María Santísima, Reina de todos los santos (II)

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Icono de la Virgen (año 1900). Iglesia de San Elías, Sama.

Iniciamos en enero un nuevo apartado que titulamos “María Santísima, Reina de todos los santos”. En aquel primer artículo hablamos de las referencias a la Santísima Virgen en el Antiguo Testamento y hoy vamos a hablar de lo que de Ella se dice en el Nuevo Testamento.

Son varios los textos neo-testamentarios (Evangelios, Hechos y Apocalipsis) que hablan de Ella, siempre asociándola íntimamente a Cristo, su Hijo, en las tres etapas de su vida: la privada, la pública y la gloriosa. Como es lógico, no puede ser de otra manera ya que la importancia de María le viene de su Hijo.

Durante la vida privada de Cristo:
La primera mujer que llevó ese nombre fue la hermana de Moisés (Miriam) y en los tiempos de Cristo era un nombre muy común entre las mujeres hebreas, por lo tanto, María tenía un nombre, que de por sí, no la distinguía de ninguna otra mujer. Sobre el significado de este nombre hay muchas interpretaciones y de este tema, son numerosos los autores que han escrito. Los significados más probables parece que son cuatro: “bella” (del verbo hebreo mârâ), “rebelión” (del verbo hebreo “mârâh” y que se interpreta como la rebelión de María contra el demonio (!!), “amarga” (del verbo “mârar”, que significa «estar amargado» o en sentido moral «estar dolorido», o sea, “La Dolorosa”) y “amada de Dios” (del nombre egipcio “mry” y del hebreo “iam”, o sea Miriam). Este último significado es el más aceptado por todos ya que parece como el más apropiado para ser el nombre de la Madre de Dios. A continuación haré un somero relato de lo que dicen las Escrituras.

María vive en Galilea; en Nazareth se le aparece el arcángel Gabriel para anunciarle que será la Madre del Mesías: la saluda, está comprometida con José que es de la estirpe de David y le dice que va a concebir en su seno por obra del Espíritu Santo y para que la crea, le dice lo que le ha ocurrido a su prima Isabel, que siendo anciana ha quedado encinta. Inmediatamente Ella dice: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra” y el ángel se fue (Lucas 1, 26-38) y en ese momento “el Verbo se hizo carne” en el vientre de María (Juan, 1, 14).

Boceto de la Anunciación. Francisco de Goya y Lucientes.

María se pone en marcha y va a Judea a visitar a su prima Isabel en la zona montañosa de Ain-Karim. Su prima es la esposa del sacerdote Zacarías y Ella va a darle la noticia, a felicitarla también por su avanzado embarazo y a ayudarla. A través de su Madre, Cristo santifica a Juan, su Precursor, el cual salta de alegría en el vientre de Isabel y de ahí que Isabel le diga a María “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre; cómo que la Madre de mi Señor viene a visitarme” (Lucas 1, 42-43). María responde con el canto del “Magníficat”: “en adelante, me llamarán bienaventurada todas las generaciones” (Lucas 1, 14). Y allí se queda María, unos tres meses, hasta que nace Juan el Bautista, retornando posteriormente a su casa en Nazareth.

Mientras, un ángel le ha anunciado a José en sueños que María ha concebido virginalmente al Mesías (Mateo 1, 18-25) y como consecuencia de la orden dada por el emperador de que todos tenían de censarse en su ciudad de origen, han de ponerse en camino y marchar hacia Belén, pues de allí descendía José. Y allí y no encontrando posada donde alojarse, le llega la hora del parto a María: nace Cristo, lo envuelven en pañales y lo acuestan en un pesebre. Inmediatamente, unos pastores que guardaban su rebaño a la intemperie, son avisados por un ángel y van a visitar a Jesús, María y José. Ocho días más tarde, conforme ordenaba la Ley de Moisés, circuncidan al Niño y le ponen el nombre de Jesús (Lucas 2, 1-20). En Belén reciben la visita de los Magos que le traen como regalo oro, incienso y mirra (Mateo, 2, 1-2). A fin de purificarse y de presentar al Niño en el Templo, a los cuarenta días marchan a Jerusalén y ofrecen dos tórtolas y dos palomas, ya que su Hijo era el primogénito y conforme a la Ley de Moisés, pertenecía al Señor. Se encuentran a Simeón y Ana que les profetizan que una espada le atravesará el corazón (Lucas 2, 22-39).

Como Herodes había ordenado matar a todos los varones menores de dos años residentes en Belén, un ángel avisa en sueños a José y le dice que huyan a Egipto donde los hebreos estaban también asentados. Ellos salen de noche y después de un viaje de muchos días, llegan al exilio. Cuando muere Herodes, son avisados de nuevo por un ángel y retornan a Nazareth (Mateo, 2, 13-23). Cuando el Niño tiene doce años, María y José van en caravana desde Nazareth a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Como el Niño era mayorcito se lo llevaron con ellos. Pero, después de siete días, de vuelta a casa, se dan cuenta que el Niño no va con ellos. Regresan angustiados a Jerusalén para buscarlo y, después de tres días, lo encuentran en el Templo enseñando a los doctores de la Ley. María le muestra a su Hijo la angustia que han sentido como padres y el Niño les contesta: “¿No sabéis que debo preocuparme de las cosas de mi Padre?”. María y José no lo comprenden y marchan de regreso a Nazareth llevándose al Niño consigo (Lucas 2, 41-52).

Detalle de "Las Bodas de Caná", tabla gótica flamenca de Gérard David (s. XVI). Museo Nacional del Louvre, París (Francia).

Durante la vida pública de Cristo:
María y Jesús están invitados a una boda en Caná de Galilea y en medio de la boda se quedan sin vino. María se lo dice a Jesús y El le contesta que “aún no ha llegado mi hora”. Ella, aún así le dice a los sirvientes que acudan a Él y se produce el milagro de la conversión del agua en vino. Dice el evangelista que Jesús mostró así su gloria y que sus discípulos creyeron en Él (Juan, 2, 1-11). Después de este milagro Jesús, con su madre y sus discípulos marchan a Cafarnaún, donde se quedan unos días (Juan, 2, 12).

Los evangelios cuentan que un día, mientras Jesús hablaba a una muchedumbre, uno de los presentes menciona a su madre y a sus hermanos y Jesús, refiriéndose a todos los que allí estaban, dice: “Estos son mi madre y mis hermanos. Todo el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, es mi hermano, mi hermana y mi madre” (Mateo, 12, 46-49; Marcos, 3, 31-35 y Lucas, 8, 19-21).

En otras dos ocasiones se habla de María en los evangelios. En el evangelio de San Marcos (6,3): “¿No es este el carpintero, hijo de María…?” Y en el de Lucas (11, 27-28) cuando una mujer le dice a Jesús “Bendito el vientre que te llevó y los pechos que te amamantaron» y Él responde: «Benditos los que escuchando la palabra de Dios, la ponen en práctica”.

Y por último, al final de la vida pública de Jesús, cuando Este es apresado, juzgado, torturado y clavado en una cruz hasta que muere, María está allí presente, soportando este inmenso dolor y acogiendo a Juan como a su hijo (Juan 19, 25-27)

Calvario. Óleo de Hendrick Van Der Brugghen (s. XVII).

Durante la vida gloriosa de Cristo:
Los Hechos de los apóstoles (1, 14) narran que después de la Ascensión del Señor a los cielos, estaban reunidos en oración en el cenáculo, los discípulos, las mujeres que seguían a Jesús y María con ellos y desciende sobre todos ellos el Espíritu Santo. Allí estaba Ella como Madre de la recién nacida Iglesia para dedicarle todos sus cuidados maternales como si fuese a su propio Hijo.

Y finalmente, en el Apocalipsis (12, 1), “aparece en el cielo como una Señora, que se cubre con el sol, la luna está a sus pies y se ciñe la cabeza con una corona de doce estrellas”. Esta señora, de la que habla el último libro inspirado por Dios es la misma Mujer de la que habla el Génesis, el primer libro inspirado. María aparece en la Biblia desde el principio hasta el final. Estos dos textos bíblicos tienen un cierto paralelismo: se habla de la Mujer, de su Hijo y de Satanás. Esta Mujer es la Madre del Mesías, es una mujer gloriosa, que está junto al trono de Dios, gloriosa con su hijo glorioso, como lo estuvo dolorosa en la cruz mientras sufría y moría su Hijo.

El mes próximo seguiremos con un artículo más sobre la Santísima Virgen y trataremos sobre lo que de Ella dicen los textos apócrifos, no canónicos.

Antonio Barrero

Ave, Regína coelórum,
Ave, Dómina angelórum:
Salve, radix, salve, porta,
Ex qua mundo lux est orta:
Gaude, Virgo gloriósa,
Super omnes speciósa,
Vale, o valde decóra,
Et pro nobis, Christum exóra.
Salve, Reina de los cielos
Y Señora de los Ángeles;
Salve raíz, salve puerta,
Que dio paso a nuestra luz
Alégrate, virgen gloriosa,
Entre todas, la más bella;
Salve, agraciada doncella,
Ruega a Cristo por nosotros.

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