Santo Tomás de Villanueva, arzobispo agustino de Valencia

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El Santo repartiendo limosna entre los pobres. Lienzo de Bartolomé Esteban Murillo (ca. 1678). Museo Provincial de Bellas Artes de Sevilla, España.

Tomás de Villanueva (1486-1555) fue un prestigioso predicador que fue llamado «el divino Tomás» por el enorme afecto que generaba como un nuevo apóstol San Pablo, enviado por Dios para transformar a los pecadores. Y es que nació en la localidad de Fuenllana y su sobrenombre le vino por la ciudad donde se educó y creció, Villanueva de los Infantes, donde fue a refugiarse con su familia con motivo de la peste que asolaba el lugar donde vivían. Ya en su infancia y, a pesar de que su familia tenía una posición acomodada, muchas veces andaba desnudo porque había dado sus ropas a los más necesitados.

Realizó sus estudios con gran éxito en la universidad de Alcalá y en 1516 solicitó y consiguió ser admitido en la comunidad de los padres agustinos en Salamanca. En el año 1518 fue ordenado sacerdote y luego se dedicó a la docencia en la universidad. Destacaba sin duda por su excepcional inteligencia y por dar soluciones certeras a los problemas complejos que se le planteaban. En cambio, se dice que su memoria no era tan buena y que debía esforzarse en exceso para no distraerse en cosas menores.

En su atención a los enfermos era en lo que ponía una especial atención pues en ellos decía que uno se encuentra con Dios y puede hablar con él. Con cada vez más frecuencia entraba en éxtasis cuando celebraba la Misa y entonces su rostro se iluminaba, lo que llamaba la atención de quienes le veían. Ejemplo de esto es que se dice que un cierto día mientras predicaba en Burgos contra el pecado, tomó en sus manos un crucifijo y levantándolo gritó «¡Pecadores, mírenlo!», y se quedó en éxtasis durante un cuarto de hora mirando hacia el cielo, tras lo que se disculpó con los que le miraban sorprendidos.

Como su fama fue creciendo notablemente el emperador Carlos V, que admiraba profundamente sus sermones y le nombró su consejero y confesor, le ofreció reiteradamente el cargo de arzobispo de Granada pero él nunca lo había aceptado. Tras esto le ofreció el de Arzobispo de Valencia y Tomás se volvió a negar totalmente a obedecer al emperador en esto. El hijo del gobernante, que sería el futuro Felipe II, le rogó que aceptara pero tampoco quiso aceptar. Sólo cuando su superior de comunidad se lo ordenó bajo voto de obediencia, a pesar de pertenecer a la orden de ermitaños de San Agustín, entonces aceptó el cargo.

Vista de las reliquias del Santo veneradas en su capilla de la catedral de Valencia, España. Foto: www.catedraldevalencia.es

Prueba de su humildad es que cuando llegó a Valencia de medianoche y en medio de una tormenta pidió hospedaje de caridad en el convento de los Padres Agustinos y que sólo quería una estera para echarse en el suelo. Al descubrir los frailes quién era se arrodillaron ante él. Además, rechazó un regalo de 4.000 monedas de plata de los sacerdotes de la ciudad y lo entregó al hospital que necesitaba ser reedificado. Pronto empezó a recibir críticas de los amantes de las sedas y los oropeles ya que vestía una sotana vieja y casi andrajosa.

Valencia vivía unas condiciones espirituales deplorables después de un siglo sin un obispo residente, con muchos clérigos en situación irregular y atenazada por la agitación morisca. Tomás busca la recristianización de la diócesis y, por ello, una de sus obsesiones fue la de que sus sacerdotes tuvieran una conducta intachable y se cuenta que en una ocasión llamó a uno que le daba más de un problema y le dijo que la culpa de que no se hubiese enmendado era de él mismo ya que no había realizado penitencias para su conversión, por lo que comenzó a fustigarse duramente hasta derramar sangre. Al ver esto, el otro se arrodilló y mejoró su conducta.

Fundó el llamado Colegio de la Presentación,en el que diez estudiantes pobres podían prepararse al sacerdocio en un ambiente de estudio, recogimiento y piedad. Además, criticaba duramente en algunos de sus sermones la crueldad en las corridas de toros. A pesar de que la oración y la meditación ocupaban gran parte de su tiempo había dado órdenes a su secretario de que cualquier pobre, y eran muchos, que se acercara a su Palacio debía recibir algo. Especial cuidado tuvo de los huérfanos y no hubo muchacha pobre de la ciudad que en el día de su matrimonio no recibiera un buen regalo del arzobispo.

Losa del sepulcro del Santo, expuesta en el suelo de su capilla en la catedral de Valencia, España. Foto: www.catedraldevalencia.es

Algunos le criticaban por tanta magnanimidad con gentes con pocos merecimientos y él les decía: «Mi primer deber es no negar un favor a quien lo necesita, si en mi poder está el hacerlo. Si abusan de lo que reciben, ellos responderán ante Dios». Además era especialmente insistente con las gentes de riquezas en que no debían gastar en cosas superfluas para así practicar la caridad e, incluso, les conminaba a repartir ayudas a los que no se atrevían a pedir. Esas ideas le mueven a denunciar injusticias, a fustigar el lujo de los ricos y, sobre todo, a ser cauto en la administración y parsimonioso en los gastos. Sólo así podría ser generoso con los pobres. Ejemplo de ello es que en su tiempo las rentas del arzobispado ascendieron de 18.000 a 30.000 ducados, de los que la mitad los destinaba a socorrer a los pobres.

Finalmente, un Septiembre del año 1555 sufrió una angina de pecho y se dispuso a repartir entre los pobres todo el dinero que había en su casa. Y murió con 66 años este noble ejemplo de caridad y bondad sobrehumanas. Su cuerpo, enterrado en la iglesia agustiniana del Socorro, fue trasladado a la catedral de Valencia en el año 1658.

Salvador Raga Navarro
PRESIDENTE
Asociación Cultural VIA VICENTIUS – GOGISTES VALENCIANS

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