Beatos Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, mártires de Cajonos

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Imagen oficial de la beatificación, pintura hecha por Nicéforo Urbieta en 2002.

Imagen oficial de la beatificación, pintura hecha por Nicéforo Urbieta en 2002.

Introducción
La evangelización de los pueblos conforme a la voluntad de Cristo antes de su Ascensión ha venido realizándose en cada época y región del mundo desde el principio de la Iglesia. Este proceso conlleva muchas dificultades, tanto para el evangelizador como para el evangelizado, pues se enfrentan dificultades culturales, incomprensión y rechazo, dando consecuencia el odio, la persecución, la cárcel y la muerte. Quienes abrazan la fe cristiana y dejan antiguas costumbres, algunas de ellas contrarias al Espíritu del Evangelio, son señalados como traidores de su gente y padecerán la animadversión y también el martirio.

Se habla actualmente de la inculturación del Evangelio y este es un reto a vencer desde muy antiguo, pues inoportunamente se ha llegado a considerar este proceso celebrando la liturgia en los idiomas nativo, cuando lo correcto es que la cultura receptora, para fortalecerla, debe ser permeada por el Evangelio, dándole así mayor proyección y más plenitud. Debe amalgamarse en la vida ordinaria del individuo que es neófito para que su persona, desde su experiencia, descubra, viva y se asemeje a Jesucristo.

En México la población indígena ha recibido con alegría, convicción y esperanza la Palabra de Dios pero la labor hecha hasta ahora ha sido insuficiente. Faltan misioneros y sobre todo, el cabal testimonio de quienes llamándose cristianos no viven como tales. Si así fuera, los hermanos indígenas se podrían adherir con mayor facilidad y prontitud. Oaxaca, en la región suroeste de México es un terreno fértil que se ha ganado para Cristo, pero falta fortalecer y animar a los bautizados, atraer y convences a quienes son indiferentes o no conocen a Cristo, incluso, hacer volver a quienes han abandonado la fe católica. Al evocar en este artículo a los Beatos mártires de Cajonos: Juan Bautista y Felipe de los Ángeles, indígenas nativos de esta zona, sirva para que su ejemplo e intercesión sea una luz que anime a continuar esta tarea.

Referencia histórica
Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles son dos indígenas de origen zapoteca, originarios de la Sierra norte de Oaxaca. Nacieron alrededor del año de 1660 en San Francisco Cajonos. El primero se casó con Josefa de la Cruz, con quien tuvo una hija llamada Rosa; el segundo se enlazó con Petrona de los Ángeles, procreando dos hijos: Juan y Nicolasa. Ambos pertenecían a esta Vicaría de Cajonos, atendida por los padres dominicos Gaspar de los Reyes y Alonso de Vargas. Ambos tuvieron una vida íntegra como ciudadanos, como esposos y como personas. Desempeñaron por ello los cargos de topil, juez de tequío, mayor de vara, regidores, presidente, síndico y alcalde. Tenían un aprecio por las costumbres civiles de su pueblo y eran responsables como ciudadanos en los cargos que la comunidad les designaba. Igualmente fueron evangelizados, bautizados y catequizados constantemente. En el ambiente eclesiástico fueron acólitos, sacristán menor y mayor y topilillo.

Traslado de las reliquias en la ceremonia de beatificación.

Traslado de las reliquias en la ceremonia de beatificación.

Finalmente desempeñaron los cargos de fiscal, cargo civil y eclesiástico instituido a instancias del III Concilio Provincial Mexicano en 1585, responsabilidad designada a alguien por sus costumbres irreprochables que ayudaban al párroco al cuidado de las costumbres públicas. Era su oficio propio inquirir los delitos y vicios que perturbaban la moral comunitaria: amancebamientos, adulterios, divorcios indebidos, perjurios, blasfemias, infidelidades, etc.

Martirio
El 14 de septiembres ambos fiscales descubrieron que en San Francisco Cajonos se reunió un gran número de personas se reunieron para hacer cultos ancestrales e idolátricos. Dieron la voz de alerta a los padres dominicos que acompañados por el Capitán Antonio Rodríguez, sorprendieron a los congregados, los dispersaron y se apropiaron de la ofrenda que fue resguardada en el convento. Al día siguiente, el pueblo se amotinó, por lo que los padres, el capitán y los fiscales se resguardaron en el convento. Durante casi todo el día hubo negociaciones entre los sediciosos y las autoridades recluidas en el convento sin llegar a un acuerdo. Ante el peligro de que se incendiara el lugar y todos fueran asesinados, finalmente el Capitán Rodríguez decidió entregar a los fiscales al pueblo con la condición de que se les respetaría la vida, arreglo que no estuvieron de acuerdo los padres dominicos.

Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles pidieron la absolución y la comunión y se entregaron dócilmente luego de deponer sus armas. Ambos aceptaron la perspectiva de morir y Juan Bautista decía: “Vamos a morir por la ley de Dios. Como yo ya tengo a su Divina Majestad, no temo nada ni he de necesitar armas”. Luego, cuando se vio en las manos de sus verdugos, les dijo: “Aquí estoy, si me han de matar mañana, mátenme ahora”. Fueron torturados tremendamente, fueron azotados sin compasión y como podían mirar hacia arriba del convento, ambos les decían: “Padres, encomiéndennos a Dios”. Sus captores se burlaban de ellos diciéndoles: “¿Te supo bien el chocolate que te dieron los padres?”. Pero ellos nada respondían.

Ceremonia de la beatificación.

Ceremonia de la beatificación.

El 16 de septiembre, los verdugos condujeron a Juan Bautista y Jacinto a San Pedro, donde siguieron azotándolos y luego los encarcelaron. Los invitaron a apostatar de la fe católica a cambio del perdón, mas ellos contestaron: “Una vez que hemos profesado el Bautismo, continuaremos siempre a seguir la verdadera religión”. Luego los condujeron a la sierra, subiendo y bajando laderas, hasta el monte Xagacía, donde amarrados los despeñaron, casi los degollaron y mataron a machetazos, sus corazones fueron arrancados y echados a los perros, que no se los comieron. Los verdugos Nicolás Aquino y Francisco López bebieron sangre de los mártires, para animarse y fortalecerse, según costumbre de beber sangre de animales de caza, pero también como signo de odio y coraje, según un dicho ancestral que dice: “Me voy a tomar tu sangre”. Y luego los sepultaron en el mismo monte, desde entonces llamado “Monte Fiscal Santos”.

Algunos opinan que los fiscales no son mártires sino delatores de sus paisanos y traidores a su cultura; pero es claro que los fiscales estaban designados civil y religiosamente para el ejercicio de un cargo público en el pueblo y en la comunidad religiosa. Más aún, desde el principio en el proceso civil que se llevó a cabo entre 1700-1703 y en el proceso eclesiástico hasta el día de hoy, viene la fama de martirio y de santidad, que finalmente la Iglesia reconoce con la beatificación.

Culto
En 1889 sus restos mortales fueron trasladados a la catedral de Oaxaca, fueron beatificados por San Juan Pablo II el 1 de agosto de 2002. En 2003 se realizó la primera misa en su honor precisamente en el lugar donde fueron martirizados y sepultados originalmente. Su celebración litúrgica ha sido dispuesta que se conmemore el 18 de septiembre.

Sepulcro en la catedral de Oaxaca, México.

Sepulcro en la catedral de Oaxaca, México.

Oración
Dios todopoderoso y eterno, que concediste la gracia de morir por Cristo a tus Beatos mártires Juan Bautista y Jacinto de los Ángeles, ven en ayuda de nuestra debilidad, para que podamos dar con nuestra vida, el mismo testimonio de ti que ellos no dudaron en dar con su muerte. Por…

Humberto

Enlace consultado (15/09/2014):
http://www.vatican.va/news_services/liturgy/saints/ns_lit_doc_20020801_los-angeles_sp.html

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Santos mártires de Chalchiuhites

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Mártires de Chalchihuites

Mártires de Chalchihuites

Introducción
El 21 de mayo del año 2000 fueron canonizados por San Juan Pablo II, veinticinco mártires que murieron en México durante la Revolución Cristera. De entre ellos, solamente tres son laicos, miembros activos de la Acción Católica (ACJM). El ejemplo de perseverancia y valentía que presentaron San Luis Batiz y los Santos Manuel Morales, David Roldán y Salvador Lara sirva hoy para animar a los pastores y fieles a permanecer unidos y colaborando para que el Reino de Cristo se haga presente entre nosotros aquí y ahora.

San Luis Bátiz Sainz
Nació el 3 de septiembre de 1879 en San Miguel de Mezquital, Zacatecas, Arquidiócesis de Durango. Fueron sus padres Wenceslao Bátiz Arellano y María de Jesús Sainz Ortega Canales, quienes lo llevaron a bautizar el 10 de septiembre del mismo año imponiéndole el nombre de José Luis Amado. Cuando tenía 12 años ingresó al Seminario de Durango, corriendo los gastos de sus estudios por cuenta de su hermano Jesús, también sacerdote; sobresalió en este lugar por su piedad y fue ordenado presbítero el 1 de enero de 1884. Entre los cargos que se le confiaron fue el de Párroco de San Juan de Guadalupe, Párroco de San Diego de Alcalá en Canatlán, Durango, donde permaneció 25 años y por ultimo, Párroco de Chalchihuites, Zacatecas, desde el 1 de agosto de 1925. Por su profunda espiritualidad fue nombrado Director Espiritual del Seminario de Durango y también fue capellán del Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe.

Fotografía de San Luis Bátiz, mártir mexicano.

Fotografía de San Luis Bátiz, mártir mexicano.

Tuvo un celo pastoral muy intenso, unido a una capacidad organizadora muy visible; fue dedicado al catecismo con los niños, que también impartía por la noche con los adultos. Fundó un taller de obreros católicos, una escuela para niños y dio gran impulso a la Acción Católica. Era constante en la administración de los sacramentos, atendía con tesón a las asociaciones piadosas, estableció un hospital para los pobres y le preocupaba el decoro de los templos a su cargo, a los que les daba reparación y mantenimiento cuando era necesario. Su devoción eucarística era muy intensa, desde la reverencia con que celebraba la misa, el culto que promovía al Santísimo Sacramento y era muy notorio como permanecía siempre de rodillas y con gran recogimiento ante el Señor Sacramentado. Su forma de vivir era pobre pero digna, era muy mortificado y llegó a usar cilicios. Su trato era amable, atento, alegre y cariñoso; se hizo amar por sus feligreses y siempre estaba de buen humor. Tenía una predilección especial por los niños. Fruto de esta vida era su deseo de mayor santidad, ya siendo párroco de San Diego, oraba al Señor Sacramentado: “Señor, quiero ser mártir, aunque indigno ministro tuyo, quiero derramar mi sangre, gota a gota por causa de tu nombre”.

En una reunión de la ACJM en Chalchihuites, dijo a los presentes: “Yo tengo muchos deseos de ser mártir, de morir por Cristo, ¿quién de ustedes quiere acompañarme?” Le respondieron “Yo” Manuel Morales, Salvador Lara y David Roldan. Ciertamente serían sus compañeros.

El cuidado de su rebaño lo hizo con hechos y palabras, pues también corregía las faltas de sus feligreses. Cuando el 30 de julio de 1926 fue el último día de culto público en México, habló a sus fieles diciendo que el autor de estas desdichas no era el Gobierno ni Calles, sino los pecados de todos. A la vez, indicaba que los católicos no tenían porque levantarse en armas, y a que esa no era una actitud evangélica.

San Manuel Morales, mártir mexicano.

San Manuel Morales, mártir mexicano.

San Manuel Morales
Nació en Mesillas, Parroquia de Sombrerete y Arquidiócesis de Durango el 8 de febrero de 1898, hijo de Matiana Morales. Recibió el bautismo el 19 de febrero del mismo año. Vivió desde niño con sus abuelos y muy pronto radicó en Chalchihuites. Ingresó al Seminario de Durango, al que tuvo que abandonar para ayudar a sus abuelos y su madre pues eran muy pobres. Trabajó entonces como dependiente de una tienda, donde ganó mucha estimación por su buen trato y amabilidad, luego trabajó en una panadería familiar. Contrajo matrimonio con Consuelo Loera, siendo un marido ejemplar y un buen padre de familia, procreó tres hijos.

Manuel Morales era un buen cristiano, nutrido en la oración y fortalecido en la frecuencia de la Sagrada Eucaristía. Trabajador honesto y asiduo, supo dar armonía en su hogar y con quienes se relacionaban con él. Su vida era sencilla y su participación en la Liga Nacional de la Defensa Religiosa ponen en evidencia cuán lejos de él estuvieron todas las acusaciones de que fue objeto. También fue Secretario del Círculo de Obreros Católicos “León XIII”, miembro activo de la ACJM y presidente de la mencionada Liga en Chalchihuites. La Liga no estuvo en funciones en ese lugar hasta el 29 de julio de 1926, en que se hizo una reunión en la plaza de toros y donde participaron unas 600 personas. El Santo como presidente, tomó la palabra y exhortó sin miedo a defender el proyecto invocando la manifestación pacífica y sin tinte político. Aclaró que se pediría a la autoridad competente la derogación de las leyes que oprimían la libertad religiosa y terminó diciendo estas palabras: “A los cuatro vientos y con el corazón henchido de júbilo gritemos ¡Viva Cristo Rey y la Morenita del Tepeyac!”.

San David Roldán Lara
Nació en Chalchihuites, Zacatecas, el 2 de marzo de 1907, hijo de Pedro Roldán y Reinalda Lara. Fue bautizado en la parroquia del lugar el 29 del mismo mes y año. Cuando tenía un año murió su padre, Doña Reinalda educó entonces a su hijo con gran amor a Cristo y su Iglesia, más adelante lo matriculó en un colegio particular para que tuviera una buena educación. A su tiempo ingresó en el Seminario de Durango, pero tuvo que abandonarlo para hacer frente a las necesidades económicas de su familia. Fue un hijo modelo que siempre quiso mucho a su madre, era respetuoso, obediente y atento. Sus amigos aseguran que era la alegría de su casa y que era un joven muy limpio y muy jovial, ordenado y responsable también. Su vida era íntegra y era un buen colaborador de su párroco Luis Bátiz.

De pie, Pedro Roldán y San Salvador Lara, sentados Carlos Lara y San David Roldán.

De pie, Pedro Roldán y San Salvador Lara, sentados Carlos Lara y San David Roldán.

Con 17 años comenzó a trabajar en la mina “El Conjuro” y por su carácter, preparación y disciplina se gano la confianza de su patrón, Gustavo Windel, un alemán, que lo hizo su hombre de confianza. Su trabajo principal era la contabilidad y sus compañeros de trabajo lo apreciaban por su forma de comportarse con ellos. Allí conoció a la hija del señor Windel, a quien hizo su novia y a quien pidió en matrimonio. David era un cristiano comprometido y desde pequeño perteneció a la Acción Católica. En 1925 fue electo presidente de la ACJM, a quien tuvo mucho cariño y por quien dedico mucho esfuerzo. Al comienzo del conflicto religioso, fue nombrado Vicepresidente de la Liga Nacional de la Defensa Religiosa y junto con Manuel Morales y su primo Salvador Lara Puente, organizó la defensa pacifica de la Iglesia, tratando de reunir firmas para derogar las leyes antirreligiosas.

San Salvador Lara Puente
Nació en El Súchil, Durango, el 13 de agosto de 1905 hijo de Francisco Lara y María Soledad Puente; fue bautizado en el templo parroquial de ese lugar el 10 de septiembre de ese año, recibiendo con el Sacramento en el nombre de José Salvador. Fue un buen hijo con sus padres y cuando su papá murió aumento su cariño por su madre. Quiso mucho a su hermano Carlos, de quien siempre estuvo atento para que nada le faltara. También fue alumno del Seminario de Durango, del que tuvo que salir para ayudar en los gastos de su hogar.

Salvador era un muchacho limpio y simpático, lleno de vida y vigor físico, sociable y fácil para hacer amigos. Practicaba la charrería, trabajó como su primo David en la mina “El Conjuro”, dando en este lugar buen testimonio de su vida cristiana; fue presidente de la ACJM y secretario de la Liga Nacional de la Defensa de la Libertad Religiosa. Cuando San Luis Batiz hizo la invitación a los que lo acompañaban en una reunión para saber si había alguien que lo acompañaría al martirio, con sencillez y sin alarde, se ofreció con generosidad. Días antes de su sacrificio declamó en una velada la poesía “Marciano” que describe la inocencia de un cristiano, acusado de incendiar Roma. Salvador recitó un verso que resultaría profético: “Si mi delito es ser cristiano, haces bien en matarme porque es cierto”.

San Salvador Lara.

San Salvador Lara.

Martirio
Luego de la reunión en la plaza de toros, el Presidente Municipal Donaciano Pérez y el telegrafista José Refugio García acusaron falsamente de sedición al Señor Cura Bátiz y sus colaboradores cercanos. El 14 de agosto llegaron “once soldados para sofocar la rebelión de todo un pueblo” como se había propagado la falsa noticia. El Padre Bátiz estaba sentado en una banca de la Plaza de Armas, vestido de civil y acompañado por Ramón Jaime y el sacristán José de Jesús Rentería. Al darse cuenta que lo buscaban, se dirigió a la Casa de los Obreros, donde se refugiaba. Allí fue apresado mientras el Alcalde Pérez y el telegrafista García aplaudían el hecho diciendo: “Muy bien, así deben tratarse como perros, estos fanáticos”, luego lo internaron en el Ayuntamiento.

A la mañana siguiente, los presidentes de las Asociaciones Parroquiales, se reunieron en la Botica Guadalupana para gestionar la libertad del Señor Cura Batiz. Allí se les juntaron Manuel Morales, Salvador Lara y otros miembros de la Acción Católica. Entonces llegaron los soldados con rifles gritando: “Manuel Morales”, él dio un paso con entereza cristiana y dijo: “Aquí estoy”. Lo empujaron y trataron indignamente con golpes y fue conducido al Palacio Municipal. Igual hicieron con Salvador Lara. Como era domingo David estaba en su casa arreglándose para ir a misa, hasta allí fueron los militares a aprehenderlo, y al salir de su domicilio, ya arrestado, salió sonriente y saludando con cortesía y alegría.

San David Roldán

San David Roldán

Los vecinos trataron de juntar dinero para pagar una fianza y lograr su libertad. Incluso el señor Windel ofreció la cantidad que quisieran para salvar la vida de los prisioneros, pero esta maniobra fue rechazada con el pretexto de que iban a ser llevados a Zacatecas a hacer unas declaraciones y luego volverían a Chalchihuites. El teniente Blas Maldonado, a cargo del grupo de soldados, se dio cuenta que el pueblo permanecía en actitud de espera y que sufría en las personas de los presos. Allí no había tal levantamiento.

Luego hicieron subir a los prisioneros a dos carros; el señor cura Bátiz y Manuel Morales en uno y Salvador Lara y David Roldán en otro. La gente estaba excitada y a la vez sin poder hacer nada. Alguien gritó: “Señor cura, no nos olvide”, y él respondió con serenidad: “¿Cómo voy a olvidarlos si son mis hijos? Voy a darles la bendición y por favor, no me sigan, no pasará nada”. La mamá de Salvador se confió de lo que habían dicho los militares porque sabía que su hijo era inocente, se acercó a él y lo bendijo, infundiéndole ánimo y recordándole lo santo de la causa que defendía. La esposa de Manuel también hizo gestiones para salvar la vida de su esposo, habló varias veces con el teniente, pero no le daban calma sus palabras. Llevó a su hijo en brazos para conmoverlo, pero él la despreció. En tanto el niño se le escapó y fue a dar con su padre, que lo abrazó efusivamente. Manuel sufría por su esposa y sus hijos. En medio de gran dolor, la pareja pudo despedirse.

Fotografía del cadáver de San Luis Bátiz en su velatorio.

Fotografía del cadáver de San Luis Bátiz en su velatorio.

Los automóviles se dirigieron a un lugar llamado Puerto de Santa Teresa, el que llevaba a San Luis Batiz y San Manuel Morales tuvo que aguardar a que llegara el otro que traía a San David y San Salvador porque tuvo una avería en el camino. Luego los bajaron del auto y al Señor Cura y Manuel Morales los hicieron caminar como medio kilometro. Les dijeron “Si reconocen las ordenes de Calles, nada les pasará” y ambos respondieron: “Primero morir”. El destino estaba fijado, San Luis Batiz añadió: “Lo único que les ruego es que atendiendo a los pequeños hijos de la familia de Manuel, le perdonen la vida, yo ofrezco mi vida por la de él. Seré víctima, estoy dispuesto a hacerlo”. Pero San Manuel añadió: “Deje que me fusilen, Señor Cura, yo muero pero Dios no muere, Él velara por mi esposa y mis hijos”. Entonces comprendiendo que era inútil seguir pidiendo, San Luis se despidió de su compañero diciéndole “Hasta el cielo” y San Manuel gritó entonces: “¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!”. Luego las balas cegaron la vida de estos testigos de Cristo.

San David y San Salvador habían recibido antes la absolución del párroco, al que vieron morir junto a su amigo y compañero; luego los hicieron caminar unos 160 pasos. Mientras caminaban, iban serenos y orando. Los colocaron en posición para fusilarlos y ambos gritaron la emoción de sus juveniles corazones que se sacrificaban por Dios: “¡Viva Cristo Rey y la Virgen de Guadalupe!” mientras que los proyectiles les hacían entrar en una vida nueva. Luego les dieron el tiro de gracia y sus rostros quedaron destrozados, pero en ambos rostros quedaron indelebles la paz que tenían en sus almas y la sonrisa de quien satisfecho, concluye su labor. Uno de los verdugos dijo de Salvador: “¡Qué lastima haber matado a ese hombre, era tan grande y tan fuerte!”. Era el 15 de agosto de 1926. Al conocer que los cuatro hombres habían sido ajusticiados, los habitantes de Chalchihuites fueron a recoger los cadáveres para velarlos, cada mártir fue velado en su casa en una noche llena de tormenta y granizo que parecía llorar su martirio, como se supiera que los militares iban a volver para profanar los cuerpos apresuraron el sepelio y fueron sepultados en el Panteón Municipal.

Altar con los sepulcros de los mártires.

Altar con los sepulcros de los mártires.

Culto
Fueron beatificados el 22 de noviembre de 1992 por San Juan Pablo II y por el mismo canonizados el 21 de mayo de 2000, junto con el grupo de mártires que encabeza San Cristóbal Magallanes. Actualmente sus reliquias se veneran en el altar dedicado a Nuestra Señora de Guadalupe en la Parroquia de Chalchihuites. Su memoria litúrgica, en compañía de los demás Santos Mártires se celebra el 21 de mayo, aniversario de su canonización.

Humberto

Bibliografía:
– CONFERENCIA DEL EPISCOPADO MEXICANO, Viva Cristo Rey, Editado por ella misma, México D.F., 1991, pp 33-38, 89-91, 103-106, 127-130.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Román Adame Rosales, presbítero mártir

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Fotografía del Santo.

Fotografía del Santo.

Introducción
El grupo de los Santos mártires mexicanos está conformado en su mayoría por sacerdotes, porque tres de ellos son laicos. Nos ofrece este conjunto ejemplos de jóvenes, solteros, un casado, sacerdotes con experiencia sacerdotal, otro casi recién ordenado, y también ancianos. Este artículo trata sobre el decano de los mártires mexicanos, pues era el de más edad; un párroco de pueblo, de esos que sus fieles les tienen confianza y cariño, al que se le debe lealtad, respeto y veneración. En el contexto de la sociedad mexicana de estos años, particularmente en el medio rural, son tres las voces o autoridades que guían la vida comunitaria sin ser elegidas democráticamente: el señor cura, el maestro de la escuela y el doctor. San Román Adame fue el señor cura, el padrecito, el ministro del Señor, de ésos que desgastan su vida para que los demás tengan vida y la tengan en abundancia.

Infancia
Nuestro Santo nació en Teocaltiche, parroquia ubicada en la cabecera municipal del mismo nombre y en cuyo territorio civil, en una delegación de ese municipio, Mechoacanejo, se santificó otro mártir mexicano: San Julio Álvarez. Vio la luz primera el 27 de febrero de 1859, hijo de Felipe Adame y Manuela Rosales. Fue hecho hijo de Dios por el bautismo el 2 de marzo siguiente en la parroquia de Nuestra Señora de la Soledad, patrona de su pueblo natal. Poco se sabe de su infancia, sólo que hizo los estudios en la escuela local y que, cuando tenía 18 años, ingresó en el Seminario Conciliar de Guadalajara (1877).

Sacerdote
Recibió la ordenación sacerdotal el 30 de noviembre de 1890, de manos del arzobispo de Guadalajara don Pedro Loza y Pardavé. En 1891 fue elegido rector de ordenados y penitenciario en el Sagrario Metropolitano, en 1896 recibió el nombramiento de párroco de la Yesca, Nayarit. El 1 de junio de 1897 regresa al Sagrario Metropolitano como capellán. En septiembre del mismo año es nombrado párroco de Ayutla, Jalisco. En 1903 es enviado como párroco de San Juan Bautista del Teú del Gonzáles Ortega, Zacatecas; y el 20 de noviembre de 1913 es promovido a párroco de Nochistlán, Zacatecas. En 1922 es propuesto como vicario foráneo de Nochistlán, dentro de cuya jurisdicción se hallaban las parroquias de Nochistlán, Apulco y Tlachichila. Allí permanecerá hasta el final de sus días.

Relicario del Santo en Yahualica, México.

Relicario del Santo en Yahualica, México.

Hombre de intensa vida de oración, a la que convidaba a sus vicarios insistentemente. Rezaba el oficio divino con mucha devoción, la celebración de la misa era antecedida por un espacio largo de meditación, la cual celebraba con la dignidad de un sacerdote de Dios Altísimo. No era negligente en sus actos de piedad y era muy devoto de la Santísima Virgen María. Celoso de la gloria de Sido y de la salvación de las almas, poseía un espíritu misionero cuando predicaba los ejercicios espirituales, en sus exhortaciones y homilías y sermones. Tenía gran solicitud para atender a enfermos y moribundos, a los cuales atendía inmediatamente cuando le solicitaban el auxilio espiritual.

Tenía la preocupación formar a sus fieles en la fe, para lo cual se esmeraba en la predicación, organizaba semanas de estudios y de formación para adultos, promovió el catecismo, invitaba constantemente a sus feligreses a acercarse a lso sacramentos, atendió especialmente las escuelas parroquiales y tenía un particular interés en promover y cultivar las vocaciones sacerdotales.

Hombre profundamente humilde, lleno de paciencia y prudencia, supo enfrentar las ingratitudes y desprecios humanos. Al llegar al Nochistlán, un grupo de feligreses no lo veían bien, pues deseaban que estuviera como párroco otro sacerote oriudo del lugar. En una ocasión lo injuriaron vergonzosamente, al dejar a las puertas del curato un burro amarrado a la puerta con una bolsa de tortillas y un letrero que decía: “Para tu camino”, dándole a entender que no era ni aceptado ni bien recibido. Mucha gente llegó a hablar mal y murmurar de él. Sin embargo, siempre supo perdonar y disimular estas contrariedades. Nunca fue violento, siempre se mostró amable, jamás manifestó odio o rencor y tampoco habló mal de nadie. Asiduo al confesionario, tenía talento para curar las almas, pues hablaba con la verdad. Vivió y murió pobre; intachable en su castidad. Fue muy obediente con sus superiores. Construyó un templo a San José, dirigió a las Hijas de María y a la Adoración Nocturna.

La persecución religiosa
Al iniciarse los días aciagos de la lucha cristera, supo ser cauteloso con las autoridades civiles, pero pronto se vio en la necesidad de ausentarse de la cabecera municipal, ejerciendo su ministerio sacerdotal en casas particulares al suspenderse el culto público.

El Santo, capturado, maniatado y llevado prisionero a Yahualica. Ilustración contemporánea.

El Santo, capturado, maniatado y llevado prisionero a Yahualica. Ilustración contemporánea.

El 18 de abril de 1927, un día antes de ser capturado, comía en el Rancho de Veladores, en casa de José Mora. Una mujer, María Guadalupe Barrón, le dijo, al saber que andaban cerca las fuerzas militares, “Ojalá no vayan a dar con nosotros”, a lo que el Santo le respondió: “¡Qué dicha ser mártir, dar mi sangre por mi parroquia!”. Esa tarde se la pasó confesando y ya noche, en compañía de la familia que lo hospedaba, rezó el rosario y luego se retiró a dormir, para poder celebrar la misa temprano al día siguiente.

Había llegado a Nochistlán el coronel Jesús Jaime Quiñones, y un habitante del lugar, Tiburcio Angulo, delató al sacerdote y le dijo dónde estaba. Así como a la una de la mañana llegaron al rancho y sitiaron la casa. El señor cura se encontraba en ropa interior y así fue aprehendido. Se lo llevaron descalzo y maniatado, luego lo hicieron caminar hasta Mexticacán, Jalisco, y de allí lo llevaron a Yahualica de González Gallo, Jalisco. A su benefactor, José Mora, lo dejaron en libertad. Al llegar a Río Ancho, un soldado se apiadó de él y le dejó su caballo, pues el anciano sacerdote no podía ya caminar, tenía los pies destrozados. Por esta causa, la tropa comenzó a injuriar al soldado. Al llegar a Yahualica iba amarrado y montado en el caballo.

Entretanto, el coronel Quinoñes se había posesionado del curato, convirtiéndolo en un cuartel. Allí lo encarcelaron. De día era conducido a los portales del centro del pueblo custodiado por un soldado, quien lo amarraba a una columna y por la noche lo encarcelaban nuevamente. Dos días y medio lo trataron así, sin darle de comer y beber.

Por fin, Francisco González de Mexticacán pudo acercarse a hablar con el Santo, quien le pidió que gestionara su liberación. Este hombre, junto con Jesús Aguirre y otras personas, negociaron con el coronel la liberación del anciano párroco. El coronel no aceptaba liberarlo, pues decía que tenía órdenes de fusilar a todos los sacerdotes, pero luego consintió en liberarlo si juntaban un rescate de 6000.00 pesos. Se reunieron 4500.00 en Nochistlán y 1500.00 en Yahualica, cuando le entregaron el dinero al militar, éste se rajó y les dijo que de dónde habían sacado ese dinero y que todos los que habían intervenido para reunir esa cantidad también serían pasados por las armas. Así, traicionando lo pactado, asustó a la gente, que ya no quiso ni pudo hacer alguna gestión por el azoro y susto que les había causado.

Vista de la columna donde estuvo atado el Santo durante sus horas de tormento.

Vista de la columna donde estuvo atado el Santo durante sus horas de tormento.

El 21 de abril el sacerdote fue sacado de la prisión y, con una patrulla, se dirigieron hasta el panteón municipal. Mucha gente siguió la escolta, hubo quien, entre llantos, suplicaba la libertad del padre a los soldados. Al llegar al cementerio, luego de una subida muy pronunciada, San Román llegó muy agitado. Ingresaron al lugar y los soldados cerraron las puertas. Entre los soldados estaba Antonio Carrillo Torres, conocido de José González, quien contó lo sucedido dentro de la necrópolis.

Martirio
José González y Domingo Mejía se lograron meter a escondidas a una distancia de unos sesenta o setenta metros. Vieron cómo formaron el cuadro de fusilamiento y cómo el Santo fue recargado a la pared. Le iban a vendar los ojos, pero él no lo aceptó. Ceca de allí, como a metro y medio, estaba la fosa recién cavada para sepultarlo. Ante la orden de: “Preparen armas”, todos los militares lo hicieron, excepto el referido Antonio Carrillo. Se le reclamó y a la segunda orden de “Preparen armas” siguió sin obedecer. Se le amenazó con que le iba a suceder lo mismo que al sacerdote si no obedecía, pero él solo movía su cabeza negándose a cumplir la orden. Entonces el que estaba al mando lo jaló y lo puso al lado de San Román, quien levantó la mano y lo retiró, como diciendo que cumpliera con su deber. Entonces dieron la orden de “Apunten” y “Fuego” y dispararon sobre el Santo, quien cayó acribillado. Luego fusilaron al soldado, a quien antes, el que dirigía el pelotón lo abofeteó y le quitó las insignias militares.

San Román murió sin habérsele hecho un proceso, ni siquiera sumario. Luego de 15 minutos, el coronel Quiñones le dijo a Jesús Limón que con cuarto vecinos se hicieran cargo del cadáver. Éste tenía los tiros en el pecho y no se le había dado el tiro de gracia. Lo metieron en una caja de mala calidad y lo sepultaron inmediatamente. En la parte oficial que rindió el coronel Quiñones algeneral Figueroa dijo: “En el trayecto de Yahualica al Rancho de los Charcos, se encontró al cabecilla Adame con otros dos individuos y en combate resultaron muertos los tres”. Información a todas luces falsificada. Por la noche, el coronel Quiñones, envalentonado, retaba al pueblo, diciéndoles que a quién le había parecido mal que hubiera fusilado al cura. Y lo decía sin estar borracho.

Culto
Los restos del Santo fueron exhumados unos años después. Cabe señalar como detalle interesante que el corazón del Santo fue encontrado como petrificado, en el cual se había incrustado y amalgamado el rosario de San Román. Estos restos fueron sepultados luego en la sacristía de la parroquia de San Miguel Arcángel de Yahualica, donde permanecieron hasta 1948, año en que se celebró el IV Centenario de la fundación de la Diócesis de Guadalajara. Entonces, el párroco de Nochistlán los trasladó a esta parroquia dedicada a San Francisco de Asís, donde permanecen ahora en el crucero izquierdo del templo parroquial. Actualmente el panteón en que fue fusilado y sepultado, es un campo deportivo.

Urna con las reliquias del Santo.

Urna con las reliquias del Santo.

Fue beatificado por San Juan Pablo II el 22 de noviembre de 1992 y canonizado por él mismo el 21 de mayo de 2000, en compañía de grupo de mártires que encabeza San Cristóbal Magallanes Jara. Su celebración litúrgica es el 21 de mayo, aniversario de su canonización.

En el Sagrario Metropolitano de Guadalajara había cuatro nichos vacíos, dos en la entrada y dos en la puerta sur. Luego de su canonización, se pusieron cuatro esculturas de santos mártires mexicanos; en la puerta sur, de San Julio Álvarez y de San David Galván, originarios de esta ciudad. En la entrada principal, de San Cristóbal Magallanes y de San Román Adame. Del primero, por ser quien encabeza el grupo de estos Santos; y del segundo, por haber realizado su ministerio en esta parroquia. La parroquia de Yahualica, el lugar de su martirio, guarda con devoción una reliquia de este Santo.

Humberto

Bibliogafía:
– Conferencia del Episcopado, ¡Viva Cristo Rey!, editada por ella misma, México, D.F. 31 de julio de 1991. Pp. 15-19.
– Diócesis de San Juan de los Lagos, Tierra de Mártires, Guadalajara, Jalisco, 2002. Pp. 68-71

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San Julio Álvarez Mendoza, presbítero mártir

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Estampa de la canonización.

Estampa de la canonización.

Introducción
A muchos Santos los conocemos muchas veces con un apelativo que refiere un lugar de origen o donde vivió dejando un recuerdo imperecedero. Ya desde la antigüedad, el poeta Aurelio Prudencio en su Peristephanon nos refiere de ciudades que se ennoblecieron por ciertos Santos: Calahorra por San Emeterio y San Celedonio, en Barcelona, Santa Eulalia; pero a través del tiempo tenemos otros muchos Santos cuyo nombre está ligado indeleblemente a un lugar, de tal manera que esa población le da un apellido: San Antonio de Padua, San Francisco y Santa Clara de Asís, San Nicolás de Bari, San Pío de Pietrelcina, Santa Magdalena de Nagasaki, San Juan de Ávila, etc.

Sirva este artículo para promover a San Julio Álvarez Mendoza, nacido en Guadalajara, Jalisco, México; y que integra el grupo de los Santos Mártires Mexicanos, encabezado por San Cristóbal Magallanes Jara. Este santo, oriundo de la Perla Tapatía, derramó su sangre por Cristo en la persecución cristera, su labor sacerdotal se desarrolló en un lugar que hoy pertenece a una diócesis vecina: Aguascalientes, y murió en un lugar que actualmente pertenece a otra: San Juan de los Lagos.

No es muy conocido en su tierra natal, de donde es San David Galván y donde también reposan los restos de San José María Robles. San Juan Pablo II exhortó a las comunidades diocesanas a recuperar y conservar la memoria de sus testigos, en este tenor y como es la intención de este preámbulo, se presenta a continuación la biografía de San Julio de Guadalajara, presbítero y mártir.

Infancia
Nació en Guadalajara, Jalisco, el 20 de diciembre de 1866, siendo hijo de Atanasio Álvarez y Dolores Mendoza. Recibió el bautismo al día siguiente en la parroquia de San José, en el popular barrio de Analco. Desde pequeño mostró amor al estudio y con la ayuda de los patrones de sus papás, pudo continuar sus estudios hasta ingresar en el Seminario Conciliar de Guadalajara. Tenía grandes dotes de inteligencia, dedicación al estudio y profunda piedad. Se inscribió en la Congregación Mariana del Seminario por su gran amor a la Madre de Dios.

Fotografía del Santo en su juventud.

Fotografía del Santo en su juventud.

Sacerdote
Fue ordenado diácono en el año 1890 y el 2 de diciembre de 1894, por ministerio del arzobispo de Guadalajara, Don Pedro Loza y Pardavé, fue consagrado sacerdote, cantando su primera misa en su ciudad natal. El 10 de diciembre de 1894 fue nombrado capellán de Mechoacanejo, de la parroquia de Teocaltiche, que luego, en 1921, será elevada a parroquia con el título del Divino Salvador, siendo así el primer párroco del lugar; unos años después, esta parroquia fue anexada a la diócesis de Aguascalientes.

Ministerio
En este primer y único destino brillará por su celo pastoral, su dedicación a la catequesis de los niños, a quienes decía: “Aquí en esta casita está Nuestro Señor Sacramentado, a Él le vamos a pedir su fortaleza, porque está dicho que va a venir un tiempo muy trabajoso, lleno de tantos peligros más bien para el clero”, por lo que se piensa que presentía su martirio. Tenía un muy grande celo por el culto divino, viviendo el ritmo del año litúrgico con esmero y preparación, dando a las principales solemnidades el esplendor que se merecían. Con su esfuerzo, logró renovar a la población, que era indiferente a la religión, y ya que estaba integrada por una mayoría indígena, ésta estaba llena de supersticiones y de costrumbres torcidas. Se convirtió para ellos en un amigo y en un padre.

Infundió en sus feligreses el amor a Jesús Sacramentado y a la Santísima Virgen María, a la que amaba con viva emoción. En la práctica de su ministerio fue dedicado y nunca mostró fatiga, lo mismo cuando era solicitado en la cabecera de su parroquia, o en lugares lejanos y de difícil acceso, mostrando siempre interés en servir, sin importar la hora o las condiciones del clima. Hombre de oración, rezaba el breviario con profunda devoción, celebraba la misa con mucha devoción y atención, se esmeraba por celebrar la fiesta de Corpus Christi, de Navidad, y el Triduo Pascual, así como el docenario en honor de Nuestra Señora de Guadalupe. Constante en las prácticas piadosas, sus feligreses recuerdan cómo hacía sus visitas al Santísimo y cómo rezaba el santo rosario. Con este afán se encargó de cuidar, mantener y embellecer el templo, que siempre lucía con limpieza y decoro, pues ese lugar es la Casa de Dios. Con grandes sacrificios logró la conclusión del templo, personalmente acarreaba agua y arena para la construcción. Él mismo fabricaba las hostias que utilizaba en la celebración de sacrificio eucarístico diario.

Estampa del Santo en su atuendo de sacerdote.

Estampa del Santo en su atuendo de sacerdote.

Su carácter era tranquilo, amable y bondadoso con la gente, comunicativo, muy sencillo, generoso con el necesitado, pobre en su manera de vestir y ajeno a toda ostentación personal. Sus cualidades las puso al servicio del prójimo, revelando una profunda caridad que puso sus talentos para bien de la comunidad. Enseñó a sus fieles a elaborar dulces, para que tuvieran un ingreso económico, así como la sastrería, que dominaba con seguridad. Su generosidad era amplia, pues llegó a quitarse literalmente la camisa para dársela a un necesitado. El diezmo que recibía era repartido entre los pobres, a quienes también regalaba ropa que él mismo elaboraba.

No tenía miedo en corregir y reprender a los que lo ameritaban, haciéndolo con prontitud, sin miedo y con razones fundadas, pero siempre de manera cortés, evitando herir y lastimar. También se recuerda sus habilidades musicales, ya que enseñó a los jóvenes a tocar instrumentos musicales, como la guitarra, y fundó dos bandas musicales.

La persecución religiosa
México sufrió desde la segunda década del s.XX alteraciones del orden público, debido a los movimientos revolucionarios que con motivos sociales afectaron profundamente al pueblo. Los líderes ideológicos de la Revolución y de quienes idearon la Constitución Política que actualmente rige a esta nación, tenían principios y sentimientos antirreligiosos y anticatólicos. Esto provocó que la actitud del gobierno se endureciera progresivamente contra la Iglesia, contra el clero y contra el mismo pueblo. En 1926 la jerarquía católica determinó la suspensión del culto por no haber un marco legal que favoreciera la libertad religiosa. El arzobispo de Guadalajara, Don Francisco Orozco y Jiménez, exhortó a sus sacerdotes para que protegieran sus vidas, invitándolos a que se resguardaran en las ciudades y principales poblaciones, pero dándoles la libertad de permanecer junto a su pueblo, para no abandonarlo y poder dar de manera secreta la atención espiritual que requería.

San Julio Álvarez hizo esto segundo, con la situación agravante de que su parroquia estaba enclavada en una zona que fue de las primeras en sublevarse a causa de la persecución religiosa. Por tal motivo, el gobierno arremetió con hostilidad su fuerza en esta área y perseguía con odio a toda persona, pacífica o levantada en armas. Las autoridades, tanto de nivel federal, como estatal y municipal no querían a los sacerdotes, los perseguía a muerte; las personas tenían mucho miedo, pues mataban a todos aunque no fueran cristeros, su simple condición de católicos los hacía blanco de sospecha y de represalias. Así, la vida religiosa en estos lugares era casi imposible y los sacramentos se celebraban donde fuera posible: en el campo, en los arroyos, en lo alto de los cerros.

Fotografía del Santo.

Fotografía del Santo.

Martirio
Precisamente realizando estos ministerios, auxiliando espiritualmente a sus ovejas, San Julio fue aprehendido el 26 de marzo de 1927. Eran como las cuatro de la tarde y se dirigía en compañía de dos jóvenes al Rancho del Salitre, para celebrar misa y confesar. Miraron a lo lejos una partida de soldados que venían en una troca. Los jóvenes se adelantaron para distraerlos, pero cuando el grupo de militares se cruzó con él en el camino, uno de los que venían con ellos se acercó al sacerdote y le besó la mano. Al darse cuenta de su equivocación, quiso enmendarse diciendo que era su padrino, pero en eso pasó otro hombre a caballo, al que interrogaron sobre la identidad de San Julio, inquiriéndole que dijera si sabía si este era un sacerdote, a los que respondió que era el cura de Mechoacanejo. El responsable del grupo de soldados le preguntó a San Julio si era sacerdote, pero él lo negó; inmediatamente fue capturado junto con sus compañeros.

Así comenzó un calvario; fueron conducidos a Villa Hidalgo, Jalisco; luego a Aguascalientes, después a León, Guanajuato. Allí, el general Joaquín Amaro, furioso perseguidor del clero, lo mandó a San Julián, Jalisco, para escarmentar al pueblo, pues ese había sido el primer municipio en levantarse en armas. “Me lo fusilan en San Julián”, ordenó. Los mandaron en la troca, pero antes de llegar fueron bajados y el Santo fue amarrado a la silla de un caballo, andaba débil, apenas podía abrir sus ojos, pero no emitía queja alguna, iba absorto en un profundo silencio, preparándose al supremo sacrificio.

El 30 de marzo fue conducido al lugar del martirio como a las 05.15 hrs. San Julio preguntó al militar: “¿Siempre me van a matar?” y éste le respondió: “Es la orden que tengo”. Repuso el Santo: “Bien, ya sabía que tenían que matarme porque soy sacerdote, cumpla usted la orden, sólo le suplico que me permita decir tres palabras”. El capitán aceptó. “Voy a morir inocente, porque no he hecho ningún mal. Mi delito es ser ministro de Dios. Yo los perdono a ustedes. Sólo les ruego que no maten a los muchachos porque son inocentes, nada deben”. Cruzó los brazos y fue fusilado. El tiro de gracia lo recibió en la mejilla y su cuerpo fue luego tirado en un basurero cercano al templo parroquial de lugar. En cuanto los lugareños se dieron cuenta de que habían matado a un sacerdote, se reunieron para velarlo en la casa del sacristán José Carpio.

Fotografía del Santo difunto, durante el velatorio.

Fotografía del Santo difunto, durante el velatorio.

Culto
Fue sepultado en este lugar, siendo luego exhumado y devueltos sus restos a Mechoacanejo, donde actualmente recibe culto y veneración. Se han construido dos capillas, una en donde fue apresado y otra donde recibió el martirio.

Fue beatificado por San Juan Pablo II el 22 de noviembre de 1992 y canonizado por él mismo, el 21 de mayo de 2000, junto con el grupo de mártires que encabeza San Cristóbal Magallanes. Su celebración litúrgica se hace el 21 de mayo. La diócesis de Aguascalientes lo ha proclamado patrono de sus sacerdotes.

En su tierra natal no es nada conocido. En los últimos años, en la parroquia del Sagrario Metropolitano fueron colocadas en unos nichos vacíos de la fachada y de la entrada que da al sur, cuatro esculturas de Santos Mexicanos, en el primer lugar de San Cristóbal Magallanes, por ser el que encabeza el grupo; y de San Román Adame, que trabajó en esta parroquia. En el segundo lugar, de San David Galván y San Julio Álvarez, ambos, únicos santos tapatíos.

Sepulcro del Santo.

Sepulcro del Santo.

Quiera Dios que pronto San Julio Álvarez tenga una correspondencia de la tierra que lo vio nacer y crecer y pueda ser llamado justamente San Julio de Guadalajara.

Humberto

Bibliografía:
– Conferencia del Episcopado Mexicano, ¡Viva Cristo Rey!, editado por ella misma, México D. F. 31 de julio de 1991, pp. 27-32.

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

San José Jenaro Sánchez Delgadillo, presbítero mártir

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Fotografía del Santo en su juventud.

Fotografía del Santo en su juventud.

Infancia
Nuestro Santo nació el 19 de septiembre de 1886, en el Rancho de Agualele, en Zapopan, Jalisco. Fueron sus padres Cristóbal Sánchez y Julia Delgadillo. Recibió en bautismo el nombre del Santo obispo de Benevento, con quien compartiría la palma del martirio. Pronto su familia emigró a Guadalajara, viviendo en el barrio de Mexicaltizngo. Sobre su infancia se conoce muy poco, al grado de ignorarse si tuvo hermanos. Siendo niño fue inscrito en la Escuela de Artes y Oficios del Espíritu Santo, donde cursó la primaria y, gracias a su aplicación, obtuvo una beca para estudiar sin tener que pagar una colegiatura. En este lugar aprendió el oficio de herrería, con el que ayudó a solventar la precaria economía familiar. Actualmente se conservan algunos trabajos que hizo gracias a sus conocimientos.

Sacerdote
Con quince años cumplidos ingresó al Seminario Conciliar de Guadalajara. Allí tuvo como prefecto al Siervo de Dios Miguel María de la Mora, luego obispo de Zacatecas y San Luis Potosí. Fue un buen estudiante, hábil en las asignaturas, donde sacaba buenas calificaciones. Conforme avanzaban sus estudios, mejor aprovechamiento lograba y obtenía notables calificaciones. En el seminario tuvo como compañeros a David Galván, Sabas Reyes y José María Robles, con quienes compartiría el sacerdocio, el martirio y un lugar dentro del santoral. También fue compañero de José Mariano Garibi Rivera, luego arzobispo de Guadalajara y primer Cardenal Mexicano.

Fue ordenado sacerdote el 20 de agosto de 1911, por ministerio del arzobispo de Guadalajara, Don José de Jesús Ortiz, cantando su primera misa nueve días después, con la presencia de sus felices padres.

Ministerio
Desarrolló su ministerio en diversas comunidades de la Diócesis de Guadalajara: Nochistlán, Zacatecas, de 1911 a 1912. Zacoalco de Torres, Jalisco, de 1912 a 1916, San Marcos Evangelista, Jalisco, de junio de 1916 a agosto de 1917. En este lugar su presencia se interrumpió por haber leído una carta pastoral del arzobispo tapatío Francisco Orozco y Jiménez, en la que protestaba por la promulgación de la Constitución de 1917, con carácter arreligiosa y anticatólica. Por esta razón fue apresado y llevado a Guadalajara. De 1917 a1923 fue destinado a Cocula, Jalisco, tierra originaria del mariachi, que tanta fama ha dado a la música mexicana. De 1923 a 1927 fue destinado a la parroquia de Tecolotlán, Jalisco, siendo nombrado vicario fijo de Tamazulita. Aquí tuvo como párroco a San José María Robles Hurtado.

Fotografía del Santo con sus alumnos. El del circulo es Francisco Javier Nuño, obispo de San Juan de los Lagos.

Fotografía del Santo con sus alumnos. El del circulo es Francisco Javier Nuño, obispo de San Juan de los Lagos.

Los casi dieciséis años de servicio sacerdotal, aún sin haber sido nombrado párroco, fueron apostólicos y muy fecundos. Se le recuerda su excelente oratoria y su predicación tan elocuente. Era un muy buen predicador. Dedicaba mucho tiempo al confesionario. Muy lleno de caridad con los pobres. A los enfermos los atendía con prontitud y sin reticencias, parecía un resorte cuando se le pedía su apoyo. Siempre iba con una sonrisa en los labios y cuando llegaba, además de atenderlos espiritualmente, les regalaba frutas y alimentos, además, platicaba con sus familiares dándoles indicaciones de cómo atenderlos y alentándolos a tener paciencia. Visitaba las rancherías por muy lejanas que estuvieran para llevar la Palabra de Dios a sus fieles y administrarles los sacramentos, sus desplazamientos los hacía en lomos de una burrita.

Celebraba con fervor la santa misa, dedicando tiempo antes para prepararla y tiempo para dar gracias después. Amantísimo del Santísimo Sacramento, promovía su culto y su devoción. Era muy devoto de Nuestra Señora de Guadalupe, preparaba sus fiestas con mucho esmero. También era muy devoto de las Almas del Purgatorio, acostumbró por ellos a dar toques de oración con las campanas a las 8 de la noche, para pedir por el descanso de las almas de los parientes, amigos y conocidos difuntos. Su párroco y amigo San José María Robles dio testimonio de su obediencia.

Le gustaba el decoro de los templos y trabajó por hacer los arreglos materiales que se necesitaban. Supo hacer amistades con personas que eran mal vistas, como el maestro de la escuela de gobierno, quien aceptó tocar el armonio del templo durante las misas.

Fotografía de su juventud.

Fotografía de su juventud.

Se dedicaba con entusiasmo al catecismo, ganándose a los niños con golosinas, y a pesar de ser muy estricto con los más traviesos, todos lo querían mucho. Dedicó tiempo y esmero para preparar a los que iban a hacer la primera comunión. Se ganó el corazón de sus feligreses con los que mantuvo relaciones afectuosos aún después de ser trasladado. En Zacoalco dirigió a los obreros católicos y a la Acción Católica Juvenil Mexicana. En Cocula fue maestro del seminario auxiliar, donde tuvo como alumno a Don Francisco Javier Nuño Guerrero, primer obispo de San Juan de los Lagos. Dio asesoría a las Hijas de María, la Asociación de Madres Cristianas y a la Adoración Nocturna.

Sus modales eran muy correctos, tenía una buena educación y a nadie dio jamás un mal trato. Era pobre, pero siempre vistió con limpieza y dignidad. Era moderado en la comida y la bebida. Tenía buena voz y sabía tocar el piano y la guitarra. Organizó un coro de doce voces. Supo ser buen pastor cuando en una ocasión, secuestraron a uno de sus feligreses, comerciante y dueño de la tienda más grande de Tamazulita. Cuando supo del rescate que se pedía, tomó el dinero del Curato y fue a donde estaba el prisionero. A poco tiempo volvió con el hombre sano y salvo.

La persecución religiosa y su martirio
Nunca mostró miedo ante las adversidades, pero si temía que el Santísimo Sacramento fuera profanado con motivo de las incursiones que hacía los revolucionarios, por eso, resguardó el Sagrado Depósito en una casa de confianza, donde estaba continuamente atento de Él.

El 31 de julio de 1926, el episcopado mexicano decretó la suspensión de culto público para protestar por la legislación anticatólica que impulsaba el Presidente de México, el general Plutarco Elías Calles. Esto causó que muchos católicos se levantaran en armas para luchar por defender su derecho a practicar libremente su religión. El arzobispo Orozco dio libertad a sus sacerdotes a huir y esconderse o permanecer entre sus fieles. Esto último hizo nuestro Santo. Cuando tuvo que cerrar su templo estaba muy molesto y lloró por esta razón. Pese a ello, nunca incitó a nadie a tomar las armas. Era consciente del peligro que enfrentaba y decía: “Creo que en esta revolución van a morir muchos, y quizá yo sea de los primeros”.

Estampa devocional del Santo.

Estampa devocional del Santo.

Para diciembre de ese año pudo celebrar las fiestas guadalupanas, aunque con mucha discreción. El 11 de enero de 1927 se celebró un aniversario más de la dedicación del Monumento de Cristo Rey en el Cerro del Cubilete y de la consagración de Tecolotlán al Sagrado Corazón de Jesús. Por esta razón, los cristeros hicieron una hora santa en el cerro, en un lugar llamado la Loma o la Cruz Verde, asistieron San José María Robles y San José Jenaro Sánchez. El Párroco exhortó a los presentes a defender la causa, a estar preparados ante la muerte, a dar su vida por Cristo Rey y a que siempre procedieran con justicia y caridad. Hacia el 15 y 16 de enero, los revolucionarios agraristas invadieron Tecolotlán. San José Jenaro consideró oportuno esconderse en el Rancho de Guayabita, donde permaneció hasta el día 17, cuando consideró que ya no había peligro. Ese día salió a cazar venados al cerro y al volver por la tarde, se dio cuenta de su error. Como sus compañeros le decían que escapara, les respondió: “Vamos bajando todos, si me conocen, me ahorcarán sin remedio, si no me conocen, ya me salvé. A ustedes nada les pasará, yo tengo confianza en Dios”.

El grupo de soldados y agraristas, pensando que el grupo de hombres eran cristeros, al verlos, se dispusieron a disparar, pero una mujer les dijo: “No disparen, son hombres pacíficos que andan poniendo lazos a los venados. Entre ellos está mi hijo y el padre de Tamazulita”. De esta manera, su suerte estuvo echada. Todos fueron capturados y amarrados y luego se les llevó a la Presa de la Charca, donde el jefe militar de Tecolotlán, el capitán Arnulfo Díaz, dispuso que fueran desatados y liberados, excepto el sacerdote. Por la noche, éste fue llevado al cerro, a la Loma o Cruz Verde, donde se había hecho la hora santa. Como a diez metros estaba la casa de la señora Jovita García, quien referiría cómo sucedió su sacrificio.

El grupo de soldados le hizo un círculo, alguno de ellos le puso una soga al cuello y la víctima pidió la palabra para decir: “Bueno, paisanos, me van a colgar, yo los perdono y que mi Padre Dios también los perdone, y siempre: ¡Que viva Cristo Rey!”. Estas palabras enardecieron a los verdugos, que jalaron con tanta fuerza la cuerda e hicieron que la cabeza del sacerdote chocara violentamente con la rama del mezquite donde fue colgado. Sin embargo, no murió, pues mucho tiempo la víctima se estuvo quejando. Antes de retirarse, un soldado fue a la casa de doña Jovita y le dijo: “Ahí le encargo al amigo colgado, si alguien lo baja, también será colgado”. Poco antes del amanecer, volvieron los soldados, bajaron el cuerpo y uno de ellos le dio un balazo en el hombro izquierdo. Otro casi lo traspasó con su bayoneta, luego lo recargaron en el árbol y se retiraron. Por la mañana, al pasar por el lugar, la maestra Angelita Fernández lo reconoció y mandó avisar a su madre, quien al llegar al lugar, lo reclinó en su pecho y lloró amargamente.

Sepulcro de San Jenaro Sánchez (izquierda) y reliquias de San Sabas Reyes (derecha). Cortesía de José Daniel Villafuerte.

Sepulcro de San Jenaro Sánchez (izquierda) y reliquias de San Sabas Reyes (derecha). Cortesía de José Daniel Villafuerte.

A regañadientes, el capitán Díaz permitió que se le velara en Tecolotlán, pero no en la iglesia parroquial, sino en un domicilio particular, el de la referida maestra Fernández. Cuando los fieles de Tamazulita se enteraron del asesinato de su pastor, se dirigieron multitudinariamente a la cabecera municipal, esto alertó a las autoridades militares y entonces dieron órdenes para que fuera sepultado inmediatamente. San José María Robles lloró el destino de su amigo y colaborador: “Murió ahorcado, perdonando a sus asesinos y vitoreando a Cristo Rey el vicario de Tamzulita, Don José Jenaro Sánchez. ¡Saludémosle, besando la orla de su manto, rojo como su sangre! ¡Sobre su tumba reguemos muchas palmas, símbolo de su triunfo, quizá mañana ornen sus altares!”

En 1934, el arzobispo de Guadalajara, Francisco Orozco, dio comienzo al proceso de su canonización. Por este motivo, sus restos fueron exhumados y trasladados a la parroquia de San Miguel en Cocula. En compañía del grupo de sacerdores y laicos mártires encabezado por San Cristóbal Magallanes, fue beatificado el 22 de noviembre de 1992 y canonizado el 21 de mayo de 2000 por el Papa San Juan Pablo II. Su fiesta litúrgica se celebra el 21 de mayo.

Urna con sus restos-Cortesía de José Daniel Villafuerte.

Urna con sus restos-Cortesía de José Daniel Villafuerte.

Actualemente sus restos resposan en un altar donde hay también reliquias de San Sabas Reyes, oriundo de Cocula. Siguiendo la directriz para hacer conocer a los Santos Mártires Mexicanos propuesta por la Arquidiócesis de Guadalajara, se le ha dedicado una parroquia en la Colonia Misión del Valle, en Zapopan; y en la parroquia de Nuestra Señora de Consuelo, en la Colonia Residencial Poniente, también en Zapopan, se le ha escogido como patrono secundario de esa comunidad.

Humberto

Bibliografía:
– MUNARI, Tiberio, San Jenaro Sánchez, sacerdote y mártir mexicano. Ediciones Xaverianas, Guadalajara, Jal., México. 2001.

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