Orígenes del monacato cristiano (II)

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Celdas de anacoretas excavadas en la roca cerca del Mar Muerto (Palestina).

II.
Un antecedente muy importante del monacato cristiano que debe ser mencionado es la secta judía de los esenios. De ellos nos dan noticia Filón de Alejandría, Plinio el Viejo y Flavio Josefo. Pero la principal fuente de información se halla en el conjunto de manuscritos conocidos como “rollos del mar Muerto”, hallados en 1946 en Qumrân, así como las ruinas del complejo “monástico”, excavadas desde 1951.

Esta comunidad, asentada en el desierto de Judá desde el siglo II a. C., presenta una asombrosa semejanza y afinidad con el monacato cristiano. Estos “monjes judíos” se sentían distintos al resto de la gente de su nación, y se consideraban “el resto de Israel” de que hablaban los antiguos profetas. En su mayoría practicaban el celibato (a pesar de que en la tradición rabínica tal práctica es muy mal vista), se reunían en distintos momentos del día para la oración común, cada miembro practicaba la pobreza, se entregaban a ayunos, estudio de la Tanak (las Escrituras hebreas), meditación, vigilias; prestaban estricta obediencia a los oficiales de la comunidad. Para ingresar, se debía pasar por una prueba de, al menos, tres años, al final de la cual, en caso de ser admitido, ante la asamblea de los hermanos se confesaba pecador y luego recitaba un solemne juramento. En sus enseñanzas hablaban de un combate espiritual entre la luz y las tinieblas (uno de los temas recurrentes de los textos del apóstol san Juan), de una sabiduría “escondida”, de un “Maestro de justicia” a quien esperaban. Este particular movimiento judío no se encontraba solo en la comunidad de Qumrân. También lo encontramos en la diáspora, con diversas modalidades: los “terapeutas” de que habla Filón son un ejemplo.

Muchos han propuesto a los esenios como los padres directos del monacato cristiano. Pero hay que tener en cuenta que el corazón de aquel movimiento, Qumrân, fue destruido por la X Legión romana en el año 68 d. C., y los pocos refugiados que allí quedaron fueron asesinados o expulsados durante la segunda guerra judaica, es decir, entre los años 132 y 135; el monacato cristiano aparece en la segunda mitad del siglo III, cuando ya había pasado desde el distanciamiento entre la Iglesia y el judaísmo: era impensable que cristianos imitaran instituciones judaicas. Si se puede afirmar, en cambio, la influencia de Filón de Alejandría en la doctrina ascética de varios Padres de la Iglesia, que a su vez haría cristalizar la teoría y la práctica monásticas.

Fragmento de uno de los manuscritos del mar Muerto.

Pasemos ahora a conocer lo que opinaban los monjes primitivos sobre sus orígenes. Recordemos que los cristianos de lo primeros siglos tenían una aguda conciencia de ser los herederos del pueblo de Israel: al antiguo testamento no era la historia de la nación judía, sino la primera etapa de la historia de la Iglesia de Cristo. Por eso, los primeros monjes no dudaron en buscar en las divinas Escrituras sus ascendientes. Y así es como nos presentan como sus “padres” a Adán, antes de la caída, en estado de pureza, amigo de Dios; a AbrahamJacob, Moisés, que habitaron los desiertos; a los “hijos de los profetas” (1 Samuel 10, 10 y 19, 20; 1 Reyes 22,10), los “hijos de Recab” (Jeremías 35, 2-19); los “verdaderos israelitas” (Hebreos 11, 37-40). Pero los “grandes padres” del monacato eran, sin duda para ellos, los profetas Elías y Juan Bautista, quienes vivieron en el yermo, se abstuvieron de vino, no conocieron mujer y hablaban con Dios cara a cara.

No obstante lo dicho, varios Padres de la Iglesia, como San Gregorio de Nacianzo y San Agustín, toman prisa en afirmar  que el verdadero fundador del monacato es Jesucristo: pasó un tiempo en el desierto luchando con el demonio, ayunó, se retiraba a parajes solitarios para orar, vivió en total pobreza, obedeció al Padre del Cielo hasta el final, no se casó, su doctrina sería la ruta a seguir para todos los monjes. Para San Basilio, ser monjes es, sencillamente, imitar a Cristo. Luego, están los apóstoles y la primitiva comunidad cristiana de Jerusalén: los apóstoles renunciaron a todo por seguir a Jesús, y los primeros cristianos ponían sus bienes en común. San Jerónimo y muchos otros definen el monacato como “vida apostólica”[1]. Y los primeros documentos del primer cenobitismo están marcados profundamente por la bella descripción de la comunidad cristiana que nos ofrece el libro de los Hechos de los Apóstoles.

Vista de unos eremitorios en el Alto Egipto.

Aunque esta “genealogía” que los Padres y los primeros monjes nos ofrecen, de rigor histórico no tenga nada; es totalmente cierta, en cambio, en el plano espiritual, pues verdaderamente representa el ideal de vida que se proponían al llevar la vida monástica: continuar la sucesión de los amigos de Dios.

Dairon


[1] Vale la pena aclarar que no se refiere al sentido actual que le damos a la expresión, es decir, no remite a actividades misioneras o pastorales (como cuando hablamos de “apostolado”), sino que indica que son “imitadores de los santos apóstoles”, ya que se consideraban sus sucesores en el género de vida.

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