San Maximiliano María Kolbe, sacerdote franciscano conventual mártir

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Fotografía del Santo, en hábito de franciscano menor conventual, a su regreso de Japón en 1937.

Fotografía del Santo, en hábito de franciscano menor conventual, a su regreso de Japón en 1936.

San Maximiliano María Kolbe fue el primer mártir del nazismo en ser canonizado. Lo hizo el papaSan Juan Pablo II, el día 10 de octubre de 1982, cuarenta y un años después de su glorioso martirio.

Había nacido en Zdunska-Wola (Polonia) el día 7 de enero del año 1894, llamándose sus padres Julio Kolve, que era terciario franciscano; y María Dabrowska, quien de joven pensó hacerse religiosa, cosa que no pudo hacer, pues en su juventud los rusos habían cerrado los conventos polacos. Era el segundo de cinco hermanos y al ser bautizado le impusieron el nombre de Raimundo. Con sólo diez años de edad tuvo una aparición de la Virgen, que se le presentó con dos coronas, una blanca y una roja, invitándole a seguirla; el niño le respondió que lo haría y que aceptaba las dos coronas, las cuales eran el presagio de su vida santa y de su martirio. Su propia madre lo contó pocos meses después de la muerte de su hijo: “Yo lo sabía de antemano que moriría mártir por algo que le ocurrió en su infancia. No recuerdo si sucedió antes o después de su primera confesión. De niño hacía sus travesuras, pero un día, después de una regañina, lo encontré que había cambiado radicalmente. Nosotros teníamos un pequeño altar escondido entre dos roperos; él se retiraba allí a menudo para rezar llorando. Como lo veía tan recogido y tan serio, me preocupé pensando que estaba enfermo y le pregunté. Entonces él me dijo: Mamá, un día rezando se me apareció la Virgen y me dio dos coronas, una blanca que significaría mi pureza y otra roja, que significaba que moriría como un mártir. Yo le dije que las aceptaba y entonces la Virgen me miró con dulzura y desapareció”.

En Pascua de 1907, Raimundo conoció a los franciscanos conventuales que predicaban una misión en Pabianice y así, con trece años de edad, en el mes de octubre ingresó en el convento polaco de Luov de la Orden de los Frailes Menores Conventuales, realizando allí sus primeros estudios. Inició el noviciado el 4 de septiembre de 1910 y emitió sus votos simples el 11 de septiembre de 1911. Un año después de realizar la profesión religiosa, fue enviado al Colegio Seráfico Internacional de Roma, para que realizase sus estudios de filosofía en la Pontificia Universidad Gregoriana, y los estudios teológicos en la Pontificia Facultad de San Buenaventura. El 28 de abril del 1918 se ordenó de sacerdote, celebrando su primera Misa al día siguiente en la iglesia de Sant’Andrea delle Fratte, en el altar de la Virgen del Milagro, cuyo recuerdo tanto influyó después cuando fundó en octubre del 1917 la asociación mariana, conocida por el caballeresco nombre de la “Milicia de María Inmaculada”, junto con un grupo de seis compañeros y la ayuda del rector del colegio, el padre Esteban Ignudi. Toda su vida permaneció ligada y comprometida en la difusión y crecimiento de este movimiento mariano, que primeramente fue bendecido por el Papa Benedicto XV y finalmente reconocido por el Papa Pío XI el día 24 de abril del 1927.

Fotografía del Santo de joven, en su tiempo de novicio.

Fotografía del Santo de joven, en su tiempo de novicio.

En el año 1919, con sólo veinticinco años de edad, volvió a Polonia, y aunque su salud era débil, se dedicó intensamente a dar a conocer su programa mariano, el cual se estaba extendiendo por todo el mundo y que tenía como finalidad en primer lugar la santificación personal, la conversión de los pecadores y la unidad de la Iglesia. Él había escogido ese nombre para su asociación, con la intención de adherirse al histórico movimiento franciscano en defensa de la Inmaculada Concepción de María y para que en el futuro, se dedicase “a la vida y al apostolado de la verdad por la cual tan victoriosamente había combatido su Orden Franciscana”.

Con esa misma finalidad e incluso utilizando activamente para ello la prensa escrita, creó la fundación de las “Ciudades de la Inmaculada”. Se trataba de centros urbanos, ocupados sólo por hermanos cuya actividad era propagar la devoción a María, incluso mediante los medios de comunicación, que eran autosuficientes y que actuaban como si se tratase de una ciudad cualquiera. A él se debe la fundación de la primera de estas ciudades en Polonia (Niepokalanów) en el año 1929, ciudad que en el año 1938 contaba con cerca de ochocientos religiosos y con más de cien aspirantes. Allí María lo era todo, era el corazón, el ideal, la fuerza; por Ella se trabajaba y se vivía, se sufría y hasta se moría.

Dos años más tarde y siguiendo la llamada del Papa, marchó a Japón, donde en Nagasaki fundó otra “ciudad de la Inmaculada” (Mugenzai-No-Sono), formada por numerosos japoneses. Deseaba fundar otras muchas ciudades de la Inmaculada por todo el mundo, al estilo de la primera polaca y algunas las tenía ya previstas. En el año 1930 tenía en proyecto ir a la India y a Beirut para hacer otras tantas fundaciones, teniendo además la intención de publicar su boletín “El caballero de la Inmaculada”, en turco, árabe, persa y hebreo. “Quiero que en todos los países del mundo haya una ciudad de la Inmaculada y para ello fundaré en los cuatro puntos cardinales de la Tierra un “Caballero de la Inmaculada”, del que editaré millones de ejemplares”.

Vuelto del Japón, en el año 1936, tomó el mando de la ciudad de la Inmaculada de Polonia, trabajando sobre todo, en la consolidación interior de esta nueva institución. La de Polonia había sido su primera fundación, pero en aquellos momentos, los acontecimientos bélicos de la Segunda Guerra Mundial le obligaron, lamentablemente, a abandonar sus proyectos.

El Santo, fotografiado junto a algunos lugareños durante su visita a Japón.

El Santo, fotografiado junto a algunos lugareños durante su visita a Japón.

Caída Polonia en manos de los alemanes, el Padre Kolbe fue deportado el 19 de septiembre del año 1939 al campo de concentración de Amlitz, en la frontera germano-polaca. El 8 de diciembre del mismo año fue puesto en libertad y pudo volver a su “Niepokalanów”, pero el 17 de febrero de 1941 sufrió una segunda deportación, mientras estaba escribiendo un tratado teológico-ascético sobre la Inmaculada, obra que quedó incompleta. En un primer momento lo deportaron a la prisión de Pawiak, en Varsovia y desde allí, el 28 de mayo de ese mismo año, pasó al tristemente famoso campo de concentración de Auschwitz. Allí lo sometieron a crueles vejaciones que él soportaba con una paciencia heroica y siempre con una sonrisa en sus labios. A un compañero de prisión al que un día quiso ayudar mientras transportaba una carga enorme, le dijo: “No te preocupes si me golpean por ayudarte, porque a mí me ayuda la Inmaculada y si es preciso, deja que yo solo lleve esta carga”. También decía con frecuencia: “Por Jesucristo estoy dispuesto a sufrir lo que sea. La Inmaculada está conmigo y Ella me ayuda”.

La fuga de un detenido polaco del bloque número 14, que era donde se encontraba el Padre Kolbe, provocó la condena a muerte de dieciséis deportados, que era la amenaza a la que se veían sometidos a fin de disuadir a los prisioneros para que no se dieran a la fuga. Escogieron a las víctimas, pero el Padre Kolbe no estaba entre ellas. Al escuchar los lamentos de uno de los condenados, el sargento polaco Francisco Gajowniczek, padre de familia, salió de la fila y se presentó ante el comandante del campo ofreciéndose a sustituir a aquel pobre infeliz. Después de un momento de vacilación y de reflexión, el comandante asintió y así, el Padre Kolbe, pasó con los demás condenados al “subterráneo de la muerte”, no solo para morir él, sino que también para ayudar a morir a los demás. En aquel bunker rezaban y cantaban mientras los dejaban morir de hambre y finalmente, para acelerarles la muerte y dejar el sitio vacante para meter a otros condenados, le inyectaron ácido muriático (ácido clorhídrico concentrado). El Padre Kolbe recibió al verdugo con una sonrisa y expiró diciendo: “Ave María”. Era el día 14 de agosto, vigilia de la Asunción de Nuestra Señora, del año 1941. Todo esto fue atestiguado posteriormente por el doctor Zubicki.

Fotografía del Santo en su hábito de franciscano conventual.

Fotografía del Santo en su hábito de franciscano conventual.

El sargento Gajowniczek, que estaba empleado como intérprete en el campo de concentración, cuando quedó en libertad, dijo que el Padre Kolbe, después de recibir la inyección letal “parecía que estaba vivo, con el rostro radiante de una forma insólita, con los ojos abiertos y fijos como si estuvieran concentrados en un punto lejano, como si todo su cuerpo estuviera en éxtasis”. Al día siguiente, su cadáver fue incinerado en un horno crematorio.
La fama de Padre Kolbe se extendió rápidamente por todo el mundo, suscitando la admiración de todos. Inmediatamente se le conoció como “el santo de la Segunda Guerra Mundial”. También se le llamó “el prisionero santo”, “el santo de los campos de concentración”, “una estrella de grandeza” y muchos apelativos más. Pronto se puso en marcha su Causa de beatificación, que fue iniciada por un decreto de la Sagrada Congregación de Ritos, de fecha 16 de marzo de 1960. El 25 de marzo de 1963 se hizo la presentación oficial del proceso apostólico en la Curia de Nagasaki, pero anteriormente ya se había hecho lo mismo en las curias de Varsovia, Cracovia, Padua y Trento.

Como dije al inicio del artículo, fue canonizado por San Juan Pablo II el día 10 de octubre de 1982, cuarenta y un años después de su muerte. Ya con anterioridad, el Beato Papa Pablo VI, al beatificarlo el 17 de octubre de 1971, lo había dispensado del canon 2101 del suprimido Código de Derecho Canónico, que no permitía discutir sobre las virtudes heroicas de un Siervo de Dios, si no hubieran transcurrido al menos cincuenta años desde el final del proceso apostólico. Juan Pablo II, al que le habían llegado numerosas solicitudes de obispos polacos y alemanes para que canonizase rápidamente al Padre Kolbe, tuvo que dispensarlo a su vez del canon 2138 del mencionado Código, que hacía necesaria la verificación de nuevos milagros atribuidos a la intercesión del beato antes de ser canonizado. “La razón de este proceder extraordinario de ambos papas con respecto al Padre Kolbe, estaba en la voluntad de la Iglesia de presentar urgentemente a los hombres de nuestro tiempo, un ejemplo de vida consumada en la fidelidad a Dios y a los hombres; un ejemplo de santidad madura, paradójicamente en medio de la realidad más tétrica del siglo XX; un gesto heroico de amor florecido en un campo de exterminio y de odio”. (Sikorski, J. sj. “Padre Maximiliano Kolbe, il martire di Auschwitz”, La Civiltà Católica, 1982.).

San Maximiliano María Kolbe no fue sólo un misionero mariano, sino también un escritor y un promotor de una espiritualidad mariana, que él vivía intensamente y que quedaba reflejada en sus escritos y en toda su actividad humana. Los numerosos escritos del Padre Kolbe ya habían sido aprobados oficialmente por la Sagrada Congregación de Ritos el día 12 de mayo de 1955 y comprenden un “Tratado sobre la Inmaculada” (incompleto), el opúsculo “Elevaciones marianas” y numerosas cartas, conferencias y otros escritos.

Vista de la celda que ocupó el Santo en el campo de concentración de Auschwitz (Polonia).

Vista de la celda que ocupó el Santo en el campo de concentración de Auschwitz (Polonia).

Su doctrina espiritual era fundamentalmente franciscana, pero impregnada de un carácter mariano, propio de la espiritualidad que él mismo profesaba. En la “Milicia mariana” encontró su santificación de forma completa y heroica. Su vida ascética y mística fue fundamentalmente el culto entusiasta que tributaba a María. Se trata realmente de una forma de espiritualidad mariana que, en parte, tiene el mismo enfoque que la “esclavitud del amor” de San Luís Maria Grignion de Montfort, pero con unas peculiaridades muy propias suyas como por ejemplo, el concepto que tenía de la consagración a María, que él la entendía de una forma más radical, por lo que no se sentía como un esclavo, sino que todo su ser pertenecía a María, su vida y su alma eran propiedad de María y esa vivencia íntima, la hacía palpable en su apostolado, en sus “milicias”, pues consideraba que la devoción a María tenía que tener un sentido propio de militante activo. Él oraba diciendo: “Que yo sea verdaderamente y sin limitaciones ni condicionantes, eternamente tuyo y Tú, eternamente Mía” y “No temamos por amar demasiado a la Inmaculada, pues jamás podremos igualarnos al amor que le tuvo Cristo y en imitar a Jesús consiste nuestra santificación”. Actualmente, las “Milicias de María Inmaculada” tienen más de cuatro millones de personas adscritas y varias “Ciudades de la Inmaculada”.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– BLASUCCI, A., “Bibliotheca sanctorum”, vol. VII, Città N. Editrice, Roma, 1988.
– CHIMINELLI, P., “Milicia Mariana. Padre Maximiliano Maria Kolbe, de los franciscanos menores conventuales, el renovador del antiguo caballero mariano”, Padova, 1943.
– ORTIZ, L.M., “El hombre de Niepokalanów o el Padre Maximiliano Kolve”, Granollers, 1957.
– SIKORSKI, J. sj. “Padre Maximiliano Kolbe, il martire di Auschwitz”, La Civiltà Católica, 1982.

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