy en día, sin duda alguna y a pesar de lo que algunos siguen manteniendo, el ejemplo a seguir es otro.

El culto a estas dos mártires queda prácticamente reducido a Córdoba y a la ciudad de Niebla, de donde era oriundo el padre de Walabonso y María, que son los patronos de la misma. Es muy difícil encontrar representaciones artísticas de las dos Santas y por ello, su iconografía no está muy desarrollada, limitándose a la representación de dos mujeres con palmas de martirio y una de ellas no siempre con hábito de religiosa, como teóricamente correspondería a María.

Independientemente de las muchas opiniones y debates que espero conseguir con el tema de los cristianos que se abocan voluntariamente al martirio; Santas Flora y María de Córdoba, rogad por nosotros y en especial, por los cristianos perseguidos en todo el mundo.

Meldelen

Bibliografía:
– EULOGIO DE CÓRDOBA, San: Vida y martirio de las Santas vírgenes Flora y María (textos latino y castellano), en Obras completas de San Eulogio (edición bilingüe). Versión castellana del P. Agustín S. Ruiz, benedictino. Editada en el XI centenario del Santo (859-1959). Real Academia de Córdoba, imprenta provincial de Córdoba.


[1] El detalle del hermano musulmán y las dos hermanas cristianas confirma la práctica habitual que, por la ley coránica, se seguía en la educación de los hijos de padres de diferentes religiones: los hijos debían ser educados en la religión del padre y las hijas, en la de la madre. De ahí que el hermano de Flora fuese musulmán y ella y su hermana, cristianas.
[2] La ley romana prohibía escrictamente la flagelación en la cara y en la cabeza, pues existía un enorme riesgo de mutilar la nariz, la boca o sacar los ojos. Esto se debe sin duda a la forma de los látigos romanos. Sin embargo, los látigos empleados en Al-Andalus eran una tira de piel de hipopótamo que, consecuentemente, no podían engancharse como sí lo hacían los romanos. Aún así, parece terrible y exagerada la idea de la flagelación en la cabeza, que desollaría el cráneo y desfiguraría el rostro.

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Santos y beatos de la provincia de Huelva

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Imagen procesional de San Walabonso en su ciudad natal de Niebla, Huelva (España).

Pregunta: Al igual que uno de los colaboradores de ese maravilloso blog yo también nací en la provincia de Huelva aunque por diversas circunstancias tuve que emigrar a Austria y aquí me he quedado. Pero siempre he tenido curiosidad por saber si en mi provincia ha vivido algún santo alguna vez y por eso os pido que me lo aclaréis. Alosno

Respuesta: Estimada tocaya, me ha encantado esta pregunta porque yo también en su día tuve este especial interés, tanto, que incluso le dediqué un programa en televisión. La verdad es que no han sido muchos los santos y beatos nacidos en nuestra provincia, pero los hay y además, algunos aunque no hayan nacido aquí, sí que han vivido en tierras onubenses. Procuraré no enrollarme porque este es un tema que me tienta a hacerlo. Los enumero y sólo digo algo de ellos.

San Víctor eremita
Santo cuya historicidad no está demostrada, pero que según una antiquísima tradición vivió como ermitaño en el siglo V en una cueva que se encuentra debajo de la ermita de la Virgen de los Ángeles en la Peña de Arias Montano en el municipio de Alájar. No se le rinde culto alguno, pero sí se conserva dicha cueva con una cruz que lo recuerda.

San Dúnala, mártir
Saltés, como tu bien sabes, es una isla que está en las marismas de la desembocadura de los ríos Tinto y Odiel y en la que existe una ciudad islámica construida a su vez sobre unas ruinas romanas.
Pues Dúnala era un noble mozárabe, señor de la Isla Saltés que en la primera mitad del siglo X fue enviado por An Nasir como embajador a Roma y ante el emperador bizantino de Constantinopla a fin de resolver algunos asuntos religioso-políticos, pues existían malas relaciones entre los Abbasidas (sultán de Egipto) y el Califa cordobés. Una vez en Constantinopla, decidió ir en peregrinación a Tierra Santa y camino de Jerusalén, fue encarcelado en Abul Qasir junto al lago Tiberíades. En la prisión murió decapitado por profesar su fe en Cristo. Es el único santo del término municipal de la capital de la provincia y, por supuesto, es un santo histórico.

Santos Walabonso y María, hermanos mártires de Niebla.
Naturales de Elepla (la actual ciudad de Niebla), su padre era cristiano y su madre, una musulmana convertida al cristianismo. María era mayor que Walabonso. Por razones económicas marcharon a Froniano, pueblo que distaba unas diez millas al oeste de la ciudad de Córdoba.
Walabonso entró en el monasterio de Cuteclara, que era un monasterio mozárabe mixto al oeste de Córdoba y allí estudió las Sagradas Escrituras de manos del abad Frugalo. Junto con San Pedro de Écija, se ordenó de diácono y se dedicó al servicio espiritual de las monjas del monasterio. Su hermana María también entró en el monasterio de Cuteclara y allí estuvo bajo las órdenes de la abadesa Santa Artemia, que era la madre de los santos Juan y Adolfo martirizados en tiempos de Abderramán II. Existía una complicidad y veneración mutua entre Walabonso y su hermana María.

Un día, Walabonso, junto con los santos Pedro, Wistremundo, Sabiniano, Abencio y Jeremías se presentaron ante el cadí cordobés para afearle el martirio de los santos Isaías y Sancho. Preguntados quienes eran, profesaron su fe en Cristo y fueron todos degollados el domingo 7 de junio del año 851. Sus cuerpos fueron quemados y sus cenizas se echaron al río Guadalquivir. Recibieron culto desde el mismo día de su martirio.
Muerto su hermano, Maria quedó traumatizada, lloraba amargamente y se encomendó a su hermano. Salió del monasterio y se fue a la basílica de San Acisclo donde se encontró con otra virgen de nombre Flora. Ambas, se presentaron ante el cadí, hicieron profesión de su fe y fueron encarceladas. En la cárcel, fueron confortadas por San Eulogio en persona que las animó al martirio. Fueron degolladas el 24 de noviembre del año 851. Sus cuerpos fueron abandonados para que sirvieran de comida a las aves de rapiña y posteriormente, sus despojos fueron arrojados al Guadalquivir.
María se apareció a los monjes de Cuteclara que los recogieron. Hoy se encuentran en una preciosa urna de plata venerada en la parroquia de San Pedro de Córdoba capital. El mismo San Eulogio obispo mártir de Toledo escribió sus vidas. Son los santos patrones de su pueblo natal: Niebla.

Monumento al Beato Vicente de San José en su ciudad natal de Ayamonte, Huelva (España).

Beato Vicente Ramírez de San José, franciscano mártir
Es el primer onubense beatificado por decreto de la Santa Sede. Nació en Ayamonte (Huelva) en el último tercio del siglo XVI. Su familia era humilde y vivían del oficio de tejedor. Para mejorar económicamente embarcó rumbo a México, a la ciudad de Puebla de los Ángeles y allí, en el año 1615 entró en contacto con los frailes del convento de San Francisco. Profesó como hermano lego el día 18 de octubre de 1616 y se ocupó de la enfermería del monasterio. Habiendo enfermado y muerto un fraile que iba a marchar como misionero al Japón, él se ofreció para suplirle, embarcando en 1618 rumbo a Filipinas con la intención de aprender el japonés.

Dos años más tarde, llega al Japón y se dedica a cuidad de los enfermos en el hospital de Nagasaki, pero el 25 de octubre del año 1621 es descubierto como misionero y fue detenido. Estuvo encarcelado en la cárcel de Omura, dentro de una jaula, junto con otros treinta prisioneros, todos hacinados. En la jaula, ejercía como enfermero y rezaba las horas canónicas. Murió en el llamado “gran martirio de Nagasaki”, el día 10 de septiembre del año 1622. Atado a un poste y rodeado de haces de leña y paja húmedas, murió asfixiado por el humo y quemado su cuerpo a fuego lento. Los restos calcinados fueron arrojados al mar. Fue beatificado por el Beato Papa Pío IX el día 7 de julio de 1867. Su fiesta se celebra el día 10 de septiembre.

Beata Eusebia Palomino Yenes, virgen salesiana
Su biografía la publicamos en este blog el día 16 de febrero de este año.

Fotografía coloreada del Beato Manuel González.

Beato Manuel González García, obispo de Málaga y Palencia
Nació en Sevilla el día 25 de febrero del año 1877, siendo hijo de Martín y Antonia. De pequeño perteneció al Coro de los Seises de la Catedral hispalense y entró en el seminario metropolitano en octubre del año 1889. El Beato Marcelo Espínola lo ordenó de sacerdote el 21 de septiembre del 1901, ejerciendo como párroco en distintos pueblos sevillanos. En el año 1905 fue nombrado arcipreste de la parroquia mayor de San Pedro de Huelva capital (Huelva no era diócesis y pertenecía a la archidiócesis de Sevilla) y aquí, en Huelva, fundó la “Obra de las Tres Marías y de los Discípulos de San Juan” el día 4 de marzo del 1910.

Escribió el libro: “Lo que puede un cura de hoy” y fue muy apreciado por todos los onubenses por su pastoral misionera, carácter dialogante y simpatía. Se distinguía por las catequesis con los niños creando el “Patronato de Aprendices Don Bosco”. El día 6 de diciembre del 1915 fue nombrado obispo auxiliar de Málaga y ordinario de la misma diócesis, el día 22 de abril del 1920.
En Málaga, el día 3 de mayo de 1921 fundó la “Congregación de las Hermanas Eucarísticas de Nazareth”, obra que fue aprobada por la Santa Sede el 30 de agosto de 1960. El 31 de mayo de 1931, como quemaron el palacio episcopal de Málaga, marchó a Ronda y, temiendo por su vida, la Santa Sede le impuso retirarse a Madrid en noviembre de 1932; allí permaneció durante tres años dedicándose a sus fundaciones.
El 5 de agosto de 1935 fue nombrado obispo de Palencia, aunque murió en Madrid el día 4 de enero de 1940. Está sepultado en la catedral palentina. Por su gran amor a la Eucaristía fue conocido como “el obispo de los sagrarios abandonados”. Publicó más de treinta libros. Fue beatificado por el papa San Juan Pablo II el día 29 de abril del año 2001.

Retrato del Beato Marcelo Espínola.

Beato Marcelo Espínola Maestre, cardenal arzobispo de Sevilla.
Nació en San Fernando (Cádiz) el día 14 de enero de 1835 siendo sus padres los Marqueses de Espínola. Estudió abogacía y fue entonces cuando entró en contacto con Huelva, donde venía muy asiduamente a fin de asesorar gratuitamente a los pobres. Se hizo gran devoto dela Hermandad del Nazareno dela Semana Santa Onubense.
En 1858 entró en el seminario de Sevilla ordenándose de sacerdote seis años más tarde; fue nombrado capellán de Sanlúcar de Barrameda y párroco de San Lorenzo, en Sevilla. Aunque lo designaron canónigo en 1879 siempre ejerció su labor pastoral en la parroquia de San Lorenzo. El 6 de febrero de 1881 la Santa Sede lo nombra obispo auxiliar de Sevilla y tres años más tarde, obispo de Coria-Cáceres. Allí fundó la “Congregación de las Esclavas Concepcionistas del Divino Corazón de Jesús” el día 26 de julio de 1885.

En mayo de 1886 fue nombrado obispo de Málaga y nueve años más tarde, arzobispo de Sevilla.  Siempre, donde estuvo, destacaba por su modestia, sencillez, vida austera, humildad, piedad, caballerosidad y cuidado de los pobres, por lo que era conocido como el “arzobispo mendigo<”. Fundó el periódico “El Correo de Andalucía” y fue senador del Reino. San Pío X lo nombró cardenal de Sevilla el día 11 de diciembre de 1905, pero no pudo ir a Roma para recibir el capelo cardenalicio pues un mes más tarde, cuando estaba bendiciendo el Santuario de Nuestra Señora de Regla, en Chipiona (Cádiz), cayó enfermo muriendo en Sevilla seis días más tarde: el 19 de enero de 1906. Está sepultado en la Catedral hispalense en un precioso mausoleo blanco construido en el año 1913. Fue beatificado por el papa San Juan Pablo II el día 29 de marzo del año 1987.

También estuvieron relacionados con nuestra provincia Santa Ángela de la Cruz, virgen fundadora, que fundó una Casa de su Congregación en Ayamonte (Huelva), la Beata Carmen Moreno Benítez, virgen mártir salesiana, que fue directora del colegio salesiano de Valverde del Camino, el Beato Manuel Gómez Contioso, salesiano mártir nacido en Moguer (Huelva) en 1877 y el Beato José Agustín Fariña Castro, agustino mártir, que desarrolló parte de su actividad docente en nuestra provincia.

Sepulcro del Beato Marcelo Espínola en la Catedral de Sevilla.

Y estos son los santos y beatos nacidos en nuestra provincia o que pasaron en ella parte de sus vidas. Espero haber complacido tu pregunta.

Antonio Barrero

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es