Heresiología (V): El Arrianismo

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Estatua en bronce del emperador Constantino. Cd. de York, Gran Bretaña.

Estatua en bronce del emperador Constantino. Cd. de York, Gran Bretaña.

Desarrollo
Es el año 320 de nuestra era. La ciudad, Alejandría, capital de la provincia de Egipto y una de las urbes más prósperas de todo el imperio romano que Constantino ha reunificado en torno suyo y que gobierna desde Nicomedia, en la actual Turquía. El cristianismo goza de tolerancia oficial y su número de adeptos aumenta día a día. Pero pronto ocurriría un cisma tal no visto desde hacía tiempo. Lo que no lograron las persecuciones de los emperadores paganos (dividirla) lo lograría un hasta entonces oscuro personaje: Arrio, presbítero.

De origen libio o beréber, había estudiado teología y las Sagradas Escrituras en la escuela de Antioquía bajo la tutela de Luciano, discípulo a su vez de Pablo de Samosata (adopcionista y subordinacionista), era poseedor de un talento retórico y discursivo tal que al pueblo alejandrino le encantaba escucharlo predicar porque por su medio entendía la liturgia y la Palabra. Posiblemente en el año 318, Arrio tuvo un enfrentamiento con su obispo, Alejandro, un hombre culto y venerable, egresado de la escuela de Alejandría (que defendía una enseñanza alegórica de la Escritura a diferencia de la antioquena), sobre el modo de entenderse la divinidad de Cristo, objetando al mismo tiempo su eternidad e igualdad con el Padre.

Arrio admitía sin paliativos que el Salvador es divino, pero no por naturaleza, sino por adopción, creado, no engendrado, y por lo tanto, diferente a Dios, y éste, siguiendo la línea arriana, no siempre fue Padre. Al ser creado, por lo tanto, existe a partir del tiempo, y por lo tanto es criatura, la primera de todas, existente antes de la creación y de la encarnación, pero criatura siempre, aunque por ella se hizo todo. Arrio temía que el monoteísmo cristiano se confundiera con politeísmo al explicar la Trinidad como una triada de dioses al modo griego o romano (Zeus, Hera y Atenea), así que explicaba que antes del tiempo hubo un único Dios, increado y poseedor absoluto de todas las cualidades, que se reveló a los profetas del Antiguo Testamento, que creó de una sustancia (hipóstasis) al Logos que sería denominado Hijo, y siguiendo con este hilo, el Espíritu Santo sería una segunda sustancia o criatura del Hijo y sometida a Él. Cuando el Hijo se encarnó en María, de esta tomó cuerpo, pero no tenía alma sino que el Logos, por ser espíritu, la sustituyó. Como vemos, es muy parecida su enseñanza a la herejía doceta, salvando la distancia de la apariencia corporal, y quizás, asumió una postura gnóstica sobre la divinidad al suprimirle su alma y dándole sólo forma corporal; padeciendo bajo este aspecto la pasión y muerte y fue por Dios Padre que al resucitar fue elevado a la categoría de Hijo suyo.

Detalle de un icono ortodoxo que representa el Concilio de Nicea.

Detalle de un icono ortodoxo que representa el Concilio de Nicea.

Un breve paréntesis, tanto Arrio como los demás protagonistas presenciaron los martirios cruentos de la última persecución y es probable que confesara la fe, pero al caer en desgracia muchos detalles de su vida permanecen en la oscuridad hasta hoy en día.

El primero en oponerse a Arrio fue su obispo, Alejandro, que respondía que la posición de Arrio negaba la divinidad del Verbo, y por tanto de Jesucristo.  Además, puesto que la iglesia desde los inicios había adorado a Jesucristo, si aceptáramos la propuesta arriana tendríamos, o bien que dejar de adorar a Jesucristo, o bien que adorar a una criatura. Ambas alternativas eran inaceptables, y por tanto Arrio debía estar equivocado.

El origen de la controversia entre los dos hombres es desconocida, pero la mayoría la colocan alrededor del año 318. En ese tiempo, Alejandro, tanto en la iglesia como en las reuniones presbiteriales, había censurado y refutado la enseñanza de Arrio como una falsa doctrina. Alejandro dio más o menos el primer impulso a la controversia por medio de insistir sobre la naturaleza eterna del Hijo. Luego, Arrio abiertamente lo retaría.

En los siguientes dos o tres años que siguieron, Alejandro convocó a un sínodo de obispos en Alejandría e inmediatamente excomulgaron a Arrio y a sus seguidores. No obstante, Arrio no aceptó este veredicto, sino que apeló a su vez a las masas y a varios obispos prominentes que habían sido sus condiscípulos en Antioquia, uno de los más influyentes era Eusebio de Nicodemia, obispo de Berito –actual Beirut, Líbano- que le dio asilo. Este personaje estaba lejanamente emparentado con Constantino y su dinastía, por lo que pronto accedió a la diócesis de la residencia imperial, más prestigiosa que la perdida ciudad fenicia, y desde esa posición favoreció a Arrio y a los disidentes. Pronto hubo protestas populares en Alejandría, donde las gentes marchaban por las calles cantando los refranes teológicos de Arrio, siendo el más popular: “Hubo cuando no lo hubo”. Además, los obispos a quienes Arrio había escrito, respondieron declarando que Arrio tenía razón, y que era Alejandro quien estaba enseñando doctrinas falsas. Luego, el debate local en Alejandría amenazaba volverse un cisma general que podría llegar a dividir a toda la iglesia oriental.

Alejandro escribió una epístola católica –ya en el sentido eclesial que hoy entendemos- donde advierte a sus colegas que el obispo está extendiendo la herejía arriana y quien se alíe con él está fuera de la comunión, pero Arrio, respaldado por Eusebio de Nicomedia, escribió una carta donde alega maltratos e injusticias. Y la redacción de cartas y apologías continuó. De lado de los ortodoxos, Alejandro escribió al obispo de Bizancio y a los obispos orientales del peligro de la herejía que Pablo de Samosata y Luciano de Antioquía prepararon y que Arrio propagaba. Cabe mencionarse que el redactor de esas misivas no era otro que un joven diácono de corta estatura pero de grandes virtudes que llegaría mucho más lejos y a quien el destino le depararía muchos sufrimientos por causa de la justicia: Atanasio de Alejandría.

Icono ortodoxo que representa a San Atanasio de Alejandría.

Icono ortodoxo que representa a San Atanasio de Alejandría.

Cabe aclarar que Arrio no inventó la herejía que lleva su nombre, sino que esta tenía precedentes más antiguos como ya mencioné. También es necesario aclarar, en honor a la verdad, que Arrio estaba lejos de sentirse indignado por no haber sido elegido obispo de Alejandría y como muestra de recelo inventó la doctrina que hoy leemos. Arrio reconocía la autoridad de los obispos, pero ante todo defendió sus opiniones basándose en las Escrituras. Es más, el apodo “arrianos” nunca lo quiso para sus seguidores, sino que se consideraban cristianos plenos y así se presentaban.

Ya hemos visto que la controversia alejandrina superó los límites de su urbe y abarcó todo el Oriente del imperio y los rumores de herejía llegaron a Occidente, donde el Obispo de Roma, Silvestre I, residía como el primero entre los iguales y permaneció si no a la saga, como una figura secundaria pero no al margen de los acontecimientos. De todos modos, el Occidente no se cimbró en aquél tiempo con la controversia como sucedió en Oriente.

Y se armó la de Dios es Padre… y Cristo
Ya es el año 320 o 322 de nuestra era y entra en escena Atanasio de Alejandría, diácono y secretario de su Obispo Alejandro, con su tratado “Contra los paganos y sobre la Encarnación del Verbo”, tratando la refutación del helenismo, la Trascendencia del único Dios verdadero, el carácter redentor de la Encarnación y en su punto central, la muerte y la resurrección de Jesús. Brillante escritor que expone teológicamente y defiende la fe contra las herejías apoyándose en el estudio de las Escrituras y en la Tradición: la fe en la Santísima Trinidad.

Otro personaje que también combatió a la herejía fue nada más y nada menos que San Antonio Abad, hombre muy respetado por su virtud y vida. Dejó su retiro en el desierto del Mar Rojo para recorrer los caminos y llegar a Alejandría para culminar su predicación contra el arrianismo. Conoció a San Atanasio y entre ambos surgió una gran amistad.

Icono del II Concilio de Nicea. siglo XVII, monasterio Novodévichy, Moscú (Rusia).

Icono del II Concilio de Nicea. siglo XVII, monasterio Novodévichy, Moscú (Rusia).

Para ese momento, Constantino acababa de consolidarse como único emperador y no hacía mucho que tuvo que “mediar” –imponer- su poder para contrarrestar a los cismáticos donatistas de Cartago en unión con los obispos de Occidente, entre ellos Melquíades obispo de Roma. Ahora se enteraba de este nuevo problema y a él le preocupaba más la cohesión de su imperio que las disputas doctrinales, pero sabía muy bien que éstas podían destruir la unidad imperial, y aconsejado por Osio, envió a éste para mediar entre los contendientes, pero el obispo cordobés vio que el problema ya era demasiado grande –y demasiado tarde- para resolverse con negociaciones particulares y la medida era demasiado lenta. Constantino se dejó aconsejar nuevamente por Osio, y tomó una decisión que cambiaría el curso de la historia de la iglesia: convocar una reunión de las partes en conflicto en un lugar cercano a su residencia para mantenerse al tanto y en control de la misma. Tenemos aquí a los verdaderos artífices del Primer Concilio Ecuménico –General- de Nicea. Una ironía del destino: un emperador pagano convocando una reunión de líderes cristianos.

La reacción de los obispos de ambos bandos fue grande. No hacía muchos años que la iglesia había salido de las catacumbas y sufrido una de sus más sangrientas persecuciones y muchos de los clérigos implicados mostraban aún secuelas físicas y psicológicas de las torturas sufridas por confesar la fe en Cristo, ¡Y un emperador pagano los convocaba a una reunión! Un concilio no era algo nuevo, los obispos de las diversas regiones los habían convocado a modo de sínodos regionales cuyas conclusiones aceptaban los comulgantes en señal de hermandad, pero nunca a gran escala. El emperador dio todas las garantías para que los obispos –se convocó a 1800 entre orientales y occidentales- asistieran a Nicea y en una sala del palacio se llevarían a cabo las sesiones. Como se sabe por Eusebio de Cesarea, el número de obispos asistentes fue de 300, pero cada uno llevó máximo dos presbíteros y tres diáconos, así que en total harían aproximadamente 1500 congregados (el número es especulativo, se menciona genéricamente “una muchedumbre”). No eran miembros de una élite, sino pastores que vivían de sol a sol con sus feligreses, muchos de ellos casados y con hijos, o viudos y célibes o solteros, y no todos se conocían entre sí. Los confesores de la fe jugaron un papel crucial en las deliberaciones.

Desgraciadamente, las actas originales del Concilio no se han conservado, lo cual tampoco es de extrañar en medio del turbulento mundo de la época. Sin embargo sí tenemos noticias del Concilio transmitidas a través de varios personajes que asistieron al mismo o que conocieron las actas originales: Eusebio de Cesarea, Atanasio de Alejandría, Sócrates, Sozomenes, Teodoreto, Rufino y una historia del Concilio de Nicea escrita en el siglo V por Gelasio de Cícico. Esto nos permite reconstruir razonablemente bien lo que fue el Concilio.

Pintura historicista del Santo, obra de Ángel María de Barela. Sala Capitular del Ayuntamiento de Córdoba, España.

Pintura historicista de San Osio de Córdoba, obra de Ángel María de Barela. Sala Capitular del Ayuntamiento de Córdoba, España.

Eusebio de Nicomedia y Eusebio de Cesarea se encuentran también entre los asistentes más conocidos, el primero, arriano, y luego amigos del emperador; Leoncio de Cesarea (que había sido eremita), Spyridion de Trimitous (que incluso de obispo seguía llevando vida de pastor de ovejas), Atanasio de Alejandría (que destacará especialmente en este Concilio), y Alejandro de Constantinopla (que también asistió en calidad de presbítero acompañando a su anciano obispo). Los únicos obispos occidentales que acudieron fueron Osio de Córdoba, que presidió el concilio, Ceciliano de Cartago (ratificado en su cargo por Melquiades, obispo de Roma, contra los donatistas), Marcos de Calabria, Nicasio de Dijon (de la Galia), Dono de Estridón, y los dos delegados de Silvestre de Roma, Víctor y Vicente, presbíteros. De fuera del imperio vinieron el obispo Juan de Persia e India, el godo Teófilo (de los germanos) y Estratófilo de Georgia. Veintidós de los obispos vinieron junto con Arrio como defensores de la causa arriana.

Contrario a lo que algunos cuadros y libros muestran, el Papa Silvestre no presidió, ni convocó ni asistió al Concilio, al no estar su firma entre los que aceptaron el credo niceno.

En este ambiente de euforia, los obispos se dedicaron a discutir las muchas cuestiones legislativas que era necesario resolver una vez terminada la persecución.  La asamblea aprobó una serie de reglas para la readmisión de los caídos, acerca del modo en que los presbíteros y obispos debían ser elegidos y ordenados, y sobre el orden de precedencia entre las diversas sedes (la Tetrarquía de Obispos: Roma, Antioquía, Alejandría y Jerusalén). En lo referente al asunto central, el 20 de mayo del 325 de la era cristiana, con Constantino como convocante y Osio de Córdoba como presidente del Concilio, dieron inicio las sesiones. Hubo largas discusiones entre los bandos arrianos, ortodoxos, monarquianistas y conciliadores. Las discusiones eran seguidas con mucha dificultad por la minoría de obispos que no hablaban griego como lengua materna porque estaban llenas de conceptos filosóficos muy sutiles y era necesario explicarlos. En esto estaban las cosas cuando Eusebio de Nicomedia, el jefe del partido arriano, pidió la palabra para exponer su doctrina. Al parecer, Eusebio estaba tan convencido de la verdad de lo que decía, que se sentía seguro de que tan pronto como los obispos escucharan una exposición clara de sus doctrinas las aceptarían como correctas, y en esto terminaría la cuestión.  Pero cuando los obispos oyeron la exposición de las doctrinas arrianas su reacción fue muy distinta de lo que Eusebio esperaba. La doctrina según la cual el Hijo o Verbo no era sino una criatura -por muy exaltada que fuese esa criatura- les pareció atentar contra el corazón mismo de su fe.  A los gritos de «¡blasfemia!», «¡mentira!» y «¡herejía!», Eusebio tuvo que callar, y se nos cuenta que algunos de los presentes le arrancaron su discurso, lo hicieron pedazos y lo pisotearon. Se cuenta una anécdota que no se sabe en qué momento ocurrió: Arrio tomó la palabra para defender sus opiniones ante una abrumadora oposición que lo miraba con desprecio, y en el momento que dijo “Debió existir un tiempo en que el Hijo no existía y Dios no era Padre”, uno de los obispos se adelantó y le dio una bofetada para callarlo. No era otro que Nicolás de Myra o de Bari, pero en las antiguas listas no se le menciona.

Concilio de Nicea. Fresco ortodoxo rumano (s.XVIII) en la iglesia Stauropoleos de Bucarest (Rumanía).

Concilio de Nicea. Fresco ortodoxo rumano (s.XVIII) en la iglesia Stauropoleos de Bucarest (Rumanía).

El resultado de todo esto fue que la actitud de la asamblea cambió.  Mientras antes la mayoría quería tratar el caso con la mayor suavidad posible, y quizá evitar condenar a persona alguna, ahora la mayoría estaba convencida de que era necesario condenar las doctrinas expuestas por Eusebio de Nicomedia.

Al principio se intentó lograr ese propósito mediante el uso exclusivo de citas bíblicas (Una de las citas bíblicas más decisivas fue las del Evangelio de Juan, 10:30 (“El Padre y yo somos una sola cosa”) o Juan 17:21 (“Que todos sean uno: como tú, Padre, estás en mí y yo en ti,”) y Juan 1:1-3 (“Al principio existía el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios”)… Pero pronto resultó claro que los arrianos podían interpretar cualquier cita de un modo que les resultaba favorable -o al menos aceptable. Atanasio, con el permiso de su obispo, tomó la palabra y se dirigió a Arrio y sus aliados con estas cuestiones fundamentales: “Si el Verbo fue creado, ¿cómo es que Dios que lo ha creado no podía crear el mundo?” y “Si el mundo no ha sido creado por el Verbo, ¿por qué no podía haber sido creado por Dios?” Fue tal su elocuencia y serenidad que los herejes le temieron más que a ninguno.

Por estas razones, la asamblea decidió componer un Credo que expresara la fe de la Iglesia en lo referente a las cuestiones que se debatían. Entonces Constantino inaugura oficialmente el Concilio, da un elocuente discurso haciendo ver a los obispos que es mucho lo que estaba en juego y no podían entretenerse en reproches personales o visiones locales. Ahora que no eran comunidades perseguidas y semiaisladas tenían que formar un bloque común y homogéneo, aparcar sus diferencias y procurar limpiar la doctrina original de todos los elementos que se hubieran adherido.

Pero después de su discurso Constantino tuvo que escuchar a los obispos relatarle todos los acuerdos doctrinales que ya se habían alcanzado. Su margen de maniobra, pues, era escaso, pero a Constantino no le interesaba -ni en realidad estaba formado lo suficiente como para entender- las discusiones doctrinales, sólo estaba realmente interesado en que se pusieran de acuerdo. Lo cierto es que, por el análisis de las cartas escritas por Constantino, se evidencia una gran carencia de formación teológica, y los estudiosos descartan la posibilidad de que él pudiese haber influido en la doctrina de la Iglesia debido justamente a este desconocimiento en teología, y menos aún, como le atribuye únicamente su entusiasmado Eusebio, haber discurrido él solito el término clave “homoousios” (consustancial) que recabó el consenso de casi todos, como veremos más adelante.

Quizá al emperador le pareció buena idea el término, y así lo expresó, pero no resulta creíble pensar que él fuera quien lo ideó, dada las complicaciones teológicas que supuso aceptarlo. Este término ya se había usado en ocasiones anteriores al discutir sobre la naturaleza de Jesús, pero suscitaba no pocos recelos; el auténtico mérito no fue el uso del término sino justificar lo apropiado de su uso para definir la doctrina cristológica. El acuerdo sobre el término zanjó la postura oficial frente al arrianismo: Jesús era consustancial al Padre (“de la misma naturaleza que el Padre” según nuestra actual traducción).

La palabra Homousios (consustancial), empleada la primera vez por el Niceno, no es más que una paráfrasis del Verbum erat apud Deum et Deus erat Verbum. El Cristianismo no ha variado ni variará nunca de doctrina. Que Osio redactó esta admirable fórmula, modelo de precisión de estilo y de vigor teológico lo afirma expresamente San Atanasio (Ep. Ad Solitarios): «Hic formulam fidei in Nicaena Synodo concepit». La suscribieron 318 Obispos, absteniéndose de hacerlo cinco arrianos tan sólo. En algunos Cánones disciplinarios del Concilio Niceno, especialmente en el III y en el XVIII, parece notarse la influencia del Concilio Iliberitano, y por ende la de Osio.

Icono ortodoxo griego de los padres del Séptimo Concilio Ecuménico.

Icono ortodoxo griego de los padres del Séptimo Concilio Ecuménico.

El Credo Niceno
«Creemos en un Dios Padre Todopoderoso, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles. Y en un solo Señor Jesucristo, el Hijo de Dios; engendrado como el Unigénito del Padre, es decir, de la substancia del Padre, Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no hecho; consubstancial al Padre; mediante el cual todas las cosas fueron hechas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra; quien para nosotros los humanos y para nuestra salvación descendió y se hizo carne, se hizo humano, y sufrió, y resucitó al tercer día, y vendrá a juzgar a los vivos y los muertos. Y en el Espíritu Santo.
A quienes digan, pues, que hubo cuando el Hijo de Dios no existía, y que antes de ser engendrado no existía, y que fue hecho de las cosas que no son, o que fue formado de otra substancia o esencia, o que es una criatura, o que es mutable o variable, a éstos anatematiza la iglesia católica.»

En otras palabras, se reafirmó que Cristo no es un segundo Dios o un semi-Dios, sino que es Dios como el Padre lo es, y sólo Dios es el único mediador a través del Logos (o Verbo), el Hijo de Dios que es Dios, como el Padre es Dios. En consecuencia, sólo Dios puede realizar la divinización a través de la Encarnación y de la Redención. En todo caso, los obispos se consideraron satisfechos con este credo, y procedieron a firmarlo (comenzando por Osio y a continuación los legados del Obispo de Roma), dando así a entender que era una expresión genuina de su fe.  Sólo unos pocos -entre ellos Eusebio de Nicomedia y Arrio- se negaron a firmarlo.  Estos fueron condenados por la asamblea, y depuestos. Pero a esta sentencia Constantino añadió la suya, ordenando que los obispos depuestos abandonaran sus ciudades. Esta sentencia de exilio añadida a la de herejía tuvo funestas consecuencias, pues estableció el precedente según el cual el Estado intervendría para asegurar la ortodoxia de la Iglesia o de sus miembros.

El Credo Niceno tuvo modificaciones, pero en la tercera parte contaré su conformación actual que todos aprendimos en el catecismo y recitamos hoy en día reconociendo la doctrina fundamental de nuestra fe, así como las consecuencias inmediatas y a largo plazo de esta reunión histórica.

Alejandro

Bibliografía:
– GONZÁLEZ, Justo L. “Diccionario manual teológico”. Arrianismo, páginas 43 a la 45. Edición 2010. Editorial Clie. Barcelona, España.
– MENÉNDEZ PELAYO, Marcelino. Historia de los heterodoxos españoles. Libro primero, capítulo quinto: Osio en sus relaciones con el arrianismo, Potamio y Florencio. Librería católica de San José. Madrid, España, 1880.

Enlaces consultados (19/08/2013):
http://apologia21.wordpress.com/2012/12/21/el-concilio-de-nicea/
http://www.bible.ca/spanish/trinidad-posiciones-historicas-deidad-cristo-arrianismo-2.htm
http://www.cristianismo-primitivo.com/siglo-iv/el-concilio-de-nicea
http://www.cristianismo-primitivo.com/siglo-iv/los-arrianos
http://www.filosofia.org/aut/mmp/hhe1065.htm
http://mercaba.org/TESORO/atanasio01.htm
http://usuarios.advance.com.ar/pfernando/DocsIglAnt/Arrio_Cronologia.html

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