Martyr: Exempla maiora

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Grabado de la portada del libro “Roma subterranea novissima / opera et studio Paulus Aringh” - Romae: expensis Blasij Diversini & Zanobij Masotti, 1651. Biblioteca Palafoxiana de la Secretaría de Cultura del Estado de Puebla, México.

El cristianismo desde sus inicios ha generado una serie de debates acerca de su formación y desarrollo como movimiento religioso y político; su ascenso de secta marginal a religión oficial en las postrimerías de Imperio Romano obedece a una serie de razones y demandas surgidas de una sociedad convulsa y heterogénea.

La historia del cristianismo está marcada en sus albores por el periodo de persecución sufrido por sus primeros adeptos en tiempos del Imperio Romano. En un inicio la persecución únicamente se basó en la negativa de los cristianos de dar culto al Estado, por negarse a adorar a los dioses y al emperador, considerado un crimen mayor al Imperio, sin poder inculpárseles mayores faltas; sin embargo el aumento de fieles fue previsto como un peligro latente para la hegemonía romana.  Emperadores como Decio, Valeriano, Galerio y Diocleciano  tuvieron la intención de provocar la desaparición de la nueva religión con persecuciones que no fueron sistemáticas ni ininterrumpidas hasta el año 250, si no que tuvieron carácter local, discontinuo y esporádico dándole oportunidad a los cristianos de re agruparse y organizarse de nuevo entre cada periodo.

Hacia el año 300 el cristianismo cobraba cada vez más fuerza y éstos comenzaron a dejar de ser sujetos de la masa popular para convertirse en parte de la sociedad romana, teniendo puestos militares, cercanos al emperador y su séquito. Esta situación generó finalmente su aceptación y el despojo de su significación clandestina y sectaria. El Edicto de Milán, proclamado por Galerio en el año 313, es el documento en el que se declara la tolerancia religiosa para cristianos y otras creencias. Este edicto es posterior a la conversión al cristianismo de Constantino en el año 312, evento que daría pauta a que paulatinamente se consolidara como la religión oficial del Imperio, integrado al aparato político y reconocido como institución, con su consecuente otorgamiento de privilegios.

El objeto de este artículo es hacer una revisión muy general al periodo de las persecuciones, para resaltar el papel del mártir como elemento importante para las construcciones eidéticas cristianas y las diferentes manifestaciones que posteriormente generaría en el culto. El mártir es un trascendental sujeto histórico investido con varias cargas: la religiosa, la propagandística y la simbólica; develar su papel como herramienta del cristianismo es primordial para comprender las expresiones que inclusive el día de hoy, continúa generando.

Breve esbozo de las primeras persecuciones cristianas:

Ya en tiempos de Nerón, los cristianos fueron perseguidos y sacrificados como lo atestigua el  historiador Tácito Cornelio, quien lo acusa de culpar a los cristianos por el gran incendio del año 64. Con este evento se inicia la primera gran persecución que culminaría en el año 68:

Martirio de Santa Juliana. Autor desconocido. S.XVIII. Óleo/tela. Camarín de la Virgen de la Soledad del templo conventual de Nuestra Señora de la Soledad y del corazón transverberado de Santa Teresa, Puebla (México).

Para cortar por lo sano los rumores públicos, Nerón inventó los culpables, y sometió a refinadísimas penas a los que el pueblo llamaba cristianos y que eran mal vistos por sus infamias. Su nombre venía de Cristo, quien bajo el reinado de Tiberio había sido condenado al suplicio por orden del procurador Poncio Pilato.

Primeramente fueron arrestados los que hacían abierta confesión de tal creencia. Después, tras denuncia de estos, fue arrestada una gran muchedumbre, no tanto porque acusados de haber provocado el incendio, sino porque se los consideraba encendidos en odio contra el género humano.

Aquellos que iban a morir eran también expuestos a las burlas: cubiertos de pieles de fieras, morían desgarrados por los perros, o bien eran crucificados, o quemados vivos a manera de antorchas que servían para iluminar las tinieblas cuando se había puesto el sol. Nerón había ofrecido sus jardines para gozar de tal espectáculo, mientras él anunciaba los juegos del circo y en atuendo de cochero se mezclaba con el pueblo, o estaba erguido sobre la carroza…[1]

Edward Gibbon, escribe en la introducción a su Historia del declive y ocaso del Imperio Romano, que del año de 112 proviene el primer informe oficial romano sobre los cristianos, la carta de Plinio el Joven, gobernador de la provincia de Bitinia en el mar Negro, a Trajano; en ella decía al emperador que había mandado a ejecutar algunos cristianos que no eran ciudadanos romanos –por negarse a adorar a los dioses del Estado-  y a otros los envió a Roma para ser procesados. La famosa respuesta del emperador Trajano es la primera reglamentación fundada en el derecho público para los procesos de cristianos y hasta mediados del siglo III, el faro que guió la política de los emperadores siguientes: no entrar en denuncia anónima, no llevar a cabo ninguna campaña general de apresamiento e investigación, pero actuar a instancias de una acusación individual ajustada al derecho, para dejar en libertad a los que abjuran, los que ofrecen oraciones a los dioses y castigar sólo a los contumaces.

Cabe recalcar que la supuesta ofensa cometida por los cristianos se estructuraba la política establecida por César a prohibir todas las asociaciones en el año 7 a. de J. C.:

Quienquiera establezca una asociación sin autorización especial, es pasible de las mismas penas de aquellos que atacan a mano armada los lugares públicos y los templos. [2]

Martirio de Santa Úrsula. Autor desconocido. S.XVII. Óleo/tabla. Basílica menor de Nuestra Señora de la Soledad. Oaxaca, México.

Por otro lado, más allá de la prohibición de asociación, la falta de los cristianos adquiría gravedad en su negativa a adorar a los ídolos y hacerles sacrificios; esta acción fue vista como sacrílega y subversiva por el aparato administrativo quien personificaba en el Emperador y en el Estado una religión única e innegable. Como ya se mencionó anteriormente, Trajano no toma acciones drásticas contras los cristianos, pero establece la legislación a la que serían sujetos durante las siguientes persecuciones.

Marco Aurelio, el emperador que sucedió a Adriano, quien a su vez sucedió a Trajano; fue un encarnizado perseguidor de los cristianos, interpretó su doctrina como un conjunto de supersticiones que enseñaba a los hombres a despreciar la ley y el conocimiento desdeñando el saber filosófico y ético. Durante su reinado, Atenágoras y Justino, así como los alejandrinos Clemente y Orígenes  se mostraron favorables a la filosofía helénica y la utilizaron a favor del cristianismo; por ejemplo Justino fue el único apologista con formación filosófica, argumentaba contra la burla de los intelectuales, la opresión por el Estado y las controversias de los heréticos. En este periodo se puede hablar, de una discusión filosófica y ontológica en torno al cristianismo, que trataba de defenderse ante los embates romanos que lo denunciaban como doctrina neófita y carente de reflexión.

Posteriores emperadores con gobiernos de corta duración como Septimio Severo (193-211), Alejandro Severo y Maximino el Tracio (235-238) también condenaron a los cristianos, quienes comenzaron a formar parte de la sociedad romana infiltrándose en puestos y cargos influyentes; sin embargo habría que esperar hasta el gobierno del emperador Decio (249-251) para que se desencadenara la primera persecución sistemática contra la Iglesia, con la intención de desarraigarla definitivamente. Durante este periodo, que termina con la muerte de Decio, se intentó unificar el Imperio por medio del fortalecimiento de la religión del Estado, en la que se obligó a todos los habitantes a realizar sacrificios ante los dioses para obtener certificados. Esto significó un duro golpe para las comunidades cristianas, que se vieron fraccionadas en donde miles murieron denunciados por negarse a rendir culto a los dioses paganos.

En el año 284, después de una brillante carrera militar, fue aclamado emperador el soldado Diocles, autonombrado Diocleciano, quien emprendió la última guerra de exterminio del imperio contra el cristianismo. Al inicio de su gobierno, la comunidad cristiana gozó de una relativa paz que le permitió conseguir puestos gubernamentales e incluso pertenecer a los mayordomos y sirvientes del propio emperador, grandes iglesias fueron edificadas y nuevos centros de reunión inaugurados. El inesperado giro de Diocleciano acerca del cristianismo es aún debate actual entre los historiadores del periodo; quizá el creciente avance e influencia que tuvo en los primeros años de su gobierno pareció ante el emperador una señal inequívoca de ambición hegemónica, lo que desencadenó su política exterminadora.

San Satrapio mártir. Corposanto extraído de las catacumbas de santa Priscila en 1828. Catedral de Puebla, México.

Sin embargo, fue el césar Galerio quien puso término en 303 la política de tolerancia de Diocleciano. Cuatro edictos consecutivos (febrero del 303- febrero del 304) impusieron a los cristianos la destrucción de las iglesias, la confiscación de los bienes, la entrega de los libros sagrados, la tortura hasta la muerte para quien no sacrificara al emperador. Varias acusaciones de derecho común se ponían en juego para agobiar a los fieles: religión ilícita, sociedades secretas, lesa majestad, negativa de obediencia, negligencia en el cumplimiento de los deberes de la vida pública y privada.

A comienzos del siglo IV, después del fracaso de la persecución de Diocleciano, el Estado comprendió que los cristianos eran ya demasiado numerosos para conseguir algo con violencia y las circunstancias lo precipitaron. En el año 311, Galerio reconociendo la inutilidad de sus esfuerzas  y obligado a ceder antes los problemas que le planteaba la obstinación de la Iglesia, publicó el Edicto de Milán en el que se proclamaba la tolerancia de cultos. Con este documento terminaron oficialmente las persecuciones cristianas e iniciaría el ascenso de la Iglesia como institución del aparato administrativo del Imperio.

El mártir cristiano de los primeros tiempos:

El cristianismo respondía a una alta necesidad histórica, como término del mundo antiguo y ruptura con él. Tres siglos habían impreso una forma sólida a la vida y doctrina de los cristianos; la amenaza constante y las frecuentes persecuciones la habían capacitado para soportar las más graves escisiones.

Una vez contextualizados, surge la pregunta básica que sustenta esta reflexión, ¿Quiénes eran estos personajes anónimos? y ¿Por qué representaron una de las bases más solidas para el culto?, ¿El cristiano del Imperio era por antonomasia un mártir? Para algunos historiadores del periodo la respuesta es afirmativa, ser cristiano significaba en determinadas circunstancias  estar dispuesto a dar testimonio a favor de la fe mediante padecimiento, tortura y la muerte. Así el martirio por Dios es el móvil de la manifestación más idealizada de la fe y una manera certera de alcanzar las promesas de salvación.  Aquí cabe señalar la fuerte connotación escatológica de la doctrina cristiana en la que la muerte es un feliz tránsito porque permite el fin último, que es la contemplación divina y la vuelta al Padre. El mártir, entonces es el sujeto que alcanza el estado ideal libre del pecado y las inmundicias de la carne, libre de la envoltura material se convierte en testigo mismo de la fe y establece un puente entre el mundo terrenal y el mundo espiritual, así se convirtió en los ideales luminosos de la vida; surge un verdadero culto en torno a sus sepulturas y su valimiento ante Dios representa una de las mayores esperanzas de los cristianos.

El rasgo más sobresaliente de este sujeto, es que genera toda una serie de importantes expresiones que más tarde constituirían elementos claves del culto cristiano: el culto a los santos como intercesores y modelos de vida; el culto a sus reliquias, un fenómeno que de modo incipiente surge en este periodo y que va a desarrollarse y adquirir fuerza durante los periodos subsecuentes del cristianismo; su representación artística como elemento discursivo, doctrinario y educativo; y por último, las devociones mismas que se convertirían en rasgos de identidad, ligándolos a patronazgos de ciudades, oficios, figuras de poder e inclusive fenómenos políticos.

Martirio de santa Blandina. Autor desconocido (S. XVIII). Óleo/tela. Colección del Museo Nacional del Virreinato. Tepotzotlán, México.

A pesar del dramatismo de las ejecuciones y los miles sacrificados, los martirios se convirtieron en un fuerte medio propagandístico de la fe cristiana. El cristiano moría con gusto, en una repetición simbólica del sacrificio de Cristo. Téngase por ejemplo, las célebres palabras que Tertuliano lazó como desafío a los perseguidores: sanguis martyrum semen christianorum, La sangre de los mártires es simiente de los cristianos. Todas estas muertes, eran recopiladas por notarios en actas con la transcripción de los procesos verbales y redactados por las autoridades romanas para ser conservados en los archivos oficiales. En estas actas se detallaban los actos del proceso, señalando especialmente el interrogatorio por medio de notas o signos de abreviación, finalmente se traducían a lengua vulgar y pasaban a los archivos judiciales. Para los cristianos estas actas eran relatos piadosos en los que se regodeaba la fortaleza de la fe y la valentía de los creyentes, por ello muchas veces se convirtieron en narraciones legendarias, que fueron recogidas y conservadas como testimonio vivo.

Ya en los albores de la edad media, los mártires adquieren un papel preponderante como testigos de Cristo y sus virtudes fueron admiradas como símbolo del triunfo sobre la muerte. Es en este periodo que los relatos de las vidas de los santos mártires adquieren tintes legendarios que se mezclan con la historia, muchos comienzan a ser asociados con patronazgos derivados de sus instrumentos de martirio y numerosas cofradías, iglesias y poblaciones se cobijan bajo sus nombres.

Los hagiógrafos desde los albores del cristianismo se han dedican a recopilar las vidas de estos santos y tenemos como ejemplo los menologios bizantinos, los sinaxarios, los martirologios romanos y la obra hagiográfica que quizá sea la mas célebre recopilación de leyendas piadosas en torno a los santos y desde luego, la más influyente en la iconografía pictórica y escultórica de los mismas: la Legenda Aurea o Lombardica historia, traducida como Leyenda Dorada, escrita por el dominico Santiago de la Vorágine a mediados del s. XIII. Estas y muchas obras más, tanto antiguas como contemporáneas simbolizan la necesidad constante durante la historia del cristianismo, de rescatar y ensalzar la figura de los santos mártires como intercesores ante Dios, téngase como ejemplo la normatividad publicada acerca de ellos en el Concilio de Trento:

Instruyan también a los fieles en que deben venerar los santos cuerpos de los santos mártires, y de otros que viven con Cristo, que fueron miembros vivos del mismo Cristo, y templos del Espíritu Santo, por quien han de resucitar a la vida eterna para ser glorificados, y por los cuales concede Dios muchos beneficios a los hombres. [3]

Esta observancia continúa aconsejándose hasta nuestra actualidad inmediata, por ejemplo en el Concilio Vaticano II celebrado en Roma, en 1965. En la sección Sobre la sagrada liturgia, apartado [Las fiestas de los santos] punto III.  menciona lo siguiente:

De acuerdo con la tradición, la Iglesia rinde culto a los santos y venera sus imágenes y sus reliquias auténticas. Las fiestas de los santos proclaman las maravillas de Cristo en sus servidores y proponen ejemplos oportunos a la imitación de los fieles. [4]

De esta manera podemos constatar que en la figura del mártir se planteó transformación de la imagen de la muerte para el cristiano y un refuerzo fe: la muerte es dolor, pero también gozo y en el caso de los mártires, la muerte es el móvil de su consagración.

Lápida de san Herculano mártir. Corposanto extraído del cementerio de san Hipólito en 1832. Catedral de Puebla, México.

Por tanto podemos concluir este artículo mencionando lo siguiente, el mártir cristiano, como sujeto histórico sufrió una transformación sustancial:  En un primer momento, es un actor social que forma parte de un movimiento religioso,  un cristiano de los primeros tiempos, un creyente militante de una fe que lucha por encontrar un lugar dentro de la sociedad romana; posteriormente es un perseguido del Imperio del que es ciudadano pero que a través de su religión falta del gobierno al que está sujeto; después un criminal a los ojos del Emperador pero un mártir ante sus coetáneos cristianos; posteriormente, para la tradición un santo, un testigo de Cristo y un intercesor entre Dios y los creyentes. Para la sociedad medieval es un patrono que protege a los niños, las mujeres, los campesinos, los carpinteros, zapateros, músicos, artilleros, militares, reyes y ladrones etc. En subsecuentes periodos el mártir es ya leyenda, es inspirador de obras de arte, es objeto de apologías, disertaciones acerca de sus virtudes y de ejemplo moral y espiritual. Su anonimato finalmente se funde ya que su historia es una construcción que se generó a través del tiempo y finalmente se convirtió en dulía y móvil de lo divino.

Su importancia entonces se articula en varios ejes: el social, el psicológico y el espiritual. El mártir es inicio y fin del mensaje de salvación presentado por el cristianismo, en el que el sacrificio es la más alta demostración de fe.

MontseB

Bibliografía

Fuentes escritas

  • BURCKHARDT Jacobo, Del cristianismo al paganismo, México, Fondo de Cultura Económica, 1996, 437 pp.
  • Concilio Vaticano II, Constituciones, decretos, declaraciones. Documentos pontificios complementarios. Madrid, Editorial Católica, 1965, p.197
  • DE LA VORÁGINE Santiago, La leyenda dorada I, España, Alianza Forma Editorial,1996, 498 pp.
  • GUIGNEBERT Charles, El Cristianismo Antiguo, México, Fondo de Cultura Económica, 1956, 206 pp.
  • KÜNG Hans, El cristianismo, esencia e historia, Madrid, Editorial Trotta, Colección estructuras y procesos,  Serie Religión, 2006, 950 pp.
  • PUENTE Ojea Gonzalo, Ideología e Historia, Formación del cristianismo como fenómeno ideológico, España, Siglo veintiuno editores, 1976, 400 pp.
  • REAU Louis, Iconografía del arte cristiano, iconografía de los santos de la A- F, España, Ediciones del Serbal, 1998, pp. 567, Tomo II, Volumen 5.
  • SÁNCHEZ Reyes Gabriela, Relicarios Novohispanos a través de una muestra de los siglos XVI al XVIII. Tesis para obtener el grado de Maestro en Historia del Arte de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de México. 2009.


[1] Charles Guignebert, El Cristianismo Antiguo, México, Fondo de Cultura Económica, 1956, p.169

[2] Hans Küng, El cristianismo, esencia e historia, Madrid, Editorial Trotta, Colección estructuras y procesos,  Serie Religión, 2006 p.147.

[3] Roma Æterna, consociato cvltvralis. Versión online

[4] Concilio Vaticano II, Constituciones, decretos, declaraciones. Documentos pontificios complementarios. Madrid, Editorial Católica, 1965, p.197

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