Orígenes del monacato cristiano (III)

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San Simeón el Estilita. Fresco en el monasterio Gelati (Georgia).

III.
Desde los principios del cristianismo circulaban en las comunidades ciertas ideas de restricción alimentaria (sobre todo de vino y carne) y aprecio por el celibato, proveniente de ambientes pietistas judíos, de donde salieron muchos cristianos, como san Pablo, por ejemplo. Sabemos que algunos de tales círculos judeocristianos cayeron en la heterodoxia al exagerar la importancia de tales prácticas, pero esto no fue motivo suficiente para          que fueran suprimidas en las comunidades fieles a la enseñanza apostólica.

Ya en la era de las persecuciones, los cristianos piadosos anhelaban entregar sus vidas por el Maestro, de hecho, el martirio era tenido por cumbre de la perfección evangélica. Pero a medida que las persecuciones van disminuyendo, se desarrolla la idea de un martirio incruento que consiste en la vivencia radical y sacrificada de la imitación de Jesús: es el “martirio de la conciencia” de las fuentes. Pronto surgieron nombres para designar a aquellos cristianos que vivían más alejados de los mundanales asuntos para dedicarse al servicio de Dios: las “vírgenes” y los “continentes”; fácilmente notamos que su rasgo distintivo es el celibato. En Oriente se impondrá el nombre de “asceta” (del griego askeo: “ejercitarse”). En Siria empezará a hablarse de los “justos” (cristianos comunes) y los “perfectos” (ascetas).

La información que poseemos sobre las vírgenes es muchísimo más amplia que la de los continentes, y buena parte data del siglo III. Al principio, las vírgenes vivían con sus respectivas familias y llevaban vida social como cualquiera otra. No había alguna consagración especial, sino que bastaba con pedir al obispo la aprobación de su opción personal, pero una vez obtenida ésta, quedaba tan obligada a ella como si hubiera ocurrido algún rito público: era tenido por estado de vida definitivo. Pero en el siglo IV las vírgenes cristianas aumentan su número, y es aquí cuando ellas se constituyen en un cuerpo jurídicamente estable (en la Iglesia y en la sociedad) al que se accede por una ceremonia litúrgica específica, con algunas prerrogativas especiales (exclusividad para recibir el ministerio de las diaconisas, lugar de honor en el templo).

Icono moderno de San Marcos el Asceta

Siendo un estado de vida tan distinguido en la comunidad cristiana, apenas hay Padre de la Iglesia que no haya dejado siquiera un sermón dirigido a las vírgenes. San Ambrosio las compara a los ángeles. Otros Padres las consideran la parte más ilustre del rebaño de Cristo; y todos unánimemente las aclaman como “esposas de Cristo”, sin duda, el más resonante de cuantos títulos hayan recibido. Pero dicho rótulo no era solo literatura: en verdad así las consideraban, y por eso, si una virgen fallaba en su propósito, era tratada como a una adultera y sometida a una penitencia rigurosa. Pero la Virginidad  por Cristo no consistía únicamente en el simple celibato: los Padres son muy ilustrativos al respecto. Ellas están llamadas a una vida de oración constante, de alejamiento de los negocios de este siglo; se les insiste en la importancia de prácticas como las vigilias, el ayuno, la abstención de manjares suculentos, la caridad con los pobres, y sobre todo, la lectura y/o escucha asidua de las Escrituras, más aún, deben procurar aprendérsela de memoria, en resumidas cuentas, la Virginidad por Cristo implicaba la suma perfección de todas las virtudes cristianas. Y no hay duda que muchas vírgenes trabajaron con empeño en alcanzar este ideal que los pastores de almas les proponían, y se tienen noticia de algunas que llevaban una vida extremadamente mortificada, entregada a los pobres y huérfanos, y dedicada a sostener con sus palabras y ejemplos la fe sus hermanos cristianos. Pero el hecho de que los Padres insistan tanto en los deberes de las vírgenes ya nos muestra que no todas se ordenaban a reproducir en si las cualidades que ellos les encarecen.

Sobre esta cuestión es preciso mencionar el fenómeno de las virgines subintroductae, tan común durante algún tiempo en el África romana y en Oriente. Consistía tal en que una virgen viviera en la casa de algún asceta varón, con el fin de asistirse mutuamente, tanto en lo espiritual como en lo material. Por supuesto, este modo de vida se tornaba muy peligroso para los dos involucrados, y en un motivo de escándalo para muchos en la Iglesia. Los Padres, por supuesto, no dejaron de atacar tal práctica y calificarla de grave abuso. Por supuesto, no todas las vírgenes y sus compañeros actuaban de mala fe, y es que en verdad el aislamiento natural causado por el distanciamiento de las costumbres mundanas se hacía más difícil sin la ayuda de algún camarada. Pero esta ayuda se podía ofrecer de otra forma.

En cada Iglesia local, los obispos impulsaron la creación de comunidades de vírgenes más o menos organizadas, bajo el cuidado de un clérigo competente y de una diaconisa. Con ello se facilitaba la práctica de la pobreza y la mutua asistencia espiritual: y aquí tenemos, en estado embrionario, la futura vida cenobítica.

Icono griego contemporáneo de Orígenes.

Sobre los ascetas varones la información es mucho más escasa. Existen ligeras menciones en la Didaché y en la carta de Bernabé, confirmando así su existencia desde los primeros años del cristianismo. Muchos Padres de la Iglesia y escritores eclesiásticos antiguos fueron ascetas; sirva de ejemplo nombres ilustres como Tertuliano, Orígenes, San Basilio. Su ideal de vida era muy semejante al de las vírgenes, aunque haciendo cierto énfasis en el estudio de las Escrituras, y debido a su ciencia muchos ingresaban al clero. Al principio, lo mismo que las vírgenes, no se distinguían de las demás personas más que en su especial preocupación por los pobres y por una vida más entregada a la oración. También, entrado el siglo III, empezaron a agremiarse poco a poco, bien por propia iniciativa, bien movidos por sus obispos. Y progresivamente se fueron convirtiendo en verdaderas comunidades estables, algunas de las cuales se convertirían en monasterios cuando el monacato cenobítico hace su aparición oficial en el panorama de la Iglesia.

He aquí entonces la primerísima manifestación de una vida consagrada en el seno de la Iglesia. En torno a la más radical de las renuncias, el celibato, se van organizando las demás prácticas y costumbres  que después caracterizarán a la vida religiosa primitiva: los ayunos, la pobreza, las vigilias, la oración continua, la salmodia cotidiana, la lectura asidua de las Escrituras. Pero llegará un momento en el cual será difícil distinguir la frontera entre el ascetismo premonástico y el monacato propiamente dicho.

Dairon

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