Leyendas Marianas (III)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Virgen gótica, titular de la iglesia de Santa María la Real, Olite (España).

La pastorcita de Olite (leyenda navarra)
La niña, único fruto de su dichosa unión, era la alegría y la esperanza de aquel honrado y humilde matrimonio de pastores que, allá por los comienzos del siglo XIII, había levantado una pobre cabaña en las laderas de un monte cercano a la ciudad navarra de Olite. Pero un día, cuando la pequeña intentaba dar los primeros pasos, la madre hizo, con dolor, un horrible descubrimiento: la niña no podía andar. Sus piececillos eran débiles y sus piernas se torcían como ramas que no pueden resistir el peso del fruto. La madre lloró desolada y el padre la contempló con espanto. ¡Que iba a ser de ella! La llevaron a los físicos de Pamplona y Tafalla. ¡Todo inútil!

El dictamen fue unánime: la chicuela no tenia cura. ¡No andaría! La inmensa dicha de disponer de su libertad, de ir y venir acá y allá a su albedrío, de moverse, de poder trabajar y ganar el sustento, le era negada… Seria un ser inútil; una invalidad a merced de los padres, mientras vivieran, a merced de alguna persona caritativa, de algún alma buena y compasiva, cuando ellos murieran. De otro modo… ¡a pedir limosna!…

¡Cómo lloro la pobre madre, cuando el físico – un judío converso que sabia mas que Lepe – clavole en el alma el cruel puñal de este desgraciado pronostico! Y volvió a la humilde cabaña, llevando entre los brazos, estrechándola contra su pecho con tal fuerza que hacia llorar a menudo, a la pobre niña. ¡La pobre hija suya no podía conocer las alegrías mas sencillas y puras: la libertad, el trabajo, la santa complacencia de vivir, el amor, la dicha de formar un hogar y perpetuarse sobre la tierra en los hijos y en los hijos de los hijos!…

Creció Isabel, que así se llamaba la niña. Era hermosa como una bendición del cielo, rubia como las espigas en agosto, de ojos dorados que recordaban el ámbar y la miel. Y su carácter, pese a aquella deformidad física que la imposibilitaba hasta para moverse: «Señor, hasta para moverme…» – decía a veces con lágrimas silenciosas – era dulce, sumisa, callada, melancólica, de una humildad celestial, como el de las santas y las mártires. Paciente, tesonera, reconcentrando todas sus actividades y energías e incapacitada de emplearlas de otro modo, había adquirido extraordinaria habilidad manual. Cosía, bordaba primorosamente, tejía cuerdas, pleitas de esparto o paja y construía esteras, cestas de mimbre, banastas, cruces, cajas y mil objetos mas de utilidad o adorno.

Las gentes de los pueblos vecinos, los señores feudales, los artesanos y burgueses acomodados, hacían encargos a la pastorcilla Isabel; los curas y abades de colegiatas y monasterios le encargaban enormes esteras de esparto, bordados y encajes para templos, sacristías y capillas para las casas de «sus reverencias». Al cabo de algunos años no hubo pueblecito o caserío, ciudad o aldea de los contornos en cuyos hogares no se mostrara algún primor de aguja o de pleita, de mimbre o de caña, fabricado por las manos de oro de Isabel.

Imagen de la Virgen del Cólera, patrona de Olite, Navarra.

Trabajaba siempre febrilmente. Sus ingresos habían permitido a los padres de ella construir una cabaña nueva y mejor y aumentar considerablemente las ovejas y las vacas. De esta forma había asegurado el sustento de la familia la pobre niña inválida. En la cabaña, humilde, pero limpia y amplia, reinaba holgado bienestar. Isabel la alegraba con su juventud de azucena. Olvidaba, enfrascada en el trabajo durante horas y horas, su terrible desgracia. Y los padres habían acabado también por aceptar aquella espantosa fatalidad, como se aceptan las cosas irremediables de la vida.

Pero un día…la pastorcilla Isabel, resignada hasta entonces con su anquilosamiento y su triste destino, sintió una ráfaga de rebeldía. Llegaba la juventud, la juventud amable,adorable, fuerte, coronada de risas; la juventud que ella veía manifestarse en sus amigas, en las compañeras de la infancia, pletóricas de vida, mostrándose en colores sanos, en movimientos llenos de gracia, en agresividad jovial, en carcajadas, en bromas, en cánticos…

La tarde anterior al día memorable hubo en el pueblo de Olite un baile aldeano que convocó a todas las gentes de los alrededores. Isabel fue llevada también. Años atrás, su padre le hizo construir en Tafalla un carro diminuto del cual tiraba un asno enano. Con él, Isabel pudo salir de casa; andar por los caminos, ir a las viviendas de las personas bondadosas que le hacían encargos. Aquella tarde, Isabel, sentada en un gran sillón frailero, presenció la fiesta como había presenciado otras hasta entonces, hundida, inmóvil, entre el grupo de comadres y viejos. Miraba bailar a sus amigas de la infancia, reír con los muchachos, iniciar los primeros coqueteos de mujercitas ante cuyos ojos se abrían a las dulces y tentadoras perspectivas del mundo y de la vida… Y ella estaba allí, clavada, hundida en un sillón, imposibilitada de moverse, desgraciada, inútil.

Sentía clavarse en ella, con piedad sincera, las miradas de las viejas y, sin querer, escuchaba palabras, dichas a media voz, que le herían hasta el fondo del corazón: «¡Pobre hija!…¡Pobre muchacha….¡Tan hermosa, tan buena!» Era verdad. Se había convertido Isabel en una flor radiante de juventud. Su busto recordaba las corolas de esas flores que, al llegar las lluvias de abril, rompen las vulvas del cáliz, orgullosas de mostrar al sol sus maravillosos colores, de embalsamar al aire con sus perfumes; estallaba el pecho de nácar dentro del corpiño, y todo en ella parecía como una santa bendición del cielo. Todo… menos aquella maldita deformidad. ¡Ah, si no fuera por ella!

Virgen románica venerada en Sabaiza, Tafalla (Navarra).

¡Con que amargura lloro Isabel al encontrarse en su lecho blanquísimo! Lloraba en silencio, con una pena honda, honda, salida del mismo corazón. Y al día siguiente fue cuando por primera vez sintió rebelarse la voluntad contra el destino.
¡Madre! – dijo la dulce niña cuando se encontraron a solas en la cocina, con las primeras luces del alba. Quiero decirte algo…
¿Que es, bien mío?
Pues que iré hoy en mi carrito al santuario de las Ánimas. He soñado que la Virgen me curaba.
¿Eso soñaste, hija mía?, pregunto la madre enternecida.
Si, madre. Todos los días ocurren milagros en el país. ¿Por qué no me he de ver yo curada también? ¡La Virgen todo lo puede y si Ella quisiera…!

La pobre mujer lanzó un gran suspiro, besó a su hija y la dejó partir. ¿Para que quitar aquella esperanza a la pobrecilla? Y la buena madre, un poco esperanzada a su vez, se quedó llorando en silencio, musitando oraciones.

Llegó la pastorcilla al santuario de las Ánimas. Estaba situado en lo alto de un pequeño cerro, entre pinares. La vieja que cuidaba la ermita le abrió la puerta y se alejó. Isabel salió del carro; se arrastró sobre el pavimento hasta llegar al pie del altar de la Virgen. En la soledad del pobre templo aldeano, la fe tomaba una expresión honda, suave y esperanzadora. La virgencita, humilde y pequeña, estaba en su modestísimo nicho, sobre un altar bajito, al alcance de la mano. Dos candelabros de bronce sostenían rusticas velas de cera. Por las ventanitas del santuario se colaba un airecillo sutil. Olía a sierra, a pinar.

¡Virgen Santa, Señora mía!, dijo Isabel con fe de corazón. ¡Todos mis deseos son puros, claros, como el agua de la fuente; mis ilusiones, santas; mis esperanzas, dulces y humildes! ¡Cúrame, Madre mía; ponme buena! ¡Quiero tener salud, como todas las muchachas, mis amigas, moverme, correr, saltar, reír, como ellas! ¡No me niegues, Madre buena, lo que tienen los pájaros, los animales todos! ¡Libertad de moverse, de andar, de valerse por si mismos! ¡Tu que ves lo que sufro, Virgen mía, cúrame!

Y entonces ocurrió el milagro: la imagen, de barro tosco, burdamente pintado, se animó, se transformó de pronto. El rostro de la Virgen tomó brillo y expresión de vida; sus ojos lanzaron destellos de mirada misericordiosa, al tiempo que sus labios, hechos ahora de grana, se entreabrían con dulcísima sonrisa. E Isabel oyó una voz melodiosa, como suspiro de viento en la arboleda:
¡Voy a hacerte dichosa hija mía! Ya se que tu eres buena, que tus sentimientos son nobles; tus ilusiones, puras. Conozco tus trabajos, tus esfuerzos, y como has mejorado la posición de tu familia. En esta misma ermita, y para honrarme, has dejado las obras de tus manos: esteras, flores, paños de altar, ropas bordadas… Bien, escucha: Te curarás, si y pronto; pero será por un milagro que tu misma has de hacer y adivinar. Alguien, no te digo quien es, se acercara a ti y te curara…Ten fe y paciencia. Y ahora, vete! La imagen volvió a su inmovilidad. Otra vez se había tornado barro.

Isabel cayó de bruces sobra las losas y gimió:
¡Oh, gracias, Madre mía, gracias, gracias! Y la hermosa pastorcilla, luego de llorar largo rato, de murmurar interminables palabras de gratitud, salió de la ermita y regreso a su cabaña. Iba radiante, transfigurada por la fe. ¡Ah, su alegría! ¡Y la alegría de sus padres!

Vista del retablo barroco del altar mayor, iglesia de Santa María de Tafalla, Navarra.

Convinieron en guardar el secreto, a ruegos de Isabel, hasta verificarse el milagro, del cual nadie dudaba ya en la familia. Pasó tiempo. La pastorcilla quedaba con frecuencia sumida en éxtasis. Esperaba, a cada instante, el milagro: ¡sanar, moverse, andar! Y así una semana, dos…un mes, otro…un año…Isabel, sin dudar, se consumía. Había cumplido catorce años, era como capullo primoroso recién abierto en el rosal bajo la lluvia de mayo.

Cada vez que alguien se acercaba a ella, sonreía con expresión divina, esperanzada, preguntándose interiormente. ¿Será ahora? Hasta que una mañana… Era el mes de las flores; los campos exultaban con el renacer primaveral. Un año hacia del día memorable en el cual la pastorcita, empujada por una llamarada de fe, imploró la salud ante la Virgen de la ermita de las Animas.

Aquella mañana Isabel guardaba el ganado. Desde su carrito, puesto al lado del camino en un hermoso prado, vigilaba las vacas, las ovejas, ayudada por tres grandes mastines. Ladraron los perros y en una revuelta del sendero, apareció alguien, cuya vista hizo a Isabel ruborizarse levemente y lanzar un suave suspiro de su pecho. Era Toñón quien se acercaba. El mas gallardo zagal de la comarca, el mas bueno, sencillote y callado de los muchachos de la aldea. A la vez alegre y modoso, discreto y noble. No mostraba hacia Isabel, como los otros muchachos del contorno, una humillante conmiseración indiferente. Toñón, no. Toñon la miraba con arrobo, con expresión humilde, respetuosa, admirativa.

A menudo le había dicho que era hermosa y que ninguna muchacha del contorno la aventajaba en bondad y cualidades excelentes. Ahora los dos jóvenes, hablaron largamente. Toñón se apoyó en los varales del carrito de Isabel y la charla era tan dulce que los dos muchachos se olvidaron del ganado y del mundo. De pronto Toñón, tras un largo silencio admirativo, cogió una mano de Isabelita, y mirando a la pastorcilla apasionadamente en los ojos, se llevó la mano de azucena a los labios y deposito en ella un beso. Isabel se estremeció. Todo su cuerpo se había erguido, atravesado por un fluido misterioso.

Probó a levantarse y lo hizo con facilidad; miró a sus pies: ¡ya no eran los muñones torcidos de siempre! Se alargaban con graciosa forma normal sobre la estera del carrillo; movía las piernas con agilidad y soltura. Al fin, saltó del carro y corrió alocada y como enloquecida por el prado, moteado de flores silvestres, gritando:
¡Milagro, milagro! ¡Estoy curada, estoy curada!…¡Gracias, gracias, Virgen de las Animas!
El prodigio voló por toda la comarca en alas de la fama. Unos meses después, cuando se celebraba alegremente la vendimia en los campos, se casaron Toñón e Isabelita. Y Toñón le decía en voz queda a la linda muchacha: ¡La Virgen hizo el milagro! Y mi amor fue el que supo descifrar el misterio de tu encantamiento… Y todavía hoy, en la hermosa catedral de Tafalla, puede verse el sepulcro de Toñón y su esposa, la dulcísima Isabel.

Abel

Bibliografía:
“Leyendas Marianas», de Fray Antonio Corredor ofm. Editorial-Apostolado Mariano

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