“Conviértete y cree en el Evangelio”

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

En memoria de mi querida hermana Jenny Yulieth Machado Agudelo
(23 de septiembre de 1991 – 20 de febrero de 2011)
Concédele, Señor, el descanso eterno, y que tu Luz alumbre por siempre sobre ella.

Imposición de la Ceniza. Miniatura del Códice Gratianus (s.XIII).

Dentro de un par de meses celebraremos la fiesta más grande de todos los cristianos: la Pascua del Señor. En ella hacemos memoria de la gesta victoriosa de nuestro Maestro Jesús sobre el reino del Pecado y de la Muerte, sacándonos de su poder y conduciéndonos al Reino de misericordia de Dios nuestro Padre. Ya en su momento se hablará de tan grande y sublime misterio con más detalle y cuidado. Debemos mencionar, sí, la importancia de tal celebración para comprender la urgencia de prepararla como es debido. Y la Iglesia de todos los tiempos ha mostrado diligencia en este detalle.

Siendo la Pascua la fiesta más primitiva de los cristianos, y en principio, prácticamente la única, en las diversas comunidades se establecieron jornadas de ayuno y oración en los días previos. Cuando el cómputo actual de la Pascua fue fijado, empezaron a aparecer también tiempos preparatorios más estables: inicialmente, el viernes y el sábado previos al gran Domingo Pascual se dedicarían a los ayunos; aquí podemos ver el núcleo inicial de lo que sería conocido después como el Santo Triduo Pascual. En algunos lugares dicho ayuno se extendió a una semana (origen de la Semana Santa), después se alargaría a tres semanas, hasta llegar a las seis semanas que constituyen la Cuaresma actual. Dicha extensión del periodo preparatorio se adoptaría en Roma entre los años 350 y 380.

Pero a la Pascua iban unidos otros acontecimientos: el bautismo de los catecúmenos tras su larga preparación, y la primera comunión de los penitentes tras su reconciliación. Estas dos instituciones, el catecumenado y la penitencia pública, tendrían su período dorado entre los siglos IV y VIII, y el tiempo cuaresmal sería el marco natural de los momentos más decisivos para penitentes y catecúmenos: en efecto, el primer domingo de cuaresma se realiza la elección de los catecúmenos que han sido encontrados aptos para recibir el bautismo, y a la vez, ese día se expulsaba de la comunión eclesial a aquellos bautizados que, habiendo reconocidos graves pecados ante el obispo y los presbíteros, se acogen a la penitencia que la Iglesia les imponía como medio de reparación del daño causado al Cuerpo Místico de Cristo. Los demás fieles cristianos, a la vez que se preparaban a la celebración de los Santos Misterios Pascuales, oraban por aquellos que dentro de poco serán admitidos en la Iglesia, ya por el bautismo, ya por la reconciliación sacramental.

Imposición de la ceniza a una niña en Filipinas. Foto: AP.

Estos eventos serían decisivos para darle su actual fisonomía a la Cuaresma, como camino “examinador” de la vida cristiana, tanto personal como comunitaria. En efecto, para nosotros la Cuaresma es el tiempo de reflexión por excelencia, el momento de gracia para escrutar nuestra vida y mirarla en el espejo del Evangelio,  la ocasión especial para darle un rumbo distinto a nuestras cotidianas acciones.

El primer domingo de Cuaresma era el día de la expulsión de los penitentes: entre las ceremonias que se llevaban a cabo, estaban la de colocar ceniza sobre sus cabeza y vestirlos con ásperas ropas, como signo de su nueva condición; aquí está el origen de la conocida ceremonia de imposición de la ceniza. Y es que la ceniza es un signo penitencial muy antiguo, atestiguado nada menos que desde los tiempos del antiguo testamento: la ceniza, como producto de la combustión, es signo de la caducidad del hombre, de la vanidad de las grandezas de este siglo, y se convierte en un llamado a la humildad que no es otra cosa que reconocerse tal como es, con sus limitaciones y debilidades, o como diría santa Teresa de Ávila, “la humildad es la verdad”.

Para el siglo VIII tenemos el ocaso de la penitencia pública, lo que no significó pérdida en el sentido penitencial de la cuaresma. Ya en el siglo VI el inicio de la cuaresma, que se tenía el primer domingo de este tiempo, se anticipó al miércoles anterior, para que los fieles cristianos pudieran tener 40 días de ayuno efectivo, a imitación de Nuestro Señor, ya que los domingos son siempre festivos y el ayuno está prohibido. Cuando la penitencia pública desaparece definitivamente en el siglo XI, la ceremonia de imposición de la ceniza, otrora exclusiva de los penitentes, se extiende a todos los fieles: ya no son unos cuantos, sino que es toda la comunidad cristiana la que está en estado penitente, es toda la Iglesia la que clama la misericordia de Aquel que dio su vida por ella.

Basílica de Santa Sabina (s.V) en Roma (Italia), donde el Papa hace cada año la estación de penitencia.

La imposición de la ceniza es, hoy día, una de las ceremonias más llamativas de la liturgia, siendo una de las ocasiones donde aumenta considerablemente la afluencia de fieles en los templos. Pero se puede correr el riesgo de perder su sentido, un claro significado penitencial, que invita a la conversión, a la metanoia o cambio de actitud a la luz de la palabra y el ejemplo de Jesucristo. En alguno lugares, se le considera un poderoso rito capaz de ayudar a conseguir trabajo, de atraer la fortuna… incluso se ha llegado a ver mezclada con algunas prácticas de magia y espiritismo. Como sabemos, la ceniza que se usa en este día proviene de la quema de las palmas usadas en el domingo de ramos del año anterior: un sacramental que proviene de otro sacramental, y dada la significación supersticiosa que muchas personas dan a los sacramentales, de ahí provienen el interés de alguno en recibirla, aunque no tenga ningún interés real en evaluar su vida y volverse hacia Dios.

Dairon

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