San Benito de Norcia, abad y fundador

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Detalle del Santo en un fresco de estilo renacentista.

Vida:
Las noticias sobre la vida de San Benito se deben casi exclusivamente a San Gregorio Magno: II volumen de “los Diálogos” y “Diálogo entre Gregorio Magno y un personaje ficticio llamado Pedro”. El objetivo primordial de esta obra es predominantemente edificante: habla de los muchos prodigios obrados por Benito y de sus enseñanzas morales y doctrinales. Es tan cándida la narración, que los estudiosos modernos, especialmente Schuster, habla de las “florecillas de San Benito” y no cree que todos los datos sean rigurosamente históricos, especialmente lo relativo a los milagros, visiones, manifestaciones místicas, etc.

Benito nació alrededor del año 480 en Norcia, en el seno de la familia Anicia, que era noble y acomodad y era gemelo de su hermana Escolástica. Probablemente realizó sus primeros estudios en su tierra natal; sin embargo, es cierto que siendo muy joven (con unos trece o quince años de edad), fue enviado a Roma para realizar estudios literarios y jurídicos. En Roma se vivía con una relativa tranquilidad (eran los tiempos de Teodorico) y aunque la ciudad era monumental y tranquila, disgustó a Benito los escándalos de las facciones, de los grupos de Simmaco y de Lorenzo, que se disputaban el Papado y, sobre todo, los vicios de la juventud romana. Él estaba a disgusto en Roma, por lo que cuando consideró que su cultura estaba ya algo más perfeccionada, se fugó con su nodriza a Tívoli y allí se afincó en la aldea de Afile, a unos sesenta kilómetros de Roma. Tendría entonces unos veinte años de edad y allí se dedicó a llevar una vida ascética junto con otros compañeros.

Un primer prodigio realizado por él (consistente en restaurar milagrosamente una vasija de barro que le habían prestado y rompió), se extendió tanto y le dio tanta fama, que decide marcharse con su nodriza y con sus compañeros a un lugar más apartado. Y así, en los montes Simbruinos, descubrió un lugar solitario, cerca de la villa de Subiaco, lugar que se prestaba bien a sus deseos de llevar vida eremítica. Un monje llamado Romano lo encontró y, aunque guardó el secreto, le llevó ropa monástica y se preocupó de facilitarle diariamente  el sustento desde su cenobio, que estaba cercano. Allí estuvo unos tres años.

Animado por los generosos ideales del eremitismo oriental, que también se practicaba en Italia, Benito, con fervor generoso, se entregó a todos los rigores de esa vida eremítica aunque se dice que, frecuentemente, sufría tentaciones. Los recuerdos de los vicios que había visto en Roma lo tentaban y se cuenta que una vez, viniéndosele a la mente la imagen de una mujer desnuda, se arrojó violentamente a una zarza espinosa a fin de vencer esta tentación dando sufrimiento a su cuerpo. Una leyenda piadosa dice que siglos más tarde, San Francisco de Asís hizo brotar rosas de aquella zarza.

El Santo entre las zarzas. Miniatura del Maestro de Fauvel en un códice del s. XIV.

Venerado por su austeridad y juventud fue requerido por una Comunidad vecina de monjes para que asumiera el gobierno de la misma, para que él fuese su abad. Se ha identificado a esta Comunidad como la de Vicovaro y él, aunque reacio, consintió y aceptó. Pero en su puesto de abad impuso el rigor ya que algunos de aquellos monjes eran indisciplinados. Un monje llegó a atentar contra su vida envenenando una copa de vino que Benito tenía que beber. Él, haciendo la señal de la cruz sobre la copa, se salvó milagrosamente, la copa se rompió y él les manifestó que nombrasen a otro abad.

Él se volvió a su antiguo escondite aunque pronto se le acercaron nuevos discípulos que veían en él a su maestro. Eso le hizo comprender que Dios lo llamaba a organizar a otros ermitaños bajo una Regla cenobítica disciplinaria. Y así, entre aquellos montes, surgieron hasta doce pequeños monasterios, con doce monjes cada uno y cada uno con su correspondiente abad, aunque sobre todos, estaba Benito como cabecilla, como el verdadero abad, aunque él se había reservado el vivir en el monasterio destinado a los ermitaños más jóvenes. Era una organización parecida a la de San Pacomio en Egipto, pero la cercanía entre una comunidad y otra permitía a Benito el control y la influencia espiritual sobre todos ellos.

Su fama llegó hasta Roma y eso incitó a los ilustres romanos Equicio y Tértulo a entregarle a sus hijos respectivos: Mauro (joven de doce años) y Plácido (niño de siete años), los cuales serían en el futuro los primeros santos benedictinos. De ese tiempo se cuentan frecuentes milagros: hacer brotar agua en todo lo alto de un monte, hacer flotar en un lago el hierro de una hoz que se había salido del mango, mandarle a Mauro que salvara a Plácido de morir ahogado en un lago y el cual, caminando sobre las aguas, lo llevó a la orilla y muchos otros más.

El Santo ordena a Mauro salvar a Plácido de morir ahogado. Tabla renacentista de fray Filippo Lippi (s.XV).

Pero todo esto incitó los celos de un sacerdote llamado Florencio; primero intentó envenenarle y como no lo consiguió, comenzó a difamarlo. Entonces, Benito, comienza a pensar en un nuevo tipo de monasterio y así, su pleno ideal será Montecassino, que convertiría en su definitiva residencia. Se dice que la primitiva abadía fue construida sobre las ruinas de un edificio dedicado a los ídolos paganos en la acrópolis de la antigua Cassino.

Cassino había sido sede episcopal (un obispo suyo, de nombre Severo, participó en el concilio romano del año 487) y estaba cercana a Aquino cuya sede episcopal era ocupada por San Constancio. Allí construyó Benito su abadía primitiva con la intención de organizar su comunidad y de combatir también la idolatría que seguía conviviendo con las comunidades cristianas. La tradición dice que San Benito llegó a Cassino entre los años 525 y 529 y así, mientras Justiniano cerraba la escuela filosófica de Atenas, se abría en Occidente una nueva escuela al servicio de lo divino. El poeta Marco cuenta una anécdota ocurrida durante el viaje de Benito a Cassino: que lo acompañaban tres cuervos y que lo asistían dos ángeles. Benito, antes de fundar el monasterio, hizo retiro durante toda la Cuaresma a fin de iniciar en Cassino la celebración de la fiesta de Pascua. Subió al monte y de rodillas, imploró la ayuda de Dios, hizo talar el monte que estaba dedicado a los ídolos paganos e instauró el culto cristiano en el templo de Júpiter, al que consagró en honor de San Martín de Tours, que fue el pionero de la vida cenobítica en Occidente. También construyó un oratorio en honor de San Juan Bautista, adaptó los viejos edificios, levantó nuevos y construyó la abadía, compaginando la vida contemplativa con el trabajo. Su lema: “Ora et labora”.

Vista actual de la abadía de Montecassino (Italia).

Escribió la Regla del monasterio y lo guió con sabiduría. Era famoso por sus milagros, tenía el don de la profecía, resucitaba a los muertos, etc. Construyó un monasterio en Terracina y se le atribuye también el monasterio de San Pancracio cerca del Laterano. No se sabe a ciencia cierta si fue ordenado sacerdote, aunque algunos autores, especialmente Schuster, así lo creen. Amigos suyos fueron San Savino obispo de Canosa, San Germán obispo de Capua, el diácono San Servando abad de Alatri y algunos otros santos contemporáneos.

Junto a él estuvo prácticamente siempre su hermana Escolástica (Santa Escolástica), que murió tres días después de haber mantenido su última conversación con su hermano. Llevaron su cuerpo a Cassino y Benito la hizo sepultar en el sepulcro que tenía preparado para sí mismo. Él no tardó en morir y, conociendo por revelación divina el día de su muerte, se hizo abrir una nueva tumba, ordenó lo llevaran al oratorio de San Martín de Tours donde recibió los sacramentos, levantó las manos al cielo sosteniéndole los brazos sus discípulos y así, rezando, expiró.

Dos discípulos suyos, por separado, tuvieron ese día una visión: lo vieron entrar en la gloria: una escalera de luces conducía desde su celda hasta el cielo. Desde muy antiguo se cree que era el día 21 de marzo del año 546. Lo enterraron en la tumba excavada para él en el oratorio de San Juan, al lado de su hermana y su tumba fue meta de peregrinación a lo largo de los siglos y fue considerado desde antiguo como patrono de los moribundos.

La Regla Benedictina ha sido la matriz, el ejemplar en la que se han inspirado todas las Reglas de las Ordenes Religiosas en Occidente. La Regla, que él llamó “un esbozo para principiantes” produjo una pléyade de santos: Beda el Venerable, Bonifacio, Romualdo, Odón de Cluny, Gregorio VII, Pedro Damiano, Juan Gualberto,  Anselmo de Aosta, Bernardo de Claraval, Gertrudis,  Matilde,  Hildegarda y muchísimos otros santos y santas, beatos y beatas.

Relicario del Santo. Saint-Benoît-sur-Loire, Fleury (Francia).

Reliquias:
Hay que decir que es antiquísima la creencia de que los restos de los santos Benito y Escolástica fueron llevados definitivamente a Fleury (Francia) cuando fue desvastado el monasterio de Montecassino. Pero estudiando a fondo un documento anónimo del siglo VIII y la obra de Adalberto de Fleury, del siglo IX que son los que afirman este hecho, ningún estudio serio da por cierto esta tesis.

Hay muchísimos otros testimonios de papas, santos y emperadores que demuestran que esto no ha sido así. Todos admiten que los restos están en Montecassimo, porque se afirma que hubo una restitución parcial de los restos desde Fleury a Montecassino en el siglo VIII. La crónica de Leno dice que en el año 758 fue concedida al nuevo monasterio de Montecassino una parte del cuerpo del santo. En la catedral de Brescia se conservaba un brazo que se perdió en el año 1870.

El último reconocimiento canónico de los restos realizado en Montecassino fue en el año 1950. El examen médico indica que en la urna de Montecassino existen dos esqueletos casi completos: uno masculino y otro femenino. En Fleury, actualmente, se conservan pequeños restos.

El monasterio de Montecassino fue destruido en 1944 durante la Segunda Guerra Mundial, pero los restos se encontraron intactos en la urna como informaban las actas del reconocimiento que se había hecho con anterioridad en el año 1659. En el año 1950, después de reconocidos, fueron puestos en dos cajas de plata. Ambas urnas, el día 5 de diciembre del año 1955 fueron solemnemente puestas en una artística urna de mármol en el altar mayor de la basílica, en presencia de todos los abades benedictinos y numerosos obispos.

Vista de los restos de los esqueletos de Benito y Escolástica durante el reconocimiento realizado en 1950.

Su Regla:
La síntesis de esta Regla es “Ora et labora”: vida contemplativa y vida activa. Son muchísimas las recomendaciones que hace San Benito a sus monjes y vamos a recordar algunas:
– La primera virtud que necesita un monje después de la caridad, es la humildad.
– La casa de Dios es para orar y no para charlar.
– Todo abad debe esforzarse por ser amable, como un padre bondadoso.
– El que administra el dinero no debe humillar a nadie.
– Cada monje debe esforzarse en ser exquisito y agradable en su trato.
– Cada Comunidad debe ser como una buena familia donde todos se aman.
– El monje debe ser humilde, pacífico, sobrio en la comida y bebida, activo, casto, manso, celoso y obediente.

Culto:
Inmediatamente después de su muerte fue venerado como santo; de hecho, San Gregorio Magno escribe de él solo cincuenta años después de su fallecimiento. En la Edad Media se le veneraba en toda Europa y fue cantado por todos los poetas del Medievo: Marco, Aldelmo, Alcuino, Pablo diácono, Rábano Mauro, Bertario, Pedro el Venerable, Dante… Actualmente es uno de los santos más venerados en toda la cristiandad. Se le ha llamado: “Santo de la obra de Dios”, “Santo del trabajo”y “Protector de los moribundos”. Es el patrón principal de Europa (Beato Pablo VI, 1964), patrono de los espeleólogos, arquitectos e ingenieros italianos, etc.

Su fiesta se celebra hoy día 21 de marzo, fecha en la que se dice murió y así se recuerda en el calendario de San Willibrordo (siglo VIII), en el calendario marmóreo de Nápoles (siglo IX) y en otros muchos calendarios y martirologios. También se celebra el día 11 de julio y el día 4 de diciembre. El 11 de julio es la fiesta de la “depositio” o supuesta traslación de los restos a Fleury y el 4 de diciembre, es celebrado en Fleury desde el tiempo del abad San Mummolo.

Resumiendo: el 21 de marzo lo celebra toda la Iglesia de Occidente, el 11 de julio se conmemora en la Orden Benedictina excepto en Francia y el 4 de diciembre lo celebran los benedictinos franceses.

Antonio Barrero

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Niños y jóvenes Santos poco conocidos (III)

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Altar con las reliquias de los santos mártires de Córdoba, España.

Retomamos la serie de artículos dedicados a niños y jóvenes santos. Comentar que aunque en los dos primeros artículos sólo trataban de niños o jóvenes de los primeros siglos del cristianismo (y además mártires) a partir de este artículo se incluirán de todas las épocas, así como no sólo de mártires. Quiero dar a conocer de esta forma, niños y jóvenes que de otra manera y por lo breve de sus biografías podrían quedar relegados a un olvido, jóvenes que todavía están en proceso de canonización o que ya son designados Venerables o Siervos de Dios. En este tercer artículo reseñamos los datos o breves biografías de tres jóvenes santos mártires de la antigüedad y tres jóvenes del siglo pasado.

San Ulpiano, mártir en Tiro:
San Eusebio de Cesarea, cuando escribió sobre los mártires de Palestina, comentó brevemente sobre los hermanos Ulpiano y Edesio: «Al mismo tiempo, en los mismos días, en la ciudad de Tiro, un joven de nombre Ulpiano, después de terribles torturas fue encerrado con un perro y una serpiente venenosa dentro de la piel de un toro, y en este saco fue arrojado al mar”. Éste también fue el martirio de Afiano.
Basándose en estos datos, los sinaxarios bizantinos introdujeron en sus calendarios los nombres de ambos hermanos. En el Martirologio Romano fue Baronio quien lo introdujo en el día 3 de abril. La elección de esta fecha tiene fácil explicación ya que según San Eusebio de Cesarea el martirio de Afiano tuvo lugar el día 2 de abril del año 306, por lo que Baronio eligió la fecha del día siguiente para la conmemoración de Ulpiano. En este Martirologio se señala que esto ocurrió en tiempos del emperador Maximiano Galerio.

San Sancho, mártir cordobés:
Joven originario de Galia Comata donde fue hecho prisionero y llevado a Córdoba. Allí fue liberado y llegó a formar parte de la guardia del palacio del Califa, que se ocupó de su educación. Conoció a San Eulogio y se hizo discípulo suyo. Sobre los motivos exactos que le llevaron al martirio nada se sabe. Fue decapitado siendo adolescente el día 5 de junio del año 851. Su cadáver fue colgado de un palo y allí permaneció varios días para posteriormente ser quemado y luego echar sus cenizas al río Guadalquivir. Este santo es conocido gracias a los escritos de San Eulogio de Córdoba.

Relicario con el cráneo de San Gerulfo, en su iglesia de Drongen (Bélgica).

San Gerulfo de Tronchiennes:
La vida de este santo es probablemente legendaria y fue escrita por orden de Gerardo de Progne en el mismo monasterio de Tronchiennes, adonde fueron trasladadas sus reliquias. Se dice que era hijo de Leutgoldo y Ratguera, señores de Merendreè, y que nació en la primera mitad del siglo VIII. La fecha de su martirio se fija en el año 750, diciendo que fue asesinado por un pariente suyo en Gand, después de haber sido confirmado por el obispo Eliseo de Novon.
El hagiógrafo Leclerq dice que su asesinato no tiene las características de un martirio, ya que después de haber sido confirmado se encerró en la iglesia de Santa María para rezar y en ese momento y sin saberse el motivo fue asesinado por el susodicho pariente. Su caballo que se encontraba en Merendreè, le hizo intuir al padre lo que le había pasado a su hijo. El texto de su «vita» lo mismo le llama «niño» que «joven» y aun «adolescente», aunque la tradición dice que tendría unos 18 años.
En un principio su cuerpo fue sepultado en Merendreè y posteriormente sus reliquias fueron trasladadas a Tronchiennes, ya que el mismo Gerulfo había manifestado en vida que allí quería ser sepultado. Su culto se extendió por Flandes y sus reliquias sufrieron el ataque de los calvinistas, aunque en Tronchiennes aun se conserva el cráneo. Su festividad se celebra los días 21 y 25 de septiembre en toda la diócesis de Gand.

Fotografía de la Sierva de Dios Montserrat Grases García.

Sierva de Dios Montserrat Grases García, instrumento de felicidad  por los demás (1941-1959):
Montserrat Grases le dijo en una ocasión a su padre;»Somos la familia más feliz de Barcelona». «Cuando yo muera no quiero que nadie esté triste, tiene que haber alegría«.
Esta joven adolescente de Barcelona sabía que se estaba muriendo de un mortal cáncer de huesos, pero en vez de pensar en sí misma, ella siempre trató de consolar a su familia y a sus amigos. Con frecuencia decía;»Os aseguro que desde el cielo os ayudaré mucho, yo nunca os dejaré«.

La vida de Montserrat Grases es una inspiración para todos aquellos que, en cualquier aspecto de la vida, tratan de dar a su existencia un significado más alto. A través de las situaciones cotidianas de la vida, Montserrat se convirtió en un holocausto de amor a Dios, un instrumento para hacer felices a los demás.
La vida de esta joven española demuestra que la santidad no es algo alejado de la vida ordinaria; la santidad se encuentra en correspondencia con lo sereno, alegre, sencillo y sin embargo heroica hacia la voluntad de Dios.
Montse, como sus amigos la llamaban, murió cuando tenía sólo 17 años. En su breve existencia, vive con amor y sencillez, y unido al sufrimiento, muestra que el camino hacia la verdadera felicidad tiene a Dios como principio y su fin. Su causa de beatificación fue introducida en Roma hace casi una década.

Estampa devocional de Santos Franco Sánchez.

Santos Franco Sánchez, pequeño, pero grande en fe (1942-1954):
«Ayúdame porque soy tan pequeño… Madre, ¡cómo te amo!», dijo el niño en voz baja, atormentado por el dolor. Su madre se acercó a la cama y le preguntó si estaba hablando con ella. Santos aclaró: «Yo estoy hablando con mi bendita madre, que está aquí«. «Dios lo llevará a cabo«, susurró el niño.
A la edad de tan sólo once años, Santos Franco Sánchez había aprendido y vivido una fe sencilla, tan bien que hoy está siendo considerado para el honor de los altares. En el apogeo de su intenso sufrimiento a causa de la meningitis mortal que acabó con su vida, este niño habló a su familia, se reunieron junto a su cama y les dijo: «Pronto me iré al cielo, tengo muy poco tiempo, yo no os olvidaré, os quiero mucho”. “No lloréis porque estoy feliz. ¡Qué hermoso, Dios y María Santísima están ahí!».

En muchos aspectos, Santos Franco era un niño normal. Era juguetón, travieso a veces, tranquilo pero no estaba quieto y pasó la mayor parte de su corta vida jugando y divirtiéndose con amigos y familiares. Como colegial tenía aspiraciones de crecer para poder entrar en el Carmelo. A su tierna edad sin embargo, fue llamado por Dios para convertirse en un holocausto de dolor. Aunque pequeño en estatura, respondió a la fe con la madurez de un gigante.

Fotografía de Annie Zelikova.

Annie Zelikova: la joven apóstol de la sonrisa (1924-1942)
A pesar de que esta joven se estaba muriendo de una tuberculosis muy dolorosa, Annie Zelikova estaba decidida a seguir sonriendo. Ella decía: «Debo sonrisa en mi último aliento«. Su amado Jesús concedió todo lo que ella le había pedido: ver y querer sólo lo que Dios quería. Al pasar de este mundo, su rostro estalló con una de sus hermosas sonrisas, y susurró:»Qué hermoso es todo esto…yo no cambiaría mi lugar…por nadie«. «Mi corazón late por Jesús».»Lo amo tanto«. Las propias palabras de Annie nos dan la llave de su feliz corazón. «Nosotros le mostramos nuestro mejor amor, debemos querer sólo lo que él desea, y estar atentos a lo que le hace más feliz«.

Aunque los que la conocían ya la consideraban una santa, la historia de la joven Zelikova Annie no se conoció fuera de su región hasta hace veinte años. No fue posible iniciar el proceso de su beatificación hasta la caída del régimen comunista. La sonrisa espiritual de Annie se está extendiendo en todo el mundo y su causa de beatificación está en Roma.

Bibliografía: Analecta bolandista y “Young faces of Holiness» de Ann Ball, 2004.

Abel

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San José el Justo

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"San José, el Prometido". Icono ortodoxo contemporáneo.

El santo y justo José, llamado en Oriente “el novio de María” puede ser considerado como el padre terrenal de Nuestro Señor Jesucristo. La tradición cristiana en numerosas ocasiones lo menciona como el padrastro de Jesús, porque él era el novio de María, no su esposo, cuando ella concibió a Jesús. La tradición oriental acentúa este carácter de legalidad en la relación entre José y María. De todos modos, su relación bíblica no está del todo clara, porque él es llamado “el hombre” (no el marido) de María (ἄνδρα Μαρίας, Mateo 1, 16 y 1, 19); pero en el caso de María, ella siempre está “comprometida” con él (μνηστευθείσης, Mateo 1, 18, ἐ μνηστευμένην Lucas. 1, 26  y 2, 5), aunque a veces, a María, se la denomina “la mujer” (no la esposa) de José (γυναῖκα>, Mateo 1, 24-5 y en algunos otros pasajes).

La importancia de San José en el calendario cristiano no está muy clara; mientras que en Occidente está clara cuál es su festividad, en las Iglesias Ortodoxas ni siquiera tiene su propio día de celebración; sólo es conmemorado el día siguiente después de Navidad. Ya se da por sabido que el día siguiente después de una gran fiesta, se celebran a los coautores de dicha fiesta. Así, el día 26 de diciembre se conmemora al grupo familiar (Sobor) de la Santísima Virgen, al igual que el 7 de enero, que es el día del Bautismo del Señor, se conmemora al grupo familiar (Sobor) de San Juan el Bautista. Se pueden poner más ejemplos: el 8 de septiembre se celebra la Natividad de la Virgen María y al día siguiente, se conmemora al grupo familiar (Sobor) de Santa Ana, es decir, a los santos Joaquín y Ana, que son los padres.

Concluyendo: En Oriente, San José no se celebra solo, por separado, sino que se celebra junto con la Virgen María. Existe además un segundo día de celebración, que es el último domingo anterior a la Navidad, llamado también “Domingo de los Antepasados”. En la iglesia, ese día, se lee el capítulo primero del evangelio de San Mateo.

Ascendencia:
Sobre San José hay algunos misterios. En primer lugar parece que tiene dos padres, pues de acuerdo con la genealogía del evangelio de San Mateo, es el hijo de Jacob (Mateo, 1, 16), pero si leemos el evangelio de San Lucas, dice que es el hijo de Elí (Lucas, 3, 23). El problema se resuelve viendo las intenciones de los evangelistas al escribir sus evangelios. A simple vista se puede ver que uno de ellos “hace trampa”, ya que nos aparecen dos genealogías distintas, que se separan a partir del rey David.

Icono bizantino de la Natividad. Galería Tretyakov, Moscú (Rusia). Zona inferior izquierda: San José tentado por el diablo.

Según San Mateo, la familia de Jesús viene de la rama de Salomón (hijo de David), pero según San Lucas, viene de la rama de un hijo desconocido de nombre Natán. Mateo se preocupa de la simetría (el múltiplo de catorce generaciones) y del hecho de que hay una gran cantidad de mujeres paganas incluidas en el árbol genealógico. El empieza con Abraham, lo que significa que está escribiendo su evangelio para los judíos a los que quiere mostrar la ascendencia judía de Nuestro Señor; pero da un dato más: el judaísmo no lo es todo, porque la Divina Providencia, ha puesto a misteriosas mujeres extranjeras en el árbol genealógico que nos ha traído al Salvador.

Pero sin embargo, Lucas comienza su genealogía a la inversa, de José hacia atrás, llegando incluso hasta Adán. Hay que decir que la genealogía real no es lo importante: lo importante es que Jesús es el hijo de David, aunque El es el “desconocido”, que proviene de una generación desconocida. El vino a salvar a la humanidad entera, a todos los hijos de Adán. Mientras que Lucas se dirige a los paganos-cristianos, Mateo se dirige a los judíos-cristianos.

La tradición oriental tiene otra explicación: habla de un matrimonio-levirato, lo que significa que José era hijo de Jacob, pero también era hijo de Elí; uno de los dos era padrastro. Pero esta explicación no es del todo creíble, porque el matrimonio de levirato (un hombre toma la esposa de su hermano fallecido) no es aplicable en este caso, ya que Jacob y Elí son dos personas que no tienen nada en común, salvo el ser descendientes de David.

Por supuesto, puede haber otras explicaciones, pero no es necesario entrar en ellas. Sólo decir que esta doble genealogía ha creado muchos problemas a los biblistas y comentaristas, que defienden que uno de los dos evangelistas inventa una línea de antepasados, una genealogía aunque hay que entender otra verdad: no la lógica, sino la histórica. Digamos que esta importante verdad es meta-lógica o incluso, mitológica: es una verdad misteriosa que la razón humana no puede comprender. Pero una cosa es segura: “Jesús es hijo de David”, el Mesías del que hablaron los profetas y lo es porque El es legalmente el hijo de José. La genealogía se transmite por la parte paterna porque no era admitida la genealogía por la parte materna.

¿Eran esposos o novios? Qué dice la Biblia:
En algunos pasajes del Nuevo Testamento, a San José se le denomina como “José de Nazareth” No se sabe mucho de José, salvo que era de la “Casa de David” y de esta manera se le denomina cuando se habla de él como el padre de Jesús (Mateo 1, 16 y Lucas 3, 23). De la misma manera, en dos ocasiones, Jesús es llamado “hijo” de José (ὁυ ἱὸς Ἰωσὴφ, en Juan, 1, 55 y 6, 42) y en una ocasión se dice de Él que es “el hijo del carpintero” (τέκτονος υἱός, Mateo, 13, 55), pero en estos pasajes, Jesús es llamado así por algunas otras personas, no por los propios evangelistas.

Catedral católica de San José. Bucarest (Rumanía).

De estos pasajes evangélicos tenemos que destacar algo que todos sabemos: San José no era el padre terrenal de Nuestro Señor, sino que se hizo cargo de Él; era el padre legal. Hay dos menciones que indican que María concibió siendo virgen, “antes de que ambos se juntasen” (πρὶν ἢ συνελθεῖν, Mateo 1, 19) y “virgen desposada con un hombre” (παρθένον ἐμνηστευμένην, Lucas, 1, 26). Consciente de esta misteriosa concepción, José que “era un hombre justo” quería dejarla en secreto, pero un ángel le dijo en sueños que Maria había concebido por obra del Espíritu Santo (Mateo, 1, 20).

Qué dice la Tradición:
Pero si la Biblia no menciona mucho a José, sí lo hacen, y mucho,  otros documentos pseudo-epigráficos. Los evangelios apócrifos tratan extensamente sobre algunos episodios de la vida de San José; esto puede comprobarse leyendo el “Evangelio de Santiago”, el “Evangelio de la Natividad de la Virgen María”, la “Historia de José el Carpintero” y la “Vida de la Virgen y la muerte de José”.

La tradición cristiana, tomando algunas ideas de estos evangelios apócrifos, imagina a José como un anciano en el momento en el que se desposó con María. En uno de esos escritos se dice que San José se casó por primera vez con una mujer llamada por algunos Melcha o Escha y llamada por otros Salomé; y que con ella vivió cuarenta y nueve años, teniendo seis hijos (cuatro hijos y dos hijas), el menor de los cuales fue Santiago el Menor, el “hermano del Señor”. Un año después de la muerte de su primera esposa, los sacerdotes buscaban en Judea a un hombre respetable de la tribu de Judá para casarlo con María, que a la sazón tenía unos doce o catorce años de edad.

Hasta ese momento, María era una de las vírgenes que servían en el Templo, estando allí desde muy pequeña. Sus padres, Joaquín y Ana, la habían dejado allí con apenas tres años de edad, ya que era una promesa que le habían hecho a Dios por haber tenido un hijo. Pero a las vírgenes no se les permitía permanecer en el Templo durante toda su vida, ya que eran sirvientas; no es el caso de las monjas cristianas de hoy en día. Y entonces, desposaron a María con José, que como era un anciano, garantizaba la continua virginidad de María. José, que tendría unos noventa años de edad, se presentó como candidato en Jerusalén y un milagro manifestó cual era la elección de Dios y así, dos años más tarde, ocurrió la Anunciación.

Icono ortodoxo contemporáneo de la Natividad. Zona inferior izquierda: San José tentado por el demonio.

“Los Justos”:
A San José se le conoce con el sobrenombre de “el Justo”. Es decir, él era un hombre santo, que no tenía intención de cohabitar con María y que pretendía comportarse conforme a la Ley Judía. Pero una mujer embarazada de padre desconocido era juzgada y generalmente, moría lapidada por parte de toda la comunidad. San José, primero trató de “dejarla en secreto” pero después de la visión angelical decidió “tomar” a María junto a él. En el momento de la Anunciación, ya estaban ambos desposados. Y como “un hombre justo” tuvo otras dos visiones: Una cuando se le dice que huya a Egipto porque Herodes quiere matar al Santo Niño y la otra cuando se le dice que vuelva a Tierra Santa porque el peligro ya había pasado.

Lucas dice que María y José vivían en Nazareth de Galilea (Lucas, 2, 4), mientras que Mateo dice que no se establecieron en Nazareth hasta que vinieron de Egipto (Mateo, 2, 23). Sólo en el momento de la inscripción en el censo ordenada por el gobernador Quirino, la familia se trasladó a Belén (Lucas, 2, 4 y siguientes). San José era carpintero, como así lo llamaban los habitantes de Nazareth y era muy extraño que un niño, hijo de una familia tan pobre conociera la Ley, por lo que sorprende que a Jesús le llamasen rabino (Mateo, 13, 55).

Familia:
Jesucristo es descrito en los evangelios como el hermano de Santiago el Justo, de Simón, de Judas y de varias hermanas (Marcos,  6, 3 y Mateo, 13, 55). La escritura cristiana apócrifa dice que estos hermanos y hermanas eran del matrimonio de José con Salomé, de quién quedó viudo, antes de casarse con María. Según estos escritos, José era el hermano mayor de Cleofás, que estaba casado con una mujer llamada María (presente en el grupo de las mujeres portadoras de mirra, junto con Salomé, Juana y, algunas veces, María Magdalena).

Las últimas citas sobre San José:
San José es mencionado por última vez cuando Jesús tiene doce años y van de viaje a Jerusalén. Es muy probable que muriese antes de que Jesús iniciara su ministerio público, ya que sólo María estaba presente en las fiestas de las Bodas de Caná. Esto es una muestra más de que José era mucho mayor que María, como así lo considera la tradición. Además, no se le menciona junto a María en el momento de la crucifixión (Juan, 19, 25) y existe otro detalle más y es que fue José de Arimatea quién solicitó el cuerpo muerto de Jesús, un derecho que correspondería a San José si este hubiese estado vivo.

Presunto sepulcro de San José. Jerusalén (Israel).

Según el documento apócrifo “Historia de José el carpintero” el santo tenía ciento once años de edad cuando murió un 20 de julio entre los años 18-19 de nuestra era. San Epifanio de Salamina dice que tenía noventa años de edad en el momento de su muerte y si hemos de creer a San Beda el Venerable, fue sepultado en el Valle de Josafat. El hecho de que Jesús, cuando estaba en la cruz, escogió a Juan para que cuidara de Maria, es interpretado también como que José ya había muerto y que José y María no tuvieron otros hijos que pudieran hacerse cargo de su madre.

La celebración de la fiesta de San José:
El primer reconocimiento público a San José aparece en Oriente. Desde principios del siglo IV, los coptos, celebran su fiesta el día 20 de julio. Según el historiador Nicéforo Calixto, Santa Elena erigió en su honor una gran iglesia en Belén, en la cual, era muy venerado. Los menologios griegos lo conmemoran el día siguiente a la Navidad y en el llamado “Domingo de los Antepasados” del que ya hemos hecho mención.

En Occidente, el padre adoptivo de Nuestro Señor (Nutritor Domini) empieza a aparecer en los siglos IX y X en algunos martirologios locales, siendo la iglesia más antigua erigida en su memoria la que se encuentra en Bolonia y que fue construida en el año 1129. El Papa Sixto IV (1471-84) estableció su fiesta en el calendario romano el día 19 de marzo. La catedral católica de Bucarest, se llama “Catedral de San José” y es uno de los monumentos más bellos de la capital rumana.

Iconografía:
En la Iglesia Oriental existen muy pocos iconos de San José; normalmente se le representa con el resto de la Sagrada Familia. En el icono de la Navidad están representados los tres juntos: Jesús, María y José y siempre se le ha representado con el pelo blanco, signo de su ancianidad. En muchas versiones de este icono de la Natividad, aparece José tentado por el diablo (representado como un hombre viejo con las alas plegadas) que le tienta para que rompa su compromiso matrimonial con María, tentación a la cual resiste.

Himno (Tropario) de San José:
Proclama, ¡oh José! las maravillas de David, el antepasado de Dios: tu has visto a una gran Virgen con el Niño, la gloria con los pastores, la adoración de los Reyes Magos y recibiste las noticias del ángel. Ruega a Cristo, Dios, que salve a nuestras almas

Mitrut Popoiu

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Maria Santísima, Reina de todos los santos (III)

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Coronación de la Santísima Virgen. Tabla gótica de Sano di Pietro (s.XIV).

Hemos hablado ya de cómo se trata y habla de la Santísima Virgen tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, o sea, en los libros canónicos; en este tercer capítulo, queremos hacerlo refiriéndonos a los libros apócrifos, a los no canónicos, libros que aunque por sus contenidos o por sus autores han pretendido ser inspirados, la Iglesia nunca los ha considerado como tales.

Los libros apócrifos marianos fueron compuestos entre los siglos II al VII y surgieron como necesidad de recopilar por escrito lo que la tradición decía sobre María, pero que no aparecía en los libros canónicos, especialmente todo lo relativo a los primeros y a los últimos años de su vida.
Se trata de leyendas surgidas al margen de la historia, pero que sin embargo han influido y mucho en la literatura e incluso en el arte mariano. Los principales libros apócrifos marianos son el “Protoevangelio de Santiago”, el “Evangelio del Salvador”, el “Evangelio del Nacimiento de María”, el “Evangelio árabe de la Infancia”, “La historia de José el carpintero”, el “Libro del Tránsito de la Santísima Virgen Madre de Dios” y el “Evangelio de la Virgen>”.

El Protoevangelio de Santiago:
Es el apócrifo más antiguo y también el más famoso e influyente, que fue escrito en Egipto en lengua griega en la segunda mitad del siglo II. Le llaman protoevangelio porque cuenta acontecimientos ocurridos antes de que Jesús naciera en Belén. Con un lenguaje muy ingenuo habla de la infancia de la Virgen, desde el momento en el que un ángel anuncia su milagroso nacimiento a sus padres, a los que llama Joaquín y Ana y de los que dice que eran ancianos y estériles, comentando también que con tres años de edad Maria fue conducida al Templo para que allí fuera educada. Narra asimismo la concepción milagrosa de Cristo, su nacimiento en una cueva, ¡la virginidad de María constatada por una comadrona! y la muerte cruenta del padre del Bautista a manos del rey Herodes. Es más un relato de la vida de María que un evangelio propiamente dicho.

Este evangelio dio origen a varias fiestas litúrgicas como por ejemplo la del Nacimiento de Maria y la festividad de los santos Joaquín y Ana. Este libro tuvo una gran difusión en Oriente donde se le adjudicaba su autoría a Santiago el Menor, ya que el que lo escribe dice llamarse Santiago; otros lo identifican con Santiago el Justo. También es posible que este escritor conociese dos evangelios canónicos, el de San Mateo y el de San Lucas.  Fue traducido al siríaco, al armenio, al copto, al georgiano, al árabe y al etíope.  En Occidente se publicó por primera vez en el siglo XVI. Orígenes, en el siglo III lo menciona cuando llega a decir que los llamados “hermanos del Señor”, eran hijos anteriores de San José, que era viudo cuando se casó con la Virgen María.

Fresco de la Virgen, s. VI. Roma (Italia).

El Evangelio del Salvador (llamado también el pseudo-Mateo):
Trata del Nacimiento de la Virgen y de la Infancia de Cristo y se dice que fue escrito por el “bienaventurado sacerdote Jerónimo”. Este evangelio se presenta en el prólogo como una versión latina de un escrito apostólico, escrita con la intención de rebatir algunas herejías de los primeros siglos. Fue escrito entre los siglos V-VI y en cuarenta y dos capítulos cuenta los primeros años de la vida de la Virgen. En la primera parte copia prácticamente lo escrito en el Protoevangelio de Santiago y en la segunda parte narra algunos pretendidos milagros realizados por Cristo cuando era niño.

Narra la vida de Joaquín, la desolación de Joaquín y Ana, la consagración de la Virgen en el Templo, lo que María hacia en el Templo, los méritos de la castidad, la Anunciación, la llamada prueba del agua, habla del buey y del borrico en el pesebre, de la circuncisión, de los magos, de los inocentes de Belén, el milagro de las palmeras, los juegos del Niño Jesús, los gorriones de Jesús y muchos otros episodios, desde luego, la mayoría, sin ningún valor histórico.

El Evangelio del Nacimiento de María:
Data de la época carolingia y no relata ningún acontecimiento especial que no haya sido contado en alguno de los dos textos precedentes. Simplemente se limita a profundizar en ellos, sobria y discretamente. Consta de diez capítulos y dice que la Virgen nació en Nazareth, aunque admite el origen betlemita de la rama materna de la familia. Habla de los padres de la Virgen, de la aparición de dos ángeles a Joaquín y Ana, del nacimiento de la Virgen y su presentación en el Templo, de su negativa a contraer matrimonio ordinario, de la elección de José, etc. Este apócrifo es citado en la “Leyenda Aurea” y en el “Speculum historiale” de Vicente de Baeuvais.

El Evangelio árabe de la Infancia:
Se le llama así porque durante muchísimo tiempo sólo se conoció escrito en árabe. Es una recopilación de otros textos, escrito en el siglo VI y consta de cincuenta y cinco capítulos que cuentan tradiciones legendarias que por aquella época circulaban sobre la infancia de Cristo. Habla del Nacimiento de Cristo, la huida a Egipto y de una serie de acontecimientos ocurridos a la Sagrada Familia tanto en Egipto como en Nazareth, algunos de los cuales son realmente extravagantes, como el que el Niño habla en la cuna, la partera de Jerusalén, la caída de los ídolos cuando llegó la Sagrada Familia a Egipto, la curación del hijo de un sacerdote idólatra, la liberación de unos viajeros capturados por unos bandidos, etc. Cuenta diversos prodigios extravagantes realizados por Cristo desde los cinco hasta los doce años de edad, apareciendo siempre la Virgen como mediadora en todos estos prodigios. Fue traducido al latín en el año 1744.

Virgen entronizada. Monasterio Dionisios, Monte Athos (Grecia).

La historia de José el carpintero:
Está escrito en forma de coloquio entre Jesús y sus apóstoles, contándoles Cristo cómo fue la vida y la muerte de San José: que era viudo, cómo lo eligieron para ser el esposo de María, la vejez de José, la sumisión de Jesús a su padre putativo, la enfermedad de José, sus trastornos mentales y físicos, cómo el Niño consuela a sus padres, etc. Se dice también que San José murió en brazos de María y que su alma fue recibida por los arcángeles Miguel y Gabriel, mientras que su cuerpo quedará incorrupto más de mil años (!!)
El texto original fue escrito en Egipto, en lengua copta, a finales del siglo IV o inicios del V. Este apócrifo con posterioridad fue traducido al árabe y al latín.

El Libro del Tránsito de la Santísima Virgen María:
Es del siglo III y lo escribe un tal Leucio, hereje gnóstico y contiene una serie de errores, manifiestamente heréticos, por lo cual, el famoso Decreto Gelasiano lo condena expresamente. Se conoce como “Decreto Gelasiano” a una serie de decretos y normas establecidos por los papas desde el siglo IV al siglo VI. En el siglo IV, el pseudo-Melitón, obispo de Sardi, que es un autor no herético, ortodoxo, lo enmienda, naciendo así el llamado “Tránsito de María”. Consta de dieciocho capítulos en los que se habla de la muerte y resurrección de la Virgen, resurrección ocurrida “inmediatamente después de sus funerales y sepultura”. Se ha traducido al siríaco, griego, árabe, latín y otras lenguas.

Inevitablemente este artículo tiene que ser corto porque no es cuestión de entrar a fondo en los contenidos de cada uno de estos documentos apócrifos que, repito, nunca han sido considerados como de inspiración divina por parte de la Iglesia. De todos modos, por si alguien está interesado, pongo los links donde pueden leerse. Más información se puede encontrar en “De apocryphis marianis”, de G.M. Roschini, publicado en Roma en el año 1947.

Antonio Barrero

Enlaces a los textos apócrifos:
– Protoevangelio de Santiago: http://escrituras.tripod.com/Textos/ProtEvSantiago.htm
– Evangelio del Salvador: http://escrituras.tripod.com/Textos/EvPsMateo.htm
– Evangelio del Nacimiento de María: http://escrituras.tripod.com/Textos/EvNatMaria.htm
– Evangelio árabe de la Infancia: http://escrituras.tripod.com/Textos/EvArabe.htm
– Historia de José el carpintero: http://escrituras.tripod.com/Textos/HistJose.htm
– Libro del Tránsito: http://www.patristica.info/pdf/tmariae/tmariae1.pdf

Ave, Regína coelórum,
Ave, Dómina angelórum:
Salve, radix, salve, porta,
Ex qua mundo lux est orta:
Gaude, Virgo gloriósa,
Super omnes speciósa,
Vale, o valde decóra,
Et pro nobis, Christum exóra.
Salve, Reina de los cielos
Y Señora de los Ángeles;
Salve raíz, salve puerta,
Que dio paso a nuestra luz
Alégrate, virgen gloriosa,
Entre todas, la más bella;
Salve, agraciada doncella,
Ruega a Cristo por nosotros.

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Orígenes del monacato cristiano (III)

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San Simeón el Estilita. Fresco en el monasterio Gelati (Georgia).

III.
Desde los principios del cristianismo circulaban en las comunidades ciertas ideas de restricción alimentaria (sobre todo de vino y carne) y aprecio por el celibato, proveniente de ambientes pietistas judíos, de donde salieron muchos cristianos, como san Pablo, por ejemplo. Sabemos que algunos de tales círculos judeocristianos cayeron en la heterodoxia al exagerar la importancia de tales prácticas, pero esto no fue motivo suficiente para          que fueran suprimidas en las comunidades fieles a la enseñanza apostólica.

Ya en la era de las persecuciones, los cristianos piadosos anhelaban entregar sus vidas por el Maestro, de hecho, el martirio era tenido por cumbre de la perfección evangélica. Pero a medida que las persecuciones van disminuyendo, se desarrolla la idea de un martirio incruento que consiste en la vivencia radical y sacrificada de la imitación de Jesús: es el “martirio de la conciencia” de las fuentes. Pronto surgieron nombres para designar a aquellos cristianos que vivían más alejados de los mundanales asuntos para dedicarse al servicio de Dios: las “vírgenes” y los “continentes”; fácilmente notamos que su rasgo distintivo es el celibato. En Oriente se impondrá el nombre de “asceta” (del griego askeo: “ejercitarse”). En Siria empezará a hablarse de los “justos” (cristianos comunes) y los “perfectos” (ascetas).

La información que poseemos sobre las vírgenes es muchísimo más amplia que la de los continentes, y buena parte data del siglo III. Al principio, las vírgenes vivían con sus respectivas familias y llevaban vida social como cualquiera otra. No había alguna consagración especial, sino que bastaba con pedir al obispo la aprobación de su opción personal, pero una vez obtenida ésta, quedaba tan obligada a ella como si hubiera ocurrido algún rito público: era tenido por estado de vida definitivo. Pero en el siglo IV las vírgenes cristianas aumentan su número, y es aquí cuando ellas se constituyen en un cuerpo jurídicamente estable (en la Iglesia y en la sociedad) al que se accede por una ceremonia litúrgica específica, con algunas prerrogativas especiales (exclusividad para recibir el ministerio de las diaconisas, lugar de honor en el templo).

Icono moderno de San Marcos el Asceta

Siendo un estado de vida tan distinguido en la comunidad cristiana, apenas hay Padre de la Iglesia que no haya dejado siquiera un sermón dirigido a las vírgenes. San Ambrosio las compara a los ángeles. Otros Padres las consideran la parte más ilustre del rebaño de Cristo; y todos unánimemente las aclaman como “esposas de Cristo”, sin duda, el más resonante de cuantos títulos hayan recibido. Pero dicho rótulo no era solo literatura: en verdad así las consideraban, y por eso, si una virgen fallaba en su propósito, era tratada como a una adultera y sometida a una penitencia rigurosa. Pero la Virginidad  por Cristo no consistía únicamente en el simple celibato: los Padres son muy ilustrativos al respecto. Ellas están llamadas a una vida de oración constante, de alejamiento de los negocios de este siglo; se les insiste en la importancia de prácticas como las vigilias, el ayuno, la abstención de manjares suculentos, la caridad con los pobres, y sobre todo, la lectura y/o escucha asidua de las Escrituras, más aún, deben procurar aprendérsela de memoria, en resumidas cuentas, la Virginidad por Cristo implicaba la suma perfección de todas las virtudes cristianas. Y no hay duda que muchas vírgenes trabajaron con empeño en alcanzar este ideal que los pastores de almas les proponían, y se tienen noticia de algunas que llevaban una vida extremadamente mortificada, entregada a los pobres y huérfanos, y dedicada a sostener con sus palabras y ejemplos la fe sus hermanos cristianos. Pero el hecho de que los Padres insistan tanto en los deberes de las vírgenes ya nos muestra que no todas se ordenaban a reproducir en si las cualidades que ellos les encarecen.

Sobre esta cuestión es preciso mencionar el fenómeno de las virgines subintroductae, tan común durante algún tiempo en el África romana y en Oriente. Consistía tal en que una virgen viviera en la casa de algún asceta varón, con el fin de asistirse mutuamente, tanto en lo espiritual como en lo material. Por supuesto, este modo de vida se tornaba muy peligroso para los dos involucrados, y en un motivo de escándalo para muchos en la Iglesia. Los Padres, por supuesto, no dejaron de atacar tal práctica y calificarla de grave abuso. Por supuesto, no todas las vírgenes y sus compañeros actuaban de mala fe, y es que en verdad el aislamiento natural causado por el distanciamiento de las costumbres mundanas se hacía más difícil sin la ayuda de algún camarada. Pero esta ayuda se podía ofrecer de otra forma.

En cada Iglesia local, los obispos impulsaron la creación de comunidades de vírgenes más o menos organizadas, bajo el cuidado de un clérigo competente y de una diaconisa. Con ello se facilitaba la práctica de la pobreza y la mutua asistencia espiritual: y aquí tenemos, en estado embrionario, la futura vida cenobítica.

Icono griego contemporáneo de Orígenes.

Sobre los ascetas varones la información es mucho más escasa. Existen ligeras menciones en la Didaché y en la carta de Bernabé, confirmando así su existencia desde los primeros años del cristianismo. Muchos Padres de la Iglesia y escritores eclesiásticos antiguos fueron ascetas; sirva de ejemplo nombres ilustres como Tertuliano, Orígenes, San Basilio. Su ideal de vida era muy semejante al de las vírgenes, aunque haciendo cierto énfasis en el estudio de las Escrituras, y debido a su ciencia muchos ingresaban al clero. Al principio, lo mismo que las vírgenes, no se distinguían de las demás personas más que en su especial preocupación por los pobres y por una vida más entregada a la oración. También, entrado el siglo III, empezaron a agremiarse poco a poco, bien por propia iniciativa, bien movidos por sus obispos. Y progresivamente se fueron convirtiendo en verdaderas comunidades estables, algunas de las cuales se convertirían en monasterios cuando el monacato cenobítico hace su aparición oficial en el panorama de la Iglesia.

He aquí entonces la primerísima manifestación de una vida consagrada en el seno de la Iglesia. En torno a la más radical de las renuncias, el celibato, se van organizando las demás prácticas y costumbres  que después caracterizarán a la vida religiosa primitiva: los ayunos, la pobreza, las vigilias, la oración continua, la salmodia cotidiana, la lectura asidua de las Escrituras. Pero llegará un momento en el cual será difícil distinguir la frontera entre el ascetismo premonástico y el monacato propiamente dicho.

Dairon

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