Los Santos y el gato (I)

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Detalle de un gato en "La Anunciación" de Lorenzo Lotto.

Detalle de un gato en «La Anunciación» de Lorenzo Lotto.

Introducción
En la mitología griega y romana el gato no está presente. En cambio, solemos asimilarlo a Egipto. Heródoto narra que los egipcios le tenían gran devoción en la ciudad de Bubastis. Aquí veneraban a la diosa Bastet, representada con cuerpo de mujer y cabeza de gato. El culto al gato en la civilización egipcia se conoce desde 1550 a.C.

La simbología del gato es ambivalente: es expresión tanto del bien como del mal. Un gato puede verse en la escena de la Anunciación, obra de Vico Consorti, en la Puerta Santa de la Basílica Vaticana. Es el único caso en San Pedro del Vaticano. En la Cábala hebrea, el gato es asociado a la serpiente, símbolo del mal, siendo automáticamente convertido en emblema de la mentira y la traición, hasta tal punto de que los cristianos empezaron a representar un gato a los pies de Judas. También en el budismo el gato es asociado a la serpiente y se le reprocha que no llorara la muerte de Buda.

En la tradición patrística poco o nada se dice del gato, por lo demás, la Sagrada Escritura parece ignorarlo. Sólo hay un versículo del libro de Baruc, en el cual, profetizando la deportación a Babilonia del pueblo elegido, lo amonesta para que no caiga en los cultos paganos:

"La Virgen del Gato", óleo de Federico Barocci.

«La Virgen del Gato», óleo de Federico Barocci.

«Tened cuidado, por lo tanto, no os volváis completamente similares a los extranjeros; que el temor a sus dioses no se apodere de vosotros. A la vista de una multitud que se postra delante y detrás de ellos y los adora, decíos a vosotros mismos: «Debemos adorarte, Señor.» Pues mi ángel está con vosotros, y es él quien se cuida de vuestras vidas. Ésos tienen una lengua pulida por un artesano, cubierta de oro y plata, pero son simulacros falsos y no pueden hablar. Y como una doncella que ama los adornos, toman oro y hacer coronas para las cabezas de sus dioses. A veces también los sacerdotes, quitándoles el oro y la plata a sus propios dioses, los gastan en sí mismos, y también lo dan a las prostitutas en los burdeles. Luego adornan con ropa, como a los hombres, los dioses de plata, oro y madera; pero no son capaces de escapar de la oxidación y la carcoma. Están envueltos en un manto de púrpura, pero hay que limpiarles la cara del polvo del templo que se posa abundante en ellos. Como el gobernador de una región, el dios tiene un cetro, pero no extermina a quien le ofende. Él tiene un puñal y un hacha en su mano derecha, pero no se librará de la guerra y de los ladrones. Por ello, es evidente que no son dioses; ¡no les temáis, pues! Así como un vaso de barro se vuelve inútil una vez roto, así también lo son sus dioses, colocados en los templos. Sus ojos están llenos de polvo, levantado por los pies de los que entran. Así como alguien que ha ofendido a un rey mantiene atrancado el lugar donde está para no ser llevado a la muerte, así los sacerdotes aseguran los templos con puertas, con cerraduras y barras, para que no sean saqueados por los ladrones. Encienden lámparas, incluso más de las que necesitan, pero los dioses no pueden ver ninguna. Son como un tramo del templo cuyo interior, se dice, se quemó, y también, sin darse cuenta, junto con sus túnicas se quemaron los insectos que se arrastran fuera de la tierra. Sus caras están ennegrecidas por el humo del templo. En su cuerpo y la cabeza anidan los murciélagos, las golondrinas, las aves, así como los gatos. De esto se deduce que ellos no son dioses; ¡no les temáis, pues!» (Bar 6, 4-22).

El gato, según los autores medievales, es tratado con sospecha y bien poca benevolencia. ¿Será culpa de esos ojos que brillan en la oscuridad y que parecen tan inquietantes? ¿O quizá por su índole sensual, que aún hoy nos hace decir “parece una gata en celo”? ¿O quizá porque, a diferencia del perro, es muy poco adiestrable, hasta tal punto de ponerlo como modelo de aquellos que no quieren someterse a las leyes divinas? He aquí por qué se asimila el gato -especialmente el de color negro- al demonio, y por extensión, a la brujería y a la blasfemia.

"Última Cena", fresco de Domenico Ghirlandaio. Convento de San Marcos, Florencia, Italia.

«Última Cena», fresco de Domenico Ghirlandaio. Convento de San Marcos, Florencia, Italia.

El gato aparece en el arte sacro. Como ya hemos dicho antes, tenemos a Judas con el gato. Un ejemplo es Ghirlandaio y su Última Cena en el pequeño refectorio del convento dominico de San Marcos de Florencia (1481). Otros ejemplos son Lorenzo Lotto, Leonardo Da Vinci, Pieter Huys, Guido Reni, Federico Barocci y muchos otros. También el gato ha aparecido representado en lucha con el perro, en una clara alusión a la lucha entre el bien y el mal.

Sin embargo, el gato siempre ha sido útil contra los ratones, animales que valía la pena alejar porque eran portadores de la terrible peste y de otras infecciones. Esto hizo que el gato fuera un animal “de casa”, tanto que empezó a estar presente en los monasterios, entre los monjes y las monjas. El más famoso es el llamado gato cartujo. Una leyenda dice que los Cruzados que volvían de la expedición a Tierra Santa eran hospedados en las cartujas. Para compensar a los monjes por la hospitalidad ofrecida, ellos les regalaban un ejemplar de este exótico gato de pelaje azul grisáceo. Tenían fama de ser grandes cazadores de ratones, por ello los monjes empezaron a criarlos, para proteger sus graneros y despensas, así como para evitar la destrucción de sus preciosos manuscritos. Pero sólo es una leyenda, pues el gato cartujo es una de las razas felinas más antiguas, que fue importada a Francia desde Oriente por los caballeros templarios en torno al año 1100.

El gato, en las comunidades monásticas, se convirtió en casi un espejo de las virtudes propias de la vida monástica: adaptación, pobreza, soledad, discreción y capacidad de pasar repentinamente del sueño a la vigilia. Un ejemplo es el gato pintado por Antonello da Messina, en la National Gallery de Londres: “San Jerónimo en su estudio”. Aquí el gato evoca una silenciosa complicidad, una muda inspiración para los pensadores y escritores. Por último, también en la hagiografía está el gato. Una presencia esporádica, que va desde instrumento de tortura, hasta compañía caritativa.

Icono de Santa Gertrudis de Nivelles, patrona de los gatos. Obra de Marice Sariola.

Icono de Santa Gertrudis de Nivelles, patrona de los gatos. Obra de Marice Sariola.

Los Santos y el gato
Debemos iniciar, para hablar de la santidad y el gato, de la Santa de Nivelles, Gertrudis. El Martirologio Romano la recuerda el 17 de marzo: En Nivelles de Brabante, en la actual Bélgica, Santa Gertrudis, abadesa, que nacida de noble familia, tomó el santo velo de las vírgenes del obispo San Amando y gobernó con sabiduría el monasterio hecho construir por su madre, fue asidua en la lectura de las Escrituras y se consumió en la austera práctica de vigilias y ayunos.

Santa Gertrudis de Nivelles nació en Nivelles, en la región de Brabante (Bélgica) en 626 y murió el 17 de marzo de 659. Hija de Pipino de Landen, señor de Brabante y antepasado de Carlomagno, a la muerte de su padre (639) se hizo monja, junto a su madre Itta y su hermana Begga. Y la abadesa fue Itta hasta su muerte (652). Le sucedió Gertrudis, que aceptó el título, pero dejó a un fraile el poder efecto y se reservó para sí misma la tarea de instruir a monjes y monjas. Llamó de Irlanda a monjes doctos en la Sagrada Escritura y envió gente a Roma para enriquecer la comunidad con libros litúrgicos. Fue pronto rodeada de una aureola de santidad. Pero su verdadero prodigio fue la paz que consiguió entre las familias señoriales locales, divididas siempre por eternos enfrentamientos que para el pueblo sólo suponían saqueos, secuestros de rehenes y años de miseria. Cuando murió con sólo 33 años, en 659, la veneración fue inmediata.

Su cuerpo fue depositado en una capilla que posteriormente fue ampliada, arrasada y reconstruida hasta convertirse en basílica, de nuevo engrandecida, arrasada y reconstruida a través del tiempo. Sus restos serán entonces colocados en un precioso relicario del siglo XIII, destinado a ser víctima de la guerra, destruido en un bombardeo en 1940, junto con muchas viviendas de Nivelles.

Gertrudis ha sido venerada desde hace mucho como protectora contra las invasiones de ratones. La narración, carente de base histórica, es todavía señal de la admiración que siempre la ha acompañado. Esta invocación contra la infestación de roedores hace de Gertrudis de Nivelles la patrona de los gatos.

Sueño experimentado por San Juan Bosco a los nueve años de edad, en relación a Jesús, María y la salvación de las almas.

Sueño experimentado por San Juan Bosco a los nueve años de edad, en relación a Jesús, María y la salvación de las almas.

De la patrona de los gatos pasamos al sueño del santo patrón de los jóvenes: Juan Bosco. La Iglesia Católica lo recuerda el 31 de enero. Este año 2015 va a ser el bicentenario de su nacimiento en Castelnuovo d’Asti el 16 de agosto de 1815, fiesta del santo peregrino de Montpellier, que tiene en común con Don Bosco el perro, el famoso Grigio. Don Bosco murió en Turín el 31 de enero de 1888.

San Juan Bosco es el gran apóstol de los jóvenes, fue su padre y guía en la salvación mediante el método de la persuasión, de la religiosidad auténtica, del amor listo siempre para prevenir tanto como para reprimir. Sobre el modelo de San Francisco de Sales, su método educativo y apostólico se inspira en un humanismo cristiano que saca motivaciones y energías de las fuentes de la sabiduría evangélica.

Fundó los Salesianos, la Pía Unión de cooperadores salesianos y, junto a Santa María Mazzarello, las Hijas de María Auxiliadora. Entre los bellos frutos de su pedagogía, destacamos a Santo Domingo Savio, quinceañero, que bien había entendido su lección: “Nosotros, aquí en la escuela de Don Bosco, hacemos consistir la santidad en estar muy alegres y en el cumplimiento perfecto de nuestros deberes”. San Juan Bosco fue proclamado Santo en la clausura del Año de la Redención, el día de Pascua de 1934. El 31 de enero de 1988 Juan Pablo II lo declaró Padre y Maestro de la juventud, “estableciendo que con tal título sea honrado e invocado, especialmente por cuantos se reconozcan hijos espirituales suyos”.

El Martirologio Romano así lo recuerda: “Memoria de San Juan Bosco, sacerdote. Después de una dura juventud, ordenado sacerdote, dedicó todas sus fuerzas a la educación de los adolescentes, fundando la Sociedad Salesiana y, con la colaboración de Santa María Dominica Mazzarello, el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora, para la formación de la juventud en el trabajo y en la vida cristiana. En este día, en Turín, después de haber cumplido con muchas obras, pasó devotamente al banquete eterno”.

Don Bosco es muy famoso por sus sueños proféticos y premonitorios, y como en las Sagradas Escrituras, el Señor habla al Santo con los sueños. El más famoso es el que tuvo a los nueve años: le pareció estar junto a su casa, en un patio muy grande, donde se veían muchos muchachos. Algunos reían, otros jugaban, no pocos decían palabrotas. Al oír las palabrotas, se lanzó a por ellos, intentando disuadirlos con puños y palabras. Pero en ese momento apareció un nombre majestuoso, noblemente vestido: su rostros era tan luminoso que no llegaba a verlo. Lo llamó por su nombre y le ordenó hacerse cargo de todos esos muchachos. Juan le preguntó quién le mandaba semejante imposible: “Yo soy Hijo de Aquélla a quien tu madre te enseñó a saludar tres veces al día”. En aquel momento apareció una mujer majestuosa junto a él, y en aquel instante, en lugar de la multitud de muchachos, había un montón de cabritos, perros, gatos, osos y otros animales. La Virgen le dijo: “He aquí tu campo, he aquí donde debes trabajar. Crece humilde, fuerte y robusto, y he aquí que lo que ahora verás que sucede con estos animales, tú deberás hacerlo por mis hijos”. Entonces, en lugar de los animales feroces, aparecieron muchos corderos mansos, que corrían, balaban y saltaban. Después de este sueño el joven Juan Bosco sintió la vocación.

Beato Ángel de Acri. Lienzo de M. Zammatei (1815).

Beato Ángel de Acri. Lienzo de M. Zammatei (1815).

El sueño de los gatos amansados que se convierten en corderos nos lleva al “predicador de los gatos”, Ángel de Acri. El Beato Ángel de Acri, religioso franiscano de la reforma capuchina, es recordado en el Martirologio el 30 de octubre: “En Acri de Calabria, el beato Ángel, sacerdote de la Orden de los Frailes Menores Capuchinos, que, recorriendo incansablemente el reino de Nápoles, predicó la palabra de Dios con un lenguaje dirigido a los simples”.

Nació en Acri el 19 de octubre de 1669, y murió en su ciudad el 30 de octubre de 1739. Lucantonio Falcone tuvo un camino vocacional singularmente trabajado. Entró y salió del noviciado capuchino dos veces. La tercera intentona fue la decisiva. Fue ordenado sacerdote en 1700 en la catedral de Cassano en Ionio. Ejercitó su apostolado como padre provincial y, sobre todo, como predicador en todo el Mediodía durante 40 años. Era conocido como el Ángel de la paz, pero la predicación sistemática fue el ministerio principal de servicio que dio a la Iglesia en la Orden Capuchina durante cuarenta años. Fue el misionero más buscado y escuchado en la Italia meridional, tanto, que se decía que cuando predicaba “en casa no se quedaban ni los gatos”. Los testimonios jurados recuerdan cómo citaba de memoria la Sagrada Escritura y cómo hacía uso siempre de la evangelización del pueblo.

En vida y tras su muerte, acaecida en 1739, realizó numerosos milagros. Su cuerpo es venerado en la basílica de Acri, que le está dedicada. Ha sido beatificado por el papa León XII en 1825. Su cuerpo, recompuesto en una urna, es objeto de veneración cotidiana en la basílica a él dedicada en la ciudad de Acri.

Si Roque de Montpellier tenía un perro caritativo, Guido de Selvena tenía un gato caritativo. Guido de Selvena, religioso franciscano de la provincia de Grosseto, nació en Selvena en 1200 y murió en el convento del Colombaio en Seggiano en 1287 o 1278. Su memoria litúrgica de Beato se circunscribe a Maremma y a la Orden, el 4 o 5 de diciembre.

Ilustración del Beato Guido de Selvena con el gato trayéndole un pájaro cazado.

Ilustración del Beato Guido de Selvena con el gato trayéndole un pájaro cazado.

El convento del Colombaio fue fundado por San Francisco en 1220 cuando regresaba de Viterbo, donde había visitado al papa Onofre III. Muchos autores, hagiógrafos y cronistas franciscanos antiguos han escrito sobre el Beato Guido, pero quien se ha ocupado de él en su mayor parte es Wadding. Todavía novicio “mereció hablar dulcísimamente con Cristo”. Transcurrió su aprendizaje en Siena, y fue llevado junto con otros jóvenes al Colombaio por el Beato Pedro Pettinaio.

El Beato Guido era un hombre de tan gran fe y amor por el Señor Jesús, que cuando estaba ya cargado de años y enfermedades, el mismo Señor quiso mandarle un gato con un afecto y una disposición singular: cada día, cazaba en el bosque un pájaro y se lo traía para que el padre Francisco de Montalcino lo cocinase y se lo sirviese al Beato. En aquella época era ya su único alimento. El mismo día en que el Beato murió, el gato también expiró a sus pies. La fecha de la muerte no es segura, de ahí que se crea que pudiera ocurrir el 21 de abril de 1287 o de 1288.

Damiano Grenci

Bibliografía y sitios:
* AA. VV. – Biblioteca Sanctorum (Enciclopedia dei Santi) – Voll. 1-12 e I-II appendice – Ed. Città Nuova
* Barbagallo Sandro – Gli animali nell’arte religiosa. La basilica di San Pietro in Vaticano – LEV, 2010
* C.E.I. – Martirologio Romano – Libreria Editrice Vaticana – 2007 – pp. 1142
* Frigerio Luca – Bestiario medievale. Animali simbolici nell’arte cristiana – Ancora, 2014
* Grenci Damiano Marco – Archivio privato iconografico e agiografico: 1977 – 2015
* Jones D.M. – Animali e pensiero cristiano – EDB, 2013
* Maspero Francesco – Bestiario antico – Piemme, 1997
* Pisani Paolo – Santi, Beati e Venerabili nella provincia di Grosseto – Cantagalli. 1993
* Rossetti Felice – Un’amicizia coi baffi. Sorie di Santi e dei loro animali – Porziuncola, 2011
* Sitio web ladanzadellacreativittravelandexplore.blogspot.it
* Sitio web orthodoxie-celtique.net
* Sitio web papalepapale.com
* Sitio web wikipedia.org

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Beato Jeremías de Valaquia, fraile capuchino

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Estampa devocional del Beato.

Estampa devocional del Beato.

Hoy quiero escribir sobre un hermano lego capuchino, rumano de nacimiento (Ieremia Valahul) e italiano por adopción, y quiero hacerlo porque considero ejemplar su vida, causa de unidad entre católicos y ortodoxos, y porque hoy conmemoramos su festividad.

Nació en la ciudad de Tzazo, en Valaquia (Moldavia Inferior) el día 29 de junio del año 1556. De su infancia no se tienen muchos datos, aunque se sabe que sus padres eran unos piadosos campesinos católicos, que vivían con cierta holgura, que eran muy generosos y que estaban rodeados de vecinos ortodoxos con quienes tenían una cordial y pacífica convivencia. Era el primogénito de seis hermanos y cuando fue bautizado se le impuso el nombre de Juan. Sus padres, Stoika Kostist y Margarita Barbato (de origen italiano), desde pequeño, según sus propias palabras, le inculcaron las excelencias de la península italiana “pues allí vivía el Papa y todos los monjes eran santos”. Su madre había tenido contactos con los frailes franciscanos conventuales, y aunque convivía pacíficamente con sus vecinos, sentía la presión de los ortodoxos, protestantes y turcos, y añorando el catolicismo de su tierra, quería que su hijo la conociera, la sintiera y la viviera.

Juan Kostist (nuestro beato) nos cuenta que un día, cuando iba al mercado a vender las verduras que cultivaba su padre, se encontró con un mendigo, a quien socorrió y que le dijo: “Tú has de ir lejos, más allá de los montes, a tierras meridionales, a un país que se llama Italia. Recorrerás un camino muy largo y sufrirás mucho, pero no tengas miedo, porque no te ha de pasar nada malo. Al término de tu viaje te pondrás al servicio de un grandísimo Señor, lo servirás con inmenso amor y gozo y serás gratificado generosamente por ello”.

Sintiendo la llamada a la vida religiosa, recordando las palabras de su madre, el vaticinio del mendigo del mercado y un cierto impulso que finalmente le dio su padre, analfabeto como era, ya que no sabía ni leer ni escribir, sin dinero, hablando sólo el dialecto de su tierra y sin una ruta concreta preconcebida, se puso en marcha. Quería volar como los pájaros, recordando una frase que su padre le había dicho un día en el campo: “¿Ves esos pájaros que suben y bajan al cielo? Pues se parecen a los monjes, que sin ataduras terrenales vuelan diariamente hacia el Señor”.

Reliquias del beato reconocidas en Nápoles (Italia).

Reliquias del beato reconocidas en Nápoles (Italia).

El viaje fue largo, duro y aventurero, ya que el mismo nos cuenta que “para llegar hasta donde había llegado y para salvarse, había sufrido lo increíble desde que salió de su tierra. Había hecho de todo: obrero de fábrica, darle a la azada, guardar animales, servir a un médico y a un farmacéutico. Todos los oficios menos dos: paje y verdugo”. Pasó hambre y frío, tuvo que dormir a la intemperie, sentir pánico cuando era sorprendido por una tormenta y no tenía donde resguardarse e incluso verse asaltado en el camino. Atravesando la cordillera de los Cárpatos y bordeando el río Tatros, llegó hasta Brasov, cerca de Alba Iulia, que era la capital de Transilvania, quedándose allí hasta el año 1576.

Ese año recibió una ayuda inestimable: el príncipe Esteban Barthory cayó gravemente enfermo y trajo desde Bari al médico italiano Pietro Lo Iacono. Este, cuando curó al príncipe, se dispuso a regresar a su ciudad natal, necesitando un criado que le acompañara durante el viaje. Teniendo conocimiento de que en la ciudad estaba Juan Kostist, que deseaba a toda costa llegar a Italia, lo aceptó y se pusieron en marcha. Pasaron por Belgrado y llegaron a Dalmacia. El camino duró tres meses, en los cuales, Juan se hizo casi dos mil kilómetros a pie siguiendo a su señor, que iba montado en un caballo. En la ciudad de Ragusa se embarcaron para atravesar el Mar Adriático rumbo a Bari, y allí se quedó como ayudante del farmacéutico Cesare Del Core.

En Bari se llevó uno de los desengaños más grandes de su vida: pensaba encontrarse entre católicos practicantes, pero se encontró con un pueblo despegado de la práctica religiosa, donde las blasfemias, las borracheras, las reyertas e incluso los asesinatos y la prostitución estaban a la orden del día. Aquello no se parecía en nada a su Tzazo natal, donde imperaba la paz y la convivencia, donde todo era diferente, y desanimado, decidió volver a su tierra, embarcándose de nuevo hacia Ragusa.

Tumba del beato en Nápoles, Italia.

Tumba del beato en Nápoles, Italia.

Pero todo cambió de manera providencial, pues un día se encontró a un anciano que, sin conocerlo, le preguntó: “¿Adónde vas, amigo Juan?”. Él se quedó sorprendido al ver que lo llamaban por su nombre de pila y respondió: “Me vuelvo a mi tierra porque no he encontrado en Bari lo que venía buscando en Italia”. El anciano le dijo que Bari no era toda Italia, que fuera a Nápoles, a Roma y a Loreto, donde se encontraría con la Virgen y hallaría a buenos cristianos. Quedó convencido y como el farmacéutico tenía familia en Nápoles, le dio una carta de recomendación y, acompañado por un amigo, puso rumbo a Nápoles, adonde llegó en el mes de abril del año 1578, conoció a los frailes capuchinos, se puso en contacto con el padre provincial e ingresó en la Orden el día 8 de mayo, tomando el nombre de Jeremías de Valaquia.

El noviciado lo hizo en el convento de Sessa Aurunca (Caserta) y allí conoció al fray Pacífico de Salerno, viejo y santo religioso con quien trabó una amistad que le duraría toda la vida. El padre Francisco Severini de Nápoles, su confesor, superior y primer biógrafo, lo definió como un “hermano lego, simple e ignorante, despreciado por algunos de los frailes y que siempre se ocupaba de los trabajos más serviciales y penosos”. El 8 de mayo de 1579 hizo la profesión religiosa, emitiendo los votos simples de pobreza, castidad y obediencia, siendo destinado como cocinero y hortelano a los conventos de San Efrén el Viejo en Nápoles y al de Pozzuoli.

A principios del año 1584 fue enviado al convento napolitano de San Efrén en Nuevo a fin de atender a los frailes enfermos. Dicho convento tenía una gran enfermería donde se atendía a todos los frailes enfermos de los conventos pertenecientes al Reino de Nápoles, de otras partes de Italia e incluso del extranjero, o sea, que trabajo no le faltó. Él atendía preferentemente a los frailes más humildes, porque decía que “los superiores ya están suficientemente atendidos por los otros frailes”. Fue allí donde demostró un extraordinario heroísmo, asistiendo amorosamente a los frailes enfermos durante cuarenta años, hasta el día de su muerte. Los lavaba, los curaba, les daba de comer, aguantaba sus impertinencias, trabajaba sin descanso y muchas horas de la noche, se las pasaba en oración en la capilla de la enfermería. Nunca tuvo una celda propia, dormía en la enfermería donde podía y cuando estaba completamente agotado. Cuando le preguntaban el por qué no tenía una celda, decía simpáticamente que “porque no tenía dinero para pagarse una pensión”.

Instalación definitiva de la figura-relicario en el convento-seminario de Onesti (Rumania).

Instalación definitiva de la figura-relicario en el convento-seminario de Onesti (Rumania).

Pero su amor no sólo se lo demostró a los frailes enfermos; también a los pobres, a quienes daba todo cuanto podía, ya fuera de la huerta del convento, ya fuera de lo que a él le correspondía. Uno de los testigos del proceso, que lo conoció personalmente, llegó a decir que “era tan grande su misericordia y su caridad, que incluso hubiera dado sus propios ojos a quien los necesitara”. Dejaba entrar a los pobres en el convento y en la huerta, y cuando unos frailes le pusieron una cerca para impedirles el paso, protestó y profetizó: “Ya no se cosecharán más esas cebollas gordas y hermosas como cuando no existía la cerca, porque esta avaricia que no es propia de los hijos de San Francisco, causará carestías en el convento”.

Y al igual que San Francisco, ese amor lo mostraba también de manera especial con los animales, procurando su alimentación y curándolos cuando estaban enfermos o heridos. Un día, para evitar que un burro se cayera en un pozo, hizo tal esfuerzo que se dislocó un pie, haciéndose tanto daño que durante meses anduvo como un cojo.

Su amigo, fray Pacífico de Salerno, dice que cuando veía algo que no era correcto, lo hiciera quien lo hiciera, le llamaba la atención, y que siempre estaba atento a los demás, llegándole a escuchar a escondidas: “Señor, te doy gracias porque siempre he servido y nunca he sido servido, siempre he sido súbdito y nunca he mandado”. Otra frase que repetía con insistencia era: “Confiemos en la Sangre de Jesucristo que ha sido derramada por nosotros y en la Santísima Virgen, que es nuestra Madre” y esta otra: “No perdamos el tiempo, fatiguémonos cumpliendo con nuestros deberes ya que así servimos y amamos a Dios. Cuando nos sobre el tiempo, nos retiraremos a hacer oración”. Estas tres frases, resumen su vida de humildad, su opción por la vida apostólica antes que por la contemplativa y su espiritualidad cristocéntrica y mariana.

Visita de la figura relicario por diversas ciudades rumanas.

Visita de la figura relicario por diversas ciudades rumanas.

Pero, aunque él no lo quiso, porque prefería el servicio al prójimo, la vida apostólica antes que la contemplativa, estuvo favorecido por el don de éxtasis y en uno de ellos, se le apareció la Virgen quien le dijo: “Mi corona es mi Hijo”. Esta noticia se corrió entre los frailes, quienes la hicieron llegar a la princesa Isabel Della Rovere, quien encargó realizar un icono al que llamaron “icono de fray Jeremías”. Con ello contribuyó a impulsar el culto a la Theotokos, tan venerada en su Valaquia natal.

De él se cuentan innumerables anécdotas que demuestran su caridad, su gracejo, su paciencia e incluso como se ganaba a aquellos a los cuales, en principio, no les caía bien dada su forma de ser, a veces, un tanto “indisciplinada” a fin de hacerles más agradable la vida a los enfermos. Yo sólo voy a contar una, aunque en la bibliografía muy muchas y están al alcance de todos. La anécdota es ésta: como estaba completamente ocupado con el trabajo de la enfermería, tenía permiso del padre provincial y del padre guardián para poder comer algo fuera de hora y fuera del refectorio. Un día, el padre vicario, al verlo comer fuera de hora, lo reprendió con dureza y de malas maneras. Él le hizo comprender que tenía permiso para hacerlo, pero que si al vicario le importunaba, estaba dispuesto a renunciar a ello. El vicario lo vio – como vulgarmente decimos -, como una tomadura de pelo y se puso más histérico. Entonces, fray Jeremías, sin excitarse y con muchísima paciencia, le dijo: “Padre vicario, se ve que está cansado. No se tome el asunto tan a pecho. Venga conmigo; tengo preparada agua caliente y la he mezclado con hierbas aromáticas. Un buen lavado de pies le va a quitar el cansancio y le va a tranquilizar”. El gracejo con el que se lo dijo e hizo fue tal que terminó ganándose incondicionalmente al padre vicario.

Ceremonia en la parroquia de la Exaltación de la Santa Cruz en Cotnari (Rumania).

Ceremonia en la parroquia de la Exaltación de la Santa Cruz en Cotnari (Rumania).

El agotamiento durante cuarenta años de servicio a los enfermos y a los pobres, y la práctica del voto de obediencia, lo llevaron a la muerte. A finales del mes de febrero del año 1625, cuando ya tenía sesenta y nueve años de edad, fue enviado por el padre guardián para que atendiera al camarlengo del Reino de Nápoles, don Juan de Ávalos, que se encontraba gravemente enfermo en Torre del Greco. El invierno era muy riguroso, llovía copiosamente y el fuerte viento arrancaba los árboles de cuajo. En esas condiciones, agotado y anciano, tuvo que recorrer a pie los doce kilómetros que separaban ambas localidades. Cuando llegó a su destino estaba calado hasta los huesos e, inevitablemente, al día siguiente cogió una neumonía que se lo llevó por delante, muriendo en el convento de San Efrén Nuevo el día 5 de marzo a las diez de la noche, dando gracias porque moría por haber cumplido con el voto de obediencia.

Al conocerse la noticia de su muerte, miles de napolitanos acudieron al convento y ante la imposibilidad de que todos ellos pudieran darle el último adiós al fraile difunto, los frailes se vieron obligados a sepultarlo secretamente durante la noche. El proceso de beatificación lo inició el arzobispo de Nápoles el 20 de septiembre de ese mismo año y dos años más tarde el Papa Urbano VIII aprobó dicha iniciativa nombrando un comité que se encargara del mismo, y fue por eso por lo que pudieron testificar numerosas personas que lo habían conocido personalmente y por lo que existe mucha información sobre la vida de fray Jeremías, pues esta información está recogida en las actas del proceso. Sin embargo, aunque los testimonios y prodigios obrados por su intercesión fueron abundantes, el proceso cayó en decadencia hasta el año 1672, cuando nuevamente fue reabierto el caso por el Papa Clemente X, acto confirmado cinco años más tarde por el Papa Inocencio XI.

Reliquias del beato reconocidas en Nápoles (Italia).

Reliquias del beato reconocidas en Nápoles (Italia).

Pero nuevamente, la Causa cayó en el olvido. En el año 1905 el rumano Gheorghe Sion, que era un investigador apasionado de los libros rumanos sobre la antigua Roma, tuvo acceso a una “Vita di Fra Geremia Valacco”, que había sido escrito por el padre Francisco Severini de Nápoles, cosa que hemos dicho anteriormente. Al comprobar el adjetivo “valacco”, compró sin dudar el libro, haciéndoselo llegar en el año 1914 a Nicolae Iorga, quien no pudo divulgarlo a causa de la guerra. Posteriormente Gheorghe Sion lo donó a la biblioteca de la Universidad de Cluj. En 1926 lo leyó el padre Elías Daianu, quien escribió un artículo sobre fray Jeremías para publicarlo en una revista.

En el año 1946, el profesor Gregory Manoilescu fue a Italia, donde encontró una biografía más moderna titulada “Un romeno eroe en terra italiana”. Se preocupó por el tema y obtuvo el permiso para investigar la tumba de fray Jeremías ayudado por el profesor Giulio Cremona. El profesor Manoilescu descubrió el sarcófago el día 14 de octubre del 1947, dentro del cual, en un ataúd de madera estaban los restos de fray Jeremías. Junto al ataúd se descubrió una placa de mármol con la siguiente inscripción: “Hix iacet P. Jeremías Valacchi P. obiit di V Marty MDCXXV”. Los restos del beato fueron descubiertos en el convento de San Efrén Nuevo y trasladados al Roma a la iglesia de San Lorenzo de Brindisi.

El proceso nuevamente tomó impulso y el 18 de diciembre del año 1959, Fray Jeremías de Valaquia fue declarado Venerable por San Juan XXIII. En diciembre del año 1961 las reliquias fueron devueltas a Nápoles y colocadas en la iglesia capuchina de la Inmaculada Concepción de Piedigrotta. Fueron los rumanos ortodoxos quienes despertaron el interés de la Iglesia católica por su compatriota. Fue un profesor ortodoxo quien descubrió su sepulcro en el convento de San Efrén el Nuevo, convento que había sido suprimido por el gobierno italiano, que lo había transformado en cárcel. Fray Jeremías unió a ortodoxos y católicos rumanos en torno a su figura y eso es un signo más de ecumenismo y de deseos de unión entre numerosos miembros de ambas Iglesias. Finalmente, fue beatificado por San Juan Pablo II el día 30 de octubre del año 1983.

El Beato, nexo de unión entre Italia y Rumanía. Ilustración contemporánea.

El Beato, nexo de unión entre Italia y Rumanía. Ilustración contemporánea.

El 24 de septiembre del año 1992, el ministro provincial de la provincia capuchina de Nápoles, con la bendición del ministro general de Roma, dio el sí a una propuesta hecha por la diócesis rumana de Iasi para que enviase a un grupo de frailes capuchinos, los cuales se establecieron en Onesti. Allí abrieron un seminario bajo a advocación del Beato Jeremías de Valaquia. Ese mismo año, treinta y seis jóvenes rumanos católicos ingresaron en dicho seminario. En el año 2008, parte de las reliquias del Beato Jeremías, puestas dentro de una figura yacente, fueron enviadas a Rumanía, donde hizo un recorrido por varias diócesis católicas, quedando definitivamente instaladas en el convento-seminario de Onesti.

Antonio Barrero

Bibliografía:
– Francesco da Napoli, “Un eroe romeno in terra italiana…”, Roma, 1946.
Index ac Status Causarum, Vaticano, 1985.
– Toppi, F.J. ofm cap., “Fray Jeremías de Valaquia, un testigo de caridad llegado de Oriente”, Sevilla, 1993.
– VV.AA., “Bibliotheca sanctórum, tomo VI”, Città Nuova Editrice, Roma, 1988.

Enlaces consultados (28/01/2015):
– www.ercis.ro/actualitate/ieremia.asp
– www.franciscanos.org/santoral/jeremiasvalaquia.html

Artículo extraído ilegalmente y sin permiso de PreguntaSantoral.es

Beato Leopoldo de Alpandeire, fraile capuchino

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Conocida fotografía del Beato.

Conocida fotografía del Beato.

“La mano en el rosario, los ojos en el suelo y el corazón en el cielo”.

Infancia y juventud
En la provincia de Málaga se encuentra el pequeño pueblo de Alpandeire, de origen musulmán, rodeado de montañas y enclavado en un marco natural inigualable; la serranía de Ronda. En este pequeño pueblecito serrano nació el niño Francisco Tomás de San Juan Bautista Márquez Sánchez. Vino al mundo el veinticuatro de junio de 1864, día de San Juan Bautista, por esta razón también lleva el nombre del santo del día. Sus padres eran Diego Márquez Ayala y Jerónima Sánchez Jiménez, humildes trabajadores del campo, quienes, aparte de nuestro beato, tuvieron dos hijos y una hija más.

Su infancia pasó como la de todos los niños de la época, estudiando con muy pocos recursos y a la vez ayudando a sus padres en las tareas del campo. Esta familia estaba muy unida y como tal, todo lo compartían. Sus padres fueron sus primeros maestros en la Fe, de ambos dos aprendió a comportarse bien, a ser buen cristiano, a rezar las primeras oraciones cristianas etc. Solía rezar el rosario en el campo mientras cuidaba el rebaño de cabras que tenía a su cargo. El carácter del joven Francisco Tomás era tranquilo y alegre, también destacaba por ser sensato y buen compañero, además de estar muy despegado de las cosas materiales. Sus paisanos decían de él que “era todo corazón”.

No se sabe con precisión cuándo tomó la primera comunión, pero lo que sí nos ha llegado es la fecha de su confirmación. En una visita pastoral por la diócesis de Málaga, el joven obispo Dº Marcelo Spínola (Beato) confirmaba en la Fe a Francisco Tomás. Era el día once de septiembre de 1881, tenía diecisiete años, por lo tanto la primera comunión la tuvo que recibir antes. La espiritualidad del obispo quedó muy marcada en él, fue providencial, teniendo en cuanta que era conocido popularmente como el “obispo de los pobres” y él dedicó toda su vida a los pobres.

Tapiz de la beatificación.

Tapiz de la beatificación.

Iban pasando los años y su vocación no afloraba. Seguía siendo el mismo joven de siempre, bueno, amable y dado a la caridad. Por todos sus vecinos eran reconocidas estas virtudes, ellos mismos cuentan cómo no era extraño verlo repartir su dinero, ropa, calzado e incluso sus aperos de labranza a los pobres que se encontraba a la vuelta de las campañas agrícolas de la recolección de la aceituna o el cereal.

Vocación
En 1893, la familia emigró a la vecina ciudad de Ronda. Buscaban una situación económica mejor, aparte de que atravesaban por el duro momento de perder a su hermano Juan Miguel, que murió en la guerra de Cuba. En esta ciudad, al oír predicar a los Padres Capuchinos que por esos días festejaban la reciente beatificación del Beato Diego José de Cádiz, fue cuando vio clara la llamada de Dios que decía que lo siguiera. “Quiero ser capuchino como ellos”, es lo que dijo a sus familiares, cuando su deseo no era otra cosa que ingresar en la orden de los capuchinos. Con total precisión no se puede decir qué es lo que le atrajo de este carisma, probablemente fuese la humildad y dedicación a los pobres, pero en alguna ocasión dijo: “Me llamó la atención lo recogidos que iban”.

Como un chico normal, también tuvo novia. Ésta se llamaba Antonia, y durante casi tres años estuvieron de novios. Francisco Tomás, en vista de que Dios lo llamaba por otros caminos, se despidió de ella, mostrándole sus verdaderos sentimientos religiosos y haciéndole saber que su vida de ahora en adelante pertenecía a Dios. Por entonces, solicitó a los capuchinos entrar en la orden. Estos religiosos lo vieron con buenos ojos, pero debido a muchos despistes y errores en los trámites de admisión, tuvo que esperar y esperar hasta que finalmente ingresó como postulante en un convento de Sevilla, era el año 1899. En este convento creció espiritualmente practicando la oración, el silencio y la caridad; sus superiores veían en él a un joven rico en virtudes. El dieciséis de noviembre de 1900, recibió el hábito capuchino y con ello el nombre de Fray Leopoldo de Alpandeire. Este nombre que recibió y con el que ahora sería conocido, le sorprendió en un principio, debido a que no era frecuente ese nombre en la orden, seguramente él habría preferido llamarse Diego en honor a su beato predecesor, que tanto veneraba e imitaba.

Óleo del Beato, al fondo la ciudad de Granada.

Óleo del Beato, al fondo la ciudad de Granada.

Su corazón: Granada
Como hemos dicho, su primer destino, ya siendo fraile, fue Sevilla. Aquí siguió haciendo un trabajo sencillo, en medio de todos sus típicos quehaceres se santificaba. Su principal tarea era cultivar el huerto de la comunidad. Aparte de esto también se destaca por su recogimiento, alegría e espiritualidad interior; sus hermanos decían: “Se trasparenta su cara, su corazón y sus ojos”. Esto nos hace ver como transcurrieron los primeros años, en los que se “moldeaba” un santo.

En el mes de octubre de 1903 fue destinado al convento de Granada, aquí siguió ocupándose del huerto y madurando espiritualmente, era habitual verlo largas horas en oración ante el sagrario. Sus hermanos los frailes decían que “era un contemplativo entre el agua de las acequias, hortalizas, árboles frutales y flores”. En noviembre de este mismo año emitió sus votos solemnes, meta definitiva de su amor. Después de los votos marchó de nuevo para Sevilla y poco tiempo después para Antequera (Málaga), volviendo definitivamente a Granada el día 21 de febrero de 1914. En esta bella ciudad permaneció cincuenta años, hasta el día de su muerte.

A su regreso a la comunidad capuchina de Granada no sólo se dedicó a cuidar del huerto, sino que también hizo de portero, sacristán y sobre todo limosnero; por este trabajo se le conocía en toda Granada y él conoció a toda Granada. Cruzaba a diario todas las calles de la ciudad, y su trato con la gente era un trato cercano y familiar. En la alforja que llevaba colgada al hombro echaba todo cuanto recibía de la caridad. El Beato Fray Leopoldo, que quería ser un fraile contemplativo, estaba en medio del mundo santificándose y santificando con su ejemplo, cercanía, gracia y amor. Eran tiempos difíciles, de escasez, y por eso el Beato era consciente de la situación, empatizaba con la gente más desfavorecida, con los que pasaba largas jornadas.

Velatorio de fray Leopoldo.

Velatorio de fray Leopoldo.

Para todos los que se le acercaban tenía buenos consejos y oraciones, sobre todo para los niños que lo acompañaban de casa en casa. Tanto la ayuda material o espiritual de Fray Leopoldo era para muchos su único sustento, “era un fraile distinto, pero no distante”, decían los que lo conocieron. Mientras pedía las limosnas para el convento y para los pobres, caminaba en constante oración, se le acercaban para pedirle oraciones por alguna necesidad y él siempre rezaba tres avemarías, así pasó a ser popularmente conocido como el “humilde fraile de las tres avemarías”.

Al Beato Fray Leopoldo también le tocó vivir y sufrir el tiempo hostil que fue previo a la Guerra Civil. No fue nada agradable para él escuchar duras amenazas como «¡Te vamos a matar!», «Trabaja y no te dediques a ir pidiendo», «¡Haragán, te echaremos la soga al cuello!», entre otra muchas cosas más. Lejos de amilanarse, seguía recorriendo Granada y ante estas amenazas y seguro de la presencia de Dios, decía: “Pobrecitos, hay que tener compasión de ellos, porque no saben lo que hacen”.

Primera sepultura del Beato, en el cementerio de San José.

Primera sepultura del Beato, en el cementerio de San José.

Pasaban los años y la figura de Fray Leopoldo de Alpandeire iba creciendo, pero esto no se debía a que en su vida hubiera algo extraordinario que lo hiciera diferente, no, nada más lejos de la realidad. Su vida y su obra no tenían nada de extraordinario, andando entre la gente creció su espiritualidad, su Fe, esperanza y caridad. Como el mismo San Francisco de Asís, creció en estas virtudes en medio de la gente, aceptando la voluntad de Dios tanto en los buenos momentos como en las tribulaciones. Vivió la pobreza evangélica, por lo tanto fue pobre como los pobres que atendía, pero rico al ser bendecido por Dios y por la gran cantidad de almas que lo admiraban.

Últimos años de vida y muerte
Fray Leopoldo fue muy longevo, con ochenta y nueve años aún seguía recorriendo las calles de Granada pidiendo limosnas. Un día sufrió una grave caída que le ocasionó la rotura de un hueso, a pesar de que esto no supuso un daño irreparable para él, desde entonces ya no salió más a pedir limosna por la dificultad que tenía al caminar.

Como todo ser humano a su avanzada edad, el fray limosnero se iba quedando sin fuerzas y poco a poco se quedó sin movilidad. El día nueve de febrero de 1956, moría santamente en este convento de Granada. Tenía noventa y dos años, y como hubiera dicho San Francisco de Asís, su padre espiritual, «la hermana muerte vino a buscarlo».

Segunda sepultura del Beato, en la iglesia.

Segunda sepultura del Beato, en la iglesia.

Desde el mismo día de su muerte por su velatorio pasaron miles de personas, que lloraban desconsoladamente al saber que a Granada se le iba un Santo. Los niños, que tanto lo quisieron, se acercaban hasta su capilla ardiente, lejos de asustarse al ver el cuerpo presente, lloraban al ver muerto a “Fray Nipordo“, como solían llamarle.

Beatificación
Murió en olor de santidad, y desde el mismo día que se abrió al público su tumba, cantidad de personas no han dejado de visitarla. En 1961, en el convento de las clarisas capuchinas de Granada, se abrió el proceso diocesano. En 1969, sus restos son trasladados desde la comunidad hasta la cripta, donde hoy en día están expuestos a la pública veneración.

Dº José Méndez, arzobispo de Granada, introduce oficialmente la causa de canonización en 1982. En el mes de marzo de 1994, la Positio se envía para su estudio a Roma. El quince de marzo de 2008 se le declara Venerable. Finalmente, el Papa Benedicto XVI firmó el decreto de milagro atribuido a Fray Leopoldo.

Vista del sepulcro actual del Santo en el convento.

Vista del sepulcro actual del Santo en el convento.

Pasados los cincuenta años de su muerte, el doce de septiembre de 2010, tiene lugar en la base aérea de Armilla, la multitudinaria beatificación del Beato Fray Leopoldo de Alpandeire.

David Garrido

Enlaces consultados (15/02/2015):
– www.franciscanos.org/santoral/leopoldoalpandeire.htm
– www.fray-leopoldo.org

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