El martirio incruento: Santa Ana Schäffer

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Óleo-retrato de la Santa en su lecho de sufrimiento. La leyenda dice en alemán: "Beata Ana Schäffer, ruega por nosotros".

Nació en Mindelstetten, pueblo situado en el centro de Baviera, entre Regensburg e Ingolstadt, el 18 de febrero de 1882. Era hija de un carpintero. Desde niña mostró un carácter reservado y, gracias a la buena educación cristiana de su madre, se le inculcó la religiosidad y el amor de Dios. A los 12 años, el día de su Primera Comunión, se ofreció al Señor. Dado que alimentaba el deseo de entrar como religiosa misionera en una orden, una vez terminados sus estudios en diversas escuelas de Regensburg y Landshut, intentó conseguir la dote necesaria.

En junio de 1898, Ana sintió la llamada de Jesús, que sería decisiva para toda su vida: muy pronto sufriría muchos y largos padecimientos, aun cuando tenía una gran disponibilidad para la entrega -aquel mismo año se había consagrado a María-, como es normal, al principio sintió miedo ante esa perspectiva de sufrimiento . Renunció a su puesto de trabajo. No obstante, el 4 de febrero de 1901, en la casa forestal de Stammham (cerca de Ingolstadt), comenzó su calvario.

Al haberse desprendido de la pared de la chimenea la caldera del lavadero, quiso reparar el desperfecto, con tal mala suerte que resbaló, metiendo ambas piernas, hasta encima de las rodillas, en un recipiente de lejía hirviendo. A pesar de los intensos tratamientos, los médicos no lograron curar las heridas. Después de salir del hospital, en mayo de 1902, convertida ya en una inválida, su estado empeoró cada vez más, hasta el punto que se vio obligada a permanecer en cama.

A sus dolencias se sumaron una gran pobreza. Tras algunos intentos de rebeldía, Ana aprendió en esta dura escuela de sufrimientos a reconocer la voluntad de Dios y aceptarla siempre con alegría, en la enfermedad y en la pobreza veía una amorosa llamada de Cristo Crucificado a ser como Él. Ésta era su misión en la vida y su plena realización.

Con generosidad tomó la decisión de ofrecer su vida y sus sufrimientos a Dios como expiación. Recibía a diario la Sagrada Comunión de manos de su director espiritual, el párroco del lugar, Karl Rieger.

En otoño de 1910 tuvieron lugar hechos extraordinarios. En visiones que Ana llamaba “sueños”, vio primero a San Francisco y después al Redentor, que estaba dispuesto a aceptar su ofrecimiento de expiación. Desde entonces llevó los estigmas de Cristo, cosa que pocas personas conocían. Para poder sufrir en secreto y alejar cualquier búsqueda de sensacionalismo, rogó al Señor que le quitara los estigmas visibles (otro caso de estigmas invisibles se ven en Sta. Ma. Faustina del Santísimo Sacramento Kowalska.) Se disponía así a sobrellevar aun mayores dolores. Al mismo tiempo, reforzó su servicio de apostolado, ofreciendo sus oraciones y consolando, de palabra o por carta, a todos los que acudían a ella.

Consiguió unir en el apostolado de las obras (escribió innumerables cartas a los necesitados y deseosos de consejo, y hacía bordados para capillas e iglesias) con el de la oración, el sacrificio y el sufrimientos. Tenía los ojos puestos totalmente en la patria eterna. En lo más recóndito de su corazón consideraba que su cometido en la vida era dedicarse a la expiación, con sus dolores, soportados por amor de Dios, en el nombre de la Iglesia y para salvación de las almas.

Vista del sepulcro de la Santa.

En una carta del 29 de enero de 1925, escribió: “Lo más importante para mí es orar y sufrir por la Santa Iglesia y sus pastores. En cada Sagrada Comunión ruego con fervor al amado Redentor que cuide de su Santa Iglesia y de sus pastores, tenga la bondad de concederme un lacerante martirio por ellos y me acepte como una pequeña víctima expiatoria.”

Con sus padecimientos vivió un incruento “martirio de amor”. La fuerza para afrontar este martirio, que duró 25 años, la recibía en la Sagrada Comunión, al sumirse amorosamente en el Misterio de la Eucaristía y de la presencia real del Señor en el Santísimo Sacramento.

El 25 de abril de 1923 su estado empeoró notablemente. Sufrió una parálisis total de las piernas, seguida de dolorosos espasmos debido a una enfermedad de la médula espinal y, finalmente, un tumor en el recto. A causa de una desdichada caída de la cama, cinco días antes de su muerte, sufrió también una lesión cerebral que entorpeció seriamente su capacidad de hablar convirtiéndose de este modo ya sólo en una “víctima silenciosa”. El lunes 5 de octubre de 1925 recibió su última Comunión. Mientras se santiguaba, y con las palabras: “Jesús, yo vivo para ti”, entregó al Creador su alma purificada por el fuego de largos sufrimientos. Ha sido canonizada el 21 de octubre de 2012 por Su Santidad el papa Benedicto XVI.

Tacho de Sta. María

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es