Santos mártires de Vietnam

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Tapiz de la canonización de los 117 mártires de Vietnam.

Tapiz de la canonización de los 117 mártires de Vietnam.

Se estima que el número de cristianos vietnamitas que murieron por su fe oscila entre los 130.000 y los 300.000, aunque el papa San Juan Pablo II decidiera canonizar sólo a aquellos cuyos nombres son conocidos, otorgándoles un único día de fiesta a todos: el 24 de noviembre. Los mártires vietnamitas fueron martirizados en varios grupos, como el de los dominicos y jesuitas misioneros del siglo XVII; y los asesinados en las persecuciones contra los cristianos en el siglo XIX. Un ejemplo representativo es el de estos 117 mártires, que incluye a 96 vietnamitas, 11 dominicos españoles y 10 miembros franceses de la Sociedad de las Misiones Extranjeras de París, los cuales fueron beatificados en cuatro ocasiones: 64 fueron beatificados por el Papa León XIII el día 27 de mayo del año 1900; 8 lo fueron por San Pío X el 20 de mayo del año 1906; otros 20 fueron beatificados por el mismo Papa el día 2 de mayo de 1909 y, finalmente, 25 lo fueron por el Papa Pío XII, el día 29 de abril del año 1951. A estos 117 mártires vietnamitas canonizados el 19 de junio del 1988, hay que añadir a un joven mártir vietnamita, Andrés Phú Yên, que fue beatificado en el mes de marzo del año 2000 por el mismo Papa Juan Pablo II.

De estos mártires, dos murieron en el período de Chúa Trinh Doanh (1740-1767); dos en tiempos de Chúa Trinh Sâm (1767-1782); otros dos en tiempos del emperador Cánh Thint (1782-1802); cincuenta y ocho, en tiempos del emperador Minh Mang (1820-1840); tres, durante el reinado de Thiêu Tri (1840-1847) y cincuenta, en tiempos de Tu’ Dú’c (1847-1883).

Las torturas a las que fueron sometidos estos cristianos son consideradas como unas de las más cruentas de la historia del martirologio. Los verdugos cortaron los tendones que unían las articulaciones, rasgaron las carnes con tenazas al rojo vivo, utilizaron hachas con filo romo a fin de tener que asestar varios golpes antes de cortar los miembros e incluso utilizaron medicinas tradicionales para esclavizar las mentes de las víctimas. Los cristianos eran marcados en la cara con una especie de jeroglíficos por practicar una doctrina demoníaca y sus familias y aldeas eran destruidas.

Martirio de los Santos Pablo Mi, Pedro Duong y Pedro Truat (18 de diciembre de 1838).

Martirio de los Santos Pablo Mi, Pedro Duong y Pedro Truat (18 de diciembre de 1838).

Ésta es la lista completa de los santos mártires vietnamitas:
Andrés Dung-Lac An Tran
Andrés Thong Kim Nguyen
Andrés Trong Van Tram
Andrés Tuong
Antonio Dich Nguyen
Antonio Quynh Nam
Agustín Huy Viet Phan
Agustín Moi Van Nguyen
Agustín Schoeffer
Bernardo Due Van Vo
Domingo Hanh Van Nguyen
Domingo Henares
Domingo Nicolás Dat Dinh
Domingo Trach Doai
Domingo Uy Van Bui
Domingo Xuyen Van Nguyen
Domingo Kham Trong Pham
Domingo Tran Duy Ninh
Domingo Cam
Domingo Huyen
Domingo Toai
Domingo Mau

Domingo Nhi
Domingo Nguyen
Domingo Mao
Esteban Teodoro Cuenot
Esteban Vinh
Felipe Minh Van Phan
Francisco Chieu Van Do
Francisco Gil de Frederich
Francisco Isidoro Gagelin
Francisco Jaccard
Francisco Trung Von Tran
Francisco Javier Can Nguyen
Ignacio Delgado y Cebrián
Inés Le Thi Thanh
Jacinto Castañeda
Jacobo Nam
Jerónimo Hermosilla
Juan Bautista Con
Juan Carlos Cornay
Juan Dat
Juan Hoan Trinh Doan
Juan Luís Bonnard
Juan Thanh Van Dinh

Simulacros de algunos de los Santos mártires en Vietnam.

Simulacros de algunos de los Santos mártires en Vietnam.

José María Díaz Sanjurjo
José Canh Luang Hoang
José Fernández
José Hien Quang Do
José Khang Duy Nguyen
José Luu Van Nguyen
José Marchand
José Nghi Kim
José Thi Dang Le
José Uyen Dinh Nguyen
José Vien Dinh Dang
José Khang
José Tuc
José Tuan Van Tran
Lorenzo Ngon
Lorenzo Huong Van Nguyen
Lucas Loan Ba Vu
Lucas Thin Viet Pham
Manuel Trieu Van Nguyen
Martín Tho
Martín Tinh Duc Ta
Mateo Alonso Leziniana
Mateo Dac Phuong Nguyen
Mateo Gam Van Le
Melchor García Sampedro
Miguel Hy Ho-Dinh
Miguel My Huy Nguyen

Relicario con restos de los mártires en Vietnam.

Relicario con restos de los mártires en Vietnam.

Nicolás Thé Duc Bui
Pablo Hanh
Pablo Khoan Khan Pham
Pablo Loc Van Le
Pablo Tinh Bao Le
Pablo Tong Buong
Pablo Duong
Pedro Tuan
Pedro Dung Van Dinh
Pedro Da
Pedro Duong Van Troung
Pedro Francis Néron
Pedro Hieu Van Nguyen
Pedro Quy Cong Doan
Pedro Thi Van Truong Pham
Pedro Tuan Ba Nguyen
Pedro Tuy Le
Pedro Van Van Doan
Pedro Borie
Simón Hoa Dac Phan
Teófano Vénard
Tomás De Van Nguyen
Tomás Du Viet Dinh

Tomás Thien Tran
Tomás Toan
Tomás Khuong
Valentín Berriochoa
Vicente Liem Nguyen
Vicente Duong
Vicente Tuong
Vicente Yen Do

Como es imposible escribir sobre cada uno de ellos, aunque sea muy brevemente, vamos a decir al menos alguna cosa sobre cada uno de los once mártires dominicos españoles.

Santo Domingo Henares, obispo mártir
Era oriundo de Baena (Córdoba), donde nació el 19 de diciembre del 1765. El 30 de agosto de 1783 vistió el hábito dominico y sin concluir sus estudios, marchó a Filipinas el 9 de julio de 1786. Después de ocupar varios cargos dentro de la Orden, fue nombrado obispo de Fez el 9 de septiembre del año 1800. Tenía conocimientos de medicina y astronomía, por lo que era muy respetado por los mandarines, que a menudo, le consultaban, aunque esto no impidió que fuera perseguido por ser obispo católico y apresado de noche. Encerrado en una jaula, fue conducido a la capital donde fue interrogado y condenado a morir decapitado el día 25 de junio de 1838. Su cabeza fue arrojada a un río, donde fue rescatada por un pescador cristiano. De él se conservan varias cartas escritas a sus familiares y a otros religiosos y una oración compuesta para su sobrina.

Santo Domingo Henares, obispo dominico, mártir en Vietnam.

Santo Domingo Henares, obispo dominico, mártir en Vietnam.

San Clemente Ignacio Delgado, obispo mártir
Nació en Villafeliche (Zaragoza) el 23 de noviembre del 1761. Con diecinueve años entró en la Orden de Santo Domingo y con veinticinco años de edad llegaba a Manilas, desde donde partió hacia la Cochinchina. En aquellos tiempos, aunque no faltaban los sobresaltos, se gozaba de una relativa calma; fue nombrado vicario general y coadjutor con derecho a sucesión en el Vicariato Oriental, siendo consagrado como obispo el 20 de noviembre del 1795. Cuando el emperador Minh-Manh subió al trono, la situación cambió radicalmente y de tal manera que es conocido como el “Nerón vietnamita”. Fue apresado y encerrado en una jaula de madera junto con otros misioneros y condenado a morir decapitado, aunque antes de que se confirmara la sentencia por parte del emperador, murió en la cárcel el día 12 de julio del año 1838, consumido por la enfermedad y los tormentos. Una vez muerto, fue de todos modos decapitado y su cabeza arrojada a un río, siendo recuperada cuatro meses más tarde, intacta e incorrupta. De él se conservan algunas cartas oficiales y personales.

San José Fernández, sacerdote mártir
Nació en Ventosa de la Cuesta (Valladolid), el 3 de diciembre del 1775 y en febrero del año 1805 partía desde Macao hacia la Cochinchina, siendo tan largo y penoso el viaje que le ocasionó una grave enfermedad, que no impidió se dedicara activamente a su labor apostólica. Llevaba allí unos treinta años como misionero y dando clases de latín, cuando en el año 1838 estalló la persecución de Minh-Manh, lo que hizo que tuviera que dejar de impartir sus clases y esconderse de aldea en aldea, en una de las cuales se encontró con un anciano sacerdote vietnamita: San Pedro Tuan. Delatados por un mandarín, fueron hechos prisioneros, enjaulados y cargado con una pesada canga. La jaula era tan pequeña que le impedía cualquier movimiento, por lo que se le paralizó medio cuerpo. Hubiese muerto de hambre en la jaula si un cristiano no hubiera sobornado con dinero al carcelero, quien le llevaba algo de comida una vez al día, aunque se la tenía que poner él mismo en la boca debido a la parálisis de sus manos. Tullido como estaba dentro de la jaula, fue sacado a rastras y decapitado el día 24 de julio de 1838. Nueve días antes también fue decapitado San Pedro Tuan.

 Urna con los restos de San Melchor García Sampedro en la catedral de Oviedo, España.

Urna con los restos de San Melchor García Sampedro en la catedral de Oviedo, España.

San Mateo Alonso Liciniana, sacerdote mártir
Nació en Nava del Rey (Valladolid) el 26 de noviembre del 1702. Veintiocho años más tarde ya estaba en Manila, aunque al año siguiente marchaba hacia las misiones de Tonkin. Allí estuvo trabajando como misionero durante diez años y aunque gozaba de muy poca salud, no perdonaba ningún trabajo y lograba escaparse de las manos de quienes iban tras él persiguiéndolo. Pero fue delatado por un cristiano apóstata y a finales de noviembre del 1743, mientras celebraba la Santa Misa fue hecho prisionero, aunque tuvo tiempo de consumir las Sagradas Especies. Lo arrastraron por los cabellos, le clavaron una lanza en el costado y malherido, lo llevaron en una barcaza hasta Nam-dinh. Desde allí, cargado de cadenas, fue llevado a Hanoi, donde estuvo cuarenta días en el cepo, desde donde confortaba en la fe a los demás prisioneros. Fue condenado a degüello, aunque la pena le fue conmutada por prisión perpetua. En la cárcel se encontró con San Francisco Gil de Federich y a partir de entonces, corrieron la misma suerte. La conmutación de la pena fue revocada y ambos fueron atados a unas estacas y degollados mientras recitaban el Credo. Era el 22 de enero del año 1745. De él se conservan algunas cartas personales.

San Francisco Gil de Federich, sacerdote mártir
Nació en Tortosa (Tarragona) en diciembre del año 1702 y profesó en el convento de Santa Catalina de Barcelona con sólo dieciséis años de edad. Fue enviado a la Provincia de Nuestra Señora del Rosario en Filipinas y desde allí, solicitó voluntariamente que lo enviasen a Tonkin. Aprendió el nuevo idioma y se dedicó en cuerpo y alma a la predicación, atención a los enfermos, administración de los sacramentos y demás labores apostólicas, escondiéndose de aldea en aldea para no ser arrestado. Pero por culpa de un bonzo budista que lo delató, fue apresado el 3 de agosto de 1737. Llevado a la corte del emperador, fue encarcelado y encadenado en un patio descubierto, a la intemperie. Fue interrogado, maltratado y cargado con cadenas tan gruesas que le causaron una herida en un pie, tan profunda que no le permitía moverse. Su terrible estado movió a compasión a dos mujeres no cristianas que, con dinero, sobornaron al carcelero para poder llevarlo a casa y curarlo. Como se negaba a pisar la cruz, fue condenado a morir degollado, junto con su amigo y hermano San Mateo Alonso Liciniana. De él se conservan algunas cartas.

Procesión de las reliquias de San Jerónimo Hermosilla, en su localidad natal, el día 19 de septiembre de 1987.

Procesión de las reliquias de San Jerónimo Hermosilla, en su localidad natal, el día 19 de septiembre de 1987.

San Jacinto Castañeda, sacerdote mártir
De él ya hemos publicado un artículo más extenso el pasado día 5 de junio, artículo firmado por nuestro compañero Salvador.

San Jerónimo Hermosilla, obispo mártir
Fue el sostén principal de la Misión dominicana de Tonkin durante las dos crueles persecuciones contra los cristianos, bajo los reinados de los emperadores Minh-Manh y Tu’-Dú’c. Había nacido en Santo Domingo de la Calzada (La Rioja) el 30 de septiembre del año 1800 y aunque primero ingresó en el seminario de Valencia, finalmente entró en la Orden de Santo Domingo, profesando el 29 de octubre del 1823. Siendo subdiácono, se alistó para ir a Filipinas, donde fue ordenado de sacerdote. Era joven y robusto, incansable en el trabajo, por lo que siempre cargaba con las labores más pesadas de la Misión. Durante los treinta y dos años que duró su ministerio, viajaba sin cesar a pesar de las crueles persecuciones a las que eran sometidos los cristianos. Todos los misioneros iban cayendo, pero el emperador no conseguía su arresto a pesar de que tenía a varios miles de soldados detrás de él. Un día fue encontrado y fue tan grande el alboroto montado por los soldados, que ante el asombro del padre Hermosilla, ni lo vieron, por lo que se retiraron creyendo que el misionero había escapado. En agosto del 1840 fue nombrado Vicario Apostólico y obispo titular Miletopolitano, por lo que tuvo que realizar un penoso y largo viaje a pie que duró diez días, para poder ser consagrado como obispo el 25 de abril de 1841. A partir de ese día, cambió de nombre para poder ocultarse más fácilmente. Su nuevo nombre fue Liem y así es conocido por los propios vietnamitas. Minh-Manh murió en 1841 sin conseguir atraparlo, pero por culpa de un cristiano apóstata, fue capturado mientras viajaba en una barcaza. Lo llevaron a la aldea de Hai-duong y como no conseguían que pisara la cruz, fue encerrado en una jaula. Fue decapitado el 1 de noviembre de 1861 junto con San Valentín Berriochoa y San Pedro Almató. Se conservan algunas cartas dirigidas a familiares y religiosos.

Reliquias de San Valentín Berriochoa en su localidad natal, Elorrio, Vizcaya (España).

Reliquias de San Valentín Berriochoa en su localidad natal, Elorrio, Vizcaya (España).

San Valentín Berriochoa, obispo mártir
“Voy a hacerme Santo para que haya alguno en Vizcaya”, son palabras de San Valentín Berriochoa a un amigo, antes de partir hacia Filipinas. Había nacido en Elorrio (Vizcaya), el día 14 de febrero del 1827. Aunque estudió en el seminario de Logroño y allí se ordenó de sacerdote, viajó a Ocaña (Toledo) para solicitar ser admitido en la Orden de Predicadores, profesando en el año 1854. Marchó a Filipinas como misionero y allí se encontró con San Melchor García Sampedro, obispo asturiano, quién lo nombró coadjutor suyo, aunque luego tuvo que hacerse cargo de todo el Vicariato Central: “El señor Melchor García Sampedro me ha echado encima una pesada cruz. Si tengo la suerte de ir al cielo, allí le pediré cuentas de lo que ha hecho”. Como la persecución arreciaba, siguiendo el consejo de San Jerónimo Hermosilla, con dolor de su corazón, buscó refugio en el Vicariato Oriental, aunque allí fue detenido el 25 de octubre del 1861 y encerrado en una jaula. Junto con San Jerónimo Hermosilla y San Pedro Almató, recibió la palma del martirio el 1 de noviembre del mismo año, amarrado fuerte y dolorosamente a tres estacas, siendo decapitado. Destacó por su especial devoción a María, a quien llamaba “su Madrecita del alma”. Dijo que iba a Asia a hacerse Santo y lo consiguió. De él se conservan ciento setenta cartas personales y una pastoral a sus sacerdotes.

San Pedro Almató, sacerdote mártir
Nació en Sant Feliu Sasserra (Barcelona) el 1 de noviembre del 1830 y por consejo de San Antonio Maria Claret, entró en el convento de los dominicos de Ocaña, marchando a Manila antes de ser ordenado sacerdote. Aquel clima se sentó tan mal que pronto cayó gravemente enfermo, pero aun así fue compañero itinerante de San Valentín Berriochoa, llegando incluso a carecer de un lugar donde poder echarse a dormir sobre una piedra. Delatado por un traidor, fue arrestado en octubre del 1861 y conducido a la ciudad, cargado de cadenas y con la canga al cuello. En la entrada de la ciudad habían colocado una gran cruz en el suelo a fin de que la pisara, pero él se postró en tierra y la adoró, negándose a pasar por encima de ella. Sometido a un largo interrogatorio, fue encerrado en una jaula y allí permaneció hasta el día 1 de noviembre de 1861, fecha en la que fue martirizado con sólo treinta y un años de edad. Se conservan veintiocho cartas escritas a sus familiares.

Reliquia de San Pedro Almató en su localidad natal, Sant Feliu Sasserra, Barcelona (España).

Reliquia de San Pedro Almató en su localidad natal, Sant Feliu Sasserra, Barcelona (España).

San José María Díaz Sanjurjo, obispo mártir
Había nacido en Santa Eulalia de Suegos (Lugo) el 25 de octubre del 1818. Estudió en el seminario de Lugo y posteriormente, en la Universidad de Compostela, donde cursó seis años de teología y uno de derecho. Ingresó en el convento de Ocaña el día 23 de septiembre de 1842, se ordenó de sacerdote en Cádiz y seis meses más tarde, el 14 de septiembre de 1844 llegó a Filipinas. Con permiso de sus superiores, marchó a Vietnam y allí ejerció su ministerio apostólico, siendo nombrado obispo de Platea y coadjutor del Vicariato Apostólico en el mes de marzo de 1849, con solo treinta y un años de edad. Fue consagrado obispo por San Jerónimo Hermosilla, quien le advirtió que “en Vietnam, las dignidades sólo dan trabajo”. Fue hecho prisionero en marzo de 1856 y conducido maniatado ante el tribunal de Nam-dinh, donde lo cargaron de cadenas y le pusieron una pesada canga en el cuello. Estuvo un año en prisión y el 20 de julio de 1857, fue conducido a un lugar llamado “siete yugadas”, donde habían sido martirizados cientos de cristianos. Fue amarrado a una estaca y sujetándole fuertemente las manos a la espalda, fue decapitado. Su cadáver fue arrojado a un río, pero pudo recuperarse su cabeza. De él se conservan varias cartas escritas a sus familiares.

San Melchor García Sampedro, obispo mártir
Nació en Cortes (Asturias) el 26 de abril del año 1821; estudió en la Facultad de Teología de la Universidad de Oviedo e ingresó en el convento de Ocaña, siendo ordenado de sacerdote en junio de 1847. Un año más tarde, partió como misionero a Filipinas y desde allí, a Vietnam, donde llegó a finales de febrero del 1849. Fue nombrado obispo de Tricomia y coadjutor de San José María Díaz Sanjurjo, a quién sucedió en el gobierno del Vicariato Central. Fue apresado el 8 de julio del 1858, tres años después de ser consagrado obispo.

Instrumentos de martirio.

Instrumentos de martirio.

Como su martirio fue el más cruento de todos ellos, me detendré un poco en relatarlo, según lo cuenta el padre Khang, dominico y mártir vietnamita que, camuflado, presenció el martirio. Lo mantuvieron incomunicado durante veinte días en la prisión de Nam-dinh, junto con dos ayudantes vietnamitas que también morirían como mártires. La noche del 26 de julio de 1858, el Gran Mandarín lo mandó llamar para explicarle el género de muerte que le tenía preparado y el día 28, al amanecer sacaron a los tres mártires y los llevaron al lugar del suplicio. A los dos vietnamitas los ataron a dos estacas mientras el obispo los animaba a perseverar en la fe; a la voz del mandarín, ambos jóvenes fueron degollados. Al obispo lo obligaron a tenderse boca arriba sobre una esterilla puesta en el suelo, clavaron dos estacas frente a las manos, pero tan separadas que éstas no podían llegar a las estacas, por lo que las amarraron con cordeles y tiraron salvajemente de ellas. Luego clavaron dos estacas por debajo de los brazos, haciéndolas juntar por arriba a fin de oprimir el pecho del obispo. Otras dos estacas fueron puestas cerca de los pies haciendo la misma operación que habían hecho con las manos.

A continuación, cinco verdugos colocados a ambos lados, con hachas sin corte a fin de que el tormento fuese más prolongado, descargaron doce golpes sobre cada pierna hasta que se las cortaron. Hicieron lo mismo con los brazos, dando seis golpes en cada uno de ellos. Durante el suplicio, San Melchor no dejaba de pronunciar el Nombre de Jesús. Posteriormente, con quince hachazos le cortaron la cabeza, le abrieron el vientre y con un gancho le sacaron el hígado que se comieron, pues según sus creencias, así el valor del mártir pasaba a ellos. Envolvieron todos los trozos del cuerpo en la esterilla y lo sepultaron en un hoyo cubriéndolo de tierra. La cabeza fue destrozada a golpes y tirada a un río. Como he dicho antes, era el 28 de julio de 1858.

Cada uno de estos santos se merece un artículo, como hizo nuestro compañero Salvador escribiendo sobre San Jacinto Castañeda, pero yo he preferido hacerlo así, aunque posiblemente, en otra ocasión escribiremos sobre los demás mártires de esta Causa.

Antonio Barrero

Bibliografía
– VV.AA., “Testigos de la fe en Oriente”, Misión Dominicana de Nuestra Señora del Rosario, Hong Kong, 1987.

Enlaces consultados (11/06/2013):
http://conggiao.info/photos/2109/0/0/cac-thanh-tu-dao-viet-nam-2411.aspx
http://es.catholic.net/santoral/articulo.php?id=26409
http://en.wikipedia.org/wiki/Vietnamese_Martyrs

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Nuestra Señora de Guadalupe: reina de México y emperatriz de América (VII)

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

"San Juan Diego Cuautlatoatzin", óleo de Miguel Cabrera.

«San Juan Diego Cuautlatoatzin», óleo de Miguel Cabrera.

Controversias Guadalupanas: Las reliquias de San Juan Diego
Hace algunos meses a la redacción llegó una consulta que hacía referencia a si era cierto que la única reliquia de San Juan Diego era el ayate de Guadalupe, pregunta a la cual respondí en su momento a grandes rasgos, pero que me hizo meterme a investigar un poco más al respecto y decidir escribir un artículo dedicado a este tema para reforzar aquella respuesta. He de confesar que no soy especialista en reliquias, como sí lo es Antonio o Poncho y es el primer artículo que escribo con un tema sobre reliquias, pero espero que mis apreciaciones no sean tan alejadas del tema.

Entre los temas más polémicos que existen alrededor del guadalupanismo mexicano es sin duda el referente a la existencia de San Juan Diego, debido en primera instancia a la falta de reliquias suyas que comprueben que fue una persona real. Válgase que, como bien sabemos, aun esto en el caso de los santos, no siempre es un testimonio fidedigno, y esto hace que San Juan Diego siga quedándose tan sólo en la leyenda, ¿pero hubo reliquias de San Juan Diego? Esto es lo que trataré de esclarecer. Aunque narraré parte de la biografía de este Santo, no profundizaré debido a que ya existe un artículo anteriormente publicado en el que se trata a más detalle el polémico caso de si San Juan Diego existió o no; yo sólo mencionare lo suficiente para tratar de dilucidar si existieron reliquias suyas.

Juan Diego Cuautlatoatzin («águila de habla») nació en Cuauhtitlán, cerca de México-Tenochtitlán hacia 1474. La tradición dice que pertenecía a la casta de los macehuales, que estaba formada por campesinos y artesanos; a pesar de esto, últimamente los investigadores guadalupanos dicen que se ha descubierto que era descendiente del rey de Texcoco, Netzahualcóyotl “el rey poeta” y que fue caballero águila en su juventud en las guerras floridas. Se casó con una mujer de nombre Malintzin. Después de la conquista y evangelización, Cuautlatoatzin y su esposa se convirtieron gracias a la predicación de fray Toribio de Benavente, mejor conocido como “Motolinía” [1], lo que les llevo a ser bautizados con el nombre de Juan Diego y María Lucía respectivamente y a casarse ahora por la Iglesia. Parece que en este momento de su conversión es también según los investigadores el momento en que decide dejar las posesiones que tenía y convertirse en simple macehual. Hacia 1529 fallece María Lucía y Juan Diego decide irse a vivir a casa de su tío Juan Bernardino.

Ermita y Santuario del "Cerrito" en Cuauhtitlán,  Estado de México, construidos sobre los vestigios de la que fuera la casa de San Juan Diego.

Ermita y Santuario del «Cerrito» en Cuauhtitlán,  Estado de México, construidos sobre los vestigios de la que fuera la casa de San Juan Diego.

Es dos años después de que Juan Diego vive en casa de su tío, que entre el 9 y el 12 de diciembre de 1531, se convierte en el vidente de Nuestra Señora de Guadalupe. Posteriormente al ya conocido milagro de la Virgen de Guadalupe, parece que Juan Diego decidió dedicarse por completo al cuidado de la imagen guadalupana y por lo mismo decidió mudarse a la ermita donde ésta se conservaba, donde se dedicaba a predicar a sus hermanos y contarles las palabras que la Señora del cielo le había dicho. Se dice que dos veces más se le apareció la Virgen: una para avisarle que su tío Juan Bernardino moriría y la siguiente para decirle que ya se acercaba también su hora; el vidente de la Virgen de Guadalupe fallece hacía 1548 y al parecer es sepultado en la misma ermita donde vivió y donde se veneraba el milagroso ayate.

Las primeras reliquias a las que haré referencia es a los restos de las casas en las que vivió San Juan Diego, en Cuautitlán y el Tulpetlac respectivamente. Los descubrimientos arqueológicos en Cuauhtitlán, donde actualmente existe un templo dedicado a Nuestra Señora de Guadalupe y San Juan Diego, han sacado a la luz que tanto los muros y las cuatro columnas de la ermita corresponden al siglo XVI; ya para 1798 existe un documento en donde se pide permiso para construir una nueva ermita en ese sitio, por ser donde vivió Juan Diego. Hacia finales del mismo siglo XVIII y principios del XIX son encontradas los vestigios de lo que se supone fue la casa de San Juan Diego, y según el dictamen del arqueólogo Jorge R. Acosta se trata de una “habitación que perteneció a la cultura azteca III-IV, por lo tanto, corresponde al momento de la conquista de México por los españoles”. A un lado de los vestigios de la casa y fuera del actual templo, se hallaron las ruinas de una primitiva ermita, lo que nos indica que en ese sitio existió una muy temprana devoción a san Juan Diego, por considerar que en ese sitio fue donde vivió, lo que refuerza a un más la idea de que el dicho vidente realmente vivió en ese lugar. Además en esta ermita se conserva una pila bautismal donde se dice fue bautizado el Santo.

La Parroquia de indios, donde se supone esta o estuvo sepultado San Juan Diego. Fuente: www.virgendeguadalupe.org.mx

La Parroquia de indios, donde se supone esta o estuvo sepultado San Juan Diego. Fuente: www.virgendeguadalupe.org.mx

La siguiente reliquia que de Juan Diego podemos encontrar es la casa en Tulpetlac, donde vivió con su tío Juan Bernardino y que, actualmente, es el Santuario de la quinta aparición. En este sitio la veneración parece ser un poco más tardía que en Cuauhtitlán; existe en el Archivo General de la Nación un documento del siglo XVIII donde se pide se construya una ermita en ese sitio, donde se cree fue la quinta aparición a Juan Bernardino y donde vivió Juan Diego; y algunos documentos más narran que, ya anteriormente, los indios de esa zona tenían una pequeña ermita dedicada a Juan Diego, por la fama de santidad que éste tenía. En el sitio de Tulpetlac los vestigios arqueológicos que se han encontrado corresponde a pedazos de cuatro paredes de una casa del siglo XVI, una de ellas parece ser de una barda divisoria entre la casa y la hortaliza.

Una de las más importantes y polémicas reliquias de San Juan Diego es su tumba y por consiguiente su cuerpo. A través de los años ha existido mucho interés por encontrarlas y parece que eran encontradas y desaparecidas de nuevo, hasta el punto de que actualmente no se sabe dónde están, lo que hace que Juan Diego, a pesar de todo, siga rodeándose de la leyenda al no poder encontrar un cuerpo real. Como ya mencioné arriba todo parece indicar que San Juan Diego fue sepultado en la primera ermita de la Virgen de Guadalupe, la cual es conocida actualmente como “Parroquia de Indios”. En esta misma existe un antiguo epitafio que dice “En este lugar se le apareció la Virgen de Guadalupe al indio Juan Diego, el cual está enterrado en esta iglesia”. Todo indica que desde el siglo XVIII se ha intentado encontrar los restos de San Juan Diego siempre con la idea de poder llevarlo a los altares.

Santuario de la Quinta aparición, que conmemora la aparición de la Virgen de Guadalupe al tío Juan Bernardino y construido sobre la casa de ambos en Tulpetlac, Estado de México.

Santuario de la Quinta aparición, que conmemora la aparición de la Virgen de Guadalupe al tío Juan Bernardino y construido sobre la casa de ambos en Tulpetlac, Estado de México.

Uno de los más antiguos registros sobre esto se encuentra en la obra de Mariano Fernández de Echeverría y Veytia, “Baluartes de México” obra escrita entre 1775-1779; este mismo historiador dice haber participado en la búsqueda, por lo cual es una fuente de primera mano en este caso. Se dice que se hizo una excavación en el templo y que se encontraron varios restos mortales, entre ellos, el cuerpo incorrupto de un sacerdote, posiblemente capellán de la misma ermita, pero que ninguno de los cuerpos pudo ser identificado, por lo cual no pudieron dar con cuál de todos pudiera ser el de Juan Diego. Curiosamente un siglo después, en la primera mitad del siglo XIX según un documento denominado “Inventario Razonado” asegura que en la Parroquia de Indios se encuentras los restos de Juan Diego y su tío Juan Bernardino: “Constrúyase la que llaman parroquia de indios, o iglesia provincial dedicada el año de 1695. En este año se trasladaron de la Yglesia Artezonada a la de Yndios la celestial pintura la imagen de plata, por que se iba a destruir la Artezonada; en este mismo año se transformó en sacristía la ermita. Ytem: se trasladaron de ella a la iglesia de indios los huesos de Juan Diego y Juan Bernardino…”

A finales de este mismo siglo XIX, curiosamente, el abad de la Colegiata de Nuestra Señora de Guadalupe, don José Antonio Plancarte y Labastida, ante la inminente coronación pontificia del ayate de Nuestra Señora de Guadalupe, declara en sus cartas que pedía insistentemente a Nuestra Señora para que apareciera la tumba de Juan Diego, y refería también que en varias ocasiones habían intentado encontrarlo, pero sin éxito.

Posteriormente con la Guerra Cristera, al ser trasladada la imagen original de Nuestra Señora de Guadalupe a un refugio para protegerla de algún atentado como el ocurrido en noviembre de 1921, y según refería el abad de la basílica, también se trasladaron las reliquias de Juan Diego para evitar su profanación, pero posteriormente al terminar el conflicto solo volvió a su lugar la tilma con la Virgen y no así las reliquias del vidente, de las cuales se olvidó la localización.

Nuestra Señora de Guadalupe con fray Juan de Zumarraga, San Juan Bautista y San Juan Diego, óleo de Miguel Cabrera.

Nuestra Señora de Guadalupe con fray Juan de Zumarraga, San Juan Bautista y San Juan Diego, óleo de Miguel Cabrera.

Ya entrado el siglo XX hacia 1979, cuando se abre la causa de beatificación de Juan Diego, la Congregación para la Causa de los Santos pide a los postuladores la búsqueda de las reliquias del propuesto a beato, a lo que los encargados de la causa alegaron que “después de 400 años ni polvo ha de haber”, por lo que la Congregación de los Santos les pidió que probaran que fue sepultado. Tres años después se presentó el cardenal Giovanni Papap ante el postulador de Juan Diego y después de escucharle detenidamente le dijo: “Mire, lo de Juan Diego no hay nada. Lo de la Virgen de Guadalupe fue un mito con lo que los misioneros se ayudaron para la evangelización de México y Juan Diego ni existió, y la documentación que se tiene (en la Congregación para la causa de los Santos) ni siquiera la hemos leído”. Sin embargo algunos años después, basándose en documentos e investigación y posiblemente con algo de ayuda externa, se logra proseguir con la causa y que esta sea aceptada por la Congregación y que como sabemos sea beatificado Juan Diego en 1990 y posteriormente canonizado en 2002 por el papa San Juan Pablo II.

Aun con todo esto, hasta el día de hoy no se ha podido localizar la supuesta tumba de Juan Diego ni el cuerpo del mismo. Sin embargo, como vemos hay constancia documental de un culto muy temprano a un indio de vida virtuosa en los sitios que según el Nican Mopohua coinciden con los rasgos de San Juan Diego, el vidente de Guadalupe. Acaso pudiera ser que uno de esos restos no identificados bajo la Parroquia de Indios, ¿será el de San Juan Diego?, o tal vez ni siquiera estuvo enterrado en ese sitio nunca, pudiera ser también factible la idea de que fueron ocultas sus reliquias durante la Cristiada y que se hayan extraviado y por lo mismo actualmente no estén en la Parroquia de Indios o ni si quiera en la circunscripción de la Basílica de Guadalupe. Creo que las pruebas documentales y arqueológicas son suficientes para pensar que realmente existió un indio virtuoso que recibió veneración tempranamente, trátese o no del mismo Juan Diego, vidente de la Virgen de Guadalupe. Cabe la posibilidad del mismo modo que los mismos españoles hayan “ocultado” los restos de Juan Diego para evitar su culto y veneración desde épocas muy tempranas, pues es sabido que aun tratándose de un prospecto a santo, por el hecho de ser indígena o hasta defensor de los indios era visto con recelo por las élites ibéricas de la Nueva España. Cosa similar sucedió con los restos de fray Pedro Lorenzo de la Nada, defensor de los indios en Tabasco y Chiapas; sea como sea, son sólo hipótesis, los hechos son que las dichas reliquias de San Juan Diego no aparecen y por lo mismo hace que Juan Diego siga inmerso en la leyenda y la polémica aunque existan vestigios y documentos que afirman su existencia.

André Efrén

Bibliografía:
– ÁLVAREZ DEL REAL, María Eloísa, “Santuarios de la Virgen María apariciones y advocaciones”, Panamá, Editorial América, primera edición, 1991.
– ISLAS VÍCTOR, Hugo y PÉREZ SOUZA, Virginia, “Juan Diego a los altares”, México, La Prensa, primera edición, s/a.
– ROMERO SALINAS, Joel, “Juan Diego: su peregrinar a los altares”, México, Ediciones Paulinas, primera edición, 1992.
– SAUCEDO ZARCO, Carmen, “Historias de Santos mexicanos”, México, Planeta, primera edición, 2002.


[1] Curiosamente, “Motolinía” en sus obras, aunque menciona que varios de los indios que el bautizo habían sido objeto de manifestaciones milagrosas, jamás menciona a Juan Diego ni a la aparición guadalupana; válgase que sus textos están incompletos y las versiones originales están perdidas, pero a pesar de ello no deja de ser curioso el dato.

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San José Vaz, sacerdote

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Cuadro de San José Vaz.

Cuadro de San José Vaz.

Nació en Benaulin, en el territorio de Goa, que estaba en posesión de los portugueses, el 21 de abril de 1651, en el seno de una familia piadosa, siendo el tercer miembro de una familia de seis hermanos, hijos del matrimonio de Cristopher Vaz y María de Miranda. Hizo sus estudios primarios en el colegio de Sancoale; en este colegio se impartían las clases tanto en la lengua nativa como en portugués. Después de esta etapa estudió humanidades en la Universidad jesuita de Goa, especializándose en filosofía y teología en la Academia de Santo Tomás de Aquino. Fue ordenado sacerdote en el año de 1676 y pronto decidió abrir una escuela de latín en Sancoale para seminaristas, fue devoto de la Virgen María y se consagró a ella como “un esclavo”, sellándolo con un documento que es conocido como su “Carta de Esclavitud”.

Después de un cierto período de tiempo en Sancoale y sintiéndose misionero, fue enviado por el patriarca de Lisboa a desarrollar su ministerio en Kanara, donde predicó y fundó un oratorio filipense en Velha Goa de acuerdo a lo señalado por San Felipe Neri, viviendo una vida en común con otros sacerdotes. Fue todo un padre y un pastor para los enfermos y los pobres, escuchaba confesiones y rescató a cristianos que estaban esclavizados.

Desde hacía varias décadas, en la isla de Ceylán existían conflictos entre los protestantes holandeses llegados a la isla y los cristianos católicos isleños, siendo expulsado todo sacerdote católico desde la llegada de los protestantes. Fue allí donde luego iría el Padre José en el año 1687, embarcándose clandestinamente e infiltrándose para no ser descubierto, ya que todos los sacerdotes católicos estaban amenazados de muerte. Tuvo que vivir de incógnito y durante algún tiempo reduciendo su apostolado a realizar las prácticas de piedad, llegando incluso a celebrar la Misa de noche, pero en el año 1689 fue a Sillalai, un poblado católico y atendió a la población y a los pueblos vecinos.

Marchó al reino de Kandy en 1690 en el interior de la isla; este reino conservaba su autonomía a pesar de la presencia holandesa. Pidió permiso al rey Vilamadharma Surya para moverse libremente y predicar, pero fue apresado por unos calvinistas, que le acusaron de ser un espía portugués. Fue encarcelado con otros católicos en Sillalai y aprendió la lengua local; allí, en la prisión fue un ejemplo para otros prisioneros que abrasarían la fe católica gracias a su ejemplo.

Monumento al Santo en Vasco Church Square, Goa

Monumento al Santo en Vasco Church Square, Goa

En el año 1696 el Reino de Kandy estaba sufriendo una seria sequía y el rey pidió a los monjes budistas que oraran a sus dioses para que lloviera; nada ocurrió. Entonces el rey le dijo a José que erigiese un altar y una cruz en medio de un área cuadrada, y allí rezó. Inmediatamente, una abundante lluvia empezó a caer, mientras José y la zona del altar permanecían secos. El rey le concedió licencia para predicar en su reino.

Haciendo uso de su reencontrada libertad, hizo una labor misionera visitando la zona holandesa y a los católicos en Colombo. Tres misioneros del Oratorio de Goa llegaron en 1697 para ayudarlo y con la noticia de que Don Pedro Pacheco, Obispo de Cochin, lo había nombrado Vicario General en Ceylán. Él estaba organizando la estructura básica de la misión, cuando la viruela asoló Kandy. Su trabajo con los enfermos convenció al rey, quién le concedió todo tipo de facilidades para que José realizara sus labores misioneras.

En los años 1705 y 1708, siguieron llegando misioneros a la isla, los cuales fueron repartidos en diversos distritos. El padre José trabajó para la creación de una biblioteca católica comparable a la de los budistas, y en cimentar los derechos de los católicos en el gobierno protestante holandés. Tras la muerte del rey Vimaldharna Surya II en 1707, su sucesor Narendrasimha siguió respaldando el trabajo del padre José. Tradujo el catecismo al cingalés y al tamil, que eran las dos lenguas de la isla y adoptó los usos y costumbres locales, adelantándose a la inculturación del Evangelio del Concilio Vaticano II, respetando la fe de otros y manteniendo un diálogo leal y sincero con los budistas.

En el año 1710 tenía problemas de salud, pero aun así, en una epidemia de peste estuvo al lado de todos y realizó un viaje apostólico. Cuando venía de regreso cayó enfermo y llegó a Kandy con infecciones y fiebres que lo fueron debilitando, aunque sin embargo él seguía trabajando. Por último inició nueve días de ejercicios espirituales prescriptos por la regla del oratorio, los cuales no terminó, ya que murió en Kandy el día 16 de enero de 1711.

Un obispo hindú presenta un relicario de San José Vaz al papa San Juan Pablo II durante la ceremonia de beatificación.

Un obispo indio presenta un relicario de San José Vaz al papa San Juan Pablo II durante la ceremonia de beatificación.

El proceso informativo de su Causa de beatificación se inició relativamente pronto, en el año 1737, concluyendo en el año 1955, siendo introducido ese mismo año en la entonces Congregación de Ritos. Fue beatificado por el papa San Juan Pablo II el 21 de enero de 1995 durante su visita apostólica en Sri Lanka; y ha sido finalmente canonizado el 14 de enero de 2015 en este mismo lugar por el papa Francisco.

Emmanuel

Bibliografía:
– VV.AA. Bibliotheca sanctorum, apéndice I, Città Nuova Editrice, Roma, 1987

Enlace consultado (28/06/2013):
http://es.catholic.net/santoral/articulo.php?id=40217

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San Lupo, mártir

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Icono ortodoxo rumano del Santo.

Icono ortodoxo rumano del Santo.

Según la tradición, San Lupo pudo haber vivido a finales del siglo III o principios del IV, ya que era un siervo (esclavo) de San Demetrio, el mártir de Tesalónica, al cual celebramos el día 26 de octubre. Es posible que siguiera a su amo, teniendo una muerte martirial. Su nombre sugiere un origen latino, aunque sin embargo, obligatoriamente, no tiene por qué ser así.

San Lupo, el siervo de un mártir
Según el “Synaxarium Ecclesiae Constantinopolitanae” (ed. H. Delehaye, en Analecta Bollandiana 31, 1912, p. 258) san Lupo fue un siervo (esclavo) de San Demetrio, martirizado en Tesalónica durante el reinado del emperador Galerio Maximiano. Esta versión se encuentra en los menologios griegos y rumanos modernos el día 23 de agosto. Después del martirio de su amo, san Lupo había empapado el borde de una tela y un anillo en la sangre del mártir y comenzó a ir con ellos a través de la ciudad, confesando la fe cristiana y curando a los enfermos con la ayuda de estas reliquias. El Akathistos (himno) de San Demetrio dice que el gran mártir dio toda su fortuna a Lupo, que a su vez, se la dio a los pobres. Tal vez la similitud entre Lupo, el esclavo y Lupo, el siervo de San Demetrio, ayudó a que fueran identificados los dos en un mismo culto moderno al santo.

En esta última versión, Lupo también destruyó las estatuas de los dioses en un templo romano, por lo que comenzó a ser perseguido por los vigilantes en ese santuario. Pero en vez de matarlo con sus espadas, Dios hizo que éstos actuaran como idiotas, matándose unos a otros. Poco después, el emperador Maximiano se enteró de estos hechos y ordenó a sus soldados capturar a Lupo. Lo golpearon, pero en el momento en el que trataron de utilizarlo como blanco de tiro de sus arcos, las flechas se volvieron contra ellos e hirieron a los arqueros. Según esta versión, San Lupo aún no estaba bautizado, por lo que oró a Dios para no morir como un pagano. Instantáneamente, una lluvia comenzó a caer en el lugar donde el santo estaba atado, para que Lupo fuese bautizado. Después de esto, fue asesinado con la espada un 23 de agosto (según el calendario juliano, el 5 de septiembre), tal vez del año 304, o en función de las versiones rusas, después del 306.

Ahora voy a presentar otras versiones alternativas de la vida de San Lupo, si es que estamos hablando de la misma u otra persona, cosa muy difícil de dilucidar.

San Lupo el esclavo, mártir
De hecho, los menologios orientales hablan de más de un mártir que lleva este nombre. Por ejemplo, el 23 de agosto los menologios griego, latino, siríaco y copto recuerdan también a un San Lupo que era un esclavo que vivía en unas condiciones muy duras. Llegó a ser cristiano, sufrió y murió por la espada por defender su fe.

El culto de este mártir Lupo se conoce por un evento descrito por el historiador bizantino Simoccata Teofilacto en “Historiae VII, 2, 14”. Según este historiador, Pedro, el hermano del emperador Mauricio (582-602) visitó Novae, una ciudad en la Moesia Inferior (hoy Svishtov, Bulgaria) durante la fiesta del mártir Lupo, celebrada tanto por los nobles como por los cristianos pobres, lo que puede ser un signo de que se trata del mismo Lupo el esclavo descrito anteriormente.

El 23 de mayo, los menologios eslavos y griegos hacen otra mención más breve acerca de un San Lupo que también era un esclavo.

San Lupo, representado como jerarca, en el "Acta Sanctorum Augusti Tomus IV".

San Lupo, representado como jerarca, en el «Acta Sanctorum Augusti Tomus IV».

San Lupo, el obispo mártir
Los menologios eslavos celebran el 23 de agosto, un santo llamado Lupo, que podría haber sido un obispo, probablemente de Sirmio según las “Acta Sanctorum Maii, vol. I, 1866, p. 40”. Puede ser que esta historia fuese contaminada por el hecho de que el 23 de agosto hay una breve mención sobre San Ireneo de Sirmio (normalmente se celebra el 6 de abril), que a su vez, es un doblete de San Ireneo de Lyon, que se celebra también el 23 de agosto. Otro menologio eslavo, traducido por D. Baro de Sparwenfeld en latín, menciona a un San Lupo sólo como un escritor eclesiástico, que murió en el año 205, en tiempos del emperador Severo (Acta Sanctorum Augusti, vol. IV, pp 593-594).

Troparion del santo
Tu santo mártir Lupo, oh Señor, a través de su sufrimiento ha recibido de ti, Dios nuestro, una corona incorruptible. Con tu fuerza, él se opuso a sus adversarios y destrozó la audacia sin poder de los demonios. Por su intercesión, ¡salva nuestras almas!

Mitrut Popoiu

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San Bernardo de Claraval, Doctor de la Iglesia (III)

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Tabla del Santo, obra de Georg Andreas Wasshuber (1650-1732).

Tabla del Santo, obra de Georg Andreas Wasshuber (1650-1732).

Las casi quinientas cartas que el Santo escribió a todo tipo de personas son la mejor fuente de información sobre su gran actividad apostólica y sobre la historia de la Iglesia en aquella época. Como vimos en el primer artículo, trabajó duramente para desarrollar la Orden Cisterciense, pues cuando él ingresó, la Orden sólo tenía tres monasterios y cuando murió, ciento sesenta y ocho, de los cuales, sesenta y ocho fueron fundados por él mismo. Además, la dotó de una regla propia, “Carta de Caridad”, en la cual estableció las normas por las cuales habían de regirse sus monasterios.

En aquella época, Cluny representaba la fuerza mayor dentro del ámbito benedictino. Los cluniacenses se caracterizaban por una prudente adaptación de la regla a aquellos momentos, pero la observancia se fue relajando pues las abadías llegaron a poseer grandes riquezas, lo que distorsionaba la vida monástica. San Bernardo atacó duramente esta relajación de la disciplina, principalmente en sus primeros años como abad y sus duras polémicas con los cluniacenses consiguieron atraerse la amistad de Pedro el Venerable, amistad que siempre mantuvieron aunque a veces con discrepancias, como por ejemplo las surgidas cuando la elección del obispo de Langrés.

La concepción de la vida monástica que tenían los cistercienses era muy distinta a la de los cluniacenses. El mismo San Bernardo, en su “Apología a Guillermo” lo dice claramente: “Vuestros monasterios relumbran mientras los pobres tienen hambre. Los muros de vuestras iglesias están recubiertos de oro, pero los cristianos siguen desnudos. Ya que no os avergonzáis de estas estupideces, lamentad al menos tantos gastos”. Él se sentía responsable ante Dios y por eso quería que los monjes cumplieran rigurosamente la regla; era preferible ser un buen seglar a un mal monje. Y su trabajo dio sus frutos pues el protagonismo que tenían los cluniacenses en el siglo XI, se lo arrebataron los cistercienses, ya que muchos monjes y clérigos de otras Órdenes se pasaron a la suya y muchos monjes cistercienses fueron nombrados obispos.

Tanto se dedicó a su Orden, que llegó incluso a fijar los criterios que habrían de seguirse a la hora de construir una abadía cisterciense. Estaba en contra de que las iglesias fueran excesivamente grandes, adornadas con esculturas y frescos, pues en lo exterior quería también imprimir el ascetismo que imponía a sus monjes. Si los monjes habían huido del mundo, no necesitaban nada de eso para conseguir la unión con Dios. Consideraba que los adornos eran gastos superfluos y que ese dinero tenía que dedicarse a socorrer a los pobres. Quería que hubiese una cierta uniformidad entre sus monasterios; por lo cual, en el año 1135, se planteó que éstos no podían seguir siendo construcciones de madera y adobe y que, para darles perpetuidad, había que construirlos de piedra. Intervino personalmente en la construcción de las abadías de Claraval y de Fontenay, siendo el inspirador de ambas construcciones: tenían que predisponer al monje y al visitante a la sencillez, la pobreza, el ascetismo y el silencio.

Detalle del Santo en un grabado decimonónico de Gutenburg, Suiza.

Detalle del Santo en un grabado decimonónico de Gutenburg, Suiza.

Pero su apostolado traspasó los muros de los monasterios y alcanzó la propia curia papal. Recordemos sus esfuerzos para conseguir el reconocimiento universal del Papa Inocencio II y su influencia en el Papa Eugenio III, de origen cisterciense, quien incluso llegó a solicitarle que escribiera un tratado sobre las obligaciones del Papa, cosa que él hizo, escribiendo los cinco libros del tratado “De Consideratione”, en el que entre otras muchas cosas le recordaba que un Papa jamás debe abandonar la oración por atender los asuntos de Estado. Pero mantuvo una posición que hoy en día rechazaríamos de plano: el Papa estaba investido de una doble autoridad: la espiritual y la temporal, pues como cabeza de la Iglesia tenía autoridad sobre los estados cristianos. Es la célebre “teoría de las dos espadas”. No la desarrollo más para no alargar el artículo y a la espera de que sobre este tema entablemos un debate.

Como en su tiempo se daban casos de discrepancias entre obispos sobre todo en asuntos temporales, en el año 1126 escribió “Tractatus de moribus et officio episcoporum”, que envió al arzobispo Enrique de Sens y que tenía como fin intervenir en los conflictos entre obispos. Su prototipo de obispo era su amigo, San Malaquías de Armagh, – cuyas reliquias están en la misma urna que las de San Bernardo – y a tal fin, escribió “De vita et rebus gestis sancti Malachiae”. Esta es una obra de carácter biográfico y hagiográfico, muy útil como fuente histórica sobre la Iglesia irlandesa en el siglo XII, pues el célebre San Malaquías era el legado del Papa en Irlanda.

No quiero extenderme sobre su apostolado en tiempos de la Segunda Cruzada, que como dije, para él era una guerra santa – y que puede ser otro tema para polemizar – aunque algo si habrá que decir sobre sus controversias contra algunas “herejías populares”, como los cátaros. En los ya mencionados “Sermones super Cantica”, refutó a estos grupos de cátaros y evangélicos que estaban muy localizados en la ciudad de Colonia. En el año 1145 predicó personalmente contra ellos en el Languedoc, pero sobre todo, contra los seguidores del monje Enrique, que se caracterizaban por llevar hasta el extremo el mensaje del evangelio, defendiendo la existencia de una Iglesia puramente espiritual, libre de todo apego a lo terrenal, considerando incluso mundana a la propia jerarquía eclesiástica. Pero siempre lo hacía intentando no excluir a nadie, sino previniendo de esos errores, por lo que con “estos futuros herejes” siempre usaba la persuasión y nunca la confrontación. Sus orígenes le habían proporcionado una sensibilidad muy humana, pero es verdad que, como monje, su severidad le hizo perder “los papeles” en alguna ocasión.

Su comportamiento, en algunas ocasiones, había desatado ciertos problemas e incluso, algunas sentencias contradictorias. Sabemos de su amistad con Pedro el Venerable, pero por ejemplo, éste deplora suave pero firmemente, la vehemencia y la precipitación mostrada por San Bernardo en la controversia de Langres, como consecuencia de la elección y consagración del cluniacense Guillermo de Sabran como obispo de aquella diócesis. Algo parecido ocurrió cuando fue elegido Guillermo Fitzherbert como arzobispo de York. Estas controversias impresionaron por su dureza, pero hay que tener en cuenta que se estaba violando, en contra de Bernardo, un procedimiento que había sido fijado de acuerdo con el Papa para el nombramiento del obispo del lugar donde hubiese un monasterio cisterciense. Podríamos citar muchos otros casos que nos mostrarían cuál era la personalidad humana de San Bernardo, pero creo que no debo excederme, sobre todo cuando hay mucha bibliografía sobre este Santo.

Escultura del Santo en su iglesia de Fontaine-les-Dijon, Francia.

Escultura del Santo en su iglesia de Fontaine-les-Dijon, Francia.

En el primer artículo dijimos que San Bernardo murió en Claraval el día 20 de agosto del año 1153. Fue canonizado por el Papa Alejandro III mediante una bula decretada el día 18 de enero del 1174, o sea, veintiún años después de su muerte. Nos parecerá poco tiempo, pero aun así, ya el Papa la había retrasado deliberadamente: “Estando en París, muchos hombres venerables me pidieron la canonización de Bernardo abad de Claraval, de santo recuerdo, sugiriendo con humildes peticiones que ya que se iba a celebrar próximamente el Concilio de Tours, sería digno y laudable dar el permiso en esa ocasión. Cuando ya estábamos de acuerdo en esta cuestión, llegó una gran cantidad de peticiones que desde diversas provincias pedían otras canonizaciones. Y así, viendo que no se podía satisfacer a todos de modo congruente, se decidió, para evitar el escándalo, diferir en este caso lo que en los otros había que denegar por cuestión de tiempo”.

San Bernardo fue proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa Pío VIII en el año 1830. El Ven. Papa Pío XII, en el octavo centenario de su muerte, en la encíclica “Doctor mellifluus”, le dio esta denominación. Este apelativo empezó a emplearse en el siglo XV refiriéndose a San Bernardo y estaba en consonancia con la suavidad y la dulzura de sus escritos.

Los restos del Santo, a excepción del cráneo, se perdieron en el 1793 durante la Revolución Francesa. Esta reliquia, en el año 1813 fue llevada a la catedral de Troyes. Su culto está muy difundido, siendo el patrón de Gibraltar y de la Liguria italiana. Su festividad se celebra el día de su muerte (20 de agosto). Las principales etapas en el desarrollo de su culto litúrgico son: el mismo año de su canonización, el Papa Alejandro III compuso una primera Misa para uso de los cistercienses. En el año 1201, Inocencio III aprobaba una nueva Misa con oraciones propias. Desde el punto de vista del desarrollo del Oficio de las Horas, la única lección que se encontraba en el Oficio de Maitines en la primera mitad del siglo XVI, se convirtió en tres lecciones con la reforma de San Pío V.

Existen numerosos testimonios de contemporáneos del santo que le atribuyen la realización de milagros. El propio Godofredo de Auxerre, su primer biógrafo, nos narra alguno, que de alguna manera, hasta el propio San Bernardo lo reconoce implícitamente en el capítulo segundo de su obra “De consideratione”. Como era natural y lógico, también las leyendas escritas sobre él le atribuyen la realización de numerosos milagros.

Detalle del cráneo del Santo en su urna de Troyes, Francia.

Detalle del cráneo del Santo en su urna de Troyes, Francia.

San Bernardo es uno de los santos que más influencia ha ejercido en la vida de la Iglesia, pues ya antes del 1500 se habían realizado cuarenta y cinco ediciones parciales de sus obras; y hasta el día de hoy, más de quinientas. Esta influencia se debe principalmente tanto a su doctrina como a su espiritualidad cristocéntrica (infancia de Cristo, nombre de Cristo, pasión de Cristo…) y al papel de María en la obra de la Redención. Por poner sólo un ejemplo, diré que el autor de la “Imitación de Cristo” basa su obra principalmente en la doctrina de San Bernardo. Iconográficamente se le representa con una pluma o un libro, con una colmena y con la figura de María.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– LECLERCQ, J., ”Saint Bernard mystique”, París, 1948
– VACANDARD, E., “Vie de Saint Bernard abbé de Clairvaux”, Paris, 1927
– ZERBI, P., “Bibliotheca sanctorum” vol. III, Città N. Editrice, Roma, 1990

Enlace consultado (01/06/2013):
http://es.wikipedia.org/wiki/Bernardo_de_Claraval

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