San Bernardo de Claraval, Doctor de la Iglesia (II)

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Detalle del Santo en una vidriera de 1450. Musèe de Cluny, Francia.

Detalle del Santo en una vidriera de 1450. Musèe de Cluny, Francia.

Una vez esbozada la vida del Santo, vamos a decir alguna cosa, aunque sea de manera muy escueta, sobre su pensamiento y sobre sus obras.

Teología
La originalidad de la teología de San Bernardo no está en el descubrimiento de nuevas vías de investigación ni en la conquista de nuevos resultados. El mismo San Bernardo impidió cualquier iniciativa en este sentido, declarando respetuosamente que él quería atenerse fielmente a la mejor tradición de la Iglesia. Él es un típico exponente de esta tendencia teológica que, en las investigaciones más recientes, ha sido conocida como “teología monástica”: clara, ordenada, con una cálida exposición de la verdad que sirva para predisponer al alma para la oración y la contemplación. Por eso, cuando San Bernardo habla de teología, siempre lo está haciendo como algo que vive personalmente. Como consecuencia de esta característica verdaderamente individual, está la continua presencia de una rica experiencia interior. Se puede decir que en San Bernardo ocurre algo parecido a lo ocurrido a San Agustín: la teología es la huella de su propio itinerario espiritual y siente la necesidad de comunicarle a los demás sus propias experiencias íntimas; y además, tiene la capacidad de hacerlo de manera eficaz y con un cierto poder de persuasión. En eso consiste la fascinación de su teología. Esta teología se alimenta principalmente de las Sagradas Escrituras, de los escritos de los Padres de la Iglesia (tanto de los latinos como de los griegos), de los textos que regulaban la vida monástica, especialmente la Regla de San Benito, y de la liturgia.

San Bernardo se considera un pecador que ha sido salvado por el amor de Dios; y este fuerte y eficaz convencimiento es al mismo tiempo compatible con la consideración de que el amor es la fuerza más grande de la vida espiritual. Su teología se puede resumir en muy pocas líneas: “Dios que es amor, crea por amor al hombre y por amor lo rescata”; y la prueba suprema de este amor es la Encarnación del Verbo y la Redención. Es en este marco de la Redención donde entra María, prueba exquisita del amor de Dios, que nos la da como corredentora. La salvación del hombre, herido por el pecado original y agravado por sus pecados personales, consistirá en la adhesión firme y constante a este amor, mediante un proceso de purificación, en el cual, el amor de Dios es la fuerza que cura, si el hombre coopera. Esto le ensalza hasta los más altos grados de unión con Dios.

Lactación mística del Santo. Iluminación gótica en un Libro de Horas medieval.

Lactación mística del Santo. Iluminación gótica en un Libro de Horas medieval.

Como hemos visto, María tiene una notable importancia en el pensamiento teológico de San Bernardo. Sería erróneo pensar que esto sólo se debe a puras razones sentimentales, pues para él, la función de María está inmersa en lo que el dogma califica como la Redención. Es verdad que San Bernardo sentía una especial predilección por María como madre, pues perdió la suya a la que estaba muy unido, pero para él, María es especialmente un instrumento de Dios en su plan de salvación del hombre. Sin lugar a dudas que por su piedad y amor hacia María, se ha dicho de él que es el Doctor Mariano por excelencia, pero hay que recalcar que esto tiene raíces más profundas. Él escribe sobre los misterios de la Inmaculada Concepción, de la Asunción a los cielos y de la Mediación de María.

Sobre la Inmaculada Concepción tuvo sus dudas, que quedan plasmadas en la famosa epístola 174, dirigida a los canónigos de Lyon a propósito de la introducción de una nueva fiesta litúrgica que no existía en la tradición antigua. Algunos admiten una sola interpretación de esta carta: la Concepción de María no puede ser objeto de culto, porque tal concepción no es santa y no es santa porque no es inmaculada, habiendo siendo María limpia del pecado original antes de su nacimiento, pero después de su concepción. Esta interpretación ahora nos choca, sobre todo después de la declaración del dogma. Con respecto a la Asunción, no existen textos suyos suficientemente claros, no manifiesta una posición definitiva y explícita, aunque parece que su pensamiento iba en la dirección del dogma declarado el siglo pasado por el Ven. Papa Pío XII, o sea, no era un antiasuncionista, que era el pensamiento que entonces predominaba. En el tema de la Mediación de María sí insiste más, sobre todo en el célebre “Sermón del acueducto”. De todas maneras, San Bernardo jugó un papel importante en la propagación del culto mariano, porque su pensamiento llegaba a la gente y sus sermones fueron escuchados por toda Europa. Como ya hemos dicho también en algún otro artículo, a él se debe el célebre “Memorare”, una de las joyas de la piedad mariana.

Sobre otros temas teológicos también se pronunció. Por ejemplo, recordemos que sobre la doctrina de los sacramentos, él sostenía la no absoluta necesidad del bautismo de agua, que podía ser sustituido por el bautismo de sangre o por el simple bautismo de deseo, justificando así la salvación de los niños no bautizados en virtud de la fe de sus padres. Estando ligada su teología a una experiencia personal de ascesis a Dios, no es posible diferenciar entre la parte propiamente dogmática de aquella que es la ascética propiamente dicha.

Fragmento del cráneo del Santo, venerado en Troyes, Francia.

Fragmento del cráneo del Santo, venerado en Troyes, Francia.

Ascética
Los tratados fundamentales para conocer esta parte del pensamiento de San Bernardo, son: “De gratia et libero arbitrio”, “De gradibus humilitatis et superbiae” y “De diligendo Deo”. No es fácil determinar cuando redactó estas tres obras – quizás entre 1125-1135 – y son el fruto del primer período de su actividad como abad, dedicado casi exclusivamente a solucionar los problemas de la vida monástica. El primero de ellos (“De gratia et libero arbitrio”), es muy importante porque nos proporciona su modo de ver la naturaleza humana, caída, pero redimida. Es un tratado de antropología y de psicología en el que trata la relación entre la gracia y el libre albedrío. Él prima la voluntad del hombre diciendo que tiene una triple libertad: “la libertad de la necesidad”, que permanece en la naturaleza caída, “la libertad del pecado”, que habíamos perdido, pero recuperado con la ayuda de la gracia y “la libertad de la miseria”, que se obtendrá sólo en el cielo. Todo el trabajo de la ascética y de la mística, coronado en la gloria, tiende a restaurar al hombre a imagen de Dios. Esta restauración se hace en Cristo y por Cristo. La colaboración entre la gracia y el libre albedrío se lleva a cabo en todos los actos buenos del hombre.

La segunda obra (“De gradibus humilitatis et superbiae”) muestra la importancia que para San Bernardo tiene la humildad, premisa indispensable para la caridad. Para él, la humildad es la verdad. Describe los tres grados de humildad y los doce grados de la soberbia. Si se consigue la humildad es gracia a la ayuda de Cristo y mediante ella, conocemos nuestras propias miserias y tenemos capacidad para enmendarlas y mediante las obras de misericordia, conocemos las miserias del prójimo. Así, purificada el alma, puede llegar a la contemplación de la verdad de Dios, consiguiendo la perfección. En este tratado explica como la Santísima Trinidad actúa en este proceso, dándole una función a cada una de las tres Personas: el Hijo nos instruye como Maestro, el Espíritu Santo nos consuela como amigo y como hermano; y el Padre nos acoge entre sus hijos. Él se reconoce a sí mismo como en el grado superior de la soberbia y debe recorrer el camino en dirección opuesta para conseguir la humildad, descendiendo por la curiosidad, ligereza, alegría tonta, jactancia, singularidad, arrogancia, presunción, defensa de los propios pecados, confesión ostentosa, rebelión, libertad para pecar y costumbre del pecado. Esta obra es la que mejor revela su capacidad para penetrar en el ser humano, aunque la explicación anterior parezca un poco caricaturesca.

Cristo abrazando a San Bernardo, óleo de Francisco Ribalta (ca. 1626). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

Cristo abrazando a San Bernardo, óleo de Francisco Ribalta (ca. 1626). Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

El breve libro “De diligendo Deo” es la obra más importante para conocer la ascética de San Bernardo, porque se centra en el concepto que domina todo su pensamiento, o sea, el amor de Dios. Contiene una exposición de los cuatro grados del amor. Para no extenderme tanto y hacer tediosa la lectura del artículo, propongo que quien tenga especial interés en este tema, consulte este enlace.

Otras obras interesantes de ascética son “De consideratione libri quinque ad Eugenium III” y el “Liber de laude novae militiae ad Milites Templi”, redactado entre los años 1132 y 1136 para que lo usaran los caballeros templarios; y es una peregrinación espiritual, una serie de reflexiones sobre los lugares de la infancia, vida y pasión de Cristo.

Mística
San Bernardo no nos ha dejado una exposición sistemática de la teología mística, como posteriormente lo hicieron Santa Teresa de Ávila o San Juan de la Cruz. Sin embargo, sus ochenta y seis “Sermones in Cantica Canticorum”, redactado en los últimos treinta años de su vida, son el fruto de una experiencia mística muy genuina, muy pura y muy intensa. Él no tiene ninguna duda de que la mística, en el sentido más estricto de la palabra, es la experiencia de la presencia de Dios. Aunque él no lo expone de manera sistemática, se puede afirmar que su desarrollo está en su experiencia más íntima. En su concepción de la teología, la mística se encuadra en el momento último y culminante: es la obra del Dios amoroso que quiere unirse al alma en el amor. La caridad da la experiencia y nos hace gustar a Dios mismo; y así se convierte en nuestra única fuente de conocimiento.

El amor recíproco entre Dios y el alma culmina en la noche mística, en el matrimonio espiritual. En este estadio de la unión mística, el Verbo de Dios es el esposo del alma. Es el Verbo el que visita al alma y actúa como principio que destruye las resistencias residuales que el alma pueda tener, la ilumina, la inflama, la transforma, se une a ella místicamente. La mística es por tanto, el último grado, la parte culminante del amor, con el cual Dios ha salvado su alma. Sus momentos de experiencias místicas están relacionados con momentos claves de su vida. Viviendo y describiendo un proceso interior que asciende a la cumbre de la contemplación, él experimenta de la manera más plena, la más pura tradición monástica, según la cual toda la vida de oración y de estudio del monje debe estar encaminada a la contemplación.

Lactación mística del Santo, obra de Bartolomé Esteban Murillo. Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

Lactación mística del Santo, obra de Bartolomé Esteban Murillo. Museo Nacional del Prado, Madrid (España).

Pero no se nos puede olvidar que en San Bernardo reaparece otra característica de su experiencia religiosa: la necesidad de comunicarse con los demás. Por eso es el maestro de la vida espiritual de su comunidad, es el abad que les predica y que escribe sermones para que otros los escuchen y los lean. Así, dando a los demás las riquezas de su vida interior, el místico San Bernardo despliega toda su grandeza. Hay poquísimos místicos que hayan sabido describir eficazmente sus propias experiencias; aunque no nos olvidemos de que él estaba dotado de un gran talento.

Cultura
San Bernardo, al estar dotado de una buena formación literaria, es uno de los más notables representantes de la cultura monástica medieval, aunque en algunos aspectos muestra su hostilidad hacia un cierto tipo de cultura: la cultura profana tiene menos valor que la cultura religiosa. En líneas generales, se puede afirmar que San Bernardo tiene clara conciencia de la función que el estudio y el saber pueden asumir en el ascenso del alma hacia Dios. Pero para él, el conocimiento tiene valor exclusivamente para esto, para acercar el alma a Dios y por eso advierte de los peligros que puede incluir la búsqueda intelectual en si misma. Para él, la actividad racional, filosófica y teológica solo es útil si nos lleva a la oración y a la contemplación de los misterios de Cristo, que es la verdadera y única sabiduría, por lo cual, no encontrará justificación suficiente en cualquier consecución de la verdad. Todo estudio que no tienda a conseguir la contemplación divina, nos llevará a la soberbia.

Las razones por las cuales él tenía una antipatía instintiva hacia el método escolástico que se fundamentaba en el amplio uso de la razón, eran por un lado, su aguda sensibilidad hacia todo aquello que, de cualquier manera, pudiese alimentar la soberbia, y por otro, el carácter de su personal experiencia religiosa, dirigida por completo hacia lo que nosotros llamaríamos la mística. Él está convencido de la fecundidad de la gracia y no necesita muchos razonamientos ni sutilezas. Pero aunque pensaba de esta forma, le daba bastante valor al estudio como lo demuestra el hecho de que la abadía de Claraval tenía una de las mejores bibliotecas de la Edad Media y de que él mismo se relacionaba con hombres de estudio, como Guillermo de Champeaux, Hugo de San Víctor, Juan de Salzburgo y Pedro Lombardo.

Como escritor, San Bernardo maneja muy bien la prosa que siempre escribe en un latín antiguo, y lo hace no tanto por sus dotes naturales sino por su sólida formación literaria. Sus escritos tienen siempre como finalidad la edificación de las almas, pero sin embargo son un instrumento importantísimo que cuida al detalle. Él conoce bien este trabajo de escritor, sabe ordenar con claridad sus propios pensamientos, sus expresiones. Recientemente, mediante una paciente investigación, Leclerq ha tenido bastante éxito al reconstruir algunos trabajos probables de San Bernardo, revelándose siempre que es un escritor bastante suave, que no está atormentado, que no desdeñaba en absoluto la precisión de su trabajo, que revisaba y pulía. Como dije al principio, los textos sobre los cuales él se formó como escritor fueron, en primerísimo lugar, las Sagradas Escrituras y, después, los Padres de la Iglesia.

Relicario con un hueso del Santo. Champagne, Francia.

Relicario con un hueso del Santo. Champagne, Francia.

En el próximo artículo expondremos resumidamente su activad apostólica, su personalidad humana y su culto.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– LECLERCQ, J., ”Saint Bernard mystique”, París, 1948
– VACANDARD, E., “Vie de Saint Bernard abbé de Clairvaux”, Paris, 1927
– ZERBI, P., “Bibliotheca sanctorum” vol. III, Città N. Editrice, Roma, 1990

Enlace consultado (01/06/2013):
http://es.wikipedia.org/wiki/Bernardo_de_Claraval

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es