Santa Apolonia, patrona de los males dentales

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Grabado de la Santa, obra de Jan Van Sadeler (a partir del original de Maerten De Vos). Museum Boijmans van Beuningen, Rotterdam (Holanda).

Tal día como hoy, esto es, 9 de febrero, se celebra la festividad de otra gran mártir muy conocida a lo largo de los siglos y una de las más representadas en el arte, y también de las más invocadas por su singular patrocinio, aunque actualmente haya sido paulatinamente arrinconada tras su exclusión del calendario oficial romano en los años 60. Hablo de Santa Apolonia, virgen mártir de Alejandría de Egipto, a quien de sobra conocemos por su patronazgo sobre los dolores de muelas y males dentales en general.

La vida de la Santa, de indudable existencia histórica, no la conocemos, pero sí cómo fue martirizada, y ello gracias a San Dionisio, obispo de Alejandría, quien dejó constancia del terrible episodio en el cual ella fue brutalmente masacrada. Esto nos ha llegado a través de una carta suya a Fabio de Antioquía y cuyo extracto reseñó San Eusebio en su Historia Eclesiástica (VI, 41). En ella se da cuenta de una revuelta popular que tuvo lugar en Alejandría durante el último año del reinado del emperador Filipo (244-249). Dionisio describe así el suceso:
“La persecución entre nosotros no comenzó con el edicto imperial, sino que se le adelantó un año entero. Una adivino y hacedor de maldades de esta ciudad tomó la delantera, azuzando contra nosotros a las turbas paganas y encendiendo su ingénita superstición. Excitados por él y con las riendas sueltas para cometer toda clase de atrocidades, no hallaban otra manera de mostrar su piedad para con sus dioses sino asesinándonos a nosotros”.[1]

La violencia se volvió, en efecto, contra la comunidad cristiana, y se dieron graves ataques, matanzas y atropellos contra los cristianos, al tiempo que el saqueo se extendía por toda la ciudad. Se asaltaron las casas, se linchó a los propietarios, se masacraba a quienes no accedían a convertirse a la fe. En este baño de sangre, Dionisio nos da nombres propios de algunos mártires: el anciano Serapión, a quien apalearon hasta la muerte, u otro anciano, Metrano, al que sacaron los ojos y mataron a pedradas, o la matrona Quinta, a la que arrastraron atada a la cola de un caballo por toda la ciudad hasta destrozarla. También habla de otras mujeres mártires (Mercuria, Dionisia, Amonaria) de diferentes edades y condiciones, que fueron torturadas y ejecutadas igualmente por su resistencia a apostatar.

Martirio de la Santa. Grabado de Antonio Tempesta (ca. 1600) en la obra “Imagini di molte SS. vergini Romane nel martirio”. Istituto Nazionale per la Grafica, Roma (Italia).

Entre todos ellos brilla de un modo especial la figura de Apolonia, una anciana diaconisa que debía ser conocida y admirada en su entorno, a juzgar por los elogios que Dionisio le dirige. Parecía que su vida había sido intachable, que había predicado el Evangelio al pueblo y que, además del destacado papel que le proporcionaba su cargo [2], parecía haber protagonizado algún altercado en la ciudad en que algún ídolo pagano habría acabado destruido. Sólo un odio enconado y cultivado contra ella podría dar explicación del brutal trato al que fue sometida. “Prendieron a la admirable virgen, anciana ya, Apolonia, a la que le rompieron a golpes todos los dientes y le destrozaron las mejillas”.[3]

Se ha querido ver en este salvaje martirio de la Santa –a la que destrozaron a pedradas la boca, rompiéndole dientes y mandíbulas- un ataque particular hacia su función de diaconisa y predicadora, castigando el instrumento corporal del que se había servido para sus prédicas.[4] Después de haberse ensañado brutalmente con ella, sigue relatando el obispo, la sacaron a rastras de la ciudad decididos a hacerla pasar por un último suplicio.
“Encendieron una hoguera a la entrada de la ciudad y la amenazaron con abrasarla viva, si no repetía a coro con ellos las impías blasfemias lanzadas a gritos”.

Ante las llamas, Apolonia vaciló un instante, y pensaron que lograrían hacerla apostatar, porque ya había sido bastante horroroso soportar el tormento en la boca, como para ahora soportar la muerte siendo quemada viva. Pero inesperadamente ella se escapó de manos de sus verdugos y se arrojó voluntariamente a la hoguera, de modo que en poco rato fue consumida por las llamas. “Quedáronse los paganos boquiabiertos y conmocionados, al ver que aquella admirable mujer había sido más  rápida en ir a la muerte que ellos en dársela.”

Martirio de Santa Apolonia. Relieve neoclásico tallado en madera de una iglesia francesa.

Martirio de Santa Apolonia. Relieve neoclásico tallado en madera de una iglesia francesa.

Esta reacción de Apolonia no sólo conmovió a los paganos, sino que también los cristianos quedaron conmocionados por el episodio. Se ha llegado a decir que esta actitud de la mártir, que se adelantó la muerte ella misma, es la de una suicida, y hasta circuló durante cierto tiempo un bulo según el cual las iglesias ortodoxas orientales no la venerarían por tachar de suicidio su martirio voluntario, lo cual no es cierto ya que esta mártir es venerada universalmente por católicos y ortodoxos, así como otras mártires que también se dieron muerte a sí mismas (Pelagia, Domnina, Verónica, Proscudia, etc.) Sobre este tema y haciendo concreta referencia a Santa Apolonia, dice San Agustín que si la mártir se prestó voluntariamente a la muerte, fue para evitar cometer pecado (“De civitate Dei” I, 26). Es decir, que la anciana diaconisa, temiendo no tener más fuerzas para seguir soportando tormentos peores o flaquear ante la muerte por el fuego, se entregó a las llamas para evitar ser doblegada. Lo cual es humanamente comprensible ante el extremo terror y sufrimiento que debió experimentar en las últimas horas de su vida.

Éstas son las noticias que tenemos de tan ilustre mártir, y es un privilegio que haya llegado hasta nosotros un relato tan depurado, de boca de alguien que fue testigo indirecto de los hechos –Dionisio se había ocultado lejos de la ciudad cuando la revuelta- pues no estuvo presente, lo que le hubiese costado la vida, pero si oyó el relato de boca de quienes lo vieron. Es por eso de que nadie puede dudar de la existencia de la Santa y de la veracidad de los detalles de su martirio.

Presunta mandíbula de la Santa. Catedral de Brindisi (Italia).

Por esto, resulta gratuito decir que las leyendas que se han redactado posteriormente sobre ella no tienen credibilidad alguna, pues se basan simplemente en la ampliación fantasiosa de estos datos testimoniales: que si era hija de una familia rica y vivía en una mansión, o hija de rey y éste la había matado, o divorciada de un esposo maltratador, que si un prefecto se había enamorado y había intentado casarse con ella, que si los dientes le habrían sido extraídos con tenazas, que si las llamas no la habían quemado y habían tenido que golpearla varias veces con la espada… y la más llamativa de todas, que si era joven y hermosa, cuando Dionisio dice claramente que era una mujer anciana.[5] Esta representación equívoca de la mártir ha sido trasladada al arte, donde pocas veces aparece representada como realmente era, una mujer de avanzada edad, salvo contadas excepciones. Parece sin embargo que resulta más romántico y conmovedor si la víctima sacrificada está en la flor de la vida, de ahí que haya prevalecido la representación artística de una Apolonia joven y bella. Sin embargo, es de sentido común entender que, teniendo el testimonio de Dionisio, sobran todas las passios y las leyendas posteriores.

Sobre las reliquias de la Santa ya he hablado en un artículo anterior, cuya lectura recomiendo para no extenderme mucho más aquí. Simplemente resumir que, aunque es posible que algunas cenizas y huesos calcinados de la mártir pudieran ser recogidas por la comunidad cristiana después de que la hoguera se extinguiera, no tenemos constancia de ningún lugar de sepultura ni veneración de estas reliquias, por lo que también es posible que los restos fueran dispersados por sus verdugos. Aunque existen una infinidad de reliquias atribuidas a la Santa, son todas falsas: no tienen un lugar de procedencia concreto, no han sido reconocidas y la exageración de supuestos dientes de la Santa contribuye a confirmarlo. Hoy en día, son básicamente una curiosidad, pero sin la menor validez.

Relicario de la Santa sacado en procesión en la ciudad de Tournai (Bélgica)

Relicario de la Santa sacado en procesión en la ciudad de Tournai (Bélgica)

El culto de la Santa se difundió mucho antes por Oriente que por Occidente, como patrona indiscutible contra los dolores de muelas y de cabeza –por aquello de que un dolor o mal en los dientes se transmite fácilmente a la cabeza- y así fue invocada durante siglos. Con la aparición de la odontología moderna y de anestésicos potentes, la popularidad de la Santa empieza a caer hasta ser prácticamente olvidada, aunque actualmente algunas asociaciones de odontólogos siguen celebrándola como patrona. Se la conmemora tal día como hoy, 9 de febrero, en que está inscrita en la mayoría de Martirologios, salvo el de Floro, que la puso el 20 de este mismo mes.

En Roma se le dedicó una iglesia que estaba junto a la Basílica de Santa Maria de Trastevere, pero que ya no existe. Sin embargo existen infinidad de iglesias y oratorios dedicados a ella en toda Europa, así como representaciones estatuarias y escenas de su martirio, que se hizo inmediatamente famoso por su extrema crueldad. Habitualmente aparece portando unas tenazas y un diente aprisionado en ellas.

Meldelen


[1] Alejandría, crisol de culturas y de pensamientos, ya era una ciudad conflictiva antes de la aparición del cristianismo, pues se mezclaban en ella la religión griega y romana, la cultura helenística y diversas escuelas filosóficas, así como la religión judía y las religiones politeístas de los antiguos egipcios, que ya iban pintando más bien poco en aquel panorama. Con la aparición del cristianismo, esto se complicó todavía más, dando lugar a una permanente situación de difícil coexistencia, que estallaba frecuentemente en violentos episodios (no olvidemos que, siglos después, la filósofa pagana Hipatia, ante su resistencia a bautizarse, sería brutalmente masacrada por un grupo de cristianos exaltados).
[2] El diaconado femenino desaparecerá posteriormente, al radicalizar la Iglesia sus posturas patriarcales y relegar a la mujer a un papel pasivo, excluyéndola definitivamente de la jerarquía eclesiástica y la administración de los sacramentos, salvo algunos casos excepcionales.
[3] Pero, ¿era realmente diaconisa? Este pasaje –virgo presbytera– ha sido traducido tanto como «anciana virgen» como «virgen diaconisa». ¿Cuál es la traducción correcta? ¿Era anciana o era diaconisa? Si era diaconisa, seguro era más cercana a la madurez que a la juventud (ver nota 5), pero si era simplemente anciana, podía ser diaconisa, o no. ¿A qué se refería Dioniso? La mayoría de interpretaciones asumen ambas vertientes  -anciana y diaconisa- pero podría tratarse de un término excluyente.
[4] Con este destrozo bucal, la mártir gana su patronazgo posterior sobre los males dentales y bucales para los que se la invoca.
[5] Y en efecto, en la primitiva Iglesia los cargos de diaconisa eran sólo concedidos a mujeres maduras con larga experiencia, como son las ancianas.

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