Venerable Félix de Jesús Rougier Olanier (I)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía del Venerable en una estampa con reliquia de tercera clase.

Fotografía del Venerable en una estampa con reliquia de tercera clase.

Presento a continuación para todos ustedes la vida de un misionero que, dejando familia, patria e incluso familia religiosa por el evangelio, fundó en nuestra patria no una, sino varias congregaciones religiosas que buscan extender el mensaje del Señor en la Cruz y el amor y acción del Espíritu Santo. Su vida no estuvo exenta de dificultades pero también fue ayudado por Dios que lo encausó a tener varias amistades santas que lo alentaron y apoyaron en su propósito.

Primeros años y vocación
Nació en Milhaud, Diócesis de Clemnt-Ferrand, Francia, el 17 de diciembre de 1859 y fue bautizado al día siguiente con el nombre de Benedicto Félix. Sus padres fueron Benedicto Rougier y Ma. Luisa Olanier. Un hermano suyo Manuel Rougier fue también sacerdote marista. Tuvo una infancia normal en su pueblo natal. En 1869 hace su Primera Comunión, en la Parroquia de Meilhaud y en 1872 junto con sus padres, se va a vivir a Les Iles, Auvernia. Fue simplemente uno de tantos: mediocre en sus estudios, con amigos buenos y no tan buenos, y los pecadillos de todo adolescente. Esto es lo que, en resumen, cuenta él mismo en sus «Memorias». En 1868 inicia sus estudios en el Colegio de los Hermanos del Sagrado Corazón, en Saint-Germanin-Lermbron, Auvernia, donde recibe el llamado a la vocación sacerdotal por lo que en 1874 inicia sus estudios en el Colegio – Seminario de Le Puy.

Cuando Félix estudiaba la Preparatoria, Mons. Elloy, obispo misionero marista, visitó el Seminario para invitar a los jóvenes, que lo escuchaban, a suplirlo en su labor misionera en las apartadas regiones de Oceanía. Ante la pregunta: “¿Hay entre ustedes alguno que quiera acompañarme a las misiones?” todos guardaron silencio. En su Diario, el P. Félix dice: «Yo miré en torno mío. No se levantó ninguna mano. Entonces sentí interiormente un movimiento irresistible. Me determiné en un segundo a irme con el obispo misionero y levanté la mano, sin duda por inspiración de Dios». Félix respondió con voz firme y decidida: “Yo quiero Monseñor”.

En 1878, a los 19 años, entra en el noviciado de los Padres Maristas en Sainet-Foi-les Lyon. Se conservan aún los informes escritos que su maestro de novicios, pasaba cada trimestre a los superiores. Son bastante buenos los que se refieren al hermano Félix. Pero en los del segundo trimestre aparece esta observación: «Su salud es buena pero sufre de artritis en la muñeca derecha». Y en los del tercer trimestre se lee: «Dudamos de su vocación a causa de su artritis». Los del último trimestre dicen: «Su adhesión a la Sociedad de María no sólo es sincera, sino entusiasta. Sin em­bargo, su vocación sigue dudosa a causa de su salud».

La artritis deformante abarcaba ya la mano y todo el brazo derecho. El hermano Félix aprendió a escribir y a comer con la mano izquierda. El 24 septiembre de 1880 hace su Primera Profesión en la Sociedad de María. Inicia sus estudios de filosofía ese mismo año. En 1882 el 17 marzo ocurre un encuentro que lo marcaría para siempre: por aquellos días llegó a la ciudad de Toulousse Don Bosco (ahora San Juan Bosco), el fundador de los Salesianos, cuya fama de santidad se extendía ya por toda Europa. La mamá del hermano Félix era cooperadora salesiana, y a instancias de ella Don Bosco recibió al estudiante Marista del brazo enfermo. Oró por él imponiéndole las manos sobre la cabeza. Oró por su salud y por su vocación. La artritis de la pierna sanó en pocos días. La del brazo se detuvo de inmediato y aunque fue desapareciendo muy lentamente, no volvió a ser un obstáculo para su vocación. Al cabo de un tiempo, quedó completamente sano. La gratitud por esta curación perduró en el padre Félix, y también su confianza en la intercesión de Don Bosco. En 1883 el 2 febrero hace su Profesión perpetua en la Sociedad de María.

Hacia inicios de 1884 inicia los estudios de Teología en el Seminario Marista de Barcelona, donde aprende el castellano, y finalmente el 24 septiembre de 1887, fiesta de Nuestra Señora de las Mercedes, recibe la ordenación sacerdotal, en la Catedral de Lyon, Francia. Ese mismo año, los superiores lo nombran profesor de Sagradas Escrituras en el Seminario Marista de Barcelona.

Fotografía del Venerable con sotana de marista.

Fotografía del Venerable con sotana de marista.

Misionero en América
En julio de 1895, fue enviado a Colombia como superior de una nueva fundación en Ibagué, en donde desarrollo una asombrosa actividad misionera en favor de sacerdotes, religiosas, seminaristas, jóvenes, niños, pobres… todos recibieron del P. Félix la orientación certera, la palabra fecunda y la ayuda eficaz que necesitaban.

Debido a la guerra civil en Colombia, fue enviado a México en febrero de 1902; lo nombraron Párroco de la colonia francesa en México, haciéndose cargo del templo de Lourdes del Colegio de Niñas en el centro de la ciudad; al año siguiente tuvo la gracia de conocer a la Sra. Concepción Cabrera de Armida, quien le transmitió la riqueza de la espiritualidad de la Cruz que había recibido por inspiración divina y lo entusiasmó por las Obras de la Cruz, de manera particular por la fundación de los Misioneros del Espíritu Santo.

Su encuentro con Conchita Cabrera
Es el 4 de febrero de 1903, cuando siendo superior en la Ciudad de México recibe como penitente, buscando confesión, a la entonces joven madre Concepción Cabrera de Armida, mujer que por gracia de Dios y sin dejar su estado de vida matrimonial, recibía gracias místicas extraordinarias. En sus Memorias, el P. Félix relata este mismo hecho, y di­ce: «Esa señora desconocida, me habló de cosas de mi vida que es imposible que ella hubiera podido conocer naturalmente». Ella cuenta en su diario que, esa mañana, yendo a casa de su mamá, algo inexplicable la hizo bajarse del tranvía, dirigirse a la iglesia de Lourdes y pedir confesarse con el P. Félix, a quien no conocía. Luego añade: «Como obligada por un impulso extraordinario, comencé a hablarle de las Obras de la Cruz, y de su espíritu. Yo sentía que las palabras no eran mías, pues hablaba con un fuego, con una facilidad, con algo que no podía ser sino del Espíritu Santo. Y, no sé cómo, vi el fondo del corazón del P. Félix, la mella que en él hacían esas palabras. Sentí claro que en él se obraba una transformación, que se le comunicaba una luz, que se le mostraba un camino y se le daba una gran fuerza para seguirlo». Luego Conchita siguió hablando acerca de las Obras de la Cruz, y cuando el P. Félix oyó lo referente a las religiosas de la Cruz, fundadas desde hacía seis años, y de cómo era su espiritualidad, preguntó si había una congregación de sacerdotes con ese mismo espíritu. Conchita respondió lacónicamente: «No, pero la habrá». Esta entrevista se prolongó dos horas. El diálogo termina así: «Ya lo habré cansado, padre; ya me voy». «A mí no me cansa nunca hablar de Dios». Enseguida Conchita prometió al Padre Félix regalarle un libro sobre el Apostolado de la Cruz, y se despidieron. El P. Félix comenta en su diario: «En esta conversación mi vida se orientó hacia nuevos horizontes».

Un mes después, el 2 de marzo, el Señor le habló a Conchita para decirle que era su voluntad que el P. Félix fundara la nueva congregación de los Religiosos de la Cruz (que después se llamaron Misioneros del Espíritu Santo). Pero Conchita no le comunicó nada de esto al P. Félix, sino que primero consultó por carta a su director espiritual, que residía en Oaxaca y era por entonces el padre Alberto Cusco y Mir de la Compañía de Jesús. Hasta el 9 de abril Conchita habló con el P. Félix sobre este delicado asunto. «Y desde ese día no he tenido la menor duda de que Dios me llama a esto» (carta del P. Félix al Superior General). El 10 de abril, el Señor volvió a decirle a Conchita: «Quiero que el Padre Félix sea el fundador de la Congregación de hombres. Lo quiero para las Obras de la Cruz». Lógicamente siendo seglar era impensable emprender esta obra, por lo cual después de mucha oración se topó con Félix, quien también deseaba servir a Dios en un proyecto nuevo e innovador. Por ese tiempo estaba aún sometido a la obediencia con los maristas, por lo cual la fundación de esta congragación era impensable, sin embargo logra por medio de algunos sacerdotes amigos viajar a Europa para hablar de los Religiosos de la Cruz(nombre primitivo de la orden), con sus Superiores.

Fotografía de la Venerable Concepción Cabrera.

Fotografía de la Venerable Concepción Cabrera.

La Cruz de la obediencia
Al regresar a Francia las cosas no fueron fáciles. Desde su llegada a la casa general cuando el padre Félix solicitó el permiso de salirse de la misma para fundar la mencionada Congregación, se le negó el permiso y se le prohibió rotundamente ocuparse de este proyecto durante 10 años. Esto provocó un gran dolor en él pero se mantuvo firme con Cristo sabiendo que su labor daría frutos. La Sra. Cabrera recibió la última carta del padre Félix el 11 de septiembre. Y ella no volvió a comunicarse con él. El 14, escribió lo siguiente al Superior General: «Recibí una carta del P. Félix, en la cual me avisa de su traslado a Barcelona y de la prohibición de volverme a escribir. Muy bien, mi respetado padre, no tema que yo contraríe su voluntad en lo más mínimo. Ud. está en el deber de tomar el camino que le parezca más prudente. Pero espero que el Señor le hará conocer la verdad de su deseo» (México, 14 de Sep. 1904).

Se dedicó durante este tiempo a la oración y al servicio en las escuelas maristas, especialmente en la de Saint Chamond. En este tiempo se reciente su salud por los cambios de clima y por la ocupación propia de las escuelas. Cuando su salud estuvo regular, daba 12 horas de clase semanales, preparaba las lecciones, corregía los cuadernos y cuidaba la disciplina de los muchachos. Todo eso no le gustaba, pero se sentía contento: «Mis ocupaciones actuales son opuestas a mis gustos na­turales, pero me siento feliz, pues veo claro que Jesús me quiere aquí. ¿Y qué más puedo desear fuera de su voluntad? Cada día doy las gracias al Señor por haberme traído a este pueblo, a este silencio, a esta soledad donde no conozco a nadie sino a mis hermanos y a mis alumnos. Siento que esta vida me llama. Lejos del mundo, con tiempo para mi oración y para cumplir mis tareas de cada día».

Pero a pesar de esa aparente tranquilidad, al comenzar el año escolar 1910, escribe esta nota en su diario: «He notado que me he puesto muy nervioso, y que no puedo soportar nada contra la disciplina. Me esfuerzo en tener paciencia pero me cuesta muchísimo. Lo que pasa es que hay aquí uno o dos más nerviosos que yo… pero sin ninguna malicia. Jesús, quiero tener paciencia». Mientas el Padre se dedicaba a la docencia, la Sra. Conchita y sus amigos en México escribieron cartas a Francia, tratando de convencer a los Superiores del padre Félix para que le dieran el permiso de regresar a México, a encargarse de la fundación. Estas cartas fueron escritas por Mons. Leopoldo Ruiz y Flores (Obispo de León y después auxiliar de Morelia), Mons. Emeterio Valverde (Canónigo de la Catedral de México y posteriormente Obispo de León), Mons. Ramón Ibarra, Arzobispo de Puebla, y dos cartas de la misma Conchita. Sería largo transcribirlas, pero en ellas se trata del asunto de la fundación, de que la Sra. Armida era un alma de Dios, examinada por teólogos y su petición era de origen divino, que no es nada nuevo en la historia de la Iglesia el que un miembro de una comunidad religiosa sea el fundador de otra nueva familia; por el contrario, se requiere la experiencia de un religioso para formar a nuevos religiosos y que se cuenta con la bendición del Arzobispo de México para la obra y otras cosas por el estilo.

Por sus cartas se sabe que su salud tuvo sus altas y sus bajas durante esos años, y que su trabajo fue aumentando, porque el padre Félix era hombre de mucha iniciativa y no podía estarse muy quieto. Sabemos también, por sus cartas y por su diario, cuáles eran sus sentimientos más íntimos: «… Ya ve, padre, como no tengo nada a favor mío para ser fundador. Ni ciencia, ni virtudes, ni grados de oración, ni revelaciones de Dios; porque yo nunca he visto nada, ni he oído nada. Yo no veo en mi nada que me haga digno de semejante misión. Lo único que tengo, y eso porque Jesús me lo ha dado, es que no quiero hacer nada por mi propia voluntad, sino ser un instrumento totalmente dócil a Dios, por medio de la santa obediencia. Desde mi noviciado he amado la obediencia pronta y alegre, y si se llega a realizar esa fundación, deseo que sea por el camino de la más perfecta obediencia. Desde que me decidí a emprender esta Obra, he hablado a mis superiores con la sencillez de un niño. Claramente les ma­nifesté todo lo relativo a doña Concepción: tantas palabras de nuestro Señor, tantas revelaciones, tantas órdenes directas, tantas promesas para el porvenir, tantas cosas sobrenaturales… Todo lo dije claramente aunque sabía cuales podían ser las consecuencias. Y pensaron que la señora Cabrera era muy buena pero tal vez ilusa, y que yo obraba de buena fe pero que mi misión era muy dudosa. Así que prudentemente me separaron de México y resolvieron esperar. Puede ser que yo en su lugar hubiera hecho lo mismo. Ellos han sido muy buenos conmigo siempre. Pero dicen que no pueden ni deben darme la autorización que pedí. Y sin embargo, mi fe en esa fundación no ha hecho sino crecer. Mi corazón desea con violencia que ya se empiece, pero yo no quiero tener prisa, porque sé que Jesús tiene marcadas sus horas y sus tiempos”.

El Venerable fotografiado junto a sus alumnos de la escuela apostólica.

El Venerable fotografiado junto a sus alumnos de la escuela apostólica.

Gestiones ante el Papa
Desde el 16 de julio de 1906, el Papa San Pío X había dado un decreto en el que retiraba a los obispos la facultad de establecer nuevas congregaciones religiosas sin permiso de la Santa Sede. Por lo tanto, no sólo tenían que conseguir al fundador, sino, ante todo, obtener la autorización del Papa. Así que a fines de 1909, después de muchas cartas infructuosas, Mons. Ibarra decidió ir personalmente a Roma, a donde llegó a principios de enero de 1910.
Fue muy bien recibido por el Cardenal Vives, encargado de todo lo referente a los Religiosos, y le prometió que no regresaría a México sin haber conseguido lo que pedía. El Cardenal aceptó ser el protector del Apostolado de la Cruz, y consiguió la aprobación pontificia para las Religiosas de la Cruz, (17 de febrero). Consiguió también numerosas indulgencias para la Alianza de amor, que fue la tercera Obra de la Cruz, fundada en México con la aprobación de Mons. Ibarra desde el 30 de febrero de 1909. También examinó las constituciones de los Religiosos de la Cruz, para tramitar su aprobación por parte del Papa.

El 26 de febrero, Mons. Caroli, encargado de los institutos de varones, informó a Mons. Ibarra que el permiso para la fundación ya estaba concedido. Mons. Ibarra mandó inmediatamente un cable a Conchita Cabrera y ésta avisó enseguida a Mons. Ruiz, a Mons. Valverde, y a las Religiosas de la Cruz. Todos estaban de fiesta… Pero sucedió lo más inesperado. El 1º. de marzo, el Papa Pío X dispuso que se aplazara el permiso de la fundación, y que todos los escritos de La Sra. Cabrera que se refirieran a los Religiosos de la Cruz fueran enviados al Cardenal Vives, para ser examinados detenidamente. Mons. Ibarra quedó consternado ante esta noticia… Escribió al Cardenal Vives y al Papa, rogándoles que se considerara el asunto de la fundación de los Religiosos de la Cruz desligándolo por completo de los escritos y revelaciones de la Sra. Cabrera, teniendo en cuenta solamente la obra en sí misma, como cualquier otra congregación. Pero la respuesta fue negativa.

El Papa en persona (ahora San Pío X), le escribió a Mons. Ibarra la siguiente carta, de su puño y letra: «Venerable hermano: He leído tu carta, en la que te lamentas de que se haya diferido la licencia para fundar la Congregación de los Sacerdotes de la Cruz. Te ruego que me disculpes, lo mismo que a la S.C. de religiosos, si en asunto tan grave hemos creído que debemos proceder seriamente antes de conceder la aprobación. Pero te aseguro que pronto se someterá este asunto al estudio de la Sagrada Congregación, y con el favor de Dios se resolverá conforme a tus deseos y a los de tus hermanos. Ten confianza, pues una obra agradable a Dios, aun cuando tropiece con muchas dificultades, no será vencida jamás por ningún obstáculo. Y con esta esperanza, Venerable Hermano, te doy de todo corazón la bendición apostólica. Pío Papa X. Roma, 2 de marzo de 1910». Mons. Ibarra comunicó todo esto a sus amigos de México. En su carta a Conchita le cuenta todo con detalle, transcribe la carta que le envió el Papa, y termina diciendo: «No me canso de leer esta carta una y otra vez. Y siento en mi corazón una paz muy grande y un consuelo inexplicable, porque he tratado, con todas mis fuerzas, de cumplir la voluntad de Dios». Mons. Ibarra volvió, pues, a México, con mucha paz en el corazón, pero sin el permiso esperado… Se enviaron a Roma los escritos de Conchita sobre los Religiosos de la Cruz, tal como el Papa lo había ordenado; y nuevamente había que aguardar una respuesta… Pasó año y medio… Ninguna respuesta…

El 3 de agosto de 1911, Mons. Ruiz envió al Papa otra petición, firmada por los cinco Arzobispos que había entonces en la República Mexicana, y por dos obispos. Mons. Caroli respondió la carta en estos términos: «Recibí hoy su carta en la que me encomienda el asunto de la fundación de los Sacerdotes de la Cruz. Es cosa que me toca muy directamente, porque soy el encargado en la Sda. Congregación de Religiosos de los asuntos referentes a los institutos de varones. Los personajes que recomiendan el buen despacho de esta solicitud, son superiores a toda alabanza y elogio. Sin embargo, preveo, por los antecedentes, que el éxito no será fácil, al menos por lo pronto. Créame que yo haré de mi parte todo lo posible pa­ra conseguir lo que desea» (17 de agosto de 1911) Los «antecedentes» a los que se refería Mons. CaroIi eran la relación ineludible que existía entre las revelaciones de Conchita y esta fundación: su origen, su espiritualidad, sus fines, su fundador, y hasta sus Constituciones; todo provenía de lo que afirmaba y de lo que escribía esta mujer mexicana… y de parte de Dios… Teniendo en cuenta los estrictos criterios de Roma, «los antecedentes» no podían ser peores… Así que pasó más de un año y de Roma no llegaba nada. Ninguna respuesta, ninguna noticia, ni buena ni mala…

Entonces Mons. Ibarra escribió a Mons. Caroli: «Hace ya bastante tiempo que los consultores nombrados para examinar los escritos de la Sra. Concepción Cabrera entregaron sus dictámenes a la S. C. de Religiosos. Pero hasta la fecha, nada se ha resuelto. Creo que ha llegado la hora en que Ud. nos haga el favor de mover este asunto, para que cuanto antes se dé la licencia para la fundación de los Sacerdotes de la Cruz» (1º. de febrero de 1913). Mons. Caroli respondió con esta carta: «… Respecto al asunto de los Sacerdotes de la Cruz, creo que la fundación no será permitida. Se están examinando aún los escritos que Ud. sabe, pero, según lo que yo puedo deducir de las cosas que he sabido, no se puede hablar de fundación. Esa es la verdad, al menos por ahora. Por lo tanto no hay nada que yo pueda hacer”. (22 de febrero de 1913). Sin embargo no tardaba mucho en manifestarse el beneplácito de Dios por esta obra y empezaría ahora si a tomar forma la nueva fundación con el Padre Félix nuevamente en México como relataremos en la siguiente parte.

Daniel

Bibliografía
– CARINI ALIMANDI, Lía, “Félix de Jesús Rougier: testigo del espíritu”, Editorial La Cruz, México, 1981.
– PEÑALOSA, Joaquín Antonio, “Yo soy Félix de Jesús”, Editorial Jus, Morelia, 1973.
– ZIMBRÓN L., Ricardo, “Vida y Espiritualidad del Venerable Félix de Jesús Rougier, M.Sp.S.”, M.Sp.S., México, 2000.

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