La Concepción de la Gloriosa Virgen María

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Icono ortodoxo griego en el que se representa a San Joaquín y Santa Ana dándose el abrazo en la Puerta Áurea.

Icono ortodoxo griego en el que se representa a San Joaquín y Santa Ana dándose el abrazo en la Puerta Áurea.

En el artículo “María Santísima, Reina de todos los Santos (III)”, publicado el 18 de marzo del año 2011, escribimos sobre cómo era mencionada la Santísima Virgen en los evangelios apócrifos; y cuando hicimos mención al “Protoevangelio de Santiago” y al “Evangelio del nacimiento de María“, mencionamos la anunciación milagrosa de su nacimiento a sus padres Joaquín y Ana. Hoy, festividad de la Inmaculada Concepción, quiero relatar lo que sobre este hecho se escribe en dicho documento, aunque no lo haga de manera literal, remitiendo a quienes estén interesados a los links que publicamos en aquella fecha.

Los padres de María, “que vivían en Nazaret guardando piadosamente la ley de Moisés«, siendo de edad muy avanzada, no tenían hijos. Joaquín, según la costumbre de la ley, realizaba ofrendas a Dios en el templo de Jerusalén. Un día, el Sumo Sacerdote Isacar, que estaba aceptando las ofrendas de una muchedumbre de personas, no quería aceptar los dones ofrecidos por Joaquín, diciéndole: «No es correcto aceptar tus dones como si se tratara de las ofrendas de un verdadero israelita, ya que vosotros no tenéis hijos, no habéis sido bendecidos por Dios, posiblemente como consecuencia de algún tipo de pecados”.

Golpeado por estas palabras del Sumo Sacerdote, como si realmente se tratara de un impresionante veredicto divino, este hombre justo no tuvo ni tiempo para retirarse del altar, pues uno de los hijos de Israel que también llevaba sus dones, lo apartó y le dijo: «Apártate de aquí, ¿no has oído que eres indigno de traer ofrendas a Dios junto con nosotros, porque no has dejado descendencia de Israel?».

Joaquín, con profunda humildad, aceptando esta acusación como si fuera de la boca del mismo Dios y con profunda tristeza, salió del templo. Con el corazón dolorido, reconociéndose indigno no sólo de permanecer a la vista de la Casa de Dios, sino también para volver a su casa, se retiró al desierto, donde estaba pastando su ganado. Pasó cuarenta días ayunando y haciendo penitencia y entre lágrimas y oraciones imploraba al Señor que le perdonase todos sus pecados, a fin de eliminar su deshonra en Israel y para que Dios lo bendijese en su vejez con el nacimiento de un niño.

Icono ortodoxo griego donde aparece María como vara que sale del árbol de Jesé.

Icono ortodoxo griego donde aparece María como vara que sale del árbol de Jesé.

Una tristeza inefable golpeó también el corazón de Ana cuando ella se enteró de la desgracia ocurrida a su esposo ante el altar de Dios, delante de numerosos hijos de Israel en el día de la gran fiesta del Señor. Ella misma fue acusada por todos, que la culpaban de los pecados de todas las esposas israelitas, indignas de ver incluso la luz de Dios. Ella también se confinó en su habitación y ayunando y haciendo penitencia, entre suspiros y lágrimas, suplicaba al Señor tanto de día como de noche, implorando sobre todo por el bien de su esposo; y solicitando que se alejase de ellos la maldición de la esterilidad y que Dios les bendijera con un fruto en su vientre.

Estando sola en su jardín, bajo la sombra de un de laurel, Santa Ana vio un nido de pájaros y cómo la madre alimentaba a sus polluelos, que aún no volaban. Ella pensó que en la naturaleza todas las criaturas daban a luz, bendiciendo así al Señor: las aves del cielo, los animales del bosque e incluso los árboles dando frutos muy diversos, quedando ella sola privada de la felicidad y de las bendiciones de Dios. Y entonces, con más fervor aún, Santa Ana comenzó a orar y el Señor escuchó su llorosa plegaria. Oyó la voz de un ángel que le decía: «Dios te ha concedido el deseo de tu oración: concebirás y darás a luz a una hija santísima, ante cuya presencia todos se arrodillarán y bendecirán porque ella traerá la salvación del mundo; su nombre será María. Complacida por el anuncio celestial, Ana subió corriendo a Jerusalén para derramar ante el Señor todo su agradecimiento y toda la alegría que inundaba su corazón.

Al mismo tiempo, el mensajero celestial se reveló a Joaquín mientras éste estaba llorando y orando en el desierto y le hizo el mismo anuncio gozoso, confortándole con sus palabras y ordenándole que fuera a Jerusalén, adonde regresaría con su esposa. Ante las puertas del templo de Dios, los dos esposos se reunieron gozosos y con una sola voz glorificaban y agradecían una y otra vez al Señor Dios, prometiéndole consagrarle su prometida hija. Pronto, después de regresar a su hogar, los piadosos esposos vieron cumplida la promesa divina: Santa Ana concibió en su seno y «comenzó a crecer la vara divina, de la que brotó la flor misteriosa de Cristo, el Creador de todo”. Cumplidos los nueve meses, Ana parió una niña y dio gracias a Dios diciendo: “Mi alma se ha glorificado en este día”, acostó a la niña y transcurridos los días marcados por la Ley de Moisés, se lavó, dio el pecho a la niña y la llamó María. Pasados tres años y terminado el tiempo de la lactancia, llevaron a María al Templo para ofrecérsela a Dios.

Fresco ortodoxo griego en el que se representa a María en brazos de sus padres.

Fresco ortodoxo griego en el que se representa a María en brazos de sus padres.

Este día, 8 de diciembre, conmemoramos la concepción inmaculada de la siempre Virgen María; hoy es un día de alegría para la Santa Iglesia, pero también es un día de alegría que celebran todos los coros celestiales, los patriarcas y profetas, los antepasados de Joaquín y de Ana que vieron como de su descendencia florecería un retoño en el árbol (vara) de Jesé: “Saldrá un vástago del tronco de Jesé y de sus raíces, brotará un retoño” (Isaías, 11, 1). San Jerónimo a ese árbol de Jesé le llama “virga”, que significa “vara”, pero que también significa “virgen”, con lo que de ese árbol sale una vara (que sería la Virgen) y de la vara sale un retoño (que es Jesús).

Nosotros, los católicos, decimos que esta concepción de la Santísima Virgen fue inmaculada, o sea, libre del pecado original; mientras que los ortodoxos dicen que fue una concepción gloriosa, maravillosa, pues sus padres eran estériles, pero una concepción sujeta a todas las leyes de la naturaleza humana, luego no inmaculada; y que María queda limpia de todo pecado cuando ella concibe al Hijo de Dios.

Pongo a continuación el texto de un himno del siglo IV (Tota pulcra), en la que se dice ya expresamente que “en ti no hay mancha original”:

Tota pulcra es Maria, et macula originalis non est in te.
Tu gloria Ierusalem. Tu laetitia Israel.
Tu honorificentia populi nostri. Tu advocata peccatorum.
O Maria, Virgo prudentíssima, Mater clementissima: Ora pro nobis.
Intercede pro nobis ad Dominum Iesum Christum.

Antonio Barrero

Enlaces consultados (25/10/2013):
http://escrituras.tripod.com/Textos/ProtEvSantiago.htm
http://escrituras.tripod.com/Textos/EvNatMaria.htm
http://transfig.orthodoxws.com/files/Bulgakov/0450.pdf

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