Beata Eusebia Palomino Yenes, virgen salesiana

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía de la Beata vistiendo el hábito salesiano.

Hoy quiero escribir sobre una Beata muy querida para mí, muy venerada en mi provincia, con cuyo proceso estuve muy vinculado y a cuya beatificación asistí especialmente invitado. Se trata de la Beata Eusebia Palomino Yenes, virgen salesiana.

Nació en Cantalpino (Salamanca) el día 15 de diciembre de 1899 en el seno de una familia muy, pero que muy pobre. Sus padres: Agustín Palomino, hombre de gran bondad y dulzura, pero de salud muy débil y Juana Yenes de Villaflores, mujer muy activa. El padre era trabajador del campo, bracero, que trabajaba en las tierras de los propietarios terratenientes. Su esposa, a veces, también trabajaba en el campo y cuando este trabajo faltaba, vivían de la caridad, pidiendo limosnas en su pueblo y en los de la comarca. Tuvieron cuatro hijos y Eusebia era la tercera. Con apenas seis años de edad tuvo que acompañar muchas veces a su padre pidiendo limosna, ignorante de lo que eran las humillaciones que recibía algunas veces su padre, pero disfrutando con las caminatas por los senderos del campo, correteando junto a su padre en plena naturaleza. Cuando llegaban a un pueblo, ella siempre sonriente pedía inocentemente “un poco de pan, por amor de Dios”. Sus padres, aunque muy pobres, eran muy piadosos e inculcaron a sus hijos desde muy pequeños la piedad y la oración. A ella, cosa de niños, le gustaba muchísimo jugar y ella misma con ventiocho años, ya en Valverde del Camino (Huelva) escribe a sus padres diciéndoles:”Queridísimos padres, no he variado nada; soy siempre la misma, alegre y juguetona, siempre dispuesta a correr y hasta a subirme a los árboles”.

En el año 1906, con seis años, entró en la escuela nacional de niñas de Cantalpino, pero estuvo muy poco tiempo porque inevitablemente tenía que ayudar a sus padres. Recomiendo leer el libro de Sor Domenica Graciano: “Un carisma en la estela de Don Bosco: Sor Eusebia Palomino”, porque narra con muchísimos detalles innumerables episodios de su niñez y cómo pasó de mendigar a sirvienta, terminando como monja salesiana. Es un libro de unas trescientas páginas y os aseguro que se lee de un tirón. Con ocho años de edad hizo la Primera Comunión y con una clarividencia impropia de su edad, se ofrece totalmente a Jesús como “don al igual que Isaac iba a ser ofrecido por Abrahán”. Daba pruebas de una madurez precoz. ¡Lo que enseña la necesidad! Ya siendo niña se dedica a cuidad a los niños de algunas familias del pueblo mientras los padres iban a trabajar al  campo.

Con doce años se va a Salamanca con su hermana Dolores, la mayor de los cuatro y se pone a servir como niñera. Los domingos por la tarde iba al oratorio festivo de las Hijas de Maria Auxiliadora. Allí conoció a las religiosas salesianas, las cuales le piden su colaboración para ayudar a la comunidad. Ella aceptó gustosa enseguida: ayudaba en la cocina y en la limpieza de la casa, acarreaba la leña, lavaba y tendía la ropa, acompañaba a las alumnas a la escuela estatal y hacía cuantos recados le encomendaban las monjas.

Pero el verdadero secreto de Eusebia era ser salesiana ella misma. Decía:”Si cumplo con diligencia mis deberes, tendré contenta a la Virgen Maria y así un día podré ser hija suya dentro de este Instituto”. Pero como era muy pobre y prácticamente analfabeta no se atrevía a pedirlo. Un día llegó a Salamanca el inspector salesiano Don José Binelli y Eusebia preguntó si podría hablar con él. Le dijeron que si. Cuando ella se presentó, Don José le preguntó a quemarropa: “Tú quieres ser hija de María Auxiliadora, ¿verdad?” Ella, atónita, dijo “Sí, señor inspector” y él, sacando un libro del bolsillo y poniendo su mano sobre la cabeza de Eusebia, recitó unas oraciones en latín, la bendijo y le dijo: “Ahora eres enteramente toda de María y ella te guiará y te ayudará. Yo rezaré por ti”. Ella se fue más contenta que unas pascuas. Entonces se lo dice a la superiora, que le dice que no se preocupe por nada y que decide admitirla en nombre de la Madre General y así, el 5 de agosto de 1922 comenzó el noviciado en Sarriá (Barcelona).

Allí alterna la oración con el estudio y el trabajo y después de dos años de novicia, en 1924 se consagra a Dios con los votos de pobreza (siempre fue pobre), castidad (siempre fue virgen) y obediencia (también siempre lo había sido). En el noviciado fue compañera de la Beata Amparo Carbonell, martirizada en el año 1936 y más tarde, en Valverde, también estuvo bajo la dirección de otra Beata mártir, Sor Carmen Moreno. Fue destinada a Valverde del Camino (Huelva); tenía venticuatro años y al despedirse de su mejor amiga en el noviciado, le dijo:”Hagámonos santas; todo lo demás es perder el tiempo”. Llegó a Valverde el día 24 de agosto de 1924 y en la estación del tren la esperaban unas jóvenes valverdeñas del colegio, que cuando la vieron bajar, quedaron desilusionadas. Bajaba una monja menuda y frágil, insignificante y hasta con un nombre feo: Eusebia.

Anterior sepulcro de la Beata, cuando todavía era Venerable. Colegio de las Hermanas Salesianas de Valverde del Camino, Huelva (España).

A la mañana siguiente, Sor Eusebia ya estaba en su lugar de trabajo: se ocupó de la cocina, de la portería, de la ropa, del cuidado del pequeño huerto del colegio y de la asistencia a las niñas en el Oratorio Festivo, vamos, de todo. Aquí quiero decir que es la única santa que ha escrito un libro de cocina; dicho libro está editado. En Valverde se cuentan innumerables anécdotas que hacen que ella, poco a poco, se vaya ganando no solo a las niñas del colegio, sino a todo el pueblo. Ella dice: “Soy feliz al estar en la Casa del Señor todos los días de mi vida”. Y esta es la situación real, el verdadero sentir del espíritu de esta monjita débil físicamente, pero fuerte, pequeña de estatura, pero de enorme grandeza. Esto la impregna profundamente hasta el tuétano, como dicen las Escrituras y hace que ella interiormente viva en las más altas esferas del amor a Dios y al prójimo. Las niñas del colegio muy pronto se sintieron atraídas por las narraciones que les contaba Sor Eusebia: relatos de misioneros, de vidas de santos, episodios de la devoción a la Virgen y anécdotas de Don Bosco. Ella tenía una memoria prodigiosa, un atractivo gracejo para contarlas y una sencillez angelical. Dije antes que de ella se cuentan muchas anécdotas; voy a referirme a algunas:

– El hermano de una de las niñas del colegio estaba en la guerra de Marruecos. Su madre no tenía noticias y estaba desconsolada. Sor Eusebia le dice: “No llore, su hijo está bien y hasta ha ganado cinco kilos de peso, trabaja como telefonista y le ha escrito tres cartas que aun usted no ha recibido”. Eso lo dijo un lunes santo. El miércoles santo, el cartero le  trajo a la madre tres cartas juntas que confirmaba todo lo dicho por Eusebia. Yo personalmente he hablado con esa niña, ya una anciana, que me ha contado en persona esta anécdota que ahora cuento yo.
– La huerta era un vergel y el agua había que traerla de una fuente pública, ya que el pozo del huerto estaba seco. Sor Eusebia consiguió que se llamara a un pocero para profundizar el pozo garantizando que se encontraría agua. El pocero bajó, cavó y tuvo que pedir ayuda a gritos para salir del pozo porque se ahogaba por el caudal que empezó a salir del fondo del pozo. En ese huerto ella plantó un naranjo y curiosamente un año da naranjas medio árbol y al año siguiente da naranjas la otra mitad del árbol y esto lo he comprobado yo mismo durante varios años seguidos. ¿Cual será la explicación? Yo no lo sé.

Vista de la capilla del Colegio de Hermanas Salesianas de Valverde del Camino, Huelva (España), presidido por el actual sepulcro de la Beata.

– Sor Eusebia le regaló su crucifijo a una joven que lo guardó. Cuando la joven se hizo mayor, se casó y se fueron a vivir a Santiago de Compostela. Su marido, estando subido a una escalera, perdió el equilibrio y cayó al suelo dándose un fuerte golpe. El médico diagnosticó fractura de columna vertebral por lo que quedaría inmóvil para siempre. La mujer, Gregoria, coge el crucifijo de Sor Eusebia, lo pasa por la espalda del marido y reza el rosario. A la mañana siguiente el marido, Antonio, se levanta de la cama y anda. El médico se asombra, no lo comprende.
– Un día quiso sembrar nardos en el huerto y le pidió unos bulbos a Josefa, la hermana del soldado de Marruecos; se los trajo y lo sembraron por la tarde en el huerto. A la mañana siguiente durante el desayuno de las monjas, dice que ha soñado con el Niño Jesús. Una hermana le dice que se deje de tonterías y hable de otra cosa. Ella se va a la portería y espera a Josefa y le dice: “Vamos al huerto”. Los bulbos sembrados la tarde anterior tenían ya flores. Las monjas si que quedaron atontadas. A mi me lo ha contado la propia Josefa.
– Una familia bienhechora del colegio estaba construyendo una casa en el paraje denominado “Los pinos de Valverde”. Estaban levantando las paredes maestras y unos densos nubarrones amenazaban un diluvio. Van a pedirle a Sor Eusebia que rece para que no llueva porque se caerían las obras. Ella le dice:”El campo necesita agua, pero rezaré”. Aquella noche llovió a cántaros. A la mañana siguiente el benefactor volvió desconsolado al campo: “La tierra estaba completamente seca, las paredes en pie y no había caído ni una sola gota sobre la casa”, decía el propio benefactor.
– Muchas veces en la cocina, al hacer de comer, se encontraba con que no había aceite o garbanzos o huevos… Iba a la capilla, rezaba y pronto llamaban a la puerta del colegio trayendo aceite…
– Otra vez en la cocina le dice a unas niñas: “Id al gallinero y recoged los huevos”. Las niñas van y vuelven diciendo que han rebuscado por todos los rincones del gallinero y que no hay ni uno. Ella les dice: “Seguro que no habéis buscado bien”. Baja al gallinero con las niñas y subieron a la cocina con el cesto lleno de huevos.

Sus temas predilectos de conversación eran sobre la Pasión de Cristo y su rezo, el rosario. Escribió numerosas cartas dando consejos, entre ellas a sacerdotes y seminaristas.

Detalle del sepulcro actual de la Beata. Capilla del colegio de las Hermanas Salesianas de Valverde del Camino, Huelva (España).

Al principio de los años treinta del siglo pasado, España vivía un período prerrevolucionario y Sor Eusebia se ofrece a Dios como víctima por el país y por la Iglesia.  Dios lo acepta y en agosto de 1932 un mal imprevisto es el primer aviso. El asma, del que padecía se hace extremadamente intolerante. En este tiempo tiene visiones de sangre. El 4 de octubre de 1934 predice la sublevación en Asturias  y las revueltas de Barcelona. A su superiora, Sor Carmen Moreno, le dice que la ve manchada de sangre y que el número seis le causará sufrimientos y penas. Años más tarde, el 6 de septiembre de 1936, Sor Carmen fue fusilada y cuando se encontró su cadáver en la cuneta de una carretera llevaba la ficha 4676. Sor Carmen fue beatificada como dije anteriormente.

La enfermedad se agrava. El médico que la asiste no sabía definir la enfermedad que, unida al asma, le acartona todos los miembros convirtiéndola en un ovillo. Los que la visitaban quedaban maravillados por su fuerza moral, su lucidez intacta y por su delicadeza y gentileza con cuantos la visitaban. Ella dice a las hermanas:”Me voy, pero daré mis vueltecitas”. Murió la noche del 9 al 10 de febrero de 1935. Tenía treinta y cinco años de edad y once años de vida religiosa. Durante todo el día y el siguiente todo el pueblo de Valverde desfila por delante del cadáver. El Ayuntamiento, republicano, pagó el entierro y un periódico republicano de la época publicó: “Ha muerto una santa”.

Fue beatificada por el papa San Juan Pablo II el día 25 de abril del año 2004. Previamente, el día 6 de marzo de ese año, en el reconocimiento canónico de sus restos, tuve el privilegio de participar activamente, ayudando al forense en el reconocimiento del cadáver, recogiendo las reliquias y realizando las únicas fotos del cadáver que se permitieron hacer y que prometí no publicar jamás. Solo añadir que como milagro para la beatificación, se admitió la pintura de un cuadro, realizado por el pintor valverdeño Manuel Parreño, que pinta con los pies. Le entregaron una foto de Sor Eusebia en blanco y negro. Sin el dibujo previo a carboncillo, pintó directamente sin tener que hacer corrección alguna y con el secado y todo, lo que normalmente se pinta en dos semanas, quedó finalizado en cuatro horas. El cuadro ha sido investigado profundamente y no se encuentra explicación alguna sobre cómo se pudo conseguir tal prodigio.

La beata Eusebia Palomino está sepultada en el colegio de las Hermanas Salesianas de Valverde del Camino (Huelva).  Su fiesta se conmemora el día 9 de febrero.

Cuadro milagroso de la Beata, obra de Manuel Parreño Rivera.

Manuel Parreño Rivera, autor del cuadro milagroso
Manuel Parreño Rivera es el autor de un cuadro de Sor Eusebia. Por lo ocurrido mientras se pintó, se considera un milagro. El cuadro se ha convertido en una parte importante del proceso de beatificación de Sor Eusebia.
Manuel no tiene manos; pinta con los pies. Estudió Bellas Artes en la Escuela «Santa Isabel de Hungría» de Sevilla. Ha cumplido 60 años en 1998 y vive en Valverde del Camino, localidad de Huelva en la que nació.  Este singular valverdeño se confesaba «ateo consumado, hombre muy reacio a las corrientes religiosas».

Al pueblo venían autocares de distintos lugares de España. Sor Eusebia era ya un auténtico tesoro custodiado con formidable cariño por los valverdeños. La fama de santidad de la humilde mendiga salmantina, que trabajó y murió en la casita salesiana del bonito pueblo de Huelva, era un imán auténtico para incontables almas necesitadas de su celeste protección. Un día, Sor María Luisa Aparicio, directora del Colegio de las Hijas de María Auxiliadora de Valverde del Camino, tuvo una luminosa idea: ¿por qué nuestro famoso pintor local no nos hace un retrato hermoso de Sor Eusebia Palomino?… Rápidamente se lo propuso al artista.

«Existía una repugnancia tal en mi fuero interno -dice el artista del que nos ocupamos- que no me permitía tomar los pinceles y la paleta para plasmar la figura de Sor Eusebia». Le entregaron una fotografía de escasa calidad, en blanco y negro. A pesar de que Manuel se había especializado en el retrato, se sentía incapaz de comenzar su obra tratándose de una persona a quien no había conocido. «La mayoría de los retratos los he hecho al natural, con la persona presente», confiesa nuestro hombre. Pero pasaba el tiempo y la gente le paraba por la calle confesándole que Sor María Luisa Aparicio no perdía la fe en que el retrato se vería acabado cualquier día…

Al encargarle el retrato, Manuel considera «enormemente difícil» llevarlo a cabo. Tanto es así que dilató el comienzo de su obra nada menos que 6 años, seis… Un Jueves Santo, el pintor salió de su casa despidiéndose de su esposa al tiempo que le dirigía alguna frase escéptica sobre el retrato de Sor Eusebia que iba a comenzar. Al llegar al estudio, encontró un lienzo de 130 por 81 cm. preparado por un alumno suyo cuatro días antes. No estaba la tela lo suficientemente tensa, ya que el aprendiz no disfrutaba todavía de la experiencia conveniente. De buenas a primeras aparece en escena un representante de una casa de lienzos de Alicante. Siempre que venía este Señor a Valverde lo hacía por razones comerciales, profesionales. Pasó por el pueblo y dijo: «Voy a acercarme al estudio de Manolo para ver si necesita algo». Efectivamente: tensó el lienzo en 10 minutos, lo dejó perfectamente, se despidió y Parreño ya no le vio más. «¿Qué ocurre aquí?… No lo sé. La verdad es que este hombre no estaba citado y se presentó» comenta el maestro valverdeño en los cinco folios que ha redactado y ha dado su consentimiento para que sean divulgados.

Detalle del sepulcro actual de la Santa. Capilla del colegio de las Hermanas Salesianas de Valverde del Camino, Huelva (España).

Sin carboncillo ni retrato previo, el artista impregna el pincel y comienza a pintar la figura. «Lo normal es corregir, dice Manuel, pero no hubo necesidad de ello». Un accidente inesperado en la elaboración del cuadro hizo que Parreño comenzara a ensartar improperios… al resbalar el pincel, una mancha cayó sobre el ojo de la retratada. El artista aparta con un dedo (no olvidemos que trabaja con sus pies al carecer de manos) esa mancha y se sobrecoge, ya que no ha necesitado de pincel alguno para corregir el retrato definitivamente. «Sentí tanto miedo que cerré la puerta y me marché a casa».

Manuel Parreño tarda normalmente unos 14 ó 15 días en acabar un retrato para que quede a su gusto. Si le presionan demasiado, puede concluirlo en 5 ó 6 días. Por eso, cuando Manuel contempló el retrato de Sor Eusebia dispuesto para ser admirado por el público después de 4 horas y media de trabajo solamente, le recorrió su espalda un repeluzno. Parreño se había encarado con la foto de Sor Eusebia: «Bueno, vamos a ver si es verdad lo que dicen de ti. No tenemos tiempo material. Yo sé que dentro de 14 días tu cuerpo va a ser trasladado al colegio. A mí me gustaría quedar bien y comprobar si tus prodigios son ciertos…»

Por aquellos días pasaron por la casa del pintor más de 400 personas. Por lo menos 50 de ellas (que habían conocido personalmente a la Hija de María Auxiliadora) declaraban la autenticidad de su expresión. «Conseguir una expresión de una persona que no se conoce, que solamente se ve a través de la fotografía -que en este caso era pequeña y en blanco y negro- es un hecho que el pintor jamás puede soñar en conseguir sin tener una referencia más amplia», afirma el maestro. «Mi interpretación del cuadro es la siguiente: concibo a Sor Eusebia en el cielo, con Dios Padre. La lectura es mensaje directo del cielo que está recibiendo Sor Eusebia. La cara refleja esa expresión radiante. Yo lo interpreto así ahora, pero no lo hice pensando en ello. Aquello salió… Yo fui el vehículo. No vamos a quitar importancia al pintor, pero es que, en realidad, yo no la quiero, no quiero esa importancia.»

«Lo confieso noblemente. Una vez que el cuadro de Sor Eusebia estuvo terminado, supe interpretar lo que allí había. Es decir, estoy diciendo esto para que la gente vea que yo no pensé en aquello. No estaba concebido por mí.»
«Todo el mundo lo sabe. Yo he vivido siempre al margen de todo tipo de religión. Ser protestante, ortodoxo, católico o testigo de Jehová, a mí me tiene un poco sin cuidado. Yo he vivido siempre libre.»

«Antes vivía en una constante tensión y hoy estoy relajado, con una paz extraordinaria y esto se produce a raíz de pintar el cuadro de Sor Eusebia. Esto lo puedo confesar noble y gallarda y humanamente…»
«Estaría dispuesto a manifestar la verdad de lo que me ha sucedido ante los Tribunales, si fuese menester.»

Antonio Barrero

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