Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein): judía, filósofa, carmelita, mártir (II)

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Edith fotografiada en 1922, vestida de blanco para su bautismo.

Edith fotografiada en 1922, vestida de blanco para su bautismo.

A contracorriente
A pesar de su clara preparación y precocidad en el catecumenado, la fecha del bautismo de Edith quedó fijada para el día 1 de enero de 1922. Quedaba la prueba más dura: enfrentarse a la familia. En efecto, la conversión a la fe cristiana, en particular, a la católica, iluminada por la vida de Santa Teresa de Ávila, incluía otro deseo incipiente que también había despertado en su interior: la vocación al Carmelo. No era pues, poca cosa, pues como bien dicen sus biógrafos, Edith estaba tomando tres decisiones: hacerse cristiana, hacerse católica y hacerse carmelita. Para la familia hubiera sido más tolerable que se hubiese hecho luterana.

Se confió en primer lugar a su querida hermana Erna, quien estaba a punto de dar a luz y pasó unos días ayudándola; pidiéndole que preparara a su madre para comunicarle su decisión. Pero nada hubiese augurado la reacción de doña Augusta -la madre de ambas- para aquella noticia. Cuando se arrodilló a su lado y le confesó: “¡Mamá, soy católica!”, la reacción de la anciana mujer fue estallar en lágrimas. Ella, que era y siempre había sido una devota judía, había tolerado el matrimonio irreligioso de su hija mayor, el ateísmo, la irreligiosidad y la incredulidad de su hija menor, Edith, su predilecta; las había soportado hasta la fecha, pero que ésta hubiese abrazado la fe en Cristo, el Hombre-Dios, era una traición a la fe hebrea. La reacción de la madre -que ni en los momentos más duros de su vida había derramado una sola lágrima- desconcertó tanto a Edith que también ella se echó a llorar. Aquella brecha entre madre e hija jamás se curaría: “Estoy próxima a entrar en la Iglesia Católica. (…) Éste es un pésimo momento para mí. Para mi madre, la conversión era lo peor que podría hacerle, y para mí es terrible ver cómo se atormenta sin que pueda aliviarla. Hay aquí una absoluta falta de comprensión”.

Por ello, aunque Edith consideraba el bautismo como una antesala de su entrada en el Carmelo, no quiso de momento abordar aquel tema con su madre, para no destruir más su ánimo y las relaciones entre ellas dos. Recibió el bautismo en la fecha fijada -1 de enero de 1922-, eligiendo el nombre de Teresa, en honor a la Santa que le había abierto los ojos a la fe; y Hedwig (Eduvigis) en honor a su madrina de bautismo, la filósofa protestante Hedwig Conrad-Marius, amiga y confidente, que la acompañó en aquel renacimiento espiritual y dio fe de que, en aquel momento, “lo más hermoso era su alegría radiante, una alegría de niña”. Alegría que por desgracia no podía compartir con su propia sangre, pues, en palabras de su hermano: “(…) estábamos persuadidos de que la religión católica consistía en andar de rodillas y besar los pies a los curas. No nos cabía de ninguna manera en la cabeza, pues, cómo el alma noble y luminosa de nuestra Edith pudiera rebajarse a abrazar esta secta supersticiosa”.

Edith fotografiada en torno al año 1926.

Edith fotografiada en torno al año 1926.

Entretanto, Edith recibió la confirmación el 2 de febrero de 1923 y asistía a la misa diariamente, acompañando también a su madre a la sinagoga. Doña Augusta seguía sorprendiéndose de ver a Edith rezar los Salmos con tanto fervor, señal que durante un tiempo había interpretado, erróneamente, como un retorno al judaísmo. No era así; y para más inri, otra de las hermanas de Edith, Rosa, estaba encaminándose también hacia la fe católica, aunque no se veía con fuerzas para enfrentarse ella también con la madre. Para recorrer aquel camino a contracorriente se precisaba una fortaleza fuera de lo común.

Profesora y conferenciante
Edith, entretanto, había abandonado la universidad y se colocó bajo la guía espiritual del canónigo Swind -quien, tal y como ella había esperado, le desaconsejó el claustro, al menos de momento- y después, del abad Walzer de Beuron. En Speyer, desde 1923 hasta 1931 estuvo enseñando alemán e historia en el liceo de las madres dominicas, viviendo como una de ellas, adquiriendo una extraordinaria madurez cristiana, ayudada también por la profundización en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, del cual publicó la versión alemana de las “Quaestiones disputatae de veritate”. Mientras se entregaba a una intensa vida científica, se dedicaba a dar conferencias en determinados ambientes culturales y de fe, especialmente tratando sobre la vocación de la mujer en el mundo y en la Iglesia; al tiempo que su personalidad se transformaba: ella, que había sido docta y propensa a no tolerar y a corregir los defectos de los demás, se había vuelto humilde –“Sólo soy un instrumento del Señor”– y caritativa, pues pasaba sus escasas horas libres en los comedores sociales de la ciudad; y, como ya hemos dicho, hacía ya una vida prácticamente monacal, siguiendo los horarios de las madres dominicas y desarrollando una profunda vida interior de intensa oración.

Todas sus conferencias de esta época -sobre la mujer, el varón, sobre Cristo, la Iglesia, la formación de los jóvenes y la educación permanente- se desarrollaron en los años que precedieron a la llegada de Hitler al poder. El contenido de sus conferencias era como una respuesta al futuro Canciller y dictador, que ya entonces empezaba a propagar por Alemania su bronco mensaje de odio.

Edith -en el centro, vestida de negro- con sus alumnas de Speyer.

Edith -en el centro, vestida de negro- con sus alumnas de Speyer.

Cuando dejó Speyer, regresó a Breslavia, a la casa materna, y se encontró con que era ya incapaz de vivir fuera de un ambiente monacal. La vida en el mundo se le hacía insoportable, no congeniaba con su espiritualidad; pero su hermana Rosa, dividida entre su ansia por el bautismo católico y el temor de disgustar a la madre, necesitaba ayuda. Además, la sobrina de ambas, Erika, que era una fervorosa hebrea y combatía con ahínco a sus dos tías, hacía más difícil la situación si cabe.

En 1932, después de haber esperado inútilmente obtener la docencia en la universidad de Friburgo -rechazada una y otra vez, ya no por su condición de mujer, sino por su ascendencia judía, cuando no por su conversión al catolicismo-, se dedicó al Instituto superior de pedagogía de Münster, donde fue acogida con los brazos abiertos, pues ya entonces era considerada una mujer de gran prestigio. Sin embargo, la docencia durará sólo unos pocos meses: en 1933, el régimen nacionalsocialista la destituyó por ser judía. No había perdido ocasión de animar a sus alumnos a manifestar abiertamente su oposición al régimen nazi. Ella misma no había tenido pelos en la lengua a la hora de manifestar sus convicciones: en este ámbito se encuadra su valiente y decidida carta al Papa Pío XII, pidiéndole que se posicionara en contra del nazismo. Para leer el contenido de esta carta, me remito al artículo siguiente.

Edith en una fotografía de 1931.

Edith en una fotografía de 1931.

Hacia el Carmelo
Viéndose expulsada y sin posibilidad de ejercer la docencia, tomó la decisión de cumplir por fin su sueño anhelado: ingresar en el Carmelo, y eso a pesar de que había recibido una oferta de docencia en Sudamérica. El padre Waltzer atestiguaría: “Amaba el Carmelo de mucho tiempo y deseaba entrar en él. Llevó a cabo este deseo simplemente en cuanto las condiciones de vida del Tercer Reich no me permitieron retenerla más en el mundo. Oyó la voz del Altísimo y siguió su llamada sin demasiado intento de saber adónde conducía el camino”. Pero al hacer su solicitud de ingreso en el monasterio de Himmels-pforten-Würzburg, no fue admitida, por su madre y por el papel que desempeñaba en el mundo católico. Sin embargo, Edith no se rindió: en mayo de 1933 se presentó en el monasterio de Lindenthal-Köln, y siendo interrogada por la maestra de novicias acerca de cómo una mujer qué podía hacer tanto bien en el mundo quería entrar en clausura, Edith le dio una respuesta que revelaba plenamente su vocación: “No es la actividad humana la que me puede salvar, sino que es la Pasión de Cristo. Aspiro a participar en ella”. Esta vez sí fue admitida.

Lo más duro, nuevamente, fue tener que enfrentarse a la familia. Si ya había sido duro aceptarla como conversa católica, se presentaba la tesitura de verla desaparecer tras los muros de un convento, ella que tan activa, prolífica y enriquecedora había sido para el mundo. Doña Augusta todavía no había digerido su bautismo, y ahora esto, especialmente en un momento de dramática situación política para su pueblo -la persecución de los judíos por el régimen nazi-, por lo que su decisión fácilmente podía interpretarse como una vileza, una cobardía: esconderse. Como era de esperar, la madre reaccionó ante la noticia con un “rechazo desesperado” y a partir de ese momento, ya no hubo paz para Edith, siendo constantemente asaltada por su madre y por su sobrina Erika, la ferviente hebrea, para que desistiera de su decisión. Los demás hermanos optaron por dejarla estar: conocían bien a Edith y sabían que tomar decisiones precipitadas no era lo suyo. Es más, muchos años había postergado esta decisión. Finalmente, doña Augusta, lamentándose, le dijo, refiriéndose a Cristo: “¿Por qué has tenido que conocerlo? No quiero decir nada contra Él. Sin duda fue un hombre bueno. Pero, ¿por qué se hizo Dios?”. Después de esto no hubo más que una separación entre lamentos y lágrimas, ante la consternación de la familia y las palabras de despedida de Erika: “Que el Eterno te asista”. La experiencia fue tan terrible que Edith no pudo sentir la alegría exhuberante que deseaba, pero sí la invadió una enorme serenidad: había llegado «al puerto de la voluntad de Dios».

Edith, ya como sor Benedicta, llevando el hábito carmelita.

Edith, ya como sor Benedicta, llevando el hábito carmelita.

Sor Benedicta
Ingresó en el Carmelo de Colonia, pues, vistiendo el hábito en el mes de abril de 1934, tomando el nombre de sor Teresa Benedicta de la Cruz. Teresa, por la querida Santa de su conversión. Benedicta, en honor a San Benito, el santo de la abadía donde había aprendido a rezar con la Iglesia, su santo patrón, el de su onomástica. La Cruz de Cristo, a la que debía todo. Pero además, su nombre en latín tenía significado por sí solo: Theresia Benedicta a Cruce: Teresa, bendecida por la Cruz. Hizo la profesión simple el 21 de abril de 1935 y emitió sus votos solemnes el Viernes Santo de 1938.

La vida en el Carmelo la rejuveneció muchos años. En sus cartas, y en su rostro cuando la visitaban, quienes la veían no leían más que alegría y plenitud. Acostumbrada desde hacía años a un horario castrense y monacal, el horario del convento no se le hacía pesado. Cuando ingresó, sus superiores y compañeras no sabían nada de su carrera docente y de su notoriedad como filósofa; pues ella ni siquiera planteó la posibilidad de continuar con sus trabajos en el convento. Sólo deseaba desaparecer en el Carmelo. Al descubrir su gran valía intelectual, quedaron atónitos al comprobar que una mujer como ella hubiese elegido una Orden tan poco intelectual como la carmelita; y entendieron un poco mejor por qué se mostraba torpe e imperfecta con alguna de las labores o tareas físicas que debía realizar en el convento, a las que se aplicaba con tal ahínco que incluso temieron por su salud. Por ello, con el tiempo, fue exonerada de las tareas físicas -a pesar de sus protestas- y se le conminó a centrarse en lo que era realmente buena: la tarea intelectual. Se le permitió, pues, seguir escribiendo. Publicó diversas obras filosóficas y otras de historia de su Orden, por obediencia. Estaba tan integrada y feliz en el convento que, cuando recibía visitas, se apresuraba a corregir a quienes todavía tenían la costumbre de llamarla “señorita Stein”, indicando que debían llamarla “sor Benedicta”.

La pequeña Ester
Pero por aquellos tiempos, ya se vislumbraba un negro horizonte. Ella había terminado su gran obra “Endliches und ewiges Sein” y su nombre era todo un reclamo. Así, en diciembre de 1938, sus superiores se plantearon enviarla a Echt (Holanda), donde fue acogida fraternalmente. Allí, – mientras que la lucha contra los judíos era cada vez más dura, así como contra la Iglesia Católica que defendía los principios de la fe contra el nacionalsocialismo -, Edith Stein, en 1939, terminó de escribir la historia de su vida familiar: “Aus dem Leben einer judischen Familie” y a instancia de sus superiores, escribió una gran obra sobre el pensamiento de San Juan de la Cruz, que desafortunadamente no concluyó. Esta es “Kreuzeswissen-schaft. Studie über Joannes a Croce”.

Edith y Rosa Stein, fotografiadas en el año 1939.

Edith y Rosa Stein, fotografiadas en el año 1939.

Ésta era y es una obra que revela el período de martirio y sufrimiento de la Iglesia y de su pueblo, el judío, que se hundía en lo que representaba la cruz: vivir en espíritu oblativo-reparador este misterio, en humilde e íntima comunión con Cristo salvador: “Predicar la cruz sería cosa vana si no fuese en realidad la expresión de una vida vivida en unión con el Crucificado”. Esto es lo que ella presentía el primer viernes de abril del 1933, durante la celebración de una Hora Santa en el Carmelo de Lindenthal-Köln, intuyendo cómo era la cruz que se había puesto sobre las espaldas de su pueblo, el cual, en su mayor parte, no lo comprendía. Pero ella, que lo comprendía, debía aceptar esa cruz con plenitud de voluntad en nombre de todos: “Me sentía dispuesta y pedía al Señor que me hiciese ver cómo debía hacerlo. Tenía la íntima certeza de haber sido escuchada, aunque no supiera en aquel momento en qué consistiría la cruz que recaería sobre mis espaldas”. Gradualmente, lo fue comprendiendo con claridad. Así, el 26 de mayo de 1939, imploró a la madre priora del convento, para que le diera permiso a fin de ofrecerse como víctima. Escribió en una pequeña libreta: “Yo sé que no soy nada, pero Jesús lo quiere y Él un día me llamará a mi y a muchos otros”. Con el permiso de la priora, hizo su ofrecimiento y éste fue aceptado. Se acercaba su hora solemne.

“Siempre pienso en la reina Ester, que fue escogida para interceder ante el rey. Yo soy una Ester muy pobre y débil, pero el Rey que me ha elegido es infinitamente grande y misericordioso. Es éste un gran consuelo”.

Meldelen

Bibliografía:
– AYLLÓN, José Ramón, 10 ateos cambian de autobús, Ed. Palabra, Madrid 2009, pp.89-94.
– MACCA, G.V., Bibliotheca Sanctorum: Enciclopedia dei Santi, Apéndice I, Ed. Città Nuova, Roma 1987.
– SALVARANI, Francesco, Edith Stein: hija de Israel y de la Iglesia, Ed. Palabra, Madrid 2012.

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