San Francisco de Paula, fundador de la Orden de los Mínimos

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Escultura marmórea del Santo en la Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma (Italia).

Nació en Paola (Cosenza) en la región de Calabria, al sur de Italia, el día 27 de marzo del año 1416. Sus padres eran Santiago Alejo, el “Martolilla” y Vienna de Fuscaldo, muy modestos, pero muy religiosos. Ambos eran muy mayores y atribuyeron el nacimiento de su hijo a la intercesión de San Francisco de Asís y es por eso por lo que le llamaron Francisco. Como era lógico, lo educaron cristianamente.

De acuerdo con una promesa que hicieron cuando el niño nació, con doce años lo llevaron al convento de los Frailes Menores Conventuales de San Marco Argentano (Cosenza) para que durante un año estuviese al servicio de la comunidad. La estancia de Francisco en el convento le hizo madurar espiritualmente, manifestando su inclinación a la oración y a las obras de piedad. Sus biógrafos resaltan sus primeras manifestaciones sobrenaturales durante su estancia en el convento, las mismas que harán de él un auténtico taumaturgo del siglo XV. Por ejemplo, cuentan que estando en misa en la iglesia al mismo tiempo estaba preparando la mesa del refectorio del convento (bilocación);  en otra ocasión puso a cocer unas legumbres en una olla y se fue a rezar a la Iglesia, entró en éxtasis, el fuego quemó la olla, pero las legumbres no se estropearon; y en otra, teniendo que poner unos carbones encendidos en un incensario, fue a la cocina a coger el fuego, lo llevó en su túnica y esta no salió ardiendo. Y cuentan muchísimas más anécdotas. Ante todo esto, los frailes no querían que se fuera cuando pasó el año de servicio, pero él pensando que Dios lo quería para otros menesteres, se marchó a su casa. Sin embargo, era tal la fama que tenía en el convento que el propio obispo don Luís Imbriaco, fue al convento para conocerlo personalmente y conversar con él antes de que marchara a casa.

En el año 1429 fue con sus padres en peregrinación a Asís, pasando por Montecassino, Loreto, Monteluco y Roma. Allí en Roma se turbó profundamente al encontrarse por las calles con un lujoso cortejo se cardenales, montados en carrozas tapizadas de terciopelo y escoltados por sirvientes vestidos de librea. Tanto le impresionó, que se acercó a las carrozas y le dijo a uno de los cardenales que aquello era contrario al evangelio y que si no se acordaban de Jesús montado en un borrico. Aunque el cardenal Julián Casarini se justificó, él no quedó convencido y este episodio lo hizo reflexionar e influyó poderosamente en su futuro. Al volver a su pueblo, con apenas trece años, abandonó a sus padres y se retiró a un campo de la familia para hacer vida de eremita. Su modo de vida era similar a la de los antiguos anacoretas de la zona de Mercurión, al norte de su pueblo: oración, ayuno continuo, mortificaciones corporales, trabajo y vida contemplativa y así estuvo hasta que cumplió los diecinueve años.

El Santo, protector de paralíticos, leprosos y ciegos. Óleo de Peter Paul Rubens (s.XVII).

Pronto se le acercaron otras personas que querían llevar su mismo modo de vida y así se formó una primera comunidad de doce miembros que empezaron a llamarse “Ermitaños de Fray Francisco”. Con el consentimiento del obispo de Cosenza, construyeron celdas individuales para cada uno y una iglesia, a la que posteriormente, le añadieron un claustro. Aquel complejo se constituyó en Casa Madre o proto-convento del nuevo Instituto, que cogió el método de vida de las órdenes mendicantes. Cuando murió su madre en el año 1450, su propio padre entró a formar parte de la nueva comunidad fundada por su hijo y allí estuvo hasta su muerte.

Como los locales se les quedaban pequeños, tuvieron que construir otros más grandes y se cuenta que durante la construcción, por la celeridad de las obras se demostraron algunos hechos milagrosos. De hecho, hoy en día a este primer convento se le conoce como «el convento de los milagros”. Y se cuenta que los mismos milagros ocurrieron  durante la construcción de los conventos de Paternò, Corigliano y Spezzano della Sila. Su fama de taumaturgo se extendía por toda Italia, ya que curaba paralíticos, leprosos, ciegos y hasta llegó a resucitar a su sobrino Nicolás, hijo de su hermana Brígida.

Denunciaba la malversación de los bienes que hacían algunos poderosos, iba por los pueblos pidiendo justicia para los pobres, los ayudaba a todos, a los trabajadores, a los que eran explotados, a los perseguidos, a todos. Escribió algunas cartas a un benefactor suyo, Simón Alimena de Montalvo, manifestándole sus sentimientos ante la triste situación social de las gentes de los pueblos. O sea, en el siglo XV, se mostró muy preocupado por las cuestiones sociales. Llegó a levantar su voz contra el mismísimo rey de Nápoles, Ferrante de Aragón. Este intentó hacerlo callar, primero por las buenas, pero después a la fuerza. Le amenazó con destruir los conventos de la Orden con el pretexto de que no tenían la preceptiva autorización real y así, envió a sus soldados a Paola para asediar el proto-convento y coger a Francisco como prisionero. El se escapó de forma milagrosa, volviéndose invisible mientras rezaba en la iglesia. Los soldados se volvieron a Nápoles, le contaron al rey lo que había ocurrido y se dieron por vencidos ante el sentimiento de veneración que todos sentían por Francisco.

Milagro del paso del estrecho de Messina. Boceto de escuela italiana (s.XVII).

Como la fama de Francisco se extendía, llegó hasta Sicilia y lo invitaron a fundar un convento en Milazzo. El consintió e inició el viaje en el año 1464. Llegaron a Catona, en la costa de Calabria y le dijeron a un barquero llamado Pedro Colosa, que por amor de Dios lo llevara a Sicilia. El barquero se negó y él extendió su manto sobre las aguas del mar, con un extremo del manto amarrado a su bastón, haciendo como una vela, se montaron encina y atravesaron el mar, desembarcando en Messina. No es leyenda; esto fue visto por muchísima gente, entre ellos el barquero y su hijo y se propagó por toda Italia. Este milagro se ha representado en multitud de pinturas.

Al volver de Sicilia le esperaba una noticia: el Papa Pablo II, informado de su vida y de sus milagros, hizo abrir una investigación encargándosela, a un prelado de su confianza, el genovés Jerónimo Adorno, el cual fue a Paola para hablar directamente con Francisco. Cuando se encontraron, el obispo hizo el gesto de besarle la mano, pero Francisco le dijo: “Por caridad, Monseñor, soy yo quién debo besar las suyas consagradas hace treinta y tres años”. Esta respuesta maravilló al obispo y exhortó al santo a mitigar el rigor de la Regla. El le dijo: “No tema, Monseñor, a quien ama y sirve a Dios con corazón sincero, todo le será posible. Toda criatura ha de ser dócil en cumplir la voluntad del Creador”. La investigación fue favorable a Francisco, pero el Papa murió en el 1471 y no tuvo tiempo de aprobar canónicamente la Regla, que fue aprobada por el arzobispo Pirro Caracciolo con una Bula de 1471 llamando a la Orden “Congregación de los Hermanos Ermitaños de Francisco de Paola”. El nuevo Papa, Sixto IV, antes de aprobar la Orden ordenó una nueva investigación, que llevó a cabo el obispo Godofredo de Castro. El juicio fue favorable al santo y la Regla fue solemnemente aprobada con un Breve de la Sede Apostólica del 27 de mayo de 1474.

La fama de santidad llegó a Francia, donde el rey Luís XI, en el lecho de muerte expiaba su forma desordenada de gobernar. Lo llamó para conseguir que el santo lo curase, cosa que no conseguían los médicos de la Corte. Envió a Paola a su mayordomo Guynot de Bussières, con regalos, para convencerle. El los rechazó. El rey de Francia recurrió al rey de Nápoles e incluso al Papa Sixto IV para que enviara a Francisco a Francia. El Papa se lo ordenó y Francisco, agachando humildemente la cabeza, y partió de viaje. El viaje fue largo y durante el mismo se multiplicaron los milagros de Francisco. Al llegar a Roma (Paola está al Sur de Italia) el Papa lo acogió calurosamente y le propuso ordenarlo sacerdote. El rehusó con humildad y se contentó con que el Papa lo autorizara a bendecir los objetos piadosos. Siguió viaje a Francia. Liberó a Bormes y Fréjus de una terrible epidemia. El rey Luís XI lo acogió cordialmente e hizo todo lo posible por ayudarle a extender su Orden por Francia. El no lo curó pero si consiguió que tuviera una buena muerte, que reparase muchas de las cosas mal hechas y que resolviera algunas cuestiones que tenía pendientes con la Santa Sede.

Visión del Santo. Óleo de Bartolomé Esteban Murillo (s. XVII).

Cuando el rey murió, él quiso retornar a Paola pero el nuevo rey se opuso. Era Carlos VIII de Francia, quién consiguió que el Papa Inocencio VIII confirmase de nuevo la Orden el 21 de mayo de 1485. En Francia fue muy admirado: por el médico Felipe de Commynes (autor de las famosas “Memorias”), por muchos profesores de la Universidad de la Sorbona, por el padre Francisco Bidet (que fue su sucesor al frente de la Orden), por Santa Juana de Valois, etc.

Durante su larga permanencia en Francia perfeccionó la Regla, que tuvo la aprobación del Papa Alejandro VI con la Bula “Meritis religiosae vitae” de 26 de febrero de 1493; es en esta Bula donde se cambia el nombre de “menores” por “mínimos”. Fundó también la rama femenina de la Orden e incluso la Orden Tercera para los seglares. Las respectivas reglas fueron aprobadas por el Papa Julio II el 28 de julio de 1506.
En su Orden, además de los votos de pobreza, castidad y obediencia, se hacía un cuarto voto: el de “Cuaresma perpetua”, por el cual los frailes y las monjas mínimos tenían la obligación de observar un régimen de vida de Cuaresma durante todos los días del año.

Francisco murió el día 2 de abril del año 1507 en Plessis-les-Tours y allí fue sepultado. Tenía noventa y un años de edad. Era Viernes Santo, cerca de las diez de la mañana y en el momento de su muerte, seguía el canto de la Pasión, expirando cuando se cantaba” et inclinato capite, tradidit spiritum”; «e inclinando la cabeza, entregó su espíritu”. Es uno de los santos más representativos del siglo XV. Era humilde, penitente, hombre de fe y de vida espiritual muy intensa, querido por el pueblo y reverenciado por los Papas, los reyes y los poderosos del mundo. No era sabio; algunos, sin fundamento, han dicho que era analfabeto, que no sabía ni leer ni escribir.  Lo que desde luego conocía a la perfección era la ciencia de la santidad y sabía argumentar, convencer y penetrar en los corazones de todos, incluso de los teólogos.

Su espiritualidad era muy parecida a la de San Francisco de Asís: humildad y pobreza, intenso amor a Dios y a todas las criaturas, caridad sin límites con el prójimo, profundo espíritu de oración y una tierna devoción al Crucifijo, a la Eucaristía y a la Virgen. Hay una característica que lo diferencia de San Francisco de Asís: su espíritu de mortificación fue juzgado como excesivo. En esto, San Francisco de Asís era más equilibrado, más moderado.

Cráneo del Santo, venerado en Piane Crati, Cosenza (Italia).

La historia de la Orden de los Mínimos confirma que aquel género de vida confiere a la salud física y espiritual un sello de longevidad; eso lo sabemos, ser vegetariano es bueno para la salud. En esta Orden son muchísimos, la inmensa mayoría de los frailes mueren muy viejos y nunca se han planteado la necesidad de relajar, de hacer más llevaderas las normas impuestas por el fundador.

El proceso de beatificación se inició muy pronto después de su muerte. La beatificación tuvo lugar el día 7 de julio de 1513 (seis años después de su muerte) y fue canonizado el día 1 de mayo de 1519 por el Papa León X (solo doce años después de su muerte). Inmediatamente se erigieron numerosas iglesias en su honor en Italia, Francia y España. El Venerable Papa Pío XII, con el Breve “Quod sanctorum patronatus”, de fecha 27 de marzo de 1943, recordando el milagro del paso del mar, lo proclamó patrono de los marineros italianos.

Reliquias del Santo veneradas en Paola, Cosenza (Italia).

Como he dicho anteriormente, murió y fue enterrado en Plessis-les-Tours, pero en el año 1562 los hugonotes asaltaron el convento, violaron la tumba y quemaron su cuerpo con la leña de un Crucifijo. Se recogieron pequeños fragmentos que se conservan y veneran el Paola (Cosenza). Su fiesta se conmemora el día 2 de abril.

Ha sido pintado por Zurbarán, Velázquez, Murillo, Lucas Giordano, Julio Romano, Goya, Rubens, José Ribera, Bernardo Castello, Giacomo Farelli y muchísimos otros pintores más. Y lo han pintado vestido con un sayo de lana y capucha, unas veces barbudo y otras veces imberbe. Se le representa con la leyenda “Caritas” rodeada de rayos, que casi siempre se sitúa sobre él, en el puesto iconográficamente reservado a la Divinidad. Otras veces, esta leyenda se le pone en el pecho, o como si fuera un cartel a su lado e incluso sobre el libro de la Regla de la Orden, cuando él la lleva en las manos. El milagro del paso del estrecho de Messina lo han pintado Velázquez, Mattia Preti, Rubens y otros.

Procesión con las reliquias del Santo en Vaccarizzo Albanese, Cosenza (Italia).

Para redactar este artículo me he basado en los “Códigos autógrafos de los procesos de Cosenza y Tous para la canonización”, que fueron publicados en Roma en el año 1964, en “Las crónicas generales de la Orden de los Minimos”, en las Bulas de beatificación y de canonización (ambas de León X) y en alguna otra obra.

Antonio Barrero

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