Presentación del Señor

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Detalle de la imagen de la Virgen de la Candelaria que se venera en la iglesia de San Pedro de Davoli, Catanzaro (Italia).

El Martirologio Romano, el día 2 de febrero, recuerda la “Fiesta de la Presentación del Señor, llamada por los griegos Ipapánte: cuarenta días después de la Natividad del Señor, Jesús fue llevado al Templo por María y José, a fin de cumplir con la Ley de Moisés, pero sobre todo, para encontrar a su pueblo, creyente y exultante de gozo: luz que ilumina a las gentes y gloria de su pueblo, Israel”.

María y José llevaron al Niño al Templo de Jerusalem cuantenta días después de su nacimiento, al terminar la cuarentena, para ofrecérselo a Dios. Esta ceremonia era obligatoria para todos los hijos varones primogénitos, como obsequio tal y como lo ordenaba Moisés (Ex. 13, 2 y 13, 11-16) y aun hoy entre los judíos consiste en la redención del niño mediante una ofrenda. Simultáneamente, la mujer que había parido completaba la ofrenda prescrita, siempre según la ley mosaica (Lv. 12, 6-8). Durante la visita, se encontraron con Simeón, al cual se le predijo que no moriría sin ver antes al Mesías. Simeón alabó al Señor con las palabras hoy conocidas como “Nunc dimittis” o cántico de Simeón, en las que anuncia que el Niño sería una luz para las naciones y gloria para su pueblo, Israel. Inmediatamente después, Simeón le profetizó a Maria los sufrimientos que habría de soportar. El Evangelio hace referencias también a las profecias mesiánicas de la profetisa Ana, una viuda de ochenta y tres años, que se encontraba en el templo y que identificó públicamente al Niño como el Mesías.

Es la fiesta de las luces; cuarenta días después de su nacimiento, el Niño es llevado al Templo, a la casa de Dios y así, El que se encarnó en el pueblo de Abrahán, en la real estirpe de David, y en el pueblo sacerdotal de Leví, cumple la ley de Moisés y se encuentra con su pueblo en la persona del viejo y sabio Simeón y de la anciana profetisa Ana durante la celebración de este rito y es esta la razón, por lo que la fiesta, de origen oriental, fue llamada “Ipapante”, que significa “encuentro, reunión”.

Virgen de la Candelaria. Conjunto escultórico venerado en Specchia, Lecce (Italia).

San Lucas narra el episodio: “Cuando se cumplieron los Días de la Purificación de ellos conforme a la ley de Moisés, llevaron al niño a Jerusalén para presentarle al Señor (así como está escrito en la ley del Señor: todo varón que abre la matriz será llamado santo al Señor) y para dar la ofrenda conforme a lo dicho en la ley del Señor: un par de tórtolas o dos pichones de paloma. He aquí, había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre era justo y piadoso; esperaba la consolación de Israel, y el Espíritu Santo estaba sobre él.  A él le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes que viera al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, entró en el templo; y cuando los padres trajeron al niño Jesús para hacer con él conforme a la costumbre de la ley, Simeón le tomó en sus brazos y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, despide a tu siervo en paz conforme a tu palabra; porque mis ojos han visto tu Salvación que has preparado en presencia de todos los pueblos: luz para la revelación de las naciones y gloria de tu pueblo Israel”. (Lucas, 2, 22-32)

El primer testimonio de esta fiesta es del siglo IV en Jerusalén y es de una fiesta “cristológica” con una intensa connotación mariana. En ella se celebraba la “Purificación de la Santísima Virgen Maria”, ya que según la costumbre hebrea, una mujer era considerada impura durante un período de cuarenta dias después del parto de un varón y tenía que ir al Templo para purificarse: el día 2 de febrero es cuarenta días después del 25 de diciembre, fiesta del Nacimiento de Cristo.

Antiguamente, esta fiesta se celebraba el día 14 de febrero (como aún la siguen celebrando las Iglesias Ortodoxas que se rigen por el calendario juliano) y el primer testimonio en este sentido nos lo facilita Egeria en su “Peregrinación a Tierra Santa” (Itinerarium Egeriae, entre el 381 y el 384); dice: “el cuadragésimo día después de la Epifanía se celebra aquí con gran solemnidad. Ese día se realiza una procesión a la Anastasis y todos participan;  todo se realiza con gran festividad, como la Pascua y en ella predican todos los sacerdotes e incluso el obispo”.

Virgen de la Candelaria que se venera en la iglesia de Santa Ana de Bari (Italia).

En los siglos V-VI la festividad se extiende por Occidente con desarrollos muy originales. Roma adoptó esta festividad a mediados del siglo VII, cuando el papa Sergio I (687-701), instituyó la más antigua de las procesiones penitenciales romanas, que partía de la iglesia de San Adriano al Foro y terminaba en la basílica de Santa María la Mayor.

Mientras, en las Galias, se estableció en el siglo V, como en Jerusalén, realizándose la solemne procesión y bendición de las candelas. El rito de la bendición de las candelas (o velas), del que hay testimonios ya en el siglo IV, se inspira en las palabras de Simeón; “Mis ojos han visto tu salvación, preparada por ti delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las gentes y gloria de tu pueblo Israel” (lucas, 2. 30-32). De este significativo rito deriba en nombre popular de “fiesta de la Candelaria”. El nombre de Candelaria, se le da popularmente por su similitud con el rito de las Lucernarias, del cual habla Egeria: “se encienden todas las lámparas y las velas haciéndose así una gran luminosidad”, que era lo que se hacía en el antiguo rito de las Lupercalias.

De hecho, hay noticias de que en el siglo VII, en tiempos de San Beda el Venerable, las procesiones penitenciales se hacían en contraposición de las Lupercalias romanas. (Eran una festividad romana que se celebraba en los nefastos días de febrero, en honor del dios Fauno, que como Luperco, era el dios protector del ganado ovino y caprino, que los protegía contra los ataques de los lobos, aunque existe otra hipótesis que dice que las Lupercalias recordaban la alimentación milagrosa de los gemelos Rómulo y Remo por parte de una loba). Esta actitud de San Beda queda reflejada en el pontificado de San Gelasio I (siglo V), que obtiene del Senado la abolición de las Lupercalias, que quedan sustituidas en la devoción popular por la fiesta de las candelas, de la Candelaria.

El papa Sergio I (siglos VII-VIII) estableció el uso de esta procesión en Roma, tomando una connotación penitencial. Esta dimensión penitencial y de purificación ha continuado hasta finales de los años sesenta del siglo pasado, usando los ornamentos de color morado en dicha procesión.

La reforma litúrgica de la segunda mitad del siglo XX, pone su mirada no tanto en la Madre ni en el hecho legal por ellos cumplido, pero aun denominándola fiesta de la “Presentación del Señor”, con ella hace que se complete el ciclo de la celebración navideña (es la fiesta de las luces y de los encuentros) y con las ofrendas que hace la Virgen Madre y la profecía de Simeón, se abre el camino hacia la Pascua. De hecho, la ofrenda de Jesús al Padre, es un preludio de su ofrenda en el sacrificio de la Cruz.

Imagen completa de la Virgen de la Candelaria venerada en la iglesia de San Pedro de Davoli, Catanzaro (Italia).

El encuentro de Cristo con Simeón y Ana en el Templo, acentúa el aspecto sacrificial de dicha celebración y la comunión personal de María con el sacrificio de Cristo, porque cuarenta dias después de su maternidad divina, la profecía de Simeón le hace entrever la perspectiva de su futuro sufrimiento: “Una espada te atravesará el alma” (Lucas, 2, 35). Maria, gracias a su íntima unión con Cristo, está asociada al sacrificio de su Hijo. Todo esto le da un sentido cristológico-salvífico a esta fiesta, que en dimensión luminosa nos recuerda las fiestas de la Navidad pasada, pero nos abre las puertas a la luz de la Vigilia Pascual, fruto del sacrificio de la Cruz del Redentor, bajo la mirada de la Santa Madre de Dios, la Corredentora.

Esta es la historia y el significado teológico de esta festividad. La tradición católica, en esta fiesta de la Presentación del Señor, bendice las velas, que posteriormente, los fieles la llevan a casa como signo de luz, como protección contra los rayos y el mal tiempo y que también se utiliza al día siguiente, atada con una cinta roja en forma de cruz, con la que el sacerdote bendice las gargantas en la fiesta de San Blas.

Desde el punto de vista astronómico, la fiesta de la Candelaria se encuentra en pleno invierno, coincidiendo en las zonas rurales con los cultivos de finales de invierno y los de principios de la primavera, por lo que de ahí viene el famoso dicho popular que dice:
Cuando viene la Candelaria,
del invierno estamos fuera;
mas si llueve o hace viento,
del invierno estamos dentro.

Esto indica que, si en el día de la Candelaria hace buen tiempo, habrá que esperar varias semanas para que finalize el invierno y llegue la primavera; y por el contrario, si en el día de la Candelaria hace mal tiempo, la primavera está cerca.

En algunos lugares, a la Candelaria se le llama “Día del oso”. En este día, el oso despierta de su hibernación y sale de su guarida de invierno para ver como está el tiempo y evaluar si debe quedarse dentro o salir ya fuera. En este sentido, un proverbio del Piamonte dice:
se l’ouers fai secha soun ni,
per caranto giouern a sort papì

Si el oso tiene la cama seca, lo que indica buen tiempo, durante cuarenta dias no sale de la madriguera. El oso era también el protagonista de algunos ritos rurales del mes de febrero, ritos que están colocados dentro del ciclo rural-vegetativo.

Sin embargo para los americanos es la marmota la que indica si está más o menos cercana la llegada de la primavera y por eso a ese día se le llama “el día de la marmota” y, en particular, en un pueblo llamado Punxsutawney, al norte de Pittsburgh en Pennsylvania, se hace el Groundhog Day. En este día, una marmota llamada Punxsutawney Phil es el centro de una representación que se hace fuera de su madriguera y si se ve su sombra, el invierno continuará otras seis semanas.

Virgen de la Piedad. Edícula de la iglesia de Santa Lucía de Davoli, Catanzaro (Italia).

La Virgen acoge en sus brazos al Hijo, que había ofrecido al Padre en el Templo. Es el Hijo que se entrega a su Madre y a toda la humanidad como signo de salvación y lugar de encuentro de todos los hombres con Dios.

Damiano Grenci

Bibliografia y sitios:

  • C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
  • Grenci Damiano Marco – Archivio privato iconografico e agiografico: 1977 – 2011
  • O’Donnell Christopher – Celebrare con Maria – Libreria Editrice Vaticana, 1994
  • Ravari Gianfranco – L’Albero di Maria – Ed. Paoline, 1993
  • Web de lucedistrega.net
  • Web de santibeati.it
  • Web de wikipedia.org
  • Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es