La Devoción al Sagrado Corazón de Jesús (I)

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Estampa devocional italiana que reproduce la iconografía clásica del Sagrado Corazón.

Introducción
Para algunos cristianos de la “nueva ola”, teólogos elegidos a sí mismos como “serios”, o miembros de nuevos movimientos post-Vaticano II, hablar de devociones no sólo les chirría, sino que son motivo de burla y chanza. En pleno siglo XXI, ¿no son las devociones asuntos de ancianas piadosas? ¿No queda algo anquilosado y ya pasado hablar del sentimentalismo devocional? Es cierto que existen peligros de caer en devociones sin espiritualidad alguna. Y precisamente, a la devoción que nos ocupa hoy, la referida al Sagrado Corazón, se le ataca como a las otras argumentando esto y mil dificultades más [1]. He de confesar que, a la hora de buscar información para hacer el artículo, he quedado impresionado por la gran espiritualidad que subyace detrás. Resulta que no es cosa de señoras piadosas entradas en años, sino que gran número de Padres de la Iglesia, eminentes teólogos y Papas, del pasado y actuales, han hablado sobre el tema, como veremos más tarde. Yo, que era algo escéptico con la “seriedad” de esta devoción, ahora, después de su redescubrimiento (o descubrimiento, quizás), he tenido que retraerme de mis equivocados pensamientos, reconocer su grandeza y recordar aquella cita que nos viene muy bien a todos para no caer en la soberbia: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, por haber ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes y haberlas revelado a los pequeños” (Mt 11, 25).

El corazón del hombre no es un órgano más
Si nos fijamos por una vez en lo que nuestro corazón es y significa, veremos que no es un órgano biológico más, que late y nos da la vida, sino que está cargado de una significación y simbolismo que no posee ningún otro. Con convicción podemos decir que el ser humano tiene un corazón distinto que las demás criaturas porque su significado, como seres con alma que somos, es también diferente: “sólo el hombre tiene propiamente corazón” [2]. Es el centro de nuestra vida afectiva, religiosa y volitiva. “Es además un símbolo aceptado por muchas culturas que habla de la interioridad espiritual del hombre” [3].

Vista de la Basílica del Sagrado Corazón ("Sacré Coeur") de Montmartre, París (Francia).

El Corazón en la Escritura
Cuando uno busca la palabra “corazón” en la Sagrada Escritura se queda sorprendido por el gran número de veces que aparece. En el Antiguo Testamento aparece 853, en el Nuevo, 159. Da la impresión que el lenguaje bíblico tiene a este órgano como el lugar y “abismo que oculta los misterios de los deseos humanos, y sus motivaciones y anhelos” [4]. “Lo profundo de las conciencias humanas, el misterio interior del hombre, en el lenguaje bíblico, y no bíblico también, se expresa con la palabra corazón” [5]. El corazón guarda el misterio mismo del hombre, es su centro, su canal de comunicación con Dios. Es el símbolo por excelencia del amor, centro del cristianismo. El Catecismo de la Iglesia Católica, nos aporta un texto esclarecedor: “La tradición espiritual de la Iglesia también presenta el corazón en su sentido bíblico de lo más profundo del ser, donde la persona se decide o no por Dios” [6].

Podíamos poner muchas citas bíblicas que hablan de la riqueza semántica y teológica de la palabra “corazón”, pero elijo estas pocas, que son las que más me gustan y llenan, para no hacer demasiado largo el artículo:
“Amarás a Yahvé con todo tu corazón” (Dt 6, 5). Es decir, con todo tu ser.
“Yo pongo mi ley en su interior, la escribo en sus corazones” (Jer 31,33)
“Me ha abierto todo su corazón” (Jue 16, 18). Es el pasaje cuando Dalila cuenta cómo Sansón se había entregado completamente a sus seducciones.
“Del corazón vienen los malos pensamientos, los homicidios…” (Mt 15, 19)
“El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rom 5, 5)

Monumento al Sagrado Corazón en el Cerro de los Ángeles, Getafe (Madrid, España).

Pero alguno dirá que todas estas citas se refieren al corazón del hombre, pero, ¿y las referidas al corazón de Dios, del mismo Jesús? Pues aquí están algunas que nos hablan de lo más profundo, de la interioridad, del seno, de las entrañas, del corazón mismo de Dios. Algunas de ellas se usan en la liturgia de este día:
“Mi corazón se conmueve en mi interior y a la vez se estremecen mis entrañas” (Os 11, 8).
“Los proyectos de su corazón de edad en edad” (Sal 33, 11)
“Mi corazón es como cera y se derrite en mi interior” (Sal 22, 15). Esta es la llamada “Oración del Mesías en el suplicio de la Cruz”.
“Me has robado el corazón, hermana mía, esposa” (Cant 4, 9). Es el pasaje del amor de Cristo-Esposo a la Iglesia-Esposa. Muy importante en los comienzos de esta devoción y en la reflexión patrística y medieval [7].
“Venid a Mí todos (…) que soy manso y humilde de corazón” (Mt 11, 28ss). Es imprescindible esta cita en un día como hoy.
Por tanto, la devoción al Sagrado Corazón tiene unos fundamentos bíblicos muy sólidos, pétreos. No es una devoción inventada por un místico de pacotilla que no tenía nada mejor que hacer ese día, sino que hunde sus raíces en la mismísima Sagrada Escritura.

"San Agustín", lienzo barroco de Philippe de Champaigne, s.XVII. El corazón llameante es el símbolo del amor ardiente del Santo de Hipona.

El Corazón de Jesús en la santidad de la Iglesia
¿Desde cuándo se empezó hablar en la Iglesia del Corazón de Jesús? Pues diríamos que desde el comienzo de la misma Iglesia. Aunque a lo mejor es un poco presuntuoso, podíamos decir que la primera devota del Corazón de Jesús es su propia Madre, la Virgen María, que lo tuvo en su seno, fue su esclava, aceptó su voluntad divina y “conservaba todas estas cosas en su corazón” (Lc 2, 19. 51). Contemporáneo a ella fue san Juan, el discípulo amado por ese Corazón, que se recostó sobre el pecho del Salvador en la Última Cena (Jn 13, 21-26), fue testigo del prodigio de que tras la lanzada salió sangre y agua del costado de Jesús (Jn 19, 34) y entendió el mensaje de Dios-amor (1 Jn 4, 8). Incluso después, san Pablo manifiesta el amor que tiene a todos en las “entrañas de Cristo” (Fil 1,8).

Los Santos Padres recogieron esta Tradición de los apóstoles y meditaron sobre el nacimiento de la Iglesia y de los sacramentos del costado de Cristo [8], y sobre el gran amor que irradia el Corazón de Jesús. San Agustín, san Paulino de Nola y san Juan Crisóstomo nos hablan de la escena de san Juan en la Última Cena cuando se apoyó en el pecho de Cristo, y afirma que en ese instante el Corazón transmitió al oído de san Juan todos sus misterios. También, el mismo san Agustín, con expresión muy acertada, afirmaba que el Divino Corazón es el “incensario de Dios que esparce amor y misericordia” [9].

Dentro de las órdenes monásticas parece ser que floreció en el Medievo esta devoción. Así, entre los cistercienses encontramos al gran san Bernardo de Claraval, que afirma que la lanzada muestra el gran amor del “Corazón de Cristo” [10]; a Santa Lutgarda, que tuvo visiones y según se cuenta intercambió místicamente su corazón con el de Jesús; al beato Guillermo de S. Thierry que adoctrinaba sobre la importancia de entrar de lleno en el Corazón del “Santo entre los santos”; y sobre todo a la mística Santa Gertrudis de Helfta, que tuvo repetidas visiones, sobre todo una especial en la fiesta de san Juan Evangelista, en la cual, acercando su oído a una imagen de un crucificado, oyó los latidos del Sagrado Corazón [11]. Esta misma santa, en conversaciones místicas con Nuestro Señor afirmaba que ”vuestro Corazón adorable se rompió y desgarró por el esfuerzo de los dolores; de suerte que se puede decir que moristeis de amor y de dolor por mí” [12].

Sagrado Corazón de Jesús con San Ignacio de Loyola (izqda.) y San Luis Gonzaga (dcha.), obra de José de Páez (s.XVIII). Museo del Virreinato de Tepozotlán, México. Entre los miembros de la Compañía de Jesús la devoción al Sagrado Corazón fue y sigue siendo muy intensa.

Entre los franciscanos también se extendió esta devoción. Así, vemos a santa Clara saludando todos los días al Corazón en el Stmo. Sacramento; a san Buenaventura, doctor de la Iglesia, que afirmaba “lo bueno que era habitar en el Corazón” y que “prefería darlo todo, todos mis pensamientos y todos los afectos de mi alma por Él, poniendo toda mi mente en el Corazón de mi buen Jesús” [13]; y las terciarias franciscanas beata Ángela de Foligno, que tuvo visiones místicas, y santa Margarita de Cortona, que encontró en el Divino Corazón, tras su conversión, un baluarte donde refugiarse.

En la misma línea devocional y mística encontramos a los dominicos Sto Tomás de Aquino [14], Beato Enrique de Suso, santa Catalina de Siena y Juan Taulero, y a los cartujos Ludolf de Sajonia y Lansperguio, el cual animaba a “visitarle frecuentemente con devoción y amor, besarle en espíritu, con todo respeto y afecto, poniendo en El vuestra morada” [15].

Fueron los miembros de la Compañía de Jesús en el s. XVI y XVII grandes devotos del Divino Corazón y propagadores de la misma, destacando Álvarez de Paz, Luis de la Puente, y los santos Francisco de Borja, Alfonso Rodríguez, Luis Gonzaga y Pedro Canisio. También destacó de una manera sobresaliente san Juan Eudes, llamado por el papa Pío X, apóstol de la devoción a los Sagrados Corazones, que aparte de ser devoto, fomentar su fiesta litúrgica, como luego veremos, y de escribir varios libros dedicados al Corazón de Jesús y de María, puso bajo el patrocinio de éstos a la congregación por él fundada. Grandes devotos fueron también los cofundadores de la Orden de la Visitación (Salesas): San Francisco de Sales, que atribuía la fundación de su Instituto a los “Corazones de Jesús y María”, y Santa Juana de Chantal que según se cuenta, influyó hondamente en una de sus novicias, santa Margarita María Alacoque. Ella, y toda su orden posteriormente, serían grandes promovedores de esta devoción por el mundo pues, como hemos visto, hasta el momento había permanecido en libros teológicos, monasterios y casas religiosas.

Aparición de Cristo a Santa Margarita María Alacoque. Lienzo del siglo XIX.

Santa Margarita María Alacoque era una humilde monja salesa de un sencillo monasterio, Paray-le-Monial. El mérito de esta santa con respecto a san Juan Eudes es que éste no diferenciaba en su devoción entre el Sagrado Corazón de Jesús y el Inmaculado de María. Santa Margarita fue estrictamente devota del primero. Comenzó a recibir visiones en la fiesta de san Juan Evangelista de 1673, en la misma festividad, como hemos visto ya, que santa Gertrudis. Después de aquello se suceden las apariciones y mensajes hasta su fallecimiento en 1690, que son recogidos por la santa en cartas y diarios que son de un valor incalculable, reconocidos por diferentes pontífices [16]. Ella misma pide que se propague esta devoción por toda la Cristiandad: “Los tesoros de bendiciones y gracias que encierra este Sagrado Corazón son infinitos. Si se supiera lo que agrada a Jesucristo esta devoción, no habría un cristiano que no la practicara, por poco amor que tuviera a este amable Salvador [17]. La Iglesia dio mucha importancia a estas revelaciones pues ha difundido con entusiasmo las prácticas que Nuestro Señor reveló a santa Margarita, a saber:
– La Fiesta dedicada al Sagrado Corazón sería el viernes tras la octava del Corpus
– Hora Santa todos las noches del jueves al viernes
– Consagración y Reparación
– Misericordia del Corazón de Jesús a quien comulgare nueve primeros viernes de mes seguidos
– Comunión frecuente expiatoria y reparadora

Imagen original del Cristo de la Divina Misericordia, que representa las visiones de Santa Faustina Kowalska.

Imagen original del Cristo de la Divina Misericordia, que representa las visiones de Santa Faustina Kowalska.

S. Claudio de la Colombiere, jesuíta, director espiritual de la santa, se sintió llamado a “difundir entre su Orden la devoción al Sagrado Corazón” [18] y escribió los primeros tratados sobre ésta. Aunque, como hemos visto ya, grandes figuras de los jesuitas destacaron en esta devoción, es a partir de este santo cuando se difunde al pueblo llano. La extensión o retroceso de la devoción al Corazón vendrá ligada, en los siglos posteriores XVIII y XIX, a la propia extensión de la Orden ignaciana (recordemos las vicisitudes de los jesuitas en esos siglos).

Entre los propagadores y santos posteriores devotos destacan Santa Verónica Guiliani, capuchina, que contaba que el “Corazón de Jesús fue su celda, monasterio y cielo” [19]; el místico beato P. Bernardo Hoyos, SJ, en proceso de canonización, apóstol del Corazón en España, que recibió la gracia de numerosas visiones; la beata María del Divino Corazón, que recibió de Nuestro Señor en visiones la petición de la consagración del mundo entero, para lo cual escribió al mismísimo León XIII, que aceptó la petición [20]; Santa Gema Galgani, que gritaba a los cuatro vientos: “¿Qué has hecho a mi corazón, Jesús? ¿Qué has hecho que se vuelve loco por el tuyo?… ¡Viva el Corazón de Jesús!”; y santa Faustina Kowalska, que tuvo visiones en las que veía que del Corazón salían rayos rojos y blancos [21].

David


[1] Los peligros, recelos y ataques que ha sufrido esta devoción son presentados en la interesantísima conferencia del P. Manuel Revuelta, SJ: “Evolución histórica de la devoción al Corazón de Jesús en España”, 9/3/2010
[2] Karl Rahner
[3] Juan Pablo II: 20-06-1979
[4] Juan Pablo II: A congresistas cardiólogos, 30/05/1989
[5] Juan Pablo II: Encíclica “Redemptor Hominis” (1979)
[6] Catecismo de la Iglesia Católica, 368
[7] P. Cándido Pozo, SJ: “Simbología del corazón en la Biblia y en la Tradición cristiana”.
[8] S. Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, 2, 85-89
[9] San Agustín: Comentario al Apocalipsis, 8
[10] San Bernardo: Sermón 61, 4
[11] Legatus divinae pietatis, IV, 305. Revelationes Gertrudianae.
[12] Santa Gertrudis: Insinuaciones de la divina piedad, ejercicio 10
[13] San Buenaventura: Opúsculo 3: El Árbol de la Vida, 29-30. 47: Opera omnia 8, 79
[14] “La caridad de las tres Divinas Personas es el principio de la redención humana en cuanto que, inundando copiosamente la voluntad humana de Jesucristo y su Corazón adorable, lo indujo con la misma caridad a derramar su sangre para rescatarnos de la servidumbre del pecado”. Summa Theologica III, q. 48, a. 5
[15] Lanspergio, in Pharetra divini amoris, lib. 1, parte 5
[16] Pío XII: Encíclica “Haurietis Aquas”, 98 (1956)
[17] Santa Margarita María Alacoque: Carta al P. Croiset, SJ.
[18] S. Claudio de la Colombiere, SJ: Diario de los Ejercicios Espirituales. Londres, 1677.
[19] Sta. Verónica Giuliani: Diarios
[20] León XIII: Encíclica “Anuum Sacrum”, (1899).
[21] Sta. Faustina Kowalska: Diario, la Divina misericordia en mi alma.

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