Orígenes del monacato cristiano (I Parte)

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Detalle de San Pablo de Tebas, primer eremita, en un fresco bizantino de Deir Mar Boulos (Egipto).

Pax.
En memoria de Dom Lorenzo María Ferrer i Miquel del Solà (1919-2011), monje del monasterio de Sª Mª de Montserrat (España), prior del monasterio de Sª Mª de la Asunción (Colombia), fundador y primer prior del monasterio de Sª Mª de la Epifanía (Colombia).
Orad por él.

I.
El monaquismo ha estado presente en la vida de la Iglesia desde alejados siglos, cumpliendo en ella un destacado papel: esto, por supuesto, nadie lo cuestiona hoy, y bastaría repasar algunas de las reseñas publicadas en este blog, y más aún, suficiente será recordar algunos nombres asociados al monacato cristiano tales como San Benito, San Martín y San Antonio. En los siguientes artículos daré algunos apuntes sobre el origen de la vida monástica (que a su vez es el origen de la vida consagrada) con el objetivo de ayudar un poco a comprender, en su contexto, las referencias de santos monjes, sobre todo de los siglos IV-V, que vayan siendo publicadas y que eventualmente puedan ofrecer cierta dificultad de entendimiento a nuestra actual mentalidad. También mencionaremos algunas características de la vida monástica en sus orígenes, que uniformarán al monacato a lo largo de su historia.

Inicialmente es preciso advertir lo complejo de la cuestión: se encuentra envuelta en densas y oscuras nubes, y ni siquiera los mismos monjes de finales del siglo IV e inicios del V tenían claridad sobre el asunto. Por supuesto, semejante enigma no sería dejado a un lado por la historiografía moderna, y a partir del siglo XIX abundarían estudios sobre el particular.

Las primeras hipótesis formuladas no serían nada favorables. En general, parten del supuesto de que el monacato es una desviación del cristianismo primigenio, una “mutación” propiciada por externas influencias. Para H. Weingarten, por ejemplo, el monacato cristiano nació cuando los Katochoi, los sacerdotes reclusos de los templos de Serapis en Egipto, se convirtieron al cristianismo, conservando sus antiguas prácticas ascéticas [1]; y en verdad, entre los Katochoi y los primeros monjes cristianos encontramos ciertas características comunes tales como la pobreza total, el celibato y la constante lucha con demonios que les perturbaban en horrendas visiones. R. Reitzenstein aseguraba que el monacato nació de la síntesis de las ideas religiosas y filosóficas helenistas que estaban de moda en los siglos II-IV con el cristianismo; a favor de esta teoría tenemos que el vocabulario técnico que usaron los primeros monjes para explicar su género de vida es tomado casi totalmente de escuelas filosóficas y grupos gnósticos. Y así, muchas otras explicaciones ven los orígenes monásticos en cuanta corriente filosófica o religión oriental se nos ocurra. Con todo, hasta ahora no ha sido posible probar definitivamente la procedencia directa del monacato cristiano de ninguna de tales corrientes o religiones.

Panorámica de unos eremitorios en las montañas del Alto Egipto.

Lo que sí nos queda claro es que el monacato no es un producto original y exclusivo del cristianismo: más bien se ha demostrado que el fenómeno monástico es una experiencia humana universal, que podemos detectar hasta bastante atrás del “después de Cristo”. A continuación menciono algunos ejemplos.

Uno de los monacatos no cristianos más antiguos es el “hindú”. Sabemos que aún hoy los ascetas son profundamente venerados en la India. Incluso en sus tradiciones se recomienda que todo varón experimente este estado en dos épocas de su vida: en su adolescencia y juventud, bajo la dirección de un gurú (maestro); luego, ya entrado en años, después de haber criado a sus hijos, viviendo como vanaprastha (ermitaño) en los bosques. Por supuesto esto no se aplica: muchísimos hindúes jamás han sido monjes, mientras otros han practicado la ascesis toda su vida.

En este monacato también encontramos ermitas (ashrama) y cenobios [2] (ashram); pero el tipo monástico más frecuente y popular en la India es el sannysa o monje errante, que viaja de templo en templo, viviendo de la caridad del pueblo. La motivación fundamental del monacato hindú es la identificación del atman (“yo” individual: ego) con el dios Brahman (“yo” universal, cósmico); como quiera que el común de la gente no se preocupa por estas cosas, es preciso separarse de ellos para entregarse a la ascesis, la oración, la meditación y el estudio de los textos sagrados, los Upanishads.

Como un rompimiento con el brahmanismo clásico aparece en el siglo V a. C.  el budismo. Es esta una religión eminentemente monástica y sabemos el importante papel de los monasterios en las sociedades budistas actuales. El bonzo (japonés bozu: sacerdote) busca liberarse de su “yo”, fuente y origen del sufrimiento, para alcanzar aquel estado impasible y tranquilo, conocido como nirvana. También aquí es preciso que el hombre que se esfuerza en llegar a tal condición se separe del mundo y sus preocupaciones, para seguir libremente el camino de la ascesis que, con todo, es mucho más moderado que el del monacato hindú: tanto así que los monjes budistas no están ligados a unos votos, y pueden abandonar el monasterio y regresar a la vida de los laicos cuando les plazca.  Los ayunos y abstinencias, el horario regular, la práctica del silencio, todo se ordena a facilitar la meditación de los monjes. Sus monasterios son similares a los monasterios cristianos: poseen oratorio, dormitorios, refectorio [3], biblioteca, lugares de trabajo.

Vista de un monasterio budista en Mongolia

El ascetismo tampoco era desconocido para la antigua civilización griega, y éste vinculado principalmente a la filosofía. Y es que la filosofía no era solo búsqueda de la verdad intelectual, sino también búsqueda de formas de vivir de acuerdo a dicha verdad; dicho de otro modo, filosofía es vida guiada por la razón. Varias escuelas daban importancia a ciertos valores éticos y morales y proponían el ascetismo como medio útil para lograr aquella armonía que tanto codiciaban los antiguos griegos en general. Como ejemplo eminente tenemos al pitagorismo, que duró más o menos ocho siglos. Pitágoras propone como meta a sus seguidores vivir en armonía con las leyes que mantienen el equilibrio en el cosmos; para alcanzarla, las comunidades pitagóricas llevaban una vida lo más frugal posible: se abstenían de carne y de vino, practicaban la parquedad al hablar, obedecían a sus maestros sin cuestionar, vivían en castidad perpetua, cada miembro renunciaba a poseer bienes.

Mencionaremos también a los filósofos cínicos, cuyo desprecio de los bienes materiales es poco más que asombroso. Los estoicos también adoptaron tal modo de vivir, toda vez que buscaban eliminar las pasiones y los placeres para alcanzar la apátheia (impasibilidad) y autarquía (autodominio). El platonismo también predicaba la ascesis: con su oposición entre cuerpo y alma, dando la preferencia al último, no dejaba otra opción que la renuncia radical a todo lo carnal. Plotino y los neoplatónicos practicaron una gran austeridad de vida, buscando desprenderse de lo múltiple para alcanzar el éxtasis de unión con el Dios Uno.

Con lo anterior queda clara la universalidad del monacato. En casi todas estas formas observamos tres características comunes: moderación en el comer (desde la abstinencia de ciertos alimentos hasta el ayuno simple y llano), castidad perpetua y pobreza total. Pero estas semejanzas sólo lo son en apariencia: las motivaciones que justifican tales prácticas en cada religión o escuela filosófica son totalmente ajenas a las razones de los primeros monjes cristianos, que no era otra que seguir a Jesús. Los primeros monjes escritores siempre rechazaron el paralelismo entre filósofos y ascetas cristianos, y sustentaban sus prácticas en motivos evangélicos. Incluso, reivindican para sí el título de “filósofos”, pues son ellos quienes practican la verdadera sabiduría de Cristo. Por supuesto, no podemos negar el influjo que estos precedentes ejercieron en el primitivo monacato, como no se lo negamos a muchos Padres de la Iglesia, por ejemplo. Pero ni su inspiración inicial ni su existencia se la deben ni a los filósofos ni a los budistas o hindúes, como alguna vez se afirmó.

Dairon


[1] Ascesis, del griego askeo: ejercitarse. Hace referencias a ciertas prácticas de mortificación, tales como el ayuno y las vigilias, realizadas generalmente por motivos religiosos.
[2] Un cenobio es el lugar donde un grupo de monjes lleva vida comunitaria, compartiendo diversos momentos y actividades durante el día.
[3] Un refectorio es el lugar donde la comunidad se reúne para tomar la comida; básicamente un comedor.

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