San Bernardo de Claraval, Doctor de la Iglesia (III)

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Tabla del Santo, obra de Georg Andreas Wasshuber (1650-1732).

Tabla del Santo, obra de Georg Andreas Wasshuber (1650-1732).

Las casi quinientas cartas que el Santo escribió a todo tipo de personas son la mejor fuente de información sobre su gran actividad apostólica y sobre la historia de la Iglesia en aquella época. Como vimos en el primer artículo, trabajó duramente para desarrollar la Orden Cisterciense, pues cuando él ingresó, la Orden sólo tenía tres monasterios y cuando murió, ciento sesenta y ocho, de los cuales, sesenta y ocho fueron fundados por él mismo. Además, la dotó de una regla propia, “Carta de Caridad”, en la cual estableció las normas por las cuales habían de regirse sus monasterios.

En aquella época, Cluny representaba la fuerza mayor dentro del ámbito benedictino. Los cluniacenses se caracterizaban por una prudente adaptación de la regla a aquellos momentos, pero la observancia se fue relajando pues las abadías llegaron a poseer grandes riquezas, lo que distorsionaba la vida monástica. San Bernardo atacó duramente esta relajación de la disciplina, principalmente en sus primeros años como abad y sus duras polémicas con los cluniacenses consiguieron atraerse la amistad de Pedro el Venerable, amistad que siempre mantuvieron aunque a veces con discrepancias, como por ejemplo las surgidas cuando la elección del obispo de Langrés.

La concepción de la vida monástica que tenían los cistercienses era muy distinta a la de los cluniacenses. El mismo San Bernardo, en su “Apología a Guillermo” lo dice claramente: “Vuestros monasterios relumbran mientras los pobres tienen hambre. Los muros de vuestras iglesias están recubiertos de oro, pero los cristianos siguen desnudos. Ya que no os avergonzáis de estas estupideces, lamentad al menos tantos gastos”. Él se sentía responsable ante Dios y por eso quería que los monjes cumplieran rigurosamente la regla; era preferible ser un buen seglar a un mal monje. Y su trabajo dio sus frutos pues el protagonismo que tenían los cluniacenses en el siglo XI, se lo arrebataron los cistercienses, ya que muchos monjes y clérigos de otras Órdenes se pasaron a la suya y muchos monjes cistercienses fueron nombrados obispos.

Tanto se dedicó a su Orden, que llegó incluso a fijar los criterios que habrían de seguirse a la hora de construir una abadía cisterciense. Estaba en contra de que las iglesias fueran excesivamente grandes, adornadas con esculturas y frescos, pues en lo exterior quería también imprimir el ascetismo que imponía a sus monjes. Si los monjes habían huido del mundo, no necesitaban nada de eso para conseguir la unión con Dios. Consideraba que los adornos eran gastos superfluos y que ese dinero tenía que dedicarse a socorrer a los pobres. Quería que hubiese una cierta uniformidad entre sus monasterios; por lo cual, en el año 1135, se planteó que éstos no podían seguir siendo construcciones de madera y adobe y que, para darles perpetuidad, había que construirlos de piedra. Intervino personalmente en la construcción de las abadías de Claraval y de Fontenay, siendo el inspirador de ambas construcciones: tenían que predisponer al monje y al visitante a la sencillez, la pobreza, el ascetismo y el silencio.

Detalle del Santo en un grabado decimonónico de Gutenburg, Suiza.

Detalle del Santo en un grabado decimonónico de Gutenburg, Suiza.

Pero su apostolado traspasó los muros de los monasterios y alcanzó la propia curia papal. Recordemos sus esfuerzos para conseguir el reconocimiento universal del Papa Inocencio II y su influencia en el Papa Eugenio III, de origen cisterciense, quien incluso llegó a solicitarle que escribiera un tratado sobre las obligaciones del Papa, cosa que él hizo, escribiendo los cinco libros del tratado “De Consideratione”, en el que entre otras muchas cosas le recordaba que un Papa jamás debe abandonar la oración por atender los asuntos de Estado. Pero mantuvo una posición que hoy en día rechazaríamos de plano: el Papa estaba investido de una doble autoridad: la espiritual y la temporal, pues como cabeza de la Iglesia tenía autoridad sobre los estados cristianos. Es la célebre “teoría de las dos espadas”. No la desarrollo más para no alargar el artículo y a la espera de que sobre este tema entablemos un debate.

Como en su tiempo se daban casos de discrepancias entre obispos sobre todo en asuntos temporales, en el año 1126 escribió “Tractatus de moribus et officio episcoporum”, que envió al arzobispo Enrique de Sens y que tenía como fin intervenir en los conflictos entre obispos. Su prototipo de obispo era su amigo, San Malaquías de Armagh, – cuyas reliquias están en la misma urna que las de San Bernardo – y a tal fin, escribió “De vita et rebus gestis sancti Malachiae”. Esta es una obra de carácter biográfico y hagiográfico, muy útil como fuente histórica sobre la Iglesia irlandesa en el siglo XII, pues el célebre San Malaquías era el legado del Papa en Irlanda.

No quiero extenderme sobre su apostolado en tiempos de la Segunda Cruzada, que como dije, para él era una guerra santa – y que puede ser otro tema para polemizar – aunque algo si habrá que decir sobre sus controversias contra algunas “herejías populares”, como los cátaros. En los ya mencionados “Sermones super Cantica”, refutó a estos grupos de cátaros y evangélicos que estaban muy localizados en la ciudad de Colonia. En el año 1145 predicó personalmente contra ellos en el Languedoc, pero sobre todo, contra los seguidores del monje Enrique, que se caracterizaban por llevar hasta el extremo el mensaje del evangelio, defendiendo la existencia de una Iglesia puramente espiritual, libre de todo apego a lo terrenal, considerando incluso mundana a la propia jerarquía eclesiástica. Pero siempre lo hacía intentando no excluir a nadie, sino previniendo de esos errores, por lo que con “estos futuros herejes” siempre usaba la persuasión y nunca la confrontación. Sus orígenes le habían proporcionado una sensibilidad muy humana, pero es verdad que, como monje, su severidad le hizo perder “los papeles” en alguna ocasión.

Su comportamiento, en algunas ocasiones, había desatado ciertos problemas e incluso, algunas sentencias contradictorias. Sabemos de su amistad con Pedro el Venerable, pero por ejemplo, éste deplora suave pero firmemente, la vehemencia y la precipitación mostrada por San Bernardo en la controversia de Langres, como consecuencia de la elección y consagración del cluniacense Guillermo de Sabran como obispo de aquella diócesis. Algo parecido ocurrió cuando fue elegido Guillermo Fitzherbert como arzobispo de York. Estas controversias impresionaron por su dureza, pero hay que tener en cuenta que se estaba violando, en contra de Bernardo, un procedimiento que había sido fijado de acuerdo con el Papa para el nombramiento del obispo del lugar donde hubiese un monasterio cisterciense. Podríamos citar muchos otros casos que nos mostrarían cuál era la personalidad humana de San Bernardo, pero creo que no debo excederme, sobre todo cuando hay mucha bibliografía sobre este Santo.

Escultura del Santo en su iglesia de Fontaine-les-Dijon, Francia.

Escultura del Santo en su iglesia de Fontaine-les-Dijon, Francia.

En el primer artículo dijimos que San Bernardo murió en Claraval el día 20 de agosto del año 1153. Fue canonizado por el Papa Alejandro III mediante una bula decretada el día 18 de enero del 1174, o sea, veintiún años después de su muerte. Nos parecerá poco tiempo, pero aun así, ya el Papa la había retrasado deliberadamente: “Estando en París, muchos hombres venerables me pidieron la canonización de Bernardo abad de Claraval, de santo recuerdo, sugiriendo con humildes peticiones que ya que se iba a celebrar próximamente el Concilio de Tours, sería digno y laudable dar el permiso en esa ocasión. Cuando ya estábamos de acuerdo en esta cuestión, llegó una gran cantidad de peticiones que desde diversas provincias pedían otras canonizaciones. Y así, viendo que no se podía satisfacer a todos de modo congruente, se decidió, para evitar el escándalo, diferir en este caso lo que en los otros había que denegar por cuestión de tiempo”.

San Bernardo fue proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa Pío VIII en el año 1830. El Ven. Papa Pío XII, en el octavo centenario de su muerte, en la encíclica “Doctor mellifluus”, le dio esta denominación. Este apelativo empezó a emplearse en el siglo XV refiriéndose a San Bernardo y estaba en consonancia con la suavidad y la dulzura de sus escritos.

Los restos del Santo, a excepción del cráneo, se perdieron en el 1793 durante la Revolución Francesa. Esta reliquia, en el año 1813 fue llevada a la catedral de Troyes. Su culto está muy difundido, siendo el patrón de Gibraltar y de la Liguria italiana. Su festividad se celebra el día de su muerte (20 de agosto). Las principales etapas en el desarrollo de su culto litúrgico son: el mismo año de su canonización, el Papa Alejandro III compuso una primera Misa para uso de los cistercienses. En el año 1201, Inocencio III aprobaba una nueva Misa con oraciones propias. Desde el punto de vista del desarrollo del Oficio de las Horas, la única lección que se encontraba en el Oficio de Maitines en la primera mitad del siglo XVI, se convirtió en tres lecciones con la reforma de San Pío V.

Existen numerosos testimonios de contemporáneos del santo que le atribuyen la realización de milagros. El propio Godofredo de Auxerre, su primer biógrafo, nos narra alguno, que de alguna manera, hasta el propio San Bernardo lo reconoce implícitamente en el capítulo segundo de su obra “De consideratione”. Como era natural y lógico, también las leyendas escritas sobre él le atribuyen la realización de numerosos milagros.

Detalle del cráneo del Santo en su urna de Troyes, Francia.

Detalle del cráneo del Santo en su urna de Troyes, Francia.

San Bernardo es uno de los santos que más influencia ha ejercido en la vida de la Iglesia, pues ya antes del 1500 se habían realizado cuarenta y cinco ediciones parciales de sus obras; y hasta el día de hoy, más de quinientas. Esta influencia se debe principalmente tanto a su doctrina como a su espiritualidad cristocéntrica (infancia de Cristo, nombre de Cristo, pasión de Cristo…) y al papel de María en la obra de la Redención. Por poner sólo un ejemplo, diré que el autor de la “Imitación de Cristo” basa su obra principalmente en la doctrina de San Bernardo. Iconográficamente se le representa con una pluma o un libro, con una colmena y con la figura de María.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– LECLERCQ, J., ”Saint Bernard mystique”, París, 1948
– VACANDARD, E., “Vie de Saint Bernard abbé de Clairvaux”, Paris, 1927
– ZERBI, P., “Bibliotheca sanctorum” vol. III, Città N. Editrice, Roma, 1990

Enlace consultado (01/06/2013):
http://es.wikipedia.org/wiki/Bernardo_de_Claraval

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